La tierra más salvaje

Lauren Groff

Fragmento

cap-1

1

La luna se escondió detrás de las nubes. El viento escupió una hiriente nieve helada.

Desde la alta pared negra de la empalizada, por una rendija que parecía demasiado estrecha para que se colase un ser humano, la chica se adentró en la inmensa y terrible espesura salvaje.

Llevaba una capucha grande que le cubría la cara; era de constitución delgada, tanto huesuda como aniñada, pero la hambruna le había arrancado la poca carne que tenía, para dejarla en raíz y hebras, fibra y tendones. Incluso tan famélica y cegada por la noche, era rápida. Se puso de pie como pudo, trastabilló al dar el primer paso y estuvo a punto de caerse, pero se enderezó y echó a correr, avanzando a toda prisa sobre los surcos congelados del campo entre todas las plantas muertas de maíz que habían salido en verano, ahora ennegrecidas y sin fruto y atacadas por la plaga.

Venga, más rápido, chica, se dijo, y debido al miedo y la angustia, sus piernas aceleraron todavía más.

Esas botas tan buenas se las había robado al hijo de un caballero, un chaval con la mitad de su edad pero del mismo tamaño, que había muerto de viruela la noche anterior, el sarpullido como un óxido que se había extendido sobre su hambriento esqueleto. Esos guantes de cuero y la gruesa capa los había robado a su propia señora. Borró el pensamiento de la mujer todavía sollozando, de rodillas en el terreno helado del patio de aquel lugar infernal. A cada paso se iba liberando, todas sus ataduras aflojaban el nudo con que la oprimían.

Sin embargo, había un extraño brillo sobre la tierra oscura del campo que había ante ella, y al moverse vio que era la camisa del soldado al que un par de semanas antes habían pillado arrastrándose despacio por el suelo para escapar de los horrores del asentamiento y adentrarse en otros horrores distintos, los del bosque. El joven había logrado cubrir la mitad de la distancia hasta los árboles cuando, en medio del silencio, una sombra agazapada fue cobrando densidad, creció, y se hizo visible al fin convertida en el más temible de los hombres de esa tierra, el guerrero que era dos cabezas más alto que los hombres del fuerte, quien acentuaba su aspecto terrorífico cubriéndose los hombros con un manto oscuro y ancho de plumas de pavo real. Levantó con una sola mano al temeroso soldado agarrándolo por el pelo y con un cuchillo le dibujó una boca larga, mojada y roja en la garganta. Luego lo arrojó al suelo para que derramara la sangre de su corazón sobre la tierra helada, y allí yacía desparramado el hombre muerto, innoble. Durante todos esos días quedó sin sepultura, pues los soldados del fuerte estaban tan débiles y se habían vuelto tan cobardes con la hambruna que no habían recuperado el cuerpo.

Ya había dejado atrás el cadáver y el hedor que se le metía por la nariz y casi había llegado al bosque cuando tropezó de nuevo, porque pensar en esos dos hombres despertó los pensamientos de otros hombres que podían acechar en el bosque, hombres escondidos allá fuera, esperándola. Y ahora, mientras escudriñaba la oscuridad del bosque, iba viendo hombres acuclillados, listos para una emboscada, en la sombra más negra y más profunda si cabe de cada árbol, tal vez un hombre con un cuchillo o un hacha o una flecha y una mirada asesina.

Dejó de correr para tomar aire, pero no le quedaba alternativa, volvió a sacar fuerzas de flaqueza y siguió a la carrera.

Y conforme avanzaba, cada uno de esos hombres imaginarios se convertía de nuevo en otra mera sombra.

Había elegido fugarse, y con esa decisión había dejado atrás todo lo que tenía: su techo, su hogar, su país, su idioma, a la única familia que había conocido, a la pequeña Bess, a quien había cuidado desde que nació, cuando ella era apenas una chiquilla de cuatro o cinco años, su inocencia, su concepción de sí misma, los sueños sobre quién podría llegar a ser si lograba sobrevivir a aquella época de hambruna.

No lo pienses, chica, se decía, no lo pienses o te morirás de pena.

Y no se dio la vuelta para mirar por encima del resplandor de las hogueras del fuerte que pintaban el cielo nocturno de rojo. Era analfabeta, pero una gran devota, una muchacha buena y piadosa, y había prestado atención cuando los pastores de la iglesia leían el libro sagrado, había repasado sus palabras y las había asimilado enteras, en largas frases, hasta hacerlas suyas. Había aprendido la lección de avanzar siempre sin mirar atrás de la esposa de Lot, quien había vuelto la vista una vez mientras huía de la destrucción de sodoma, y por su debilidad y la ira de dios se había convertido en estatua de sal.

Hasta que se adentró en el bosque, el viento no le quitó las manos de las mejillas y de los faldones. Entre los árboles hacía menos frío, pero eso no significa que hiciera calor. Se detuvo y apoyó la frente en la corteza rugosa de un pino, y su aspereza sobre la piel la mantuvo anclada al lugar. La poca luz que podría haber bajado del cielo no bajó en absoluto, pues los cielos estaban cubiertos por la espesura de las nubes. El bosque ante ella también era tupido y negro como el alquitrán, aunque en los hoyos de los árboles relucían cúmulos de nieve. Tenía la respiración agitada, pero con esfuerzo logró apaciguarla. Dejó que el silencio volviera a colarse dentro de su ser, dentro del bosque, y fue como un bálsamo que cubrió el recuerdo de sus pasos, que crujían al avanzar, y se preguntó si con el ruido al caminar habría despertado a los hombres del fuerte o a los hombres originales de ese bosque. Hombres conocidos, hombres desconocidos. Cualquiera de ellos podía estar siguiendo sus pasos en ese momento, acechándola.

Aguzó el oído por encima del rasgueo y el arco del viento, tronco frío rozando otro tronco en una melodía de violines, pero no oyó pasos ni ramitas quebradas. Aunque la falta de ruido no fue un auténtico consuelo.

Al final, cuando la sangre se calmó en sus oídos, oyó el río que había cerca, el fluir del agua bajo la coraza helada. Siguió avanzando tan rauda y sigilosa como pudo, y cuando bajo los pies descubrió el resbaladizo hielo, y después el estrecho sendero de la orilla pedregosa por la que el arroyo se había desbordado en primavera, lo siguió rumbo norte, agradecida de escapar de los afilados y ásperos matorrales y las ramas que le arañaban la cara y la ropa.

En la profundidad de la noche corrió y corrió la chica, y el frío y la oscuridad y la espesura y el miedo y la magnitud de sus pérdidas, todas esas cosas juntas, hicieron menguar el ser que había conocido antaño hasta reducirlo a nada.

Una nada no es nada, una nada es algo sin pasado.

Aunque también era cierto que, sin pasado, pensó la chica, una nada podía ser libre.

Con el tiempo, su mente, congelada en la huida, empezó a recuperar el pensamiento.

Tomó conciencia de los ojos que la vigilaban.

Y aunque se imaginó que eran los ojos hostiles de los hombres, en realidad eran los ojos del propio bosque, que observaba a esa nueva forma de criatura de respiración entrecortada y sonoras pisadas y acre hedor humano, todas las aves nocturnas y las criaturas deambulantes se detenían en un asombro silencioso conforme pasaba la chica. E incluso cuando esas criaturas ya no pudieron ver u oír a la apresurada muchacha y el último rastro del olor de la ansiedad se desvaneció en su apremio de los hocicos y las narices de las bestias rastreras, cuando la única prueba de su presencia se redujo al olor entre las hojas, a la tierra y la nieve desplazadas por sus pies, el sentido temporal del bosque se estremeció y avanzó a trompicones, y el corte que había hecho la chica a la fuga sanó y el quehacer cotidiano de los deseos de las criaturas se despertó de nuevo tras ella. Tuvieron que transcurrir horas desde su paso por el bosque para que la chica se convirtiera para ellos en un sueño extraño apenas recordado entre las urgencias del momento.

Tal vez fueron minutos, tal vez horas, no había forma de averiguarlo, pero sin duda había pasado un largo lapso corriendo hacia el norte por la orilla del arroyo cuando la chica vio un resplandor más oscuro y profundo cerca de donde había puesto la bota, con la suavidad del hielo debajo, y supo que era agua liberada de su corteza helada, que fluía en libertad. Se inclinó y se quitó los guantes de cuero con los dientes y se puso las manos entumecidas entre las piernas hasta que se deshelaron lo suficiente para poder doblarlas, luego abrió el saco que llevaba aferrado en un puño tenso, metió la mano y sacó la taza de peltre que había robado, la hundió en el agua corriente y dio un buen trago. El frío la cortó por la mitad igual que la punta de un cuchillo. Le hizo daño. Los dientes le castañeteaban y reverberaban en los huesos del cráneo. Su estómago, que llevaba aquellos cuatro días vacío, protestó ante la nueva plenitud de agua. Guardó de nuevo la taza y se ató el saco a la cintura, después de levantarse la capa y las demás prendas para pegárselo a la piel y poder notarlo contra la carne de su cuerpo, y sentir el consuelo de llevarlo siempre cerca. Deseaba hundirse en el pequeño montículo de nieve y dormir, notaba la cabeza embotada, palpitante, pero sabía que no podía hacer eso, así que se obligó a continuar, hacia delante, más lejos, sin fin.

Y mientras corría, rezaba en su alma: Oh, dios, que guías a los mansos por el buen camino y arrojas tu luz para los piadosos, concédeme en todas mis dudas e incertidumbres la gracia de preguntar qué deseas que haga para que el espíritu de la sabiduría me salve de las decisiones erradas y en tu luz vea la luz y en tu camino recto no tropiece.

Prestó atención, preparada para lo que fuera, para el gemido ahogado del ave nocturna como emisaria de lo divino, para un cambio sutil en el viento que le desvelara su deseo, pero en respuesta solo recibió los ruidos de sus pasos y el viento frío que tocaba contra el apático bosque.

Y de ese modo echó a correr de nuevo, y mientras corría con tanto sigilo como le era posible, recordó el consuelo del canto y pensó que tal vez así calentase los bordes de su miedo hasta que se derritiera dentro de ella.

Así pues, solo para sus adentros, cantó con toda la alegría que pudo aunar, la primavera vestida de gala de la tristeza invernal se jacta, fa la la la la la la la la etcétera etcétera.

Conocía muchas canciones, por supuesto, pero esa fue la única que le salió al encuentro, qué extraña ausencia de cantos había dentro de su mente, y eso que en otra vida había sido una tontorrona alocada danzarina y bromista que recordaba cientos de canciones. Pero sabía que alguien tan despreocupado solo podía existir cuando había indulgencia y libertad suficientes para la risa, con que era natural que, durante la huida, todas las demás melodías se hubieran esfumado. Aun así, esa canción solitaria le dio todo el consuelo que pudo, pese a que en tal tesitura dicho consuelo fuera pequeño.

La luna empezaba a mostrar la cara y el bosque era una sucesión de franjas de luz y oscuridad, con nieve que discurría en vetas por debajo.

Algo se rompió en los cielos y la nueva nieve que caía ahora tamizada ya no parecía una ráfaga de agujas de hielo como cuando acababa de escapar del asentamiento, sino que se había convertido en un cúmulo de suaves copos lentos que se iban agrupando sobre la capa de nieve vieja y tapaban las huellas de los pasos a su espalda.

Gracias por tu ayuda, bondadosa nieve, pensó la chica.

Apresúrate, chica, decía la nieve al caer.

No mucho después las voces descendieron sobre ella desde el cielo.

Al principio no lograba distinguir qué decían, pero al poco alzaron la voz y adoptaron los tonos de su señora, reprendiéndola. Último mono, alimaña rastrera, inútil y nula inculta Zeta, que has incumplido tu deber cuando más te necesitaba tu ama. Pues dicen las escrituras, jóvenes, estad sujetos a los ancianos; y todos, sumisos unos a otros, revestíos de humildad; porque dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes.

Así le bisbiseó la voz de su señora desde el oscuro bosque.

Y olvidándose de sí misma, la chica dijo en voz alta a la nieve que caía: Ah, pero ¿acaso no dice el libro sagrado también escapa al monte, no sea que perezcas?

Y se echó a reír porque sabía que sí decía eso y que había ganado la contienda.

Pero el bosque recibió con recelo su risa, ese sonido nuevo que se colaba en su adormilada quietud, y la chica tuvo que darse cachetes en las mejillas para tranquilizarse y azuzar a su cuerpo para que prosiguiera.

La voz de su señora cayó transformada en copo de nieve y la chica, en su fuga, la dejó atrás.

Entonces la luna salió por completo de su colcha de algodón y la noche envejeció. La chica estaba tan agotada, tan agotada... Corría alimentada con poco más que el aire de los pulmones y el imperioso impulso del terror. Su aliento se apreciaba en las columnas de humo blanco que flotaban hacia arriba tras ella.

Y una voz nueva le dijo al oído: Chica, ¿por qué diriges tus pasos hacia el norte?

Corro hacia la vida, corro hacia los vivos, le dijo la chica a esa nueva voz. Lejos de una miserable muerte segura, lejos del demonio que merodea invisible en el asentamiento. Hacia lo que una vez entreví por encima del hombro del gobernador, un pergamino, un mapa, una amplia bahía dibujada al este y una sucesión de ríos como rayos del sol que escalaban siempre rumbo al norte desde allí. El gobernador daba golpes en el trazado con su grueso dedo y le decía al hombre que tenía al lado que allí arriba, en las tierras dibujadas, en el norte, estaban los asentamientos de los franceses, canadá, y en el sur, por allá, estaban los asentamientos de los españoles, la florida. Y mientras recogía mis cosas rápido rápido y las metía en el saco antes de fugarme, me dije que, aunque tanto los franceses como los españoles son repugnantes papistas, claro, por lo menos siguen siendo hijos de un dios similar, del mismo libro, el más sagrado de todos. Y que dado que parecía haber casi la misma distancia hacia el norte y hacia el sur hasta los asentamientos, debía elegir el de los franceses, porque no hablo ni una palabra de español, pero chapurreo un poco el francés y podré hacerme entender.

Pero no conoces las dimensiones de este lugar, ¿verdad?, dijo la voz con sorna.

Y la chica dijo: No, pero seguro que es más pequeño que mi lejano e inmenso país, al otro lado del océano, donde todos los campos están tan cargados de leyendas y mitos y antiguas batallas que un paso no se da únicamente en el espacio, a diferencia de este nuevo mundo, sino también a través de capas de tiempo. Aquí no hay nada, solo terreno, toda la tierra y las montañas y los árboles continúan siendo vírgenes de historia. Este lugar en sí es una hoja de pergamino aún por escribir.

Y si llegaras a sobrevivir al periplo, dijo la voz, ¿qué esperarías que hicieran esos repugnantes papistas con una joven como tú, con un cuerpo joven como el de tu propia persona femenina?

Por favor, no inclines mis pensamientos hacia un fin tan vil, dijo la chica muy seria.

Pero la voz insistió: Y tú, que hasta ahora solo has conocido la comodidad y la compañía, que has dormido toda tu vida junto a otros cuerpos cálidos, tú, que has buscado a otros seres humanos incluso cuando estabas un único instante sola, porque la soledad te resultaba insoportable, ¿estás preparada para encontrarte tan devastadoramente privada de amistades en estos páramos en los que reina el eco?

Y le entraron ganas de llorar, pero no lo hizo, y en lugar de eso dijo: Pero no estoy sola, porque llevo a dios en mi corazón, siempre.

Y así era, sentía a dios, un puntito de luz en el fondo de su ser.

Pero la voz dijo: ¿Y si el mayor peligro no es el hombre sino la propia naturaleza salvaje de dios, el amenazador paisaje, las bestias que acechan y cazan en este lugar?

Y entonces la chica pensó por primera vez en el frío letal de aquellos días del final del invierno, después en los lobos y en los pumas y en las serpientes que tenían su hogar en esa tierra salvaje e incivilizada.

Y eso solo eran los peligros conocidos, pero pensó que debía de haber también peligros desconocidos. Monstruos ignotos para la imaginación del hombre, dificultades imposibles de salvar.

Cuando era bastante pequeña y el hijo de su señora, Kit, no se dedicaba a atormentarla, las pocas veces en que se había enternecido en cierto modo y la había sentado sobre sus rodillas para enseñarle las cosas terribles de sus libros, la chica había visto la imagen de un hombre sin cabeza con los ojos clavados en los hombros y una boca por debajo de las costillas. Un hombre con cabeza de perro. Y Kit también le hablaba de cosas asombrosas, cosas que sabían los chicos con estudios, por ejemplo de los lémures, que eran sombras de los muertos malignos, y de lugares del océano donde los marineros eran, o bien succionados por unas fauces abiertas que se los tragaban, o bien arrebatados del barco por una enorme bestia que los engullía. Misteriosas mujeres con cuerpo de león. Las vengativas hadas de los bosques que robaban niños para criarlos en sus escondites bajo las colinas y los sustituían por chillones bebés de barro. Y lo que no estaba escrito en un libro ni le contaba Kit, su mente rápida y rebosante de ideas lo creaba: por ejemplo, una mujer con dientes de víbora o una neblina negra de veneno que se iba escurriendo, lista para atacar.

Estaba segura de que semejantes monstruos podrían prosperar en un lugar tan vasto y diverso como aquel.

Y, por supuesto, incluso los hombres más temibles del fuerte estaban aterrados por los peores terrores que albergaba el bosque, que no eran los osos ni los monstruos, sino los hombres inteligentes que los odiaban y que los matarían a traición.

Pero, a la vez, había vivido lo bastante entre los hombres del asentamiento para comprender que incluso entre ellos había también hombres malos, pues había caballeros de los que las chicas advertían entre murmullos que había que alejarse y soldados con el resplandor rojo del diablo en la mirada y mercenarios que mataban con la misma facilidad con la que dormían, y a uno de esos sería a quien mandaran a buscarla, porque sabía que al menos enviarían a un hombre malo tras ella; lo que había hecho no podía tolerarse.

Se estremeció y tuvo que apartar de su mente las torturas que aquel hombre malo le infligiría si, en efecto, la atrapaba.

Pues incluso un hombre bueno era más letal que el peor de los osos, y eso que ella había visto lo que hasta un oso viejo y ciego podía hacer con los dientes arrancados de las encías negras y las garras cortadas y los ojos cegados por cicatrices rosadas en cruz. En los jardines de la orilla sur, con el calor estival, se había unido al grupo de espectadores vestidos de gala, fervientes de exaltación; y no había podido apartar la mirada del punto en el que habían atado a la estaca el collar de acero del pesado fétido baboso miserable oso. Pero cuando soltaron a los perros feroces para despellejar a esa mullida y cochambrosa bestia, el oso los derribó con calma, uno dos tres, hasta que los tres chuchos quedaron destrozados, gimieron y se apartaron, dándose impulso con las patas delanteras, en busca de algún rincón en el que morir a solas y en paz. Y a su alrededor todo el mundo vitoreaba a las bestias, tanto a la victoriosa como a las caídas. Pero la chica había vuelto a casa caminando con el hielo del horror metido en las entrañas, y esa noche el pobre oso viejo entró en la peor de sus pesadillas, mostrando sus encías

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