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De muerto en peor (Sookie Stackhouse 8)

Charlaine Harris

Fragmento

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Si esto fuera El señor de los anillos y yo tuviera un elegante acento británico como Cate Blanchett, podría contarte los antecedentes de los acontecimientos de aquel otoño en un tono auténtico de suspense. Y te morirías de ganas de escuchar el resto.

Pero lo que sucedió en mi pequeño rincón del noroeste de Luisiana no fue una historia épica. La guerra de vampiros fue algo más al estilo de un golpe de estado en un pequeño país y la guerra de los cambiantes fue una especie de trifulca fronteriza. Incluso en los anales de la América sobrenatural —que imagino deben de existir por alguna parte—, no fueron más que capítulos menores…, siempre y cuando uno no estuviera implicado en los golpes de estado y en las trifulcas.

Porque, en ese caso, pasaban a ser condenadamente importantes.

Y todo fue por culpa del Katrina, el desastre que no hizo más que dejar a su paso dolor, desgracias y cambios permanentes.

Antes del huracán Katrina, Luisiana poseía una próspera comunidad de vampiros. De hecho, la población de vampiros de Nueva Orleans había aumentado, convirtiendo la ciudad en un lugar al que se debía acudir si uno quería ver vampiros; algo que hacían muchos norteamericanos. Los clubes de jazz de los no muertos, donde actuaban músicos a los que nadie había visto tocar en público desde hacía décadas, eran un gancho increíble. Clubes de striptease de vampiros, vampiros clarividentes, actos sexuales vampíricos...; lugares secretos y no tan secretos donde poder ser mordido y tener un orgasmo allí mismo: en el sur de Luisiana había de todo.

Pero en la parte norte del estado no había tantas cosas. Yo vivo en esa zona, en una pequeña ciudad llamada Bon Temps. Pero incluso allí, donde los vampiros son relativamente escasos, los no muertos estaban realizando importantes avances económicos y sociales.

En conjunto, los negocios de vampiros en el estado del Pelícano marchaban viento en popa. Pero entonces llegó la muerte del rey de Arkansas mientras su esposa, la reina de Luisiana, se divertía con él poco después de su boda. Y como el cadáver se desintegró y todos los testigos —excepto yo— eran seres sobrenaturales, la ley humana lo pasó por alto. Pero los demás vampiros prestaron atención al caso y la reina, Sophie-Anne Leclerq, se encontró en una posición legal muy insegura. Entonces llegó el Katrina, que asoló las bases económicas del imperio de Sophie-Anne. Y encima, cuando la reina empezaba a recuperarse de todos estos desastres, se produjo otro. Sophie-Anne y algunos de sus más fieles seguidores —entre los que estaba yo, Sookie Stackhouse, telépata y humana— nos vimos sorprendidos por una terrible explosión en Rhodes que produjo la destrucción del hotel para vampiros llamado Pyramid of Gizeh. Una facción disidente de la Hermandad del Sol reclamó la autoría del atentado y, pese a que los líderes de esa «iglesia» contraria a los vampiros censuraron el odioso crimen, todo el mundo sabía que a la Hermandad le traía sin cuidado el destino de los que habían resultado gravemente heridos por la explosión y mucho menos el de los vampiros muertos (ahora ya muertos del todo) o el de los humanos que trabajaban para ellos.

Sophie-Anne había perdido las piernas, a varios miembros de su séquito y a su compañero del alma. Su abogado medio diablo, el señor Cataliades, le había salvado la vida. Pero su recuperación iba a ser muy lenta y se encontraba en una situación de enorme vulnerabilidad.

¿Qué papel desempeñaba yo en todo esto?

Había ayudado a salvar vidas después del derrumbamiento de la pirámide y me aterraba pensar que me encontraba en el radar de gente que podía quererme a su servicio y

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