Manini

Fernando Amado

Fragmento

Manini

INTRODUCCIÓN

Llego a la oficina de la plaza Independencia, un poco antes de la hora pautada. Es un día extrañamente frío para la altura del año en la que estamos, pero dejo el mate en el auto porque en esta mañana hay algo parecido a la solemnidad.

Él me saluda con mirada firme al verme llegar. “General”, le digo al extenderle la mano. En esa palabra, que a muchos les resultaría distante, para mí hay algo de cercanía. Así lo tengo agendado en mi celular desde que empezamos a intercambiar, en lo que sería la antesala de este libro. Es la segunda persona a la que agendo con esa palabra: la primera fue mi viejo.

Hay algo de inevitable familiaridad en el encuentro con Manini. Esa rectitud, esos símbolos que lo rodean y que a otros les causan rechazo no me son ajenos. Hay, en ese primer encuentro, un reflejo de comodidad. Pero no será la tónica.

Guido Manini Ríos me mide en este primer acercamiento. “Usted está del otro lado del espectro político”, me dice. “¿Cómo le va a afectar eso a la hora de escribir?”. La tensión que palpitaba en esa comodidad aparente sale así a flote. A pesar de venir de un entorno muy similar al suyo, tomé otras decisiones. Crecí siendo parte de ese Uruguay al que Manini hoy representa. Pero decidí cambiarlo.

“Mi compromiso, como en cada cosa que escribo, es con la verdad”, le respondí. La verdad es algo que me obsesiona, y tratar de contribuir a alcanzarla es una de las razones más profundas que me llevan a escribir.

Su mirada persiste firme mientras respondo. Me sigue midiendo. No lo dejará de hacer nunca, en las horas de conversación, en los varios encuentros que nos quedarían por delante. Pero la verdad, entre él y yo, va a ir apareciendo.

Charlas a veces sueltas, a veces medidas, a veces acaloradas a la luz de hechos políticos que golpean las estanterías y que no dan margen para controlar cada palabra. En los dos años en que se extendieron nuestros encuentros hubo mucho sobre lo que hablar. Y salieron unos cuantos pensamientos atragantados, aunque seguramente queden también varios secretos.

Este libro es una síntesis de estas conversaciones, pero ante todo es un intento de comprender un fenómeno político, a través de la persona que lo lideró. Alguien que logró canalizar políticamente el voto de la familia militar, como no lo había logrado nadie en la historia del Uruguay posdictadura. Aunque Cabildo Abierto abarque mucho más, es también esto.

La casualidad —o quizás la causalidad— quiso que varios de nuestros encuentros en estos más de dos años fueran en momentos clave para Cabildo y para Manini. En lo político y en lo personal.

¿Qué hilos se movieron detrás de su ascenso a general y luego a comandante en jefe? ¿Cuándo se convenció de saltar a la política? ¿Cuál es la verdad del nacimiento de Cabildo Abierto? ¿Quiénes lo pergeñaron? ¿Violó el artículo 77 de la Constitución de la República, que prohíbe cualquier actividad política al personal militar? ¿Cómo fue su último día en el Comando General del Ejército luego de haber sido cesado por el presidente Tabaré Vázquez?

¿Cómo fue el proceso de desgaste con Vázquez? ¿Hasta qué punto incidió para el destape político de Manini? ¿Por qué terminó homenajeando al extupamaro Fernández Huidobro en su entierro? ¿Qué opinan Mujica y Topolansky de Manini? ¿En qué momentos clave visitó su chacra?

¿Qué piensa de las logias militares en el Ejército? ¿Integró alguna? ¿Se puede ser un outsider en política llevando el apellido Manini Ríos? ¿Cuál es la ideología de Cabildo Abierto? ¿Qué artiguismo quiere representar? ¿Qué lugar ocupa la religión?

¿Qué peso tuvo la “familia militar” en la votación de 2019? ¿Cómo en menos de un año de creado llegó a conquistar el 12 % del electorado? ¿Cuál es la vinculación entre Cabildo Abierto y Un Solo Uruguay? ¿Quién es la gente de Cabildo?

¿En qué justicia cree? ¿Qué siente de las marchas del 20 de Mayo? ¿Y qué opina sobre las violaciones a los derechos humanos en la dictadura?

¿Cómo ha vivido las tensiones permanentes con sus socios de la coalición multicolor? ¿Por qué compara a Julio María Sanguinetti con Mitre? ¿Qué piensa de Luis Alberto Lacalle Herrera? ¿Y del presidente Lacalle Pou?

...

El jueves 12 de marzo de 2020 —un día antes de que se declarara la emergencia sanitaria por covid-19 en nuestro país—, a las 11 de la mañana, visité al expresidente Tabaré Vázquez en su residencia de la calle Buschental. Fui a invitarlo a que diera una charla en la sede de mi sector político, UNIR (Unión de Izquierda Republicana), inaugurando un ciclo de reflexión sobre la vigencia de la esencia de las ideas de José Batlle y Ordóñez. Aceptó enseguida y nuestra conversación se extendió.

Sin que este libro ni siquiera existiera en mi cabeza aún, Vázquez plantó su semilla. Me habló de Manini y de cuánto le preocupaba su crecimiento, ya en el inicio del gobierno de la coalición, y proyectando el siguiente período. Era consciente de que el día en que lo cesó como comandante había comenzado formalmente su carrera política.

En efecto, Manini Ríos abrazó la política, pero nunca dejó de ser —tampoco se puede, porque está en su ADN— un militar. Pudiéndose meter en el tablero político a través de no pocas ofertas de otros partidos, eligió formar su propia fuerza. Porque confiaba en su liderazgo y en la ventana de oportunidad, pero antes que nada porque un comandante no puede subordinarse sin más. A él especialmente le ha costado. Nacía así el comandante sin jefe.

Este trabajo pretende aportar tanto para quienes comparten aquella preocupación como para quienes miran el crecimiento de Manini con esperanza. Va a enojar a algunos y agradar a otros. Mi compromiso, como en cada libro, es con los hechos.

Manini

CAPÍTULO 1
Radiografía de un ascenso

El origen

Guido Manini Ríos Stratta nació en 1958 en una de esas familias que conforman la historia política de Uruguay. Una de esas familias que desde su quehacer han buscado incidir en los rumbos de largo aliento que ha tomado nuestro país. Aunque en la elección de 2019 la figura del general fue promocionada como “lo nuevo” y ajeno a la política, en rigor Guido no es ningún outsider, como se lo suele tildar, ya que creció en un hogar impregnado de tradición política.

Es un parlamentario de tercera generación: antes que él su abuelo Pedro Manini Ríos fue diputado, senador y ministro; los mismos tres roles cumplió su tío, Carlos Manini Ríos, y a su padre, Alberto Manini Ríos, la ciudadanía lo ungió como representante.

Desde el inicio del siglo XX, su familia ha sido un pilar de las ideas más conservadoras dentro del Partido Colorado. Su abuelo Pedro Manini Ríos (hijo de Lorenzo Manini y Graciana Ríos) fue el primero en tener el apellido de forma compuesta. Fue fundador del riverismo,1 rompiendo con la línea política de José Batlle y Ordóñez, de quien había sido ministro del Interior. Su oposición al batllismo fue interna hacia el partido pero también muy pública, como quedó de manifiesto al fundar el diario La Mañana en 1917, con el que expresaba su pensamiento contrario al que Batlle plasmaba en El Día (del que también había sido director). Más tarde, Pedro integraría el gabinete de José Serrato (1923, como ministro de Relaciones Exteriores) y del gobierno de facto de Gabriel Terra (1933, como ministro de Hacienda).

No fue el único de esta línea de políticos que formaron parte de gobiernos dictatoriales. También Carlos Manini Ríos, tío de Guido, fue embajador en Brasil de 1971 a 1977, abarcando buena parte del período de facto. Antes había sido director de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto (OPP) y ministro de Educación y de Hacienda con Óscar Gestido (y, tras su muerte, con Jorge Pacheco Areco). Repitió en el gobierno de Julio María Sanguinetti, con el retorno a la democracia, ocupando la cartera del Interior.

A su turno, el padre de Guido, Alberto Manini Ríos, fue una figura singular en la política. Proveniente del Partido Colorado, fundó luego la Unión Demócrata Reformista, con la que pretendió consolidar una tercera posición. Lo consiguió. En las elecciones de 1958, su partido obtuvo dos diputados, y fue el fiel de la balanza en un Parlamento dividido entre oficialismo y oposición. El famoso “voto 50” que podía inclinar la decisión hacia un lado o hacia otro: o respaldar al gobierno que en aquel entonces ocupaba el Partido Nacional, levantando la mano junto a sus legisladores, o sumarse a los de la oposición y bloquear sus iniciativas.2 Una crónica del semanario Marcha de la época define con claridad la tensión que se vivía en la Cámara de Diputados cuando fundamentaba su voto: su carácter independiente hacía impredecible el resultado de antemano. La expectativa frente a la incógnita era total.3

Alberto (o “Gorgo”, como le llamaban) tenía pronunciamientos y salidas que lo hacían particular. Al morir el líder nacionalista Luis Alberto de Herrera, los legisladores de todos los partidos le dedicaron unas palabras en el recinto de la Cámara. En su discurso, Manini Ríos no solo lo definió como “el caudillo más grande y más completo que tuvo el Uruguay”; también dijo hablar en nombre del Partido Colorado, lo que despertó exclamaciones que hicieron sonar la campana de orden en la sala. Pero eso no lo amedrentó, al sostener:

Yo, en nombre del Partido Colorado. Yo, hijo de uno que fue tatuado por la pólvora junto a Pablo Galarza en Tupambaé; yo, hijo de uno que estrechó amistad con Luis Alberto en los fogones camperos de los bañados de Aceguá, cuando se tramitaba la paz; yo, en nombre del Partido Colorado de Fructuoso Rivera y de Venancio Flores, que le dio un beso en la frente a Manuel Oribe, pongo la bandera colorada a media asta para decir a los despojos inmortales de Luis Alberto de Herrera, que supo mantener la enseña de Oribe y de Saravia.4

En lo que podría calificarse de presagio de lo que terminaría sucediendo medio siglo después, Alberto Manini Ríos prosiguió con su discurso señalando: “Tengo la absoluta convicción de que la tradición blanca y la tradición colorada no se excluyen: de que las dos tradiciones se van a unir en una amalgama gloriosa. Y la tengo porque ambas fueron alternativamente el yunque y el martillo que formaron el espíritu del criollaje y el alma de la nacionalidad”.5

En un Uruguay marcado a fuego por las divisas blanca y colorada, donde la identidad se definía por estar en una u otra trinchera política, tildar de peculiar este discurso capaz que hasta se queda corto. Sin duda no es suficiente para denotar la singularidad del personaje. Bohemio (algunos relatan que solía caminar por Carrasco acompañado de una cabra, y que en su casa tenía dos águilas y un zorro como mascotas), formaba parte de un grupo de intelectuales diverso, que mantenía tertulias en las que confluían artistas, historiadores, filósofos. Ese clima de independencia que cultivaba en ese entonces hizo que eligiera a uno de sus interlocutores, Alfredo Mario Ferreiro, como padrino de su segundo hijo; Ferreiro era, además de poeta y periodista, integrante del Partido Comunista.6

Por el lado de su madre, Lina Stratta, quizá un poco opacado frente a toda esta historia de la rama paterna, Guido también cuenta con antecedentes en la política, aunque en otras tiendas: su bisabuelo Abelardo Márquez fue persona de confianza del caudillo blanco Aparicio Saravia. En la misma divisa blanca, su bisabuela paterna, Graciana Ríos, había sido hija de un oficial del presidente Manuel Oribe.

Incluso tuvo un tío del Partido Comunista, Washington Stratta, que luego estuvo preso durante la última dictadura. Siendo novel integrante del Ejército su sobrino Guido lo fue a visitar a la cárcel de Libertad cuando le tocó ir de guardia como alférez, a sus 20 años. En una entrevista con Búsqueda recordó el momento en que buscó a su tío en el penal y se saludaron con un abrazo, bajo la atenta mirada de su sargento.7

Guido es el octavo de nueve hermanos, con quienes compartía otra de las tradiciones familiares, la adhesión al Club Nacional de Football. También su familia se vincula a Nacional desde el inicio porque su abuelo fue uno de los jóvenes que lo fundaron, y en la sede del club se puede ver el retrato de Pedro por haber sido su presidente honorario. Pero, sin embargo, aquella final infartante de la Copa Libertadores de 1966, en la que Peñarol resultó campeón, hizo que de niño se distanciara de la tradición familiar. De los nueve hermanos, es el único de Peñarol, desde ese momento hasta hoy.8

El hermano mayor, Hugo Manini Ríos, le llevó ventaja en la política, ya que desde temprana edad se erigió como uno de los principales referentes de la Juventud Uruguaya de Pie, la JUP. En los primeros años de la década de 1970 este movimiento buscó aglutinar principalmente a los jóvenes (aunque no solo a ellos) que se sentían representados por las tradiciones más conservadoras de derecha, en clara confrontación con la izquierda ampliamente movilizada. En la época de altísima polarización y crisis social y política que antecedió al golpe de Estado de 1973, la JUP entendía la violencia como una forma válida de acción. Sumaron muchos apoyos, sobre todo en el interior del país, en donde había actos multitudinarios en los que hablaban representantes del Partido Nacional y del Partido Colorado. La bandera de la JUP, mitad blanca y mitad colorada, era un claro mensaje de cohesión de ambas colectividades9 frente al enemigo común que podía ser “la izquierda”, ya fueran comunistas, tupamaros o en general el propio Frente Amplio, que por ese entonces estaba naciendo. En esos actos, Hugo Manini Ríos fue un orador destacado.

Dos décadas más tarde, pasada la dictadura, como productor y dirigente arrocero fue una pieza clave de la movilización social del campo contra el gobierno del presidente colorado Jorge Batlle. Otra vez un Manini Ríos ponía un parate a la política de un Batlle. Lo curioso fue que en esta oportunidad había abandonado la posición conservadora para pasar a alinearse con la agenda que promovió el Frente Amplio, que por esa época llegaba por primera vez al gobierno. Como representante del sector agropecuario-industrial Hugo Manini Ríos integró la llamada Concertación para el Crecimiento, una alianza entre sectores sociales, sindicales y empresariales, cuestionando el modelo económico en vísperas de la crisis de 2002, que en su momento llegó a tener una importante convocatoria. En 2004, año electoral, el dirigente arrocero adhirió públicamente al Frente Amplio-Encuentro Progresista-Nueva Mayoría, apoyando la fórmula presidencial Tabaré Vázquez-Rodolfo Nin Novoa. Mantuvo su apoyo a la coalición de izquierdas en las dos elecciones siguientes.

Hugo fue también quien, luego del cierre del diario La Mañana, impulsó su reciente reapertura como semanario. Fue su director hasta su muerte, en marzo de 2023.

La capacidad de Hugo de escuchar, cambiar y abrirse a nuevas posibilidades fue una de sus características sobresalientes. Así lo recordó su amigo Fernando López, presidente de la Comisión Nacional de Fomento Rural, en una nota publicada en La Mañana:

Nos conocimos siendo los dos dirigentes gremiales, él presidente de ACA y yo de la Comisión Nacional. Compartimos la crisis de la década del 90, con la movilización del 13 de abril de 1999 histórica, compartimos el proceso de la Concertación para el Crecimiento del 2000-2001, y también vivimos juntos todo el proceso de la crisis financiera del 2002. Era alguien que defendía como principios básicos la producción nacional y la integración regional, esa visión federal, y era una persona con una gran convicción pero que, al mismo tiempo, también sabía escuchar. Fue de los primeros en tratar de articular con sectores del Frente Amplio, como por ejemplo en la Concertación, hablando con la Central Sindical y otros actores; eso lo llevó a asumir un costo muy grande, recibiendo críticas de algunos círculos, muchos muy cercanos.

Tuvo, por supuesto, una capacidad para juntarse con gente muy diferente. Y en los encuentros de fin de año, que en muchos de los casos era paella, donde obviamente él era el cocinero, y era el anfitrión con delantal, con su gorro y con todo su ordenamiento, había dirigentes, autoridades, amigos, toda esa diversidad de gente que juntaba. Muchas veces participó Tucho Methol,10 al que él admiraba mucho, al igual que admiraba a Rodó. Por lo tanto, fue una persona muy activa, y en el proceso tan duro de la crisis financiera colaboró en gran medida por el pacto social para salir de una manera civilizada.11

En la misma nota de La Mañana, otro allegado de la familia recuerda “las interminables y magnéticas” charlas entre Hugo y Guido, en las que, asado mediante, analizaban la historia del mundo. En efecto, para Guido, Hugo fue una figura central y coherente, y lo recuerda de esta forma en entrevista para este trabajo:

Yo creo que si hay algo que destacar de Hugo es la coherencia a lo largo de toda su vida (...) Él siempre tuvo clara determinada concepción que en algún momento la izquierda no representaba en los años 70, cuando era una izquierda muy alineada con la URSS, en la época de la Guerra Fría. Y de repente en 2004 [esa fuerza política pasó a ser] lo que más representaba el apoyo a ese trabajo nacional, a ese mundo por el cual siempre peleó. Él era básicamente en esa época un gremialista de la asociación de arroceros que venían peleando por sobrevivir. Porque tuvo en el pasado un momento muy jodido por la falta total de apoyo del gobierno, de los gobiernos colorados, los últimos, tal vez también del blanco. Entonces venían de una pelea permanente y el Frente en su momento le ofrece las soluciones que él encuentra. Y encuentra ciertas, digamos, coincidencias que no encontraba en otro campo. Fue coherente y no se ata a ningún nicho en el cual lo quieran encerrar. Yo diría que una persona que es similar a él en eso es Alberto Methol Ferré, que primero que nada nace ateo, se convierte al catolicismo, es fundador del Frente Amplio en el 71, le hacía los discursos a Seregni en el año 71, después apoya a Volonté… y justo el mes que se muere es cuando Mujica gana, en noviembre de 2009, a quien él había anunciado su apoyo. Fue coherente toda su vida con una línea, había que estudiarlo y definirlo, pero yo creo que un tipo coherente que hizo lo que él entendió que se ajustaba a su concepción de la vida. Mi hermano, en ese sentido, yo creo que también. Hoy hay que leer La Mañana y ver muchos de los artículos que estaban en la misma línea que él podía tener en el año 71 o 70. Yo tenía 12 años en esa época, pero recuerdo sus discursos, esos actos [de la JUP], en Sauce, que eran multitudinarios, se decía que había más de 100.000 personas… algunos dirían que estaban exagerando, pero que la plaza de Sauce estaba totalmente llena y era una multitud no hay ninguna duda. Hay fotos que lo muestran. Yo creo que más que nada hay una coherencia, hay una línea.

Quiso el destino que tuviéramos pactado con el general uno de nuestros encuentros para el 24 de marzo, día después del entierro de su hermano. Empezamos la entrevista hablando de él. Le comenté que había escuchado al senador Guillermo Domenech referirse a Hugo como el “padre biológico” de Cabildo Abierto. Así reflexionó Guido sobre la pérdida de su hermano:

Por supuesto que la desaparición de él es una baja muy sensible para Cabildo. Recuerdo conversaciones con él a lo largo de toda mi vida. Más de medio siglo conversando, nunca vi un cambio de actitud [suyo] ante las cosas esenciales. Sí podía tener ese pragmatismo que hay que tener a veces, en cuanto a cuál es el camino para llegar a un objetivo. Pero siempre decía que el que no está dispuesto a cambiar el camino para llegar al objetivo se quedó en el tiempo y debilita su posición; en ese sentido fue muy coherente hasta el último momento. La falta de él indudablemente es para nosotros una sensible pérdida. Y en la experiencia política también: el aporte intelectual es indiscutido pero también en lo que tiene que ver con haber transitado la actividad política, eso también era un activo de consulta. Él era un político, como puedo serlo yo, político en el sentido amplio del término, pero él nunca incursionó en la política partidaria, ¡y vaya si hubiera tenido oportunidades en las elecciones del 71! Pudo haber sacado una lista por cualquiera de los partidos tradicionales —en aquella época era impensable fuera de ellos— y probablemente hubiera sido legislador. No le interesó nunca. Nunca estuvo en el tema político partidario, y tampoco en esta última etapa. Él entendía que lo suyo eran las ideas, su pasión era el periodismo. En los últimos cuatro años de su vida volvió a eso que había tenido en su juventud, y escribía muy bien. Tenía muy buena pluma sobre distintos temas que yo creo que son muy sensibles y era un aporte importante. Basta leer todos estos números de La Mañana, en la página 2 generalmente había una columna suya. Siempre estaba, yo creo que con el metro y la plomada, exactamente analizando los distintos temas… pero nunca le interesó la política partidaria como tal.

La carrera militar

La institución militar es en gran medida la columna vertebral en la figura de Guido Manini Ríos. De sus 65 años, pasó 46 en el Ejército, recorriendo todos los intersticios que lo llevaron a ser comandante en jefe de esa fuerza.

Fue a principios de la década del 70 que decidió comenzar con la carrera militar. No era una elección obvia por su origen, su formación o su extracción social: no venía de familia de militares, tenía un buen pasar económico y ya había comenzado el Liceo Francés en Carrasco cuando dio la prueba para entrar al Ejército. Esa decisión, según relató, estuvo estrechamente vinculada al clima que se vivía en el país, en los albores de lo que sería el golpe de Estado.

“Ese año era todos los días noticias y titulares grandes en toda la prensa. Recuerdo que mi familia tenía un medio de prensa: el diario La Mañana. Leíamos toda la prensa y era: el asesinato de fulano, el secuestro de mengano, la bomba en tal lado, operativos…Y los militares ese año [1972] fueron protagonistas en la lucha contra un movimiento guerrillero. Y yo veía eso. Un día, como algo que surge de adentro, dije: me gustaría estar ahí”, contó en una entrevista para estudiantes de la Universidad Católica, que reprodujo el medio Sudestada.12

En el ciclo de entrevistas que realizó el periodista y filósofo Facundo Ponce de León, Manini se explaya acerca de ese momento y su decisión:

Todo el mundo estaba muy preocupado por la política, estoy hablando del año 1970 (…) un momento que estaba muy picado el ambiente político en el Uruguay (…) años de mucha fragmentación, digamos, de división política. Había mucha dureza en las calificaciones de “ellos y nosotros”, ese tipo de conversaciones que uno escuchaba, y se mezclaba mucho con historia, mi padre era muy de la historia. (…) Es difícil definir cómo es que surgen las vocaciones, ¿no? En el año 72 yo tenía 13 o 14 años, fue un año muy particular. Fue un año en que los noticieros casi que a diario mostraban episodios de un enfrentamiento, había atentados, me acuerdo un día que matan a los cuatro soldados dentro del jeep, o aquellos incidentes el 14 de abril, todos los muertos… ¡Hay que estar en aquella época! Y yo, a mis 14 años… uno percibía como que se estaba librando algo así como una guerra, ¿no? Entonces en esa mentalidad adolescente a uno como que se le despiertan las ganas de ser partícipe de esa guerra, no quedarse fuera. Entonces un día les digo a mis hermanos y a mi madre: “Pah, me gustaría ser militar”, y quedaron todos sorprendidos. (…) Me la aceptan enseguida. “¿Querés ser militar? Bueno, vamos a averiguar qué hay que hacer”. Averiguaron. Y justo nos enteramos de que existía un liceo militar, que arranca en tercero de liceo. Yo estaba en segundo. (…) Entonces a finales del 72 me preparé para entrar a ese liceo. El examen no era fácil porque había muchos aspirantes a ingresar y las vacantes eran limitadas. Algo así como 500 aspirantes y 100 vacantes (…) La prueba fuerte era matemática. Siempre fui bueno para las matemáticas, pero no había que regalarse. Entonces pasé los últimos meses del año 72 yendo todos los días a un profesor, y bueno, obtuve la segunda nota de los que concursamos, así que me dio bien para ingresar. Empiezo en febrero del 73. Exactamente el golpe de Estado es en febrero del 73: el real, cuando se desconoce al presidente y todo… [Pero] uno a los 14 años no tenía idea de lo que estaba pasando. Me acuerdo de que [el golpe] pasó el 9 de febrero y nosotros habremos ingresado el 17 de febrero, unos días después. Y en junio [fue] la disolución de las cámaras. (…) Había cierta conmoción. El día que disolvieron las cámaras nos reunieron en un salón grande y nos comunicaron eso. Nos dijeron: “bueno, ahora ustedes estén con cuidado en la calle”, porque estábamos todos uniformados del Liceo Militar, un saco azul con el escudito del Liceo Militar. “Y tengan cuidado cuando vayan a sus casas, pero a partir de ahora tienen un mes de vacaciones”. Nos dieron a todos un mes de vacaciones, y ahí desaparecimos. Había mucha expectativa y ansiedad por lo que ocurría en el país, todo eso fue un proceso que termina en esa ruptura institucional. Pero en aquella época la gente común, digamos, prácticamente que no reaccionó ante esto, simplemente lo aceptó como un hecho de la realidad, consecuencia de un proceso que se venía dando hacía tiempo.13

Terminado el Liceo Militar entró a la Escuela Militar, en 1975. Para 1978, se graduó de alférez del arma de Infantería, en la promoción “Leandro Gómez” (todas las promociones militares honran a una figura destacada de nuestra historia militar, y en aquel momento el homenajeado fue el líder de la defensa de Paysandú e ícono de la tradición blanca). Luego, Manini se formó en el Batallón de Infantería Paracaidista N.º 14. Paradójicamente, a partir de entonces, lo único que hizo su carrera fue ascender. Es ahí que comienza su cadena de promociones, siempre por concurso.

Mientras atravesaba los diferentes escalones profesionales, allí también transcurrió una parte importante de su vida familiar: a los 22 años Guido conoció a quien sería su esposa, Irene Moreira, con quien tuvo dos hijos, Bruno y Micaela. Irene también tuvo una carrera política en el Partido Nacional previa a acompañar a Manini en Cabildo Abierto. Como ella dijo en una entrevista con Sudestada, el Partido Nacional y su esposo eran “sus dos amores”, pero que si no tomaba una decisión en cuanto a plegarse a los futuros pasos políticos de su esposo, “iba a provocar un divorcio”. En esa entrevista también dijo que no se arrepiente de la decisión que tomó de apoyarlo.14

En virtud de los parámetros militares, la carrera militar culmina en el grado de coronel, en el sentido de que es hasta esa posición que hay concursos y posibilidades de ascender por méritos propios. Manini llegó a coronel en febrero de 2003, luego de haber obtenido la nota más alta en el concurso. No obstante, el plazo en que lo consiguió se dilató debido a las sanciones que le pusieron siendo capitán.

A comienzos de la década del 90, el comandante en jefe de ese entonces, Guillermo de Nava, le aplicó una sanción de 20 días de arresto a rigor. Manini era capitán en el Batallón de Paracaidistas 14 y parte de la unidad tuvo una actitud que fue considerada como una suerte de desobediencia, por lo que el jefe del batallón pretendía dar de baja a varios de los involucrados. Para defender a sus subalternos y evitar que fueran expulsados, Manini Ríos se hizo responsable de lo sucedido. Esa sanción le costó posponer varios años su ascenso al grado de mayor, algo que logró finalmente en 1995 (ver recuadro).15

En ese tiempo realizó dos misiones en el exterior del país, primero a Irán e Irak entre 1988 y 1989, y después a Mozambique, entre 1994 y 1995.

En 1999 le fue conferido el grado de teniente coronel y un año más tarde se recibió de licenciado en Historia en la Universidad Católica del Uruguay, una materia que abraza con pasión.

Ya siendo coronel, en 2004, recuerda lo que para él es un hito y motivo de orgullo, cuando resulta el más votado de todos los coroneles para integrar los tribunales de honor, órganos colegiados que juzgan el aspecto moral de las cuestiones sometidas a su jurisdicción, siendo independientes de los procedimientos administrativos, disciplinarios y judiciales. (En nuestro país, la legislación prevé la existencia de tribunales de honor para juzgar a los oficiales de las Fuerzas Armadas. Se juzga por convicción moral de sus miembros, los que actúan como jueces de hecho y no de derecho, y sus fallos están inspirados en el sentimiento de honor del deber militar.)

La única instancia en que los militares votan [dentro de las fuerzas armadas] es para elegir los tribunales de honor… Yo fui el más votado de todos los coroneles. Se pone toda la lista de coroneles y los oficiales todos votan a quien quieran; el voto es secreto. O sea, es la única instancia democrática dentro de las fuerzas armadas. Es algo de lo cual nunca jamás hice alarde, pero yo fui el más votado de todos en 2004. Como después estuve en el exterior, esa fue la única votación a la que me sometí, porque los que estaban fuera del país no integraban la lista.

Para Manini, este hecho es simbólico por el apoyo que concitó, y lo toma como una muestra de su compromiso con la fuerza.

A partir de la jerarquía de coronel empezó para él otra carrera, con mayor responsabilidad y mando, primero al frente de la Brigada de Infantería N.° 4, ubicada en la ciudad de Minas, y luego dirigiendo el Hospital Militar.

Yo tuve la oportunidad como coronel de ser comandante de una brigada, que militarmente viene a ser el cargo más importante para un coronel, porque manda tres batallones. Dentro de la escala de mando, es un cargo importante. Y después de que dejo la brigada (…) me designan inmediatamente director del Hospital Militar.

Esta última designación al frente del Hospital Militar fue verdaderamente clave en su carrera y proyección, por lo que merece un análisis detallado en siguientes apartados.

Siguiendo con el orden cronológico de sus responsabilidades, a continuación Manini fue designado asesor del Colegio Interamericano de Defensa de Estados Unidos, por una “media agregatura”, es decir, por un año en vez de dos.

A su regreso, a mediados de 2011, vuelve a la división de Ejército 1 y ocupa el cargo de segundo comandante. Y para final del año se presentaban dos vacantes de general.

En nuestro país, parte de la estructura que hace que la institución militar esté formalmente subordinada a las autoridades políticas pasa precisamente por la elección de estos cargos superiores. Por eso es que Manini se refiere a que la carrera “puramente militar” termina en el grado de coronel: es hasta ese grado que el ascenso depende propiamente de los méritos militares sin vincularse con el poder político.

La arquitectura institucional le da una autonomía relativa a las fuerzas armadas pero explícitamente las subordina al Poder Ejecutivo. De ahí la referencia a que, en última instancia, el mando de las Fuerzas Armadas está en el presidente de la República. Según lo establece la Ley Orgánica de las Fuerzas Armadas (19.775), “el Mando Superior de las Fuerzas Armadas, conforme a lo dispuesto en el numeral 2 del artículo 168 de la Constitución de la República, corresponde al Presidente de la República actuando con el Ministro de Defensa Nacional o los Ministros respectivos o en el Consejo de Ministros. Del Mando Superior, a través del Ministro de Defensa Nacional, dependen los Comandantes en Jefe del Ejército, de la Armada y de la Fuerza Aérea”.16

¿Qué significó esto para Manini? Así lo explica:

Yo llego de Estados Unidos a mediados del 11, cuando el ministro [de Defensa] era Fernández Huidobro (…) Ahí empieza el partido, el otro partido de ascender a general. Ya es un tema más político, porque ahí eso lo selecciona el presidente de la República, es el que dice quién asciende y quién no. Y ahí no hay mérito ni más votado en el tribunal de honor ni primero en el concurso por coronel ni nada. Ahí es “me gusta o no me gusta”, es así. En ese momento había una crisis grande y quejas permanentes por el tema sanidad militar; en realidad yo era la persona indicada para el cargo de sanidad militar porque había sido director del Hospital Militar y dentro de todo había sido bien visto por todo el mundo como director, como que había arreglado todos aquellos problemas.

Para Manini, la explicación de su ascenso a general se debe a su desempeño en el Hospital Militar, y a que su nombramiento en ese rol representaba la solución de un problema en la sanidad. Ponerlo al frente de la repartición Sanidad Militar era ocuparse de un auténtico dolor de cabeza. Pero ¿por qué es tan importante la sanidad militar?

Cuidando la salud de la familia militar

Manini ejerció dos cargos de mucha responsabilidad que trascendieron la órbita de lo estrictamente militar, y que tuvieron que ver nada más y nada menos que con cuidar la salud de los militares y sus familias. Primero hay que aclarar que en nuestro país, dentro del sistema público de atención, militares y policías tienen un sistema de atención propio. Dentro del sistema militar, una pieza clave es el Hospital Central de las Fuerzas Armadas, del cual Manini fue director general. Más tarde fue nombrado también director de Sanidad Militar, organismo encargado de todo el sistema de salud de las fuerzas armadas (desplegado en el país, e incluye bajo su jurisdicción al Hospital Militar).17

Para él, haber estado al frente del hospital y luego de Sanidad representó un parteaguas en su carrera:

Ese fue tal vez el cargo más removedor que tuve, más enriquecedor, más complejo, por lejos, en un momento muy difícil, por la situación que se vivía a nivel de la sanidad militar: falta de especialistas, problemas con los anestesistas, no había esto, no había lo otro, faltaba esto… había que contemplar una masa de usuarios, eran como 160.000 que dependían de que su atención fuera mejor o peor si uno hacía una buena gestión. Entonces, ahí yo tuve oportunidad de estar permanentemente en contacto con problemas tremendos. Toda la vida uno está con los problemas por las características de la propia gente que integra las fuerzas armadas. Pero ahí en el Hospital Militar y después como general también al frente de Sanidad Militar, seis años en total, uno toma contacto con la familia, con los problemas sociales, con el que le dan de alta y no tiene a dónde ir y se queda internado y no se va, y hay que conseguir a donde mandarlo, hablar con el internado… todo ese tipo de problemas. Fue una instancia especial que también en cierta forma me condiciona el futuro.

En 2006, antes de que Manini se vinculara al hospital y de que se consolidara la reforma que creó el Sistema Nacional Integrado de Salud (SNIS) en nuestro país, 4,1% de la población se atendía en Sanidad Militar.18

Ya al frente del hospital, cuando se celebró su centenario en 2008, y en un momento clave mientras se estaba definiendo la reforma más ambiciosa en términos sanitarios de nuestra historia reciente, Manini hizo algo poco común —y muy probablemente planificado— para un coronel: dio un discurso público ante una audiencia en la que destacaban el presidente Tabaré Vázquez y el ministro de Defensa, José Bayardi, así como los expresidentes Luis Alberto Lacalle y Jorge Batlle. Según Manini, esa fue la primera vez que se encontró cara a cara con Vázquez, y fue en el propio terreno del presidente, el de la salud. El resultado fue favorable para Manini: Vázquez quedó impresionado.

Vázquez ahí me conoció personalmente. Porque en 2008, siendo yo director del hospital, el hospital cumplió 100 años, es un evento al que va el presidente de la República. Y yo hice un discurso que le gustó mucho a Vázquez, muy tocante, sin leer. Eso me lo contaba el edecán Nelson Pintos, que después también ascendió a general. Me contaba que Vázquez quedó muy impresionado.

En aquel discurso, Manini recorrió la historia del hospital, creado en 1908, en el que ya desde 1919 podían atenderse los familiares de los militares, y lo definió como una institución referente en el sistema de salud. Pero el énfasis del discurso no solo estuvo puesto en el pasado de la institución, sino en el presente: dijo que el hospital no formaría parte del SNIS, resaltó que era la primera institución asistencial pública para atender cualquier emergencia médica nacional y dar respuesta a situaciones de catástrofe, y habló sobre el futuro Programa de Trasplante Hepático. Llevado adelante por un convenio firmado junto con el Fondo Nacional de Recursos y el Hospital de Clínicas, es para Manini una de las “joyas” de su gestión al frente del hospital. En este programa estuvo Karina Rando (hoy ministra de Cabildo Abierto).

Arrancamos algo que fue un golazo, que hasta el día de hoy es una joya del Hospital Militar, que es el trasplante de hígado. Y hubo que pelearla y yo la peleé porque lo querían hacer en el Hospital de Clínicas. Yo iba a pelear, iba uniformado. Me acuerdo de que entraba al Hospital de Clínicas a debatir con la doctora Graciela Ubach, la directora del Clínicas, y todo un equipo de ella, el doctor [Henry] Cohen, que tuvo protagonismo en la pandemia, era el grado 5 de gastroenterología, y el hígado está dentro de gastroenterología. Entonces estaban con que tenía que ser en el Clínicas, y nosotros decíamos que tenía que ser en el Militar porque el Clínicas era un desastre, no podía, que el ascensor no funcionaba, que esto, que lo otro. Y fue una pelea, hasta que al final reinó el sentido común y salió en el Militar, pero fue un logro eso. Y ahí arrancamos con los trasplantes; me acuerdo de que el primero fue en julio de 2009: hoy van como 300 trasplantes, con números parecidos al mejor país de Europa en cuanto al éxito de las intervenciones.

Para Manini, haber logrado que se realizaran estos trasplantes de alta complejidad en el Hospital Militar y de una forma tan exitosa demostró hacia adentro y hacia afuera de la Sanidad Militar que el hospital era una institución capaz. Y esto luego de que atravesara problemas a su entender

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