La isla del silencio

Laia Vilaseca

Fragmento

Do not stand at my grave and weep

I am not there. I do not sleep.

I am a thousand winds that blow.

I am the diamond glints on snow.

I am the sunlight on ripened grain.

I am the gentle autumn rain.

When you awaken in the morning’s hush

I am the swift uplifting rush

Of quiet birds in circling flight.

I am the soft stars that shine at night.

Do not stand at my grave and cry;

I am not there. I did not die.

MARY ELIZABETH FRYE , «Immortality»

Lately I can tell that you’re scared

Well, we’re growing up

Said maybe if you changed your hair

You’d be good enough

For kids I used to know that died

Now they’re not around

I wonder what they think of life

When they’re looking down.

THE VIRGINS , «Fernando Pando»

Prólogo

Prólogo

Jueves Santo, 8 de abril de 1982

Expectativas

Las ha visto mientras bajaban del coche en el aparcamiento del hotel. Se ha fijado porque conducían un vehículo poco habitual y bastante nuevo, de color rojo: un Audi Quattro, el primero que ha visto en su vida. Han bajado risueñas y despreocupadas, y ni siquiera se han dado cuenta de su presencia, una sombra escondida entre los pilares del porche exhalando lentamente el humo del cigarrillo, que danza hacia el cielo y se mezcla con las estrellas, con las pupilas clavadas en las tres figuras iluminadas por las cálidas farolas que preceden la entrada principal del Siurana.

Han irrumpido en la recepción alegres y emocionadas, con la expectativa de pasar cuatro días en ese encantador pueblo de montaña paseando por los bellos parajes y navegando por el majestuoso lago. Han canturreado sus nombres y apellidos con la despreocupación de quien espera solo cosas buenas, y el hombre encorvado detrás del mostrador les ha asignado la habitación 209. Después ha forzado una sonrisa, les ha deseado una buena estancia y les ha dicho que si necesitaban cualquier cosa se lo hicieran saber.

Las tres mujeres han arrastrado las maletas nuevas por el pasillo admirando la rústica calidez del hotel y, mientras buscaban la habitación que va a ser su casa durante cuatro días, han acordado que su primera excursión será a la Isla del Silencio, mañana por la mañana, muy temprano, antes de que se llene de turistas, porque ellas, claro, no se consideran turistas. Así podrán disfrutar de ella tranquilamente y en soledad.

No tienen ni idea de que en su cabeza está formándose un plan muy diferente para ellas. Porque sí, porque el azar ha querido que se cruzaran con él en ese momento, su vida acaba de dar un giro radical e irreversible.

Por desgracia, al día siguiente, cuando se den cuenta, ya será demasiado tarde.

Capítulo 1

1

Entonces, 10 de septiembre de 1996

Una tarde de finales de verano

Cada vez que le preguntaban por lo que había pasado, Emma decía que toda la culpa la tenía la señora Assumpta por el comentario que había hecho en la caja registradora aquella tarde de finales del verano de 1996, cuando Nil había pasado a buscarla para ir a la casita.

Aún había una cantidad nada desdeñable de turistas en el pueblo, así que ella tenía que alargar las horas que ayudaba en Cal Marginet hasta que terminara la temporada. En la caja había una cola de más de ocho personas (algo impensable en el mes de enero) que charlaban mientras esperaban a que les cobraran lo que llevaban en la cesta de mimbre que habían llenado en la tienda. Si hubiera estado sola, en ese momento se habría agobiado, porque no veía la hora de marcharse y pasar un rato con Marc y Nil antes de ir a cenar, pero Nil había ido a buscarla temprano y estaba a su lado, ayudando a meter la comida en bolsas de plástico, lo que mejoraba absolutamente la situación.

—Mil ciento treinta pesetas, por favor —dijo Emma.

La chica rubia que tenía delante, que debía de ser seis o siete años mayor que ella, abrió la cartera de color azul fluorescente, despegó el velcro y le dio un billete de mil pesetas y una moneda de quinientas con una sonrisa.

—Una cosa… ¿Sabéis si se puede visitar la Isla del Silencio? —le preguntó con cierta timidez cuando Emma depositó el cambio en la palma de su mano.

Estaba acostumbrada a este tipo de preguntas, pero no podía evitar enfadarse un poco cada vez que se las hacían. Entendía la atracción que suscitaba, por supuesto, pero le sabía mal que la isla acabara convirtiéndose en un lugar turístico por la tragedia que había marcado Sant Jordà cuando ella apenas tenía un año.

—Si conseguís una barca… —le contestó.

—Pero no conocéis a nadie que pueda llevarnos, ¿verdad? —le preguntó el chico con camisa de cuadros que acompañaba a la rubia.

—No, no se hacen visitas turísticas, si es lo que preguntas —le contestó sin ocultar su mal humor.

—Podemos llevaros nosotros —intervino Nil de repente—. Pagando, claro.

Emma lo miró, asombrada y molesta a partes iguales.

—¿Ah, sí? —dijo.

Él la apartó un poco de la caja y le susurró:

—Podemos llevarlos con la barca de Marc.

—La barca de su padre, querrás decir.

—Da igual. La hemos cogido mil veces. Los llevamos mañana por la mañana, les mostramos lo que quieren ver y nos sacamos una pasta fácil. ¿Cuál es el problema?

En ese momento no sabía explicarle cuál era el problema, pero lo intuía.

—¿Qué decís? ¿Podéis llevarnos o no? —insistió el chico levantando un poco más la voz.

—Sí, pero os costará cinco mil pesetas —le contestó Nil.

—¡Lo que me faltaba por ver a mi edad! —exclamó, indignada, la señora Assumpta, que era la siguiente en la cola y había observado con una ceja levantada, aunque en silencio hasta ese momento, la situación—. Después de lo que hizo tu padre, ¿no te da vergüenza aprovecharte de la situación? —le reprochó a Nil.

—No sé de qué me habla, señora —le contestó él, entre cabreado y curioso por la intromisión de la vieja—. Mi padre solo hizo su trabajo. ¡Y menos mal!

—Eso es lo que quiere que pensemos todos, pero la cosa no está tan clara. Si lo conoces bien, seguro que ya lo has intuido. Yo le preguntaría cuatro cosas, chico, a ver si te las puede aclarar.

—Señora Assumpta… —intervino Emma—, lo que dice está fuera de lugar.

—¡Lo que está fuera de lugar es que un hombre inocente esté en la cárcel! ¡Qué sabréis vosotros, mocosos, que apenas habíais nacido cuando pasó! —gritó exasperada—. ¿Sabéis lo que os digo? Que no necesito todo esto. —Señaló la laca Elnett y el pan Bimbo que había dejado en la cinta de la caja—. ¡Ya podéis iros a freír espárragos, mierda de juventud!

Y se marchó furiosa dando un golpe en el suelo con el bastón de roble que la acompañaba a todas partes, con la decena y media de ojos de los que hacían cola clavados en su espalda.

—Esperadnos mañana a las diez en la cala de los Enamorats —les dijo Nil a los dos turistas, decidido y apartando con la mano la incertidumbre que flotaba en el aire después de esa extraña interacción.

—De acuerdo —repuso el chico sin intentar reprimir la satisfacción que le había producido el pequeño espectáculo y admirado por la compostura de Nil.

Pero en ese momento Emma supo que las palabras de la señora Assumpta le habían afectado más de lo que parecía, que habían abierto una grieta. Lo que no sabía era que esa grieta se convertiría en una caja de truenos.

Aunque de algún modo intuía la tormenta, hasta poco más de un año después no entendió el daño que le había hecho ese comentario, y entonces vieron las consecuencias.

Ahora, 9 de julio de 2024

El encargo de la viuda

El GPS lo guía a través de Sant Jordà siguiendo primero gran parte del contorno del lago Valman y después haciéndolo avanzar por un estrecho callejón de adoquines que serpentea hacia la falda del monte de los Set Vents, hasta que por fin llega al número 4 de la calle de Cal Verder. Aparca el jeep negro dos casas más allá, en la otra acera, cruza la calle bajo el sol radiante y llega a la casa de piedra gris de dos pisos rodeada de un jardín con la valla de madera marrón oscuro que ya ha visto en Google Street View.

La mujer que le abre la puerta tiene los ojos llorosos y unas ojeras bastante marcadas, a pesar del maquillaje que intenta disimularlas. Lleva el pelo rubio canoso recogido en un moño desordenado y va vestida de color negro de la cabeza a los pies.

—Buenos días, señora Mateu —la saluda con una ligera sonrisa—. Soy Levy. Hablamos anteayer por teléfono.

La mujer asiente y mira de reojo a ambos lados de la calle antes de indicarle con una mano que entre.

—Sí, claro. Adelante, adelante —murmura mientras avanza por el recibidor de parquet.

Cuando llega al rellano del que surge una escalera de caracol, abre la puerta de madera de la izquierda y lo hace pasar a la sala de estar, en la que las cortinas mitigan la claridad impetuosa del exterior. Esto, junto con las paredes de piedra, hace que la estancia sea fresca y agradable, aunque quizá demasiado oscura.

—Siéntese aquí, por favor. —Le señala un sofá chéster de piel de color azul de Prusia—. ¿Quiere tomar algo?

—No, gracias.

La respuesta parece satisfacerla, porque asiente con un minúsculo movimiento de la cabeza. Después se sienta en el sillón, también azul, a la derecha del sofá, y señala una caja rectangular de cartón, con la tapa puesta, que descansa sobre la mesa baja circular de vidrio y patas de hierro forjado que tienen delante.

—He supuesto que querría echar un vistazo a los documentos de Jep. Esto es lo que me ha entregado la Guardia Civil. Están los informes de la autopsia y las fotografías del lugar del accidente. También está todo lo que había en su despacho, aquí, en casa.

Levy asiente, pero todavía no se inclina hacia la caja.

—Gracias. ¿Cree que puede haber más documentos importantes en algún otro sitio? ¿La caja fuerte de un banco o algún otro lugar?

Ella niega con la cabeza.

—No. He revisado la caja fuerte. No hay nada que pueda interesarle.

—¿Dónde está el coche que conducía su marido, el Tiguan? —vuelve a preguntarle Levy.

—En la era de Vicenç. Es el mecánico de la zona y se ocupa del desguace de los vehículos de la comarca. Tiene un descampado al lado de su casa, a unos tres kilómetros de la salida del pueblo, en dirección a Trescases.

—Señora Mateu… —Inclina hacia ella el torso con las manos entrelazadas y los codos apoyados en las rodillas—. Es consciente de que, depende de lo que descubra, podría perder el dinero del seguro, ¿verdad?

Ella mueve la cabeza a un lado y a otro, convencida.

—El seguro cubre la muerte aunque sea homicidio. Como él era guardia civil, lo dejó bien atado.

—No me refería a eso. Debemos considerar todas las posibilidades, y una de ellas es el suicidio.

—No, no. De ninguna manera. —Vuelve a negar con la cabeza—. Jep nunca lo haría, se lo aseguro.

No es necesario que el hombre le diga nada. En cuanto se ha oído a sí misma, ha entendido que le ha contestado como la mayoría de los familiares de personas que se han suicidado.

—Y si así fuera —añade—, que no lo será, prefiero saberlo que vivir engañada. Quiero saber qué le pasó, detective. Haga lo que tenga que hacer para descubrirlo.

Le clava los ojos castaños, pequeños e inquietos, para ilustrar su convicción. Después saca un sobre alargado de color ocre y bastante gramaje de dentro de la caja de madera oscura que reposa en la mesa baja y se lo tiende a Levy—. Aquí tiene el anticipo que acordamos. Le pagaré el resto al final, cuando haya descubierto la verdad.

Él coge el sobre y se lo guarda en el bolsillo interior de la americana de lino beige.

—Le ruego que a partir de ahora nos veamos lo menos posible en persona, si no es estrictamente necesario —le dice ella, y agacha la mirada.

Él asiente.

—Sí, por supuesto, como prefiera. Contactaré con usted por teléfono si hay algo urgente. Espero poder enviarle un informe preliminar del caso en un par de semanas. Pero antes de marcharme quisiera hacerle algunas preguntas. La primera es: ¿qué cree usted que pasó?

La viuda del capitán lo observa contrariada.

—¡Es evidente que no lo sé! ¡Para eso le pago, para que lo descubra!

—Sí, sí, lo entiendo. Pero si tuviera que decir algo, si tuviera que elegir una opción, ¿cuál sería? Creo que sospecha que lo mataron.

Ella se relaja un poco.

—No me cuadra que estampara el coche en esa curva. Ha pasado por allí cientos de veces en su vida. El coche acababa de pasar la revisión. Era casi verano, no había nieve, no llovía ni había niebla…

—Si no me equivoco, la cantidad de alcohol en sangre que le encontraron superaba bastante el límite legal —la interrumpe.

—Veo que no ha esperado a recibir la documentación para ponerse a trabajar. —Esboza una sonrisa agridulce que deja entrever unos dientes alineados, y añade—: Jep no bebía. Lo había dejado seis meses antes por recomendación médica.

—Siempre puede surgir un imprevisto que haga cambiar de opinión. —Se encoge de hombros—. Quizá sucedió algo que lo indujo a beber. Por otra parte, tengamos en cuenta que no siempre podemos confiar ciegamente en las personas con las que compartimos la vida. He visto muchos ejemplos, créame.

Ella vuelve a negar con la cabeza.

—No, no. Se lo repito: Jep podía ser muchas cosas, pero no era tonto. El médico le dijo que debía dejarlo y lo dejó. Y si hubiera decidido volver a beber, que ya le digo que no, en ningún caso habría sido la cantidad que le encontraron en la sangre, ni habría cogido el coche.

—¿Quiere decir entonces que alguien lo obligó a beber? ¿A punta de pistola? —le pregunta Levy alzando una ceja. No es que descarte esa posibilidad, pero le parece poco probable.

—Yo no sé lo que pasó, por eso le pago. Es su trabajo, detective. —Y se levanta del sillón.

—¿Cree que alguien en concreto tendría interés en hacerlo desaparecer, señora Mateu? Porque este sería el momento de decirlo…

—Si hubiera alguien, ¿no cree que ya se lo habría dicho? —le pregunta en un tono que a Levy le parece exageradamente ofendido—. En fin…

Él asiente y esboza una media sonrisa. A continuación se levanta del sofá y extiende la mano de dedos delgados y nudosos hacia la mujer que tiene delante. La señora Mateu se la estrecha. Acto seguido da media vuelta, se dirige a la puerta, la abre y observa en silencio cómo el detective la cruza y desaparece por la acera. Después se vuelve y, cuando llega a la oscuridad de la sala de estar, se echa a llorar.

Entonces, 11 de septiembre de 1996

Otro tipo de turismo

Eran las nueve y diez de la mañana cuando Nil llegó a la cala de los Enamorats. Como había supuesto, estaba desierta. La mayoría de las personas que vivían en el pueblo o lo visitaban todavía dormían después de una noche víspera de festivo. Mejor, así nadie le haría preguntas incómodas que pudieran meterlo en problemas.

Disfrutó del aire fresco mientras observaba la Isla del Silencio, sentado en la mezcla de arena gruesa y guijarros que conformaba la calita. No era una isla muy grande. Medía unos trescientos metros de largo por unos ciento veinticinco de ancho. Un rectángulo irregular de tierra y vegetación forestal con una insólita formación rocosa casi en el centro que albergaba unas cuevas con un pequeño lago interior. En el lado este, una pequeña ermita románica del siglo XII asomaba entre los pinos negros, altos y delgados como agujas gigantes intentando hilvanar el cielo limpio y azul.

Solo había ido a la isla tres veces, y las tres con Marc y Emma. Siempre había sentido curiosidad y terror cuando la observaba desde la distancia. Al fin y al cabo, era el lugar en el que se había cometido la barbarie. La abuela de Nil creía que, cuando ocurrían cosas terribles, los lugares en los que habían sucedido quedaban impregnados del terror y el dolor, y por eso había que evitarlos. Se lo había repetido hasta la saciedad. Pero cada vez que veía la isla, sentía una mezcla de pesar y curiosidad a partes iguales. De niño nunca se le había ocurrido pedirle a su padre que lo llevara, aunque sospechaba que la respuesta habría sido negativa, porque en general el hombre opinaba que, aunque la detención y la consecuente condena de Víctor Vallès había sido el punto álgido (y el primero y único) de su carrera como guardia civil —y, de hecho, le había granjeado un ascenso de sargento a teniente—, el pueblo, Catalunya y el mundo en general no sacaban provecho alguno de recordar el terror que había provocado ese desgraciado en la Semana Santa de 1982. Y por eso no se debía hablar de él. Desde que tenía uso de razón, en su casa solo existía un hombre del saco, Víctor Vallès, la crueldad hecha persona y el horror con forma de cuerpo humano.

El innombrable.

No debían recordarlo, mencionarlo ni hablar de lo que había hecho, porque eso era lo que él deseaba, le había dicho su padre un día durante la cena, cuando en las noticias hablaban del décimo aniversario de la tragedia. Aun así, Nil no acababa de entenderlo. Si era cierto, ¿por qué se había desdicho de la confesión dos días después de haberla firmado y había mantenido esa posición desde entonces? «Porque la vida en la cárcel es una mierda, Nil. Pero no lo pensó en ese momento y prefirió jactarse de la escabechina de la que era responsable. Y esto solo lo hace un tarado», le había contestado su padre.

Solo tuvo que esperar siete minutos para ver aparecer a Marc deslizando la barca por el Valman. Su mejor amigo desde que se habían conocido en la guardería, cuando tenían dos años, la acercó despacio al pequeño muelle situado a la derecha de la cala de los Enamorats y la amarró a uno de los cuatro bolardos.

—Hola —lo saludó.

—Hola.

—Gracias por apuntarte. El plan es un poco friki, pero nos cayó del cielo y así nos sacamos una pasta.

—De nada. Pero doy por hecho que compartirás los beneficios. —Le guiñó un ojo.

—Sí, claro. Dos mil quinientas para cada uno.

—Yo pongo la barca y la gasolina —replicó Marc con sorna—. Debería quedarme un poco más de la mitad, listillo.

—Yo hago la visita guiada y he conseguido a los clientes, así que a medias es lo justo.

—A medias es lo justo —aceptó Marc con una sonrisa que dejó ver sus dientes de nieve.

Ya pensaba hacerlo así desde el principio. De hecho, habría aceptado sin llevarse ni una peseta, pero no era necesario que Nil lo supiera.

—¿A qué hora vienen? ¿A las diez? —le preguntó Marc.

Nil asintió.

—Qué peña, ¿verdad? Me apuesto lo que quieras a que están en el Siurana —le dijo Marc.

Nil se encogió de hombros.

—A ver, en su momento fue una bomba. Es normal que tengan curiosidad. Nosotros también hemos ido.

—Nosotros somos de aquí. La vemos todos los días. Es casi una obligación conocer la Isla del Silencio. Forma parte de la historia de Sant Jordà.

—La verdad es que me extraña que a nadie se le haya ocurrido hacer visitas guiadas. Seguro que hay más gente interesada —le comentó Nil.

—Tío, no te pases. No está bien ganar dinero con las tragedias.

—¿Quieres decir que deberíamos echarnos atrás? —le preguntó a Marc con cierta ironía.

—No, ahora ya te has comprometido, pero de ahí a montar un negocio… Tío, a veces tienes unas cosas…

—Yo no he dicho que quisiera montarlo. He dicho que me extraña que a nadie se le haya ocurrido.

—Da igual. Muchas personas del pueblo no lo permitirían. Les parecería casi una herejía.

—¿Como mi padre? —Nil esbozó una media sonrisa y, tras una breve pausa, añadió—: Sería el primero en ponerse de culo.

—Pues si se entera de lo que estás haciendo, te mata. —Marc levantó las cejas e inclinó un poco la cabeza.

—Es muy posible, pero creo que ahora mismo está ocupado con otros temas.

—¿Qué quieres decir?

—Que tiene la cabeza, y quizá también la polla, en otros asuntos, no sé si me entiendes… —Las palabras de Nil destilaban desprecio.

—¿Está poniéndole los cuernos a tu madre? —le preguntó Marc, sorprendido.

—No estoy seguro, pero…

—¡Hola! —los interrumpió una voz femenina proyectada con fuerza desde el otro lado de la calita.

Su cita turística había llegado.

Nil levantó el brazo para devolver el saludo.

—Ya te lo contaré en otro momento —le dijo a Marc bajando la voz.

Esperaron a que la pareja atravesara la cala y llegara hasta ellos.

—Hola, ¿qué tal? —los saludó.

—¡Muy bien! —exclamó el chico de pelo castaño. Llevaba la misma camisa de cuadros rojos y blancos que el día anterior, unos vaqueros y unas chirucas recién estrenadas.

—Este es Marc —los presentó—. Llevará la barca hasta la isla y nos acompañará a la cueva.

Marc le lanzó una mirada entre divertida y sorprendida. No le hacía gracia dejar la barca en la cala de los Rocs, pero tampoco quería que Nil paseara solo por allí con dos completos desconocidos. ¿Y si eran unos tarados con malas intenciones? La barca se las apañaría sola, pero Nil quizá no.

—Me llamo Carles, y ella es Lluna —dijo el chico.

—Encantado. —Marc esbozó una sonrisa que los deslumbró, como solía ocurrir cuando sonreía.

—¿Nos aguantará a los cuatro? —preguntó la chica rubia, que llevaba una camiseta con la portada del Nevermind de Nirvana, unos vaqueros anchos de color azul claro y unas botas Dr. Martens de color lila oscuro.

—La Bruna ha llevado hasta a diez personas apretujadas sin problemas —le contestó Marc fingiendo que la duda lo ofendía—. ¡Cuatro culos no son nada para ella!

Acto seguido subió a la barca por la popa y los invitó a imitarlo.

La pareja se encogió de hombros y obedeció las instrucciones.

Marc liberó la barca del bolardo, se sentó en el banco, cogió los dos remos que descansaban en la tapa de la regala, introdujo uno en el agua mansa y con el otro alejó la Bruna del pequeño muelle antes de empezar a remar hacia la isla que, desde hacía unos años, para muchos estaba maldita.

No tardaron más de siete minutos en llegar al este de la cara norte, desde donde se divisaba la ermita de Sant Vicent.

Los dos turistas parecieron confundidos al ver que Marc bordeaba la isla en lugar de dirigirse hacia la ermita.

—Por este lado no se puede acceder. La cara norte es la más cercana a la cala, pero es demasiado escarpada y no es posible llegar a la costa sin chocar con las piedras que la rodean a muy poca profundidad. Destrozarían la barca —les explicó—. La única opción de acceder de forma segura es por la cala de los Rocs, en la cara sur de la isla.

—Ah, vale —murmuraron ambos a la vez.

—Supongo que conocéis la historia de la Isla del Silencio, ¿no? —les preguntó Nil mientras los dos turistas observaban la ermita, que en ese momento quedaba a su derecha. Se erigía desafiando al tiempo desde hacía ocho siglos y vigilando a todo el que se atrevía a entrar en la isla. La única testigo de la barbaridad por la que estaban allí.

—Más o menos —le contestó Carles—. A ella le gustan estas historias y…

—No es que me gusten —lo corrigió ella—. Tengo curiosidad. Parece mentira que haya personas que puedan hacer estas cosas.

—¿Y no te da miedo ir? —le preguntó Marc.

Ella se encogió de hombros.

—¿Y si nosotros fuéramos de esas personas? —añadió Marc.

—¿Y si lo fuéramos nosotros? —le preguntó Carles mirándolo fijamente.

—Aquí ninguno es de ese tipo de personas —los interrumpió Nil, que empezaba a percibir cierta incomodidad extraña. Quizá era cierto que el lugar estaba maldito. Cada vez que ponía un pie allí había tenido esa sensación, pero creía que era normal teniendo en cuenta lo ocurrido. Nunca había ido con desconocidos, y ahora la cosa era algo diferente—. Mirad, allí está la cala de los Rocs. —Señaló una cala de unos veinte metros de largo por doce de ancho, conformada toda ella por guijarros y rocas.

Marc guio la barca hasta que tocaron tierra, saltó al lago y la arrastró hasta que los demás pudieron bajar a la orilla sin mojarse los pies. Evidentemente, él era el único que llevaba botas de agua.

—Ya hemos llegado.

Los cuatro jóvenes dejaron atrás la cala y se adentraron en las profundidades boscosas de la isla.

Capítulo 2

2

Ahora, 12 de julio de 2024

La vida de los demás

La aplicación del móvil no falla, y justo mientras Levy aparca el jeep negro a un par de manzanas del puesto de la Guardia Civil, empieza a lloviznar.

Espera pacientemente durante veinte minutos comiéndose un bocadillo de jamón y mirando el móvil, hasta que considera que el volumen de agua que cae del cielo es suficiente para sus propósitos. Entonces sale del vehículo y da dos pasos hasta la moto que ha alquilado a un precio más que razonable al mecánico que vive a las afueras del pueblo.

Antes de cerrar el coche saca el chaleco naranja fluorescente y la gorra negra, se los pone, coge la caja de cartón con el logotipo de Amazon y la mete en el baúl de la moto. Después sube y recorre los doscientos cincuenta metros que lo separan del edificio gris con pinceladas ocres que alberga el puesto de la Guardia Civil de Sant Jordà.

Cuando baja de la moto, corre hasta la entrada con el paquete debajo del brazo.

—¡Uf! ¡Llueve a cántaros! —Le dirige una sonrisa a la mujer que lo observa desde detrás del mostrador cuando se quita el casco. Está empapado.

—Pero ¿no va con furgoneta? —le pregunta ella.

—Solo tenía una entrega aquí —le contesta—. Gasto tanta gasolina que, para lo que nos pagan, no merece la pena cogerla. Cuando hay pocas entregas voy en moto.

—Pues quédese aquí un rato hasta que amaine.

—Gracias. —Sonríe y levanta el paquete, que sujeta con las dos manos, a la altura de la cara de la mujer. Las gotas le chorrean por el pelo castaño hasta la punta de la nariz—. Traigo este paquete para… —Se detiene y lee el destinatario en diagonal—. Para el capitán Corbin.

Ella alza las cejas y mueve la cabeza de un lado a otro.

—El capitán Corbin se jubiló hace años. Lo siento, pero no podrá entregarlo.

—Vaya, pues aquí pone que es urgente… ¿No tendrá la dirección de su casa?

—No, y aunque la tuviera, en ningún caso podría dársela, por seguridad. —Le lanza una mirada que le dice que debería ser consciente de estas cosas—. Pero da igual, porque tampoco lo encontraría. Murió hace unas tres semanas.

—Vaya, la acompaño en el sentimiento.

Ella tuerce la boca ligeramente.

—O quizá no —se corrige Levy—. Bueno, pues tendré que devolver el envío. —Da dos toques a la superficie del paquete, que deja encima del mostrador.

Se quedan un buen rato en silencio. Levy se acerca a la puerta de vidrio y observa la lluvia, tozuda y contundente.

Ella vuelve a mirar el paquete y murmura:

—Qué raro que comprara algo y pidiera que se lo enviaran aquí después de tantos años. A menos que se lo comprara otra persona, pero entonces…

Levy vuelve el rostro.

—¿Ha dicho algo?

—Hablaba sola —le contesta ella levantando un poco más la voz—. Pensaba que es raro que pidiera que se lo enviaran aquí después de tantos años. Y además, cuando todavía trabajaba, nos lo tenía estrictamente prohibido. Decía que esto no es una oficina de correos.

Levy se encoge de hombros.

—Quizá era un regalo para una persona que vivía con él y no quería que lo viera antes de tiempo…

—Para eso están las taquillas… Bueno, ya no importa.

Levy repite el gesto.

—¿Le ha pasado antes? —le pregunta ella—. ¿Que no haya podido entregar un paquete porque la persona ha muerto?

—No, pero la verdad es que tampoco hace tanto que me dedico a esto. Trabajaba en una fábrica de cables, pero la cerraron, así que he tenido que buscarme la vida.

—Vaya, lo siento.

—No se preocupe, sobreviviré. —Le guiña un ojo—. Casi prefiero ir de un lado para otro que pasarme todo el día encerrado con luz de fluorescentes. No se ofenda.

Ella sonríe y asiente.

—No me ofendo. A mí me ocurre lo mismo. —Esboza una sonrisa resignada.

Él vuelve a ese silencio que navega con tanta comodidad.

Los dos miran a través de la puerta de vidrio, como si quisieran confirmar que sigue lloviendo a cántaros, aunque, por los truenos que se oyen desde el interior, es evidente que sí.

Levy deja que la ausencia de sonido viaje despacio por la estancia, se deslice por encima de las sillas de plástico gris vacías, se introduzca en la papelera llena de envoltorios de snacks aparentemente saludables y se arrastre por el suelo desgastado y aún mojado de linóleo beige. Sabe que el silencio es la mejor manera de hacer hablar a las personas. Siempre funciona.

—Pero las entregas suelen ser rápidas —le dice ella, por fin, tres minutos después. Él reprime la sonrisa de satisfacción que empieza a dibujarse en sus delgados labios—. ¿Cómo puede haber tardado tres semanas en llegar si era urgente o importante y lo pidió antes de morir?

—Uf, pues no lo sé… Supongo que puede pasar de vez en cuando. Quizá había algún error en la dirección o se perdió el paquete. Y depende de lo que pidiera, podría tardar incluso más. ¡Cuántas preguntas! —Ahora se ríe abiertamente—. ¡Se nota que es policía!

Ella sonríe por lo bajo y da un sorbo de la taza de café que la acompaña en esta mañana gris y solitaria, aparte de esta visita que está entreteniéndola más de lo que sería recomendable desde el punto de vista profesional.

—Pero ¿por qué le parece sospechoso? —le pregunta Levy, divertido—. ¿Cree que oculta algún misterio? —Mira un momento hacia el techo fingiendo que piensa—. ¿De qué murió el capitán? ¿No era viejo?

Ella lanza una discreta mirada a la puerta que comunica la sala de recepción con las oficinas antes de contestarle bajando la voz:

—Un poco, pero no tuvo nada que ver. Murió en un accidente de coche.

—Ostras. Espero que no hubiera más víctimas.

Ella vuelve a asegurarse de que están solos y, negando con la cabeza, susurra:

—No, iba solo. Parece que había bebido demasiado.

—Aaaaaah —dice Levy, sorprendido. Y después añade—: Qué ironía siendo guardia civil, ¿no? Bueno, o guardia civil jubilado. No se puede ser siempre modélico, supongo. A menos que eso de beber lo hiciera a menudo…

—No, no. De hecho, es raro que bebiera. El capitán podía tener muchos defectos, pero no est

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