PRÓLOGO
Los muertos estaban por todas partes. Lo acompañaban en sus sueños y lo vigilaban hasta el alba.
La primera vez que durmió entre las lápidas apenas fue consciente del peso de la muerte campando a sus anchas en las colinas de Edén. No temía a la bruma espesa sobre los mausoleos. Tampoco a los peligros de la noche, de los que tanto le habían advertido los parroquianos del pueblo.
Todd era un hombre valiente y aquella noche no sería la excepción. El cielo negro se extendía como una mancha de oscuridad, en la que no brillaba ni una sola estrella. Los árboles se estremecían bajo los últimos resquicios de un viento invernal, y sentía los dedos entumecidos antes de coger la pala y salir a dar una vuelta por el cementerio.
Abrió la puerta de su vieja cabaña, una mancha de modernidad en medio de la noche, y cogió el farolillo tiritando de frío.
—Estos malditos críos —dijo para sí mismo en cuanto vislumbró la puerta del sacrosanto abierta y rechinando bajo los envites de la brisa: la había cerrado en cuanto la noche cayó y, en ese momento, el candado yacía sobre la tierra.
Tenía motivos para apretar el candil con violencia mientras arrastraba la pierna coja. Llevaba semanas recibiendo ese tipo de bromas que solo le despertaban una inquietud molesta en el pecho. Rastros de sangre sobre los adoquines de piedra y ese maldito llanto. Un sonido que estremecía las ventanas de la cabaña y hacía temblar el techo. «El canto de la muerte» lo llamaba él.
Rezongando entre dientes, se sumergió en la niebla y apartó los pensamientos violentos producto de la soledad. Era la primera ronda de la noche y su trabajo era asegurar el descanso de los muertos e impedir que ningún ladrón se acercara a las tumbas o que algún degenerado intentara gastar una broma de mal gusto.
—Molestar a los que se han ido… Deberían colgarlos de los pulgares y enseñarles lo que es el respeto —protestó para sí mismo mientras bajaba con cierto esfuerzo por la ladera.
Cerró la reja con fuerza y escrutó las sombras de la noche mientras el aullido del viento auguraba la llegada de la tormenta. Si los críos se habían paseado por el cementerio, ya no quedaba rastro de ellos. A Todd le complacía la idea de encerrarse a la lumbre de la chimenea justo cuando la lluvia empezara a caer. Con dedos hábiles aseguró el candado de la entrada y, cuando estaba a punto de volver a la cabaña, oyó el primer lamento.
Ese sonido. Ese ruido inhumano cargado de un dolor tan profundo que se metía en los huesos y podía conmover al mismísimo Dios. Fuera lo que fuera, él no estaba dispuesto a encontrarse con la monstruosidad capaz de proferir semejante alarido.
Sin perder ni un segundo, echó a correr por el cementerio con la pala entre las manos y un dolor agudo en el pecho. Se abalanzó por la ladera con toda la rapidez que sus cortas piernas le permitían, con esa sensación de peligro ardiendo en las entrañas.
Otro grito rompió el aire.
Todd se detuvo con las rodillas chocando. Sentía el aullido de la muerte como el eco de los latidos violentos de su propio corazón, el sudor resbalándole por la espalda y un miedo certero; algo que no había sentido nunca antes.
No era un temeroso creyente de las leyendas, pero aquel sonido, aquel lamento lúgubre, entrañaba una pena, un dolor inimaginable. Casi sin aliento, escrutó el cementerio envuelto en sombras y en una niebla pesada y densa. Entonces la vio.
Una silueta estilizada se perfilaba en el horizonte como una herida abierta en la noche. Una figura de huesos filosos con el rostro difuminado y el pelo pálido cayéndole sobre la espalda desnuda.
Con los ojos desorbitados, Todd volvió a correr. Ni siquiera pensó. No se fijó en el denso olor a descompuesto que flotaba en el aire, tampoco en las manchas de barro y sangre que salpicaban el camino. Simplemente corrió con la sensación de que el corazón iba a atravesarle las costillas.
Se movió como una presa herida en busca de la salvación, como un animal acorralado cuyo depredador acecha a la espera de un inminente ataque.
Aquello no tenía sentido y, aunque Todd no estaba dispuesto a detenerse, tampoco podía dejar de sentir el lamento ahogado de la mujer. El estruendo metálico de su voz y la zozobra que rompió contra su cuerpo en cuanto el viento amainó arrastrando el grito de desesperación de la banshee.
Sin soltar el candil, deambuló por la ladera con las rodillas chocando y la camisa empapada en sudor. Aquel maldito sonido reverberaba en sus vértebras como un aviso.
—La escopeta…
No alcanzó la puerta y mucho menos el arma. Enmudeció poco antes de llegar a la cabaña y ver a la criatura de pie, delante de él. Le pareció que un sonido estrangulado le perforaba la garganta y un dolor punzante le atravesaba el pecho.
Cayó de golpe sobre un charco de sangre y ninguna súplica llegó a escapar de sus labios.
Los muertos regresaban.
GACETA DE EDÉN
11 de marzo de 1913
¡Nueva excavación para hallar la tumba maldita de Morrigan en Edén!
La incesante búsqueda por parte de la Academia de Historia y el Museo de Londres rindió sus frutos hace un par de semanas cuando los investigadores descubrieron una serie de archivos que señalan Edén como el lugar donde se encuentra la tumba de Morrigan.
Los expertos llevan décadas sumergidos en discusiones de carácter histórico, precisamente ante la falta de datos que arrojen algo de luz a la leyenda que envuelve la tumba de la duquesa. Han sido muchos quienes han intentado sin éxito encontrar algún indicio de la tumba y la mayoría ha sufrido graves reveses, que los supersticiosos achacan a una maldición vinculada con la figura de la duquesa.
Morrigan ha trascendido a lo largo de los siglos como una figura trágica envuelta en un halo místico por todo el folclore que la señala como una mujer maldita. Proveniente de una familia aristocrática, las historias indican que hizo un trato con la misma muerte y hablan de una infinidad de mitos asociados a su trágico final. Pero no es la leyenda lo único que atañe al Museo: Morrigan era también una influyente coleccionista de reliquias y tesoros antiguos. Un legado oculto que, según decían sus propias criadas, fue enterrado con ella, lo que aumentaría la importancia de su hallazgo.
Las alhajas de la tumba interesan a los eruditos de todo el país, pero en el pueblo no dejamos de preocuparnos por una excavación cuya única intención es remover la tierra de los muertos. El Museo de Londres se encuentra al frente de tan importante trabajo y, aunque han sido presionados por algunos periódicos para hablar de cómo será el proceso, se han negado a hacer declaraciones. 
1
EMMA
Emma Monroe no estaba dispuesta a convertirse en una prisionera. Había escuchado a las monjas del internado hablar del destino y, pese a lo joven que era, no creía en otra cosa con tanta certeza como en lo inevitable de la muerte. Después de todo, ella era una adolescente de ávida imaginación, bastante proclive a meterse en líos. Amaba los libros y hubiese deseado aferrarse a la promesa de una historia romántica, de un futuro prometedor y una vida apacible lejos de la oscuridad que habitaba en las almas.
Pero no era posible y, pese a su curiosidad, Emma había aprendido a ser pragmática para sobrevivir. No importaba lo mucho que deseara creer en los cuentos de hadas o encontrar un final feliz, era consciente de las rigurosas normas a las que debía apegarse si pretendía encajar en ese mundo diseñado por otros.
—Vamos, Dante —susurró al pequeño cavalier que la acompañaba. Un perro minúsculo que se había llevado del internado y que la seguía con la fidelidad inigualable de un can; un rasgo admirable en opinión de Emma y que, por desgracia, no era aplicable a los seres humanos.
Como si intuyese su preocupación, Dante levantó el hocico y la siguió mientras se internaban entre las lápidas desnudas. El eco difuso de los espíritus le hacía cosquillas en los oídos y se mezclaba con el canto tenue del viento, un susurro apagado, casi distante.
Era una tarde nublada de abril y en Silverwood House, su nuevo hogar, habían dado órdenes claras para que Emma se recluyera y esperara al regreso de su hermano. Pero la paciencia no era su mayor virtud y, después de escuchar los susurros dolientes que llegaban desde el otro lado de la casa, le costó mantenerse encerrada como una niña cauta.
De pequeña a Emma le gustaba jugar entre las tumbas, se escondía en los árboles y corría a través del cementerio sintiendo las risas frías de los muertos. Había sido una criatura solitaria, olvidada por un padre demasiado serio y un hermano taciturno al que no le atraían los juegos de una cría con una curiosidad demandante. En aquel tiempo, su madre estaba tan enferma que jamás salía de la cama, yacía enterrada en un edredón enorme. Emma solo recordaba la fragilidad de sus manos. La piel tan fina que parecía hecha de papel, con las venas azules a punto de romperla. También se acordaba de los ojos rojos llenos de lágrimas, de los labios demacrados y las ojeras oscuras que auguraban un final próximo. Incluso en sus peores días, Dulcinea sostenía sus deditos de niña y sonreía con una calidez que deslumbraba a Emma. La hacía sentirse segura. Entonces, su madre le acariciaba el pelo y le regalaba un beso en la mejilla.
Emma dio un traspié y el recuerdo se difuminó arrastrándola de regreso al cementerio. Añoraba a su madre a pesar del escaso tiempo que habían pasado juntas. Sentía que era, con toda probabilidad, la única persona en ese mundo que la había querido de verdad.
El paso de los años aún no lograba paliar el dolor que le producían aquellos pensamientos. Quizá era la tristeza anclada a ese recuerdo o simplemente la certeza de que su existencia había empezado justo cuando la de su madre se extinguía. Probablemente, esa ausencia era la razón por la que Emma encontraba consuelo en los fantasmas.
Dante ladró y Emma lo miró pensativa. El perro reclamaba su atención y mantenía la nariz en alto en señal de alerta. Emma le acarició la cabeza, se recogió la falda del vestido y se deslizó por el cementerio, amparada por el dulce lamento de la muerte. Ese susurro tenue, casi imperceptible, la alertaba de la presencia de los espíritus.
Había supuesto que en el cementerio encontraría las delicadas figuras traslúcidas a las que tan habituada estaba, pero se llevó una inquietante sorpresa al descubrir el camposanto inundado de formas grises, de rostros macilentos que aguardaban atrapados en el tiempo. Ninguno se molestó en mirar a Emma, al menos no demasiado. Ella era una mancha de otra realidad, de un mundo que colindaba con el suyo, pero que, entre sí, nunca llegaban a tocarse.
Era ese peculiar talento asociado a su ojo blanco lo que marcaba el recelo de quienes se fijaban en ella: Emma estaba llena de defectos. Al menos eso era lo que la gente siempre decía y, a fuerza de escucharlo constantemente, no podía refutar la evidencia. Mucho menos cuando era tan diferente al resto de su familia y a ese estándar de perfección vinculado a su apellido. Emma solo destacaba por un pequeño detalle. Ese defecto que alertaba al mundo de su rareza y despertaba la desconfianza en quienes la conocían.
Y no, no era su capacidad para ver a los muertos. Al menos, ese secreto yacía bajo todas las capas de mentiras con las que se vestía a diario. Lo que realmente suscitaba miradas de rechazo era su ojo derecho, velado por un tono blanco lechoso que los impulsaba a apartar el rostro de forma apresurada. En cuanto lo veían crispaban los labios con escaso disimulo y le apartaban la mirada. Como si tener un ojo blanco pudiese contagiarse.
Suspiró y sus ojos escrutaron el cielo con una única convicción: ya no estaba en el internado. Con el alivio redoblando los latidos de su corazón, Emma cruzó en una intersección donde la maleza espesa cubría el sendero de piedras y sepultaba las losas de mármol. Pasó junto a una niña pequeña, una criatura gris, desnuda, sentada junto a una lápida y cuyos brazos aferraban un viejo peluche sin forma. Los ojos sin vida derramaban enormes lagrimones negros mientras los labios temblaban en un sollozo inaudible. A Emma la invadió la pena al fijarse en el brazo despedazado que le colgaba a un lado del cuerpo, la piel mustia estaba surcada por una docena de cicatrices en las que se podía leer el sufrimiento, la desdicha.
Emma no estaba segura del momento en que había empezado a ver a los muertos. Solo era consciente de los susurros arañando la ventana durante las noches. De las voces sueltas que le llenaban la cabeza.
Entonces supo que había otro lado. Un velo separaba sus mundos. El mundo de los vivos y el de los muertos. Emma no sabía qué había tras ese velo, solo escuchaba el susurro y contemplaba a los espíritus atrapados en su realidad.
Alejó aquellos pensamientos, esquivó a la niña y notó los ojos de esta en cuanto le dio la espalda. Ese picor en la nuca bastaba para ponerle los pelos de punta y rara vez auguraba algo bueno. Por norma general, los fantasmas no solían ser violentos, al menos no demasiado. La excepción se daba cuando el espíritu llevaba tanto tiempo anclado en el mundo terrenal que comenzaba a convertirse en una sombra de sí mismo.
Con los años, Emma había aprendido a evitar esos problemas y, por esa razón, apresuró el paso con el corazón rebotándole contra las costillas y la respiración acelerada. No era la imagen sangrienta de la niña lo que le tensaba las entrañas, sino la desesperación palpable en el aire. La angustia de una criatura muerta esperando a su madre.
Dante ladró e interrumpió el hilo de sus pensamientos, el perro agitó la cola mientras se subía a una de las lápidas y echaba a correr en medio de gruñidos violentos.
—Dante, no —gruñó en voz baja mientras el perro se perdía entre los árboles y la dejaba atrás.
Casi de puntillas y con los labios apretados, Emma corrió detrás de él maldiciendo las decisiones que la habían arrastrado hasta el cementerio cuando tenía expresamente prohibido salir de la casa. Si alguien la veía allí, podía dar por acabada su recién estrenada libertad lejos del internado.
Finalmente, Dante se apiadó de ella y se detuvo frente a una de las tumbas que se erigían al lado de un mausoleo imponente. Las malas hierbas crecían entre las grietas de las paredes y la humedad se aferraba a las columnas dejando huellas de deterioro sobre la fachada de mármol. Emma entrecerró los ojos y estudió la estructura notando un anhelo casi físico dentro de los huesos. Un cosquilleo suave, una vibración potente e inusual. Como si el aire estuviese gastado por el susurro de una voz. Un ruidito tenue que a ella le resultaba vagamente familiar. Como si también lo escuchase, el perro bajó las orejas y ella, movida por la inquietud, se inclinó sobre la losa de la entrada para admirar la corona de rosas sobre la lápida.
—Es de mala educación espiar a los muertos.
La voz la pilló por sorpresa y estuvo a punto de soltar un grito capaz de despertarlos a todos. Se llevó una mano al pecho y tragó saliva mientras se apartaba del mausoleo. Con los nervios en la punta de los dedos, giró el rostro justo a tiempo para ver una expresión pálida, estudiándola con absoluta curiosidad.
—Supongo que tienes suficiente pericia mental como para saber que no es bueno pasearse a solas por un cementerio. —La boca del chico esbozó una mueca cortante, demasiado vívida para alguien que carecía de corporeidad—. Y mucho menos husmear entre sus secretos.
A Emma le disgustó la acusación en sus palabras. Se puso rígida al instante y Dante imitó su disgusto encarando al fantasma.
—No estoy faltando el respeto a nadie —gruñó con la curiosidad avivada por aquellos ojos oscuros—. Ya había estado en este sitio antes, hace muchos años.
—Eso no te da ningún derecho, los muertos necesitan descanso, no a cotillas rebuscando entre sus tumbas —replicó él con hastío y abandonó la pose estudiada para acercarse un poco hasta ella. El olor a flores mustias le llenó las fosas nasales—. Tienes el ojo blanco.
Emma se llevó una mano al rostro y paladeó el recelo del fantasma. En su voz había un eco de sorpresa, un disgusto inusual.
—¿Sabes lo que dicen de los que son como tú? —preguntó con una sonrisa cauta en los labios—. Que cargáis con una maldición. Estar entre dos planos sin pertenecer a ninguno de ellos, una sombra para los vivos, una luz para los muertos.
A Emma tampoco le gustó el tono macabro con el que remarcaba las vocales.
—No tengo tiempo para estas cosas —susurró ella con la intención de irse, pero aquel chico negó con la cabeza arrastrándola hasta esas dudas que de pequeña la acosaban. No podía decirle que realmente estaba buscando algo en el cementerio, y esa necesidad, el impulso de leer un nombre conocido entre las sepulturas, la había arrastrado a saltarse las normas de un hermano que apenas conocía.
Emma había aprendido a leer de pequeña, incluso mucho antes que el resto de las niñas del internado. Mientras la mayoría apenas memorizaban el alfabeto, ella ya era capaz de leer los epitafios, con suficiente soltura como para reconocer todas las historias enterradas en aquella zona apartada a la que ninguna de sus compañeras iba nunca. Era esa viva curiosidad lo que le impedía estarse quieta y no pretendía socavar esos impulsos ahora que volvía a tener una familia.
—No eres de aquí —adivinó el fantasma y Emma se encogió de hombros.
—Viví en Edén muy poco tiempo —admitió, sintiéndose frágil y fría ante esos recuerdos—. Pero mi padre me envió a un internado después de la muerte de mi madre y desde entonces no había vuelto.
Él la miró con cierta fascinación y, en lugar de contestarle, se encogió de hombros con indiferencia. A Emma le ardían los labios por hacerle un par de preguntas, se comunicaba con los muertos con mayor soltura que con los vivos, pero la actitud distante del chico la disuadió de continuar con la conversación. Por una vez, se tragó la curiosidad y, con algo de disimulo, volvió la vista hasta la tumba que minutos antes había llamado su atención.
—Conozco esa estatua —dijo para sí misma al reparar en la figura de mármol que yacía doblada junto al mausoleo. Era el rostro de una mujer velado por un manto que le cubría los ojos y le caía sobre los hombros. La belleza triste de su expresión era tan nítida, tan cruda, que a Emma le pareció real, como si en lugar de piedra estuviese hecha de carne.
Emma se pasó una mano por el pelo y abrió la boca para preguntar algo justo para darse cuenta de que el fantasma, que hasta hacía unos segundos estaba a su lado, había desaparecido. Dejó escapar un resoplido incrédulo mientras lo buscaba por la colina sin éxito alguno, ¿a dónde se había ido?
Da igual, necesito comprobar una cosa, pensó mientras sacudía la cabeza.
Si estaba allí era porque buscaba un nombre entre las tumbas perdidas y aquel mausoleo la estaba llamando. Apartó las rosas para leer el nombre de la difunta, pero antes de que sus ojos pudiesen fijarse en las letras, Dante gruñó con tanta fuerza que Emma pegó un salto y retrocedió casi por instinto. El cementerio se sacudió y ella trastabilló. Apenas se dio cuenta de que no estaba sola. En el mausoleo se hallaba una mujer, una criatura de niebla.
Es igual a la estatua, comprendió con horror justo cuando las piernas le fallaron y el cementerio volvió a sacudirse. Emma alargó la mano para sujetarse, pero no se fijó en la pendiente que había a sus espaldas y no pudo prevenir la caída.
Sus huesos impactaron contra la tierra y la cabeza rebotó contra algo sólido, que la hizo soltar un quejido de horror. Notaba el vestido empapado y pegado a la piel; el olor del miedo en el aire, y el sabor de la sangre en los labios, con una advertencia resonando como un eco en sus huesos.
2
LIRA
Lira había aprendido a mentir incluso antes que a leer. Lo hacía de continuo y con tanta facilidad que las mentiras se le escapaban de los labios incluso sin ser consciente de ello. Era una habilidad natural, una de las que no presumía en voz alta, pero que le encendía suficientemente el ego como para sentirse un tanto orgullosa de sí misma. No porque fuese sencillo. Le había llevado casi veinticuatro años perfeccionar el arte del engaño y, pese a creerse toda una profesional, sabía que la belleza de su rostro ayudaba a que las mentiras que escapaban de su boca fuesen menos cuestionables.
Resultaba extraordinario ver cómo la gente creía lo que escuchaba solo porque los labios que lo decían poseían la redondez y el color ideales. Sus facciones delicadas ayudaban a pasar por alto el hecho de que ni siquiera era verdaderamente atractiva. Al menos no de la manera convencional.
Un detalle menor, en opinión de ella, en especial cuando los problemas de su vida la habían arrastrado a un cúmulo de malas decisiones y a errores que esperaba enmendar cuanto antes.
Recientemente, la Academia de Historia había valorado el hallazgo de Lira otorgándole un reconocimiento mediocre y bastante vago. No es que fuese algo inusual, ella era una mujer de mundo, profesional y capacitada, pero a la que los altos jefes de la Academia de Historia Nacional no terminaban de tener en cuenta. Los últimos cinco meses habían supuesto un infierno en el que aprendió a sobrevivir a base de paciencia y esfuerzo, se refugiaba en su investigación, rebuscaba en los archivos, traducía y dormía poco. Pero la recompensa a su dedicación no llegaba y la Academia había optado por entregarle semejante primicia al Museo de Londres, en lugar de dejar que Lira tuviese un equipo propio para la excavación.
—Esto no es un asunto para la debilidad femenina —había dicho Linus, su jefe, mientras calaba un puro y la observaba a través de las gafas redondas—. Entiendo que este capricho nos ayudase a descubrir información relevante sobre Morrigan, pero una excavación no es lugar para una mujer, mucho menos para una dama.
Lira hubiese podido prender fuego al despacho en ese mismo momento, pero si algo había aprendido era que las mujeres siempre gustaban más cuando estaban en silencio y dispuestas a sonreír. Así que sonrió con elegancia y sujetó su bolsito dorado mientras fingía comprensión. Después de todo, otra de sus habilidades era contener la ira. Se le daba bien reprimirla, guardársela bajo la piel y esperar con cautela el instante preciso para dejarla libre. Una habilidad que requería práctica y, como era una mujer rencorosa, se permitía hacer gala de esos silencios perfumados en su odio.
El recuerdo de aquella tarde nublada en Yorkshire despertó esa frustración entumecida. Un destello voraz de la rabia que apenas podía dominar llegada a ese punto. Por eso estaba en Edén, un pueblo perdido al norte del país. Una comarca rodeada de valles y bosques en la que el tiempo parecía haberse detenido. Ese lugar de aspecto salvaje y rudimentario avivaba las preocupaciones arraigadas a una decisión de la que dependía su carrera. Aquella investigación había sido su horizonte en los últimos meses y no estaba dispuesta a apartarse, no cuando había renunciado a tanto para llegar hasta allí.
Sacudió la cabeza y se colocó un mechón de pelo detrás de la oreja. Todos sabían que Edén era un pueblucho de mala muerte y nadie, salvo Lira, se ofrecería como voluntario para residir en una región de costumbres arcaicas, llena de leyendas lúgubres.
Tensó los labios en una línea muy fina y se esforzó por mantener una actitud de plena confianza mientras cruzaba las puertas oxidadas que daban al camposanto.
Lira sonrió con seguridad y subió por el irregular sendero. En silencio, admiró el cementerio y la pequeña multitud congregada fuera del mausoleo, erigido junto a la entrada.
—¡No podéis escarbar entre las tumbas! Es una vergüenza —exclamó un anciano de porte distinguido que alzaba un bastón en dirección a uno de los trabajadores del yacimiento.
—Señor, os hemos explicado cómo será el proceso y le aseguro que…
Un par de periodistas alzaron las cámaras y fotografiaron a los protestantes cuyas voces se elevaban en el aire mientras Lira se deslizaba entre el grupo de curiosos. Nadie se molestó demasiado en mirarla y ella agradeció la absoluta indiferencia mientras continuaba escuchando las protestas. Con un gesto calculado, se alisó los pantalones negros antes de ajustarse la chaqueta y enderezar los hombros. Era una vestimenta particularmente escandalosa para una dama, pero a Lira le gustaba sentir el poder que los pantalones le ofrecían. Era como ver el mundo desde otra perspectiva, sin renunciar a la comodidad de caminar con absoluta libertad.
—Señorita —dijo un joven al verla. Estaba apostado contra la pared del mausoleo central con una profunda expresión de hastío. El monumento era un edificio circular con un pórtico de grandes columnas de granito, rodeado por varios setos sin podar—. No puede entrar allí.
Lira se detuvo y lo miró de arriba abajo. El rostro del chico le sonaba de algo y tardó medio minuto en reconocerlo. La boca pequeña, los dientes rectos y la piel morena brillante; trabajaba para el Museo y eso le supuso un fastidio inmenso, más concretamente porque era el asistente de un hombre al que Lira hubiese preferido evitar.
No, pensó al instante y un nudo se le enredó en el estómago. Si Gray estaba custodiando el cementerio solo podía significar que Eliot trabajaría en la excavación.
—Vengo de parte de la Academia de Historia Nacional —soltó, y Gray enarcó una ceja, confuso.
Lira miró las herramientas desperdigadas a su alrededor y valoró sus opciones en silencio. La excavación no podía ir demasiado avanzada. Lo sabía por los hombres apostados a lo largo del cementerio, cargados con picos y palas mientras realizaban la medición del terreno y establecían los cuadrantes de trabajo. Estaban en plena fase de reconocimiento del terreno y ella tenía las piezas necesarias para que la investigación fuese un éxito, pero para ello, necesitaba convencer al encargado.
—¿Tiene algún certificado? —La voz de Gray estaba plagada por ese tonito de superioridad que tanto detestaba—. Necesito verlo.
Esta vez fue Lira quien levantó una ceja mientras sus dedos afilados vagaban hasta el bolsito de cuero y extraía, con una sonrisa fría, una credencial. Gray quedó desconcertado al ver cómo se la dejaba en las manos y le daba la espalda para internarse en el mausoleo sin ofrecer ninguna explicación.
En otro tiempo, Lira habría disfrutado de la sospecha en sus ojos, pero en ese instante, sabía que dentro del mausoleo le aguardaba un reto mayor aún y no estaba dispuesta a entretenerse con minucias.
Tal vez esa fue la razón por la que no le molestó percibir el recelo inicial en los hombres que se encontraban allí. El mausoleo estaba levemente iluminado por una docena de antorchas bien dispuestas contra las paredes de granito gris. Una mesa amplia yacía en el medio y sobre esta descansaba un busto pequeño y un par de instrumentos de medición apartados de los rústicos cuadernos con tapas de cuero. Además de Eliot, había dos ancianos de rostros arrugados y el capataz del pueblo, O’Brien, cuya placa dorada brillaba en el uniforme.
Al ver cómo Lira entraba en ese espacio diminuto, alzaron las cabezas y apartaron la vista de los documentos con una duda encendida en sus rostros.
—Buenas tardes —dijo con una sonrisa melosa—. Lamento llegar con retraso.
Se detuvo junto a la entrada y aguardó a que Eliot mostrara un indicio de recelo, o quizá una chispa de incomodidad, ante su repentina aparición. Si había alguien en ese mundo con la capacidad de odiarla, ese era él. Por eso, en cuanto la vio frunció el ceño y apretó las manos en torno a la mesa. No había señal del hoyuelo que ella había visto en su mejilla derecha y eso le supuso un alivio. No quería su cortesía, prefería la frialdad, el desdén.
—¿Qué haces tú aquí?
La pregunta se le escapó y los ojos de Lira lo escrutaron con diversión. Era la voz de alguien acostumbrado a dar órdenes, a ver el mundo plegarse ante sus decisiones sin siquiera cuestionarlas. La irritó, por supuesto, y eso la obligó a dejar el peso de su cuerpo sobre la pierna izquierda mientras lo miraba con desconfianza. Eliot le lanzó una mirada de advertencia y cruzó las manos en el pecho mientras ella constataba que esa animadversión se mantenía tan viva como siempre. Era una pena, Lira no tenía intención de rivalizar con él en medio de la excavación, no con todo lo que se hallaba en juego.
A Lira se le aceleró el corazón.
—Soy la enviada de la delegación de la Academia de Historia Nacional —explicó mientras se acercaba a la piedra que reposaba en el medio de la cripta y echaba un ojo a las libretas que minutos antes el grupo consultaba. Uno de los ancianos se apartó. Ella supuso que no le hacía ninguna gracia compartir semejante hallazgo con una recién llegada, concretamente con una mujer. Eso hizo que la sonrisa tensa de sus labios se ampliara—. Estoy aquí para documentar todo el proceso de excavación. Mis jefes tienen especial interés en cualquier objeto de valor histórico que se pueda encontrar dentro de la tumba.
Aquella última frase prendió una chispa de suspicacia en los ojos de Eliot.
—No he recibido información sobre ninguna enviada.
Ella ladeó la cabeza y se encogió de hombros al percibir sus dudas. No es que su enemistad fuese gratuita. Lira se la había ganado a pulso y, aunque era poco proclive a confiar en los demás, estaba decidida a romper una lanza a favor de aquel hombre. Tal vez incluso podía manipular la situación a su convenir y tirar de la profesionalidad de la Academia y su investigación. Animada por esos pensamientos, apoyó las manos en la mesa:
—Estoy convencida de que no quieres discutir esto frente a tan selecto grupo de caballeros —respondió—. Puedes seguir con la reunión y, una vez acabada, nosotros arreglamos el asunto.
Los ancianos intercambiaron una mirada y volvieron su atención al grupo de fotografías, que descansaban sobre las libretas junto a varios mapas y planos que Eliot había desplegado en la superficie de madera, y en los que yacían marcadas distintas localizaciones. A la izquierda reposaban un teodolito y dos brújulas de bronce.
Fue precisamente el momento en el que ella aprovechó para echar un ojo a Eliot y estudiar la pose tensa de sus hombros. Como de costumbre, llevaba una chaqueta negra sobre la camisa de botones blancos y un chaleco a juego con unos pantalones grises, bien entallados, que resaltaban el cuerpo estilizado. A pesar del aspecto cuidado de su ropa y el pelo castaño bien peinado hacia atrás, Lira atisbó el cansancio de su rostro. Las ojeras evidenciaban largas noches de insomnio.
Lira dejó de mirarlo con atención y se centró en la conversación:
—¿Cuánto tiempo les llevará todo esto? —El capataz se pasó una mano por el pelo y sujetó el sombrero contra el pecho mientras contemplaba los documentos en la mesa.
—El Parlamento ha autorizado la excavación con un margen de dos meses, pero no esperamos tardar tanto —explicó Eliot sin perder el tono formal—. No queremos remover capas solo porque sí, primero estudiaremos los mausoleos que se encuentran abiertos y luego trazaremos una zona de trabajo con el resto.
El capataz permaneció en silencio un instante, como ausente, moviendo la punta del pie contra el suelo de mármol.
—No quiero problemas —dijo sacudiendo un poco el mapa—. La gente está inquieta. Nunca es buena idea escarbar entre los muertos.
Por eso la gente afuera, comprendió de pronto Lira haciéndose una idea del tipo de comentarios que podían esgrimir contra el trabajo del Museo. Las excavaciones siempre atraían a los curiosos o a los ladrones, y si de Lira se trataba, prefería lidiar con los segundos. Los primeros provocaban demasiados inconvenientes y, por alguna razón, sabía cómo deshacerse de un embaucador con relativa facilidad.
Los hombres compartieron un gesto cansado antes de intercambiar una conversación escueta y muy breve. Finalmente, y para alivio de Lira, abandonaron el mausoleo dejando un ambiente enrarecido a su paso. Entonces Eliot se dio media vuelta y la miró con esa rabia ahogada burbujeando en los ojos.
—¿Qué rayos haces aquí? —espetó Eliot, acercándose—. Y no me vengas con tonterías de la Academia de Historia. Pensé que enviarían a alguien con más experiencia.
Decir que le irritó de forma considerable el tono de su voz sería quedarse corto. Una chispa prendió en los ojos azules de Eliot y ella atisbó en ellos la convicción de que, bajo aquellas palabras cortantes, Eliot escondía algo, una mentira o quizá un secreto.
—Debería sentirme ofendida por tu observación —replicó Lira con desdén—. Por suerte y como los dos nos conocemos, no lo haré, ya sabes que no soy ninguna sensiblera.
—Sabes perfectamente que no me refiero a eso —espetó—. Conozco tus artimañas, Lira. Y no sé a quién habrás chantajeado, pero cuando recibí los documentos de la Academia no se mencionaba tu visita por ningún lado.
Lira enarcó una ceja fingiendo sorpresa y pese a la expresión consternada, Eliot no se inmutó. Esa era una de las razones por las que detestaba a ese hombre: apestaba a rectitud.
—¿Siempre eres tan honrado? —Le dio la espalda y los titulares de los periódicos le volvieron a la cabeza: la proeza del Museo y una investigación en la que ni por asomo figuraba su nombre. Arrugó los labios y se acercó más a Eliot—. Debe resultar mortalmente aburrido, esa necesidad constante de control sobre las reglas y de ampararse en ellas, porque eres incapaz de discernir hasta qué punto son justas.
Si Eliot se sintió incómodo ante el ataque, no dio muestras de ello. En lugar de eso, dirigió su atención a los mapas, parecía más sencillo observar la nada que enfrentarse a su acusación, por lo que Lira decidió sacar el certificado y dejárselo en las manos antes de que volviese a preguntar.
Se desplazó un poco a la izquierda y tuvo que hacer un esfuerzo para que el temblor de sus labios no delatara su nerviosismo mientras Eliot leía la documentación.
—¿Jones?
Su voz poseía un matiz de reproche que no doblegó el ánimo de Lira, al contrario, inundó sus venas de una cólera fría.
Lira no necesitaba ser adivina para suponer la confusión de Eliot. Así que contuvo las palabras al fondo de su garganta cuando él alargó el brazo y le entregó la credencial. El pulgar le rozó el dorso de la mano, un ligerísimo toque. Ninguno de los dos se movió, había algo entre ellos. Una especie de electricidad estática que Lira aún no había conseguido borrar de sus recuerdos.
—Creí que Jorgen quería a una esposa bien dispuesta a satisfacer su posición social.
—Algo que, desde luego, cumplo a la perfección —espetó—. La boda fue hace unos meses, lamento no haberte invitado.
El ceño de Eliot se llenó de arrugas y Lira no pudo evitar pensar en su marido. Jorgen era un hombre cauto, demasiado serio y tradicional, que no respaldaba sus investigaciones, tampoco su trabajo, pero al menos no se oponía a que ella ejerciese su tan anhelada libertad y eso era suficiente. De momento.
—Entonces tengo que felicitarte —dijo Eliot sin sinceridad—. Espero que seáis muy felices. Insisto, ¿qué haces aquí?
Lira enarcó una ceja e inspiró con fuerza antes de explicar:
—Yo encontré los diarios, así que podría decirse que este hallazgo es mi mayor trabajo hasta la fecha —suspiró con fuerza, como si no estuviese cansada de reivindicar que ella era la responsable de esa excavación—. Todos esos diarios que señalan Edén como el último lugar en el que vivió Morrigan están de mi mano, e intuyo que los necesitarás en algún momento de la investigación.
—Nadie mencionó tu nombre cuando llegó todo el material al Museo —replicó él extrañado—. ¿Tienes los diarios completos?
—Sí, los estoy transcribiendo. Soy paleógrafa, por si no lo recuerdas —señaló—. También tengo el cráneo de cristal.
Los labios de Eliot se tensaron y Lira adivinó que aquella información también había llegado a manos de su departamento. Era consciente de la importancia de su hallazgo. Los eruditos de todo el país llevaban décadas buscando la tumba perdida de Morrigan, los tesoros enterrados con ella y la leyenda de una duquesa maldita cuya muerte resultaba uno de los misterios más grandes de la historia. Las leyendas hablaban de un trato con la muerte, de una mujer poseedora de un tesoro digno de la realeza. Una mujer adelantada a su tiempo, cuya voluntad desafió las normas y se convirtió en uno de los símbolos de poder más importantes de todo el país. Y Lira era la responsable de ese hallazgo. Ella había descubierto las pruebas que señalaban hacia Edén y, si todo iba como esperaba, pretendía encontrar la tumba.
—Quiero una copia de tus transcripciones.
Antes de que Lira pudiese responder, Gray entró al mausoleo con el rostro crispado.
—¿Eliot? —interrumpió—. Tenemos un pequeño problema…
A modo de respuesta, Eliot guardó el mapa en el bolsillo del pantalón y suspiró con fuerza mientras Gray se acercaba hasta ellos.
—Han visto a una chica que, curiosamente, coincide con la descripción de su hermana.
La sorpresa en el rostro de Eliot atizó la curiosidad de Lira, que enderezó la espalda con genuino interés. Desconocía por completo que el director del Museo tuviese otra hija.
—¿Dónde?
—Junto al bosque. —Tragó saliva y la tensión inundó el aire—. Uno de los hombres aseguró que era un fantasma y dos mujeres se han puesto a sollozar al contemplar la posibilidad de que estuviésemos atrayendo a los espíritus.
La respuesta llegó amortiguada por nuevos murmullos exaltados del exterior. Pero fue suficiente para que Eliot se encaminara hasta la entrada y se detuviera de pronto al contemplar al grupo variopinto que aguardaba fuera del cementerio.
—Sácalos de aquí —le espetó a Gray con la urgencia arañándole la voz—. Busca una solución, no quiero a la gente del pueblo deambulando por la zona y mucho menos a los periodistas.
No había terminado de decirlo cuando abandonó el mausoleo con tal urgencia que Lira no tuvo otra opción que seguirlo. No pretendía mantenerse al margen, no cuando acababa de desvelarse un delicioso secreto que los Monroe se habían esforzado en ocultar de la vida londinense. Con paso errático, dejó escapar un resoplido y forzó a sus piernas a mantener el ritmo acelerado de Eliot.
—No sabía que tuvieses una hermana —apuntó, pasando junto a dos tumbas tan antiguas que el tiempo había erosionado los nombres de la piedra hasta dejar una muesca irreconocible.
Eliot descendió por un camino de piedras y negó con la cabeza.
—Lira, agradezco tu interés, pero debo insistir en que no te necesitamos en la excavación.
—A juzgar por lo nerviosos que se veían tus trabajadores, diría que necesitas aliados. Yo puedo serlo. Además, necesitas mi trabajo, mis documentos, los diarios y las cartas.
Él enarcó una ceja y bufó, contrariado.
—Tengo la situación controlada.
Ella mantuvo el ritmo a su lado y aspiró una bocanada de aire frío.
—¿Seguro? ¿Tú no crees que este lugar se encuentra al borde del mundo por una razón? Incluso si Morrigan y su séquito pasaron sus últimos días en Edén, es por algo.
—Morrigan tenía raíces en este lugar, ya que su madre vivió en el pueblo.
—Igual que tú —espetó Lira con seguridad y vio una sombra inquieta en él.
—¿Ahora te dedicas a estudiar mi vida? Te tenía por una mujer ocupada.
Esquivó la acusación con sonrisa falsa y recordó que si él estaba al mando de la excavación era por los vínculos familiares y el dinero que movía su familia. El padre de Eliot era un reputado investigador cuyo trabajo como director del Museo de Londres le granjeaba una fama inmerecida.
—Me dedico a investigar la leyenda de Morrigan, no confundas mi necesidad de conocimiento con curiosidad por ti.
Eliot soltó un resoplido y le dedicó una mirada cansada.
—Hace siglos que se perdió cualquier información relativa a Morrigan. Si hubiésemos encontrado algo cuando vivíamos en el pueblo, mi padre ya lo habría usado. No sé qué diarios tienes, pero lo único verdaderamente esencial es el acta de defunción que encontramos.
Lira se volvió con brusquedad:
—Por supuesto, olvidaba la clase de hombre que es Arthur. —Aquella afirmación la había herido, no por el mérito que se atribuía, sino por lo insignificante que le resultaba su hallazgo—. Siempre dispuesto a robar el trabajo de otros.
Eliot entreabrió los labios en busca de una mentira cuando un ruido repentino lo obligó a alzar el rostro. Los dos se volvieron a la vez hacia los árboles junto al arroyo y Lira se quedó quieta al escuchar el débil sonido mientras sus ojos buscaban entre la niebla. Se apartó y, a escasos metros, descubrió una fosa profunda en la que entrevió a una chica diminuta que, para su absoluto desconcierto, yacía sentada con el rostro cubierto de lágrimas. Una polilla negra, del tamaño de la palma de su mano, reposaba a su lado con las alas extendidas y la muerte grabada en blanco.
—Monroe, creo que acabo de encontrar a tu hermana.
Él no respondió, se movió con rapidez y, curiosamente, Lira se dio cuenta de que, por mucho que Eliot se esforzara en parecer intransigente, ocultaba un amor profundo por aquella criatura indefensa.
—¿Emma? ¿Cómo te has caído aquí?
La adolescente levantó los ojos dispares hacia su hermano y un rubor de vergüenza le salpicó las mejillas. No poseía la fina elegancia y belleza de su hermano. Al contrario, parecía indómita en medio de aquel paraje que, gracias al tono lechoso de su piel, la asemejaba a cualquiera de las estatuas trágicas que decoraban el cementerio. Tenía el pelo rubio, largo y revuelto, salpicado de tierra.
—Le dije a Gray que no podías venir al cementerio —apremió Eliot improvisando un amarre con su chaqueta para sacar a la chica del agujero.
Lira sintió un leve asomo de ternura cuando la chica abrazó a su hermano en un arrebato que hizo que un perro pequeño se pusiera a ladrar. Al oírlo, tanto ella como Eliot se giraron sorprendidos hacia el can escondido tras una de las lápidas.
—Dante, cállate —susurró Emma con naturalidad, y por primera vez vio a Lira con absoluta claridad—. Perdón.
Su voz era suave y distante, y, al escucharla de cerca, Lira supo que había algo mágico en el sonido, como si estuviese hecho de miedos.
—Hablaremos enseguida —espetó Eliot, liberándose del abrazo para echarse la chaqueta sobre los hombros y dirigirse a Lira con expresión tajante—. Te agradezco que hayas pasado por la excavación, pero el trabajo no empezará de manera oficial hasta dentro de un par de días. Te avisaré cuando lo tengamos todo preparado.
Eliot cogió la mano de Emma y, sin apego alguno, la arrastró por el camino oculto que daba a la salida del cementerio. No había rastro de cariño en el gesto, pese a que podía sentir la angustia de él, la sobreprotección y la vergüenza que en aquel instante se desataban en su alma.
Ella respiró hondo y los vio perderse entre los árboles con una tibia sensación de triunfo. Acababa de encontrar algo que no esperaba y que podía cambiar el futuro de sus planes: una deliciosa primicia que ponía las piezas del juego en su lado del tablero. Sonrió y paladeó el secreto que durante tanto tiempo los Monroe guardaban a ojos del mundo; la hija del director del Museo tenía el ojo blanco y Lira había aprendido lo suficiente como para saber el tipo de tragedias que atraían las personas que poseían esa maldición.
3
ELIOT
—¿Cómo se te ocurrió ir al cementerio? —preguntó Eliot en cuanto cruzaron las enormes puertas de Silverwood House y Emma se sentó en el sofá de cuero que había en el medio del salón. La luz dorada a través de las ventanas fue lo primero que vio en cuanto dejó el abrigo en la entrada y se resguardó al calor de la chimenea. La cas
