La mujer volcán

Carla Antonelli
Marcos Dosantos

Fragmento

Prólogo

Prólogo

La fertilidad incandescente

De nosotras, las mujeres trans, se han dicho muchas cosas y casi todas destinadas a crear un relato deshumanizador, de extrañamiento y otredad en el que aparecemos como invitadas incómodas a un mundo que no acaba de ser el nuestro, uno que no deberíamos sentir como propio y común. De alguna manera es un relato de la infertilidad, una carta de naturaleza esquiva que sirve para negar quiénes somos, como si las mujeres fuésemos un mercado de esencias con cuyos cambalaches tuviéramos que ganarnos el derecho a existir.

Como dice Camila Sosa Villada en Tesis sobre una domesticación: «Una sola travesti[*] es suficiente para socavar los cimientos de una casa». Nuestra mujer volcán, Carla Antonelli, asistida por la bendición del fuego y la tierra negra de su isla, es la encarnación de este socavamiento simbólico de las casas de la estrechez, de la pena española que tiene la mirada institucionalizada y no puede mirar más allá de un estrecho patio de árboles raquíticos y capillas tristes. La vida de Carla no ha sido fácil, qué vida que merezca la pena ser contada lo es, pero si las gaditanas se hacían tirabuzones con las bombas, esta güimarera se ha peinado la cabellera de diosa guanche que la orla hasta hacerse con ella una armadura de descaro, dignidad y voluptuosidad. La mujer volcán es la versión cabaretera, pícara, callejera, noble, política y feminista del viaje del héroe. Un relato fabuloso que nos lleva desde la soledad, la pobreza y la incomprensión hasta la conquista de espacios políticos legendarios.

La historia, hasta que no la contamos todas, no está completa, y sin la versión de las mujeres que nos hemos tenido que ganar el nombre, lo universal es solo un boceto incompleto de la humanidad. Esto es lo que nos ofrece en este libro Carla Antonelli con la ayuda inestimable de Marcos Dosantos. Además de una biografía literaria y fascinante, La mujer volcán es una balada épica que completa la historia reciente de este país. Un relato íntimo de clase y una lección política llena de nobleza y de miseria en el que la decepción convive con la ilusión en cada página. Su lectura es una experiencia enriquecedora y trepidante que conviene leer con un lapicero cerca para anotar las referencias culturales, geográficas, sociales y políticas que aparecen en sus páginas, desde decadentes estrellas de pequeños cabarets hasta reinas de la movida madrileña, pasando por directores de cine prestigiosos, presentadores de televisión polémicos, héroes del activismo LGTBIAQ+, políticos de altura y miserables con cargo institucional.

La versión de Carla, su voz, sus recuerdos, sus venganzas, sus debilidades, sus equivocaciones, sus luchas, sus miedos, sus derrotas y sus victorias, todo lo que vas a encontrar aquí, son las de muchas de nosotras y, al mismo tiempo, exclusivamente suyas. Carla Antonelli es ya genealogía en vida, un eslabón de oro en una cadena de mujeres imparables que han hecho del mundo que habitamos un lugar más justo, amable y hermoso.

La geología nos enseña que las erupciones volcánicas ensanchan la tierra y la hacen crecer, que los borbotones de lava, cuando se enfrían, se convierten en suelo firme, en espacios habitables sobre los que construir hogares. Esa es la clave de nuestra fertilidad, nuestra naturaleza incandescente, indomable, no siempre fácil de entender y que puede abrasar si no se trata con sutileza, una que acoge a todo aquel que se atreve o que lo necesita. Esa es Carla Antonelli, el suelo firme sobre el que muchas nos hemos podido apoyar para construir los muros que nos protegen, una tierra que no deja de crecer, un fuego y un temblor que no dejan descansar a quienes no entienden nuestra belleza y quieren destruirla, una luz gigantesca y roja en medio de la noche que mira al firmamento a la que puedo llamar amiga.

ALANA S. PORTERO

Madrid, 16 de enero de 2024

PRIMERA PARTE

Éramos jóvenes.

Terriblemente jóvenes.

Impulsivamente jóvenes.

Maravillosamente jóvenes. Así éramos.

Y entonces llegó el frío.[1]

ELSA LÓPEZ

Una casa que huele a mar

Los lagartos de Güímar me miraban con desconfianza.

Estaban acostumbrados a que la chiquillada los persiguiera para aplastar sus colas con basalto afilado. Alguna vez yo también lo hice. Ellos solo querían tomar el sol y cazar moscas, pero sus vidas entraban en modo alerta con el vibrar de los pasos de aquellos temibles piececitos. Abrir la boca, sacar las garras o huir reptando sobre la arena negra eran sus opciones. Empezaron a aceptar mi presencia en aquellas playas de Chimisay cuando comprendieron que yo también me refugiaba de los niños.

En los años sesenta fui víctima de un oscuro ritual: tirarme piedras se convirtió en costumbre entre los críos de Güímar al salir del párvulo en San Pedro de Abajo. No bastaban los insultos inmaduros y las muecas veteranas, mi pueblo tenía que rematar la humillación agrediéndome. Una vez, maldita mi suerte, tiré una piedra de vuelta y acerté. Todas las broncas para mí, todos los guantazos al volver a casa. En otra ocasión, iba caminando por la calle y el hijo del carpintero decidió tumbarme de un puñetazo. Me rompió el ánimo y un diente de leche. Yo no tenía claro por qué me odiaban, así que hice lo posible por desvanecerme: inhibía sin éxito mi amaneramiento, me alejaba de los demás en el patio del recreo, me refugiaba en las faldas de mi salvadora hermana, Conchita… Todo con tal de salir de su diana y ganar un día más de vida para quizá crecer o tal vez comprender o al menos reptar.

La casa donde me crie tampoco fue un hogar acogedor, sino más bien una paradoja. España era un páramo franquista con un par de oasis urbanos. Y Canarias era un archipiélago con una larga tradición de hambre, pescadores y exilios forzados. Franco había comenzado el golpe de Estado en Tenerife, mi isla. Cinco años antes de yo nacer, su régimen había ordenado poner en marcha la colonia agrícola penitenciaria de Tefía, en Fuerteventura, en un antiguo cuartel de la Legión. Era aquello un campo de trabajo para castigar a gais, bisexuales, transexuales y demás «vagos y maleantes». Una cárcel desértica que se erigía en la misma isla en la que Unamuno había sufrido el destierro treinta años antes. Una señal de advertencia que se infiltraba en los periódicos canarios.

El tabú se extendía a muchos otros ámbitos y acechaba las conversaciones sobre labores, oraciones y casamientos. Rojos, masones y maricones componían la tríada de los horrores. Solo alguna vez se colaba un murmullo por alguna rendija. Solo en alguna ocasión se recordaba al maestro del pueblo, asesinado en la Guerra Civil. «¿Me llevo la chaqueta?», preguntó al de las brigadas del amanecer. «No te preocupes, adonde vas no hace frío». Un diálogo evocado con pudor y distancia narrativa por señoras mayores muy flacas. De nuevo, la advertencia.

Con todo, en medio de aquel malpaís, yo cenaba por las noches con mi madre y mariscaba con mi padre cuando bajábamos a El Socorro. Éramos seis hermanos, seis bocas sin hambre ni lujos en una familia envuelta por la vigilante bandera nacionalcatólica. Yo nací en último lugar y me crie con un curioso privilegio que mis hermanos mayores tardaron en conocer: comer una gallina recién matada cada domingo. También teníamos conejos, dos cerdos, una mula y hasta un camello para arar las huertas. Teníamos un padre labrando tierras y una madre costurera entregada a la parroquia del pueblo y encargada de cuidar del hogar, los niños y el resto de los animales. En mi casa-paradoja no me faltaba sustento, pero no se prodigaban las muestras de amor. «Juego de manos, juego de villanos», se decía. Aquella vivienda estaba llena de hombres callados, así que buscaba resquicios de cariño en los diálogos femeninos. «Como se entere tu padre…», amenazaba siempre mi madre, doña Tomasa.

Mi padre inspiraba miedo a veces, respeto otras y distancia casi siempre. Con el tiempo he querido entender que habitaba en él una naturaleza serena. En ocasiones, me sorprendía con algún gesto: «Toma una peseta pa las chuches», decía. Recuerdo que mi madre me acojonó con el castigo que papá iba a darme cuando se enterara de mi mofa del Cara al sol. Burlonamente, cantaba yo: «Cara al sol con la camisa vieja / que te llenaste de mierda ayer». Apreté las rodillas y agaché la cabeza esperando el tortazo que no llegó. «Son cosas de niños», sentenció el hombre de la casa. Más adelante, ese padre a veces inalcanzable me regaló algo trascendente: un romance con el Atlántico, mi alianza con el mar. Acompañarlo de madrugada en busca de pulpos, lapas y morenas pescadas a lazo se convirtió en un pasatiempo silencioso, un refugio para ensimismarme y saborear los erizos marinos que él rompía para mí. Me remangaba los pantalones y me adentraba en la orilla con torpeza, palpando los bultos bajo el agua con mis pequeñas manos blancas. El brillo ondulante que separaba mis dedos de la superficie me permitía imaginarlos rematados con porcelana exquisita. Uñas ligeras para acariciar los mechones de la melena que aún no tenía. Uñas afiladas para arrancar el molusco y comérmelo crudo.

El idilio con el océano fue a más cuando apareció la casa en El Socorro. Pegada a la de mi tío Ramón y ubicada a escasos pasos de la mismita playa, se transformó rápidamente en mi lugar predilecto de juegos y fantasías. Allí sí tuve amiguitos de verdad, como Pedro Damián o su prima Conchi; allí dormía escuchando las olas romper y me despertaba relamiendo el salitre de mi boca mientras la década se agotaba. Sabía que no era la residencia habitual de la familia, pero entre cometas al aire y papas guisadas, ese olor marino mezclado con tabaiba se grabó en mi memoria como lo más parecido a un primer hogar. Y como un conato de libertad.

Siempre tuve la mente inquieta: me fijaba en los cachivaches, me encantaban el cine y la química, y en las noches despejadas, subía a la azotea y me embobaba mirando al cielo. Recuerdo cuando el ayuntamiento organizó la representación de una obra de Domingo Chico predestinada a otro niño, Aurelio. Recuerdo que me aprendí el texto entero antes que él y le arrebaté el papel. Recuerdo que dejó de hablarme y que acabó siendo seminarista. Yo tenía sed de todo. Devoraba los libros de la biblioteca municipal, disfrutando de los cuentos infantiles y las novelas de aventuras, pero tratando también de lograr respuestas. Se producía en mi interior una ceremonia de desconciertos: quién soy, qué soy, qué no soy. Y las únicas pistas que hallaba en esos libros (por regla general, grandes y gordos) fueron referencias a la homosexualidad como una enfermedad. Yo miraba a los gais de mi pueblo llevando una doble vida, y sabía que no era eso. Había algo inconforme, que chirriaba. Hubo quien insinuó que la cantante italiana Patty Pravo había sido un varón antes, pero nada. El camino para conocerme se vislumbraba confuso y lleno de tropiezos.

Entonces llegó una sorpresa: descubrí el sexo con Cien años de soledad.

Le robé el libro a mi hermana siendo yo púber, y aquellas páginas desempeñaron la función de erótica reveladora. En tiempos de dictadura cañí, censura mediática y mojigatismo insular, leer a García Márquez me voló la cabeza. «Qué bárbaro», decía en voz alta. Me excité de mala manera y se despertaron en mí las ganas de probar aquello. El drama de la trama también era adictivo, pero a esas edades poco apreciaba yo la lírica del realismo mágico. Lo que yo quería era tocar.

La primera tentación llegó con un chico un año mayor que yo, otro preadolescente al que ya se le ensanchaban las espaldas y le asomaba el bigotillo. Un efebo moreno de pelo guanche que solía juntarse con un amigo que ayudaba a sus padres moviendo bombonas de butano. Él también se burlaba de mí, pero no con inquina o acoso, sino con travesura. «Vamos a descansar a mi casa», me ofrecía, justificándolo como una parada de reposo en las tardes de cuesta arriba regresando al pueblo desde El Puertito. Sin embargo, ahí había algo más. Lo leía entre líneas y despertaba un cosquilleo en mi entrepierna, pero mi instinto de reptil me hacía decir «no». Conocía yo ya las consecuencias que acarreaba tener sexo con chicos de mi generación: se habría enterado todo el mundo y me habrían acusado de ser el maricón de mierda que embrujó al pobre niño normal. Lo sabía porque existían precedentes, y yo no quería engrosar la lista. La distancia entre el martirio y el barranco era ya demasiado estrecha para mí, así que debía buscar una alternativa. Y la alternativa me encontró, cómo no, frente al mar.

Una roca volcánica alisada por el agua hacía de asiento perfecto para mis viajes imaginados. No había casi nadie aquel día en El Socorro cuando se me acercó él. Era un señor de unos cuarenta años, ramplón y anodino. «¿Qué haces por aquí?», me saludó. Allí estaba yo, a solas y sin llegar a la quincena, respondiendo preguntas tontas que iban a llevar adonde iban a llevar, con la columna alerta pero el morbo a flor de piel. «¿Has visto una cuca alguna vez?», me preguntó. «¿No? Ven para acá». Y fui —fuimos— a un nidillo de guerra que emergía de entre la arena negra de la playa. Una construcción heredera de la Guerra Civil que me transportó por un segundo a aquella gaveta de mi casa que guardaba una foto sepia con hombres jóvenes sonriendo en una trinchera. Un semicírculo de piedras en el que un día pudo haber rifles y granadas y en el que aquella tarde yo iba a perder la virginidad. Ante la mirada vigilante de unos lagartos que ya eran mis amigos, pasó lo que yo quise que pasara.

Me acuerdo de todo. Perfectamente. Las nuevas pieles, las texturas gruesas, los gestos mecánicos del principio y el placer sorprendente del final. Echo la vista atrás y soy consciente de lo incómodo que puede resultar leer con los ojos del hoy mis decisiones del ayer, pues ahora sé que estuve en manos de un depredador sexual de niños. Como en tantas otras ocasiones, hice lo que pude para no estancarme en una supervivencia agotadora.

Lo sabe el mar. Lo saben los lagartos.

Stanislavski y las suecas

El Socorro era la playa de mi infancia, pero había muchas más playas que yo no frecuentaba en el litoral tinerfeño. Y a esas costas habían empezado a llegar unos nuevos visitantes: los guiris. Algunas suecas en biquini, claro, pero también muchos ingleses y alemanes. No es que Canarias fuese completamente desconocida para los extranjeros; en el colegio nos decían que Hércules buscaba las manzanas de oro en el Valle de La Orotava, y que los romanos nos llamaban «las islas afortunadas» porque aquí las plantas crecían solas. Más adelante me enteré de que Agatha Christie y Christopher Isherwood escribieron parte de sus historias en el norte de Tenerife. Pero el periplo de los años sesenta y setenta era diferente. Se trataba de un turismo en busca de un Caribe barato, y la dictadura franquista se relajó un poquito al ver sus beneficios. Mis alpargatas de lona iban subiendo de talla mientras la economía hostelera transformaba el paisaje. Recuerdo la comidilla y los chistes cuando las autoridades trajeron arena blanca del Sáhara para cambiarle el color a la oscura playa de Las Teresitas. Tampoco eché en falta su tono original porque casi nunca la pisé. Tuvo que llegar la adolescencia para que yo empezara, por fin, a salir con frecuencia de Güímar.

En 1975 yo tenía quince años y mis piernas crecían y crecían, pero mi estatura no se alargaba. De nada sirven nuevos centímetros de fémur si una cuerda invisible rodea el cuello y tira hacia abajo. Mi mirada se inclinaba por el peso de las palabras «sarasa», «nenaza», «buje» o «mariquita». ¿Por qué no me dejan en paz?, me preguntaba. Entrar en la adolescencia no me otorgó más fuerza, sino mayor soledad. La incomprensión me frustraba, y la frustración arrastró consigo unas notas que siempre habían sido buenas. En ocasiones escucho a la gente rememorar sus primeros años con nostalgia. Entonces cierro los labios y sonrío, me trago la envidia de no poder ser cómplice de esas charlas porque ir al colegio suponía mi martirio rutinario. Mis padres me llevaron incluso a un psicólogo. Inadaptabilidad social, decían, pero lo que yo sufría era asfixia. Cada vez pasaba menos tiempo con mis compañeros de generación y cada vez me ensimismaba más frente al océano, bajo las puestas de sol en el Pico Cho Marcial, o entre las lecturas de la biblioteca del pueblo. Todavía era demasiado joven para tomar grandes decisiones, pero tenía que moverme de algún modo. Necesitaba un cambio, por mínimo que fuera. Si la arena de Las Teresitas había podido mutar, ¿por qué yo no?

Abandonar el colegio fue mi primera rebelión en el hogar, mi primer paso decisivo en el camino hacia el éxodo. No se entendía mi fracaso, no se comprendía cómo podía renunciar a una educación que entonces seguía siendo un privilegio. Si hubiera agachado la cabeza durante un par de años más, quién sabe, lo mismo me habría licenciado. Pero no fui capaz. Me angustiaba abrir los párpados cada lunes, cada martes, cada miércoles. Aborrecía las casas bajas y las ventanas cotillas, aceleraba el paso al atravesar la plaza de San Pedro, observaba con envidia cómo mi hermana se pintaba los labios. «No puedo más, no puedo más, no puedo más», me repetía.

—¿Qué hacemos contigo? —se lamentaban mis padres.

—Quiero actuar.

Ellos se rindieron y yo gané mi plaza en el Real Conservatorio de Arte Dramático y Música de Tenerife. El nuevo curso arrancó en septiembre y allí que me fui a Santa Cruz, a la capital isleña, a la urbe posible. Aparecí con una carpeta y un estuche y me senté en la primera silla que encontré, mirando a los lados e intuyendo que mis compañeros de clase eran de otra especie. Y no me equivoqué. Las muñecas relajadas, las camisas abiertas y los ojos entornados creaban una atmósfera nueva. Era aquello una adolescencia petulante, una bohemia en prácticas. Pero era, ante todo, otra cosa. Ahí no sonaban mis insultos ni destacaba mi amaneramiento. Ahí llamaban «timbre nasal» a lo que antes era mi «voz de niña». Un cambio de léxico que sanaba heridas y masajeaba la sien. Pura alquimia.

Poco tardamos en echarnos a la calle bajo la justificación del método Stanislavski. Nos tirábamos al suelo y colocábamos la mano abierta sobre la frente. Rodamos un corto en el que yo saltaba una hoguera por mi cuenta y riesgo, como advertía el director. Practicábamos la dicción, marcábamos las eses finales, estirábamos los músculos de la cara. Leíamos teatro y ejercíamos teatro. Nos reíamos exageradamente, alocadamente, adolescentemente. No saqué de allí grandes amistades, y lo digo sin pena ni reproche. Aquel conservatorio no estaba hecho para arraigar afectos, estaba hecho para levitar. Y fue una tarde, con el cuello erguido al fin, con las plantas de los pies unos milímetros sobre la acera, cuando tomé la decisión de participar en una obra de mi pueblo.

El 6 de noviembre de 1975 se estrenaba en Madrid Jesucristo Superstar. Lo escuché en la radio, volviendo a Güímar. La pieza narraba cómo Camilo Sesto había levantado gran expectación al adaptar la icónica obra estadounidense. Poco después llegó la polémica. Hacía días que se murmuraba sobre el mal estado de salud del dictador y mucha gente interpretó aquel espectáculo del Teatro Alcalá Palace como un desatino. Sin embargo, sonaba perfectamente provocador para mi anestesiada Güímar. No sé ni cómo ni por qué deseos contenidos, pero un grupito de chicas y chicos decidimos subirnos al escenario del local de Acción Católica. Aquel era uno de los pocos rincones de encuentro de la juventud güimarera, un local anexo a la iglesia de San Pedro que revisité cincuenta años más tarde por motivos bien distintos. Conseguimos una cinta de casete con el repertorio grabado del musical, montamos un guion sencillo y repartimos los roles. Ejercí entonces un efímero dominio al asignarme dos papeles principales de aquella fantasía juvenil: decidí ser Nerón y Poncio Pilatos a la vez. Y decidí amariconarlos. Rebusqué en un cuartito que hacía de despensa en mi casa hasta dar con la ropa vieja de mi madre. Entre blusas y faldas encontré un salto de cama blanco y liso, una suerte de bata de tela nacarada. Abrí la prenda, introduje mis brazos y amarré mi cintura. Me quedaba divinamente. Era la pieza ideal para el escándalo que se avecinaba.

Jesucristo Superstar se estrenó en Güímar con la sala de Acción Católica abarrotada. Escena a escena, desplegamos un arte sin talento pero con arrojo. Las caras curiosas daban paso a los gestos de incredulidad. «Así que eres Cristo, / eres Jesucristo. / Si es verdad que eres divino, / haz que del agua salga vino», cantaba una voz rebosante de pluma. Las secuencias avanzaban entre murmullos y labios mordidos. Y el desmadre en el elenco iba a más. Había sobre las tablas una mezcla de chulería, hormonas y nervios histriónicos. Un torpe trance tribal que nos alejaba del público y del que no teníamos ya escapatoria. Me divertí muchísimo. Era mi gozo una venganza que solo yo comprendía. Recitaba torciendo las caderas y aflojando las manos. Todo aquello de lo que mi pueblo se había reído se transformó en poder bajo esa tela blanca. Un poder efímero y ficticio, pero delicioso. Y adictivo.

Oh, ¿tú eres Jesucristo?

¿El que arma tantos líos?

¿Te llaman Rey de los judíos?

Ya sé que eres popular.

Pero ¿eres rey?

¿Rey, de verdad?[2]

Acabó el show y un aplauso incómodo recorrió la sala de Acción Católica. Nuestro estreno fue un escándalo. Sin duda, fue mi salida del armario para todo el pueblo, aunque mi familia no se diera por aludida. Y también fue la última obra que se representó en ese lugar.

Mis ejercicios actorales se alargaron durante días. Ya no era ni Nerón ni Poncio, pero sí representaba una máscara según el sitio: en Santa Cruz, me pavoneaba frente a mis compañeros ante mi provocación rural; en Güímar, encajaba los reproches de mi madre: «Te habrás quedado a gusto. No se habla de otra cosa en la parroquia». Una parte de mí quería contestarle. En alguna ocasión lo hice, pero controlé mis impulsos la mayor parte de las veces. No era ya obediencia, era una cuestión de reposicionamiento. Apretaba los puños cada vez que mi madre le pedía a Antonio que me cortara el pelo en contra de mi voluntad. Aquel educado estilista me miraba callado, sabedor del lugar de donde salía mi rabia, porque él también tenía su propio secreto. Mi yo racional pedía paciencia, sopesando las consecuencias de arriesgar mis clases en el conservatorio. Y mi intuición de reptil decía que comenzaba a distanciarme, centímetro a centímetro, de mi familia.

Consciente de que mi crianza se agotaba por momentos, volvía cuando podía a mi mar, a la playa de El Socorro. Uno de aquellos días estaba mojándome las pantorrillas cuando la vi. Con su biquini de rayas gruesas y sus gafas de sol desproporcionadas, con su pamela de verano agradecida por nuestro otoño. Una guiri en Güímar. La envidié por su coquetería y por la forma en que pisaba nuestras piedras negras sin pedir permiso. Se percató de cómo la escudriñaba y me saludó desde lo lejos. Al volver a casa, me acerqué furtivamente a las gavetas de mi hermana y me imaginé vestida con su bañador. «Las Teresitas son blancas», pensé.

En aquellas semanas confusas también sucedió algo importante: Franco había muerto. Nos lo dijo un señor compungido en aquella pantalla gris al final de una galería que hacía las veces de salón.

El camino de los parques

Un lugar no tan común de la vida es toparte con el libro que expande tu mundo.

Faltaba un mes para el 76 y España era un enjambre sísmico. La llegada del turismo y los movimientos estudiantiles habían provocado ya las primeras sacudidas de la moral nacionalcatólica, pero fue la muerte del dictador el punto de no retorno, el despertar de los silencios. Algunos hogares estaban en shock, otros estaban desbocados. Aparecían abuelas comunistas donde antes hubo yayas mudas. Se desempolvaron fotos antiguas y chaquetas de pana. Juan Carlos se coronaba rey mientras Barajas se llenaba de pasajeros que venían de Francia con las siglas «PSOE» o «PCE» estampadas en roídas pero orgullosas carpetas de cartón. Todo eso pasaba a mi alrededor, pero no dentro de mí. Aunque treinta y cinco años después me convirtiese en la primera diputada transexual de la historia de España, nada parecido a la militancia rondaba por mi cabeza a los dieciséis. La explosión ideológica de afuera no rozaba mi piel aún. O todavía no tanto. Quizá porque al volver del conservatorio me topaba con unos padres silentes y cualquier revolución por mi parte les hubiera abierto el cielo en dos. Quizá porque al regresar a Güímar evitaba relacionarme y me escondía en la biblioteca. Una biblioteca donde descubrí un parque inesperado. Fue aquel recinto público el epicentro de mi segundo libro terremoto: Catalina Park.

Orlando Hernández describía en sus páginas las aventuras del Parque Santa Catalina. Aquello era un espectáculo de personajes imposibles que lucían sus sonrisas entre los árboles de un rincón de Las Palmas de Gran Canaria; un cuadrilátero de bares y paseos cercano al muelle. Fue entre esas hojas donde descubrí un bestiario prometedor: las vidas de travestis, transexuales, transformistas y maricones pintados. Un puerto de pescadoras en busca de caricias extranjeras, espaldas de alta mar o discretos vecinos que arrastraban la culpa y los pies. Así como Gabo me adentró en el sexo, Orlando me regalaba un espejo. Un material ajeno a mi cuerpo confirmaba que lo que yo sentía estaba ahí fuera. Mi existencia cobraba un giro. Quería huir de Güímar, un pueblo sin futuro, sin salida y sin destino para mí. Tenía, por fin, un horizonte posible. Debía urdir un plan.

La obsesión por conocer el Parque Santa Catalina iba y venía. No recuerdo si había compartido mi imaginario con alguien del conservatorio o si fue un guiño del azar escuchando a otra persona, pero me enteré de algo sugerente: en el parque principal de Santa Cruz también había movimiento. No sabía si era solo un rumor, pero valía la pena comprobarlo. Al fin y al cabo, ir a Las Palmas suponía subirme a un barco, pero al Parque García Sanabria podía llegar a pie.

Al principio tuve dudas y miedos. Hasta que una tarde decidí no pensarlo mucho y me encaminé hacia el bosque urbanita. Apretaba la carpeta contra el pecho mientras me adentraba por los caminos, cruzándome con familias y perros de todos los tamaños. Los hijitos de la burguesía local lucían peinados esmerados y caminaban en línea recta. Era aquella una época en la que los niños obedecían más que sus canes. Doblé esquinas buscando sin saber, tratando de divisar algo que hasta entonces solo había imaginado. El Parque García Sanabria era un laberinto de diez mil rincones, algunos de ellos consecuentemente ocultos. Tenía la sensación de que empezaba a caminar en círculos, así que desistí y cambié el paso. Me paré, giré el cuello hacia el norte y me dirigí cuesta arriba para atravesar todo el parque y dar con las Ramblas. Pero no llegué a las Ramblas. Había dejado atrás una especie de minizoológico cuando la vi a ella.

Marcela era un portento inevitable. Alta, ancha y maquilladísima. Marcela no tenía labios, tenía bembas. Bembas que atenazaban cigarros, bembas que te inundaban el cachete con tanto carmín que no sabías si te había dado un beso o un guantazo. Una aparición subtropical, una imagen mariana que había hecho de su halo argollas, y ni rastro del manto o el bebé. Marcela fue la primera mujer transexual que conocí, aunque por entonces ni siquiera usábamos esa categoría.

—Tsss, tú, ¿qué quieres?

—Nada, nada.

—Ya, ya… —Dio una calada y me miró fijamente—. ¿Adónde vas con la carpetita?

—Vengo de clase, me voy a casa.

—Tú vienes a golifiar.

Me sonrojé y no dije nada. Me hizo una señal para que la siguiera y acaté la orden. Iba a un metro de distancia. Me infundía temor, me daba morbo, me inquietaba que nos vieran. La envidiaba, codiciaba sus contoneos. «Niña, ¿te pesa el culo?». Eso dijo, «niña». La misma palabra con la que tanto me humillaron. Pero en boca de Marcela no sonaba atacante. Quise creer que no lo era. Era una palmada en el brazo. Una palmada que te roza con uñas largas.

La sociología variaba a medida que andábamos: de las familias de bien pasamos a los yonquis, y de los yonquis, a los hombres que deambulaban despacio. Todo el mundo se hacía a un lado cuando Marcela avanzaba. Y, entonces, el ruido. Una colmena de trajes cortos, pelucas y colillas zumbando entre música y diálogos gritones. «¡Maricones, cállense un segundo!», reclamó la abeja reina.

Marcela me presentó a una tropa muy especial en la charca de las ranas. No creo que estuvieran todas ese mismo día. Ni siquiera tengo claro que fuera así la escena, pero merecen tributo igualmente: la Manola, la Petu (por petuda), la Luisa, Marcela, Dona, Francisca, Nina y Vargas. Tiempo después conocí a Aroa y a la Gitana, ambas de la misma sangre que Marcela. Tres hermanas transexuales criadas en la España franquista bajo el amor comprensivo de sus padres, don Esteban y doña Juana. Introducirme en aquel expresionismo de género fue tan clarificador... Algunas con la sombra de la barba, otras bendecidas por la mística de la feminidad, todas descarnadamente vivas. Recuerdo fijarme en sus pechos. «No puede ser, tienen tetitas», pensé. «Las hormonas, mi niña», decían.

De aquellos días de paseos y ramblas, Aroa y yo construimos una linda amistad. Era dos años menor que yo. Ni catorce tenía aquella melómana de los parques. Una pequeña gran mujer que cuidaba su vinilo de Antonio Molina con el mismo cariño con el que me regaló después décadas de cariño y cafecitos. Una púber muy mona y con silueta de pera que siempre sostenía entre sus manos un ruidoso pick-up tragadiscos.

Soy minero

y templé mi corazón con pico y barrena.

Soy minero

y con caña, vino y ron me quito las penas.

Soy barrenero

porque a mí nada me espanta[3].

Aún soñaba con las aventuras literarias del Catalina Park, pero el García Sanabria fue un reflejo de piel. Viéndolas a ellas, lo supe: yo era una más. Mi mente empezaba a dibujar un autorretrato. «Tú, que vienes con la carpetita —me dijo una un día—, te vamos a llamar la Catedrática». Y la Catedrática me quedé por años.

Mi adicción a Santa Cruz acumulaba motivos. Las clases de arte dramático avanzaban y mi anecdotario en los caminos del parque no paraba de crecer. «¡Agua!», chillábamos cuando la policía hacía una redada. Marcela relataba los abusos en comisaría, las cueradas de toalla mojada contra las costillas y las violaciones entre rejas. Pronto aprendí que el precio de ser así es un rapto de los dioses. Nuestra belleza travesti era una maldición porque el poder nos quería a la vez lejos de las calles y metidas en su entrepierna. También comprendí que no, que no éramos todas buenas amigas. «¡Fuego!» era el grito estigma, la forma que tenían algunas de señalarte ante un transeúnte o un madero. Había envidias, empujones y robos torpes de mecheros bonitos. Pese a todo, me compensaba la contradicción. Tenía mucho que observar. Y es que la verdad prosperaba entre las miserias. Vidas y conductas difíciles de juzgar cuando sabes que al volver a casa te comerás la culpa con una gallina recién matada.

De entre todas, la Luisa era mi protectora. Con ella y con otras nos echamos las tertulias y los buchitos en el Tía María, el café de encuentro para desviados ruidosos que estaba por la plaza Weyler. El local donde brindé varias veces con Nina y Juan Carlos, transexual y homosexual, simpáticos hermanos que me invitaban a su salón para escuchar a Mari Trini. Las tardes se hacían noches y más de una vez me escabullí y dormí en la capital. Me atormentaba regresar a mi pueblo después de una jornada de aventuras tragicómicas. Miraba los barcos atracando y amagaba con irme a Las Palmas, pero fui interceptada más de una vez por mi familia. Después, el reproche y la angustia.

Mi yo crecía dentro de mí y no cabía en la minúscula cama güimarera. Mi agonizante fe católica colocaba el infierno sobre mi barriga. A veces me daban arcadas y pánico de fallecer en pecado mortal; otras, ganas de saciarme, como cuando me transformaba a escondidas en Carnavales. Tenía prohibido disfrazarme a solas, pero yo preparaba mis cinco minifaldas (una por día) y la bisutería en secreto. «Venus joyadas», como decía Marcela con una finura espontánea que contrastaba con los piñazos que ella solita había propinado a cuatro hombres frente a mí cuando se les ocurrió llamarla «maricón». Llegadas las fiestas, yo saltaba por detrás de la platanera, sin que nadie me viera, y por unos días me desbocaba. En alguna

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