Prólogo
Jerusalén, primavera de 2022
Gracias a Dios todavía veo el sendero que hay delante de mi puerta, enmarcado por buganvillas fucsias, palmeras y macetas de barro con alegrías de la casa rosas y blancas. Me da cierta paz saber si alguien se acerca a mi puerta o si está paseando sin más. Desde este sillón del salón de mi casa que da al jardín, donde últimamente me paso casi todo el día, veo por un gran ventanal a familiares y amigos recorrer dicho sendero.
Doy gracias sobre todo cuando veo que llega Tali, que viene todas las tardes a las cuatro y cuarto en punto. Es mi nieta más pequeña y ha sido madre joven. Vive a cinco minutos andando de mi casa. Cuando se casó, insistió en quedarse en el barrio. Dice que quiere vivir cerca de mí. Yo le digo que no hace falta, aunque ni yo misma me lo creo. Por suerte, Tali lo sabe mejor que yo.
Entre nosotras usamos una especie de lenguaje no verbal. Me cuesta explicar el porqué, pero siento que nos entendemos. Su padre murió en un accidente de coche una tarde lluviosa cuando ella era casi un bebé. Desde entonces yo ejercí como una especie de segundo progenitor para ayudar a mi hija Ruthie, su madre, que ese fatídico día se convirtió en viuda y madre soltera de ocho hijos.
«¡Espera!», le dice Tali a su hija mayor, Neta, que tiene el pelo de su madre, de color miel oscuro. Es una niña guapísima y llena de vida, camino de cumplir cuatro años. Ya va corriendo por el sendero con Tali a la zaga, que aferra con firmeza la silla de paseo. Dentro está su hijo Shaked, el más pequeño, que nació en plena pandemia de covid. Tali siguió viniendo a diario incluso durante el confinamiento, pero hablábamos a distancia: yo en el balcón y ella abajo, en el jardín, rodeando a Neta con un brazo y con Shaked en el portabebés.
Suena el timbre. Neta entra volando, en pleno esplendor preescolar, y se presenta ante mí y el mundo entero. «Savta!», grita con alegría; es el término hebreo para «abuela». Al margen de lo que pase ese día, ya sean malas noticias en el mundo o cualquier otro malestar, cuando la veo me invade una sensación de calidez y esbozo una sonrisa. Me enseña un dibujo con muchos corazones, globos y alguna que otra pegatina de Mickey Mouse. Entonces le digo que ambos nacimos en 1928 y tenemos la misma edad, noventa y tres años, y ella abre mucho los ojos. Luego se sienta a mis pies y, mientras esparce las cartas de su juego de parejas, yo retrocedo mentalmente casi noventa años.
Cuando llegué a Ámsterdam con mis padres yo era algo mayor que Neta. Salimos huyendo de Berlín nada más subir Hitler al poder, después de que despidieran a mi padre, que fue miembro del Gobierno prusiano durante la República de Weimar. Nos establecimos en un piso de dos habitaciones en una zona residencial, con vistas a zonas ajardinadas y plazas despejadas.
Al poco de nuestra llegada, fui un día a un colmado del barrio con mi madre, que me llevaba de la mano. Allí se fijó en una mujer que hablaba en alemán con su hija, que tenía los ojos oscuros y era más o menos de mi edad. Ambas madres estuvieron charlando un ratito entre sonrisas, pues era un alivio confraternizar en tierra ajena. Yo era tímida y me aferraba a la pierna de mi madre; no estaba acostumbrada a frecuentar a otros niños, pero esa chica que me miraba me generaba curiosidad.
Acabó convirtiéndose en mi primera amiga. En mi compañera de juegos y de escuela, y en mi vecina. Nuestras familias hicieron buenas migas a medida que afrontaban la vida como refugiados en esa nueva ciudad; ambas temían el avance inexorable de la guerra, la ocupación y sus consecuencias para nosotros. Aquella niña tan llena de vida acabaría siendo la víctima más famosa del Holocausto. Un símbolo, en más de un sentido, de las muchas esperanzas y promesas que se desvanecieron por culpa del odio y las masacres. Hablar de su historia, de nuestra historia, acabó siendo una forma de seguir unida a ella y mantener viva nuestra amistad incluso años después de su partida. Pero desde que nos conocimos hasta que desapareció de repente de mi vida, poco antes de que yo cumpliera catorce años, pasando por su reaparición fugaz en circunstancias de lo más extrañas y trágicas, ella fue simple y llanamente mi amiga Anne Frank.
1
Berlín
En uno de mis primeros recuerdos estoy sentada en el parqué mientras unos hombres protegen nuestro sofá de terciopelo azul con mantas antes de cubrirlo con papel de estraza. Después lo atan con una cuerda; envuelto de aquella manera parece un regalo de cumpleaños enorme. Para mi asombro, después lo levantan, no sin cierta dificultad, y lo sacan por la puerta principal del piso; justo donde siempre ha estado el mueble queda un vacío grande lleno de polvo. Me pregunto dónde vamos a sentarnos a partir de ahora.
En otra habitación están embalando la mesa y las sillas de comedor mientras en otra quitan los cuadros de las paredes, sumando así nuevos vacíos aún más evidentes donde antes estaban nuestras cosas. Hasta el busto de bronce de Otto Braun acabó en una caja de madera; era el primer ministro prusiano, líder del Partido Socialdemócrata, y si lo había entendido bien, un hombre importante, así como amigo y jefe de mi padre.
Mi madre, la más pragmática de mis progenitores, se afanaba en organizar nuestros bienes más preciados. Mi padre, por su parte, miraba sin pestañear sus queridos libros, colocados en las baldas que cubrían la pared revestida de madera del salón. Ya había guardado con esmero unos cuantos en cajas, pero quedaban muchísimos tanto en las baldas como apilados a sus pies.
«Ya sabes que no puedes llevártelos todos», le dijo mi madre en voz baja, con ternura.
Nos estábamos preparando para abandonar nuestra casa de Berlín, ubicada en el 21A de Den Zelten, delante del enorme Tiergarten, un parque cuya verja de entrada estaba rodeada de rosas amarillas bien hermosas; allí me llevaban mis padres a jugar y, a veces, a ver a los elefantes del zoo. También nosotros debíamos irnos de nuestro país, pero yo tenía solo cuatro años y aquello escapaba a mi entendimiento. Creo que era consciente del desfile de botas, el revuelo y las banderas rojas y negras que ya eran habituales en Berlín. Y supongo que me di cuenta de que mi padre, que normalmente estaba muy ocupado y se iba a la oficina muy temprano por las mañanas, ahora se pasaba todo el día en casa. Pero solo conservo recuerdos sueltos de nuestro hogar berlinés: el rechinar de mis zapatos al recorrer los senderos de guijarros del Tiergarten; la vibración que se propagaba por el piso cuando repicaban las campanas de la iglesia que había en la calle de enfrente, construida en memoria del káiser Guillermo; y el sonido suave del piano de cola cuando mi madre se sentaba a tocar.
Ese piso estaba en una calle arbolada y fue mi primera casa, pero ya no existe. Lo bombardearon los aliados unos años después. No obstante, recuerdo que era amplio y elegante, con techos altos, tupidas alfombras persas y mesas y sillas de madera art déco. Mi madre, que se llamaba Ruth (o Rutchen, como decían en la familia), tenía buen ojo para las cosas bonitas y la casa estaba llena de arte y porcelana fina. Contaba con la ayuda de una cocinera y una muchacha para las tareas domésticas y gozábamos de una vida cómoda y relativamente privilegiada.
Llegó a ejercer de maestra de educación primaria, pero, por desgracia, al ser una mujer de clase media-alta casada con un funcionario público, tuvo que dejarlo, como dictaban los cánones de la época. Le encantaba trabajar con críos y dar clase, pero no estaba bien visto que una mujer cuyo marido podía mantenerla aceptase un empleo de soltera. Se tiraba al suelo a jugar conmigo y se reía con mis historias y mis preguntas sobre la vida, que ella respondía con paciencia sin omitir detalle. Me gustaba observarla mientras se ponía alguno de sus vestidos de seda o de terciopelo hechos a medida antes de una de las muchas salidas nocturnas a conciertos, cabarets, recepciones y hasta bailes de gala a los que invitaban a mi padre por ser un alto cargo del Gobierno.
Durante los años que fui hija única, mis padres me tuvieron en palmitas. Yo creo que eran un matrimonio feliz, a pesar de ser muy distintos. Mi madre tenía doce años menos que mi padre y era alegre, extrovertida, ingeniosa y sabía leer a la gente; mi padre, más serio y propenso a la abstracción, e incluso a la melancolía, también tenía carisma y magnetismo. Era un líder nato que inspiraba a la gente y conectaba con ella. Aunque de carácter pesimista (él, cómo no, prefería el término «realista»), en contraposición a mi madre, más pragmática y optimista, no dejaba de ser una persona cariñosa y en el barrio era conocido porque le gustaba ayudar a los demás. Resultaba muy buen comunicador, tanto por escrito como verbalmente, y gracias a eso llegó muy lejos en la profesión que eligió, la política. Siempre respondía a mis preguntas con paciencia y me hacía sentir la persona más importante del mundo.
Cuando estalló la Gran Guerra, Hans (así se llamaba mi padre) acababa de terminar la carrera de Economía y había empezado a trabajar como periodista de economía y negocios. En 1915, con veinticinco años, lo llamaron a filas. Fue soldado raso en el ejército alemán y estuvo en el frente oriental combatiendo contra los rusos. Por suerte, un año después lo trasladaron a Lituania, al cuartel general alemán de dicho frente, en Kaunas. Con el tiempo se alegró mucho de haber sobrevivido y, sobre todo, de haber salido ileso, porque en aquella época que pasó entre trincheras llenas de barro escarchado y muerte combatiendo contra los rusos pereció mucha gente.
En Lituania ocurrieron dos cosas que cambiaron el rumbo de su vida. Lo primero, para alivio de mi padre, fue que el general Erich Ludendorff lo apartó de sus funciones en primera línea para aprovechar sus dotes periodísticas en el esfuerzo bélico; el general era ni más ni menos que un famoso héroe de guerra de la época, conocido como el «cerebro» del ejército alemán. Ludendorff le encomendó la tarea de editar un periódico lituano, a pesar de que mi padre no sabía nada de dicho país ni hablaba el idioma. Años después dijo en broma: «Probablemente fuera el único periodista del mundo que no podía leer el periódico que editaba». Los soldados alemanes que hablaban lituano traducían lo que él escribía.
A medida que la guerra avanzaba, las proezas de Ludendorff como estratega militar acabaron en desastre al obstaculizar y posteriormente rechazar de manera rotunda todo intento de alcanzar la paz. Su ambicioso esfuerzo por conseguir la victoria en la fase final de la guerra fue contraproducente. Mientras la Alemania de la posguerra se tambaleaba bajo el peso del resentimiento y la vergüenza del Tratado de Versalles, con el que se puso fin a la contienda y por el que Alemania tuvo que pagar un alto precio (cesión de territorios, reparaciones que jamás podría abonar e hiperinflación y hambruna), Ludendorff nunca reconoció sus propios errores. En su lugar, alimentó la teoría de «la puñalada por la espalda», con la que se culpaba a los judíos de la derrota de Alemania alegando que ellos habían conspirado internamente durante la guerra. Cautivado por las teorías conspirativas, fue de las primeras personas de la élite alemana en respaldar a Adolf Hitler. Argumentaba que, para que Alemania se recuperase, hacía falta otra guerra mundial, pero esta vez masiva, para forjar un imperio alemán nuevo que sobrepasara los límites de la imaginación. Las acciones de Ludendorff favorecieron a Hitler, lo que supuso una catástrofe para mi familia y toda la comunidad judía de Europa. No obstante, es posible que le salvara la vida a mi padre cuando lo apartó del campo de batalla.
La segunda cosa que le cambió la vida y que tuvo un gran impacto en él y, por extensión, en toda la familia fue que, mientras estaba de servicio en Europa del Este, se topó con el judaísmo, que lo dejó embelesado. Mi padre era hijo de un banquero totalmente integrado en el entorno donde se crio, sin apenas contacto con la tradición judía. En su familia ponían el árbol de Navidad en Nochebuena y lo llenaban de velas. Había tratado con judíos devotos en su país de origen, Alemania, y seguro que algunos eran de Europa del Este; pero, como la mayoría de los judíos alemanes laicos, es probable que tuviera una percepción negativa de ellos, en consonancia con los prejuicios de la época: gente simple, ruidosa y sin modales. Por aquel entonces, muchos judíos de Europa occidental empezaron a rechazar toda idiosincrasia de la vida ritual judía y a casarse con no judíos a toda prisa; hubo incluso quien optó por bautizarse para salir adelante en lo profesional y evitar ser objeto de intimidación y violencia. Así que era muy raro que una persona laica como mi padre se adhiriese al judaísmo ortodoxo. Sin embargo, cuando estuvo destinado en Bialystok, se quedó prendado de la afabilidad y la cercanía de las comunidades jasídicas y de su cultura. Se codeó con rabinos, estudió hebreo y conoció a familias extensas, acogedoras y devotas, y gracias a eso su visión de la religión cambió para siempre. Aprendió a rezar, entonaba cantos espirituales, asistía a los servicios de Shabat y luego se quedaba a comer en algún hogar modesto y muy unido, fascinado por las melodías y la vida espiritual que se respiraba. Así que decidió hacerse practicante.
En 1919, tras volver a Alemania, mi padre se unió al Partido Socialdemócrata, que tuvo un papel clave en la creación de la República de Weimar, con la que se aspiraba a sembrar la semilla de una nueva cultura democrática, y participó en las negociaciones sobre la formación de un nuevo gobierno en Prusia. Acabó siendo jefe del Gabinete de Prensa y viceministro. Sus compañeros lo apreciaban y decían de él que era una persona con una energía excepcional, amplios conocimientos y una memoria prodigiosa y muy oportuna que venía muy bien durante los enfrentamientos políticos. Llevaba su nacionalidad alemana con orgullo y era uno de los funcionarios públicos judíos de más alto rango, probablemente el único practicante. Cuando lo convocaban en sábado a una reunión en el ministerio, que estaba cerca del Reichstag, el Parlamento alemán, iba caminando para guardar el Shabat. En su ornamentado despacho de techo alto leía todos los días una página del Talmud, una recopilación de exposiciones rabínicas sobre la ley judía a lo largo de los siglos. Los domingos se pasaba por allí para leer sus cartas y empezar con la correspondencia de la semana siguiente. A veces me llevaba con él; recuerdo que íbamos andando de la mano.
Mi padre tenía un asiento en primera fila desde el que observaba el funcionamiento interno del Gobierno y del país y se puso hecho una furia cuando, en enero de 1933, el presidente Paul von Hindenburg, otrora general y héroe de guerra, cedió ante los consejeros que decían que nombrar canciller a Hitler ayudaría a apaciguar su ego; que ya se encargarían las mentes más serenas de gobernar entre bambalinas. «¡Están ciegos!», gritó mi padre. Cuando los nazis llegaron al poder, lo suspendieron «indefinidamente». Nunca pusieron sobre el papel cuál había sido su ofensa, pero era conocido por hablar en programas de radio y en prensa de lo importante que era salvaguardar la democracia. Supongo que el hecho de ser judío también lo puso en el blanco de un despido precoz al principio del ascenso de Hitler hacia el Gobierno alemán. Hubo otros funcionarios y empleados públicos judíos que fueron cesados. Detuvieron a muchos compañeros suyos del Partido Socialdemócrata, ilegalizado por los nazis, así como a todo opositor político. Enviaron a algunos a Dachau, cerca de Múnich, a casi quinientos kilómetros de distancia.
En abril de 1933 se adoptaron leyes por las que los judíos y cualquier persona contraria al Partido Nazi quedaba excluida del Gobierno y de las funciones públicas. Hubo quien intentó demandar. En los juicios lucían con orgullo su germanidad, su lealtad ferviente y el amor por su país, y muchos se defendieron alegando su labor constante para con el Estado y, en algunos casos, incluso sus medallas de la Cruz de Hierro, que habían ganado luchando en el frente alemán durante la Primera Guerra Mundial. Muchos de los cien mil hombres judíos que estuvieron allí fueron de manera voluntaria, creyendo que una declaración tan fundamental como es dedicar tu vida a la patria les concedería de forma plena y definitiva la aceptación y la integración. Pero eran protestas aisladas, alegatos destinados al fracaso en un mundo donde el sentido común ya había empezado a extinguirse.
Claro que yo era demasiado pequeña para entender los cambios tan espantosos que acontecieron en el país durante mis primeros años de vida. Y sé que mis padres intentaron protegerme del miedo. Pero yo me daba cuenta de que estaban preocupados; me volví insegura y me negaba a dormir sola. La mayoría de las veces, el eco de esos cambios llegaba a través de la radio, normalmente acompañado del silbido de mi madre para indicarle a mi padre que bajara el volumen e impedir así que yo la oyera. Pero durante 1933, nuestro último año en Berlín, el fragor de la agitación política se colaba por la ventana de mi habitación y a mis padres cada vez les costaba más llevar una vida normal.
Primero llegó la cacofonía de trombones, clarinetes y el desfile de botas de los hombres de las SS, que recorrían todo Berlín con antorchas para celebrar que habían nombrado canciller a Hitler, y cantaban que eran soldados de una «nueva era» y que llevaban en la sangre su compromiso para con «la lucha racial». A la luz de las llamas, la calle parecía un río brillante que iluminaba las banderas ondulantes rojas con la cruz gamada negra sobre fondo blanco.
Unas semanas después, en febrero de 1933, nos despertaron las sirenas y los camiones de bomberos. Había humo y el cielo resplandecía. El Reichstag, a escasos cinco minutos andando de nuestra casa, estaba en llamas. Fui corriendo en busca de mis padres, pero mi madre nos despachó a mí y a mis preguntas mandándome de vuelta a la cama. No quiero ni pensar en la expresión de mi padre ni en su profundo pesar mientras intentaba asimilar lo que simbolizaba aquella democracia en llamas.
Hubo más incendios en mayo. Con la excusa de «purificar Alemania», estudiantes y profesores se reunían para decidir qué libros eran «antialemanes» con el fin de confiscarlos de todas las bibliotecas y quemarlos. Los metían en camiones o en coches, y también la gente joven se llenaba los brazos y los llevaba a una plaza que había entre la ópera y la universidad, donde alimentaban el fuego con ellos. El olor a humo que desprendían todos esos volúmenes llegaba hasta mi casa.
Familias judías de toda Alemania se hacían las mismas preguntas que mis padres: «¿Qué hacemos?, ¿cómo vamos a ganarnos la vida?, ¿se impondrá la cordura con el tiempo o es mejor marcharse?, ¿adónde vamos?». En un país donde a los manifestantes los castigaban mandándolos a campos de concentración, los disidentes no judíos, escritores y artistas incluidos, se enfrentaban a dilemas similares y fueron de los primeros en huir.
Para mis padres fue muy doloroso aceptar la certeza cada vez más patente de que al final tendríamos que marcharnos. Mi madre estaba especialmente desolada por la perspectiva de tener que irse de un país que adoraba. Le encantaba la vida cultural e intelectual tan animada que había en Berlín, con sus salas de conciertos, sus museos de arte y sus debates literarios e ideológicos. Me puso de segundo nombre Elisabeth en homenaje a Goethe, su dios y también el de los alemanes. Mis padres eran fruto del intelectualismo y el liberalismo de la Alemania de entreguerras, moldeados por ciento cincuenta años de progresiva aceptación social de los judíos. En nuestro hogar, la filosofía y la literatura alemanas iban de la mano de la tradición judía; entre los libros que mi padre metió en cajas a regañadientes, algunos de los cuales no volvería a ver jamás, había volúmenes tanto de política y literatura alemanas como de pensamiento judío. Algunos incluso eran de cosecha propia.
Pero le daba miedo que su anterior cargo en el Gobierno, sus advertencias y sus críticas a los nazis en la radio y la prensa lo pusieran en el punto de mira y acabara enfrentándose a una detención. Se preciaba de hacer evaluaciones sensatas y realistas y simplemente no veía que nuestra familia judía tuviera futuro allí, teniendo en cuenta la hostilidad y la violencia latentes. Mi familia consideraba Alemania su hogar desde hacía mil años. Entre mis antepasados había rabinos, filósofos, periodistas, economistas, profesores, abogados, banqueros y maestros. Pero yo, que llegué al mundo en 1928, acabaría siendo la última que nació allí. Ya no era un lugar seguro para nosotros.
Mis parientes, al igual que muchas familias judías repartidas por Alemania, empezaron a dispersarse por distintos países. Mi madre era la mediana de tres hermanos que tenían buena relación y vivían consagrados a sus padres. Los Klee estaban muy unidos, por lo que les costaba mucho tomar decisiones. Sus padres, al igual que mi abuela paterna, querían quedarse en Alemania; no se veían empezando de nuevo en el extranjero. Pero mi tío Hans, el hermano de mi madre, abogado como su padre, tras meditarlo mucho, al final se decantó por Suiza, ya que allí podría seguir ejerciendo la abogacía en alemán. A la hermana de ambos, mi tía Eugenie, la despidieron del Instituto de Investigación del Cáncer de Berlín a pesar de ser una destacada experta en ingeniería de tejidos. Ella y su marido, Simon Rawidowicz, se afanaron en buscarse sendos cargos académicos en el extranjero; primero fueron en barco a Leeds, en Inglaterra; luego a Chicago y al final se establecieron en Boston.
Nosotros tres acabamos yéndonos a Inglaterra. Mi padre había conseguido un trabajo en Londres, en la empresa Unilever. Así que vaciamos el piso de Berlín y solo quedó el eco de nuestra voz retumbando en las estancias vacuas. La mañana del día que nos fuimos, mientras en la cabeza de mis padres resonaban los boicots, los golpes que los camisas pardas asestaban a la gente en la calle, las marchas y las consignas nazis, yo pensaba sobre todo en mi querido Tiergarten. Mientras dejaba el parque atrás, unos niños jugaban a perseguirse. Haciendo equilibrios con las maletas y los baúles, nos dirigimos a la estación para coger un tren rumbo a Hamburgo, la primera etapa del trayecto hacia Inglaterra.
Llegamos sanos y salvos a Londres bajo un cielo nublado y plomizo. Aquella metrópolis de ocho millones de habitantes, el doble que Berlín, levantada con piedra caliza y ladrillo, nos abrumó; allí no teníamos apenas contactos y menos aún familia. Por suerte, mis padres hablaban inglés, aunque mi madre se desenvolvía mejor: era una políglota prodigiosa que también sabía francés, griego y latín. Londres era la capital del Imperio británico, así que por primera vez pude ver gente de todo el mundo, y me quedaba embobada mirando los barcos de Asia, el Caribe y África que navegaban por el imponente río Támesis.
A mi padre, economista de formación, le habían ofrecido un buen puesto en la compañía Unilever. Sin embargo, nuestra estancia en Inglaterra acabó siendo breve. Al poco de llegar a Londres fue a tomar posesión de su nuevo cargo y se enteró de que el puesto requería trabajar los sábados.
«Cuando estaba en el Gobierno alemán me respetaban el Shabat, pero en Inglaterra resulta que no», despotricó, atónito, ante mi madre.
Cuando les dijo a los empleadores que no estaba dispuesto a saltarse la prohibición de trabajar en Shabat, le rescindieron el contrato.
Para mi padre, ser un judío devoto iba más allá de ser muy religioso. Significaba que estaba obligado a cumplir las mitzvot, término hebreo para «mandamientos», y guardar el Shabat era uno de los principios fundamentales. Gracias a la observación de estos preceptos y ritos encontró su propósito, una puerta de entrada hacia una vida buena y plena. No iba a renunciar a los valores del judaísmo, por muy inoportunos que fueran a veces y por mucho que le doliera.
Aquella decisión fue catastrófica y tuvo repercusiones que jamás nos habríamos imaginado. Aunque Inglaterra era y seguiría siendo un sitio seguro, en Europa el peligro aumentaba a medida que los nazis proseguían con su ascenso al poder. Pero, a pesar de todo su saber y sus conocimientos sobre la política de la época, ni en sus peores pesadillas habría soñado mi padre con lo que estaba por venir. Nadie podría haber previsto el horror que se avecinaba a corto plazo. Así que tuvimos que mudarnos de nuevo y esta vez buscamos refugio en Ámsterdam.
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Ámsterdam
La mayoría de los niños de cinco años no saben qué significa la palabra «neutral», pero yo sí lo sabía.
En 1934 cada vez se hablaba más de otra guerra, pero los Países Bajos, al igual que Suiza, fueron neutrales durante la Primera Guerra Mundial. Y eso tranquilizaba a la gente, porque, pasara lo que pasase, los países neutrales no participaban en guerras y, claro está, quedaban al margen de invasiones. Los holandeses eran conocidos por su imparcialidad y su liberalismo, y en su país el antisemitismo no tenía ese arraigo que se veía en muchas partes de Europa.
