Capítulo 1
Londres, Inglaterra
Marzo de 1841
«Recuérdame siempre».
Cuando Caleb terminaba su larga jornada en el Redemption y conseguía descansar al fin, lo único que lograba ver y oír, aparte del conjunto de voces y risas de los clientes, era esa dichosa frase. Solo una, susurrada con voz de mujer. Un eco lejano que le recordaba constantemente por qué se encontraba allí y no en cualquier otro lugar de Londres.
O del mundo.
El destino se había empecinado en colocarlo justo donde estaba, y él, que no dudaba en los designios de Dios —aunque a veces le provocase dolor de cabeza—, seguiría adelante sin pensar en las consecuencias.
Nada lo asustaba lo suficiente como para hacerlo retroceder.
Ni siquiera la típica pelea de borrachos que se veía una media de diez o doce veces a lo largo de la noche. Hombres que no sabían perder. Hombres que bebían demasiado. Hombres que provocaban a sus contrincantes con insultos variopintos. Hombres, en definitiva, que no sabían comportarse como lo que eran y perdían la compostura tan rápido como salían las monedas en sus bolsillos.
—Caballeros —dijo nada más acercarse a la primera mesa de cartas, impidiendo que se desatara el caos por una apuesta—, creo que es hora de que regresen a sus casas.
—De eso nada —repuso uno de los hombres con la voz tomada y la nariz roja—. Quiero otra ronda. Invito yo.
—Eso, Caleb. Déjanos en paz. Quiero recuperar lo que es mío.
A Caleb no le tembló en ningún momento la mano que mantenía con firmeza sobre la baraja de cartas desperdigadas sobre el tapiz de la mesa.
—No será esta noche, caballeros.
—¿Es que has perdido los papeles? —increpó el que iba más perjudicado por el whisky escocés que servían en el Redemption—. ¿Dónde está Raven? Quiero hablar con él.
—Esta noche soy el encargado, me temo. Raven está ocupado. —«Otra vez», pensó con hastío—. ¿Por qué no descansan y mañana retoman su conversación?
Menos mal que su mala reputación lo predecía, o le hubiesen obligado a mostrar aquella bestia que vivía en su interior en una noche que parecía pacífica, a simple vista. Y nadie sobrevivía a ese depredador que se ocultaba bajo sus ojos castaños y su piel llena de cicatrices.
—Caleb… Algún día se terminará todo y… —el hombre hipó—. ¿Qué estaba diciendo?
—Que se marcha a casa.
—Ah, sí —cabeceó el hombre—. Pero mañana volveré.
—No lo pongo en duda.
Caleb se aseguró que sus hombres acompañaran a aquellos dos borrachos a la salida y cada uno subiera en su carruaje correspondiente. Su trabajo no era evitar que se golpearan en el salón del club, sino evitar que terminasen durmiendo en un callejón y el rumor recorriese toda la ciudad como la pólvora.
Los señores con título y dinero no soportaban ver cómo su reputación acababan en el fango.
Regresó sobre sus talones y dejó que Maddox se quedase detrás de la barra. Si a Caleb le tenían miedo, a Maddox lo respetaban como a ningún otro individuo.
En el pasillo se cruzó con una de las pocas mujeres que vivían en el club, y no precisamente sirviendo copas o repartiendo cartas, tal y como muchos hombres desearían, sino manejando los hilos detrás del dueño actual del club: Raven Davenport.
—Sheena —saludó con un cabeceo perezoso.
Ella elevó la barbilla al percatarse de su presencia y pasó por su lado totalmente airada.
Caleb escondió una risita.
Entre ellos jamás habría una relación cordial.
—Acabo de cruzarme a tu mujercita y no parecía muy contenta de verme —fue el saludo que le hizo a Raven una vez que entró en su despacho.
En el Redemption había tres plantas, y todas funcionaban día y noche. Hasta sin clientes. En el piso de arriba vivían todos ellos, si deseaban quedarse allí, y en el piso de abajo no había más que almacenes y un precioso ring donde los boxeadores ponían sus puños a disposición de todo aquel que deseara apostar. En mitad de ambos, quedaba el salón, el despacho de Raven y una habitación habilitada para curar todas las heridas que recibían a lo largo de la semana… o incluso de la noche.
Caleb solo paseaba por el ring y el despacho de Raven, y a veces hacía rondas casuales, si no le quedaba más remedio. Pero la paciencia no era lo suyo, del mismo modo que Raven no sabía esconder sus emociones detrás de aquel rostro salpicado por una barba que se negaba a rasurar.
—Si te sirve de algo, no es contigo con quien está enfadada.
—¿Qué le has hecho?
Raven suspiró.
—El problema es qué no le he hecho.
Caleb enarcó una ceja y dejó la copa de coñac que se acababa de servir en la mesita.
—¿Disculpa?
El dueño del Redemption se dejó caer sobre su silla, totalmente cansado. O más bien al borde del colapso, a juzgar por sus ojeras.
—Sheena desea ser madre, y no entiende que no es el momento ni el lugar.
—Ah, ya veo. Le estás negando a una mujer a la que han educado para que sea esposa y madre el hecho de traer una criatura al mundo.
—No le estoy negando nada, le estoy pidiendo tiempo.
—Las mujeres no tienen tiempo, Raven —le recordó. Agarró su copa de nuevo y le dio un sorbo—. Y menos las que ya han pasado por un infierno.
—¿Crees que no lo sé? —gruñó Raven—. ¡Por el amor de Dios, claro que sí! ¡Le daría todo lo que ella me pidiera! Pero un hijo…
—¿No será que te da miedo la paternidad?
—¿Qué? —Raven entrecerró los ojos sobre él—. ¿Por qué habría de darme miedo tener un hijo?
—Porque conozco a muchos hombres que no querrían compartir a sus esposas, o cuidar a un crío, o sencillamente tener ciertas responsabilidades. Y sería lícito tener miedo, dadas las circunstancias. Todos nosotros hemos nacido y crecido como bastardos, criados en un lecho de pulgas y pasando hambre día tras día. —Hizo una pausa—. Si tuvieras miedo, no te lo echaría en cara.
—Sheena, sí. Ella… ella se lo merece todo.
—No lo dudo.
Y por más que le pesara admitirlo, reconocía el valor de esa mujer que llevaba un año mirándolo con desprecio cada vez que se cruzaban. No solo había conseguido tomar las riendas de su vida y ser feliz junto al hombre al que amaba; también se esforzaba a diario para seguir obteniendo conocimientos y cuidar de los demás. Algo que la llenaba.
Caleb no podía afirmar lo mismo. A él solo le interesaban dos cosas: ganar dinero suficiente y la venganza. Y ambas cosas iban de la mano.
Pero Raven, su compañero, ya no estaba para caminar por los oscuros senderos de Dios. A él la vida le había regalado una segunda oportunidad. Y Caleb lo envidiaba, en cierto modo.
Casi tanto como se alegraba de no verse en su situación.
—Solo necesitamos tiempo. ¿Cómo vamos a ser padres en este lugar? —Abarcó con las manos el despacho, pero se refería al club—. No quiero que mis hijos nazcan en los bajos fondos.
—¿Y por qué no te compras una casa y la llevas a vivir a un sitio bonito? Seréis más felices.
—El Redemption también me necesita.
—No tanto como ella.
Raven apretó los puños con tanta fuerza que se clavó las uñas en las palmas.
Percibiendo su frustración, Caleb le acercó la copa de coñac.
—Te hace más falta que a mí —encogió uno de sus hombros—. Y comprendo tu frustración. Si en algún momento de mi vida me hubiese tocado enamorarme y formar una familia, es muy probable que el miedo me consumiera hasta dejarme en los huesos. Que tuviera pesadillas constantes al irme a la cama y no supiera qué hacer. Pero también me quedaría el consuelo de compartir mi espacio personal con una mujer única en su especie. Y que conste que lo digo desde la admiración, no me estoy metiendo con Sheena —aclaró. Entre ellos nunca nacería ni una pizca de amistad. Eran demasiado incompatibles—. Pero ella también tiene miedos e inquietudes, Raven. Y deberías escucharla con amor, no con miedo.
—¿Desde cuándo te has vuelto tan sabio? —maldijo Raven—. Ni siquiera te he visto con una mujer en… meses. ¿Un año, tal vez?
No respondió. No se vio en la necesidad. Su vida privada no estaría en conocimiento de nadie, ni siquiera de Raven.
Tenía otros asuntos entre manos, y las caricias de una mujer no le distraerían al punto de olvidar lo que de verdad deseaba.
—Mi deber es que mi jefe esté centrado y su mujer no nos cause problemas. Una escocesa enfadada es una escocesa que me coserá las heridas con rabia contenida. Y suficientes cicatrices tengo ya en el cuerpo como para añadir unas más por culpa de tus inseguridades.
Raven se levantó con pesadez de la silla, rodeó el escritorio y le dio una palmadita en la espalda.
—Sheena no es tan terrible. Solo… tiene otra forma de gestionar sus emociones.
—La última vez que la hiciste enfadar me dejó la cara llena de moratones porque no quería tener un hombre cerca en lo que le quedaba de vida. No me toques la moral, Raven. —Se apartó de él y se colocó mejor el chaleco—. He tenido una noche movida y pretendo ir a dormir en la mayor brevedad posible. Solo pasaba a decirte que el barón de Whitepearl y el marqués de Hattenford vendrán mañana a exigirte que me destituyas por echarlos a cajas destempladas del club antes de que se enzarzaran en una disputa absurda.
—¿Otra vez?
—Al parecer, eso de que los lores son más brillantes por tener más dinero solo es una mentira más de la aristocracia. Quién iba a decirlo —repuso con ironía.
Raven se rascó el mentón con las manos.
—Supongo que me tocará invitarlos a una copa en tu nombre y convencerlos de que sigues siendo el mejor boxeador al que pueden apostar.
—En algún momento deberé colgar el título.
—No será hoy, ni mañana —dijo Raven, seguro de ello—. No eres de los que se rinden tan fácil. Por eso tú le darías un hijo a tu mujer y no la tendrías echando humo por las orejas todo el santo día, como es mi caso.
—Jamás voy a casarme, y mucho menos traer hijos a este mundo —aseguró Caleb. Esa decisión la tomó demasiado tiempo atrás, y hasta el momento no había cambiado de parecer—, por lo que me queda aconsejarte y emborracharte. Las dos únicas cosas que se me da bien hacer, aparte de tumbar a mis contrincantes.
—Gracias por todo, Caleb.
Podría haber dicho algo, un simple «de nada», pero Caleb no solía mostrar sus emociones tan fácilmente. Y desde luego odiaba que le agradecieran sus consejos absurdos. Hablar era fácil, y actuar difícil. Por eso él siempre hacía las mismas cosas.
—Tu esposa ha ido corriendo a la cocina. Ya sabes con quién está desahogándose. Si yo fuese tú —dijo Caleb, sujetando la puerta del despacho antes de salir—, iría a buscarla antes de que se emborrache y decida dejarte.
Lo único que atinó a ver antes de volver al salón fue la mueca de Raven. Una que dejaba claro lo difícil que resultaban a veces el amor y la familia.
Caleb no le tuvo envidia alguna. Para él, las emociones y las relaciones no eran más que una mentira. Y las mentiras no tenían cabida en su vida.
Se propuso echar un último vistazo al salón donde la gente solía beber y apostar antes de volver a casa, asegurándose de esa forma que no habría más inconvenientes durante la noche, pero hubo algo que captó su atención nada más traspasar la puerta doble.
Se obligó a sí mismo a parpadear un poco, por si acaso el sueño y los golpes recibidos esa noche habían dañado su cerebro o su visión, pero no. Estaba completamente seguro de que aquella figura menuda acoplada en una de las mesas del fondo, junto a dos borrachos que casi no se tenían en pie, era una mujer.
Y habría reconocido a cualquiera con solo ver aquella nariz respingona oculta bajo el sombrero, o ser testigo de sus manos delicadas, de dedos finos, que sujetaban las cartas con cierto reparo.
Ningún hombre actuaba de esa manera, ni se veía tan frágil y delicado.
La pregunta era… ¿cómo había burlado la seguridad del Redemption?
Capítulo 2
Lady Melody no se consideraba una mujer con grandes aptitudes. Ni se le daba bien el piano ni cantar. Y mucho menos se le daba bien coser, montar a caballo o esconder sus emociones cuando estas la superaban. Por eso se negó en rotundo a seguir pasando las noches en su casa, viendo las horas pasar y su reputación a punto de quedar en el fango.
Por eso mismo, y porque también pecaba de ser inquieta, decidió abandonar la casa en plena noche y acudir a uno de los clubs para caballeros preferidos de su padre: el Redemption.
Había oído hablar mucho de él. A su padre le encantaba. Pasaba muchas noches allí, entre otros como él, bebiendo y jugando. Y como cualquier otro club de la ciudad, las mujeres no tenían permitido entrar.
¿Cómo iba a lograrlo? Fácil: disfrazándose de caballero.
Cogió ropa de su hermano, se vistió como él y subió al carruaje tras prometerle al cochero que le pagaría muy bien por sus servicios. Y por el hecho de mantener cerrada la boca.
Una dama de postín jamás se prestaría a ir caminando por ahí, de noche y sin supervisión, o pensaría siquiera en acudir a un club repleto de hombres. Pero Melody necesitaba recuperar con urgencia lo que su padre perdió por imprudente, y si para ello se veía obligada a fingir ser un lord ebrio, lo haría sin miedo y sin agachar la cabeza.
La vida le había enseñado por las malas que una mujer debía salvarse a sí misma. Y a veces también a la familia.
Que otras de sus amigas o compañeras no movieran un dedo no significaba que ella también.
Aún le quedaba algo de orgullo en el corazón.
El Redemption la recibió como supuso que recibía a todos: con discreción y a oscuras. El hombre que estaba en la puerta y se aseguraba que todo el que entrase se comportaría se la quedó mirando unos segundos.
—¿Es la primera vez que viene, milord?
Melody notó que el sudor resbalaba por su espalda y por sus sienes. Aquella ropa le quedaba grande y no sabía qué clase de conversación mantendría un hombre con otro hombre. Así que asintió y siguió mirando hacia abajo, su pelo y su rostro oculto bajo el sombrero.
—¿Viene a apostar al boxeo? ¿A disfrutar de nuestro whisky?
—Un poco de todo —repuso Melody con la voz más ronca de la que logró disponer—. Discúlpeme, estoy algo acatarrado.
El hombre de la puerta pareció intrigado. Se le veía tan poca cosa.
—¿Está seguro que…?
—¿En este club siempre hacen preguntas indiscretas? Me habían dicho que era el mejor de la ciudad, pero si no es el caso…
Como no quería perder un cliente, el muchacho negó con la cabeza y abrió más la puerta. Melody no dudó en entrar antes de que se arrepintiese. Necesitaba colarse en las entrañas del Redemption para descubrir si el barón que le ganó a su padre se encontraba allí y estaba dispuesto a devolverle lo que era suyo. Lo que le pertenecía desde que nació.
Ya que su padre no tenía intención de hacerlo, negándose en rotundo a cumplir con su deber, le tocaría a ella dar la cara por su familia y por su reputación.
La misma que terminaría en entredicho si alguno de los presentes se percataba que era una mujer. Una mujer de la aristocracia, ni más ni menos.
Mientras se dirigía al salón, decorado con gusto, en tonos dorados y verde botella, se dio cuenta de que nunca comprendería el mundo de los hombres. No se le antojó en ningún momento beber de aquellos vasos opacos o tocar las cartas manchadas, pegajosas con las manos.
La mayoría de los presentes le eran completamente desconocidos. Probablemente no habrían muchos solteros en el salón. Con la temporada recién iniciada, sus sentidos estaban puestos en conseguir mujer y no en emborracharse durante la noche.
Solo esperaba que el último caballero que se fijó en ella y estuvo a punto de cortejarla no la reconociera a pesar del disfraz. Melody no dudaba en que la descubriría delante de todos y luego la llevaría a rastras a casa de su padre, exigiéndole que la metiese en cintura, porque una dama no debía ser testigo de según qué cosas.
Con los pies temblorosos y el alma en vilo, curioseó por el salón hasta que dio con el barón. Lord Louis, un hombre regordete, con el pelo entrecano y un par de dientes menos bebía en una de las mesas más concurridas del Redemption. Y eso sí que era un problema. Ella no engañaría a tanta gente a la vez. Ni siquiera sabía qué decir o cómo retarlo a conseguir las tierras de vuelta.
Aun y con todo, se dirigió allí y saludó a los presentes sin alzar demasiado la barbilla. El disfraz estaba conseguido, pero no tanto. Si la miraban más de un minuto, se percatarían de que sus facciones eran demasiado finas y delicadas, o que su estatura dejaba que desear.
—Caballeros, veo que lo están pasando muy bien —dijo con la voz grave.
—¿Quién es usted? —preguntó el barón, un poco sorprendido—. ¿Nos conocemos?
—Oh, no. Lamento la descortesía. Soy el hijo del marqués de Kingsley. He llegado hace unos días a Londres y me apetecía conocer los clubs más selectos de la capital.
El barón pareció relajarse.
—¿El hijo del marqués de Kignsley, dices? ¿El mismo que hace años se fue a Estados Unidos?
—El mismo.
El hombre se echó a reír.
—¡Qué sorpresa! Te conocí cuando no eras más que un crío y estudiabas con mi hijo Julian. ¿Lo recuerdas?
—¿Cómo olvidarlo? Fueron muchas las veces que nos metimos en líos juntos —dijo Melody, cada vez más nerviosa.
Recordar la etapa dorada de su querido hermano siempre le hacía sentir vulnerable y expuesta.
—Eso es cierto —prosiguió el barón, y la invitó a sentarse en la mesa—. No sabía que habías regresado. Julian se pondría muy contento de verte, pero está celebrando un corto viaje con su esposa.
—No se preocupe. Tendremos tiempo de vernos a su regreso —aseguró ella. Al sentarse en el sillón notó que un par de hombres se la quedaban mirando muy fijamente—. ¿Les importa si me uno?
—Claro que no. —Hizo un gesto al hombre que servía en la barra para que trajese otra ronda—. Estábamos a punto de comenzar.
—He llegado justo a tiempo para que me desplumen —bromeó.
Los hombres se rieron.
Melody dio por hecho que todos ellos estaban conformes con su presencia. Ninguno debía dudar de su identidad. A fin de cuentas, era cierto que su hermano existía. Y que ella se le parecía… un poco.
Un hombre alto e imponente les sirvió cuatro vasos de whisky escocés. Melody nunca había bebido algo más que vino, y siempre en días señalados y en presencia de su padre o su abuela. Pero si no le daba un sorbo, por pequeño que fuese, sospecharían aún más de ella.
El líquido le abrasó la garganta. Y cuando volvió a hablar, descubrió que eso le ayudó a seguir manteniendo la farsa con mayor credibilidad.
—¿Qué nos apostamos?
—Lo de siempre, claro —dijo el barón—. Las apuestas fuertes son al final de la noche.
Melody notó una sacudida en la boca del estómago. ¿Le quedaban unas horas allí? ¿Cuántas? Si una de sus doncellas se paseaba por la casa y no la veía en su dormitorio, daría la voz de alarma. Y si alguno de esos borrachos descubrían que era una mujer… Bueno, prefería no pensar en las consecuencias.
Había pasado muchas noches dándole vueltas a su plan, y como su carácter impulsivo se alimentaba de su fe ciega, no se le ocurrió otra cosa que vestirse de caballero y hacerse pasar por su hermano.
En su cabeza sonaba espectacular. Pero una vez ejecutado, su plan hacía aguas por todas partes.
Jugó sin beber demasiado. Necesitaba todos sus sentidos frescos como una rosa recién abierta. Cada uno de aquellos hombrecillos sabía muy bien lo que hacían. Y ella también, que para algo lo aprendió de su padre y de su abuela. Sobre todo, de esa última. Durante años le estuvo enseñando cómo entretener a un marido, porque consideraba que las institutrices no hacían bien su trabajo y porque ella, con su único marido, pasó los mejores años de su vida dedicando parte de las noches a apostar pequeñas cosas al bridge.
«Enamorarse es muy difícil, Mel, pero cuando consigues la atención y la admiración de un hombre… Créeme, eso vale más que todo lo demás», le dijo una de las veces en las que jugaban a las cartas.
Melody no lo entendía. Para ella, el amor solo era un añadido. Nunca se planteó la posibilidad de entregar su corazón al hombre que decidiera pedir su mano en matrimonio. Pero sí tenía claro que el hombre que la escogiera de verdad, lo haría sin dudas ni recelos, y también aceptaría sus secretos y sus miedos. Y la ayudaría a vivir una vida plena, incluso si no nacía el amor entre los dos.
De amor no se vivía, de todos modos.
—No lo recordaba tan diestro a las cartas, lord Dustin. Se ve que vivir en Estados Unidos le ha sentado de maravilla —halagó el barón.
—No así con su físico. Se ha quedado usted como si fuera aún un chiquillo —comentó otro de los presentes. Melody no lo reconoció.
—Eso ha sido descortés —dijo el tercero, un poco más joven que el resto.
—No se preocupe. No me molesta. Quizá no he crecido todo lo que debería, es cierto, pero de momento ninguna mujer se ha quejado. Al contrario —añadió, y el rubor besó sus mejillas—, suelen buscarme con más frecuencia.
Un montón de risas llenaron la mesa.
Melody respiró aliviada. Vivir con su abuela tenía sus ventajas, acababa de descubrir; gracias a ella y sus comentarios fuera de lugar, supo qué responderle a esos hombres que la miraban entre disgustados y divertidos.
—¿Ves lo que digo? Nunca importa demasiado la estatura, sino cómo complacer a una dama. Y eso se aprende compartiendo el lecho con tantas como sea posible —aseguró el barón.
—Eso usted lo sabe bien, ¿verdad? —preguntó uno de los presentes.
El barón se atusó la barbilla con los dedos, escondiendo una sonrisa jocosa.
—Un caballero de verdad no habla de esas cosas.
Melody fingió que su nueva copa se caía al suelo.
—Vaya, creo que no debería beber más —comentó como si nada.
—Bobadas —el barón pidió otra ronda—. Nos queda la última. ¿Qué dice, lord Dustin?
—Depende de lo que me proponga. ¿Por qué no subimos la apuesta? ¿Quizás le interesa desprenderse de alguna tierra que ha conseguido hace poco?
Se instaló el silencio en la mesa. Melody pensó que era el final, que el barón se percataría de quién era en realidad, que la expondría y la echaría a patadas de allí… Pero lo que realmente pasó, para su sorpresa, fue que el hombrecillo se echó a reír.
—¡Habrase visto! ¡Ahora comprendo todo! —dio una palmada en la mesa mientras se reía a carcajadas—. Viene usted a recuperar las tierras que le gané a su padre, ¿no es cierto?
El calor abandonó su rostro de golpe.
—Así es —confirmó. Mentir no la ayudaría en nada—. Pero de manera justa, por supuesto.
—Solo faltaba. —El barón brindó con él—. No se preocupe, lord Dustin. Estaré encantado de apostarme las tierras con usted. Pero a cambio, me gustaría que, en caso de ganarle, me ofreciera usted la mano de su hermana.
Melody casi se cayó de la silla al escucharle.
—¿Disculpe?
—No para mí, no se confunda. Sino para mi otro hijo. Landon es un buen hombre y está buscando esposa, pero su insistencia no está dando frutos.
—Lamento oír eso.
—Y sé que su hermana debutó el año pasado y tampoco ha recibido una petición en firme para ser cortejada.
—Así es —dijo Melody, con la garganta más irritada que antes.
De ningún modo pensaba ofrecer su futuro en una partida de cartas. Debía ganar a cualquier precio. No se casaría con un hombre que no conocía de nada y que probablemente no era demasiado agraciado.
—Recuerdo a lady Melody como una belleza de las que ya no quedan. Seguro que mi hijo la haría muy feliz.
—No lo pongo en duda.
El barón sonrió aún más.
—Por descontado, sería una boda tradicional, no se preocupe. Mi hijo es un buen chico.
—Si se parece a lord Julian, estoy seguro de que sí.
Esa respuesta agradó mucho al barón, se le notó en el rostro.
—Así pues… ¿acepta, lord Dustin?
—Por supuesto. Nunca me niego a una partida al bridge tan emocionante.
A pesar de que lo dijo con mucha firmeza, sus manos temblaban cuando agarraban las cartas. Pero esas tierras lo significaban todo. Y haría cualquier cosa por recuperarlas y que su dote siguiera intacta, al igual que su reputación.
No obstante, su mano se vio suspendida en el aire cuando una más grande, y más cálida, la atrapó de improvisto y le impidió seguir jugando.
—¿Me disculpan, caballeros? —la voz sonó tan ronca, tan baja, que un escalofrío la recorrió por completo—. Ha surgido un inconveniente y necesito hablar con usted un segundo —añadió, dirigiéndose a ella.
Lady Melody lo supo. Supo que él la había descubierto y planeaba arrastrarla de la mesa. Y esa realidad cayó sobre sus hombros como un jarro de agua fría.
—Estamos en medio de una partida importante —intervino el barón.
—Lo sé, y lo lamento. Es que ha llegado un mensaje importante que debo tratar con…
—Lord Dustin —respondió, y su voz sonó mucho más suave.
—Si me permite…
No le soltaba la mano, y ella sabía que en caso de rebelarse, algo que habría hecho con gusto, solo lograría cabrear a ese hombre.
Con el corazón en la garganta y las piernas temblándole como si fueran de mantequilla, lady Melody se levantó y lo acompañó a regañadientes. A medida que se alejaba, veía su futuro desdibujándose, al igual que el rostro del barón.
Estuvo a punto de conseguirlo. De llevarse a casa sus tierras y continuar con sus planes de conseguir un buen marido. Pero nada de eso se haría realidad.
El desconocido la llevó hasta una habitación que parecía un despacho. Había un enorme escritorio en medio, estanterías repletas de libros y una mesa con varias botellas de licor. Olía a puros y a polvo acumulado.
Sin embargo, nada de eso le importó. Lo que hizo que su corazón brincase fue la manera en que el desconocido cerró la puerta y se apoyó en ella. Y el brillo de sus ojos.
—Dígame una cosa… lord Dustin —habló de nuevo, con la sombra de una sonrisa ladina en los labios—, ¿desde cuándo las mujeres vienen a los clubs de caballeros a apostar?
Capítulo 3
El primer movimiento que hizo lady Melody fue agachar aún más la cabeza, como si ocultar sus ojos, su nariz y su boca fueran a ayudarla a mantener su mentira mucho más tiempo.
—¿Disculpe? —puso la voz lo más ronca posible—. No sé de qué me acusa, pero…
Escuchó que el hombre se movía, apartándose de la puerta, y se acercaba a ella como un depredador lo haría con su presa indefensa. Y un poco desamparada sí que se sintió de pronto, atrapada en una habitación con un desconocido que sabía su secreto.
—Míreme —ordenó él.
Lady Melody trató de resistirse. Pero él avanzó un paso más, y entonces la luz de las velas quedaron opacadas con la sombra que proyectaba sobre ella.
Alzó lentamente la mirada. Sus ojos fueron captando los botones de su chaleco, su camisa blanca y limpia, su corbatilla… y su altura. Sobre todo, su altura. Era un hombre tan imponente que ella apenas le llegaba por debajo de los hombros. Nunca había conocido a alguien tan alto. En cierto modo le dio algo de pánico que usara esa diferencia de peso y estatura para someterla, pero cuando vio su rostro, por fin, la idea desapareció por completo de su cabeza.
Ese hombre era demasiado atractivo para pertenecer a ese mundo. Nunca había visto unos ojos marrones más brillantes que esos que le devolvían la mirada. Sus cejas eran gruesas y rubias, como su cabello desordenado, y su nariz prominente le hacía la competencia a sus labios algo llenos. Rosados y con un par de pequeñas cicatrices en la comisura. En su mentón también había algunas, aunque más sutiles.
Si alguien le hubiese dicho que la mayoría de pinturas que le agradaban se basaban en ese desconocido, los habría creído. ¿Por qué iba un pintor a desperdiciar la oportunidad de pintar a un hombre tan bello?
Tanto su cercanía como su belleza la dejaron fuera de juego de inmediato. Y eso la puso muy nerviosa. No esperaba que alguien como él la cazara en mitad de sus fechorías.
El desconocido chasqueó la lengua al encontrarse con sus ojos. No tardó en sacarle el sombrero de encima y dejar que su cabello cayera totalmente salvaje sobre sus hombros y su espalda.
Lady Melody se sintió más expuesta que nunca.
—¿Cómo, en nombre de Dios, has conseguido colarte en un club de caballeros con un disfraz tan ridículo?
Ella se mordió el labio inferior.
—No será tan ridículo cuando nadie me ha parado los pies en toda la noche.
Esa respuesta pareció cabrearlo, porque lanzó el sombrero a un lado, sin miramientos, y colocó ambas manos sobre sus caderas.
De pronto parecía el coloso de Rodas, protegiendo aquel lugar luego de su reciente victoria a la hora de localizar y sacar a la única mujer capaz de infiltrarse entre sus filas.
—Dudo mucho que en tu condición, que ahora mismo no es muy favorable, te sea conveniente bromear. ¿Cómo has entrado?
—Por la puerta.
—Hay un vigilante.
—Él no se dio cuenta. Simplemente me dejó entrar.
El desconocido apretó los dedos alrededor de sus caderas, y los nudillos se tornaron blancos.
—¿Lo compraste o amenazaste?
—¿Qué? ¡No! No, desde luego que no hice tal cosa. Entré como un simple caballero que venía a pasar un rato. —Nada más decirlo, cayó de pronto en algo—. ¿Va a ocurrirle algo malo por mi culpa?
No respondió.
Sus ojos del color de las hojas en otoño parecieron traspasarla de golpe.
—¿Y qué pretendías hacer aquí? ¿Acaso eres una de esas prostitutas a las que le gusta sorprender a los hombres con gustos… diferentes? ¿O te envía alguien a recabar información?
Lady Melody no comprendió a qué se refería con lo primero. Ella desconocía el gusto de los hombres por la bebida o la compañía. Pero eso último era totalmente descabellado.
—Nadie me ha enviado.
Él la tomó rápidamente de la barbilla y la obligó a mirarle.
—¿Para quién trabajas?
Notó que le temblaban las rodillas. El miedo se apoderó de ella. ¿Y si le hacía daño?
—N-Nadie… No he venido por nadie, solo por mí. Necesitaba r-recuperar algo que m-me pertenece.
Todo le pareció un error en ese instante. Si hubiera sido más lista, habría tentado al barón a apostar mucho antes y en ese instante estaría de camino a casa.
Pero no lo hizo. Y ahora le tocaba lidiar con un hombre totalmente fuera de sí que la miraba como si quisiera romperla entre sus manos.
—Así que eres la amante de alguno de estos hombres y has venido a reclamarle un pago, ¿no? —la soltó como le diese asco.
Ella se frotó el mentón algo dolorido.
—Deja de ofenderme —pidió con calma—. No soy ninguna cortesana, y ninguno de esos hombres es mi amante.
Sus palabras parecieron calar en el desconocido.
—¿Entonces quién eres y qué hacías en mi club?
