INTRODUCCIÓN
Una vida de segundas oportunidades
Todo el mundo me llama Jony, pero en realidad mi nombre es Jonatan Artiñano. Te lo advierto: si te atreves a leer este libro, vas a odiarme mucho. Pero lo cierto es que la calle es un lugar donde el odio es lo que menos me preocupa.
He estado en reformatorios, en la cárcel e incluso he formado parte de redes organizadas de narcotráfico. He conocido a mucha gente, he amado, me han traicionado y siempre he buscado la manera de seguir adelante. Mi historia es la historia de mis errores, no estoy orgulloso de ellos, pero sé que me han enseñado las lecciones más importantes de mi vida. La gente sabe que viví en la calle, pero no conoce que fueron las malas decisiones y la gente equivocada con la que me junté las que me llevaron a todo eso.
Es difícil decidir cómo empezar un libro. Tengo la memoria llena de momentos que me marcaron para siempre. Pero si tuviera que escoger alguno, quizá sea la Navidad del año 2005. Eran las diez de la mañana. Estaba tirado en el suelo de mi habitación. Me desperté porque se acababan de encender los focos de luz que había programado para cultivar las bandejas de marihuana que tenía en la casa donde vivía entonces y que luego vendía en la Complutense. Había unos doscientos esquejes. Siempre me preguntaba cuándo entraría la policía por la puerta y descubriría todo esto porque estaba convencido de que ese día llegaría.
Aquella mañana notaba palpitaciones en el cuello como si alguien estuviera llamando a la puerta de casa con el puño, pero sin parar, sin descanso, machacándome por dentro. No te voy a mentir: estaba completamente drogado. De hecho, llevaba dos días drogándome y no veía el final. No sabía cómo parar. Quería hacerlo, pero el problema de las drogas es que no vienen con un prospecto que te indique cómo se detiene uno. Este bucle infinito me hacía sentir fatal. No necesitaba ninguna cámara oculta en mi habitación para ver el espectáculo en el que había convertido mi vida. Sabía que la escena era lamentable, mala y triste. La droga me hacía sentir angustiado. No importaba que estuviera en un lugar seguro como era mi cuarto. Eso daba igual. Sentía un pánico terrible por no saber manejar la situación, lo cual me hacía sentir como una mierda.
Daba igual. Al día siguiente no iba a dejar que volviera a pasar. Es más: iba a acabar con todo esto, a empezar de cero. Adiós a salir de fiesta. Adiós a las resacas. Adiós a las drogas. Adiós a todo lo que me hacía encerrarme en mi habitación y convertirla en una cárcel voluntaria donde yo era el único que decidía cerrar la puerta y quedarme atrapado hasta que se me pasara todo. Era mentira todo eso que me decía. Sabía de sobra que era lo que llevaba repitiéndome los últimos años. Decía que se había acabado, pero realmente nunca terminaba. Era lo típico que me decía para intentar sentirme bien, verme mejor, ser esa persona que no me haría sentir culpable por recaer una y otra vez.
Intenté pensar qué me había llevado a acabar así. No lo sabía. No estaba seguro. Os juro que no era por haber dicho que esa noche no me liaba y al final haberlo hecho de todas formas. Qué va. Venía de mucho más atrás. El corazón me iba a mil pero el cuerpo seguía a su ritmo. No lo sentía. Sin embargo, notaba el bombeo en el pecho. Quería levantarme pero no podía. Vaya mierda. No habría tenido que haberme metido esa última raya. No sabía cuántas horas llevaba allí tirado, lo único que tenía claro es que ya era de día y que tenía que levantarme como fuera. Joder, menuda forma de celebrar la Navidad. No tenía con quién pasarla ni tampoco adónde ir. Seguramente iba a llamarme algún colega para invitarme a su casa, pero no iría por vergüenza. Sabía que lo hacían por caridad. Desde los diecisiete años me habían invitado a sus casas con sus familias cuando se enteraban de que iba a estar solo en Navidad y siempre lo había visto como un acto caritativo que me hacía sentir mal.
Logré incorporarme y, con la misma ropa con la que había dormido, me bajé a la calle. Al salir de casa vi las aceras mojadas. No sabía si era porque había llovido o si el camión de la limpieza había pasado con sus chorros de agua para limpiar todos los restos de la Nochebuena. Me gustan la lluvia y el frío. Me gusta cuando la ciudad coge un color gris oscuro. Adoro la melancolía y esas escenas de película en las que hay un neón parpadeando junto a las vías de tren y un paso elevado. Joder, quién viviera en el típico loft de ladrillo en Brooklyn con ventanales por el que accedes en un montacargas con una de esas puertas que se abre de arriba abajo. Las luces de Navidad ya estaban apagadas pero los adornos relucían al sol de Madrid. Ese típico sol del mes de diciembre que te brinda un poco de calor en los huesos cuando los rayos te encuentran en una acera soleada. A la sombra se sentía el frío seco de la ciudad. Son las dos caras que tiene el invierno de Madrid por estas fechas. Como lo que yo sentía por la Navidad. La odiaba y la amaba. Me gustaba lo que representaba y me gustaba ver a la gente feliz esos días. Me alegraba ver a esas familias contentas yendo de compras de un lado para otro, comprando castañas asadas. Una buena parte de mí las envidiaba. No era ningún Grinch de la Navidad. Pero la odiaba un poco porque estaba solo y porque nunca había tenido con quién celebrarla, ni tampoco un sitio al que ir. O al menos eso era lo que me repetía en la cabeza, porque en realidad sí que tenía algún recuerdo bueno de cuando era niño. Siempre gracias a mi abuela.
Me acuerdo de la magia de la Navidad junto a ella. He de aclarar que de pequeño nunca le decía «abuela», sino que siempre la llamaba por su nombre de pila. Bueno, en realidad por su abreviatura: Maripi. Su nombre era María Piedad del Río Miñón y fue una de las personas más importantes de mi vida. Quizá la única importante. Cada Navidad me daba el catálogo de juguetes para escribir la carta a los Reyes Magos. Aquellas revistas de papel que parecían infinitas y donde confiábamos toda nuestra ilusión y deseos a tres hombres desconocidos que venían de Oriente. En esos catálogos nunca venía el precio y mi abuela siempre me recordaba que no abusara, que como máximo pidiera dos o tres cosas. Así que la elección entre tantos juguetes era un proceso muy complejo que podía durar días, incluso semanas, y cuando ya estaba decidido, mi abuela me acompañaba al buzón de Correos para enviar la carta. También recuerdo el belén que montábamos en casa y, aunque ahora no sea practicante, aquella costumbre de poner las figuritas me hacía feliz, como también ir a la misa del gallo por la noche. Me gustaba esa época. Cada año comprábamos en la Plaza Mayor una nueva figurita para el belén y del resto me encargaba yo: los corchos para hacer las montañas, el papel Albal para el río, el musgo, las piedrecitas y cualquier mínimo detalle. Por supuesto, cada día al despertarme acercaba a los Reyes un poquito más al pesebre, mientras me preguntaba si me traerían lo que les había pedido en la carta. Aquella época era mágica. Todas las navidades acompañaba a mi abuela a hacer cola en Casa Mira, en la carrera de San Jerónimo, para comprar los mejores turrones de Madrid. Mi abuela se encargaba de hacer mágicos aquellos días. Dejábamos la leche, las galletas y mis zapatos enlustrados en el salón la noche de Reyes, y al día siguiente me levantaba escopetado para ver si habían venido, y sí. Era puta magia: las galletas mordisqueadas, el vaso de leche por la mitad y los regalos. Se me ponen los pelos de punta solo de recordarlo. Lástima que de eso ya no me quedaba nada más que el recuerdo. Por eso sentía envidia al ver a las familias cargadas de regalos por las calles, mientras yo deambulaba por las aceras haciendo un esfuerzo gigante por mantenerme en pie después de haber amanecido completamente drogado. Todos celebraban en familia lo que tenían, mientras que yo estaba solo. Sabía que no podía más, que las cosas tenían que cambiar, pero también era consciente de que no era capaz de tomar una decisión para acabar con mi mala vida. Me sentía atrapado por mi propia historia. Fue una de las muchas veces de mi vida en que me sentí víctima de mí mismo.
Me habría gustado volver cinco años atrás. Cuando todo no iba tan mal. El piso donde vivía, en la calle Oviedo, n.º 5, cerca del metro Alvarado, lo había comprado con veintiún años. Y había podido hacerlo gracias al aval de mi tía Inés. El recuerdo que tengo de mi tía es muy bueno. Ella vivía en Mallorca y siempre que venía de visita nos traía ensaimadas. Cuando íbamos a su casa era una auténtica pasada: típico chalet perfecto con piscina y perro donde nos preparaba un redondo de carne con una salsa de mostaza que era una delicia. Era cariñosa, atenta, y siempre me trató de maravilla. Se ofreció a avalarme y quedé con ella para hablarlo. Yo no tenía ni un duro ahorrado. La única condición que me exigió es que lo pusiera solo a mi nombre. Al final tuvo razón, por las cosas que después pasaron. Fue mejor hacerlo así.
Pero eso eran otros tiempos mejores. Dicen que cualquier tiempo pasado parece mejor y no creo que en mi vida pueda aplicar con mucha frecuencia ese dicho, aunque en este caso sí. Al principio, aquel piso fue un buen lugar para empezar de cero.
Hoy es distinto. Mi carrera como streamer os ha hecho saber quién soy y he conocido personas que me han ayudado a ser mejor, a cuidarme más. Y es en este momento cuando quiero presentarme de verdad, como Jonatan. Porque sé que he dejado atrás toda la mierda de las drogas, de la violencia y de pensar solo en mí.
Desaproveché muchas segundas oportunidades hasta que al fin me agarré a una y no la solté jamás. Este libro es la historia de todo lo que tuve que pasar hasta llegar a ella.
1
Agua y azúcar
Nací el 26 de mayo de 1980 en Málaga. Mi infancia es una serie de recuerdos extraños. Flashazos de momentos que me marcaron para siempre y que aún hoy me siguen viniendo a la cabeza. Spoiler: unos son buenos, pero la mayoría de ellos son malos. Por ejemplo, de Málaga no recuerdo mucho más allá de que era soleada. La ciudad no está grabada en mi cabeza. Cuando tenía unos seis años nos marchamos a Madrid. Y ahí sí que me acuerdo de cómo mi madre llegó un día a casa de madrugada, totalmente enajenada. Me desperté, me cogió de la cabeza y me la puso en su coño mientras me gritaba: «¡Gracias a esto comemos!».
No sé mucho sobre mis padres. Se llaman Carlos y Cristobalina. Y eso lo sé porque es lo que aparece en mi DNI. Lo demás lo fui descubriendo según crecí y empecé a comprender cosas, como por ejemplo por qué mi madre me dijo aquello. O por qué me la encontré varias veces tumbada en el suelo totalmente desnucada por la heroína con una jeringuilla clavada en el brazo; entonces me acercaba y le daba bofetadas para despertarla. Mi madre posiblemente ejercía la prostitución y mi padre se ganaba unas perras tocando la guitarra española por la calle.
Mis padres eran yonquis y eso no ayudó mucho a que recuerde aquella época. Es como si mi cabeza, de manera inconsciente, hubiera bloqueado esas memorias para defenderme de las cosas malas. Entre los cero y los seis años la palabra «hogar» no existe para mí. No sé cuál es mi origen más allá de que en mi DNI ponga que nací en Málaga. Mi padre nació en Madrid y mi madre en Canarias, ya que con el tiempo descubrí que sus apellidos procedían de allí. Así que no sé por qué cojones vivíamos en Málaga. Solo me viene algún flashazo de jugar con otro niño a subir en dos ascensores y gritarnos de uno a otro. También recuerdo que había un pozo y me asomaba a él a gritar para escuchar el eco. Entonces no era consciente de que en el futuro acabaría en lo más profundo de mi propio pozo, escuchando mi propio eco, y que (literalmente) me costaría la vida salir de ahí.
De esos años no recuerdo nada más, salvo la palabra «Bilbao», que aún me sigue recorriendo el cerebro. De vez en cuando íbamos a una casa de allí, repleta de cajas cubiertas con telas negras, y es algo que tengo en la cabeza porque el clima era distinto, gris y frío. Un día descubrí que dentro de ellas había loros: especies exóticas y protegidas que, comprendí con el tiempo, eran de contrabando y estaban ahí para su venta. La casa de Bilbao era un narcopiso. Allí había más yonquis, gente colocada, y mis padres se pinchaban delante de mí. Lo único bello allí que podía dar luz y esperanza entre tanta oscuridad eran las aves, pero estaban ocultas y encerradas en jaulas. Y por mi propia experiencia, puedo decir que estar encerrado en una jaula no es algo bonito. Incluso aunque aquellos pájaros tuvieran todos los colores del mundo y silbaran las mejores canciones de la historia.
De esa etapa no recuerdo más. Lo siguiente que me viene a la mente es Madrid: calle del Divino Pastor, n.º 27, en pleno centro, junto a la plaza del Dos de Mayo, en el barrio de Malasaña. Lo que hoy se ha convertido en el barrio de moda de la ciudad, gentrificado, repleto de restaurantes chic y locales que abren y cierran de un mes para otro, no tiene nada que ver con lo que era entonces. En los años ochenta, el barrio estaba tomado por la heroína. No era difícil encontrar gente tirada en las aceras completamente drogada. Era un lugar sórdido que fluía con el ir y venir de las bandas callejeras que recorrían las calles para visitar los garitos de la zona o los de las prostitutas de la calle Ballesta.
La casa debía de ser un primer piso exterior, porque recuerdo que cuando mi madre me decía que bajara la basura, simplemente me asomaba y la tiraba desde la ventana hasta donde estaban amontonadas el resto de las bolsas. Me acuerdo también de pasar por delante de las puertas de mis vecinos y quedarme mirando las cosas que tenían apiladas en la ventana que daba al patio: pinzas para tender, plantas bien cuidadas, flores secas, etc. Nunca me olvidaré del Sancheski que tenía el vecino, un patinete de color cantoso que, a falta de juguetes, siempre le cogía prestado. Lo utilicé tanto que al final me lo acabó regalando. El piso era pequeño y oscuro. Tenía una cocina minúscula, un salón con un sofá, el televisor y una sola habitación, lo cual no era un problema, porque siempre faltaba uno de mis padres e incluso los dos. Así que yo solía estar todo el rato en la cama y, cuando aparecían mis padres, me echaban de allí y me mandaban al sofá.
Tengo vagos recuerdos de ir a clase en aquella época. Debía de estar matriculado en algún colegio, pero supongo que con el percal que tenía en casa no iba mucho por allí. No dependía de mí. No me habían enseñado como a los otros niños la importancia de ir al colegio. Yo solo quería jugar todo el rato. Si tuviera que describir al Jony de entonces, podría decir que era un chaval majo y que, como podéis imaginaros, no estaba calvo. Al contrario: tenía
