
Un coche negro con los cristales tintados se abría paso a través de las ajetreadas y cautivadoras calles de Roma. Llegaban tarde al encuentro que tanto les había costado concertar en la agenda de su ocupado anfitrión, pero Caleb no sentía impaciencia alguna: le agradaba mirar por la ventanilla y ver cómo los comercios y trattorias se sucedían a su paso. No podía decirse lo mismo de su acompañante. Abel se removía en su asiento, agitaba las piernas y se mordisqueaba las uñas, inquieto. Estaba deseando que comenzase la función.
—No malgastes tus energías antes de tiempo —le reprendió, mirándolo por el rabillo del ojo—. Di Vaio no va a recibir nuestra oferta precisamente con los brazos abiertos.
—Sí, señor. —Abel dejó las manos quietas sobre las rodillas, con aire disciplinado.
Los últimos meses habían sido ajetreados: tenía un mensaje importante que compartir y no a todo el mundo le agradaba escucharlo, así que había aprendido a cubrirse las espaldas por las malas. Abel era su mejor salvaguarda. El que en otro tiempo fue uno de sus más fervientes enemigos, quien le despreciaba abiertamente y sin pudor, se había convertido en un seguidor que lo obedecía a ciegas, una especie de sabueso fiel que se entregaba a los poderosos como una polilla hipnotizada por el fuego. Era justo el tipo de acólito que necesitaba: alguien fuerte, voraz y que no le cuestionase; alguien de quien podría deshacerse sin problemas, llegado el momento. No disfrutaba de su compañía, pero eso era lo de menos. Con o sin Abel, Caleb nunca viajaba solo.
La Voz se había vuelto tan fuerte y persistente que casi había olvidado que era un intruso en lugar de una parte más de él. En las últimas semanas habría podido jurar que eran la misma persona, que ambos experimentaban lo mismo, deseaban lo mismo y que caminaban unidos hacia el mismo destino, el que los dos merecían y que cambiaría el mundo tal y como brujas y nigromantes lo conocían.
Apenas había amanecido y la fresca mañana de octubre se despertaba perezosa, teñida por un brillo anaranjado y dorado, cuya languidez auguraba la llegada de días más cortos. El frío del otoño estaba a la vuelta de la esquina, el inicio de lo que las brujas marcaban en su calendario bajo el nombre de «la estación oscura». Para un nigromante como él, todas las estaciones transcurrían marcadas por las sombras. Caleb sonrió desde el asiento trasero del lujoso coche de alquiler. Se avecinaba una época de tinieblas, sí, en eso las brujas estaban en lo cierto, pero lo que no podían imaginar era que la oscuridad llegaba para quedarse, no como una ilusión pasajera, sino para anunciar el principio de una nueva era en la que la luz se rendiría ante ella.
El chófer condujo a través de las intrincadas callejuelas del centro, dando frenazos y acelerones para evitar a los viandantes, motos y furgonetas en pleno reparto. Mientras tanto, Caleb repasaba en su móvil los numerosos mensajes y correos que se acumulaban en su bandeja de entrada.
Durante su extensa gira europea había dejado a José, su padrino, íntimo amigo y consejero de su padre, a cargo de la Hermandad de Madrid. Se suponía que era su asesor y aliado más cercano, pero Caleb sabía que pecaba de conservador, y que muchos de sus valores no estaban del todo alineados con su visión de futuro. Al igual que el resto de los nigromantes de la ciudad, le había jurado lealtad mediante un antiguo y sagrado ritual. Sin embargo, José se había atrevido a introducir una modificación inesperada al final de la fórmula:
«Juro servir a la voluntad de mi líder con mi cuerpo, mi magia y mi vida. Hasta que la diosa muerte me reclame, le pertenezco… siempre y cuando su mandato sea justo y noble».
Había sido una impertinencia por su parte, pero Caleb estaba tranquilo. Se veía a sí mismo como un dirigente justo y noble, el único capaz de representar semejantes ideales. Llevaba toda la vida rodeado de hechiceros traidores y corruptos, así que solo tenía que asegurarse de hacer todo lo contrario que ellos. En ese aspecto habían sido grandes maestros. Aunque nunca era mala idea prevenir. Otra de las cosas que Caleb había aprendido en su breve tiempo al mando era que el viejo dicho «mantén a tus amigos cerca y a tus enemigos aún más» tenía su popularidad más que justificada.
Por fin, el coche se detuvo ante la entrada de un discreto palacete cercano a la basílica renacentista de Sant’Agostino in Campo Marzio. Abel se apeó del vehículo tan rápido que aún estaba en marcha cuando abrió la puerta. Plantó sus botas militares en el suelo romano como un conquistador que cubre de banderas la tierra reclamada. Caleb no movió un solo músculo hasta que el chófer hubo abierto la puerta. Bajó del coche con una calma que contrastaba con el nerviosismo perpetuo de su acompañante.
Cuatro hombres perfectamente trajeados, seguidos por unas sombras que habían adoptado la forma de perros guardianes, los esperaban junto a la puerta del palacete para escoltarles a su interior. A excepción de las cámaras de seguridad, que les vigilaban en cada esquina, la decoración del modesto palazzo parecía no haber sufrido la más leve transformación desde su construcción seiscientos años atrás. A Caleb no le sorprendía. Todos los líderes de la hermandad nigromante que había conocido eran reticentes al cambio.
«Ten cuidado. No están contentos con tu visita», le advirtió la Voz. No era una gran revelación. Al principio, ninguno de ellos lo estaba.
Caminaron como un rebaño conducido a través de las salas de elevados techos, decorados con frescos y suelos de piedra y mármol. Era hermoso, sin duda, pero Caleb no pudo evitar imaginar a los nobles que lo construyeron y que disfrutaron de aquella opulencia mientras las gentes de la ciudad trataban de sobrevivir al hambre y la suciedad. El tour finalizó cuando llegaron a un amplio despacho coronado con un retablo, enmarcado en pan de oro, que narraba un relato ambientado en las profundidades del infierno, o quizá en el día del juicio final.
Le hubiese gustado admirar la obra más de cerca, pero Caleb no estaba solo en la estancia. Desde un moderno sillón que contrastaba con el resto de la decoración, le observaba un hombre de mediana edad custodiado por otros dos hechiceros. Ninguno de los escoltas se retiró. El aroma de la diminuta taza de café que sostenía entre las manos se propagaba por toda la sala.
—Il famoso Saavedra nella mia umile dimora —dijo poniéndose en pie. Pasó del italiano a la lengua de la muerte, aquella que todos los nigromantes conocían, aunque el resto de la humanidad la hubiese olvidado—. ¿A qué se debe semejante honor? —preguntó, sin un ápice de la modestia que trataba de aparentar.
Exceptuando la ropa cara, el aspecto de Vincenzo Di Vaio era el de un hombre normal de estatura media, facciones masculinas, nariz lo bastante grande como para desentonar en su rostro y una piel tostada gracias a sus veranos en la Toscana. Su barba de unos pocos días comenzaba a tornarse gris, al igual que su cabello, lo que hacía que sus cejas negras destacasen aún más. Sin embargo, no había nada de corriente en Di Vaio, y la energía dominante en cada uno de sus pasos lo constataba. Di Vaio era un hombre consciente del poder que tenía y que sabía utilizarlo. No se iba a dejar amedrentar por un muchacho, poco mayor que un niño.
—De verdad que no se me ocurre qué podría querer el Emperador de un simple líder local como yo. ¿Un café, quizá? Es lo único que puedo ofrecerte —dijo señalando una segunda taza.
Caleb sonrió al oír el apelativo con el que Di Vaio pretendía burlarse de él.
El de Emperador era un título que nunca había buscado, pero tanto sus nuevos y fieles seguidores como los escépticos que se negaban a formar parte de sus planes se habían acostumbrado a llamarlo así, como si nunca se hubiesen referido a él de otro modo. Unos lo hacían para adorarlo y otros, en un vano intento de ridiculizarle a él y a sus aspiraciones. A Caleb no le importaba lo que dijesen. ¿Y qué si se burlaban? A veces, había que dejar que los enemigos creyesen que tenían la opción de resistirse. Abel, en cambio, palpitaba con rabia. Para ser un simple sirviente, se tomaba muy en serio a sí mismo y detestaba que pusiesen su valía en entredicho. No distinguía entre su orgullo y el de aquel a quien servía. Caleb tuvo que indicarle con un gesto de su mano que fuese paciente.
«En el fondo te teme, ponle en evidencia».
Avanzó un solo paso hacia Di Vaio y sus guardaespaldas adoptaron una posición defensiva. La Voz tenía razón. A pesar de la soberbia de su líder, le consideraban una amenaza. Perfecto.
—He venido para darte la oportunidad de que te unas a mí y, por una vez, hagas algo útil. Pensé que ya te habrías cansado de malgastar tu tiempo diciendo por ahí que no soy más que un niño jugando a ser mayor en el despacho de su padre. —Sonrió y, tras un instante de shock inicial, Di Vaio se echó a reír.
—Eres directo, eso me agrada —admitió. Dio un último sorbo a su café antes de depositarlo sobre el escritorio.
—Ojalá pudiese decir lo mismo. A mí las ratas escurridizas me asquean más que otra cosa.
«Buen golpe. Sigue así».
La risa se extinguió poco a poco y la tensión entre los seguidores de Di Vaio se hizo palpable. Parecía que, a pesar del gusto del italiano por las amenazas veladas, tenía la misma tolerancia hacia los insultos que Abel.
—Podrías haberte ahorrado el viaje —espetó tajante. El juego se había acabado—. No voy a aceptar.
Caleb suspiró con un aire melancólico y se acercó hasta la mesa para alzar la taza de café.
—Si me hubiesen pagado cada vez que he oído esas palabras, sería aún más rico de lo que soy. El líder de París las dijo, igual que el de Burdeos, el de Marsella, el de Mónaco… también las oí en Ginebra y en Berna. Así que no me sorprende encontrarme con ellas en Roma —dio un sorbo al espresso, denso y fuerte.
—Vaya, qué pena. Se diría que no eres muy popular. No te preocupes, la ambición es un buen atributo, quizá cuando seas mayor…
«He vivido más que tú, necio. Soy infinito. Lo soy todo».
Caleb estaba en sus veinte, aunque sentía el peso de una eternidad crujiendo en sus huesos. Las decenas de milenios vividos por la Voz se habían convertido en los suyos propios, y aun así, le miraban por encima del hombro porque «solo era un muchacho». Jóvenes, viejos… ¿qué sentido tenía un concepto como la edad cuando un poder sin parangón, eterno, se desplegaba ante ti?
—Oh no, creo que no me he explicado bien. Todos ellos dijeron lo mismo que tú. Al principio, no dudaron en rechazarme, pero acabaron por cambiar de opinión. —Dejó el café sobre la mesa—. El líder de Milán tenía razón, es mejor el café ristretto.
La autosuficiencia se esfumó de la expresión de Di Vaio. La velocidad con la que Caleb movía sus fichas en el tablero era tal que a sus informadores se les debían de haber escapado los resultados de las visitas diplomáticas del joven líder.
—¿Sí? No me esperaba más de Crepaldi, la verdad —dijo Di Vaio—. Por desgracia para ti, yo no soy como ellos.
—Eso creen todos, pero, en realidad, hay muy pocas personas especiales en este mundo, y menos aún que sean imprescindibles.
Caleb alzó el brazo y los guardaespaldas de Di Vaio se lanzaron sobre él. Sin embargo, ninguno de ellos pudo mover un solo músculo, incluyendo a Di Vaio, cuyos ojos bailaban de un lado a otro, convertido en poco más que una estatua de carne y hueso. Las sombras que seguían las órdenes de Caleb se habían introducido en sus cuerpos, apoderándose de ellos tan rápido que ni siquiera las habían visto.
Casi podía oír lo que el líder de Roma estaba pensando. Imposible. Petrificar a siete nigromantes poderosos de esa forma, sin tener que pronunciar una sola palabra, no era un poder al alcance de la gran mayoría, y él… Todos creían que había perdido su magia. Para aumentar su impresión, Caleb caminó hacia su asiento y se sacó, poco a poco, los guantes negros que le cubrían las manos. Estas permanecían intactas, sin un rastro de las marcas que dejaba la magia de muerte en el cuerpo de los nigromantes, en el de todos, salvo en el suyo.
—¿No me crees? —preguntó Caleb, mientras se quitaba la chaqueta del traje—. Muchos piensan que es un truco… —Se remangó la camisa para demostrar que su brazo también había resultado ileso tras el uso de la magia—. Un espejismo. Pero, en el fondo, sabéis que no es así. Lo podéis sentir, ¿verdad? Las sombras me obedecen, sin condiciones. Casi conquistaron mi cuerpo cuando era débil, pero se han replegado sin rechistar ante un poder digno de un dios.
Devolvió a la vida el cuerpo de Di Vaio con un chasquido de dedos, le agarró por el cuello de su cara camisa de algodón hecha a medida y le atrajo hacia sí con la autoridad de un hombre que se sabía dueño de todo cuanto quisiera poseer.
—Tienes dos opciones, Vincenzo: rebelarte contra mí y renunciar a toda tu magia ahora mismo, y con ella a tu miserable vida, o entregarme el veinte por ciento de tu poder y tu lealtad. Solo el veinte. No te supondrá más de un par de años de vida, si te adaptas bien. A cambio, podrás formar parte de un grandioso imperio, tan sólido y extenso que ningún nigromante se ha atrevido a soñar con él.
Di Vaio vaciló.
—¿Serías capaz de matar a uno de los tuyos a sangre fría? —preguntó, tan solemnemente como se lo permitieron las circunstancias—. Sabes bien lo que dicen nuestras leyes al respecto. La traición se paga con la muerte.
«Enséñaselo. Muéstrale quiénes somos».
—Hablas de leyes que ya no me interesan. Leyes de un mundo viejo y marchito. Mírame a los ojos —ordenó Caleb, y supo lo que Di Vaio encontraría en ellos. La verdad escondida en sus oscuros iris era el recordatorio de que había fuerzas tan poderosas y crueles en este mundo que ni siquiera un nigromante o una bruja podían domarlas.
Caleb soltó al hombre y Di Vaio cayó de rodillas al suelo. Tras unos cuantos segundos para asimilar lo que había visto y experimentado, Di Vaio alzó la mirada hacia él, con una mezcla visceral de admiración, asombro y terror.
—A… acepto.

La sangre le llegaba por las rodillas, y eso que solo acababan de empezar. Su único consuelo era que no se trataba de sangre real (o tendría que tirar sus pantalones vaqueros favoritos directamente a la basura, y por ahí sí que no iba a pasar), sino una especie de líquido espeso e inmaterial, de un brillante rojo, capaz de cegarte si lo mirabas durante demasiado tiempo. El problema era que, aunque no fuese del todo intangible, seguía siendo asqueroso.
—¿Y ahora qué, Miss Grandes Ideas? —protestó Luc Fonseca, intentando abrirse paso a través del denso líquido.
—Mira quién fue a hablar —le reprochó Rosita.
En realidad, daba igual de quién fuese la culpa. Es decir, puede que hubiese sido ella quien sugirió que echasen una ojeada y que Luc insistiese unas diez veces en que colarse por la noche en un lugar que había sido un matadero sonaba como el tipo de decisiones de las que uno se acaba arrepintiendo, pero Luc se quejaba por casi todo. ¿Cómo iba a saber que lo decía en serio? Lo importante era salir de allí antes de que la sangre les llegase al cuello.
Por si los litros de líquido rojizo espeso del más allá no fuesen suficientemente perturbadores, las figuras de centenares de cerdos vaciados y abiertos en canal que colgaban del techo hubieran revuelto el estómago de hasta ese típico cuñado que presume de ser «muy carnívoro» en las cenas de Navidad. Rosita tuvo que repetirse que solo eran visiones, restos de un pasado marcado por tanto dolor que las paredes habían absorbido su lúgubre legado, pero, a pesar de eso, entendió de golpe por qué Sabele y muchas otras brujas eran vegetarianas. No iba a volver a comer jamón en la vida. Bueno, igual estaba exagerando. Tal vez serían un par de meses.
Luc se abrió paso hacia la puerta y comprobó que estaba cerrada a cal y canto. Los espectros que pretendían atormentarlos estaban haciendo bien su trabajo. La sangre les llegaba ya a la cintura.
—Ahora es cuando te sacas un conjuro de la manga y nos salvas, ¿no? —preguntó el revelado, y Rosita rio.
—Me estás confundiendo con tu novia, querido. Yo soy más de pasarme horas removiendo mi caldero. —Y de juguetear con la magia negra, pero en ese momento no tenía claro que invocar a más espíritus fuese lo que necesitaban. Los loas eran tan peligrosos como poderosos y no disponía ni de los instrumentos ni de la concentración necesaria para invocarlos.
—Pues vaya bruja tan útil…
—Oh, disculpe, mi buen señor, si mi magia no es lo bastante buena para usted —resopló—. ¿De qué dices que nos sirve tu habilidad de guitarrista?
—No tengo nada personal en contra de tu magia, pero si esta es la vez en la que consigues que nos maten, espero que no te moleste que me enfade.
Rosita no quería admitirlo, pero no le faltaba razón. En los últimos dos meses los había metido en todo tipo de líos, de esos por los que Leticia la habría regañado durante semanas. Como siempre que recordaba a la agente de la Guardia y a su mirada llena de determinación, el pesar y la rabia hacían una reunión de urgencia en su interior para decidir quién de las dos era más fuerte. Solían llegar siempre al mismo acuerdo: ambas se sentirían mucho mejor si se centraban en la venganza. Todas las locuras que estaban haciendo eran por Leticia, para delatar a su agresor y acabar con él. Un nigromante la había maldecido con un velo de sombras que la sumieron en un profundo sueño. Sonaba como un giro del destino salido de un cuento, salvo que, en esta versión, las brujas eran las heroínas, y un príncipe azul, su sospechoso número uno. Al principio, Rosita había tenido sentimientos encontrados al descubrir que Cal podía estar implicado. A pesar de sus recelos hacia los nigromantes y a que siempre le chinchaba, había llegado a considerarle un amigo y aliado. Detestaba pensar que había sido una ingenua por bajar la guardia ante él, pero, sobre todo, la atormentaba cómo se sentiría Sabele cuando lo descubriese.
Lo primero que hicieron Luc y ella cuando encontraron las notas de Leticia que acusaban al líder de los nigromantes fue volver al Mercado del Trasgo en busca del traficante de pacotilla que lo tenía entre sus clientes y, esa vez, Rosita no se anduvo con tantos miramientos. Invocó el poder de los espíritus para adentrarse en su mente y allí encontró lo que buscaba: el nítido recuerdo de Cal comprando el exma, una de las drogas mágicas más imprevisibles, peligrosas y adictivas. El asustado vendedor insistió en que no había vuelto por allí y Rosita supo que no mentía, pero no lo que aquello significaba. El exma no era el tipo de sustancia que se dejaba de consumir. Solo había dos explicaciones posibles: que hubiese muerto (y sabían que no era así) o que la hubiese sustituido por algo más fuerte. Y no existía tal cosa, no que ella supiese.
Desde entonces, los dos, bruja y revelado, se habían reunido en secreto para buscar pistas y hacer preguntas. Hablaron con nigromantes renegados de los más bajos fondos; con todos los traficantes mágicos de la ciudad, por si Cal había cambiado de camello; con los fantasmas que rondaban las oficinas de los nigromantes en Castellana y con todos a quienes se les ocurrió interrogar. Incluso se expusieron a los malos modales de don Zorro. Tras semanas indagando solo lograron averiguar que Cal iba a partir a Europa en un viaje diplomático y que se rumoreaba que había recuperado su poder, lo cual era, por supuesto, imposible. La maldición del tratado fue clara al respecto, y una magia tan poderosa no podía deshacerse sin más. Pero desafiar al orden natural empezaba a parecer la especialidad del nigromante.
Fue ahí cuando se dieron cuenta de que su misión les quedaba grande y cometieron el error (o el acierto) de acudir a Jimena. Optaron por mantenerlo en estricto secreto, al menos, hasta que descubriesen cuánto había de verdad en las habladurías. Se decidió que Flora seguiría de cerca a Cal en su viaje por Europa mientras ellos investigaban en Madrid. Privada de su magia por el arpa, la anterior Dama era mucho más difícil de detectar que una bruja, y la mujer se moría de ganas por serle útil al aquelarre. Cada pocos días les llegaba algún reporte diciendo que Cal se había reunido con el líder de esta o aquella ciudad, y que siempre abandonaba el encuentro con el semblante sereno y una gran sonrisa.
Sin embargo, los rumores sobre Cal, al que ahora llamaban el Emperador (en opinión de Rosita hacía falta tener un ego desmedido, y ser un estúpido, para ir por ahí presentándote como si fueras Napoleón) no eran los únicos que se propagaban por la sociedad mágica como una infección que corrompía todos los tejidos del cuerpo. Había quien decía que una nueva brecha hacia el Valle de Lágrimas se estaba abriendo en la ciudad. Muchas brujas, en cambio, insistían en que las anomalías abundaban cuando se acercaban los últimos días de octubre, pero lo cierto era que el ambiente en la ciudad estaba cada vez más cargado. La magia de la vida se marchitaba, se encogía sobre sí misma, y el avistamiento de espectros era cada vez más habitual, incluso entre los corrientes.
Así era como habían llegado a aquel centro cultural a orillas del río Manzanares. En otro tiempo, había sido uno de los grandes mataderos industriales de la ciudad y, en lugar de derruirlo, habían decidido darle una segunda oportunidad al espacio para convertirlo en una biblioteca, una galería de arte, una cineteca… Nada que ver con el horror que Rosita y Luc presenciaban a medida que subía el nivel de la sangre. Puede que los corrientes hubiesen olvidado, pero todos los seres vivos que habían perecido de una forma horrible seguían anclados a ese lugar. Rosita había dado, por casualidad, con un hilo de Twitter en el que una chica contaba que el lugar estaba maldito, que había visto charcos de sangre en el suelo y había oído los chillidos de dolor de los animales. Sus tuits se viralizaron y muchas otras personas habían compartido sus experiencias, todas acaecidas en las últimas semanas. Rosita no podía demostrarlo, pero tenía el presentimiento de que ese repentino auge del poder de los muertos y las extrañas actividades de Cal estaban relacionadas, así que allí estaban, comprobando cómo por una vez las historias que los extraños contaban en internet eran ciertas.
Rosita miró a su alrededor, intentando obviar los cadáveres porcinos colgados por doquier y el olor metálico de la sangre. «Vamos, Rosa. Piensa, piensa», se dijo a sí misma. Pero ¿cómo luchas contra algo que solo está en tu cabeza?
—¿Y si nos quedamos dormidos? —sugirió. Su pócima somnífera la había salvado en más de una ocasión, pero no solía ser ella quien la bebía.
—Si te parece, aguanto la respiración y así nos morimos antes, no tenemos que esperar a ahogarnos —reprochó el músico. Rosita quiso pegarle una patada en la espinilla.
—No te vas a ahogar, es un espejismo.
—Ah, ¿sí?
Y, entonces, Luc hizo algo que Rosita nunca jamás, ni en mil años, ni aunque acabase casándose con Sabele y haciéndola la madrina de sus tres hijos rubios y chillones le perdonaría. Recogió un puñado de sangre en su mano y se lo lanzó a la cara. Rosita sintió el impacto del fluido contra su rostro. Por suerte, cerró los ojos y la boca en el último momento, pero aun así fue repugnante.
—¡¿Qué coño haces?! Deja de preocuparte por la sangre. ¡Si no te mata ella me encargaré de hacerlo yo! —gritó, salpicándole con ambas manos.
—Es un espejismo muy convincente, ¿eh? —respondió él, sarcástico, mientras se cubría el rostro con los brazos para evitar las salpicaduras.
Rosita estaba convencida de que la sangre no pertenecía a su mundo, sino a otra dimensión, una más oscura. Allí donde moraban los espectros más peligrosos, el lugar al que pertenecían y del que se suponía que no tenían que salir: el Valle de Lágrimas. Pero si tu cuerpo creía que era real, si te mojaba como si lo fuese, si su olor te llenaba los pulmones de la misma forma, ¿qué importaba si lo era o no?
Muy a su pesar, admitió que Luc tenía razón.
Para completar la pesadilla, el espectro que les había estado torturando se apareció a unos metros de distancia, en mitad de la que había sido una nave industrial. Un gigantesco cerdo, de una sustancia inmaterial, flotaba en el aire envuelto por una aureola rojiza. Al igual que todas las apariciones, contemplarla resultaba tan hermoso como aterrador. No tuvieron mucho tiempo para apreciar el espectáculo. Sin pensárselo dos veces, el espectro les atacó con una embestida que apuntaba a sus órganos vitales. Rosita tiró de Luc justo a tiempo para evitar que se introdujese en su cuerpo y le poseyese. Aunque tenía que admitir que habría tenido su gracia ver a Luc a cuatro patas y gruñendo por ahí en busca de bellotas.
El animal se detuvo y dio media vuelta, preparándose para atacar de nuevo.
—Recuérdame que nunca vuelva a hacerte caso —dijo Luc.
—De nada por salvarte el culo —protestó ella, indignada. Si hubiese alguna posibilidad de que Sabele no la odiase por dejar tirado a su novio ante una muerte segura a modo de señuelo para salvarse ella, quizá se lo replantearía.
En lugar de lanzarse de nuevo a por ellos, el espectro probó con una nueva táctica y comenzó a chillar. Rosita, desesperada, se llevó las manos a los oídos. Había leído en algún sitio que las protestas de los cerdos en las matanzas eran terribles, pero cuando era un espectro enfurecido del infierno el que bramaba con todas sus fuerzas, la experiencia resultaba aún más insoportable.
Se cubrió las orejas y apretó con todas sus fuerzas, aunque no sirvió de nada. El grito sonaba dentro de su cabeza.
Observó al animal y su mente voló al recuerdo de Claudia, esa estudiante con el corazón roto a la que sus amigos invocaron por accidente. Claudia y su sed de venganza. Su odio y rabia habían dado a luz a un espectro que no se detuvo hasta culminar su misión; sin embargo, no era esa emoción lo que veía en los ojos del animal. Cuando se fijó en su mirada, no halló las ansias de acabar con ellos que Claudia derrochaba, sino algo mucho más primitivo y básico: el miedo. Aquel ser estaba aterrado. Rosita tragó saliva al percibir un vago eco de sus recuerdos, cómo siendo una cría lo habían arrancado de la protección de su madre y sus hermanos para encerrarlo en un espacio diminuto. Allí había tenido que competir para conseguir un poco de aire que respirar entre decenas de animales, en constante oscuridad, condenado para siempre, hasta que un día… volvieron a buscarlo. Ella también habría estado furiosa. El cerdo no quería hacerles daño, solo se estaba defendiendo. Combatir no serviría de nada, defenderse tampoco… o tal vez sí.
—Pide perdón —dijo agarrando a Luc por la manga de su cazadora vaquera para llamar su atención.
—¿Que qué? —repitió el revelado, no porque no la hubiese oído, sino porque pensaba que se le había caído el último tornillo que le quedaba en su sitio.
—¡Que le pidas perdón! —gritó para que su voz se oyese por encima del lamento. Mientras hablaban, el nivel de la sangre seguía subiendo hasta cubrirles el pecho.
—¿Y qué pretendes que le diga? «Oh, disculpe, señor cerdo, por comer beicon». ¡Ni siquiera lo como! Es asqueroso, tiene más grasa que otra cosa.
Rosita suspiró resignada. Tendría que empezar ella. Agachó la cabeza, unió sus manos como si estuviese rezando bajo la masa de sangre espectral, y en apenas un susurro, se disculpó por la parte que le tocaba:
—Lo siento por tu dolor. —Y como todo lo que Rosita decía, lo hizo de corazón.
El chillido se detuvo y Rosita apreció la belleza del silencio como nunca antes lo había hecho. El cerdo la miró durante unos segundos y su miedo se evaporó poco a poco, a medida que comprendió que no le deseaban ningún mal, que estaba a salvo. Como si nunca hubiese estado allí, el espectro se desvaneció en el aire, llevándose toda la sangre consigo. Rosita comprobó, aliviada, que sus manos estaban limpias y no quedaba rastro alguno del líquido en su ropa. Menos mal, no quería imaginarse la cara de Ame si llegara a aparecer así en el piso que compartían.
—¿Se ha ido? —preguntó Luc incrédulo.
Rosita negó con la cabeza.
—No, pero no nos hará daño. Al menos, a nosotros, no.
Tendría que hablar con Jimena. Era peligroso que un espectro tan poderoso vagase a sus anchas por Madrid. «Ojalá ese fuese el peor de nuestros problemas», se dijo. El poder de la muerte se tornaba cada vez más fuerte y los seres espectrales se sentían demasiado cómodos en la Tierra. Nunca era buena idea desafiar al equilibrio.
Luc, que tenía unas preocupaciones mucho más mundanas, interrumpió sus divagaciones.
—Si quieres que te diga la verdad, espero no verte más hasta que vuelva Sabele —dijo con la mano en el pecho, recuperándose de la experiencia—. Además, no sé para qué me llamas. Soy un inútil.
—Sí que lo eres —asintió, disimulando una sonrisa divertida.
¿Por qué le seguía mandando mensajes entonces, cada vez que descubría una nueva pista o un posible hilo del que tirar? Puede que fuese porque su presencia le hacía más llevadera la ausencia de Leticia o porque sentía que era justo que su hermano estuviese al tanto de cualquier descubrimiento que hiciese o (y haría falta el suero de la verdad más potente para que lo confesase) porque el revelado empezaba a caerle bien y era la única persona con la que podía compartir su dolor. Estiró el brazo para alcanzar a rodearle los hombros y dijo:
—Vamos, revelado, te invito a una cerveza.
Luc alzó las manos en señal de triunfo.
—Por fin dices algo que tiene sentido.

El corazón de Sabele estaba dividido. A veces soñaba que su cuerpo se duplicaba y que se hallaba frente a una versión idéntica de sí misma, y era incapaz de diferenciar, por más que se esforzaba, si ella era la copia o la original. Puede que los esfuerzos de Mithali por enseñarle a usar la magia del desdoblamiento hubiesen influido en sus pesadillas. Siempre se despertaba empapada en sudor, con el ritmo cardiaco acelerado y la respiración entrecortada, en la cama de su apartamento al sur de Londres.
Los meses que había pasado como estudiante en la capital inglesa podían resumirse en solo dos palabras: increíbles e intensos. Aunque la mayoría del tiempo estaba agotada por su apretado horario y por el frenesí con el que palpitaba la ciudad, había aprendido mucho más sobre magia en esos dos meses en Croydon School que en toda una vida como autodidacta o bajo las enseñanzas de Jimena. No le había costado hacer amigas entre las miembros del clan de Camden, y además, Mithali, quien al principio la intimidaba por su semblante severo, había resultado ser una maestra tenaz y una líder generosa y atenta. Casi sin darse cuenta, acabaron siendo un dúo inseparable. Incluso le había propuesto que se mudase con el resto de las chicas a las residencias del clan. «Es mucho más divertido», le habían asegurado, y lo cierto era que se lo estaba pensando.
Sin embargo, ni sus profesoras de mente inquieta, ni sus nuevas amistades, ni la energía vibrante en cada adoquín, ladrillo y farola de Londres habían impedido que añorase su vida en Madrid. Esa ciudad y sus gentes permanecían como un eco constante en el fondo de su mente. Extrañaba su apartamento en Malasaña, sus largos paseos por el Retiro, a su escurridizo gato Bartolomé, a su tía Jimena y… a Luc, quien le pedía disculpas continuas por no encontrar el tiempo para ir a verla entre ensayos y «otros líos» (se preguntaba más a menudo de lo que ella misma aprobaba qué clase de líos eran esos). Pero, sobre todo, le faltaban sus chicas, las dos amigas con las que formaba un triángulo equilátero perfecto. Echaba de menos a Rosita y a Ame continuamente, cada vez que ocurría algo gracioso y quería compartirlo con ellas o cuando el día se torcía y necesitaba hablar con alguien. Se estaba perdiendo los últimos meses de su amistad antes de que tuviesen que separarse para siempre.
Tenía tantas ganas de reunirse con sus brujillas que ni siquiera esperó a que el avión se detuviese del todo y se apagase la señal luminosa de «mantener abrochado el cinturón» para ponerse en pie en mitad del pasillo y sacar su maleta del portaequipajes. Estaba decidida a aprovechar el escaso y valioso tiempo que les quedaba antes de separarse. Quizá fuese el último Samhain que celebrarían juntas. Se le partía el corazón cada vez que lo pensaba, pero no era momento para lamentarse, sino para disfrutar lo máximo posible.
Su entusiasmo era tal que ni siquiera la pesada sensación en el aire le hizo sospechar. Dejó pasar la forma en que su magia se estremeció, como si le costase respirar, vibrar y existir. Pensó que debía de ser su imaginación, sus inquietudes siempre presentes. Puede que hubiese demasiada contaminación o que lo que presentía fuese la proximidad de la estación oscura. Sin darle más importancia, se apresuró a recorrer las cintas transportadoras y pasillos de la T4 del Aeropuerto Barajas-Adolfo Suárez hasta la zona de llegadas. En la distancia, distinguió a Ame, que enarbolaba una pancarta de cartulina rosa que decía ¡BIENVENIDA A CASA! con letras plateadas impregnadas de purpurina. Antes de que pudiese alcanzar a sus amigas, Rosita corrió hasta ella para estrecharla en un fuerte abrazo que le cortó el aire, levantándola en volandas. Ame no tardó en unirse, agitando el cartel en una mano y abrazándolas con la otra. Se separaron y las tres comenzaron a parlotear a la vez en un barullo ininteligible.
«¿Qué tal Londres?»; «¿Llueve tanto como dicen?»; «¿Y la comida?»; «Habrás cenado curry hasta hartarte, ¿no?»; «Y las clases, ¿te han gustado?»; «¿Y los chicos?»; «Sabemos que tienes novio, pero fijo que alguna cosilla habrá por ahí, ¿no?»; «¿Nada? ¿Ni un tonteo? Pues vaya, nos tendremos que quedar con el revelado». Con tanto alboroto, no estaba segura de quién había preguntado cada cosa, aunque eso último era muy propio de Rosita. Les había contado mil anécdotas a través de su grupo de WhatsApp, pero las tres sabían que no era lo mismo y, además, querían que se lo repitiese con un obsceno lujo de detalles.
—Chicas, chicas, chicas —dijo con una sonrisa de oreja a oreja—. Necesito desesperadamente cambiarme de ropa y ponerme algo que no grite «acabo de bajarme de un avión», ¿qué os parece si hacemos una fiesta de pijamas esta noche y os lo cuento todo?
Caminaron hacia la salida de taxis, donde un vehículo las esperaba. Delante de él, Jimena la saludaba con la mano. Junto a ella… nadie. El vacío le resultó tan grande que por un momento olvidó todo el cariño que estaba recibiendo de sus amigas.
Luc no estaba allí.
Parecía que desde que el hechizo del hilo rojo del destino logró que admitiesen sus sentimientos, había obrado una especie de efecto rebote sobre ellos. Cuando no querían verse se encontraban por doquier, y ahora que estaban juntos, se pasaban de largo una y otra vez. O quizá el hechizo no tuviese nada que ver. «A lo mejor ya no le gustas tanto», pensó. El chico, parco en palabras en sus mensajes por naturaleza, se había esforzado mucho por escribirle y hablaban por videollamada hasta altas horas de la noche a expensas de su tiempo de dormir, pero en las últimas semanas le notaba cada vez más distante y siempre le surgía «algo» que no podía explicar. Notó un nudo en el estómago. «No», se reprochó. Estaba en casa, y nadie iba a hacerle sentir desdichada.
Sabele se acercó a su tía para abrazarla, pero ella, para su bochorno, la bombardeó con una ráfaga de sonoros besos en la mejilla.
—Qué ganas tenía de ver a mi sobrinita favorita —dijo mientras la estrujaba. Sabele se ahorró recordarle que era su única sobrina. Después de años de aguantar la misma broma se había resignado—. ¡Ah! —exclamó inspirando el aroma de su pelo, lo cual le pareció asqueroso—. ¡Hueles a Londres! Mataría hasta a un gato por poder volver allí.
Bartolomé protestó a sus pies con un maullido indignado. Sabele se agachó junto al felino para acariciarle detrás de las orejas, a lo que el gato de pelaje dorado respondió con un ronroneo complacido.
—Tú también me has echado de menos, ¿verdad? —«Más que tu novio, por lo que parece», susurró un eco malicioso de su propia conciencia en el fondo de su mente.
Se puso en pie y examinó a su tía con suspicacia. Jimena lucía unas ojeras mucho más profundas y oscuras de lo habitual y, aunque las hechiceras envejecían más lentamente, su pelo acumulaba canas que en otros tiempos Jimena se habría apresurado a cubrir con un hechizo. Desde que se había convertido en Dama, había pasado de «vivir el momento» como una veinteañera más a convertirse de golpe en una adulta sin tiempo para sus asuntos personales. Sabele comprendía mejor que nadie lo que era estar agotada. En aquellos dos meses, entre las clases, las tutorías, la vida social y mantener a duras penas a flote su canal y sus redes sociales, apenas recordaba lo que era quedarse en la cama metida por la mañana porque sí, porque podía. Pero el agotamiento que se intuía en el rostro de Jimena era más que el fruto de una rutina ajetreada. Que a su coqueta tía le hubiese dejado de importar su aspecto solo podía estar motivado por una preocupación de vida o muerte.
—¿Todo bien? —preguntó.
—¡Claro! —respondió Jimena, sin mirarla a los ojos.
Supo que mentía y que bajo su sonrisa se ocultaban los esfuerzos por mantenerla en la ignorancia el tiempo suficiente para que pudiese disfrutar de un rato de paz, y de ser una veinteañera normal y corriente. Sabele accedió a dejarse engañar con una sonrisa, dispuesta a permitir que los adultos responsables se encargasen de lidiar con los problemas de verdad. De la misma forma que Jimena nunca se había imaginado al frente del aquelarre, ella no se veía madera de heroína, ni tenía ganas de serlo.

La última nota del tema rasgó el aire hasta morir lentamente en las cuerdas del bajo de Dani. El local de ensayo se sumió en un breve silencio antes de que los concentrados y sudorosos miembros de The Pretty Tomboys se abalanzasen sobre sus botellas de agua. Solo agua y, como mucho, una bebida isotónica: esa era la nueva norma que había impuesto Luc, muy a pesar de sus compañeros. «Tío, tú antes molabas», le había dicho Toni, medio en broma medio en serio, el día que colgó el nuevo calendario de ensayos y un listado de normas en la pared:
Nada de alcohol en los ensayos.
Nada de salir de fiesta la noche antes de un ensayo.
Nada de traer a chicas a los ensayos para impresionarlas (Toni, esto va por ti).
Más que normas, era una larga lista de prohibiciones que había provocado una mezcla de indignación y de algo parecido al respeto entre sus compañeros.
—Escuchad, esta es una oportunidad que no vamos a volver a tener. La vida es corta y no pienso desperdiciarla estudiando Derecho para complacer a mi padre y levantarme un día y darme cuenta de que soy un señor de mediana edad fracasado y amargado. Así que, si de verdad esto es lo que queréis, entregad vuestras miserables vidas a la música y convirtámosla en algo que merezca la pena.
Aunque ignoraban las verdaderas causas, todos conocían el estado de su hermana y ninguno se atrevió a discutir la futilidad de la existencia humana. Leticia llevaba meses ingresada en el hospital y, desde entonces, Luc no había vuelto a ser el mismo. Aún estaba por ver si el cambio sería para bien o para mal.
Tampoco cuestionaron las nuevas normas después de la breve arenga.
Los miembros de The Pretty Tomboys eran un grupo de chavales muy distintos entre sí. Fran, su segundo guitarrista, era un pedazo de pan que de bueno era tonto y que tenía la suerte de contar con el apoyo de su familia cada vez que metía la pata; Toni, un bala perdida que era incapaz de estarse quieto en el mismo sitio más de un par de meses (y de conservar los mismos amigos, novia y gustos) y que canalizaba su energía a base de aporrear la batería; Dani, una rebelde que estaba enfadada con el mundo y que no se molestaba en disimularlo, era una de las mejores bajistas de su edad de la ciudad (a veces, Luc se preguntaba por qué había accedido a tocar con ellos); y él, Luc, el hijo de una bruja que se había pasado la vida viendo fantasmas por las esquinas, lo que había hecho que tuviese mucho más miedo de acabar en un cubículo de oficina que de lo paranormal. Lo único que les unía era la música, un pegamento lo bastante sólido como para haberles convertido en una pequeña familia.
—Venga chicos, no podemos fallarles a nuestros fans —repetía Luc cada vez que decaía el ánimo.
Gracias al tirón de Magical Girl en las redes y del explosivo crecimiento de la cuenta de Instagram de la banda, habían logrado reunir suficiente dinero a través de una campaña de crowdfunding como para fundar Spellcaster Records. Él lo odiaba, pero a Dani, Fran y Toni les había parecido un nombre estupendo, y con lo mandón que se estaba poniendo con todo ese rollo de las normas, Luc no se había atrevido a contrariarles. Después de todo, el nombre solo era simbólico. La «discográfica» no era más que ellos cuatro reunidos en el sótano de Luc y en salas de ensayo, aunque, por el momento, solo habían recaudado lo suficiente para producir un EP de cinco temas. Alquilarían un estudio de grabación un solo fin de semana, lo que incluía los honorarios de los técnicos, así que no se podían permitir perder el tiempo con repeticiones. El día que se plantasen en la puerta del estudio con sus instrumentos, el sonido tenía que ser perfecto, y la única forma de conseguirlo era ensayar hasta morir.
—Venga, chicos, una vez más y lo dejamos por hoy —dijo Luc volviendo a colocarse la cinta de la guitarra en torno al cuello tras el breve descanso.
—Esto… ¿Luc? —le dijo Dani, sentada sobre el amplificador de su bajo—. No quiero cortar el rollo, pero ¿no tenías que ir a buscar a tu novia al aeropuerto o algo así?
—Oh, mierda. —Miró la hora—. Oh, mierda.
La fecha llevaba semanas marcada en su calendario, pero, desde que se pasaba los días ensayando y componiendo, y las noches investigando con Rosita o visitando a su hermana en el hospital, el tiempo le parecía un amasijo amorfo. No es que se hubiese olvidado, es que ni siquiera sabía qué día era, solo cuánto quedaba para su próximo concierto y cuánto para la grabación.
—Seguimos mañana, ¿vale?
La banda asintió y Luc recogió sus cosas a la carrera. «Estúpido», se reprochó. A nadie se le daba tan bien como a él cabrear a una bruja.

Le rompía el corazón ver el piso en la Corredera Alta de San Pablo tan vacío y desangelado. Se había llevado la mayoría de sus pertenencias a su nuevo piso en Londres. Tan solo había dejado atrás los muebles, un par de abrigos que no le cabían en la maleta, libros en desuso y unos cuantos objetos mágicos y recuerdos personales. Por su parte, Rosita y Ame habían empaquetado la mitad de sus cosas. Rosita seguía hablando de volver a Santo Domingo (sospechaba que Leticia era la única razón por la que seguía en Madrid) y Ame volvería a Japón en cuanto se graduase. Mientras tanto Jimena les había ofrecido un par de habitaciones en la casa de los trece pisos.
El salón y la cocina estaban igual de desmantelados que el resto de las habitaciones. Solo quedaban en su sitio el sofá, un par de cuadros, un reloj de pared de Ikea, el microondas y el calentador de agua. Es decir, lo suficiente para prepararse un té, unas palomitas y calentar unas cuantas pizzas precocinadas que devorar mientras hacían un maratón de series. Cuántas noches como esa habían vivido sin darles la importancia que merecían, las tres juntas, bajo una manta, comiendo comida basura mientras veían un capítulo tras otro. Había creído que no eran más que tardes perezosas de domingo o noches de viernes, de esas en las que no te apetece hacer nada más interesante, y resultaba que era una de las cosas que más iba a echar de menos de su antigua vida. Los momentos más mundanos se habían convertido en algunos de sus más valiosos recuerdos.
—Me alegro de que estés de vuelta —dijo Ame, arrebujándose bajo la manta junto a su hombro, donde apoyó la cabeza fugazmente.
—Yo también me alegro. —Tomó aire para evitar que los ojos empezasen a aguársele tan pronto. «Por el amor de la Diosa, si acabas de llegar».
—Aunque no era exactamente el plan que habíamos pensado… —dijo Ame mirando su móvil por enésima vez, por si tenía algún mensaje.
—Pues no se me ocurre ningún plan mejor. —Se encogió de hombros, y lo decía con sinceridad.
Sabía que la idea original incluiría a Luc y, seguramente, salir por ahí a recorrer la ciudad para hacerle saber que Sabele estaba de vuelta, pero el cielo se había nublado y amenazaba con un buen chaparrón.
—Es que… no entiendo qué ha podido pasar. Llevábamos semanas planeando esto.
—De verdad estoy bien. Me da igual —afirmó Sabele, lo cual sonaba como las típicas palabras de alguien que no estaba del todo bien y a quien, desde luego, no le daba igual.
—Rosita, ¿tú sabes algo? —preguntó Ame inclinándose hacia delante.
Rosita se encogió de hombros con un bocado de pizza en la boca y un puñado de palomitas en la mano.
—¿Por qué iba yo a saber qué está haciendo ese bobo? Ni que fuese su madre.
—Yo qué sé —se excusó Ame, recostándose de nuevo sobre el sofá, enfurruñada—, como pasáis tanto tiempo juntos últimamente pensé que igual te había comentado algo.
Sabele frunció el ceño. ¿Rosita y Luc? ¿Pasando tiempo juntos? Pero si a duras penas se soportaban… Miró a su amiga por el rabillo del ojo y Rosita debió de oír un eco de sus pensamientos porque estuvo a punto de atragantarse antes de decir:
—Yo no diría que es «tanto tiempo». Quiero decir, solo lo imprescindible.
Ame puso una expresión condescendiente: «De acuerdo, lo que tú digas» y que, junto a la negativa de Rosita, solo incrementó la suspicacia de Sabele. ¿Qué se traían entre manos esos dos?
—Olvidadlo, chicas. Es mucho más urgente que planifiquemos el Halloween de este año —miró a su alrededor— y creo que un poco de decoración no haría daño a nadie.
—Pues tienes toda la razón —asintió Rosita, encantada con el cambio de tema—, este piso necesita un poco de vidilla. ¡Eh! Tengo una idea, ¿por qué no vamos a comprar unas cuantas chorradas a ver quién encuentra la decoración de Halloween más hortera? Quien gane tiene derecho a un Pumpkin Spice Latte por la cara.
—Oh, sí… —dijo Ame, una adicta declarada a las bebidas otoñales, frotándose las manos.
—¿Vamos mañana? —sugirió Sabele.
El espíritu festivo se disolvió como si le hubiesen asestado una puñalada. Rosita y Ame intercambiaron miradas en silencio para apartar después la vista hacia la nada, cabizbajas.
—¿Qué, qué ocurre? ¿Qué he dicho?
—Esto… —masculló Ame, jugueteando nerviosa con los hilillos de tela que sobresalían de la manta—. Mañana no puedo. Tengo… tengo algo así como una merienda oficial. Para conocer a mi… —suspiró resignada— futuro marido.
El anuncio le cayó como un golpe y comprendió por qué su ilusión de perfección se había desmoronado tan fácilmente. «Qué estúpida soy», se dijo. Estaba tan empeñada en tratar de disfrutar de su última semana juntas que se había olvidado de los verdaderos motivos que las iban a separar.
—Ah… —fue lo único que logró articular.
Odiaba sentirse así. Odiaba la distancia que la había separado de sus amigas cuando más necesitaban su apoyo. Antes habría estado al corriente de los buenos y malos momentos en la vida de sus hermanas brujas, desde el acontecimiento más grande al más insignificante suceso. Se lo habrían contado en el desayuno o en la cena, como una familia. En cambio, los meses en Londres estaban comenzando a pasar factura a su relación antes de lo que había creído.
—Podemos hacerlo otro día, no hay prisa.
—No, no. —Ame se esforzó por sonreír, arqueando sus finos labios sin mostrar un solo milímetro de sus dientes—. Id vosotras. Seguro que lo que traigáis nos anima a todas, incluso a la casa —asintió vehemente con la cabeza y Rosita se cruzó de brazos, malhumorada, dejando la porción de pizza que se estaba comiendo sobre la mesa.
«Veo que su postura en este tema no ha cambiado», pensó Sabele. Comprendía el rechazo que sentía Rosita por las circunstancias de su amiga. A ella también le costaba entender por qué Ame había tomado una decisión que parecía perjudicarla, pero solo podía aceptarlo y respetarlo, aunque no siempre fuese sencillo permanecer en silencio. Habían sido meses duros para Ame, así que necesitaba a sus amigas. Y no solo por todo aquel asunto de la boda concertada por su familia. Matt seguía atrapado en el reino de Sidhe y, la última vez que preguntó, Ame no tenía ninguna buena noticia que darle. Seguía sin descifrar el misterioso encargo de las hadas. Ella misma había indagado por ahí, pero ni siquiera las profesoras más experimentadas de Croydon pudieron darle una respuesta.
Sabele temió que Rosita comenzase a enumerar todos los motivos por los que Ame estaba echando su vida a perder cuando sonó el timbre de su piso. «Uf, salvadas por la campana». Sabele se puso en pie y caminó hacia la puerta preguntándose quién podía ser a esas horas. No habían pedido comida a domicilio y no estaban haciendo más ruido que otras veces como para que fuese un vecino mosqueado que venía a quejarse. Abrió la puerta y se encontró frente a frente con un chico que parecía tan sorprendido de verla como ella a él.
—Luc —dijo, cruzándose de brazos. La alegría de verle de nuevo casi hizo que olvidase lo enfadada que estaba con él. Por suerte, su novio tuvo el detalle de recordárselo.
—Soy un cretino que no te merece, oh diosa hechicera todopoderosa que ciega con su luz a todo el que la mire —se apresuró a decir—. Sé que insultarme a mí mismo en plan victimista empieza a estar pasado de moda, pero te prometo que el sentimiento es sincero. —Sabele reprimió una sonrisa y se esforzó por mostrarse dura y furiosa, aunque resultara difícil tomarse en serio la situación.
—Ajá…
—Para compensar mi cretinosidad he traído los churros con chocolate que tanto ansiabas como ofrenda de paz, mi ninfa de la luna y las estrellas, mi eh… esto es más difícil de lo que parece.
—Sabes que «cretinosidad» no es una palabra, ¿verdad?
—Bueno, ahora lo es. Y yo soy su máximo exponente. Cuando la registren en la RAE pondrán una foto de mi cara al lado. Oye, se me están llenando los dedos de grasa, ¿los quieres o no?
Sabele tuvo que usar toda su fuerza de voluntad para mantener su cara de póquer. En una de esas largas noches de videollamadas que se alargaban hasta que se quedaban dormidos, rememoraron aquella vez en que las chicas trajeron churros para desayunar como si no fuesen unas fugitivas. Ella estaba tan agobiada que no probó un bocado. «Si llego a saber lo mucho que iba a echar de menos unos churros de verdad, y no lo que venden aquí, me los habría comido», dijo. Que Luc se acordase de aquella tontería sirvió para reblandecerle un poco el corazón.
—¿Crees que unos churros de tres euros compensan que te hayas olvidado de que tu «ninfa de la luna» volvía después de meses sin verla? —preguntó solo por pincharle un poco. Las dudas que aprisionaban su corazón se mitigaron levemente.
—Pero son churros que están asquerosamente grasientos y huelen a aceite pasado, justo como los querías. —Al ver que Sabele arqueaba una ceja y fruncía los labios, añadió—: En serio… —suspiró—. La he cagado, lo sé. Estábamos ensayando y perdí la…
—Anda, déjalo. No te pega lo de las disculpas sinceras —dijo, plantándole un beso en los labios justo a tiempo para que no la viese sonreír. No iba a darle esa satisfacción.
Luc se quedó en shock durante unos segundos, como si se le hubiese olvidado que eran novios y no pudiera creer la suerte que tenía.
—¿Estaré loca por echar de menos tus comentarios fuera de lugar y tus meteduras de pata? —preguntó ella, al separarse para apoyar la mano sobre su brazo.
Iba a alejarse más, pero Luc reaccionó a tiempo para retenerla por la cintura.
—Sí. Un poco. Pero gracias a eso algún día saldrás con el frontman de la banda más famosa del mundo y te llamarán visionaria. —Sabele negó con la cabeza, preparada para darle una réplica demoledora, pero Luc la estrechó aún más y la miró a los ojos, repentinamente serio, cuando dijo—: Yo también te he echado de menos. Ni te imaginas cuánto, mi bruja.
El corazón de Sabele dio un vuelco. Sus comentarios irónicos se los esperaba, pero aún la pillaba con la guardia baja cuando decía lo que sentía, porque cuando lo conoció se comportaba de forma totalmente opuesta. Lo ocurrido con Leticia le había cambiado. Acarició el flequillo del muchacho con los dedos y depositó un beso afectuoso en su mejilla. Cuando Sabele le tomó la mano y lo invitó a entrar, Luc se quedó congelado en la entrada al ver cómo las dos brujas lo perforaban desde el sofá con una mirada de recelo («¿dónde demonios te habías metido?», exclamaban los brazos cruzados y el gesto de Rosita) y ternura («oh, míralos qué adorables», parecía pensar Ame, al borde de un suspiro).
—Oh, eh, vaya. No sabía que estabais teniendo una noche de chicas. Bueno yo…
—Como no plantes aquí tu culo tendré que ir yo a por ti, Fonseca —amenazó Rosita desde el sofá, su forma más amable de decirle al novio de una amiga que era bienvenido.
—De acuerdo. Eh, ¿qué estáis viendo? —dijo caminando hacia el sofá junto a Sabele.
—¡Friends! —exclamó Ame entusiasmada. Era su serie favorita.
—Ah…
—¿Qué? —preguntó Ame, consternada al ver la mueca en el rostro del muchacho.
—Nada —dejó los churros sobre la mesita y rodeó a Sabele con el brazo.
La joven contuvo una risita malvada. Seguro que Luc habría preferido ver una serie de humor negro de dibujos animados que solo él y otros cuatro veinteañeros atormentados conocían. «Están sobrevalorados» era su lema a la hora de hablar de cualquier serie, película o canción demasiado popular. Y, aun así, no dijo una sola palabra al respecto y se acomodó en el sofá, dejando que Sabele se apoyase sobre su hombro. Inspiró su característico olor a lavanda y, por un momento, se permitió creer que el mundo era un lugar perfecto.

Incluso en temporada baja, Verona y su lúgubre y romántica leyenda conservaban el poder de atraer a multitudes de viajeros que atravesaban las calles con gestos de entusiasmo y agotamiento a partes iguales, cargados con pesadas mochilas a la espalda y mapas entre las manos (o un teléfono móvil en el caso de los más jóvenes). Entre los jubilados que bajaban en masa de los cruceros en oferta, las excursiones de los colegios locales y los turistas estadounidenses en busca de sus raíces, una figura oscura como la de Caleb habría destacado entre un millón de corrientes. Lo sabía, y por eso procuraba pasar desapercibido. Una sombra lo envolvía y lo tornaba invisible para todos aquellos que no conocían el mundo de la magia.
Caleb avanzó con calma por las piazzas y calles empedradas del casco histórico de la antigua ciudad, que se extendía en la ribera del río Adigio. Los mercadillos y tiendas de souvenirs se entremezclaban con fantasmas de otra era que aún no habían dejado atrás las rencillas y los anhelos del pasado. El nigromante había visitado tantas ciudades europeas en el último mes que le resultaba complicado distinguir las unas de las otras, pero en ninguna había visto a tantos fantasmas como en la noble Verona de la que Shakespeare había dicho: «La sangre de la ciudad mancha de sangre al ciudadano». La estela de almas errantes que vagaban por la urbe le daba la razón. Escogió una de las calles que brotaban de la Piazza Erbe, la Vía Capello, donde pasó de largo heladerías y comercios y una tienda de recuerdos que le advertía que ya llegaba a su destino.
La casa de Julieta.
Su nuevo ayudante, Elías, que era hijo de un conocido tasador y subastador de objetos mágicos muy antiguos, había seguido durante meses el rastro de la poderosa reliquia que Caleb ansiaba. Esperaba que esa vez hubiese acertado. Los documentos e indicios históricos que analizó le habían llevado a un lugar erróneo en dos ocasiones. Si el chico no hubiese estado demasiado aterrorizado, habría sospechado que había errado a propósito. Primero desenterraron una tumba sin nombre en el cementerio de Verona, donde encontraron unos huesos que no tenían nada de especial. También buscó en el claustro de la iglesia San Francesco al Corso para nada. Por su bien, más le valía que, esta vez, Elías no le hiciese perder el tiempo.
En mitad de la calle encontró un angosto pasaje atestado de gente que no cesaba de entrar y salir, un rincón que habría pasado desapercibido si no hubiese sido por el bullicio. Tan pronto como se detuvo frente a su entrada, sintió un cosquilleo familiar tanteando su cuerpo, la llamada de la muerte. Supo que Elías, por fin, dio en el blanco. Caleb cruzó el pasaje con paso seguro, dejando que los turistas se apartasen sin saber por qué, presa de un mal presentimiento que se desvanecía tan pronto como los pasaba de largo.
Al otro lado, encontró un diminuto patio con un balcón de piedra, una estatua desteñida y un muro recubierto de notas de amor que los visitantes dejaban allí, pegadas con chicles. La mayoría de las cartas iban desapareciendo, pero los chicles y pintadas continuaban presentes. Una mezcla de tristeza y rabia invadió a Caleb. Un grupo de adolescentes, seguramente en una excursión del instituto, se sacaban una foto profanando los pechos de la estatua de la pobre Julieta mientras hacían gestos soeces. Los corrientes no respetaban nada. ¿Y si les daba una lección?
«No has venido aquí para hacer justicia —le recordó la Voz—. Acaba cuanto antes con esta pérdida de tiempo».
La conciencia con quien compartía cuerpo no aprobaba lo que llamaba su «último capricho», pero era algo a lo que Caleb no estaba dispuesto a renunciar. Rodeó el patio hasta detenerse junto a una puertecita en una esquina a la que nadie prestaba atención.
Aun así, debía tomar precauciones. El nigromante invocó a sus sombras y les dio una sencilla orden en la lengua de la muerte. Su poder se unió a las ansiosas llamas que robó a las Lozano y una pequeña chispa se transformó en una llamarada que devoró todas las notas adhesivas y cartas. La cascada de llamaradas negras ascendió hasta que no quedó rastro alguno de chicles ni de papeles. Los turistas contemplaron con asombro el fogonazo, que apenas duró un par de segundos, sin comprender qué había sucedido y por qué la pared estaba ahora desnuda. Aprovechó la efectiva distracción para abrir la puerta de la cripta y cruzar al otro lado.
«Qué innecesario», protestó la Voz.
—Este santuario ha sido un secreto durante quinientos años. Mira lo que han hecho con el patio de la casa de Julieta, imagina qué harían si por un descuido descubriesen el secreto bajo sus pies —dijo Caleb. La Voz tuvo que darle la razón.
Tras la puerta Caleb encontró un estrecho y oscuro pasillo que se perdía escaleras abajo. Ninguna persona viva había descendido aquellos escalones en siglos. Invocó una llama de luz fría que iluminó sus pasos a través de la oscuridad.
Desde que Shakespeare pusiese nombre a los ingenuos amantes, filólogos, historiadores y académicos de todo tipo habían especulado sobre la verdadera inspiración de la historia. Se preguntaban si Romeo y Julieta fueron personas reales, si la desventura había tenido lugar en Siena o Verona, o incluso si el Bardo inmortal había sido o no el primero en contar su tragedia. Los corrientes, como siempre, no tenían ni idea de nada. No podían imaginar que Shakespeare, fiel conocedor de los secretos de la muerte, se limitó a honrar con sus palabras a una de las más tristes historias de brujas y nigromantes.
Julieta era la hermosa hija del líder de la hermandad nigromante, un hombre que fue incapaz de deshacerse de su pequeña al nacer, a pesar de que solo era una humana sin poder ni valor alguno a ojos de sus semejantes. Y Romeo, el mimado primogénito de la Dama del aquelarre de Verona. No solo se trataba de familias enfrentadas, sino del mismo duelo entre vida y muerte que perduraba en el presente. El caprichoso destino hizo que Romeo y Julieta, dos corrientes sin magia rodeados de hechiceros, se encontrasen y se amasen sin siquiera conocerse.
«Una historia preciosa —protestó la Voz—, pero eso no impidió que acabase en tragedia».
Una pócima mortal, un cuchillo afilado. En eso, la tragedia teatral se acercaba aún más a la verdad.
Caleb descendió hasta la cripta, una antigua capilla familiar convertida en panteón para un único féretro doble, que descansaba inerte como una barcaza sin destino.
El nigromante acarició la gélida piedra del sarcófago y recorrió con las yemas de los dedos las figuras que lo surcaban. En lugar de ángeles tocando instrumentos celestiales o escenas sacadas de la Biblia, en los laterales y en las cubiertas se encontraba el semblante de la sagrada Muerte, amparada por las criaturas que moraban su reino: lechuzas, perros, gatos, calandrias y cuervos, y una cierva que simbolizaba a la Diosa rodeada por sus siervas terrenales, las brujas. No existía ninguna sepultura semejante en todo el mundo, ni siquiera tras las distintas alianzas y tratados de paz firmados a lo largo del siglo XX. Brujas y nigromantes jamás cruzaban de la mano el umbral del más allá y sus ritos mortuorios eran demasiado dispares para combinarse. No obstante, la determinación de los dos jóvenes por permanecer unidos había logrado conmover a ambas familias, que decidieron ignorar los mandatos de la magia para permitir que descansaran juntos para toda la eternidad, a cambio del tiempo que no pudieron compartir en vida.
Caleb rodeó un par de veces la tumba. Solo le interesaba uno de los dos amantes que yacían en la catacumba. Las sombras elevaron la pesada losa de piedra en el aire y se asomó a su interior. Romeo y Julieta, apenas unos adolescentes, se habían visto reducidos a un amasijo de huesos y de ropa corroída y polvorienta. Tan solo las joyas que adornaban sus elegantes galas permanecían en buen estado. Miró las cuencas vacías, intentando imaginar sus rostros. Morir por amor. La idea no le resultó tan terrible, pero, sobre todo, le pareció demasiado simple. Lo que él se disponía a hacer era mucho más complejo que rendirse y dejar que fuera el sino el que decidiese por él. Transformaría el mundo entero si hacía falta.
—Con tu permiso —susurró junto al rostro de Julieta y, por un momento, creyó que le estaba escuchando. Quizá fuese mejor que no pudiera responder.
No era en absoluto infrecuente que un nigromante recurriese al poder almacenado en los restos de los difuntos, pero él no solía ser de ese tipo de hechiceros. «Julieta lo entendería», se dijo. Después de todo, a ambos los movía el mismo sentimiento.
Caleb extendió su brazo hasta las manos entrelazadas de la pareja y desencajó una de las falanges de la veronesa. Apretó la mandíbula con desagrado al oír la fricción de los huesos. Sacó una bolsita de terciopelo negro de su bolsillo y guardó la diminuta y amarillenta falange en su interior. «El hueso de la amada que lo dio todo por amor» ya se encontraba en su posesión, a buen recaudo junto a su propio corazón. Sintió la intensidad de su poder irradiando contra su piel. Julieta, hija de un nigromante, enamorada del enemigo, igual que él. Sin duda, había sido una gran elección para el conjuro.
—Vendré a devolverlo cuando no lo necesite —prometió.
«¿Por qué te preocupa tanto la opinión de una adolescente muerta, convertida en huesos desde hace cuatrocientos años? —preguntó la Voz con desdén—. Te he dado poder suficiente como para no volver a tener que preocuparte de la opinión de nadie. Haz lo que te plazca y punto».
—Creía que no aprobabas mi plan.
«Y no lo hago, sigue pareciéndome una pérdida de tiempo y una imprudencia, pero si lo vas a hacer, al menos siente que lo mereces, al menos sé digno de tus deseos si de verdad pretendes que se conviertan en tu destino. No pienso habitar la piel de un cobarde».
Caleb asintió vagamente con la cabeza y depositó la tapa del féretro en su sitio, sumiendo de nuevo a los amantes en la oscuridad.
«Sé digno de tus deseos», se repitió. Nunca había sido una persona débil; no temía a la muerte, no temía matar, y tampoco flaqueaba ante la idea de recuperar lo que le pertenecía.
—Ya solo quedan dos —le recordó a la Voz mientras subía por las escaleras de la cripta—. Antes de que la Noche de la Muerte llegue a su fin, habremos acabado.
«Estás jugando con fuerzas que ni siquiera tú puedes controlar».
—Sé lo que hago —aseguró, cerrando la puerta de madera de nuevo y reactivando el complejo conjuro que mantenía la entrada a la cripta oculta ante los corrientes.
La Voz se rio a carcajadas en el interior de su mente.
«No olvides que, a pesar de mi generosidad, solo eres un humano de carne y hueso. Ninguno de vosotros tiene la menor idea de qué está haciendo. No sois más que unos necios. Mantenlo en mente: sin mí, no eres nada».
Caleb ignoró a la Voz y al cosquilleo que sentía en su pecho, mezcla de un presentimiento aciago.
«Merece la pena correr el riesgo», se dijo, justo antes de desaparecer envuelto en una vorágine de sombras.

Ame llevaba cerca de quince minutos indecisa frente a la puerta de uno de los hoteles más lujosos de la capital. Había llegado algo más pronto de lo acordado, pero, cuando se acercó el momento de entrar, sus piernas se paralizaron. El botones de la entrada le dirigía alguna mirada consternada, de tanto en tanto, y Ame casi podía oír sus pensamientos. Seguro que pensaba que era una turista adinerada desubicada, porque no dejaba de mirar a su alrededor y al móvil como si esperase un súbito milagro que la salvase de su destino. Consultó de nuevo la hora: seis minutos tarde. Era el momento de afrontar la realidad. En lugar de escoger uno de los coloridos vestidos que había diseñado y cosido ella misma, Luc la ayudó a encontrar un conjunto lo bastante femeni
