Cuaderno de espiritualidad pop

Joan Miquel

Fragmento

cap

 

AGRADECIDO Y EMOCIONADO, SOLAMENTE PUEDO DECIR…

A mi madre Luisa (DEP) y a mi padre Jeroni, que han sido fuente de inspiración y que, además, me dieron la vida y también, sin darse cuenta, me la jodieron. Sin vuestra aportación, estoy seguro de que mi experiencia vital hubiera sido muy aburrida. ¡Gracias por tanta diversión! Os amo fuerte.

A mis hermanos Sergi y Guillem, a mi segundo padre José Luis, a mi familia en general y a todos mis amigos y amigas (no puedo nombraros a todos y a todas porque necesitaría un libro entero solo para eso). ¡Sois lo más! Mi vida también sería mucho menos divertida si no estuvierais en ella. Gracias por existir.

A todos mis exes (incluidos los putos narcisistas), por haberme permitido ver partes de mí que sin vosotros no hubiera podido ver. Thank you… Next!

A todo el equipo de Penguin Random House y, en especial, a mi editor Oriol, por confiar en mí y en este libro cuando ni yo mismo lo hacía. Estoy livin’ con esta movida.

Y desde luego, a ti que has pagado un dinerito para hacerte con este libro que es, en verdad, un libro de mierder. Mil gracias y espero que lo disfrutes. Eres un valiente.

… GRACIAS POR VENIR

ALGO ASÍ COMO UNA INTRO

Recuerdo que, cuando era peque, me hacía un montón de preguntas. Supongo que, en cierta medida, a ti también te pasaba, no sé. Creo que siempre fui un niño bastante curioso, por decirlo de alguna manera. Las respuestas a algunas de esas preguntas fueron llegando conforme iba creciendo. Entendí, por ejemplo, que el agua siempre gira en la misma dirección cuando se va por el desagüe de la ducha debido al efecto Coriolis y que los peces sí duermen.

Aun así, seguía habiendo algunas preguntas para las que no había manera de que aparecieran respuestas suficientemente convincentes para mí. ¿Quién enseña a las abejas a polinizar? ¿Qué pasa después de la muerte? ¿Dios existe? Y había una, especialmente, que me tenía full intrigado: ¿y si los seres humanos somos parte de un Ser más grande que nosotros y estamos dentro de él, como sucede con las células de nuestro cuerpo, que son nosotros pero que, seguramente, no son conscientes de ello y viven cumpliendo su función para que nosotros podamos existir?

Hace unos años me di cuenta de que algo parecido a eso es lo que sucede en realidad. Que somos un mismo Ser que se expresa a sí mismo en formas físicas aparentemente diferentes, pero un mismo Ser, al fin y al cabo. No somos nada distintos los unos de los otros, aunque a nosotros nos parezca que sí.

Cuando llegué a la adolescencia, la disminución de la importancia de encontrar respuesta a esas preguntas fue directamente proporcional al aumento de mis ganas de experimentar. Empecé a reconocerme como un ser humano autónomo. Descubrí las drogas. El tecno. El sexo. Y me hinché de todo eso. Quería descubrir tantas cosas que mi atención estaba por completo enfocada en ponerme a prueba en esto que entendemos como nuestro mundo.

Tocar fondo parece haber sido siempre uno de mis hobbies favoritos. La primera vez que experimenté esa sensación fue cuando mis padres se divorciaron. Apenas tengo recuerdos porque tenía seis años, pero sí tengo grabada la sensación de sentir que la estructura más importante para mí en aquel momento se desmoronaba, de frente y de repente, en un plis. ¡Bienvenidos a mi vida, queridos traumitas! En lo sucesivo, esa sensación estuvo presente en mi experiencia con relativa frecuencia. A los doce años, mi abuelo paterno recibió una llamada amenazándole con que me iban a secuestrar si no entregaba cierta cantidad de dinero. Eso me hizo quedarme muy loco y me mantuvo aterrorizado durante casi un año, en que no me atrevía a hacer nada en absoluto sin la compañía de un adulto. A los catorce me escapé de casa. Sí, suena bastante contradictorio, lo sé. Pero me sentía totalmente incomprendido, tan incomprendido que no me entendía ni yo. A los diecinueve mis padres tuvieron que llevarme a un centro de desintoxicación de la cantidad de drogas sintéticas que tomaba cada fin de semana. A los veintitrés, mi familia decidió mudarse de Barcelona a Granada, y yo decidí quedarme en Barcelona e independizarme, porque ya había empezado a currar como DJ pinchando en el MondClub[1] (¡qué nostalgia!) y luego en la sala Razzmatazz,[2] y eso es lo que me apetecía hacer. Aun así, la primera noche que pasé en mi nuevo apartamento no pude dormir. Me sentía abandonado. A los veintisiete, tras pinchar para miles de personas en el FIB[3] y estando en mi momento de mayor crecimiento como DJ, un diagnóstico médico sacudió todos mis esquemas y, a los treinta y dos, mi madre falleció tras un desgarrador proceso de enfermedad. Y creo que tuve algo cercano a una depresión. El fondo de todos los fondos.

Hoy en día, puedo ver con cierta claridad el común denominador de todas esas veces en que sentí tocar fondo: el miedo.

Tras el shock causado por la muerte de mi madre (que, por lo visto, a mi Edipo[4] no le hizo ninguna gracia), una sensación de vacío existencial empezó a hacerse muy presente en mí. Nada tenía sentido, aunque mi vida, aparentemente, había recuperado su funcionalidad. Era socio de una agencia de publicidad, tenía pareja y cierta comodidad económica, y parecía que había superado aquella especie de depresión, pero aun así…

Seguía sintiéndome vacío.

Había conseguido todo lo que, mentalmente, me había propuesto. Y a pesar de ello, me invadía una enorme sensación de vacuidad e incomprensión hacia lo que entendemos como la realidad. Y, sobre todo, hacia el sentido de esta. No comprendía el mundo, como resultado de no comprenderme a mí mismo. Y eso aún me pasa a veces.

Durante un tiempo intenté, sin mucho éxito, pasar completamente de ese vacío, tratando de seguir mi vida como si nada, intentando convencerme de que se me pasaría. Y una noche, allá por 2017, mientras leía sentado en el sofá de mi casa, sintiéndome una mierda, un huracán de preguntas empezó a martillearme los sesos. Retumbaban dentro de mí como si me las estuviera recitando a través de un megáfono.

¿Quién soy?, ¿qué coño hago aquí?, ¿cuál es el sentido de mi vida?, ¿para qué estoy teniendo esta experiencia?, ¿esta es la única manera de vivir la vida?, ¿le pasará a todo el mundo lo mismo?

Me pasé la noche sin dormir, tratando de encontrar respuesta a todas esas preguntas que, tras fumarme no sé cuántos porros en un intento de que se largaran de mi cabeza, seguían ahí. Y en un punto, agotado de resistirme a lo que era obvio, tuve el valor de rendirme y aceptar que no tenía respuestas.

Lo más flipante es que ese momento significó un antes y un después para mí, porque pude darme cuenta de algo que me hacía explotar la cabeza. Me di cuenta de que no sabía nada de nada. Blackout[5] mental absoluto. Y en ese momento, de repente, tuve un instante de mucha claridad y me dije a mí mismo: «Tiene que haber otra manera de tener esta experiencia a la que llamo vida».

A las pocas semanas, el día de mi 37.º cumpleaños, apareció en mi vida Un Curso de Milagros. La primera vez que cayó random en mis manos, sentí cómo se erizaba la piel de todo mi cuerpecito. Y eso me generó bastante confusión, rollo «se me ha ido la Wendy».[6] Había pasado ocho años de mi vida en un colegio religioso y aún arrastraba un montón de dudas acerca de Dios, tras largos periodos de negarme su existencia. Y, de pronto, aquel libro tan tocho que parecía la Biblia me estaba llamando la atención como pocas cosas antes en la vida. ¡Hasta casi más que una buena fiesta! Bueno no, tanto no. Pero casi.

Corrí a una librería a hacerme con un ejemplar, y cuando lo abrí allí mismo y leí la introducción… Esas palabras resonaron de forma muy heavy en mí.

Empecé a estudiarlo como si no hubiera un mañana. A veces hasta de forma obsesiva. Me pasaba las tardes nadando entre el mar de sus palabras, que algunas veces me parecía más bien un tsunami, ya que no entendía una mierda de primeras y tenía que leer algunos párrafos dos o tres veces para comprender algo. Pero esas palabras resonaban en mí tan fuerte que ni siquiera me planteé parar de leer.

Desde entonces, no hay día en que las enseñanzas del Curso no estén presentes en mi vida, expresándose a través de lo cotidiano (bueno, si estoy de resacón, menos, obviamente). Y de la expresión de esas enseñanzas en mi experiencia nacen las palabras que dan forma a gran parte del contenido de este librito que tienes entre las manos.

Y sí, ya sé que te acabo de pegar una chapa considerable y que seguramente mi experiencia no sea muy relevante, que no soy una celebrity, pero he sentido la necesidad de ponerte en contexto para que, quizá, puedas entender algo más de lo que vas a encontrarte en las siguientes páginas.

Lo que vas a leer lo escribí a caballo entre Lacanau (un pueblito a unos cuarenta kilómetros de Burdeos), Atarfe (donde está la casa familiar, en el área metropolitana de Granada) y Barcelona durante la primera mitad de 2022. Y reconozco que la escritura fue un viaje personal de la hostia. Ese viaje, tal vez, vas a verlo reflejado en el tuyo propio conforme vayas avanzando en la lectura. Si puedes permitírtelo, no te resistas a él.

Te cuento. El recorrido que te propongo consta de dos partes.

La primera es una invitación a la observación sincera. A tratar de ver algunos mecanismos que parecen sucederte mientras andas teniendo esta experiencia de vida en modo piloto automático. Al principio, me costó un poco-bastante encontrar mi propia fórmula para plasmar determinados conceptos y puntos de vista, por lo que, posiblemente, percibas que la lectura resulta un poco más comprimida en esta primera parte. Como si tuviera un corsé puesto. Al revisarla, una vez finalizada la escritura de todos los capítulos, tuve la tentación de «cocinarla», de cambiar prácticamente toda la primera parte. Pero me di cuenta de que, si la «cocinaba», perdía honestidad y autenticidad. Así que decidí dejarla tal como salió. Creo que es interesante que puedas percibir, también, mi propio viaje personal a través de la escritura que, como muchos procesos vitales, fue complejo al inicio hasta que se produjo, de forma natural, una integración y una comprensión más profundas que me permitieron transitarme en el camino de escritura. Y hasta fundirme en él. Es posible que, mientras leas esta primera parte, te parezca como que te explota un poco la cabeza y hasta puede que te incomodes y te entren ganas de abandonar la lectura. Te entiendo, y está genial. Pero te invito a que, si puedes permitírtelo, sigas leyendo. Porque lo que te espera más adelante, creo que mola.

En la segunda parte te invito a ver algunos aspectos, por medio de cuya experiencia se va desactivando ese piloto automático que solemos llevar, en modo on, en nuestro día a día. Verás cómo la lectura, quizá, te resulta algo menos comprimida. Más ligera. Con más flow. De cualquier forma, sea como sea tu percepción, estoy convencido de que será todo perfecto, pues así estará siendo.

Puede que te parezca que algunos conceptos se repiten en ocasiones, y eso tiene una explicación. Le voy a estar hablando a una parte de ti con la que, posiblemente, no estés muy acostumbrado a conectar. Y creo que la repetición ayuda a la interiorización. No me maldigas por ello.

Antes de que arranques, quiero decirte que no tienes por qué creerte nada de lo que vas a leer, porque tan solo son hipótesis, perspectivas o mis idas de olla, como prefieras verlo. Si te apetece, ábrete a experimentar por ti mismo aquellos aspectos que sientas que te están resonando. Y a ver qué pasa. Porque no, siento decirte que este libro no va a cambiarte la vida, pero con que te explote la cabeza un par de veces o te eches unas risas, ya habrá valido la pena haberlo leído.

Y una última cosita (sí, ya sé que soy muy pesado). Permíteme confesarte que soy consciente de que todo lo que digo en las siguientes páginas es a mí a quien se lo digo. Plis, no pierdas esto de vista.

Así que nos doy la bienvenida a bordo de este trayecto que ahora emprendemos. Un viaje a través de nosotros mismos y que he escrito con la certeza de unirme, mediante estos símbolos que son las palabras, a quien tengo la seguridad de que es lo mismo que yo: tú.

P. S. Este libro no es (ni pretende ser) ningún tipo de terapia ni nada por el estilo. ¡Dios me libre! Tan solo ofrece perspectivas, puntos de vista, posibilidades o simples gilipolleces, que se refieren a movidas de la vida cotidiana, que podrían pertenecer a una obra de ficción y que tienen como finalidad principal que eches un rato entretenido y veas, de paso, si te dicen algo. Pero, por favor, si estás realmente jodido y te follan[7] las fuerzas, hazte el favor de ir a terapia. Hacerlo siempre es un enorme acto de amor hacia uno mismo.

LA VIDA ES SUEÑO

La vida, o lo que habitualmente entendemos como la vida, es algo así como un sueño. Un sueño profundo. Vale. En HD y con sonido dolby surround ultraenvolvente. Pero un sueño, al fin y al cabo.

Soy consciente de que puede resultar un punto de vista un pelín radical, pero siempre he tenido especial predilección por todo lo radical. Y por «radical» no me refiero a extremo, que también. Me refiero a «radical» atendiendo al origen etimológico de la palabra. «Radical» proviene del latín radicalis. Sus componentes léxicos son radix, radicis («raíz») y el sufijo -al («relativo a»). No te creas que soy una enciclopedia andante, acabo de googlearlo. Por tanto, el radical al que me refiero vendría a ser algo así como «relativo a la raíz».

El punto de vista que te propongo (y que tan solo es un punto de vista) es una invitación a que vayamos a la raíz del asunto. A su origen. Y su origen no es otro que la mente, pues la mente es la única causa de esta experiencia que crees estar teniendo y a la que llamas vida. Por consiguiente, si la mente es la causa de lo que entiendes como tu vida, podríamos decir que todo está en la mente. Todo es mente y todo es uno en la mente, pues un pensamiento en la mente no deja de ser mente por mucho que tenga conciencia de su condición de pensamiento. ¡Qué lío!

Eso es, precisamente, algo parecido a lo que te sucede como ser humano. Tranquilo, no solo a ti. También a mí, a la vecina del tercero y a Britney Spears.[8] Como eres consciente de ti mismo (le llaman Homo sapiens sapiens, o lo que es lo mismo, el «hombre que sabe que sabe»), te crees que eres un cuerpo, separado de los otros cuerpos y separado, también, de la mente con la que te estás pensando.

Venga, no te quejes. Ya te he avisado de que iba a empezar fuertecito. Además, no hace falta que te lo creas, así de sopetón. Con que te abras a la posibilidad de que pudiera ser, es suficiente por el momento. Este punto de vista, más que una conceptualización, es resultado de una experiencia. Pero para experimentarla, has de estar abierto a la posibilidad. Y eso es lo único que necesitas en este momento. Tómatelo como un juego, si quieres, pues como un juego es como deberías tomártelo.

HASTA LUEGO, MARICARMEN

Quiero invitarte a imaginar algo. Supón que estás en el sofá de tu casa, de chill,[9] un domingo cualquiera por la noche. Acabas de meterte una pizza barbacoa entre pecho y espalda mientras estás viendo tu serie favorita. Te recuestas para estar más cómodo y, en una de estas, te quedas frito del todo. Estás sobando tan profundamente que hasta se te cae la baba de la gustera. ¿Lo tienes?

Venga, pues ahora imagínate que, mientras sobas, te pones a soñar. Un sueño de esos muy profundos. El protagonista de tu sueño eres tú, claro, pero en él también aparezco yo, la vecina del tercero y hasta Britney Spears. Y te pasan un montón de cosas. Mientras estás experimentándote en tu sueño, no eres consciente de que estás dentro de un sueño, porque las cosas que te pasan te parecen muy reales y las vives muy intensamente. En ese momento, podríamos decir que el sueño es tu única realidad. Y no solo no eres consciente de que estás dentro de un sueño, sino que tampoco eres consciente de que yo, la vecina del tercero y hasta la mismísima Britney somos pensamientos en tu mente, la mente del que se ha quedado frito y de donde emerge, como espontáneamente, el sueño. Por tanto, somos una misma cosa: tu mente, que en el sueño (que también es tu mente) se expresa a través de distintas formas físicas, no por ello deja de ser tu mente.

Nada de lo que parece suceder en el sueño está pasando más allá del sueño. Pero estás tan enganchado al sueño y a todo lo que parece sucederte en él, que no eres capaz de recordar que estás dentro de un sueño y que, en consecuencia, estás siendo soñado. En el fondo (muy en el fondo, vale), lo sabes, pero parece ser que se te ha olvidado. Y mientras tanto tú, que estás tan ricamente en tu sofá, sobando y llenando el cojín de babas, ni te estás inmutando.

¿Ves un poco por dónde voy?

Pues como te comentaba, eso podría aproximarse bastante a lo que te pasa a ti en tu experiencia como ser humano. Estás tan enganchado a este sueño, en alta definición y sonido dolby surround envolvente de ultimísima generación (al que llamas tu vida), tan identificado con tu personaje en el sueño y tan atareado con todo lo que te sucede mientras estás en él, que se te olvida que, en realidad, no eres más que un pensamiento en la mente, que se ha quedado dormida.

Soy consciente de que este punto de vista puede estar provocando que te explote la cabeza. O que puede estar generando ciertas resistencias. Quizá ya habías escuchado algo parecido antes, te parezca hasta divertido o, a lo mejor, tengas clarísimo que esto es así. Sea como sea, y como te comentaba antes, haz lo que quieras con esta idea loca que te estoy planteando.

Aunque pueda darte la impresión de que estoy bajo los efectos de alguna sustancia psicoactiva, te aseguro que en este preciso instante no es así. Además, tampoco estoy diciendo nada nuevo. Shakespeare[10] ya sugería algo parecido en un monólogo de su obra As You Like It. Ese monólogo empieza diciendo algo como: «Todo el mundo es un escenario, y los hombres y mujeres meros actores».[11] Platón[12] también lo planteaba en su obra La República, con el megaconocido mito de la caverna. Alguna filosofía hindú considera la realidad exterior como maya, «ilusión». Y si has visto la película Matrix,[13] especialmente la primera de todas, podrás ver que representa, de forma muy clara, este mismo concepto, más allá de los combates en slow motion y demás parafernalia hollywoodiense. Hasta he visto por ahí que se le atribuye a Einstein[14] una frase que dice: «La realidad es una mera ilusión, aunque una muy persistente». Y tan persistente…

De hecho, no sé si alguna vez has utilizado tus sueños de modo terapéutico, pero cuando vas a terapia de sueños, la aproximación que se hace va muy en esa línea. O por lo menos la gestáltica.[15] Tú explicas tu sueño, describes qué sucede y quién aparece en él, y el terapeuta te invita a observar los distintos personajes y situaciones en él diciéndote que todo eso eres tú. Es tu mente la que fabrica el sueño, por eso todo lo que está contenido en ese sueño eres tú y tiene un mismo origen, por tanto, una misma causa, que no es otra que tu mente.

Una flipada, vamos.

El mundo que percibes, en realidad, no es nada ni hace nada por sí mismo.

A través de esta metáfora del sueño, si estás abierto a considerarla como posible por un momento, puedes ver que el mundo que percibes, en realidad, no es nada ni hace nada por sí mismo. Necesita que tu mente lo proyecte fuera de sí para que tú lo percibas, a continuación, a través de los sentidos y le otorgues un significado en tu mente humana para, así, parecer ser algo. Por ello, sin la mente que proyecta, sin tu capacidad de percepción y sin tu mente humana que interprete dicha percepción, el mundo carece completamente de significado. De hecho, ni siquiera existe tal como tú lo percibes. No es nada. Venga, hasta luego Maricarmen.

A NIGHT AT THE MOVIES[16]

Otra metáfora que, en su día, le ayudó mucho a mi mente humana a entender esta movida que estoy intentando explicarte, y que además es la que voy a utilizar como hilo conductor durante el resto de los capítulos, es una que Ken Wapnick[17] utiliza en varios de sus libros. Voy a tratar de explicártela a mi manera. La metáfora viene a decir algo así:

Ponte que un día cualquiera, una tarde cualquiera, vas al cine a ver una peli. Una peli cualquiera. No importa si es la nueva de Spiderman, si sale Renée Zellweger[18] o si es la nueva de Spiderman en donde sale Renée Zellweger. Lo que prefieras, que para el caso es lo mismo. Entras en la sala, te sientas cómodamente en una butaca y empieza la peli. De repente, estás tan metido en su trama que, psicológicamente, es como si estuvieras ahí. Empiezas a experimentar un montón de emociones, resultado de identificarte con las imágenes proyectadas sobre la pantalla blanca. Hasta puede que pierdas la noción del tiempo, y que lo que pasa en dos horas te parezca que ha sucedido en un plis. Estás totalmente absorto en la peli, enganchadísimo a todo lo que está sucediendo en ella.

Aunque estás, a nivel psicológico, muy metido en la peli y te parece que lo que estás experimentando a través de ella es real, hay una parte de ti que es consciente de que, en realidad, estás viendo una peli proyectada sobre una pantalla. Eres consciente de la ilusión y la realidad al mismo tiempo. Por un lado, eres consciente de la trama de la peli, en la que estás metidísimo y que te está generando un montón de pensamientos y emociones, y por otro eres consciente también del funcionamiento de la proyección, es decir, de que la peli que estás viendo sale de un proyector que está en la parte posterior de la sala (en la sala de proyecciones) y se proyecta sobre una pantalla blanca. En tu mente sabes que es una peli, pero eso no quita que te rías, llores o te asustes con lo que sucede en ella. Una parte de ti sabe que no está sucediendo nada en realidad y otra parte de ti te hace reaccionar como si estuviera sucediendo.

Imagínate que, en un momento dado, la imagen proyectada sobre la pantalla blanca deja de verse nítida, se interrumpe o empieza a haber cortes en el audio. La gente que está en la sala de cine contigo empieza a cabrearse, y alguien se levanta de su butaca y se abalanza contra la pantalla en un intento de solucionar los fallos. Está claro que el resto de los que estáis allí pensaríais que a ese alguien se le ha ido la cabeza, pues no va a conseguir solucionar nada manipulando la pantalla. El fallo no sucede en la pantalla, sino en el proyector que está en la sala de proyecciones y del que todo el mundo se ha olvidado, en parte, mientras la peli se proyectaba sin fallo alguno.

¿Ves un poco más claro el punto de vista al que intento apuntar todo el rato?

En esta metáfora, tal como sugiere Wapnick…

  • La mente vendría a ser la sala de proyecciones.
  • La capacidad de proyectar de la mente sería el proyector.
  • La peli que sale del proyector y que tú ves en la pantalla repr

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos