Los ojos del Gato

Richard Sandoval Núñez

Fragmento

Presentación

PRESENTACIÓN

No. Esta no es la historia de Los Jaivas, la banda elemental para entender la historia de la música popular chilena, que acaba de cumplir seis décadas en el escenario. O al menos no se trata solo de eso. Este es el perfil de un hombre. La historia de amor y pasión de un hombre chileno que pudo ser conocido gracias a su trabajo en la guitarra junto a esa mítica banda que resuena hasta hoy en los oídos de varias generaciones.

Es la historia de un hombre que fue, por sobre cualquier otra cosa, una voz reconocible. Una voz que conquistó a un país pese a su secreto silencio constante. Esta es una mirada sobre un hombre magnético, de mirada intensa, casi siempre tímido pero también cautivante, terco, que representaba en sus ideas, en los valores reconocidos por el pueblo, en su voz y sus canciones, quizás una cultura, una forma de vivir la vida que ya se perdió, o que a duras penas resiste por ahí.

¿Por qué su muerte produjo tal impacto entre las personas en los primeros años de este siglo? ¿Por qué cientos de miles de chilenos y chilenas lo fueron a despedir a la Estación Mapocho en el caluroso verano de 2003? ¿Qué vieron en él? Este libro es un viaje a preguntas y respuestas basado en una investigación que llegó al centro del entorno del hombre antes que del artista, a los rincones más ocultos de sus amores desconocidos, a sus miserias y derrotas, a voces que jamás hablaron como aquí.

Este es un libro que tiene como destino tratar de comprender cómo el hombre que llegó a nuestros oídos entonando «Mira niñita» o «Todos juntos», se convirtió en un ícono popular para personas que incluso llevan tatuado su rostro en la piel. La conexión con los ancestros y la naturaleza, con una suerte de antiimperialismo a su manera, el intento por redimir a la sociedad latinoamericana del yugo colonial a través del arte, la vocación por lo sublime, el apego a la austeridad, el desprendimiento de lo material y el consumismo —concepto tan propio del Chile actual— son algunas de las pistas para hallar respuestas.

Porque Eduardo Fernando Alquinta Espinoza, el Gato, el hombre de colores mágicos, el comunista de corazón que no soportó la disciplina partidaria pero que nunca dejó de movilizarse por lo justo, el inspirador que hizo familia en países a los que llegó dos veces despatriado, tiene el rostro de un Chile de otro tiempo, uno anclado en otra ética, otros valores. Otra pasión.

Un ídolo que no es estatua pétrea, no es perfección ni mucho menos santidad; es ser humano de carne y hueso con todas las luces y claroscuros que ello implica.

De él trata esta historia.

Un vestido brillante

Las lentejuelas del vestido estremecen la mirada de todo el estadio, concentrado en el rito que es ahora el escenario. Un rito de conexión entre los que quedaron vivos y el creador, mágico, al que se llega a través de las canciones. La mujer, al centro, engalanada con un collar metálico con una piedra verde colgante, canta con una emoción estremecedora frente a quince mil personas que no pueden sacar la vista de las estrellas azules distribuidas en el vestido corto, ceñido a las caderas, elegido cuidadosamente para esta fiesta. En realidad, las estrellas no son azules; es tan solo el color de las luces que reflejan.

Todo aquí es inmensa oscuridad, pero el vestido, cubriendo un cuerpo diminuto afirmado a un micrófono, resplandece.

La muerte es un testigo más de esta noche de invierno en el Movistar Arena, en el centro de la capital. Más bien, la muerte se encuentra en todos lados, en las imágenes de rostros en blanco y negro proyectadas a los costados de la escenografía, en los recuerdos vigorosos evocados por canciones con cincuenta años de historia, en la nostalgia sostenida por los rostros de ancianos que caminan con sus nietos rumbo a asientos numerados, desde donde contarán destellos de lo que fue una vida hippie, alegre y multicolor, una vida que los hizo sentirse libres para siempre.

La vida, la creatividad primorosa, está vibrando desde la mirada de los muertos observada por los que todavía resisten en las frías butacas del 15 de agosto de 2023. El aire es húmedo y afuera el cielo está nublado. Pero el clima de afuera puede esperar. Ahora toda la historia se concentra aquí, bajo techo, en la mujer que canta delante de luces fluorescentes que simulan galaxias en tonos fucsia y morado.

La mujer sobre el escenario es Aurora Alquinta Monsalve, exintegrante de Los Jaivas, la única hija mujer del Gato Alquinta, fundador y voz histórica de la banda de rock que está celebrando sus sesenta años de existencia. Aurora interpreta «Canción del sur», una obra de casi ocho minutos con la que recuerda la muerte de su padre, ocurrida hace más de veinte años, el 15 de enero de 2003, en la playa La Herradura, en la ciudad de Coquimbo.

La canción le provoca nostalgia, tristeza. Evoca la tragedia. La mayor de sus tragedias. Pero, al mismo tiempo, es la canción que le dio la vida a Aurora. «Fue la canción que me dio la luz», dirá un día después del show, sentada en un comedor sobre el que me mostrará feliz el vestido de lentejuelas. «Se la escribió a mi mamá cuando se fue a la Patagonia de gira, después de esa canción vengo yo, es la que me dio origen», dice, sin olvidar por ningún segundo que es también la que le recuerda el adiós abrupto, el de la muerte injusta de un hombre de cincuenta y siete años en la cima de su vida.

Por eso ahora, en la noche del cumpleaños número sesenta de la banda, al que fue invitada por Los Jaivas, interpreta la melodía con la tristeza que tiene adherida al fondo de su alma. Una tristeza barnizada por el poder de la creación, una pena apapachada por el origen austral que fue también su propio nacimiento. Es una voz vigorosa, tremenda y grave, que de pronto parece un sonido gutural, un alarido más que un canto, algo que viene desde sus más inexploradas profundidades.

La letra cobra sentido como un mantra de vida y muerte, inicio y fin amalgamados en un abrazo de amantes petrificados, como escultura de perpetuidad. Dos décadas después de aquella trágica escena en su vida personal y en la colectiva de todo un país: la del Gato Alquinta convertido en un cadáver rumbo a sus exequias.

Sobre las nubes

Vuela el aliento

Sobre las nubes

Vuela el aliento

repite Aurora, con una voz por instantes desgarradora. Es imposible mirarla y no encontrar en ella los ojos de un Gato asomando emociones a través de las lentejuelas; quizás, transmitiendo algún mensaje camuflado en poesía.

Mientras, al fondo del escenario, cuatro pantallas gigantes proyectan los majestuosos montes de los Andes que, hasta hoy, pese al paso del tiempo, marcan su existencia. La existencia de su padre impregnado en las montañas.

Sobre las nubes vuela el aliento.

Sobre las nubes.

Aurora cierra los ojos y aparece nítido el recuerdo. La imagen de un momento aéreo.

Un avión verde, militar, con los familiares más cercanos sentados junto a un ataúd afirmado al centro. Mientras vuela, «Canción del sur» suena en su cabeza durante todo el viaje. Se repite una y otra vez. El motor del avión produce un ruido insoportable. Aurora solo mira la ventana, la que muestra el paisaje de la cordillera seca. Cree que nadie más arriba de este avión puede imaginar otra cosa que no sea esa canción.

Piensa en su padre conmovido por el Aconcagua aquella vez que el capitán de un vuelo invitó a la tripulación a mirar el más alto pico de los Andes por las ventanas.

Al terminar de cantar, Claudio Parra se acerca y le entrega un ramo de flores. Juanita la abraza por varios segundos. La ovación marca un punto clave de la noche. A través de ella, Gato está presente. En «Canción del sur» el Gato Alquinta está presente.

La canción de la vida y de la muerte.

Las dos dimensiones de un hombre que casi no se pueden distinguir.

Bajo la última luna

Él sabía que se iba a morir. Algo en su mirada decía que esa sería la última vez que estarían juntos. Tal vez los colores cristalinos de sus ojos brillaron más que nunca, como una forma de despedida, para que esa mujer que tanto amó y que ahora también amaba no lo pudiera olvidar jamás. Los tonos tan indescifrables de su mirada se lucieron toda la noche. ¿Habrán estado más grises, algo verdes, o quizás sencillamente azules? La alegría excepcional al compartir la cama con su esposa a escasos metros de la playa, en vacaciones, humedeció su vista. Su efusividad corporal se manifestaba de manera inédita. O, al menos, así lo siente Mónica veintiún años después al rememorar esos instantes. Porque ella no lo olvidó.

El Gato se despidió en la intimidad de una manera que ella no puede olvidar. Siempre lo pasaron muy bien juntos y solos, en el encuentro de sus cuerpos y de sus almas, pero esa vez fue realmente diferente. Bajo el cielo despejado de una de las noches más bellas de la mitad del mes de enero, un cielo levemente iluminado por la luna nueva, el Gato la acarició con especial detalle, como si siguieran siendo los chiquillos que se dieron el primer beso el mismo día en que se conocieron, como si aún siguieran siendo los protagonistas de ese beso furtivo entre cantante y bailarina, beso prohibido. Era como si supieran que las horas de su amor carnal estaban contadas.

Porque esto último era cierto: las horas del Gato estaban contadas.

A la mañana siguiente, siguieron pololeando como chiquillos de quince. Unos cuantos besos por aquí, unos abrazos por acá, luego el almuerzo familiar y otra vez a jugar a las miradas. Hasta que el Gato salió de la casa a encontrarse con el mar. Dijo que quería remar. Estaba en el mejor momento de su vida. Cercano a la plenitud luego de una vida cargada de sacrificios, transformaciones, renuncias, noches de frío y temporadas de pobreza.

El Gato estaba feliz y quería remar.

*

Para el inicio del año escolar de 1972 se planeaba hacer una gran recepción para dar la bienvenida a los nuevos estudiantes de la Universidad de Chile. La vida cultural del país pasaba por uno de sus momentos más efervescentes, con muchos artistas extranjeros que desarrollaban en el país sus proyectos motivados por la experiencia inédita de la construcción del socialismo en democracia, como prometía el gobierno del presidente Salvador Allende. En ese ambiente de algarabía, un reputado músico brasileño hizo una convocatoria amplia a los artistas de la universidad.

Se trataba de Geraldo Vandré, quien se encontraba en Chile luego de sufrir el voraz hostigamiento por parte de la dictadura militar brasileña instaurada en 1964. Vandré, icónico poeta y cantautor del género de la música popular brasileña, creó en 1968 la canción «Pra não dizer que não falei das flores (Caminhando)». La obra, traducida como «Por no decir que no hablé de flores», fue recibida por su pueblo como una abierta convocatoria a movilizarse contra la dictadura militar. Por eso fue de inmediato prohibida por el gobierno, transformándose en un himno y símbolo de resistencia.

Hay soldados armados, los seres queridos o no,

Casi todos los perdidos en los brazos

En el cuartel que enseña una lección de edad

A morir por su país y vivir sin razón.

En el Chile de 1972, donde se encontraban miles de militantes de la izquierda latinoamericana que habían huido de las situaciones represivas de sus países, Vandré sentía que aún podía desarrollar su sueño artístico. La idea era conformar un grupo de «piratas» en el que participaran intérpretes de todas las disciplinas posibles. Músicos, bailarines, artistas visuales. Esa fue la convocatoria que el brasileño Vandré hizo y que, entre varias anécdotas, tuvo una en que Mónica y Gato se encontraron en una sala de ensayo del teatro de la Universidad de Chile, cerca del palacio de La Moneda, días antes del inicio de clases.

Mónica era ya una bailarina profesional que pertenecía al ballet de cámara de la Universidad de Chile. Con su grupo, compuesto por nueve artistas, y en sintonía con el ambiente de vinculación social de las universidades en esos años, recorrió decenas de fábricas y poblaciones improvisando coreografías al ritmo de música también improvisada, frente a obreros que, de seguro, por primera vez disfrutaban de un espectáculo de este tipo en sus propios lugares de trabajo o residencia.

*

Son pasadas las siete de la tarde. En el convulsionado Santiago del penúltimo año de la Unidad Popular ya ha caído el sol. En las calles se agudizan las tensiones: en las portadas de los diarios que lucen en los kioscos, el oficialismo y la oposición se dan con todo, haciendo acusaciones por un lado y llamando a aplastar a la derecha por otro.

El mercado negro crece tanto como la inflación, denuncian los productores. El Partido Socialista (PS) considera que es necesario armar al pueblo pues el enfrentamiento es inevitable. En el Congreso Nacional se crispa el ambiente entre la fiera derecha y los partidos de la izquierda que defienden al gobierno. «¿Con qué legalidad se expropian fábricas?», preguntan unos. «¿Hasta cuándo dependeremos de los chantajes del imperialismo?», reclaman otros. El Partido Comunista (PC) acusa a la oposición de estar dedicada de lleno a preparar la guerra civil. La CUT declara el estado de alerta y concentra a obreros en sus locales sindicales para desbaratar «la sedición en marcha». Diversos productos escasean en el comercio. Se hará habitual ver negocios colmados de filas donde los vecinos buscarán un paquete de arroz, un saco de harina, un poco de azúcar para endulzar el té.

El 22 de marzo, y ante las dudas sobre la continuidad de un gobierno con tantos problemas, Allende declara en una entrevista de la organización periodística norteamericana Hearst: «Tenemos un ejército y una policía que son fuerzas profesionales obedientes a la Constitución y mientras se mantengan dentro de los límites de la Constitución y de la ley, esas fuerzas estarán siempre al lado del gobierno».

Pero al interior del teatro, en el ensayo, en los más íntimos instantes de conexión con el arte, nada de eso importa, o al menos se olvida por ratos. Sobre las tablas no quema la inflación.

Mónica no tiene ningún tipo de militancia política y el Gato ya no pertenece a las Juventudes Comunistas. Sin embargo, todos son de izquierda, aunque no porten la ficha de un partido.

«Todos habíamos trabajado por Allende, de una manera o de otra. Habíamos pegado afiches, repartido volantes. Eso lo hacía todo el mundo, todos los jóvenes. Cuando salió Allende a mí me tocó ir a bailar afuera de La Moneda, al Gato le tocó tocar en el Parque Cousiño, en Santiago. Porque se hizo un espectáculo por todos lados y todo el mundo participó. No tenías que estar inscrito en ningún partido, la gente participaba sola.»

Bailarines y músicos se distribuyen en el escenario para comenzar a trabajar bajo la mirada de Geraldo Vandré. Los músicos ya toman sus instrumentos, las bailarinas desplazan sus cuerpos y se tumban sobre el piso. Parecen aves alzando vuelos ligeros y bellos. Y de repente lo ve, entre los que están tocando la guitarra y cantando. Ve unos ojos verdes que parecen lámparas, ojos que la estaban mirando desde hace rato, atentamente, como un búho al acecho de su frágil presa. Ella está vestida con nada más que una malla. Cuando paran de trabajar él camina a su lugar.

Mónica posee una belleza muy particular. Pequeña y menuda, de brazos largos y delgados, da la impresión de una permanente delicadeza y dulzura. Pero siempre está firme sobre el suelo que soporta sus pasos agraciados de bailarina profesional. De cabello oscuro y rasgos finos, cejas delgadas y nariz respingada, aparenta menos edad de la que tiene. De lejos se podría pensar que es una niña. La fragilidad de sus hombros la dota de una feminidad que descoloca a un Gato de pelo largo, un hombre que la observa por entre los espacios que dejan los mechones de pelo que le cubren el rostro al cantar.

—Hola, qué gusto lo que está pasando —dice él, coqueto, hablándole por fin a la mujer por la que estuvo esperando durante todo el ensayo.

—Sí, es muy lindo lo que ocurre cuando nos juntamos todos los artistas —responde una Mónica deslumbrada por el hombre apenas más alto que tiene frente a su vista.

Los ojos del Gato no dejan de parecerle lámparas.

Conversan un poquito más sobre las trivialidades del trabajo en marcha hasta que él dice que forma parte del conjunto musical Los Jaivas. Entonces, ella lanza la pregunta que a él hizo feliz poder responder. Inconscientemente, es la respuesta que ella también está esperando.

—¿Quién es el que canta?

A Mónica le fascina la voz del cantante de Los Jaivas. Lo ha escuchado desde hace algunos meses. Pero ¿quién será?, ¿quién será el que canta de esa forma?, se pregunta. «Esa manera de cantar como de campesino, esa forma loca que tenían al principio», sencillamente le fascina.

—Yo canto, yo soy el que canta —responde el Gato.

Entonces, este es su momento, decide. Probablemente no habrá otro después.

—¿Te puedo dar un besito?, porque me gusta mucho como cantas.

Y le da el besito, en la boca, «pero chiquitito», recuerda Mónica.

Es el momento en que nace una conexión, una historia de amor que trascenderá por décadas. El beso chiquito deja una marca grande que también transformará el destino de otros. Es la primera gota de un vendaval que nadie tenía pronosticado.

Pero fluir por completo, de inmediato, es complicado, porque él aún tiene una compañera. Tiene toda una vida por su lado. Mónica también tiene un compañero, aunque él se ha ido ya de casa.

Por razones propias de un año política y socialmente tan convulsionado, el sueño artístico del músico brasileño al final no se realiza. Todo el esfuerzo quedó aferrado a ensayos, a encuentros fortuitos bajo crepúsculos que quedarán alojados en la memoria de jóvenes libres y revolucionarios, mientras se aproximaban algunos de los inviernos más fríos registrados en la historia meteorológica de Chile.

Al Gato, entonces, solo le importaba haber hallado a Mónica entre el tumulto, conocer el tacto de sus labios en el precipicio de la historia.

Después de este encuentro sobre las tablas del teatro, salió la canción que habla de la miel de su boquita, la boquita de Mónica: «Un día de tus días», la primera que escribió pensando en ella. En la bailarina amable de sonrisa fácil.

Por haber conocido

La miel de tu boquita

Por haber conocido

La miel de tu boquita

No puedo ya

Vivir sin tu cariño.

Por esos días el Gato Alquinta estaba casado con Verónica Ross y tenía dos hijos: Ankatu y Eloy Alquinta Ross.

Pero ya hablaremos de ello.

Primero debemos conocer al niño y al joven Eduardo antes de convertirse en Gato. Conocerlo para entender la pasión desenfrenada que muchas veces no mide consecuencias. Una pasión que toma oportunidades como si ya no fuera a haber más. Porque no hay tiempo que perder. Hay que aproximarse a su historia para comprender su vocación por decisiones tan determinadas que cambian todo el destino diseñado en un cruce de miradas.

Hay que descubrir por qué tomó este amor, el de Mónica, con el arrojo con que se agarran los amores definitivos.

Afuera del teatro, la inflación arrecia.

Cielos vírgenes

Es difícil comparar Salamanca con otra ciudad chilena. La paciencia de su gente al atender un bar, la calma de la tarde estacionada en sus calles; parece detenida en el tiempo bajo el dominio del sol. Alrededor todo no es más que cerros salpicados de arbustos apenas verdes. Cerros que de pronto, encontrados de frente, agobian, pero también protegen, o al menos es lo que uno cree. Colinas que al mediodía, vistas desde la Plaza de Armas, dan la impresión de ser toda la existencia habida en el mundo. Esa es la sensación que tanto encantó a Gato desde que era un pequeño niño abrazado de su hermana Sonia entre los bosques de un suelo marcado por los brujos.

Se dice que en una cueva gigante ubicada entre dos cerros, los fantasmas te reciben con opíparas cenas servidas con cubiertos de plata y oro. Puedes comer lo que desees, pero jamás tentarte con tomar alguna joya y llevarla a casa. Eso me explica el taxista mientras viajamos al encuentro con los parientes nortinos de Gato. Caer presa de la seducción de los metales —insiste el taxista— te condena a la peor de las maldiciones del demonio.

El Gato Alquinta se encantó con estas y otras historias de la mano de sus padres, vacacionando en una ciudad que se convertiría también en el último lugar en el que pensó antes de partir.

Salamanca iba a ser el destino final de las vacaciones en que la muerte lo encontró, en enero de 2003.

—Mañana voy a Salamanca. Les voy a presentar a mi nieto Emiliano. Vamos todos para allá —avisó.

*

Una vez dentro de la casa, en el sector de El Tambo —a las afueras del pueblo de Salamanca—, comienzan los recuerdos de un tío del que, desde estas tierras, puede contar su origen y final. Largas fiestas familiares con la guitarra acompañando canciones de Lucho Gatica, artista que el Gato comentaba con fanatismo, mientras tomaba un trago de vodka con bebida Quatro. Siempre hablaba de Lucho Gatica. Sentía una auténtica fascinación por su talento vocal. Antes de subir a una presentación, cantaba sus canciones para preparar la voz y poder llegar al tono de obras tan desafiantes como «Sube a nacer conmigo hermano». También cantaba los coros famosos de otros gigantes como Armando Manzanero, o de colegas chilenos co

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