Una vida contigo

Alana Moira

Fragmento

Prólogo

Prólogo

«Y fueron felices y comieron perdices…». ¿Cuántas veces habré leído esto a lo largo de mi vida? Ya os puedo decir que muchas, muchísimas, si tenemos en cuenta que mi trabajo incluye contar cuentos, pero a lo que vamos, ¡cuánto daño ha hecho la industria cinematográfica! ¡No son más que patrañas y mentiras!

Si os digo la verdad, en mi caso el «supuesto príncipe de brillante armadura» no es otro que un ranchero cabezón con aires de superioridad, aunque para ser justos, el caballo en el que viene a galope, sí que es digno de cuento de hadas. Con un pelaje de color caramelo tostado y crines negras, Wolfy, es, con diferencia, el caballo mas bonito que he visto en mi vida.

¿Que por qué os hablo del «ranchero cabezón»? ¿Y por qué sigo loca por él, a pesar de todo? Pues si tu sabes la respuesta, por favor, dimela, porque mira que le doy vueltas al asunto, pero no consigo entender por qué no puedo olvidarlo. Supongo que a mi madre se le debí caer un par de veces de los brazos cuando era pequeña, aunque nunca me lo hayan contado.

Bueno, creo que me estoy enrollando demasiado. Supongo que forma parte del paquete de ser profesora.

Mi nombre es Juliett Brooks, y si quieres saber si conseguí olvidarme de él, o, por el contrario, él tuvo que «bajarse del burro» te tocará seguir leyendo y verás como tengo razón y todo lo que pasa es culpa suya, ¿o quizá no tanto?

Capítulo 1

La boda está siendo preciosa. Mara y Axel resplandecen de felicidad y eso me hace feliz; al menos soy feliz por ellos. No os equivoquéis, yo no creo en estas cosas, la vida se ha encargado de demostrarme que no todos consiguen su «felices para siempre».

No me quejo, solo soy realista.

Tomo un sorbo más de la copa y miro a mi alrededor. La mayoría de los invitados están, como yo, agotados de tanto bailar y reír, y ahora hablan entre ellos mientras picotean de la mesa de dulce que apareció hace no mucho.

Miro hacia la fuente de chocolate y sonrío. A veces los adultos son peores que los niños y dicha fuente corre peligro de volcar frente a los invitados que se afanan por empapar sus pinchitos todo lo posible.

Vuelvo mi mirada hacia la pista para torcer entonces el gesto.

Ahí está él.

Guapo como nunca y cabezón como siempre, prácticamente ha bailado con todo el mundo menos conmigo, no vaya a ser que su madre sospeche algo —como que estamos juntos, de nuevo—, a pesar de que ella ya lo sabe.

Hombres…, ¿quién los entiende?

Noto como alguien se sienta a mi lado y entonces una mano femenina se queda reposando sobre mis hombros.

—No te enfades con él —escucho que me dice Vega. El susto que me ha dado no es pequeño, pero procuro que no se me note.

Carraspeo, dejo la copa en la mesa y me giro hacia ella, mirándola con algo de asombro.

Vega y yo no es que nos llevemos mal, es solo que «gracias» a su hijo, nunca hemos tenido más contacto del estrictamente necesario. Ni siquiera cuando Bran y yo estuvimos juntos en el instituto pude entablar las suficientes conversaciones con ella como para sentirme cómoda teniendo su brazo sobre mis hombros desnudos.

—No te enfades con él —repite mientras yo trago saliva y pienso algo qué decir.

—¿Perdona? —Es lo único que se me ocurre replicar.

Vega señala con el mentón a su hijo mediano, que ahora baila con Lia dando vueltas sobre sí mismo sin parar. Solo espero que la niña no se maree; si el se cae, pues casi mejor, así me hecho unas risas a su costa. Además, se lo tendría merecido, por no acercarse a mí en toda la noche.

Vale que estoy aquí como amiga de Mara, pero… ¡por el amor de Dios si llevamos más tiempo juntos, que solos! ¿Es que no se da cuenta de que así llama más la atención? Además, esto es un pueblo, todo el mundo sabe lo nuestro, aunque él se empeñe en hacer como si nada.

—Mi hijo es un pelín cabezón —sigue diciendo Vega.

—¿Solo un pelín? —suelto sin darme cuenta. Tapo mi boca al instante siguiente y aprieto los labios. Creo que acabo de meter la pata hasta el fondo. Miro a Vega pidiendo disculpas con los mientras ella me sostiene la vista durante unos segundos sin apenas mover un músculo.

Comienzo a disculparme para quedar con la boca abierta cuando Vega empieza a reírse a carcajadas y yo me relajo.

—Bueno, digamos que no es solo un pelín cabezón —dice Vega cuando consigue parar de reír—, pero lo lleva en los genes. —Se disculpa encogiéndose de hombros—. Qué le vamos a hacer, los tres me han salido cabezones —suelta con gracia para comenzar a reír de nuevo.

Yo la miro, intentando con todas mis fuerzas no reírme, porque, aunque lleva más razón que un santo, son sus hijos al fin y al cabo. Me aguanto todo lo que puedo, pero al final estallo en risas, uniéndome a ella, haciendo tanto ruido que a los dos segundos noto como alguien se acerca y mi ojos se encuentran con los de Bran, que nos mira entre curioso y divertido.

—¿Qué está pasando aquí? —pregunta con una sonrisa de medio lado y sin dejar de observarme.

—Nada —responde su madre—. Solo hablamos de lo mucho que os parecéis los Hudson en algunos aspectos.

Bran entonces tuerce el gesto.

—Espero que te refieras a nuestra belleza natural —contesta sonriendo de lado y guiñándome un ojo.

—Si —responde Vega—. Justo de eso.

Yo me suelto del agarre visual que mantengo con Bran y miro a Vega para ver que ahora es ella la que me guiña un ojo y puedo ver las similitudes entre madre e hijo.

Carraspeo y asiento con la cabeza varias veces. Cojo mi copa y hago como que estoy bebiendo, para no tener que decir nada más al respecto.

—Bran —interviene ahora Vega—, ¿me haces un favor?

La cara de Bran cambia de diversión a preocupación en cuestión de milisegundos.

—¡Claro! ¿Qué necesitas?

Ella entonces sonríe de lado y libera mis hombros de su brazo.

—Saca a bailar a la chica, que has bailado prácticamente con todas menos con ella. ¡Vergüenza debería darte dejar a tu novia desatendida en un día como hoy! —lo regaña, mientras su mano empuja mi espalda para que me levante.

Doy gracias a que el lugar tenga la luz atenuada, ya que así no puede ver que me he puesto roja como un tomate.

Bran se queda inmóvil durante unos segundos y podría jurar que sale humo de su cabeza.

«¿Tanto le cuesta, que nos vean juntos?».

—Si no quieres, no pasa nada —suelto de mala gana. Está claro que no está cómodo con la situación.

—Por supuesto —contesta entonces él, extendiendo una mano hacia mí y buscando mis ojos de nuevo—. Juliett, me encantaría bailar contigo.

Vuelvo a sentir como mi cara arde por unos instantes mientras sigo notando como la mano de Vega me empuja hacia arriba con una fuerza que no aparenta tener, y finalmente me pongo en pie. Carraspeo, dejo la copa en la mesa y agarro la mano de Bran.

Caminamos en silencio hacia el centro de la pista y como por arte de magia comienza una canción.

Pero no cualquier canción.

NUESTRA canción.

La que sonaba cuando nos besamos por primera vez, y la misma que sonaba en nuestra primera vez. La canción que ha sido la banda sonora de nuestra relación y cuya letra es, irónicamente, lo único que siempre he querido, y lo que, por desgracia, no he tenido.

Miro a Bran preguntando con los ojos y veo como él mira a su alrededor para sonreír con picardía al ver a su hermano Axel apartándose de la persona que pone la música y emprende el camino de vuelta hacia la que ahora es su mujer. Llega hasta ella, la besa y le guiña un ojo a su hermano con una sonrisa de complicidad en la cara.

Miro de nuevo a Bran, quien busca mis ojos con una gran sonrisa mientras se encoge de hombros.

Looks like we made it

Y siento como su mano se aferra a mi cadera.

Look how far we´we come, my baby

Su mano busca la mía, para elevarla entonces hacia su cuello. La otra hace lo mismo automáticamente y entonces su mano libre se aferra al otro lado de la cadera.

We mighta took the long way

Nuestras frentes se tocan con suavidad y cierro los ojos. Los recuerdos. Todos, los buenos y los malos, comienzan a pasar por mi cabeza como si de una película se tratase.

We knew we´d get there someday

Mi estómago se encoge de emoción. Es un momento feliz, estoy en la boda de mis amigos, y en los brazos del hombre que siempre he querido. Atesoraré este momento junto con los otros en mi cabeza mientras viva.

They said, “I bet they´ll never make it”

Eso es exactamente lo que pensaba en este momento, en lo que todos han pensado durante tanto tiempo, sobre nosotros.

But just look at us holding on

Nos balanceamos, más que bailar, y puede que los demás no entiendan estos pasos, o quizá se pregunten qué tipo de baile es. Pero no me importa…, ahora mismo solo estamos nosotros en esta sala. Nosotros y nuestros corazones, que parecen haberse sincronizado con los acordes de nuestra canción.

We´re still together still going strong

You still the one I run to —susurra Bran en mi oído a la vez que suena la música—. The one that I belong to —continua—. You´re still the one I want for life…

Separo mi cabeza lo justo para poder mirarlo a los ojos.

—Ojalá eso fuera verdad —contesto. Pero él niega con su cabeza mientras me mira con tanta intensidad que siento que me traspasa.

—Lo siento. —Es lo único que dice después de unos segundos interminables. Y no me da tiempo a responder ya que envuelve mi cuerpo con sus brazos, dejándome sin aliento por esta muestra de cariño pública. Algo que nunca antes había pasado.

Pasamos el resto de la canción así, balanceándonos en nuestro abrazo. No se que pasara mañana, pero si se que este momento ha sido especial.

Nos separamos cuando la canción acaba y justo entonces llega Axel, quien pide bailar conmigo mientras Mara hace lo propio con Bran.

—Bienvenida a la familia de forma oficial —dice Axel con una sonrisa en la cara.

Mi ceja se eleva en señal de pregunta y él niega con la cabeza sin dejar de sonreír.

—Si después de esto, Bran se niega a admitir lo obvio, yo mismo lo lanzare al lago más cercano para que espabile de una vez.

Yo me sonrojo de nuevo sin pretenderlo e inclino mi cabeza hacia abajo. Nunca me he considerado una persona tímida, pero con Bran no soy capaz de sacar el carácter por el que todo el mundo me conoce. No se si eso es bueno, o malo. Por una parte entiendo que es por que el me importa de verdad, pero tampoco creo que deba ser quien no soy, ni por él, ni por nadie.

Así que ahí estoy yo, en mi encrucijada personal, perdida en mi mundo por un segundo cuando Axel toca mi barbilla para buscar mis ojos.

—Bran te quiere —dice cuando los encuentra—. Pero su cabezonería le impide ver más allá. Supongo que sabes lo que pasó cuando te fuiste…

«Claro que lo sé. ¿Cómo no voy a saberlo? Él se encargó personalmente de que supiera lo que había dicho delante de todos, una vez mi coche se alejó, dejándolo plantado en la acera frente a la casa familiar».

Asiento con la cabeza y Axel tuerce el gesto.

—No lo decía en serio. Conozco a mi hermano. Tu siempre has sido su debilidad, pero no es capaz de admitirlo. —Se encoge de hombros—. Lo haré entrar en razón —me guiña el ojo—, lo prometo.

—¡No lo hagas! —respondo casi sin darme cuenta—. Si no es lo suficientemente mayor para saber qué es lo que quiere. Es su problema. Pero que luego no se queje si me pierde. No soy una niña y no pienso sentarme a esperar a que reaccione.

La risa de Axel se escucha por encima de la música, atrayendo todo tipo de miradas hacia nosotros.

—¡Esa es la Juliett que conozco! —Vuelve a reír, esta vez más bajo—. Eres justo lo que él necesita. Alguien que le ponga los puntos sobre las ìes. Que le obligue a reaccionar y haga de una vez lo que tendría que haber hecho el día que volviste al pueblo. —Me guiña el ojo de nuevo y me suelta con cuidado, para abrazar a su hija que venía hacia nosotros por detrás de mí.

Tira de mi vestido con cuidado cuando suelta a su padre y yo me agacho para poder escucharla con más facilidad.

—¿Te lo estás pasando bien, Lía?

La niña asiente con la cabeza de forma enérgica para, acto seguido, bostezar y rascarse un ojo.

Axel sonríe y la coge en brazos para llevarla hasta la mesa donde Vega los espera con los brazos abiertos.

Yo, al verme sola en medio de la pista, emprendo el camino de vuelta a la silla cuando alguien toca mi hombro y veo a Joel detrás de mí.

—¿Bailas? —me pregunta.

—¡Claro! —contesto de forma automática, aunque a los pocos segundos noto algo que no me gusta. Joel ha bebido demasiado. Es la primera vez que lo veo así. Él es el mayor, y desde que murió su padre adoptó su rol, asumiendo unas cargas que no debería haber tenido.

—¿Te ha gustado la boda? —pregunto, para arrepentirme al segundo siguiente. En cuanto Joel abre la boca el olor a alcohol se hace mucho más intenso y me doy cuenta de que tiene los ojos rojos—. ¡Por supuesto! ¿No me ves? ¡Esto es una fiesta y hay que disfrutar! ——dice trabándose en algunas palabras, lo que me hace ver que está peor de lo que pensaba—. Si me disculpas —le digo con tacto, para ir a por Axel y comentarle lo que acabo de ver.

—Yo me encargo, no te preocupes —me contesta con cara de preocupación antes de mirar de reojo a Mara, que asiente solo una vez, y camina con rapidez hacia Joel, que sigue en medio de la pista, intentando mantener el equilibrio. Veo como Axel le dice algo al oído y pasa su brazo por el hombro de su hermano para llevarlo hacia una de las mesas más alejadas.

Pocos segundos después, Bran llega hasta ellos. Aunque están algo lejos, puedo ver la cara de sorpresa y preocupación en sus gestos. Minutos después, es el mismo Bran quien, después de poner de pie a Joel con cierta dificultad, va hacia afuera, hasta perderse en la oscuridad de la noche.

—No entiendo lo que puede haber pasado. —Escucho a Vega de nuevo a mi espalda—. Joel nunca se ha emborrachado. —Se encoge de hombros—. Ni siquiera en la adolescencia.

Mi cara pregunta lo que mis labios se niegan a decir y Vega sonríe de medio lado. —¡Vamos, no me mires así! —continúa—. A esa edad es más que normal pasarse alguna que otra vez. Nadie es peor persona por eso —susurra guiñándome un ojo, a lo que yo no puedo más que asentir con la cabeza mientras intento, una vez más, disimular mi sorpresa por ser tratada con tanta familiaridad, de repente.

La fiesta llega a su fin poco después, y comienzo a despedirme de la familia y amigos, para emprender el camino hasta mi coche.

Justo al poner la mano en la manilla, alguien pone su mano sobre mi brazo y me llevo el susto de mi vida. Me giro de forma instantánea y tengo el tiempo justo de reconocer a mi acompañante antes de gritar como una posesa.

—¡Bran! ¡Me has asustado! ¿Qué pasa? —digo de carrerilla mientras intento calmarme sin mucho éxito.

—Solo quería despedirme. Acabo de dejar a Joel en casa pero no quería irme sin, al menos, decirte adiós.

Mi expresión se dulcifica un poco, pero entonces caigo en algo.

—¿Que le ha pasado a tu hermano? Vega me ha dicho que nunca lo había visto así…

Incluso en la casi plena oscuridad soy capaz de ver la cara de asombro de Bran.

—¿Así que mi madre y tú habéis estado hablando?

Lo conozco lo suficiente como para notar el tono de preocupación en esa frase aparentemente inocente.

—¿Hay algún problema con eso? —pregunto sin poder evitar cruzarme de brazos.

Bran se encoge de hombros, fingiendo indiferencia, pero a mi no me engaña, por lo que le mantengo la mirada, a la espera de una confesión.

—¡Esta bien! —confiesa después del duelo de miradas—. Es solo que me sorprende —dice torciendo el gesto—. Por lo visto mi madre es más lista de lo que nos pensábamos —continúa, recordando cómo se las ingenió para que Mara tuviera que traer a Shadow cada dos por tres, forzando un acercamiento con Axel—. No sé —continúa ahora con una sonrisa de medio lado—. No me termino de fiar, ¿entiendes?

—¿Acaso piensas que trama algo? —pregunto frunciendo el ceño.

—Después de lo de hoy…, me esperaría cualquier cosa —confiesa, para echarse a reír.

Su risa es contagiosa. Siempre lo ha sido. Una risa franca y natural que me encantó desde la primera vez que la escuché, hace ahora tantos años, por lo que acabo acompañándola, sin apenas darme cuenta.

—Bueno, es tarde —dice Bran después—. Sube al coche antes de que te resfríes. Tus alumnos te necesitan sana y salva —bromea guiñándome un ojo.

—¿Solo mis alumnos? —pregunto con picardía, levantando una ceja.

Bran no dice nada, tan solo me mira con esa mirada penetrante que siempre ha conseguido derribar mis muros sin apenas esfuerzo. Da un paso más hacia mí, pasa su mano por mi cuello y enreda sus dedos en mi pelo, empujándome con suavidad hacia él para besarme.

Y el tiempo se para.

Ojalá lo hiciera, porque me quedaría en este instante toda una vida.

Solos el y yo.

Pero, como dije al principio, la vida no es un cuento de hadas, y Bran rompe el beso antes de lo que me habría gustado.

—Vete a casa, Juliett —susurra en mi oído, consiguiendo que la piel de esa zona se erice.

Suspiro con fuerza, asiento y entro en el coche después de que él me abra la puerta con galantería.

Conduzco hasta mi casa, en el pueblo de al lado. Entro en la pequeña mansión que mi padre ha ido construyendo según su nivel económico se hacía mayor y procuro no hacer ruido, aunque sé que, casi con toda seguridad, mi padre no estará en casa.

Me desvisto, me desmaquillo y suelto un suspiro de alivio cuando mis pies se liberan de los zapatos de tacón.

Miro mi mesa de trabajo, la que uso para ir apuntando las ideas y juegos que se me ocurren para hacer más amena la enseñanza, y vuelvo a suspirar.

«¿Quién dijo que ser profesora era fácil?».

Me voy a la cama cansada pero contenta. Hoy han pasado muchas cosas y, a excepción del numerito de Joel, todo ha salido bien.

Cierro los ojos en cuanto toco las sábanas y caigo rendida en los brazos de Morfeo sin apenas darme cuenta.

Capítulo 2

Antes

—¡Esto es un asco! —le digo a Aiden, el chofer de mi padre, mientras me cruzó de brazos—. ¡Yo quería ir al otro instituto! Casi todo el mundo que conozco irá allí. No entiendo por que tengo que ir al instituto del pueblo de al lado, teniendo uno aquí mismo —refunfuño justo cuando pasamos por la calle, ahora repleta de adolescentes de camino a clase, en la acera de enfrente. Me pego en la ventanilla cerrada, con los cristales tintados, y vuelvo a enfadarme con mi padre, por obligarme a hacer esto.

—Lo siento, señorita. Entiendo que no le guste, pero yo solo sigo órdenes —contesta Aiden con aplomo. El señor, de unos cincuenta años y pelo canoso, ha trabajado para mi padre desde hace años, prácticamente me ha visto crecer y se empeña en llamarme «señorita» cuando le he pedido un millón de veces que me llame por mi nombre, que para eso tengo uno.

—¡Juuulieeett! —le recuerdo una vez más, pero entonces veo su sonrisa por el espejo retrovisor y me doy cuenta de que lo ha hecho adrede para que deje de pensar, al menos por un momento, en el porqué de mi enfado. Le doy las gracias en silencio antes de volver a reposar mi espalda en el asiento trasero, y me hago a la idea de lo que van a ser los próximos años de mi vida, porque cuando a mi padre se le mete algo en la cabeza, no hay forma de hacerle cambiar de opinión.

Aiden para el coche unos diez minutos después, justo en la puerta del instituto, consiguiendo llamar la atención de todos cuantos pasan en ese momento por la calle.

«Perfecto», me lamento para mí misma.

Salgo del coche e intento no pegar un portazo, aunque es lo que más ganas tengo de hacer. Se que eso solo conseguiría llamar más la atención, y es lo último que necesito.

—Estaré aquí esperando a la hora de la salida —me dice Aiden por la ventanilla del copiloto que ha bajado por la mitad—. Intente pasarlo bien. Estoy seguro de que hará amigas enseguida.

La ventanilla del copiloto sube y ya no puedo ver a Aiden, aunque podría jurar que estaba sonriendo cuando me ha dicho esto último.

«Amigas».

Con lo que me costó conseguir tenerlas en el colegio, y ahora tengo que volver a empezar de nuevo.

Por no hablar del problemilla de mi familia. Nosotros, los Brooks, somos conocidos en todo el pueblo de Canleen. Mis padres, descendientes de las primeras familias que llegaron a formar el pueblo, y, por lo tanto, un ejemplo a seguir por todos y cada uno de los habitantes de dicho pueblo.

Partiendo de esa base, ya os podréis imaginar el revuelo que se formó cuando mi madre abandonó a mi padre por un profesor de instituto —sí, ese al que debería estar asistiendo en este preciso instante—, y que ocasionó una vergüenza tan grande para mi padre que se encerró en su estudio y no salió hasta varios días después, papeles del divorcio en mano y preparado para olvidar aquella parte de su vida.

Para él, mi madre y su matrimonio nunca habían existido. Lástima que yo estuviera en medio como recuerdo constante de que no era así.

Y por eso mi padre decidió desentenderse de mí desde aquel mismo momento. Se preocupó, por supuesto, de que estuviera atendida en cualquier aspecto, pero aparte de eso, normalmente hacía como que yo no existía. No intervenía en mis decisiones, aunque siempre tuve a alguien con quien contar y que me aconsejaba cuando tenía algún problema.

Pero claro, cuando llegó la hora de ir al instituto, ni se planteó la posibilidad de que yo fuera a ese del que había salido él —según mi padre «malnacido»— que intentó tirar por tierra el buen nombre de su familia, pero que, claro está —según él— no lo consiguió.

Así que, aquí estamos.

Gracias a mi historia familiar, estoy ahora mismo subiendo los escalones del instituto de Summerbona en lugar de hacerlo, como es lógico, en el de mi pueblo.

Suspiro con fuerza y tiro de la puerta de entrada para llenar mi oídos de gente riendo, algunos grupos de chicos y chicas, que, como es obvio, se conocen desde siempre, mientras yo camino sola por medio del pasillo intentando esquivar a unos y otros.

Después de ir a conserjería, miro el papel que me han dado y busco mi clase para tirar de nuevo de la puerta para entrar cuando me doy cuenta de algo. La clase ya ha empezado, por lo que acabo de interrumpir a la profesora, que me mira con cara de pocos amigos, mientras siento una multitud de ojos sobre mi.

«Mierda».

—¿Y bien? — pregunta la profesora cuando, después de unos segundos en shock, aún no he hablado.

Carraspeo y muevo mi cabeza para centrarme.

—Soy Juliett —me presento— acabo de llegar y creo que esta es mi primera clase.

—¿A ver? —dice la profesora pidiendo que le de el papel que llevo en la mano. Lo agarra, lo mira durante un par de segundos y pone los ojos en blanco—. Está bien, Juliett, busca un sitio donde sentarte y procura llegar antes, la próxima vez —me regaña.

—Sí, señora —susurro mientras agarro las bandas de mi mochila con ambas manos. Miro al suelo, levantando la mirada lo justo hasta encontrar un pupitre libre y me siento, cuando lo encuentro.

—Como iba diciendo —continúa la profesora—, este año tendremos algunos cambios con respecto a años anteriores… —Y empieza a explicar en qué consisten esos cambios y en que nos afectan a nosotros.

Por lo visto, los alumnos de este pueblo son algo bandarras y siempre han buscado ocasionar problemas a la mínima, por lo que se ha decidido separarlos en diferentes clases para, así, mantenerlos vigilados.

Vamos, que en lugar de que una sola clase sufra a los innombrables, ahora nos tocará aguantar, por lo menos, uno de ellos a todos.

«Genial»

Veo como todos se giran a la vez y miran a un mismo lugar, por lo que no me cuesta identificar al problemático de la clase, que resulta ser un chico bastante guapo, con el pelo demasiado largo para mi gusto pero que, en contraste, tiene una cara casi angelical.

Al sentirse observado, se recuesta en su silla, se cruza de brazos y los mira a todos con una gran sonrisa en la cara, como si disfrutara del protagonismo.

Niego con la cabeza y busco dentro de mi mochila el libro que necesito y un cuaderno para tomar apuntes. En el colegio era de las mejores alumnas y no pienso dejar que mis notas bajen solo por que mi padre haya decidido fastidiarme la vida.

La clase termina con tranquilidad y los estudiantes salen a toda prisa del aula en busca de la siguiente. Los pasillos se llenan nuevamente de vida y ruido, y aprovecho para buscar mi taquilla.

Cuando la encuentro, carraspeo para pedir que un par de chicas me dejen usarla, pero ellas parecen no haberme escuchado, por lo que doy un paso adelante, me armo de valor, y abro la boca para pedirles que se aparten. En ese momento, veo que las chicas dejan de hablar, miran por detrás de mí y se mueven rápidamente, alejándose y dejando el espacio de mi taquilla vacío.

Miro por encima del hombro y veo que el chico problemático de mi clase me está mirando, sonríe, me guiña el ojo y se da la vuelta, perdiéndose entre la multitud.

Frunzo el ceño durante un segundo, me encojo de hombros y le doy uso, por fin, a la taquilla.

El resto del día es una sucesión de clases y profesores dando la típica charla de principio de curso. Las normas que hay que seguir, el itinerario preparado para el curso y demás. La verdad es que creo que las cosas se pueden hacer mejor, y por eso tengo claro que estudiaré para ser profesora. Si ellos no están dispuestos a cambiar las cosas, alguien debe hacerlo, ¿no?

Los días pasan y, después de un par de semanas, sigo como al principio, sin amigas ni nada que se le parezca. El peor momento del día es el de la merienda. Todos tienen sus amigos y es difícil encajar en un grupo formado desde la infancia, por lo que suelo llevarme mis cosas a un rincón y aprovechar para leer un poco. No es lo ideal, pero no me queda otra.

Y todo habría seguido igual si no llega a ser porque, uno de esos días, encuentro a un grupo de gente sentada en mi sitio habitual, por lo que me quedo parada en medio del pasillo.

—¿Piensas venir, o prefieres quedarte de pie el resto del tiempo? —me pregunta Bran, el chico problemático de mi clase, que está sentado junto a otros dos chicos y un grupo de chicas, que me indican con la mano que me acerque.

Me lo pienso solo un segundo antes de tirarme a la piscina y sentarme con ellos. Me quedo callada al principio, pero enseguida entablo conversación con todos y voy descubriendo sus nombres, aficiones, y demás.

Para cuando toca volver a clase, siento que por fin puedo decir que tengo, al menos, algunos conocidos en el instituto y empiezo a sentirme un poco menos sola.

—Perdona —susurro a Bran, tirando un poco de su manga para llamar la atención justo antes de entrar.

El se gira hacia mí y me enseña de nuevo esa sonrisa que vi el primer día.

—¿Si? —pregunta, cruzándose de brazos.

—Gracias —consigo articular después de un par de intentos.

—¿Por qué? —vuelve a preguntar.

—Por incluirme.

Bran sonríe, solo que esta vez de lado, y apoya su hombro en la pared del pasillo.

—No hay nada de agradecer. Lo habrías conseguido tú sola. Yo solo te he dado un pequeño empujoncito —dice en voz baja mientras me guiña un ojo, y entra en clase como si nada hubiera ocurrido.

Y quizá sea así, para él. Pero para mí ha sido de gran ayuda. Así que comienzo a preguntarme por qué tiene fama de ser problemático cuando hasta ahora, no lo he visto hacer nada que no hagan los demás.

Y mi teoría habría ganado fuerza si no llega a ser porque, solo un par de días después, la profesora se queda pegada, literalmente, al asiento y toda la clase comienza a reír mientras ella no para de gritar y farfullar. Consigue levantarse medio inclinada y sale por la puerta, supongo que en busca del director.

En cuanto la puerta se cierra todos estallan en carcajadas y veo como algunos de los alumnos se acercan a Bran para chocar las manos o darle la enhorabuena por la broma.

Y entonces entiendo a qué se refería la profesora con lo de separarlos. Si eso se le ha ocurrido a él solo, ¿que hubieran hecho si fuera un grupo entero?

El director del colegio entra visiblemente enfadado seguido de una profesora arqueada y con el trasero aún pegado a la silla y todos tenemos que hacer un esfuerzo por no reírnos de la situación.

El director camina directamente hacia el pupitre de Bran, le dice algo que no alcanzo a entender y acto seguido se levanta de la silla, coge su mochila y camina con tranquilidad hacia la puerta, parando solo un momento para girarse y sonreír a la clase mientras hace el saludo militar.

Y por una fracción de segundo, me busca con la mirada y cuando nuestros ojos se encuentran, me guiña un ojo antes desaparecer por el pasillo.

Capítulo 3

Ahora. Unos meses después

Suena el timbre y los niños salen a la carrera hacia el patio con sus meriendas.

Normalmente engullen con ansia lo que sus padres les han preparado para poder disponer más tiempo para jugar antes de que toque volver a entrar en el aula.

Salgo detrás de ellos con mi pequeña bolsita de tela y busco por el patio hasta dar con él.

El pequeño Ian llegó hace solo unos meses al colegio pero sentí que algo no iba bien prácticamente desde el principio. El niño no era feliz, eso es algo que se nota. Además, suele venir mal vestido y en más de una ocasión no trae merienda, de ahí que lo esté buscando.

Ian está sentado en un rincón del patio, donde casi nadie puede verlo, supongo que no quiere que los demás vean que no tiene nada que comer. Es pequeño, pero los niños a su edad ya se dan cuenta de muchas cosas.

Me acerco hacia él y me siento a su lado.

—¿Cómo estás, Ian?

—Bien —dice el niño mientras se abraza las piernas con las manos y sin dejar de mirar al suelo. En ese momento su estómago ruge y veo como aprieta los ojos.

—¿Tienes hambre cariño? —pregunto con todo el tacto del mundo.

El niño asiente una sola vez sin levantar la mirada.

Aprieto los labios y guardo mis pensamientos para mí mientras meto la mano en la bolsita de tela.

—¿Sabes? Vas a tener que hacerme un favor.

Ian levanta la mirada por primera vez y me mira con ojos inquisitivos.

—Es que esta mañana estaba muy dormida y, sin darme cuenta, me he preparado dos bocadillos, en lugar de uno. —Pongo mis ojos blanco y aparento haberme equivocado—. ¿Podrías comerte tú el segundo? Es que si no se echara a perder, y es una pena.

Los ojos de Ian se vuelven un poco más brillantes y una pequeña sonrisa se dibuja en su cara.

—¿Entonces? ¿Me ayudarás? —pregunto con inocencia y le entrego el bocadillo extra que cada vez traigo con más frecuencia, mientras pienso en las siguientes excusas que pondré.

El niño agarra el bocadillo, le quita el papel que lo envuelve y comienza a comer con ganas, lo que me hace preguntarme cuándo fue la última vez que comió y siento como mi estómago se encoge ante

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos