Diosas

Niké de Samotracia

Fragmento

cap

PREFACIO

En la mitología griega las mujeres son las grandes castigadas, ya sea como víctimas de los deseos incontrolables de los dioses o por la ira que provocan los celos de las propias diosas hacia las mortales. Cuando los dioses quisieron escarmentar a los hombres, lo hicieron en forma de mujer: crearon a Pandora y esta abrió la caja que contenía todos los males, lo que la convirtió en la culpable de todas las desgracias de la humanidad. Pero no debería extrañarnos, pues, al fin y al cabo, los textos que narran los mitos están escritos por hombres...

Diosas, en cambio, da voz a las mujeres, sin cambiar las fuentes originales, y pretende que empatices con ellas, porque no son culpables de nada de lo que les sucede, sino víctimas de una sociedad en la que el hombre estaba por encima de la mujer. Ellas son las maltratadas, las violadas, las acosadas, las raptadas, las transformadas en todo tipo de cosas y las castigadas por su belleza.

Este libro no tiene más ambición que la de ser una recopilación de las fuentes clásicas más importantes, para que te adentres en un mundo maravilloso y fascinante, donde todo se regía conforme a la voluntad de los dioses, que tenían un papel primordial en los comportamientos y decisiones humanas.

El objetivo es suscitar el interés por la Antigüedad clásica, y está narrado en primera persona para hacerte partícipe directo de sus intrincadas historias. Se recogen los testimonios tanto de las inmortales como de las mortales, porque, en definitiva, todas las mujeres son diosas.

Los antiguos griegos poseían una mitología tan rica que quizá haya que hablar en plural, de mitologías, pues, según qué poeta narre cada mito, existen diferentes versiones y tradiciones.

Los dioses imponían justicia y se encargaban del buen gobierno, tenían sentimientos como el amor o la ira, encarnaban valores y virtudes y su antropomorfismo los hacía más cercanos, pero también mostraban sus debilidades. Se podría decir que eran dioses humanizados y con sus intervenciones castigaban o protegían a los mortales.

Los mitos servían para explicar fenómenos de la naturaleza —como por ejemplo el ciclo de Deméter, directamente relacionado con la germinación, el crecimiento y la maduración del trigo— en una cosmovisión helénica muy particular. Constelaciones, estrellas, la Vía Láctea…, existe toda una mitología del firmamento en la que metaforizaron, por analogía icónica, los cuerpos celestes con lo que ellos conocían. Todas las historias de héroes, semidioses, objetos como la lira, el altar, la corona de Ariadna (que no es otra que la Corona Boreal), animales y todos los signos del zodíaco que conocemos tienen una explicación mitológica detrás, llamada «catasterismo», es decir, su colocación entre las estrellas. Además, los mitos también servían para ofrecer un modelo de conducta humano.

Incluso hoy en día estamos rodeados de mitología: por ejemplo, las plantas y las flores —la menta, las rosas, el jacinto, el girasol, las violetas…— surgen de transformaciones en el paso de la vida a la muerte, como la sangre de Adonis que se transforma en anémonas o la flor del narciso, que toma su nombre del personaje que se enamora de su propio reflejo.

En un primer momento, los mitos fueron narraciones orales que, evidentemente, iban modificándose con el paso del tiempo y las variaciones que los poetas iban introduciendo. Más adelante, Hesíodo y Homero plasmaron estos grandes mitos en sus obras. En la Teogonía, Hesíodo nos cuenta el origen del mundo, las genealogías de los dioses, la configuración del panteón olímpico, la creación de la primera mujer (Pandora) y de los mortales, todos ellos gobernados por los dioses. Homero, por su parte, nos dejó la Ilíada y la Odisea, consideradas como las principales epopeyas del mundo griego.

Los antiguos griegos tenían tan presentes a los dioses que los respetaban también pensando en el Más Allá. La idea de que morir era un viaje y que disponer un entierro honroso aseguraba que el alma pudiese descansar estaba profundamente enraizada en sus creencias religiosas.

La mitología griega, a través de las obras literarias que hemos comentado antes, ha ejercido una amplia influencia sobre la cultura en general y el arte en particular. Contamos con representaciones mitológicas en cerámica, escultura, pintura y arquitectura, así como con los templos dedicados a las diferentes deidades.

En el Partenón, destinado a albergar la colosal estatua crisoelefantina de Atenea Pártenos, y que fue un símbolo de la victoria de los griegos sobre los persas, se plasmó la historia mítica del Ática en cada uno de los frontones; en el frontón oriental se esculpió el nacimiento de Atenea de la cabeza de Zeus en presencia de los dioses; en el otro frontón se escenificó la lucha entre Posidón y Atenea por la soberanía de Atenas. En el largo friso se esculpieron trescientos setenta personajes que participaron en las Panateneas, la fiesta principal de Atenas. Los ciudadanos libres de Atenas aparecen recibidos por héroes y dioses. Las noventa y dos metopas narran la Gigantomaquia y la Amazonomaquia, así como la Centauromaquia y la guerra de Troya. El Partenón es uno de los edificios religiosos más importantes para los griegos y en él la mitología está más que presente, del mismo modo que lo estaba en la vida cotidiana.

No hay que caer en el error de que los romanos cogieron los mitos de los griegos y cambiaron el nombre de sus dioses como si de una copia se tratase, pues, aunque es cierto que ambas mitologías coexistieron y tuvieron influencias una sobre la otra, los romanos no explicaban los orígenes universales, sino los del género humano, y en particular los de su estirpe. Como veremos en el capítulo dedicado a la guerra de Troya, los romanos se consideraban descendientes de los dioses a través de Eneas, quien tras la destrucción de Troya huyó junto a un pequeño grupo de ciudadanos hasta otras tierras, donde nacería la nueva estirpe romana.

Lo que hicieron los romanos, a partir del siglo I a. C., fue adaptar y reelaborar las bases de los mitos importados de Grecia para dar forma a otros nuevos que fuesen asimilados y tolerados por la mayoría mediante la interpretatio, por la que equiparaban divinidades extranjeras con sus propios dioses, basándose en su iconografía, sus atributos y el estatus de la divinidad. Por ejemplo, tanto Zeus como Júpiter son gobernantes divinos del mundo, pero ni este ni los demás eran exactamente iguales a sus correspondencias griegas. Además, los romanos tenían algunos dioses propios, como Jano, los lares, Carmenta, Flora o Vortumno, entre otros.

La religiosidad griega y la romana eran muy diferentes. Para los romanos sería impensable realizar un sacrificio a una única divinidad; ellos invocaban a varios dioses, porque su gran poder era que el trabajo en equipo ayudaba a resolver un problema concreto.

Si nos fijamos en la iconografía de los dioses, cada uno de ellos se puede distinguir por unos atributos que los caracterizan y les son propios; esto nos viene muy bien para poder reconocer de qué divinidad o héroe se trata en las representaciones artísticas:

• Zeus: Dios con poder supremo que gobierna a los dioses del cielo. Sus atributos son el águila y el rayo.

• Hera: Diosa del matrimonio, de la fecundidad y la maternidad. Se la representa con una diadema de reina. Su atributo es el pavo real.

• Atenea: Diosa de la guerra, de la sabiduría, de la razón y de los artesanos. Sensata, defensiva y justa, sus atributos son la lechuza, la lanza, la égida, el casco y el escudo con la cabeza de la gorgona Medusa.

• Posidón: Dios del mar, de las turbulencias marinas y las tempestades. Sus atributos son el caballo, el tridente, los delfines y los hipocampos.

• Hades: Dios del Inframundo junto con Perséfone. Sus atributos son el casco de piel de perro, el can Cerbero y la granada.

• Ares: Dios de la guerra bruta, siempre en actitud belicosa. Sus atributos son el casco, la espada y la coraza.

• Deméter: Diosa de la agricultura, de la fertilidad, de los cultivos del trigo y los cereales. Sus atributos son la espiga y la cornucopia como símbolo de la abundancia.

• Apolo: Dios de la belleza masculina, de la poesía y la música. Identificado con el dios Sol, es una deidad profetizadora. Sus atributos son el arco, las flechas y la lira, que fue un regalo de Hermes.

• Ártemis: Diosa de la caza y del bosque. Se la identifica con la diosa lunar. Sus atributos son el arco y las flechas, la lanza, el perro, el ciervo y una luna en la frente.

• Afrodita: Diosa del amor y de la belleza (desde el juicio de Paris). Sus atributos son la concha, las palomas, las rosas y el mirto.

• Hermes: Dios de los viajeros y del comercio, mensajero de los dioses y de las almas (psicopompo). Sus atributos son las sandalias aladas, el sombrero alado (pétaso), la clámide y el caduceo.

• Hefesto: Dios del fuego y de las artes metalúrgicas. Sus atributos son el yunque, el martillo y las tenazas.

• Dioniso: Dios del vino y las bacanales, de la agricultura y la fertilidad. Sus atributos son el vino, las uvas, el tirso, la corona de pámpanos y la piel de leopardo.

Espero que disfrutes de la lectura de este libro y que cuando veas una obra artística, bien sea pintura, escultura, arquitectura o cerámica, puedas reconocer a los dioses o al mito que representan.

Bienvenido al Olimpo y que los dioses te acompañen.

CAPÍTULO I

EL ORIGEN

Del dios primordial Caos surgieron Érebo y Noche. Estos engendraron a Éter y Día. Noche engendró a Moro, Cer, Tánato, las Hespérides, las Moiras o Parcas, Némesis y Eris además de otras abstracciones. La diosa primordial Gea engendró a Urano y Ponto. Tártaro y Eros son los otros dos dioses primordiales que brotaron por sí mismos.

Cantaré a la Tierra, madre de todas las cosas, bien cimentada, antiquísima, que nutre sobre la tierra todos los seres que existen: cuantos seres se mueven en la tierra divina o en el mar y cuantos vuelan, todos se nutren de tus riquezas. De ti proceden los hombres que tienen muchos hijos y abundantes frutos, oh venerable; a ti te corresponde dar y quitar la vida a los mortales hombres. Feliz aquel a quien tú honras, benévola, en tu corazón, pues todo lo tiene en gran abundancia. Para hombres tales la fértil tierra se carga de frutos, en el campo abunda el ganado, y la casa se les llena de bienes; ellos reinan, con leyes justas, en ciudades de hermosas mujeres, y una gran felicidad y riqueza los acompaña; sus hijos se vanaglorian con pueril alegría; las doncellas juegan y saltan, con ánimo alegre y en coros florecientes, sobre las blandas flores de la hierba. Tales son los que tú honras, veneranda, pródiga diosa.

Salve, madre de los dioses, esposa del estrellado Cielo. Dame, benévola, por este canto una vida que sea grata a mi ánimo; mas yo me acordaré de ti y de otro canto.[1]

Antes de la creación del mundo tal y como lo conocemos existía el Caos, el Vacío primordial, donde nada conservaba su forma y donde el Orden no había hecho todavía su aparición.

Mi nombre es Gea, soy la Madre Tierra. Nací después de Caos y antes de Eros, el más bello de entre todos los dioses inmortales; en lo más profundo de mí vive el sombrío Tártaro. Hoy vengo a contaros el origen del mundo.

Del Caos nacieron Érebo (las Tinieblas infernales) y Nyx (la negra Noche), de la que surgieron Éter y Hémera, la Luz del Día, como fruto de sus encuentros amorosos con Érebo.

Yo necesitaba un compañero que me cubriese cada noche y fuese un lugar perfecto para los dioses; así que, a través de partenogénesis —es decir, sin intervención de ningún elemento masculino—, di a luz al estrellado Urano, el Cielo, y con él engendré la principal familia divina, la primera generación de dioses.

Pero antes de tener mi descendencia junto a Urano, necesitaba dar origen a las grandes montañas, que serían el hogar de las ninfas, y a Ponto, la personificación masculina del Mar.

Todo estaba en pacífica armonía, el viento era puro y el agua me rodeaba con sus largos brazos; fueron apareciendo fuentes naturales, estanques y lagos, ríos que fluían hacia el mar y playas que se fundían en mí.

Las estrellas se encendieron y habitaron la bóveda celeste para iluminar con sus bailes centelleantes todas mis regiones.

GEA Y SU DESCENDENCIA

I. GEA Y URANO

Gea y Urano engendraron a los tres cíclopes: Arges, Estéropes y Brontes; a los tres hecatónquiros: Coto, Giges y Briáreo (también conocido como Egeón); a los seis titanes: Océano, Ceo, Crío, Hiperión, Jápeto y Crono; y a las seis titánides: Tea (también conocida como Tía), Rea, Temis, Mnemósine, Febe y Tetis.

II. GEA Y PONTO

Gea y Ponto engendraron a Nereo, Taumante, Forco, Ceto y Euribia.

Uniéndome con Urano tuvimos una descendencia de doce hijos que ya no eran potencias primordiales como nosotros, sino dioses propiamente dichos. Esta primera generación la forman los titanes y las titánides.

Tuvimos seis hijos y seis hijas; los titanes: Océano, Ceo, Crío, Hiperión, Jápeto y Crono; y las titánides: Tea, Rea, Temis, Mnemósine, Febe y Tetis.

Crono, el más joven y terrible de todos ellos, lleno de odio hacia su padre, jugará un papel crucial que os contaré más adelante.

Por otra parte, también di a luz a los vigorosos y fuertes cíclopes, tres divinidades relacionadas con el rayo, los relámpagos y el trueno. Sus nombres son Brontes, Estéropes y Arges. Su aspecto era similar al de los primeros dioses, pero se diferenciaban de estos en que tenían un solo ojo en medio de la frente; y de ahí, por eponimia, les viene el apelativo de «cíclopes», que significa, «ojo circular».

Y aunque por superstición no debería nombrarlos, también engendré unos grotescos y violentos hijos; cien brazos y cincuenta cabezas salían de los gigantescos hombros de los hecatónquiros, llamados Coto, Briareo y Giges.

En cuanto Urano vio a estos terribles seres, los odió profundamente y los repudió. Cada vez que nacía un hijo monstruoso, le impedía volver a ver la luz introduciéndolo de nuevo dentro de mi seno sin dejarlos salir.

La fuerza que tenían, mezclada con la ira hacia su padre por castigarlos para siempre en la oscuridad, hacía que yo sufriera intensos dolores cada vez que se agitaban salvajemente dentro de mí.

No podía soportarlo más, necesitaba liberar a mis hijos y castigar al Cielo, su padre, por el comportamiento infame que tuvo hacia nosotros. Pero ¿cómo podría conseguirlo?

Me llevó unos días maquinar un plan que resultase perfecto, pero necesitaría ayuda..., una ayuda que solo podía pedir a mis otros hijos.

Afligida en mi corazón y consciente de que no sería tarea fácil, fui rogándoles uno a uno el apoyo necesario para vengar el ultraje de su padre.

Pero fue en vano, pues el miedo que le tenían impidió que me ayudasen, por más que yo se lo implorara. Solo Crono, el más joven y valeroso de todos, me dijo:

—Madre, cuente conmigo. Odio a mi progenitor con todas mis fuerzas, y fue él quien empezó toda esta obra indigna de un padre.

Sentí alivio y a la vez temor: ¿me ofrecía su ayuda para que pudiera vengarme de su padre o lo que él quería era el poder de reinar en el mundo?

Le conté el plan que había meditado y preparado al milímetro, donde no tenía cabida el más mínimo error, mientras dejaba una hoz dentada de blanco acero sobre su mano.

—Esta noche, cuando el Cielo deseoso de amor me cubra por todas partes y escuches sus rugidos, sal de tu escondite y con esa hoz de afilados dientes le cercenas los genitales a tu padre.

Ni una sola mueca de asombro asaltó el rostro de Crono, que asintió con la cabeza mientras me miraba con un brillo en los ojos que me hizo estremecer.

Por fin llegó Urano trayendo la noche y me cubrió por completo; Crono salió de su escondite llevando en la mano derecha la larga y terrible hoz que yo le había entregado y a toda velocidad, sin pensárselo dos veces, segó los genitales de su padre y los arrojó hacia atrás.

Giorgio Vasari, Crono castrando a su padre Urano.

Recogí con cuidado todas las gotas de sangre que cayeron sobre mí y con ellas di a luz a las erinias, que no tienen más ley que la de ellas mismas, y cuya misión es atormentar y castigar a quienes cometen crímenes contra su propia familia; a las melíades o ninfas de los fresnos y a los gigantes. Estos últimos son mortales a pesar de su origen divino, y para darles muerte es necesaria la intervención conjunta de un dios y un mortal, pero esta historia os la contaré más adelante.

El miembro cercenado de Urano cayó al mar y, abatido por grandes olas, salió de él una blanca espuma con la que se formó una hermosa joven: Afrodita, quien navegó hacia Citera y de allí se fue a Chipre acompañada de Eros.

Sandro Botticelli, El nacimiento de Venus.

Crono, junto con su hermana Rea como esposa, se proclamó rey de los titanes y liberó a sus hermanos de mis entrañas.

Después de la mutilación de Urano, me uní con Ponto, «la Ola», uno de mis hijos primitivos, y con él nacieron cinco divinidades marinas primordiales: Nereo, un dios benévolo para los marinos y padre de las nereidas; Taumante, padre de las harpías y de la veloz Iris; Forcis y Ceto, que engendraron a las grayas y a las gorgonas (Euríala, Esteno y Medusa); y a Euribia. También concebí a la monstruosa Equidna, quien junto a Tifón daría a luz a otros monstruos: el perro Orto, el terrible e infernal Cerbero, la hidra de Lerna (madre de Quimera) y al terrible dragón Ladón.

Al mismo tiempo, la Noche junto con Érebo engendró a Moro, el destino; a las keres, espíritus femeninos de la muerte y diosas de la muerte violenta; a Hipno y a Tánato, el sueño y la muerte sin violencia; al doloroso Lamento y a las hespérides, cuya función era vigilar, junto con el mencionado Ladón, un jardín de cuyos árboles brotaban manzanas de oro. La Noche también engendró a las moiras, las tejedoras del destino: Cloto, que creaba la vida a través del hilo de su rueca; Láquesis, que medía con su vara la longitud del hilo; y Átropo, que cortaba el hilo de la vida.

Además, de la Noche surgieron Némesis (la venganza), Engaño, Afecto, Vejez y Eris (la discordia), quien a su vez dio a luz a la Fatiga, el Olvido, el Hambre, el Dolor, la Falsedad, la Masacre, la Lucha, la Ambigüedad, la Mala Ley, la Ofuscación y también a Horco, que era la personificación de los juramentos, velaba por su cumplimiento y castigaba el perjurio.

Por su parte, mi hija Tetis se unió con Océano y dio origen a los ríos (Nilo, Alfeo, Erídano, Aqueloo, Nadón…) y a las ninfas de fuentes y árboles que cuidan de mí y de las profundidades del mar.

Del mismo modo Tea, enamorada de su hermano Hiperión, engendró a Helios, a la brillante Selene y a Eos: la tríada sol-luna-aurora.

Tras derrocar a Urano, mi hijo Crono reinó en el mundo y pronto se manifestó como un tirano, igual o peor que su padre: volvió a encerrar en el Tártaro a sus hermanos, los cíclopes y los hecatónquiros.

Pero yo no iba a permitir otra vez esta afrenta y ansia de poder, así que planeé otra revolución para liberarlos.

Crono se casó con su hermana Rea y engendró gloriosos hijos, una nueva generación de dioses: Hestia, diosa del hogar; Hera, diosa de la fidelidad y el matrimonio y reina del Olimpo; Deméter, diosa de la agricultura; Posidón, dios de los océanos; Hades, dios del Inframundo; y Zeus, dios de los cielos y rey de los dioses del Olimpo. Crono era el dueño del Universo, pero no tenía ni mi sabiduría ni mi conocimiento del porvenir, así que, como si de un oráculo se tratase, profeticé lo que iba a ocurrir: «Crono, de la misma manera que tú derrocaste a tu padre, un hijo tuyo te destronará a ti y será el rey de todos los dioses».

Crono, identificado posteriormente en Roma como Saturno, temeroso de que mis palabras se cumpliesen, cada vez que mi hija Rea daba a luz a un hijo suyo, él se lo comía. Devoró a la primogénita Hestia, después a Deméter y Hera, y tras ellas a Hades y Posidón.

Mi hija Rea estaba tan angustiada y furiosa que, estando embarazada del último, de Zeus, me pidió ayuda y yo le dije que diese a luz por la noche y en secreto en una cueva de Dicte, un monte de Creta, y que entregase el bebé a los curetes y a las ninfas Adastrea e Ida, para que lo criasen. Y así lo hizo. Las ninfas alimentaron a Zeus con miel y leche de la cabra Amaltea y los curetes lo custodiaban golpeando sus escudos con las lanzas cada vez que Zeus lloraba, para que Crono no lo oyese. Como cada vez que daba a luz a uno de sus hijos, mi hija acudió a Crono para entregárselo, pero esta vez no fue un niño lo que le ofreció, sino una roca del tamaño de un recién nacido envuelta en pañales. Crono se tragó la piedra sin darse cuenta del engaño, creyendo que devoraba al niño Zeus.

Francisco de Goya, Saturno devorando a su hijo.

Rea entrega a Crono una piedra envuelta en pañales.

De esta manera, Zeus estaba a salvo y la profecía seguía su curso para que se cumpliesen los destinos. Pasó el tiempo y Zeus se hizo adulto con la idea de vengar a sus hermanos. Pidió ayuda a Metis, hija de Océano, que le proporcionó un brebaje que haría vomitar a Crono todos sus hijos; al mismo tiempo solicitó a su madre, Rea, que le hiciese copero de Crono, a lo que ella accedió de buen grado. Crono no sabía que el copero era en realidad su hijo, así que se bebió el elixir dulce que le ofreció; de pronto empezó a encontrarse mal y lo vomitó todo: primero la piedra y luego a cada uno de los hijos que se había tragado, ilesos y ya adultos.

Zeus exigió a sus hermanos y hermanas que, en agradecimiento por haberlos salvado de la oscuridad, se uniesen a él para encabezar una guerra contra los titanes, que sería conocida como la Titanomaquia. Todos los dioses pactaron un juramento de lealtad sobre un altar para combatir junto a Zeus y, una vez alcanzado su objetivo, los dioses catasterizar

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