Nubes de arcilla

Estefanía Herranz

Fragmento

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Mía sale de casa dando un portazo fuerte y seco, algo bastante habitual en ella. No lo hace por miedo a que quede abierta, ni mucho menos, sino porque una voz en su interior siempre le dice que la fuerza que utiliza nunca es suficiente. ¿Debería decodificarla? Últimamente escucha mucho a esa voz y no sabe por qué, ya que se considera una mujer muy afortunada. Tiene un trabajo que le gusta, una familia que la adora y unas amigas incondicionales. En fin, lo que se podría denominar una vida cómoda y feliz, sin embargo, siente que todo eso no es suficiente. Esa voz, que cada vez entiende un poco mejor, fue la que la animó a que se apuntara a clases de cerámica. Al principio iba sin mucha fe, tan solo para intentar distraer ese sentimiento que la ahogaba, pero ya lleva dos años non stop y sin intención alguna de dejarlas.

De camino a clase va en este preciso momento. Como cada martes y jueves, recorre la distancia que separa su piso del taller de Nunchi con la ilusión de una niña pequeña. A ratos acelera el paso porque no puede esperar a reencontrarse con sus compañeras, que son tremendas, y también con ella misma. Desde luego, para ella no hay mejor terapia que la cerámica. Trabajar con las manos y concentrarse para que la pieza salga bien son sensaciones increíbles. No siempre sucede, claro, pero ella al menos pone todo de su parte. Como con todo lo que hace en esta vida.

Mía no quiere restarles valor a las terapias tradicionales. De hecho, no le vendría nada pero que nada mal ir al psicólogo durante una temporada, pero es que cuando sale de cerámica se siente tan liberada y ligera que los problemas desaparecen de un plumazo. El peso con el que entra al taller parece esfumarse nada más tocar el barro húmedo, y no sabe si la terapia la aliviaría de igual modo.

Llega con tiempo de sobra, cosa poco habitual en ella, así que aprovecha esos minutos extra para pedirse un café en un Starbucks mientras piensa en lo poco cafetera que es si es capaz de beberse la mierda que venden allí. A los pocos minutos sale por la puerta con una sonrisa de oreja a oreja y abrasándose los labios con la lava volcánica sabor latte con canela.

Hoy se encuentra genial. Luce el sol, no tiene temas de trabajo pendientes con los que amargarse el día y una pieza que le encanta está esperándola en el taller para continuar esa pequeña historia de amor que arranca cuando comienza a darle forma a algo nuevo. Todo es perfecto. Como ha tenido que tomar un pequeño desvío para ir a por el café, pasa sin querer por delante de un restaurante que la traslada de nuevo a ese infierno emocional que se empeña en no dejarla en paz. Con lo contenta que estaba ella, oye. En la puerta, con la persiana medio cerrada, hay una chica limpiando. Mira el reloj, son las seis de la tarde. «Se estarán preparando para el turno de noche», piensa.

Mía nunca ha tenido suerte con sus parejas. Cada hombre que ha llegado a su vida ha seguido alimentando la inseguridad que ya de por sí siente cada vez que se enfrenta al amor. Desea encontrar a un hombre que la quiera, con el que construir una relación sana y que no desaparezca en cuanto ella pronuncia la palabra «compromiso». Con todo, ella nunca pierde la esperanza.

Se sacude los pensamientos intrusivos justo cuando llega a su destino. Toca al viejo timbre del portal del barrio de Gracia y, tras empujar la pesada puerta de madera con el hombro, se dirige hacia el ascensor. En vez de llamarlo, decide subir por las escaleras.

Entra a clase, saluda a las chicas de forma cantarina y casi sin aire por haber subido los dos pisos a pie. Estas responden con un aplauso espontáneo, ya que les había dicho que quizá hoy no pudiera venir por un problema en el trabajo, pero al final lo ha solucionado.

—¿Y Paula? —pregunta Mía al ver que solo falta ella, que suele llegar tarde por algún tema con los niños o el marido—. No ha dicho nada en el chat, ¿no?

—Estará solucionando algún problema en Casa Manicomio —contesta Alicia con una carcajada, mezcla de ironía y maldad.

Casa Manicomio es como llaman a la casa de Paula, que, según ella, siempre está patas arriba por culpa de dos gremlins que arrasan con todo y de un marido que, la verdad, participa entre poco y nada en las tareas del hogar.

—Pero bueno, eso es lo de menos ahora mismo —dice de nuevo Alicia con cierto tono burlón justo antes de girarse hacia María—. Lo que queremos es que nos cuentes tu cita de ayer ahora que estamos casi todas.

—¡Buf! A eso iba… Dejadme que saque mi bol y os lo cuento todo —contesta María mientras se agacha para coger su recipiente a medio modelar de la estantería de madera donde colocan las piezas después de clase.

—Dejá, que te ayudo —le dice Nunchi, y entre las dos sacan la pieza de una bolsa en las que meten las obras aún sin terminar para que no se sequen.

Nunchi siempre está dispuesta a ayudar. Ninguna de las chicas entiende cómo no se cansa de ellas después de tener que aguantar dos días a la semana ese gallinero anárquico que han montado. Soporta sus malos días con una sonrisa en los labios y encima sigue poniendo todo el amor del mundo en cada pieza que hacen. Les guste o no el resultado a sus alumnas (cada pieza tiene sensaciones y procesos muy diferentes), ella siempre le ve el lado bueno. ¿Que no les gusta como lámpara? Pues se reconvierte en jarrón. Ningún problema. Y así con todo. Ella es lo que viene siendo un ser de luz.

—Os juro que os lo quería adelantar por WhatsApp, pero es que prefería contároslo en persona. De verdad, no se puede tener más mala suerte con los tíos… —adelanta María.

—A ver, ¿qué ha pasado ahora? —pregunta Julia algo incrédula—. Seguro que no es tan malo. Si total, era una cita sin demasiadas expectativas.

—¿O no? —tercia Alicia, de nuevo con tono burlón.

—A ver, un poco de silencio, por favor, que empieza mi novela. —Mía las manda callar de una vez.

—Bueno, os cuento —comienza María—. Resulta que el tío me invita a su casa. Yo acepto porque ya nos habíamos tomado un par de cervezas el otro día. Me dice que me prepara la cena y no sé qué rollos…

—¡Por lo menos te salvaste de cocinar ayer! —Mía se salta su propia norma de no interrumpir.

—Eso es verdad, la cena estuvo de muerte. Hizo en la parrilla diferentes tipos de cortes de carne. Se notaba que el tío sabía lo que hacía. Abrió un vinito, y empezamos que si copa va, copa viene… Unos besos tontos y, bueno, al final me entregué a la causa.

—Uy, qué raro… —suelta Alicia riéndose entre dientes.

—No sabéis lo bien que besaba… —María ignora el comentario de su amiga—. O sea, un dios del beso. Hacía tiempo que no me encontraba con un tío tan entregado. Pero, claro, ese fue el principal motivo por el que caí en la trampa…

—Pero ¿qué trampa? —pregunta Julia y levanta la vista de su pieza.

—A ver, estábamos en el sofá más calientes que la parrilla de la cena. De pronto se saca la ropa, me quita el jersey… Va­mos, lo típico. Y cuando eso está a punto de empezar… —Suspira profundamente—. Pues la nada misma, chicas.

—¿Cómo que la nada misma? —pregunta Nunchi inocente.

—¡Pues que la tenía pequeña! —contesta Alicia adelantándose a María.

—Qué desgraciada sos…

—Pequeña no… —puntualiza María, que deja de trabajar en el bol y mira a las cinco—. Micropene. O sea, mi-cro-pe-ne. No me había pasado eso en la vida. —Luego baja de nuevo la mirada y continúa trabajando en la pieza.

—Pues a mí sí —dice Alicia—. Y es un desastre, lo confirmo.

—A eso voy —retoma María—. Es que no podía ser un tipo más ideal. Divertido, cocinitas, good kisser… ¿Qué malo podía pasar? Pues eso, el peor polvo de mi vida. Y, claro, eso ya no lo remonta ni la grúa más grande del mundo… No hay manera.

—Desde luego que no, confirmo de nuevo —añade otra vez Alicia.

—Me da rabia porque, joder, con lo que cuesta conseguir un hombre completo… Qué digo completo… ¡Normal! Y resulta que, cuando encuentro uno, ¿tiene que tener un cheeto de polla? Me niego. O sea, nunca podría tener una relación así, vosotras me conocéis.

—Está claro, te entendemos —dice Mía sin dejar de lijar el jarrón que tiene entre las manos.

María resopla indignada antes de continuar.

—Y nada, no me quedé a dormir, le dije que tenía que madrugar. Hoy me ha escrito, y yo, cri-cri. Lo he dejado en visto. Luego le tendré que responder porque la verdad es que, en el fondo, me sabe fatal.

—Pero pobre chico… —dice Nunchi haciendo alarde de su inagotable empatía—. ¿Le pasará lo mismo con todas?

—Pues, hombre, no sé… Habrá alguna a la que le compensen las demás cosas. En mi caso…, pasopalabra.

—Creo que son muy drásticas, chicas… —insiste Nunchi—. ¿No creen que podrían enamorarse de un pibe así a pesar de eso?

—¿Sinceramente? No —responde Alicia de forma categórica.

—Nunch, por favor… —replica María.

—A ver, yo creo que es un sesenta-cuarenta —interviene ahora Julia—. Sesenta emocional, sentido del humor, carácter…, y cuarenta atracción física y sexual. Si ese cuarenta no va…, para mí es imposible que funcione nada.

—Totalmente agree, hermana —dice Mía soltando la pieza con una mano y haciendo el signo de la victoria con la otra.

—Hombre, es que ya os digo que, aunque lo fuerces, a la larga no sale bien —insiste María.

—Pero así, en global, opino que no es de tus peores citas… —Mía intenta aguantarse la risa—. ¡Por lo menos cenaste!

A Alicia se le escapa una sonora risotada.

—Con el de las manos pequeñas ni eso… ¡Que te recuerdo que te fuiste en mitad de la cena y ahí lo dejaste desamparado, al pobre!

—¡Un momento, un momento! —interrumpe Julia—. Yo me perdí la historia del de las manos pequeñas… ¿Qué cojones pasó?

—Pues nada, que tenía las manos pequeñas —resume Alicia entre risas.

—A ver, a ver, que no era solo por las manos…, pero es que era como si no correspondieran con su cuerpo. Las veía agarrando los cubiertos y os juro que me entraban escalofríos. Y no me digáis que soy exquisita porque me he comido cada cosa… que telita. Tan solo pido un poco de proporción corporal, por favor.

Todas estallan en una carcajada con las ocurrencias de María, aunque en realidad están bastante de acuerdo con ella. Sobre todo Mía, que siempre ha pensado que hay cosas que sí o sí bajan la libido o el sex appeal de golpe, y eso ya no hay forma de remontarlo. Con la atracción sexual es o blanco o negro, sin medias tintas. Y seguramente por este lema tan maravilloso a la par que manido acaba metiéndose siempre en esos jardines sentimentales.

Mientras están riéndose de los problemas de proporción corporal de las citas de María, Paula abre la puerta y entra sofocada.

—Madre mía, ¡qué follón, qué follón! —dice quitándose el abrigo y poniéndose el delantal—. He venido de milagro…

—Qué raro… —canturrea Julia entre dientes mientras alisa un pedazo de barro con un rodillo para hacer una nueva pieza.

—Ya sé que siempre vengo con la misma cantinela, pero es que por favor… Llego de la farmacia molida y lo único, lo único —remarca señalando la mesa donde están todas al tiempo que se acomoda el delantal con la otra mano— que pido es que les prepare una mísera merienda y los duche. ¿Y qué me encuentro cuando llego? A dos niños con el uniforme del cole sentados en el sofá comiendo Doritos. —Suspira desesperada—. ¿Es o no es para llamar a los servicios sociales? ¿Eh?

—Es huevón huevón… —replica Alicia.

—Ya no sé ni lo que estaba haciendo el jueves pasado. —Pau­la intenta calmarse un poco mientras va en busca de su pieza.

—¿El jarrón con apliques? —intenta recordarle Nunchi.

—¿No era un candelabro? —Se lleva las manos a la cabeza como si se le estuvieran escapando las ideas por ella—. ¿Lo veis? Es que estoy loca perdida. Alzhéimer prematuro llamando a mi puerta.

Mía, como buena amante del humor negro, se ríe entre dientes del chiste de mal gusto.

—¿Viste? Era el jarrón. Te falta acabar estos detalles. —Nunchi le señala la parte superior de la pieza—. Y luego ya le hacés los apliques.

—¡Es que no me gusta!

—Alguien está de muy mala leche hoy… —murmura Julia con retintín.

—No, en serio, es feísimo —se defiende Paula—. ¿No lo veis? No se parece en nada al que vi en Pinterest. Vamos, igual que un huevo a una castaña.

—Yo no lo veo mal… —sale al rescate Nunchi—. Podés afinar la parte de arriba para que quede más esbelto y le hacés unas ondas tipo elemento marino…

—Nada, es que no lo veo… —se revuelve de nuevo Paula—. Es grande, tosco… ¡Es que tiene hasta forma fálica!

—¡Ojalá! —interviene de pronto Alicia—. ¿Verdad, María?

Todas estallan en una carcajada y centran sus miradas en la afectada a la espera de una réplica que no llega, ya que su única respuesta es una risa sarcástica.

—¿Qué me he perdido? —pregunta Paula, confundida.

—La verdad…, no mucho —responde María con la esperanza de aparcar el tema.

—En fin, le doy una oportunidad para intentar afinarlo y, si no…, pues pasará a mejor vida —concluye Paula—. ¿Nunca os rendís con las piezas? Siento que solo soy yo. Para unas cosas tanta paciencia y para otras tan poca…

—No seas tan dura contigo misma. —Nunchi vuelve a consolarla—. No pasa nada si no tenés el día. Arrancá un nuevo proyecto y verás que la energía cambia.

En eso Nunchi tiene razón. Cada pieza se hace con una motivación particular, para hacer un regalo, para decorar un rincón de la casa o para replicar una idea que se ha visto en internet. También cuentan mucho la emoción y la sensibilidad con la que se le va dando forma hasta hornearla. Hay todo un universo de opciones en función de la predisposición que nuestro cuerpo y nuestra energía vital tengan.

Nunchi saca del horno algunas piezas que tenía pendientes, entre ellas una jarra de María.

—Mery… —dice Nunchi—. No lo puedo creer…

—¿Qué pasa? —grita María, que se teme lo peor.

En el horno se corre el riesgo de que las piezas se dañen, se rompan o se resquebrajen, por lo que el horneado siempre se vive con ansiedad a la espera de que la pieza salga sana y salva. Pero en ocasiones no es así…

—Se ha quebrado un poco la parte de la base —anuncia Nunchi—. No creo que se rompa más, pero ya no te sirve de jarra porque seguramente pierda agua.

—Uy, uy, drama —dice Alicia.

—No me jodas… —se queja María—. Con lo ideal que me había quedado.

—No pasa nada, seguro que le encontrás en casa un rinconcito y le ponés flores secas —la anima Nunchi.

Ella, como siempre, contagiando al mundo con su positivismo. No es fácil canalizar las frustraciones cuando se lleva un tiempo trabajando en una pieza que no sale bien. Quizá la jarra le ha traído a la cabeza sus relaciones fallidas o le habrá jodido haber invertido tantas horas en una pieza que no acababa siendo lo que ella proyectó.

Las dos horas de clase pasan, como siempre, volando. Recogen y limpian todo y guardan las piezas en bolsas de plástico para que no se sequen.

Cuando terminan, Alicia invita a Mía a casa, pedir algo de cena y acabarse el vino que abrió el domingo. Son casi vecinas y muchas veces vuelven juntas y alargan la charla que han iniciado a la salida del taller. A Mía le gusta hablar con Alicia porque siempre le ofrece una opinión sincera y una visión muy práctica para resolver los problemas. Luego, por supuesto, no le hace ni caso. Pero lo importante es que su amiga da los mejores consejos del mundo.

Van caminando sin mucha prisa por las calles de Gracia cuando Alicia pregunta:

—¿Y qué? ¿Lo has visto esta semana?

—Sí, hija, sí… Lo veo todos los días. Es que es imposible no cruzarse con él. Y mira que intento no pasearme mucho por la ofi, pero tengo mil reuniones y siempre tiene que estar en alguna.

—Qué putada, tía… Pero tú con la cabeza alta y a lo tuyo. No te olvides de que él es el cabrón y el mentiroso en esta historia. Así que tú a lo tuyo y a seguir triunfando. Ya verás que en dos días te has olvidado de esta historia.

—Ya sé que siempre vuelvo al mismo tema, pero, en serio, de todas las conversaciones que tuvimos, ¿en ningún momento, pero en ninguno, se le ocurrió decirme que tenía novia? ¡Y novia desde hace vete tú a saber cuánto! —Alicia saca las llaves del bolso y abre la puerta de casa—. Oliver, mi compi, dice que a él le han dicho que lleva como dos años, pero, claro, como no tiene conocidos en la ofi tampoco puedo ponerme a investigar.

—No te preocupes, yo me encargo de eso. ¡Soy experta en el stalkeo!

—Buf, en realidad me da igual que sean dos meses o dos años. La misma mierda es. Es un mentiroso, y punto.

—¡Así se habla! ¡Y punto! Venga, vamos a ponernos un vinito y cambiamos de tema, que, si no, entramos en depresión en tres, dos, uno…

Alicia saca la botella de vino blanco de la nevera y dos copas del armario mientras Mía deja la chaqueta y el bolso en la mesa, y se sienta en el sofá con la confianza de quien ya se ha tomado muchos vinos entre estas paredes.

—Bueno, ¿y tú qué tal? —contraataca Mía—. ¿Sigues viendo a Julián?

Julián es un fiscal en la cincuentena que está totalmente prendado de Alicia. Ella, en cambio, todo lo contrario. Quedan de vez en cuando para cenar y pasan la noche juntos, ya que el hombre es una máquina en la cama, pero siempre en casa de él. Alicia ni siquiera lo invita a quedarse a dormir.

—Sí… —contesta sin mucha emoción—. Como siempre, a veces. Todo sigue igual. El pobre se emociona cuando nos vemos y me da un poco de penica. Aunque qué quieres que te diga, para un rato sí, pero para tener algo serio… No lo veo, la verdad…

—Gordi, he pensado que lo de la cena lo dejamos mejor para otro día —dice Mía de repente mientras se levanta y se pone la chaqueta—. Me acabo de acordar de que mañana tengo follón a primera hora en la ofi y va a ser un día muy largo.

Alicia trata de convencerla para que se quede un rato más, pero, como no lo consigue, se despiden después de intentar arreglar el mundo en lo que dura una copa de vino.

Cuando Mía sale a la calle, Alicia se asoma a la ventana:

—¡Eh! —le grita—. ¡Que le den al gilipollas ese! —Y luego hace un gesto obsceno con la mano y la boca imitando una felación.

Mía le responde con una carcajada mientras niega con la cabeza.

María ha vuelto a casa en bici recordando con una sonrisa la conversación sobre su última aventura. Una vez en la cocina, saca el jarrón de la tote bag y lo llena de agua. Efectivamente, el líquido se filtra por la base, unas gotas caen al fregadero. Así que lo vacía, friega unos cucharones de madera y los coloca dentro del jarrón. Se apoya en la encimera de la cocina y se queda apreciando su obra imperfecta. La verdad es que no sirve como jarrón, pero no por eso la iba a desechar, ¿no?

2

Unos meses antes

Mía lleva semanas escuchando que está a punto de entrar un jefazo nuevo en la oficina. No se ha anunciado formalmente, los directivos han preferido aprovechar el afterwork que ya tenían programado para que el equipo lo conozca en un ambiente más relajado. Cosas del Departamento de Personal, como siempre. En una de las salas del restaurante de moda del centro de Barcelona se han reunido unas veinticinco personas. Están todas de pie, con algo de comida en las mesas y una copa de champán o cerveza en la mano. Poco más.

Mía llega tarde, para variar, cuando ya se han hecho los corrillos. A lo lejos ve a Gloria, una compañera de despacho, que le hace señas con la mano para que se acerque al tiempo que dibuja una serie de muecas extrañas en la cara. Muy poco discretas, dicho sea de paso. En ellas se puede leer perfectamente: «Menudo fichaje ha hecho la empresa». No se refiere a la mejora de los balances del próximo mes, sino al tiarrón que tiene al lado y al que está a punto de presentarle.

—Mía, te presento a Jorge —le dice su jefe, que también se encuentra en el grupo—. Se incorpora la próxima semana.

Las miradas de ambos se cruzan durante un microsegundo, y a Mía el corazón le da un vuelco. En ese brevísimo instante tiene tiempo de darse cuenta de que el jefe nuevo es una mezcla perfecta entre ejecutivo de traje impoluto y teenager pícaro. Será por la falta de barba, que ella siempre ha estado con hombres más peludos y no está acostumbrada a esas caras angelicales que te pueden llevar al paraíso. Es guapo hegemónico, o sea, imposible que todas las chicas de la oficina, y algún que otro chico, no estén locas por el recién llegado. «Menudo cabrón debe de ser», piensa nada más estudiarlo. Y es que su lema siempre ha sido que no se puede tener todo en la vida, así que un carácter de mierda compensará esa cara y ese cuerpo.

—Encantada y bienvenido —le saluda ella, cordial, intentando disimular el rubor que siente ante la avalancha de pensamientos que le cruzan la mente.

—¡Muchas gracias! —responde él de forma despreocupada—. Es un placer ir conociendo poco a poco a todo el equipo.

Al darle los dos besos, la agarra por la parte superior del brazo con suavidad, pero con la firmeza suficiente como para que Mía se estremezca. A espaldas de Jorge, Gloria le hace otra mueca que también se puede interpretar a la perfección. Quiere remarcar lo bueno que está y cuánto disfrutarán de su presencia en la oficina cada día. Les alegrará mucho la vista y seguro que alguna podrá disfrutar de ese cuerpo que Mía imagina tallado como el mármol de las estatuas de Miguel Ángel. Si es que está soltero, claro.

Es en este momento exacto, y sin ni siquiera sospecharlo, cuando Mía comienza una inesperada y frenética caída a los infiernos.

3

Nada más llegar el lunes a la oficina, Mía se prepara un café para llevárselo a su puesto, que está en una zona con muchos ventanales donde entra una luz cegadora desde las nueve de la mañana. Deja el vaso sobre la mesa y baja la persiana un poco. A su lado se sienta Claudia, su mano derecha, aunque hoy todavía no ha llegado. Enfrente hay dos mesas más, que suelen ocupar otra compañera del equipo y la asistente de marketing. Los jefazos tienen despachos individuales acristalados al otro lado del edificio, que es muy diáfano y luminoso. Es un espacio relativamente nuevo, de diseño, y siempre con mucho movimiento de gente.

Mientras da el primer sorbo al café abre la bandeja de entrada del correo; como todas las mañanas, está a punto de explotar. «¿La gente no descansa ni de noche?», piensa. El primer email es de su jefe: la convocatoria de una reunión. Miedito.

Al abrirlo, enseguida comprueba que se ha organizado para hacer la presentación oficial y el recap de temas con la nueva incorporación, el director comercial. Pánico. El nuevo bombón de la oficina ya no solo es un jefazo, sino que encima le va a tocar trabajar con él. Terror absoluto.

Le vuelve a dar otro sorbo al café y sigue revisando mensajes hasta que Claudia llega ahogada.

—¿Perdona? —dice su compañera jadeando mientras deja a toda prisa el bolso en la silla—. ¿Quién es el chulazo que está con el jefe?

La falta de disimulo de Claudia, que no deja de mirar al despacho con los ojos abiertos como naranjas, es igual de sutil que un elefante entrando en una cacharrería. Mía se concentra en la pantalla para evitar una pillada con la que se le caería la cara de vergüenza.

—Es el nuevo director comercial —le responde sin apartar la vista del ordenador—. Me lo presentaron en el afterwork del otro día y en media hora tengo reunión con él y con Julio.

—Me encantan sus patillas. Es una mezcla entre señorito andaluz y malote de película para adolescentes.

—Menuda combinación…

—No me digas que no te has fijado…

Por supuesto que Mía se ha fijado. Ya se fijó en el bar, cuando lo escaneó de arriba abajo. Otra cosa no, pero ella es muy discreta y disimulada a la hora de fisgar con el rabillo del ojo.

—Luego te cuento cuando lo vea de cerca en la reunión.

Se levanta de la silla para recoger unas fotocopias y, ya que está de pie, aprovecha para subir a Contabilidad y entregar los tíquets de los gastos del mes pasado, que ya los lleva con retraso. Una vez en el ascensor, y justo cuando la puerta está a punto de cerrarse, una mano la bloquea y se vuelve a abrir. La mano es la de Jorge, que entra en el ascensor con el traje perfectamente planchado y el pelo impoluto con el toque exacto de gomina. Mía enseguida se pone nerviosa, pero se controla y sonríe con disimulo profesional.

—Mía, ¿verdad? —le dice mirándola a los ojos.

—Sí, qué memoria…

—Yo soy Jorge, nos conocimos el otro día en…

—Sí, me acuerdo. —Le corta con una sonrisa tímida mientras abraza los papeles con ambas manos. En realidad es un mecanismo de defensa para protegerse de la vergüenza que la ha invadido al estar encerrada en ese minúsculo ascensor con él.

—¿Vas al sexto? —le pregunta—. Contabilidad, ¿no? Todavía estoy conociendo el edificio.

—Al principio es un lío de pisos y departamentos, pero en dos días te sentirás como en casa. Sobre todo por las horas que pasamos aquí… Te lo digo por experiencia.

—Bueno, podrías hacerme un tour, así no me pierdo…

Mía se queda cortada por la propuesta tan directa, pero enseguida piensa que seguro que no irá con segundas intenciones y que tan solo es una frase de cordialidad. Aun así, ella, que se encuentra totalmente prendada desde que lo vio, no puede evitar tomárselo como una propuesta indecente.

—Sí, claro, cuando quieras —le contesta intentando mostrar naturalidad—. ¿Bajas aquí también?

—No, yo voy al séptimo.

—Bueno, ¡pues suerte en tu primer día!

—Muchas gracias, Mía.

Mía sale del ascensor y se encamina hacia los despachos de Contabilidad, al fondo de la planta. Se cruza con una compañera y se detiene a saludarla. En ese momento aprovecha para mirar hacia atrás y se topa con la mirada de Jorge, que se la mantiene con una sonrisa picarona hasta que se cierran las puertas del ascensor. Todo esto ocurre en menos de diez segundos, y a Mía se le va a salir el corazón por la boca. No sabe qué le está pasando, aunque tiene muy claro que no es ni medio normal.

Cuando termina en Contabilidad, vuelve a su despacho para imprimir los documentos que necesita para la reunión con su jefe y con Jorge. Las piernas todavía le tiemblan, mezcla de inseguridad y de una extraña excitación ante el desafío que acaba de entrar en la oficina.

—¿Y? —le pregunta Claudia impaciente en cuanto Mía vuelve de la reunión.

—Vale, sí, está muy bueno.

—¡Hombre que si está bueno! ¡Eso ya te lo he dicho yo! ¿Sabes si está casado? ¿Tendrá novia?

—Hemos hablado del primer trimestre, no le he hecho un tercer grado. ¡Mujer, que es su primer día! Si quieres, luego le preguntamos a Sole, la de Recursos Humanos. Pero que no se te vea el plumero, que te conozco.

—¿A mí? Si yo soy la discreción en persona. —Y hace el gesto de cerrarse la boca con una cremallera.

—Sí, ya… La reina de la discreción eres tú —sentencia Mía.

4

Para Alicia hoy se presenta un día completito, con tropecientos pacientes y consultas externas. Además, ayer no salió del quirófano y eso la deja agotada. Solamente piensa en pasar consulta de los posoperatorios cuanto antes e irse pitando a cerámica para desconectar un rato. En estas clases ha encontrado un bálsamo para la vorágine que es su vida. Un vinito, cerámica, alguna noche con juguetes sexuales —a los que se ha aficionado no hace mucho— y alguna otra con Julián, su fiscal madurito al que ella considera solo un follamigo, aunque él no pueda decir lo mismo.

Alicia es médico mastólogo, es decir, se dedica al tratamiento de patologías mamarias.

Su carácter fuerte y seguro a veces puede confundirse con falta de tacto, pero poco a poco y a base de dar alguna que otra mala noticia se le va ablandando el frío corazoncito que le late en el pecho.

Por fin consigue despedir al último paciente y, sin perder un solo segundo, se dirige a la recepción de la clínica, al otro lado del hall donde se encuentra su despacho.

—Pues nada, ¡listo! —le dice a la secretaria—. Ya está todo cocinado… ¡Me voy!

—Doctora, disculpe, pero le queda un paciente que lleva más de una hora esperando… —le anuncia la mujer con cierto apuro.

—¿Cómo? ¿Quién es? Yo no lo tengo agendado —replica sorprendida mientras le quita de las manos la carpeta con la lista de pacientes.

—¿No está en su agenda? Qué raro. De todas formas, ¿le podría atender antes de marcharse si no es mucha molestia para usted?

—¿Perdón? —Otra de las secretarias interrumpe la conversación—. ¿Alguien sabe quién es ese Top Gun?

Lo dice mientras hace un gesto con la cabeza señalando a la sala de espera. Alicia y la recepcionista miran hacia esa

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