ÍNDICE
Prólogo, por Arturo Elias Ayub
Introducción. La Mujer Dormida
Cómo usar este libro
Salud
Duerme como un bebé… otra vez
Optimiza tus ciclos de sueño
Cuida tu entorno
Quédate dormido rápido
10 tácticas de cracks para mejorar tu sueño
Estrésate… un poco: ejercicio, respiración y hormesis
Muévete
Aprende a respirar
Métete a los hielos
Sé flexible
6 tácticas de cracks para estresar tu cuerpo sanamente
Nútrete e hidrátate como un crack
Mejora tu salud digestiva
Limita tus horas de comida
Cuida tu hidratación
Supleméntate inteligentemente
Conquista pequeñas victorias
7 tácticas de cracks para hidratarte y alimentarte mejor
Domina tu mente
Medita y visualiza
Ve a terapia, no estás solo
Saca la cabeza del agua
Aprende a manejar la pérdida
Ten una mentalidad positiva
6 tácticas de cracks para mejorar tu salud mental
Extiende tu vida en plenitud
Come para vivir 100 años
Aplana tus picos de glucosa
Entiende lo que tus genes dicen de ti
Construye masa muscular
6 tácticas de cracks para fomentar la longevidad
DINERO
Gana el juego del dinero
Define tu número
Vence tus miedos
Vuélvete inmune al rechazo
Domina tu juego interno
Cuida las historias que te cuentas
Usa la adversidad como una oportunidad para crecer
Da y da mucho, pero también aprende a recibir
Ábrete a recibir los regalos de la vida
Entiende la diferencia entre ricos y adinerados
7 tácticas de cracks para ganar el juego del dinero
Genera riqueza verdadera
Aprende, desaprende y vuelve a aprender
5 tácticas de cracks para fomentar el aprendizaje
3 tácticas de cracks para fijar metas
Emprende un negocio
¿Emprender o trabajar? ¿Por qué no las dos?
Financia tu sueño haciendo algo más
Emprende dentro de tu empresa
Transforma tu hobby en un negocio
Enamórate de un problema real
Identifica a tu cliente ideal
Cuenta historias y vende sueños
Crea y captura valor en el mercado
Aprende a negociar
Haz buenas preguntas
Piérdele el miedo a deber
Cuida tu activo más valioso: tu reputación
8 tácticas de cracks para emprender
Sé un gran líder
5 tácticas de cracks para liderar un equipo
Construye una cultura ganadora
3 tácticas de cracks para crear una cultura ganadora
Rodéate de los mejores
3 tácticas de cracks para fortalecer tu network
Incrementa tu productividad
3 tácticas de cracks para aumentar tu productividad
Haz crecer tu dinero
Toma riesgos
Invierte inteligentemente
Aprovecha el poder del interés compuesto
Conoce los principales tipos de activos
No pongas todos tus huevos en una canasta
Hackea tu libertad financiera
4 tácticas de cracks para hacer crecer tu dinero
AMOR
Ama en pareja
Crea una línea de vida conjunta
Aprende a comunicarte efectivamente usando “la red”
Ve a las personas por quienes son y no por quienes esperas que sean
Lidera tu vida con un co-ceo
Planea como si tu vida dependiera de ello
Juega al largo plazo con personas de largo plazo
Cultiva tus rituales y pasiones
Habla el quinto lenguaje del amor
Ve tu relación por lo que es en realidad
6 tácticas de cracks para fortalecer tu vida en pareja
Eleva tu paternidad
Crea vínculos fuertes con tus hijos
Aprende a fijar límites
Construye tu autoestima para construir la de ellos
Inspira a través de tus acciones
Crea hambre en tus hijos
Habla con tus hijos de dinero
5 tácticas de cracks para una mejor paternidad
Cultiva tu amor propio
Desarrolla tu capacidad de sentir asombro
Explora tu creatividad
Diseña una vida de aventura
Experimenta con microsabáticos
Encuentra un hobby que conecte contigo
Vive y respeta tus valores
Comprométete con tu pasión
6 tácticas de cracks para desarrollar el amor propio
Conclusión. Eres y serás un trabajo en proceso
Agradecimientos
Sobre este libro
Sobre el autor
Créditos
PRÓLOGO
El 27 de noviembre de 2023, a las seis de la tarde, me encontraba muy emocionado frente a un gran auditorio en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara presentando mi segundo libro, El emprendedor. La energía en ese gran salón se sentía padrísima, y creo que no era únicamente por la presentación de mi libro, sino porque junto a mí se encontraba un verdadero crack, Oso Trava.
Conocí a Oso un par de años atrás cuando me invitó a su podcast. Para ser sincero, me esperaba otra entrevista como muchas que me han hecho, en las que siempre me hacen las mismas preguntas. Pero qué grata sorpresa me llevé al descubrir que Oso había hecho su chamba: había investigado todo acerca de mí, incluso cosas que ni yo mismo sabía. Era clarísimo que se había preparado con toda la seriedad y el profesionalismo del mundo para hacerme una muy buena entrevista, llena de preguntas inteligentes y audaces que le dieran mucho valor a su enorme audiencia y que, a la vez, me hicieron sentir muy cómodo. No me sentí en una plática de dos personas que se acaban de conocer, sino en una entre dos viejos amigos que reflexionan acerca de la vida y los negocios.
Por esta razón, cuando planeamos la presentación de El emprendedor, pedí a la editorial que fuera Oso quien me acompañara, porque sabía perfectamente que él era la persona que, mediante sus preguntas inteligentes, podría ayudarme a escarbar dentro de mi cabeza y encontrar aquello que quería decir sobre mi libro.
Me dio mucho gusto que Oso hubiera pensado en mí para escribir este prólogo, no solo porque hemos construido una bonita amistad desde aquella entrevista, sino porque, además, este es un libro que aborda tres temas que la gran mayoría de las personas en el mundo intentan resolver durante toda su vida: la salud, el dinero y el amor. Y está escrito desde la experiencia de verdaderos cracks en cada uno de estos temas, quienes han compartido con Oso su conocimiento a través de su podcast.
Soy un gran seguidor de los expertos; me rodeo de ellos y he tenido la fortuna de contar con grandes mentores en mi vida. Muchas personas me preguntan en la calle: “Arturo, ¿a quién debo hacerle caso entre todos los que opinan en las redes sociales?”. Mi respuesta es muy simple: “¡Hazles caso solo a los verdaderos expertos, a los cracks!”. Pero ¿cómo reconocerlos? En primer lugar, por su actitud y personalidad, y luego, por su conocimiento y resultados. A mí, por ejemplo, siempre me han llamado mucho la atención los valores de una persona. Si estoy frente a alguien humilde, pero que al mismo tiempo tiene confianza en sí mismo, ese es un crack. Lo mismo pienso de aquel que es inteligente, pero que no trata de demostrarlo constantemente ni menosprecia a los demás. O de alguien con personalidad, pero que no pretende ser siempre el gran protagonista. Y por supuesto, alguien que, además de ser un gran ser humano, ha logrado resultados destacados en lo que hace y comparte su conocimiento, dones y talentos con el mundo. Estos son indicadores claros para mí de que estoy frente a un verdadero crack, y a esos son a quienes hay que hacerles caso. En este libro hay muchos, y quién mejor que ellos para hablarnos de salud, dinero y amor.
Yo pongo mucha atención en estos tres ámbitos. La salud es para mí el primer mandamiento de quienes deseamos una vida plena, ya que, si no priorizas tu salud y el estar bien contigo, no podrás estar bien con los demás ni prosperar en ninguna otra área de tu vida. Creo que estar sano no significa no estar enfermo, sino un estado de completo bienestar físico, mental y emocional. La salud va más allá de hacer ejercicio y comer de forma saludable para estar físicamente fuerte; es también cuidar tu mente y gestionar tus emociones. Hoy, más que nunca, la salud mental se ha vuelto un reto muy importante, y por eso debe ser una prioridad. Se trata de cómo te sientes, no solo de cómo te ves.
Ahora bien, ¿a quién no le preocupa el dinero? Yo creo que a todos, aunque sea por diferentes razones. El dinero es un medio que nos ayuda en un sinfín de cosas (incluyendo la salud) e implica una gran responsabilidad: bien administrado se convierte en una poderosa herramienta para alcanzar nuestros objetivos e impactar positivamente en la vida de otras personas, como, por ejemplo, a través de la generación de empleos. Por eso soy un gran embajador del emprendimiento, aunque reconozco que no es para todos. Aquellos que tenemos el privilegio de generar fuentes de empleo debemos sentirnos afortunados de asumir la responsabilidad de beneficiar a las familias de quienes colaboran con nosotros. Eso, para mí, es el mejor uso que se le puede dar al dinero.
Finalmente, ¿qué es el amor? ¡Qué pregunta más difícil! Al menos para mí lo es y a lo mejor no soy el único. A lo largo de la historia, los más brillantes filósofos, poetas, sociólogos, psicólogos e historiadores han escrito millones de ensayos que intentan definir y explicar el amor. Mi definición personal es muy sencilla: el amor es el sentimiento que te hace levantarte todas las mañanas. Porque si tu corazón está vacío y no tienes a quién amar, ¿a qué te levantas? Yo me levanto todas las mañanas por el amor a mi esposa, a mis hijos, a mi familia, a mis amigos, a la gente que me rodea. Entonces el amor, desde este punto de vista, es el gran motor de la vida. También me levanto por el enorme amor que le tengo a México, me lo inculcaron desde que era chiquito. Y no es un amor abstracto, más bien es un amor palpable, real, y lo demuestro saliendo a trabajar todos los días con optimismo y apegado a mis valores.
Si todo esto no es amor, entonces no sé qué es…
Salud, dinero y amor: tres ámbitos completamente conectados entre sí y que, estando en equilibrio con cada uno de ellos, se convierten en una gran fórmula para la vida:
cuida tu salud, haz las cosas
con amor y verás cómo
el dinero llegará.
¡Repite esta fórmula, siempre!
Pero, independientemente de lo que yo tenga que decir sobre estos temas, aprendamos mejor de los verdaderos expertos a quienes Oso refiere en este libro. Ha tenido el tino y el profesionalismo para elegir a las mentes más destacadas en muchas áreas para entrevistarlas y documentar sus conocimientos de una forma práctica e implementable. Muchos años de trabajo están aquí resumidos para ti. Cada capítulo y sección están repletos de historias inspiradoras y muchísimas tácticas que, si las seguimos y llevamos a cabo, nos pueden ayudar a mejorar nuestra relación con nosotros mismos, con los demás, y a progresar en nuestro trabajo o negocio.
Te felicito por tener en tus manos Tácticas de cracks, un libro que, estoy seguro, te llenará de sabiduría y dejará algo muy positivo en ti.
Júntate con cracks, aprende de ellos, y pronto te convertirás en uno.
Con cariño,
Arturo Elias Ayub
INTRODUCCIÓN
La Mujer Dormida
No. Vendrás conmigo.
No te dejaré aquí, tengo que salvarte.
Luke Skywalker
—¡Oso, no te muevas! ¡No te muevas! —me gritaba Juan, nuestro guía en la montaña, con firmeza absoluta en su voz. No se trataba de una sugerencia o una recomendación: era una sentencia.
Y me quedé quieto… No solo porque no pretendía desafiar esa orden, sino porque mi mente ni siquiera era capaz de articular alguna otra instrucción. Estaba completamente paralizado, confundido y con la potente ola de adrenalina que inundaba mi cuerpo durante esos segundos, quizá los más largos de mi vida. Lo único que pude procesar y entender en ese instante es que tenía miedo… mucho miedo.
Los últimos segundos habían sido caóticos. Había resbalado en el hielo de una pendiente empinada y el mundo pareció moverse en cámara lenta. Todo sucedió repentinamente; en pocos instantes ya iba cayendo, sin control y sin forma de detenerme, directo a un precipicio quizá de más de 400 metros de altura que me arrojaría a la nada, que me soltaría al vacío.
“¿Será el fin?”.
“¿De verdad aquí se acabó todo?”.
Muchas preguntas como esas venían a mi mente y se esfumaban tan rápido como la velocidad de mi caída. A pesar de que todo sucedía en fracciones de segundo, traté de pensar en lo que podía hacer para salvarme, en cómo tomar el control.
Intenté clavar mis bastones de escalar y hacer fricción con la nieve y el hielo con mis guantes, pero nada parecía funcionar. La única opción posiblemente viable era dirigir mi cuerpo hacia una piedra no más grande que una pelota de futbol que se veía unos metros frente a mí y rezar para que me detuviera, para que aguantara. No podía fallar, no habría una segunda oportunidad de intentarlo ni margen de error. No sabía si lo lograría; es más, ni siquiera sabía si esa opción era posible, pero era la única que tenía. Mientras tanto, metro tras metro, mi cuerpo seguía resbalando sin saber dónde iba a parar…
Pero ¿cómo es que había llegado hasta el filo de un precipicio que parecía ser el escenario del fin?
Todo comenzó tal y como sucede con muchas cosas increíbles que consigues en la vida: con una promesa.
En octubre de 2023, para retar una de mis creencias limitantes más arraigadas, la de que por una deficiencia que padezco en la sangre no tenía buena condición física y nunca podría ser un atleta de fondo, corrí mi primer maratón, el de Chicago. Esa experiencia me ayudó a conocer toda una nueva faceta de mí, a creer en mis capacidades físicas y a preguntarme qué más era capaz de lograr.
Así que me pareció buena idea, después de haber entrenado mi sistema cardiovascular por cinco meses, aprovechar ese entrenamiento para ir por un reto igual de grande e intimidante: subir el volcán Iztaccíhuatl, la tercera montaña más alta de México. Era mi asignatura pendiente, un desafío que me había propuesto después de subir el Nevado de Toluca un par de años atrás y que por mis propias limitaciones mentales no había podido cumplir. Pues ahora sí… ¡Había llegado el momento!
Hay una ventaja increíble de formar parte de una comunidad como la de Cracks Mastermind, el grupo de empresarios que creé en 2021: cuando se te ocurre una idea loca, algo retador e incluso arriesgado, siempre hay a tu alrededor un puñado de personas que dirán: “¡Jalo, yo también quiero hacerlo!”. Y así fue como propuse la idea de subir el Iztaccíhuatl. Diez miembros de Cracks Mastermind se apuntaron para acompañarme en la aventura.
La planeación ocurrió sin problemas, hicimos algunas caminatas de preparación y todos estábamos contentos y emocionados. Pero el destino nos tenía una sorpresa. Tres días antes de la fecha marcada para la expedición, hubo una fuerte nevada en el Parque Nacional Izta-Popo, lo que ocasionó el cierre del parque al público en general y puso en riesgo el viaje.
Después de pensar en los peligros de seguir adelante y el incremento de riesgos que las nuevas condiciones suponían, tres miembros del grupo decidieron bajarse del barco. “¿Sabes qué? Esto se puso ya demasiado extremo. No vamos a ir”, me dijeron. Estábamos perdiendo integrantes antes de haber comenzado, pero eso no nos desanimó y los que quedamos seguimos fieles a nuestra meta.
De cualquier manera, el grupo estaba bastante balanceado: había personas que ya habían hecho el recorrido varias veces y contratamos a guías profesionales para liderar el ascenso. Claro, también había completos novatos, como yo y Tavo, mi brazo derecho en el proyecto de Cracks podcast.
El día llegó y la tormenta previa no nos detuvo. Muy emocionados, llegamos a las siete de la noche a las faldas del volcán y nos encontramos con el primer obstáculo a vencer. Habían prohibido el acceso de vehículos, lo cual agregaba ocho kilómetros de ascenso a pie y complicaba aún más las cosas. Ese sería el menor de mis problemas, aunque en ese momento no lo sabía. Por fortuna, tras unas negociaciones y algo de ingenio, logramos convencer a los trabajadores del parque para que a la una de la mañana nos subieran en un pickup hasta la zona de la montaña donde, en condiciones normales, se inicia el ascenso.
Ya todo estaba listo para mi primera expedición de montaña; la promesa que me había hecho tiempo atrás estaba a punto de ser cumplida. Intenté dormir un poco en la cajuela de mi camioneta durante esas horas, pero entre la emoción y el frío fue prácticamente imposible descansar.
A la una de la mañana, como estaba planeado, comenzamos a dividir nuestra comitiva en grupos más pequeños, con un guía dirigiendo cada uno, y tomamos turnos para subir en el pickup. Mi grupo inició el ascenso pasadas las tres de la mañana, un par de horas más tarde de lo recomendado.
Arrancamos en medio de la oscuridad a un ritmo bastante moderado. Yo me sentía muy conmovido, emocionado y ansioso por ver el amanecer y llegar a la cumbre de la montaña en el menor tiempo posible. Era tal mi adrenalina que me pareció que estábamos caminando muy lento.
—Oye, ¿será que podemos ir más rápido? —le pregunté a Juan, el guía que dirigía nuestro grupo, con algo de impaciencia.
Juan levantó los hombros y aceptó apresurar el ritmo, pero al cabo de unos veinte minutos de ascenso acelerado acabé de entender el porqué del paso moderado. Mis pulmones parecían a punto de estallar y cada pocos pasos debía pedir que nos detuviéramos para recuperar el aliento.
—¿Ya viste por qué no es recomendable ir más rápido, Oso? —dijo el guía, sonriendo.
“Tú eres el que sabe”, pensé, y qué razón tenía. Esa fue una de las primeras lecciones del día: él era el experto y debía hacerle caso. Más tarde no me quedaría ninguna duda.
Continuamos subiendo hasta que rebasamos a nuestros compañeros del primer grupo, y a las seis y media de la mañana, ya sobre los 4,000 metros de altura, nos encontramos con un amanecer espectacular. Estaba ahí, rodeado de soñadores, de cracks, de aventureros de la vida, todos retándonos a nosotros mismos y disfrutando de las vistas que solo los que se atreven a empujar sus límites logran apreciar. El lugar era majestuoso, de esos sitios que te cortan el aliento. A lo lejos se veían el Nevado de Toluca, la Malinche, el Pico de Orizaba y el Popocatépetl. Todas las cumbres cubiertas de nieve frente a nuestros ojos, en un espectáculo natural al que cualquier descripción que pudiera hacerte no le haría justicia. Con solo llegar hasta ahí yo sentía que todo el esfuerzo había valido la pena.
La cumbre, sin embargo, aún estaba lejos y mi promesa todavía no estaba del todo cumplida, así que debíamos seguir. Hasta ese momento todo era regocijo, el viaje parecía casi un día de campo. El esfuerzo era retador, pero no imposible; no obstante, las siguientes diez horas serían algo totalmente diferente. El clima era perfecto, no hacía mucho frío y el viento soplaba de forma muy ligera, pero la nieve con casi medio metro de profundidad complicaba la situación.
El ascenso se ponía más demandante, aunque aún no usábamos crampones ni veníamos encordados.
Pasaron unas horas y llegamos a una zona del Iztaccíhuatl llamada “El Refugio de los Cien”, ubicada justo antes de la parte más empinada de la montaña.
Si escuchas que un lugar se llama “El Refugio”, esperas que sea eso: un refugio, un lugar seguro que te invite a descansar, pero la realidad que encontré fue muy diferente. Cuando abrí la puerta de la estructura de lámina y metal, me envolvió un olor fétido a humedad y humanidad que con solo un par de respiros hicieron que mi cuerpo se retorciera con arcadas de vómito. No pude permanecer ni un minuto ahí dentro y salí nuevamente al frío para intentar recuperar mi respiración. Lo que vi afuera, con la mente un poco más clara, no fue mucho mejor. Ratas y ratones corrían alrededor del refugio y el hielo estaba cubierto con manchas de orina y otros fluidos corporales a pocos metros de donde Tavo disfrutaba de uno de los sándwiches que a él y a mí nos había preparado mi esposa.
Después de unos minutos, ya un poco más recuperados, iniciamos la sección más retadora de la expedición: el ascenso a lo que llaman “Las Rodillas”. La siguiente hora fue técnica y físicamente mucho más demandante. Pasamos por “La Cruz de Guadalajara”, donde en 1968 un grupo de estudiantes mexicanos menores de 20 años quedaron atrapados durante una tormenta que causó la muerte de 11 de ellos. Tras la tragedia, sus amigos subieron nuevamente hasta ese punto y colocaron una cruz que, desde entonces, forma parte del camino que recorren todos los que quieren conquistar el Izta. Pasar por ahí y ver la cruz me hizo pensar en lo efímera y frágil que es la vida, pero, honestamente, me costaba trabajo imaginar que esa mañana alguno de nosotros podría correr la misma suerte que aquel grupo de estudiantes.
En esta etapa perdimos a más miembros del grupo: habiendo llegado a su máximo esfuerzo, o sintiendo la exigencia y riesgo de la escalada, decidieron regresar. Para esta sección ya nos equipamos con crampones, los picos de metal que amarras a tus pies para poder escalar en el hielo y la nieve. Hubo momentos en que aun con ellos fue difícil tener la suficiente tracción para seguir. Mentiría si dijera que no sentí miedo; incluso me pregunté si nos habíamos puesto en una situación de riesgo innecesaria. Intentaba no mirar hacia los múltiples despeñaderos que bordeamos para que el vértigo no me paralizara.
Finalmente, llegamos a Las Rodillas. La falta de oxígeno por la altura hacía que cada vez fuera más difícil hilar varios pasos sin tener que detenernos para recuperar el aliento. Aunque habíamos llegado al Iztaccíhuatl con la esperanza de conquistar su cima, las condiciones y el horario de arranque nos tenían considerablemente atrasados, y se hacía evidente que no lo conseguiríamos. Los grandes montañistas saben que llegar a la cima es solo la mitad del trabajo y que el descenso es, en muchas ocasiones, aún más riesgoso. Todo parecía indicar que no contaríamos con el tiempo suficiente para llegar y hacer el camino de vuelta a casa. Aun así, continuamos subiendo, buscando probar al máximo nuestra resistencia con una siguiente meta en mente: una zona que llaman “El Ombligo”, un punto por arriba de los 5,100 metros de altura desde donde se puede ver la cima del volcán y el glaciar de uno de sus cráteres.
Cerca de las 10:30 de la mañana lo conseguimos. Tomamos fotografías increíbles del glaciar y del Popocatépetl, y nos felicitamos por haber llegado hasta ahí. Fuimos seis quienes lo habíamos conseguido. Considerando las circunstancias, decidimos que era momento de regresar. La promesa que me había llevado hasta ese punto quedaría pendiente para un futuro intento. Aun así, yo sentía que había conseguido un gran triunfo. Llegar hasta aquella altura no era poca cosa, y me sentí agradecido por la oportunidad y satisfecho con mi desempeño, imaginando que toda la emoción ya había terminado. No podría haber estado más equivocado.
Ahí, rodeados de uno de los paisajes más increíbles que he visto en mi vida, y sin razón aparente, los ánimos empezaron a calentarse. Estábamos cansados y, por qué no, un poco frustrados por no haber llegado a la cima. Juan, nuestro guía, empezó a debatir con dos de los miembros más experimentados del grupo, quienes habían hecho este ascenso más de 40 veces, sobre cuál era la mejor ruta para bajar.
Pude sentir cómo la tensión y las fricciones escalaban en cuestión de minutos. Había opiniones encontradas y cada proponente defendía firmemente su posición. ¿Cuáles eran nuestras opciones? La primera, por la cual apostaba nuestro guía, era bajar por la misma ruta por la que habíamos llegado. La subida había sido demandante, y tan solo pensar que tendríamos que bajar por ahí me ponía muy nervioso, especialmente porque ya estaba comenzando el deshielo y yo pensaba que el riesgo de un accidente sería aún mayor.
La opción que proponían los otros dos montañistas era bajar por una ruta alterna, una que implicaba una hora menos de camino, lo que la hacía sumamente atractiva para la mayoría de nosotros, considerando que no habría pickup que nos ahorrara los ocho kilómetros adicionales de regreso al campamento. “¿Dónde firmo para ahorrarme una hora de bajada?”, pensé. Pero nuestro guía mantuvo firme su postura.
—No, no, no. Esta es una ruta que, la verdad, a mí no me gustaría tomar. Al final hay una pendiente considerable —nos advirtió—. Además, las condiciones de la nieve no sé si van a estar buenas en ese camino.
—Las últimas 20 veces que hemos venido, nos hemos regresado por allí. Llegas más rápido, está más cerca, no es tan difícil y está todo bien —le dijeron los montañistas, ya con cierto enojo en su voz.
“¡Por donde sea más rápido y más fácil!”, pensaba yo, sin llegar a decir una palabra. Recordemos: de los que comenzamos la expedición, para cuando llegamos al Ombligo, solo quedábamos Tavo, los dos montañistas experimentados, nuestro guía, una persona con poca experiencia y yo. Admito que quería irme por el lado corto que decían los dos montañistas, pero mi guía tomó entonces una postura que me hizo sentir incluso un poco incómodo, como si fuese un niño al que sus papás le niegan un permiso.
—Ustedes se pueden ir por donde sea —les dijo el guía con voz firme—, pero estos tres se vienen conmigo.
“Ah, caray, ¿y ahora por qué este me está tomando como si fuese un novato?”, pensé, sin entender que yo era justamente eso: un novato que no tenía idea de lo que realmente era lo mejor, ni para mí ni para el grupo. En ese momento entonces ocurrió algo providencial: se abrieron ante mí dos posibles caminos, uno donde escogía llevarle la contraria a mi guía profesional, al verdadero experto que yo mismo había contratado para dirigirme y cuidar mi vida, y otro camino donde le ponía conscientemente un freno a mi ego para poder ver las cosas con mayor perspectiva.
Al final, me decidí. “Me voy a ir por donde diga este brother”, pensé. “Tendría que ser muy idiota para contratar a alguien para después no hacerle caso y terminar arriesgando el físico por ahorrarme una hora de caminata”. Al ver esto, los otros dos montañistas acabaron cediendo y se decidieron por regresar con nosotros. Y así, con el fin de este acalorado debate, emprendimos el descenso.
En conversaciones con algunas de las personas más experimentadas en el mundo del montañismo, como Karla Wheelock @karlawheelock1, Luis Álvarez @luisalvarezironman o Viri Álvarez @virialvarezmx, me han confirmado que han experimentado lo mismo que yo sentí cuando bajábamos el Iztaccíhuatl: que es palpable la sensación de que el descenso es más complicado. Pronto entendí por qué tantas personas pierden la vida en la bajada.
Durante el ascenso te alimenta una inspiración que te permite encontrar energía donde ya no la hay, pero en la bajada todo es mucho más técnico e incluso desalentador. Si pierdes la concentración, puedes lastimarte un tobillo o, peor aún, caer al vacío. Para sumar más dificultad, el descenso se emprende con un tremendo cansancio. Muchas personas usan toda su energía para alcanzar la cima, sin pensar que necesitarán guardar algo de ella para regresar. Además, cuando subes la montaña usas tu cadena posterior, con mayor acción de los glúteos y los isquiotibiales. Pero de bajada acabas usando más los muslos y las rodillas, por lo que el descenso suele ser más agresivo para el cuerpo. Y yo estaba por experimentarlo de una forma que jamás imaginé.
Fue apenas media hora después de comenzar la bajada. No recuerdo si ocupaba el segundo o tercer lugar de nuestra fila; todo ocurrió muy rápido. Pisé donde había algo de hielo…
Y cuando el hielo cedió ante mi peso en la pronunciada pendiente, junto con los trozos rotos de hielo me fui yo. Era como haberme aventado por una inmensa resbaladilla, sin manera de frenar. Empecé a agitar mis brazos con desesperación, mi respiración se aceleraba y mi corazón latía a mil por hora. En mi mente apareció un escenario en el que terminaba al fondo del desfiladero, cientos de metros debajo de donde yo estaba.
Entonces algo pasó. Como en una película de acción, escuché cómo nuestro guía se lanzaba detrás de mí. Mientras yo intentaba todo para detener mi propia caída, pude verlo de reojo ejecutar una movida, como de superhéroe, deslizándose sobre el hielo en dirección hacia mí. Cayendo también él a gran velocidad, con una mano clavó su piolet y con la otra me pescó tomándome por la mochila que traía en la espalda, y de repente abruptamente mi caída se detuvo. ¡Me salvó la vida! La escena es difícil de explicar, pero cuando la recuerdo no puedo dejar de imaginar a Stallone durante la escena inicial de la película Cliffhanger, en la que, desafortunadamente, su compañera no corrió con la misma suerte que yo. Y finalmente escuché esas palabras que jamás olvidaré: “No te muevas, Oso. No te muevas”.
Yo creo en los milagros, y este, sin duda, fue uno de ellos. Pero no era un milagro divino (o quizá sí, no lo sé), sino consecuencia de haber estado cerca de quien en ese momento tenía la habilidad, el equipamiento, el temple y el instinto para salvarme.
Tras frenarme, Juan me ayudó a descender a una pequeña piedra del tamaño de un balón que yo había visto como mi única salvación.
Ya estando ahí, no solo se detuvo mi caída, sino también el tiempo. En medio de ese imponente paisaje de hielo que parecía infinito, el silencio de la montaña era sepulcral y abrumador, absoluto. Y sentí paz. Sentí tranquilidad y una profunda gratitud y apreciación por la vida.
¡Claro! Ahora entiendo que, a más de 5,000 metros de altura, postrado sobre la nieve, en una pendiente a la orilla de un precipicio, debería ser natural sentirse así. El escenario por sí mismo era surreal, sereno y aterrador a la vez… Tal cual yo me sentía por dentro. ¡Qué paradoja!
“¡No te muevas, Oso! ¡No te muevas!”. Las palabras de Juan seguían ahí, rumiando en mi mente. Despué
