Acaba con el SIBO

Mireia Velasco

Fragmento

Introducción

Introducción

La cura del cuerpo no debe intentar curar el cuerpo sin curar el alma.

PLATÓN

Este libro es una conversación sincera, un espacio creado desde mi propia experiencia tanto personal como profesional para compartir lo que he aprendido (y sigo aprendiendo) sobre el SIBO y otros desequilibrios digestivos que lo acompañan.

He vivido en primera persona los altibajos de los trastornos digestivos, el impacto en mi energía, el estado de ánimo y la salud emocional. Esta experiencia personal me enseñó a ver la salud digestiva como un sistema interconectado, y fue lo que me impulsó a investigar y a especializarme en este campo. He recorrido este camino tanto personal como profesionalmente, y puedo decirte que, aunque ha sido muy desafiante, también ha sido una oportunidad para redescubrir mi relación con mi cuerpo, mi alimentación y mi bienestar. En el proceso aprendí que cuidar de mi digestión iba mucho más allá de cambiar mi alimentación; era también aprender a gestionar mis emociones, escuchar a mi cuerpo y darle el respeto que merecía.

La salud digestiva es mucho más que una simple cuestión de digestión o confort físico. Nuestro intestino no solo es el lugar donde se absorben los nutrientes que nos sostienen; también es un centro fundamental de comunicación entre el cuerpo y la mente. A través de la conexión del eje intestino-cerebro, nuestros sistemas digestivo y nervioso están íntimamente relacionados, y el bienestar de uno impacta directamente en el otro.

A lo largo de estas páginas, encontrarás consejos y herramientas prácticas basadas en la ciencia, pero otras muchas difíciles de medir y más fáciles de sentir. Este libro no pretende ser una guía técnica y protocolaria, sino una invitación a entender un poquito más cómo funciona tu cuerpo, dónde entra el SIBO en todo esto y descubrir diferentes caminos y herramientas integrativas y holísticas para que puedas aplicarlas.

Si estás aquí es porque también deseas sanar y entenderte mejor. Espero que estas páginas te sirvan como un faro para comprender a tu cuerpo desde una perspectiva más profunda y conectada.

Un fuerte abrazo,

MIREIA

Capítulo 1. El proceso digestivo: el inicio de todo

Si alguien me hubiera dicho hace muchos años que mejorar mi digestión sería el punto de partida para mejorar todo mi bienestar, habría pensado que se había vuelto loco.

Reconozco que, hasta que no entendí de manera muy sencilla y visual el funcionamiento de todos los órganos implicados en la maravillosa obra de arte que es el sistema digestivo, no supe cómo aplicarlo en mi propia vida. Cuando lo logré, me fascinó. ¿Cómo es posible que nuestro cuerpo haga todo esto sin que apenas nos demos cuenta?

Y es por eso por lo que quiero explicártelo de una manera sencilla, incluso un poco «atípica», y con los mínimos tecnicismos posibles; de esta manera, cuando entremos más en profundidad en lo que es el sobrecrecimiento bacteriano en el intestino delgado (SIBO, por sus siglas en inglés) y en cómo empezar a abordarlo y tratarlo, entenderás mejor todo lo que implica sin volverte loco.

Pues venga, ¡vamos allá!

Si pensamos en el proceso digestivo, tendríamos que imaginarlo como una cadena de montaje en una fábrica. Todas las máquinas están automatizadas para que vayan a un ritmo concreto con el fin de realizar su trabajo de la manera más eficiente posible. Si la primera máquina va a un ritmo más rápido o lento del que está marcado, o en vez de introducir uno a uno cada producto, metemos muchos a la vez, ¿crees que el resto de los pasos de la cadena de montaje podrán hacer sus funciones correctamente? Me temo que el desastre está asegurado y el producto que llega al final de la cadena, si llega, no será para nada de las características que se esperaba.

A nuestra digestión le ocurre algo muy parecido, y para que comprendas cómo a veces llegamos a ese desequilibrio tan indeseado, primero debemos dejar claro por qué es tan necesaria y relevante para nuestro bienestar esa dichosa digestión de la que todo el mundo habla hoy en día. ¡Tranquilo! Intentaré que sea lo menos denso y más ameno posible.

LA DIGESTIÓN

La digestión es el proceso mediante el cual nuestro cuerpo transforma los alimentos en cositas pequeñas o nutrientes con el fin de que puedan ser asimilados por el organismo. Es decir, de cada alimento que comas, tu cuerpo y tu microbiota extraerán lo que realmente les sirve: energía, vitaminas, minerales, aminoácidos (de las proteínas), ácidos grasos (de las grasas) y almidones (de los carbohidratos). Sin esta transformación, asimilación y absorción, difícilmente nos mantendríamos en pie.

Imagínate que los alimentos que comes son como un collar de perlas. Cada perla representa un nutriente básico. La digestión es el proceso por el cual tu cuerpo descompone este collar de perlas en perlitas individuales para que nuestro organismo pueda usarlas sin dificultad.

El problema es que, además de ser un proceso complejo, lo solemos complicar aún más. Tal vez por ese motivo muchas veces nos resignamos a tener molestias frecuentes, a quitarle importancia o incluso hemos llegado a un punto en que hemos normalizado un sinfín de síntomas en nuestro día a día que no tendríamos por qué estar sufriendo.

Tener eructos, gases, hinchazón abdominal, ardor/acidez, cansancio excesivo después de comer… puede ser habitual, pero no por ello normal.

VIAJE AL SISTEMA DIGESTIVO

Quizá estés pensando que adentrarnos en la fisiología es innecesario, puede que no te apetezca y que prefieras que abordemos directamente los consejos, tratamientos y recetas para pasar a la acción, pero déjame preguntarte esto: si no entiendes cómo funciona tu digestión, ¿cómo vas a saber identificar lo que es mejor para ti? Tomar conciencia de lo que te sucede y ponerle luz será el inicio real del tratamiento.

LOS ÓRGANOS DEL SISTEMA DIGESTIVO AYUDAN AL CUERPO A DESCOMPONER Y ABSORBER ALIMENTOS

Boca, parte los alimentos en trozos más pequeños con la ayuda de los dientes y la saliva. Esófago, transporta los alimentos desde la boca hasta el estómago. Hígado, produce bilis, descompone la grasa y elimina las toxinas. Vesícula biliar, almacena la bilis que produce el hígado. Estómago, la olla a presión, descompone y mezcla los alimentos con jugos gástricos. Intestino delgado, digiere y absorbe todos los nutrientes. Intestino grueso, absorbe la sal y el agua de los alimentos, creando las heces. Es donde encontramos a nuestra microbiota intestinal. Recto, actúa como el almacenamiento temporal de las heces. Ano, ¡la salida del túnel!

La boca

Cuando hablamos de mejorar nuestra digestión, instintivamente todos pensamos en llevar una alimentación concreta, eliminando aquello «no saludable» e incorporando todo lo «bueno», ¿no? Pues déjame decirte que ya puedes meter en tu sistema el mejor superalimento del mundo que, si el primer paso del proceso digestivo se queda a medias (y a veces ni eso), poco provecho le sacarás a este rico alimento. De cómo sea tu masticación dependerán tu digestión y su resultado.

En esta sociedad de hoy en día en la que priman la rapidez, la inmediatez o el gastar el mínimo tiempo posible en cosas que no nos generen productividad, comer lento, con calma y siendo consciente del momento es hoy cosa de yoguis y gurús del bienestar. Siempre que pregunto en consulta «¿Cómo masticas?», me suelen responder: «Lo sé, lo sé, es un tema pendiente que tengo de hace mucho tiempo» o «Es que tengo que comer rápido porque, si no, no me da tiempo a terminar el trabajo». Un sinfín de excusas, y lo digo con conocimiento de causa: yo misma encontraba mil pretextos, cada vez más creativos, con tal de hacerme sentir tranquila y sin culpa. Me decía constantemente: «Me propongo masticar mejor a partir de mañana» y ese mañana no llegaba nunca.

Ten en cuenta que el metabolismo de los alimentos tiene lugar en primera instancia en nuestra boca, dado que las papilas gustativas, los dientes, la saliva, etc., tienen una serie de funciones muy importantes. De alguna forma, se encargan de preparar el alimento de la mejor forma posible para que se pueda asimilar bien. En el caso particular de los dientes, estos son como pequeñas tijeras que cortan el hilo del collar, separando las perlas grandes en perlas individuales y más pequeñas.

Luego, el alimento se mezcla con la saliva, secretada por las glándulas salivares, que se encuentran en diferentes lugares de la boca, como debajo de la lengua y cerca de las mejillas. La saliva no solo sirve para mostrar al mundo lo a gustico que estamos durmiendo una siesta mientras se nos cae un hilillo de saliva de la boca, no: además tiene un papel fundamental en el inicio de tu digestión entre otros.

Nuestra saliva, en condiciones normales, claro está, tiene un pH bastante neutro, entre 6,7 y 7,4, y está compuesta principalmente de agua (99 por ciento) y de otras sustancias, entre las que destacan las enzimas, de las que hablaremos a continuación y que se encargan de ayudarnos a digerir.

Sus principales funciones son:

• Humedecer los alimentos para transportarlos más fácilmente por el esófago hacia el estómago.

• Comenzar a descomponer los alimentos, especialmente los azúcares y los almidones y las grasas, antes de que lleguen al estómago.

• Nos permite saborear y disfrutar de la comida. Sin saliva no podríamos saborear bien los alimentos.

• Protege los dientes. La saliva ayuda a mantener los dientes limpios al eliminar los restos de comida y al contener sustancias que combaten los gérmenes que causan la caries.

• Mantiene la boca húmeda. La saliva mantiene la boca húmeda, lo cual es importante para hablar y evitar que la boca se sienta seca y pegajosa. También tiene un efecto protector contra patógenos, un efecto antimicrobiano.

CURIOSIDADES

Producimos mucha saliva. Cada día, producimos entre 1 y 2 litros de saliva. ¡Eso es suficiente para llenar una botella grande de agua!

Saliva de noche. Producimos menos saliva cuando dormimos, por eso a veces nos despertamos con la boca seca.

Tiene función desinfectante y antibacteriana. ¿No te has preguntado por qué los animales se lamen sus heridas?

¿Por qué masticar bien los alimentos?

Recuerda el collar de perlas que te comentaba anteriormente. Para que el alimento —el collar— se digiera de forma correcta en nuestro organismo, son necesarias unas sustancias llamadas enzimas, que serían como unas tijeras y que, por suerte, nuestro cuerpo produce en cantidades más que suficientes sin darnos ni cuenta.

Se encargan de que asimilemos mejor los nutrientes para que estos nos aporten todos los beneficios posibles.

La importancia en este caso de masticar bien los alimentos es la de producir suficiente saliva para que envuelva al alimento y pueda obtener estos nutrientes perfectamente. Si estamos comiendo azúcares e hidratos de carbono, la enzima amilasa de nuestra saliva nos ayudará a descomponerlos. En el caso de las grasas, nos ayudará la enzima lipasa lingual. Como es lógico, si vamos con prisas y comemos en cinco o diez minutos, no daremos tiempo a generar saliva suficiente, lo que se traducirá seguramente en una digestión mucho más pesada o una peor asimilación de los hidratos de carbono…, entre otras cosas.

Imagínate que hoy tienes pollo para comer. Ese muslo de pollo sería el collar de perlas. Lo que tiene que llegar al final a tu intestino para ser absorbido sería cada perlita o, en el caso del pollo, los aminoácidos. ¿Qué pasa? Pues que cuando te sientas a comer recuerdas que tienes una reunión al cabo de quince minutos y te tienes que dar prisa, por lo que te comes el muslo de pollo en cuatro trozos grandes que no puedes ni masticar bien, y al final lo acabas tragando pronto y mal o a medio masticar.

Empezar el proceso de masticación/digestión de esta manera hace que impongas un trabajo extra al resto de los órganos implicados en el proceso digestivo. Este trabajo extra un día no supondrá grandes cambios en tu organismo, pero si esta es la rutina, se acaban generando desequilibrios en la funcionalidad de todo el proceso, de principio a fin.

Estómago

Para mí, el estómago es la gran «olla a presión» del cuerpo, así me lo he imaginado siempre yo.

El alimento, tras pasar por la boca, llega al esófago y después cae a esta «bolsa mágica» cuya principal función involucra principalmente la digestión mecánica de la comida. Por decirlo de otro modo, se va a encargar de triturar y separar minuciosamente todo aquello que le entra y que será sometido a los corrosivos jugos gástricos. Para ello, el estómago necesita un pH muy ácido. Cuando tu estómago está vacío, el jugo gástrico puede alcanzar el pH de 1; para que te hagas una idea, esto sería más ácido que el vinagre y el limón.

PH DEL ESTÓMAGO

Escala de 0 a 14. 0, máxima acidez. De 1 a 2, pH óptimo. De 3 a 7, neutro. 14, máxima alcalinidad.

Esta acidez es importante sobre todo para:

• Descomponer correctamente los alimentos evitando problemas que veremos más adelante. Aquí, las contracciones musculares repetitivas agitan las partículas de la comida como si de una coctelera se tratara, triturándolas en fragmentos más pequeñitos que se mezclan con el jugo gástrico. La acción de varias enzimas y el ácido clorhídrico desintegran aún más la comida, produciendo una sustancia semilíquida llamada quimo.

• Descomponer las proteínas en aminoácidos, es decir, del collar de perlas a perlitas, y la enzima encargada de ello se llama pepsina. Recuerda esto, esta enzima se activa en presencia de ácido, por lo que, si el ácido del estómago es bajo, no se realizará una buena digestión de las proteínas y seguramente no nos sentarán muy bien.

• Como barrera protectora, para protegernos contra bacterias, virus, hongos y demás patógenos.

El ácido clorhídrico,
el Hulk del estómago

Normalmente, el estómago produce diariamente entre 1 y 2 litros de ácido clorhídrico (también conocido como HCL), cuya función principal es la de descomponer los alimentos y hacer de escudo protector ante bacterias que pueda haber en los alimentos u otros microorganismos.

El ácido clorhídrico en el estómago es muy potente y tiene un pH de alrededor de ١ a ٢, es decir, muy ácido. Para que te hagas una idea, con esta acidez es posible descomponer metales como el zinc y el hierro, y materiales como la piel y los tejidos. Pero ¿cómo es que no «se come» la pared del estómago? Resulta que el interior del estómago está protegido por una capa de moco o mucosa que lo resguarda de estos daños y que se va regenerando periódicamente, ¡menos mal! Claro está que, si por diversos factores que ahora veremos, esta mucosa se altera o daña, va perdiendo su funcionalidad, pudiendo generar problemas como gastritis o úlceras gástricas.

Pero ojo, porque el ácido clorhídrico no es el único protagonista de esta fase: en realidad, forma parte de una serie de sustancias cuyo conjunto todos conocemos como jugo gástrico, cuya función es ayudar a los alimentos a transformarse dentro del estómago y que se empieza a secretar antes de que los alimentos entren en él; de hecho, en el momento en que olemos o vemos una comida que nos gusta, y más si hay hambre, nuestro estómago empezará a secretar jugos gástricos. Además, este suele ser uno de los problemas más comunes en el SIBO, ya que si se dificulta la segregación de jugos gástricos, difícilmente la digestión se hará correctamente.

Como decíamos, el jugo gástrico está compuesto por:

• Ácido clorhídrico.

• Enzimas: pepsina (descomponen las proteínas), lipasa (necesaria para la digestión de las grasas), etc.

• Factor intrínseco. Es una proteína que se produce en el estómago y que es esencial para la absorción de la vitamina B12 en el intestino delgado.

El proceso de digestión en el estómago puede variar de una persona a otra, sobre todo dependiendo del tipo de alimentos que hayamos comido. Una duración media de la digestión en el estómago es de aproximadamente 2 a 4 horas. Si una comida, por ejemplo, contiene mucha variedad de alimentos o si hemos comido más de lo que nuestro estómago agradecería, el vaciamiento gástrico puede llegar a durar de 5 a 7 horas. Yo incluso tengo recuerdos de estar digiriendo por la mañana la cena del día anterior. ¿Te ha pasado?

El tipo de alimentos, su orden, cómo los mezclamos o cómo los comemos harán que nuestro estómago tarde más o menos en realizar su trabajo.

Los alimentos grasos (más saturados), los muy picantes, el alcohol o el café producen una mayor cantidad de ácido gástrico. Si de manera sostenida en el tiempo la regulación de la acidez del estómago no funciona, esto empieza a generar inflamación. Por ejemplo, si las mucosas del interior del estómago no producen suficiente moco protector o si el jugo gástrico entra con frecuencia al esófago. En general, podría decirse que en el estómago ocurre (casi) todo, y personalmente siento que a la hora de abordar un SIBO es uno de los órganos principales y casi siempre el «gran olvidado». Si nos enfocamos en «matar» bichos sin solucionar el estado de nuestra olla a presión (o estómago), raro es que el SIBO no vuelva a hacer de las suyas más adelante. ¿Por qué te digo esto? Porque si masticamos mal y rápido, los alimentos pasan casi enteros al estómago, el cual tendrá que hacer un trabajo extra para digerirlo, quedando agotadito y extasiado después de tanto esfuerzo.

Pero ¿tienes acidez o falta de ácido estomacal?

Si alguna vez has tenido que acudir al médico por problemas digestivos, acidez o reflujo, casi seguro que te has ido de allí con una receta de algún medicamento inhibidor de la bomba de protones o «antiácidos», o lo que es lo mismo, el famoso omeprazol, pantoprazol, lansoprazol, etc.

Pues, aunque no lo creas, la mayoría de las veces tendemos a pensar que detrás de nuestra acidez estomacal, que ocasiona gastritis, hay un exceso de ácido, cuando en el fondo la mayoría de las veces lo que hay es todo lo contrario, déficit de ácido o hipoclorhidria. Y esto suele venir o más bien derivar en una mayor irritación de la mucosa estomacal, lo que genera irritación también en el resto de las mucosas, como la intestinal.

Aparte de acidez y reflujo, si no tenemos suficiente ácido clorhídrico, la digestión de las proteínas está incompleta y estas llegan muy «enteras» al intestino. Esto hace que la digestión se ralentice y que en muchas ocasiones aumenten las putrefacciones para poder terminar degradándola. Vamos, ¡que al final se acaba liando una buena!

De la hipoclorhidria acaban derivando la mayoría de los problemas digestivos, por lo que muchas veces se mezclarán varios síntomas, por eso la necesidad de no tratar solo el síntoma, sino empezar a solucionar desde la raíz del problema, viendo a la persona como un todo.

Muchas son las consecuencias que ya conocemos o al menos podemos asociar más a nivel digestivo, como estreñimiento o diarrea, síndrome de intestino irritable (SII), gases e inflamación abdominal…, pero, además, hay otras «alertas» que pueden estar dándonos pistas de no tener un pH suficientemente ácido. ¿Qué síntomas o consecuencias puede haber detrás de la hipoclorhidria y de unas malas digestiones?

• Infección del Helicobacter pylori. Esta bacteria puede permanecer en nuestro estómago sin dar guerra cuando el ambiente es el correcto o ácido. El problema viene cuando perdemos esa acidez, pues la bacteria aprovecha para sobrecrecer y crear la infección.

• SIBO y parásitos.

• Intolerancia a la fructosa y sorbitol (mala absorción).

• Dolor e hinchazón abdominal, digestiones lentas.

• Muchos eructos.

• Déficit de vitamina B12 por la disminución en la producción del factor intrínseco que necesita la B12 para poder ser absorbida correctamente.

• Otras deficiencias de micronutrientes como hierro, calcio, zinc o magnesio, entre otros.

• Sensación de acidez entre comidas.

• Dificultad de digerir proteína animal (carne en concreto) y vegetal crudo.

• Aumento de la permeabilidad intestinal.

• Intolerancias alimentarias, alergias, histaminosis…

• Caída del pelo, cansancio o falta de energía, problemas de la piel.

Helicobacter pylori

Pero ¿cómo puedo saber que tengo hipoclorhidria?

Aunque se le da más prioridad a la

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