
—Recordad que el último pago del viaje a Inglaterra debe hacerse en los próximos días. Vuestros padres tienen tiempo hasta finales de la semana que viene, como muy tarde, porque tenemos que comprar los billetes de avión cuanto antes. Cuando volváis de las vacaciones de Semana Santa, empezaremos a preparar el viaje y también la acogida que ofreceremos a los alumnos ingleses cuando les toque a ellos venir. Ah, y os asignaremos un compañero o compañera de Inglaterra, y dormiréis en su casa durante la semana de intercambio.
Aquel último día de instituto antes de las vacaciones de Semana Santa, Julia estaba dando mucha información en muy poco tiempo, y Goa, sentada en su pupitre, solo pensaba en el miedo que le daba subirse a un avión; ella, que no había volado nunca. Suerte que siempre tenía a su amiga cerca para ayudarla a pensar en otras cosas.

—¡A mí que me asignen a una chica bien guapa, y, si puede ser, que le gusten las chicas como a mí! —le susurró Ana, guiñándole el ojo.
—Veo que ya llevas mejor lo de Laura…
—¿Qué quieres que haga? Ya no quiere saber nada de mí, y apenas me mira en clase… —respondió Ana con resignación.
Era cierto. Desde aquella conversación en casa de Ana, Laura se había distanciado mucho de ella. Una semana más tarde, la había parado en el patio en un momento en que Ana no tenía a nadie alrededor y le había dicho:
—Ana, es mejor que lo dejemos correr. Me he tomado unos días para ver cómo estoy y lo que siento, y creo que no tenemos nada que hacer. No sentimos lo mismo, y prefiero pasar página.
—Pero…, espera…, hablémoslo… —Ana no quería que Laura fuera tan radical.
—No hay nada que hablar. Te miro y te veo contenta, como si no me echaras de menos, y eso ya es señal de que estás mejor sin mí.
—¿Y tú cómo sabes si te echo o no de menos?
—Ana, déjalo, no sentimos lo mismo y no pasa nada. Lo acepto, no es necesario fingir que tenemos posibilidades de que esto funcione. No funcionará y ya está. —Laura lo tenía muy claro.
—Pero… podemos ser amigas. —Ana no quería perderla.
—No. No podemos, porque estar cerca de ti me hace daño y ya tengo que verte cada día en el instituto. Necesito distancia, lo siento. Cuando quedéis, no iré.
—Pero, Laura, ¿qué dices? —Ana tenía ganas de llorar.
—Es lo mejor para mí, respétalo.
—De acuerdo… Lo siento… Me sabe muy mal y sí que te echo de menos —dijo Ana casi con lágrimas en los ojos.
—Adiós. —Laura se alejó con paso decidido y con un nudo en la garganta.
Después de esta despedida tan rápida y brusca, Ana se echó a llorar con Goa, que llegó a su lado justo para oír el último «adiós». Seguramente era cierto que no sentían lo mismo y que Laura estaba mucho más enamorada, pero la apreciaba y le encantaba tenerla como amiga.
—Dale tiempo —le sugirió Goa mientras la abrazaba—. No debe de ser nada fácil estar enamorada de alguien que no siente lo mismo y al que tienes que ver cada día. Tal vez dentro de un tiempo podáis volver a ser amigas.
Ana lo entendía, pero le sabía mal y, además, se sentía algo culpable por haberle hecho daño y no haber podido satisfacer sus expectativas. De modo que hizo lo que Laura le había dicho: intentar pasar página y, con los días, lentamente había conseguido reconectar con su alegría innata, con aquella chispa que la convertía en la chica vital, feliz y espontánea que era.

—¿Y si me cago de miedo cuando esté en el avión y me mareo, y todo el mundo se fija en mí, y soy la única que tiene miedo y…? —Goa estaba muy preocupada.
—Frena el coco. ¿Y si resulta que pasa lo contrario y te encanta volar, y eres feliz y no te mareas y es el mejor viaje en avión de tu vida? ¡Qué manía tienes de ponerte siempre en lo peor! ¿Acaso te dan un premio por pensar cosas de mierda? ¡Porque mira que te esfuerzas…! —le soltó Ana, cansada de los «¿y si…?» de Goa.
—Ya… Esto tendría que cambiarlo, pero me cuesta muchísimo… —Goa era absolutamente consciente de ello y a veces lo intentaba.
—Recuerda lo que siempre dice Judit: ¡¡¡háblate bien!!!
Qué difícil era para Goa controlar su mente y decirse a sí misma cosas bonitas y que la ayudaran de verdad.


A la hora del patio de aquel último día de instituto, todos estaban muy contentos. Les esperaban diez días de fiesta y unos y otros tenían planes interesantes, o, como mínimo, mucho más interesantes que ir al instituto y levantarse a las siete de la mañana cada día, pensaban.
—Entonces ¿cuándo volvéis vosotras dos? —preguntó Bruno.
—Nos vamos mañana de camping cuatro días, o sea, que volvemos el martes, pero después yo me voy con mi padre… No volveré a estar aquí hasta el domingo siguiente —explicó Goa.
—Cuando vuelva, a mí me toca estar con mi madre hasta el viernes y creo que no haremos nada, por si queréis quedar… —Ana estaba disponible.
—Guay, Ana, sí, ya quedaremos —respondió Leo—. Creo que Nadia tampoco se va. Imagino que con mi familia haré algo, pero solo algún día y basta, porque mi hermana tiene visitas al hospital, creo. Vaya, como siempre. —Era la historia de la vida de Leo: siempre pendiente del estado de salud de su hermana, que hacía años que tenía cáncer y había pasado mucho tiempo entrando y saliendo del hospital.

—Menudo rollo, Leo, lo siento.
—No, Goa, si en realidad es bueno, porque pinta que, si en estas visitas lo encuentran todo bien, tal vez dentro de poco ya le puedan dar el alta.
—¿En serio? ¡Qué pasada, Leo! Me alegro mucho —exclamó Bruno, emocionado.
—Ya… No quiero hacerme demasiadas ilusiones por si acaso, pero sería brutal que se terminara esta pesadilla del cáncer de mi hermana, la verdad.
—¡Claro! —añadió Ana, que ya pensaba en celebrarlo—. Cuando le den de alta, lo celebraremos, ya pensaremos cómo, ¡pero lo tenemos que celebrar sí o sí!
—Goa, entonces, mañana os vais tú, Ana ¿y quién más? —Bruno quería toda la información porque, como a veces era un poco despistado, ya no se acordaba.
—Klaus y su prima Martina, que es un año mayor que él, o sea, dos años más que nosotros, pero es la caña y me cae muy bien. Klaus no sabía si invitar a un amigo, Víctor, que se ve que también mola, pero resulta que, en plan…, sus padres le han organizado un viaje al pueblo de sus abuelos y el pobre está enfadadísimo porque no quería ir.
—Y también estarán la madre y el hermano de Klaus y la madre de Goa, que parece que vamos solos, ¡pero no! —puntualizó Ana.
—¿Te lo imaginas? Ojalá… Un día, cuando seamos mayores, tenemos que hacer una salida todos nosotros. Sería la bomba ir de camping todos juntos… —Leo tenía muchas ganas de ser independiente. Y añadió—: O sea, que Ana y Martina serán las aguantavelas del camping.
—¡Y una mierda! Yo no pienso hacer de aguantavelas de nadie. Si vemos que empezamos a sobrar, Martina y yo nos iremos, ¡que yo no estoy para escenas románticas después de lo que ha pasado con Laura! —soltó Ana con cierta envidia.
—Pero ¿ya conocéis a Martina? —preguntó Bruno.
—Qué va, pero supongo que nos llevaremos bien. Yo soy increíble y, por lo que dice Goa, ella también; o sea, ¡será un match seguro!
Todos se echaron a reír. La seguridad de Ana contrastaba con la inseguridad que sentía Goa ante la perspectiva de volver a ver a Klaus. Habían pasado varias semanas desde aquel sábado compartido con sus amigos y, aunque habían estado en contacto, Goa se ponía nerviosa por el hecho de verle. No sabía si habría cambiado algo. Habían hablado, pero poco, porque con los exámenes de final de trimestre habían tenido que concentrarse mucho, sobre todo porque Zu, la madre de Klaus, le había amenazado con que, si suspendía alguna, no iría de camping.

En el instituto de Klaus, su tutor, un hombre medio calvo con unas gafas de pasta negras supermodernas, les repartía unas cartas con las notas del trimestre mientras les recordaba que…
—Entregadlas en casa y no olvidéis traer el papel firmado por ellos para demostrar que las han visto. Pensad que no sirve de nada no enseñar las notas: tarde o temprano terminarán sabiéndolas, así que no intentéis engañarlos porque no vale la pena, ¿entendido? Va, ya os podéis ir. ¡Buenas vacaciones, nos vemos a la vuelta!

Klaus cogió el sobre y lo abrió inmediatamente. Su madre le había amenazado con que si no aprobaba todas las asignaturas, no podría ir de camping con Goa, Ana y Martina. Pese que no terminaba de creérselo, prefería no ponerla a prueba, por si acaso. Las dos asignaturas que temía haber suspendido eran Lengua e Historia, porque desde que había vuelto de Berlín eran las que más le costaban. En cuanto puso la vista sobre las materias, miró directamente al lado derecho, donde aparecían los resultados. ¡Uuuf! Ningún suspenso… En las dos asignaturas peligrosas figuraba un «aprobado» al lado y el resto eran algún aprobado más, dos notables y dos sobresalientes, en Inglés y Educación Física.
—¡Por los pelos! Esta vez me he salvado, y menos mal, porque con el hartón de estudiar que me he dado…
—Pero ¿qué dices? ¡Si no has estudiado tanto! —le rebatió Víctor.
—He estudiado mucho más de lo que había estudiado nunca desde que estoy en este instituto, o sea que sí, ¡he estudiado mucho! ¿Y a ti qué? ¿Cómo te ha ido?
—He suspendido mates, como siempre, y el resto, normal…
—¿Has suspendido mates, en serio? Para el próximo examen podemos estudiar juntos, bro, que a mí las mates no me cuestan demasiado…
—Yo las odio. De hecho, ¡creo que son el peor invento de la historia de la humanidad y te juro que cuando deje el instituto no volveré a mirar un ejercicio de mates en toda mi vida!
—Es imposible, las necesitarás para contar cosas o para calcular historias…
—Y tendré una maravillosa calculadora o la inteligencia artificial ya lo hará todo, ¡pero te juro ahora mismo por lo que más quieras que odiaré las mates hasta que me muera! —Se puso bien recto y cerró los ojos como si hiciera un juramento oficial delante de doscientas personas.
—¡Víctor Dramas en acción! Venga, vámonos, que tengo unas ganas de largarme de aquí que yo sí que me voy a morir.
Klaus estaba contento: ¡lo había aprobado todo! Pero no solo lo estaba por eso, sino también porque el trimestre se le había hecho eterno y tenía ganas de airearse, de hacer otras cosas y de ir de camping y luego a Berlín. Pero también estaba nervioso. Como Goa y él habían tenido que concentrarse en los exámenes y los entrenamientos, habían hablado menos, y no sabía si todo seguía bien o no. Al mismo tiempo, de vez en cuando, le asaltaban pensamientos que le decían cosas como que vivían demasiado lejos, que lo suyo era demasiado complicado o que eran demasiado jóvenes y lo que tenían que hacer era no salir con nadie y disfrutar del día a día con todo el mundo.
Cuando pensaba en esas cosas, se decía a sí mismo que con Goa tampoco estaba saliendo, sino que solo estaban «liados» y que eso era distinto… Que, si estaban bien, pues ya bastaba, y no hacía falta darle más vueltas. Pero la echaba de menos, sobre todo los fines de semana, y pensaba que ojalá pudieran verse más a menudo. En realidad, la mayoría de las cosas que pensaba aparecían para intentar protegerlo de sufrir cuando la echaba tanto de menos… No le gustaba estar pendiente de si ella le escribía o no, de si le llamaba o no… Cuando le contaba todo esto a su amigo Víctor, él siempre le decía:
—Ay, Klaus, ¡piensas demasiado y eres demasiado sensible! Disfruta del momento y ya está. ¡Quién pudiera estar en tu lugar! —Víctor se moría de ganas de salir con alguien.
—¡No puedo disfrutar tanto del momento si paso tan poco tiempo con Goa! ¡Me la he buscado demasiado lejos!
—Podría ser peor: podrías es
