El amor es una campana en la bruma

Bethany Bells

Fragmento

Capítulo 1. ¡Vivos y muertos! ¡Invitamos!

Capítulo 1

¡Vivos y muertos! ¡Invitamos!

—¡Soy el espíritu atormentado de Emo of Friesland! —exclamó con voz convulsa Albert Carell, el joven conde de Denway, saltando de improviso sobre una lápida anónima en un cementerio perdido. Llevaba una botella casi vacía en la mano y, durante un momento, el mundo se tambaleó a su alrededor. ¡Por Dios, qué borracho estaba!—. ¡Ayudadme! ¡La voz quejumbrosa del profesor Perkins me dejó atrapado por siempre entre los muros de Oxford!

La niebla se agitó a su alrededor, deslizándose perezosa entre las tumbas y las formas difusas de sus compañeros de juerga. Ni idea de dónde se encontraban, pero no era algo que les importase en absoluto a ninguno de ellos. Llevaban ya varias horas —desde el mediodía, para ser exactos, cuando se reunieron en el Kings Arms Pub de Oxford, el que frecuentaban cuando estudiaban allí— yendo de un lado a otro por los alrededores, bebiendo en todas partes. Estaban celebrando por todo lo alto el fin de sus estudios, en un recorrido por todas las tabernas y tugurios que rodeaban Oxford.

Y habían terminado en ese cementerio por pura casualidad. Se habían topado con él tras perderse por completo en el camino y les había parecido divertida la idea de entrar y beber allí unos cuantos tragos, con los muertos.

Denway miró a su alrededor desde su posición privilegiada. Hacía frío en aquel principio de febrero, el último de un siglo que no estaba seguro de ir a echar de menos. Había nevado un poco al caer la noche y el cielo estaba negro como boca de lobo sobre sus cabezas, excepto por la enorme luna llena que ya empezaba a ser devorada por las nubes de la tormenta que llegaba desde el norte.

Las habían visto acercarse con las últimas luces del crepúsculo. Llovería antes de la medianoche, seguro. O nevaría. O algo.

Pero hasta entonces había luna llena y, en otras circunstancias, su luz lechosa hubiese debido ser más que suficiente como para mostrarles la mayor parte de aquel lugar, incluso de no haber contado con la lámpara que llevaban y que Williams había colocado sobre una de las tumbas.

Por desgracia, había mucha bruma, y el viento silbaba con un gemido estremecedor entre las lápidas.

«No, bruma no, niebla», pensó de pronto, casi como si alguien lo hubiese susurrado en su oído. Denway hizo una mueca. Eso era lo que le hubiera replicado su padre, y lo recordó sentado al mando del timón en la Hope, el pequeño barco en el que solían salir a navegar juntos por el Támesis cuando era pequeño, en unos tiempos más felices. Incluso, varias veces se atrevieron hasta llegar a Francia. «Eso es niebla, muchacho».

Sí, cierto. Estaban en tierra; por lo tanto, aquello que los rodeaba era niebla, no bruma, propia del mar.

Aquel recuerdo disipó un poco su borrachera y bajó su ánimo, aunque trató de disimular. Le hubiera gustado seguir perdido en aquellos recuerdos, desde la muerte de su padre tendía mucho a ello, pero Peter Williams, su compañero de habitación y aventuras durante los últimos años, saltó sobre otra lápida.

—¡Ahhh! —gritó, imitando el tono trémulo que había usado antes Denway. Williams provenía de un rancio linaje de abogados y tenía un aspecto muy serio, impresión que fortalecían su bigote y su perilla, que le daban un aire de burócrata más que de poeta romántico; pero, como bien sabía él, no había hombre más juerguista y divertido en toda Inglaterra—. ¡He regresado de la tumba para despertar sus mentes dormidas, señores! ¡A estrujarlas hasta conseguir que expulsen unas gotas de conocimiento! ¡Por pocas que sean!

—¡Conocimiento! ¡No! ¡No quiero morir! ¡No quiero morir! —exclamó entre risas John Murray-Walls, el insigne marqués de Faraday, que algún día sería duque de Worthington y se mostraría muy digno y muy serio junto a la reina, pero que en esos momentos estaba tirado entre dos tumbas, la ropa desastrada, el pelo revuelto y con una borrachera monumental en el cuerpo—. ¡Por favor, piedad, profesor Perkins! ¡Soy un gran privilegiado de la vida, un hombre noble, guapo y rico! ¡No quiero morir!

—¡Todos lo somos! —rio Denway, saltando de una lápida a otra. Estuvo a punto de caer dos veces, pero logró mantener el equilibrio—. ¡Nobles, guapos y ricos! ¡Y felices, porque ya no tendremos que aguantar más al infame profesor Perkins! —Dio otro trago y luego derramó parte del contenido de su propia botella. Para eso habían ido allí, para compartir la juerga con los muertos—. ¡Brindo por eso! Y también lo hace... —Trató de leer la lápida. Estaba muy desgastada—. ¿John Carter? Sí, creo que es lo que pone.

—¡Se brinda antes de beber, Denway, deberías saberlo! —lo riñó Williams—. ¿Es que no has ido a la universidad?

Denway lanzó una carcajada.

—Ah, vale, vale... ¡Perdón! Un error lo tiene cualquiera. Johnny y yo nos disculpamos y brindamos por eso. —Alzó la botella y luego volvió a beber y a verter alcohol sobre la lápida—. ¡Hala, listo! Solo espero que los muertos sean capaces de apreciar el buen whisky que estamos compartiendo con ellos.

—Seguro que sí. Pero conste que lo tuyo han sido dos —siguió Williams—. Dos errores. Porque no todos somos nobles. Os recuerdo que yo solo soy un vulgar vulgar vulgar —repitió la palabra tres veces con el desdén que hubiera mostrado un auténtico duque— plebeyo...

—¡Cierto! —refrendó Faraday—. ¡El único plebeyo vivo presente!

—Así es. Y a mucha honra.

—¡Demonios! ¡Tendremos que protegerlo con nuestras vidas! —gritó el barón Brunner, caído de espaldas sobre una lápida de piedra vieja, una tumba muy antigua con la cruz torcida. Estaba tan borracho que apenas se entendía lo que balbuceaba. Denway solo logró distinguirlo cuando se movió para beber, perdido como estaba, entre la bruma. «¡Niebla!», se repitió al momento. «Perdón, papá»—. ¡Que no se nos acaben los plebeyos, por Dios! ¿Qué sería de nosotros, entonces? ¿Cómo me pondría los malditos calzones? ¡Necesito a mi ayuda de cámara!

Todos se echaron a reír. Denway se encogió de hombros.

—Bah, no serás noble, Williams, pero como si lo fueras. Asistes a las grandes fiestas y tus hermanas han sido presentadas a la reina, participan tanto como la mía en la temporada social de Londres y se casarán con nobles.

—Yo mismo me casaré con una, si quieres —propuso Brunner, con la sinceridad del borracho—. ¡Joder! ¡Son tan guapas que lo haría con las dos, de no temer que me retes a duelo!

Williams lanzó una carcajada.

—No me tomaría la molestia, amigo mío. Mis hermanas saben defenderse solas. Te comerían vivo.

—Yo también lo creo —lo apoyó Faraday.

Denway sonrió para sí, también de acuerdo. Al igual que su propia hermana, lady Anne, Enid y Eve Williams eran dos jóvenes muy concienciadas con la lucha sufragista, mujeres nada dispuestas a aceptar ser las esposas invisibles de unos crápulas sin mayor aspiración en la vida que lidiar con el aburrimiento.

El pobre Brunner podía ser barón y poseer una vasta fortuna, pero la naturaleza lo había dotado de pocas luces y casi ninguna ambición, de modo que no tenía nada que hacer con ninguna de ellas, menos todavía con las dos.

Pero como el de las hermanas era siempre un tema delicado, para prevenir que aquel Brunner borracho pudiese terminar soltando alguna inconveniencia que sí que empujase a Williams a tener que retarlo a duelo, decidió retomar el discurso donde lo habían dejado:

—Lo dicho: somos seres privilegiados, señores, ya lo creo que sí. Y, a partir de ahora, una vez terminados los estudios, nuestro único desafío diario será luchar contra el tedio... algo en lo que ya somos grandes expertos.

—¡Brindo por eso! —farfulló Brunner—. Ahora ya es oficial. ¡Hemos terminado! ¡Hemos terminado! —Todos gritaron y silbaron—. ¡Bebe con nosotros... eh... Robert Carter! —Debía estar leyendo el nombre de la tumba sobre la que se había caído. Denway vio la botella, inclinada, mientras volcaba parte de su contenido sobre la lápida—. ¿Aquí todos son Carter?

—No. —Williams se inclinó a leer—. Yo tengo un Michael... ¿Voltan? ¿Eso es un apellido?

—No sé —dijo Brunner, y derramó más whisky—. ¡A beber, Bobby! ¡Traga, traga! ¡Que seguro que añoras tus propias borracheras, pequeño bribón!

—Eres un irreverente, Brunner —rio Williams.

—Bah, seguro que se vendría feliz a emborracharse con nosotros. —Volvió a alzar la botella—. ¡A brindar porque hemos terminado ese infierno! ¡Por fin! ¡Aunque hayamos tenido que aguardar al maldito febrero para celebrarlo!

—No tengo la culpa de que mis padres se empeñasen en llevarme al continente tantos meses —protestó Faraday, que estaba tratando de atarse torpemente el abrigo—. ¡Y no era cosa de desdeñar semejante viaje! Pero muchas gracias por esperarme, eh. —Su voz sonó emocionada—. Sois los mejores amigos que un noble o un plebeyo podría soñar.

—¡Brindemos por eso! —dijeron todos, preludio de un nuevo trago para vivos y muertos.

Denway se encogió de hombros.

—No hay de qué. Juramos celebrarlo juntos y así debía ser. —Los cuatro habían ido a Eton y habían llegado a Oxford a la vez; y la primera noche, tan asustados como emocionados ante aquella etapa de la vida, habían hecho la promesa de celebrar el término de los estudios así, juntos. Para conseguirlo se habían ayudado unos a otros durante años, con la idea de que nadie se quedase atrás, ni siquiera Brunner, que era el menos inteligente de todos, aunque ninguno lo diría jamás—. Pero aquí hace un frío de diez mil diablos, joder. ¡Vámonos de una vez a una taberna!

—Es cierto. —Williams miró hacia el cielo, donde la luna ya solo se veía parcialmente. En pocos minutos, los feos nubarrones llegados del norte terminarían por ocultarla—. Creo que va a volver a nevar.

—O al menos a llover —convino Denway—. Yo creo que va a llover...

—Yo qué sé, joder, no soy un maldito pastor... Hay mucha humedad en el aire. Y mira toda esa bruma...

—Es niebla... —lo corrigió Denway, aunque no estuvo seguro de si alguien lo oyó.

—Levanta de ahí, Brunner... —jadeó Faraday, pese a que él mismo estaba sentado en el suelo—. ¡Que vas a coger una pulmonía!

—Miren quién habló. ¡Se te va a congelar el noble culo! —Una risita llegó de las profundidades de la niebla—. Además, yo no me voy a ningún lado. Vinimos a contar historias de terror.

—¿Quién sugirió tal estupidez? —protestó Denway.

—Creo que tú, amigo mío —rio Williams—. Juraste que nos contarías una que nos haría morir de miedo.

—Vaya por Dios... —Apenas tenía conciencia de eso, pero sí, algo le sonaba... Menuda borrachera—. Entonces, de acuerdo, lo prometido es deuda. Os contaré una historia aterradora. —Alzó un dedo en el aire—. ¡Pero que nadie se muera! ¡Lo tenéis prohibido!

—¡Vale, vale!

Escuchó sus risas mientras repasaba mentalmente los relatos de terror que conocía, buscando cómo mezclarlos para crear algo nuevo. A Denway le gustaba mucho leer, sobre todo novelas. Al entrar en Oxford hubiera preferido estudiar solo Literatura antes que especializarse en Leyes, pero su padre, el entonces conde de Denway, había enfermado antes de que aquello se convirtiese en un forcejeo más entre ellos.

Y los había habido, en abundancia, por todas las causas posibles y de todas las intensidades imaginables a lo largo de la vida, bien lo sabía Dios. Lord Oswald Carell había sido un hombre estricto en muchas cuestiones, pero bueno por naturaleza, y Albert lo adoraba. Los días inmensos en el Hope, riendo, navegando y pescando juntos desde el amanecer al crepúsculo, eran los mejores recuerdos que un niño pudiera tener.

Por desdicha, el barco siempre terminaba regresando a puerto. Y aquello era como una metáfora de la vuelta a la realidad, sobre todo a medida que Albert se fue haciendo adulto. Problemas, problemas, problemas... Su padre y él compartían un carácter terco y no podían ser más diferentes ante lo que deseaban de la vida.

—¿Es que a ti solo te interesa divertirte? —le preguntaba su padre, molesto por la fama de juerguista que se había ido ganando Albert desde muy temprano.

—¿Es que acaso hay algo más que merezca la pena? —replicaba él, con ligereza, envuelto en la alegría feliz e irresponsable de la primera juventud. ¡Por favor! ¿Qué esperaba? Como había dicho Faraday, eran ricos, eran jóvenes y atractivos. La vida les sonreía y les había entregado privilegios a manos llenas; se extendía ante ellos infinita, sin aparente límite alguno, en una sucesión de días maravillosos que no parecían atados al tiempo. ¿Qué se suponía que debían hacer, excepto aprovechar la situación y gozar del premio?

Por eso, de haber sido libre de escoger, Denway hubiera estudiado Literatura, se hubiese instalado en una mansión de aire bohemio en la que hubiera organizado veladas culturales, reuniendo en fiestas eternas a los más divertidos entre los creadores del momento. Hubiera dejado que todo a su alrededor transcurriera con alegría y pereza, entre relatos y vino, brindis y besos...

Pero para cuando tuvo que elegir sus estudios universitarios, el conde de Denway ya estaba enfermo, y él se sentía destrozado por ello. Ya la vida no le sonreía igual, ya empezaba a quitarle cosas: aunque llevaba años sin salir a navegar con él —qué tonto, qué cabezota, no haber aprovechado cada segundo para disfrutarlo con su padre, era algo que jamás se perdonaría—, fue amargo aceptar que no habría más días luminosos con el viento tensando las lonas.

Que no volvería a embargarle la maravillo

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