uno
Joder. Enriqueta está experimentando altos niveles de irritación desde primera hora de la mañana. Nada más sonar el despertador ha asumido su incapacidad de cambiarle el sonido a la alarma. Este de ahora es insoportable y, al parecer, siempre será así. Luego, frente al espejo del baño, ha desnudado su cuerpo para infringirle mucho dolor a través de palabras asiduas de menosprecio y ha meado. Ha encendido un calefactor inalámbrico que ambienta un calorcito gustoso y se ha metido en una bañera sobre la que nunca se tumba. Se calculan unos 323 litros de agua al casi éxtasis de la ebullición vertidos y malgastados sobre el cuerpo de Enriqueta sin que ella movilice una sola parte de su cuerpo. Quietita. Paralizada ante el acto de ser, durante un rato, un río. Así, piensa, sí sé fluir.
Pero, más allá de la poca importancia de un despertar cualquiera, más allá de todo lo narrado, que no lleva a ninguna información relevante más que a la mera anécdota de que Enriqueta odia madrugar —y pongamos en contexto que su ideología se basa en que todo aquello anterior a las 11 a.m. no puede ser concebido como comienzo de un día—, más allá de todo eso, lo que verdaderamente la ha llevado a estar padeciendo un enfado profundo es el recuerdo súbito del hecho de que la nota de suicidio de su hermano tuviera dos faltas de ortografía. Ni siquiera una, dos.
Enriqueta no entiende de flores. Son todas iguales, piensa, y todas le dan alergia. Una vez, allá por la época en la que se denominaba amor platónico al primer apego ansioso experimentado, le regalaron unas flores aromatizadas de madera que a día de hoy siguen perfumando la caja donde están guardados todos los demás recuerdos de aquel noviazgo. Ella aún piensa que ese ha sido el único acto de amor romántico que le han dedicado: regalarle la forma de oler aquello que nunca pudo. Pero las de hoy tienen que ser de verdad, de las que se riegan, y a Enriqueta esas flores es que le dan alergia. Y no entiende de lo que le da alergia, no entiende su apego por lo que la rechaza, ese trastorno obsesivo compulsivo hacia tantas cosas, pero, en especial, hacia lo que no la incluye y menos aún comprende. ¿Por qué tiene que ser ella la encargada de comprar algo que le produce ronchas en la cara y rinorrea para alguien que está muerto y que cometió dos faltas de ortografía antes de palmarla? Adiós lleva tilde, subnormal.
nos pasamos la vida portando un cadáver
por qué todo el mundo sale corriendo
exactamente igual que cuando avisan de un ataque terrorista
por qué ya nadie parece encontrar estabilidad en lo estático
en los pies quietos aguantando el peso de los algos supuestos
que se acercan y se adhieren
por qué ya todos han asumido la pausa como un riesgo
como la pérdida de una carrera
de relevos?
de lo que sea una carrera de correr
de gente que corre huyendo
de sacos
el sedentarismo emocional es hoy un acto punk
punkarrísimo
pero es acaso la pausa un ataque terrorista?
asusta igual mata lo mismo
tú tienes hogar cuando llegas a casa?
dos
El destino trágico de Enriqueta se escribió el día en que sus padres firmaron en el registro su nombre. Enriqueta la raqueta. Enriqueta, tócame las tetas. Enriqueta comesetas. Enriqueta y su maceta. Y así un largo etcétera que se completaba según la creatividad de cada niño. Hablando de tetas, a menudo piensa en ellas y en lo bonitas que son las suyas. Son la parte favorita de su cuerpo. Siempre lo han sido, incluso en la época en la que era incapaz de mirarse al espejo sin echarse a vomitar, la opinión sobre sus preciosos pechos seguía intacta. Pero ahora mismo nadie se las mira. Ahora, toda esta gente —demasiada gente— solo les presta atención a sus ojos para ver si lloran o dicen algo. Y la llaman por su nombre, en fila, todos y cada uno de los que se acercan para darle el pésame dicen en voz alta su nombre seguido de un lo siento o alguna otra frase hecha que nadie siente ni comprende. ¿Cómo va a estar en un lugar mejor?, piensa. ¿Lo sabes tú? ¿Se te ha aparecido en medio de la noche para decirte oh, María del Pilar, estoy en el cielo y aquí se está increíble? Enriqueta odia su nombre y nunca la dejaron acortárselo, porque ¡jamás —gritaba su madre— permitiré que mi hija suene a droga o a nombre catalán! Así que, ahí está ella, en un sitio que no quiere, de pie en una iglesia, en contacto físico continuo con extraños que le recuerdan constantemente que tiene un nombre de mierda.
Enriqueta no llora. No se juzga, hace meses que perdió el poder de la lágrima. Sus lagrimales ya no le sirven para nada, solo para albergar legañas. Sabe que se la está juzgando, que se espera de ella que hoy solloce, berree, monte algún escándalo desconsolado que puedan referir los asistentes en alguna cena familiar. Pero Enriqueta no llora, hoy es el aniversario del suicidio de su hermano y Enriqueta no llora. Esa debería ser yo, piensa, y hoy debería ser mi día. Le han quitado el protagonismo de su muerte. Tantos meses de entrenamiento para atreverse a despedirse tirados a la basura. Contenedor de inorgánico. Su hermano se le adelantó y ahora está obligada a seguir viva y a hacer cosas de gente viva, como comprar flores para decorar una misa que, encima, no quedan bien. Ha comprado narcisos y el amarillo no pega una mierda con el marrón de esa cruz.
un bañou que me limpie toda la sangre seca
cuánto esmegma te sueles encontrar de media?
disfruto mucho de tu compañía
de un baño que me limpie toda la sangre seca
le lloraré absolutamente lo que haga falta a la palabra lamento porque es tan absurda como la afirmación de que ellos laman un momento o que una lamida pueda saber a mentol
es eso lo que significa todo cuando no se entiende?
y si el viento ya no sopla
qué tenemos?
un marecito así
en diminutivo y sin olas
dentro de una bañera
creo que se prefiere bailar en bolas porque así el sudor del esfuerzo no empapa la ropa y cala directamente en los pies que es desde donde parte el movimiento que se hace cuando se baila
es un bucle
he jugado a ser más poderosa que todo el dinero del mundo
reunido en una misma mesa y he perdido
las joyas mi tiempo y las bragas
me interesaría saber cómo el ibuprofeno sabe cuál de todos mis dolores es el que quiero calmar en el momento en que me lo trago al igual que vivo ultrasignificando la banalidad por miedo a que el corazón me deje de latir por falta de emociones no voy a poder deshacerme del hecho de que nos pasamos la vida cargando con un cadáver pero bueno al menos he conseguido sentarme en cualquier asiento adaptado a mi puto culo enorme a esperar a ver qué quiere de mí la vida y no lo que quiero yo de ella por primera vez
he vuelto a tener ganas de irme
no se lo he dicho a nadie es un secreto
he vuelto a sentir mientras fregaba que me caía cinematográficamente a un vacío oscuro
no debería ser el blanco el color del miedo?
y sin embargo es siempre negro
el color que combina absolutamente con todo
hasta con la vida
dicto que el color temido de los suicidas siempre será el blanco
o aquel que recuerde al sol es terrorífico
cuando abres los ojos y comienza un nuevo día
otro más
uno nuevo que te recuerda que ayer no te atreviste
y que hoy tienes 24 h para arrepentirte
estoy enfadada
no es justo cargar con el peso de una vida para que quienes fuesen a llorar si no estuviera no lleguen nunca a conocer el llanto
yo no pedí nacer
nací enfadada y sin que me pidieran permiso
solo sí es sí
no di mi consentimiento para conocer el oxígeno que hoy en día me falta
por qué tengo yo que atreverme a quitarme la vida? me da miedo
pienso mucho en lo último que diría
tendría que ser algo épico a la altura de una tan sentida como la mía
no puedes desaparecer del estado corriente del resto de los humanos y que lo último que se cuente de ti sea que dijiste adiós y ya
qué banal!
quienes me llorarían lo harían por causas ajenas a mí
quizá la culpabilidad
o la moral
yo no os robé tiempo que es lo único que no vuelve
que nadie llore! pues seguís siendo libres
y vuestros bolsillos siguen estando llenos
tres
El teléfono de Enriqueta lleva toda la mañana sin sonar. No es que le perturbe, pero ha imaginado, por momentos, durante lo que va de día, que alguien del pasado, de pronto, quizá podría llamarla o escribirle. Por la anécdota. Cree que el único beneficio que aporta una desgracia es la atención. Un familiar muerto o un ingreso hospitalario reportan una vulnerabilización repentina que la pone cachonda. La primera vez que Enriqueta entró en contacto con lo autolítico fue de forma fingida, con las pastillas de la regla. Su pareja de entonces no tuvo ni idea, porque los hombres no entienden de anticonceptivos ni del tallaje del sujetador. Ni quieren saber. Es una incultura elegida, que no produce ninguna pena. Y Enriqueta lo sabía e hizo ficción. A ese ser humano al que hoy en día nombra cuando habla de sus traumas en terapia lo bautizó como Usuario.
