Joder y gracias

Paula Reyes

Fragmento

uno

uno

Joder. Enriqueta está experimentando altos niveles de irritación desde primera hora de la mañana. Nada más sonar el despertador ha asumido su incapacidad de cambiarle el sonido a la alarma. Este de ahora es insoportable y, al parecer, siempre será así. Luego, frente al espejo del baño, ha desnudado su cuerpo para infringirle mucho dolor a través de palabras asiduas de menosprecio y ha meado. Ha encendido un calefactor inalámbrico que ambienta un calorcito gustoso y se ha metido en una bañera sobre la que nunca se tumba. Se calculan unos 323 litros de agua al casi éxtasis de la ebullición vertidos y malgastados sobre el cuerpo de Enriqueta sin que ella movilice una sola parte de su cuerpo. Quietita. Paralizada ante el acto de ser, durante un rato, un río. Así, piensa, sí sé fluir.

Pero, más allá de la poca importancia de un despertar cualquiera, más allá de todo lo narrado, que no lleva a ninguna información relevante más que a la mera anécdota de que Enriqueta odia madrugar —y pongamos en contexto que su ideología se basa en que todo aquello anterior a las 11 a.m. no puede ser concebido como comienzo de un día—, más allá de todo eso, lo que verdaderamente la ha llevado a estar padeciendo un enfado profundo es el recuerdo súbito del hecho de que la nota de suicidio de su hermano tuviera dos faltas de ortografía. Ni siquiera una, dos.

Enriqueta no entiende de flores. Son todas iguales, piensa, y todas le dan alergia. Una vez, allá por la época en la que se denominaba amor platónico al primer apego ansioso experimentado, le regalaron unas flores aromatizadas de madera que a día de hoy siguen perfumando la caja donde están guardados todos los demás recuerdos de aquel noviazgo. Ella aún piensa que ese ha sido el único acto de amor romántico que le han dedicado: regalarle la forma de oler aquello que nunca pudo. Pero las de hoy tienen que ser de verdad, de las que se riegan, y a Enriqueta esas flores es que le dan alergia. Y no entiende de lo que le da alergia, no entiende su apego por lo que la rechaza, ese trastorno obsesivo compulsivo hacia tantas cosas, pero, en especial, hacia lo que no la incluye y menos aún comprende. ¿Por qué tiene que ser ella la encargada de comprar algo que le produce ronchas en la cara y rinorrea para alguien que está muerto y que cometió dos faltas de ortografía antes de palmarla? Adiós lleva tilde, subnormal.

nos pasamos la vida portando un cadáver

por qué todo el mundo sale corriendo

exactamente igual que cuando avisan de un ataque terrorista

por qué ya nadie parece encontrar estabilidad en lo estático

en los pies quietos aguantando el peso de los algos supuestos

que se acercan y se adhieren

por qué ya todos han asumido la pausa como un riesgo

como la pérdida de una carrera

de relevos?

de lo que sea       una carrera de correr

de gente que corre huyendo

de sacos

el sedentarismo emocional es hoy un acto punk

punkarrísimo

pero es acaso la pausa un ataque terrorista?

asusta igual       mata lo mismo

tú tienes hogar cuando llegas a casa?

dos

El destino trágico de Enriqueta se escribió el día en que sus padres firmaron en el registro su nombre. Enriqueta la raqueta. Enriqueta, tócame las tetas. Enriqueta comesetas. Enriqueta y su maceta. Y así un largo etcétera que se completaba según la creatividad de cada niño. Hablando de tetas, a menudo piensa en ellas y en lo bonitas que son las suyas. Son la parte favorita de su cuerpo. Siempre lo han sido, incluso en la época en la que era incapaz de mirarse al espejo sin echarse a vomitar, la opinión sobre sus preciosos pechos seguía intacta. Pero ahora mismo nadie se las mira. Ahora, toda esta gente —demasiada gente— solo les presta atención a sus ojos para ver si lloran o dicen algo. Y la llaman por su nombre, en fila, todos y cada uno de los que se acercan para darle el pésame dicen en voz alta su nombre seguido de un lo siento o alguna otra frase hecha que nadie siente ni comprende. ¿Cómo va a estar en un lugar mejor?, piensa. ¿Lo sabes tú? ¿Se te ha aparecido en medio de la noche para decirte oh, María del Pilar, estoy en el cielo y aquí se está increíble? Enriqueta odia su nombre y nunca la dejaron acortárselo, porque ¡jamás —gritaba su madre— permitiré que mi hija suene a droga o a nombre catalán! Así que, ahí está ella, en un sitio que no quiere, de pie en una iglesia, en contacto físico continuo con extraños que le recuerdan constantemente que tiene un nombre de mierda.

Enriqueta no llora. No se juzga, hace meses que perdió el poder de la lágrima. Sus lagrimales ya no le sirven para nada, solo para albergar legañas. Sabe que se la está juzgando, que se espera de ella que hoy solloce, berree, monte algún escándalo desconsolado que puedan referir los asistentes en alguna cena familiar. Pero Enriqueta no llora, hoy es el aniversario del suicidio de su hermano y Enriqueta no llora. Esa debería ser yo, piensa, y hoy debería ser mi día. Le han quitado el protagonismo de su muerte. Tantos meses de entrenamiento para atreverse a despedirse tirados a la basura. Contenedor de inorgánico. Su hermano se le adelantó y ahora está obligada a seguir viva y a hacer cosas de gente viva, como comprar flores para decorar una misa que, encima, no quedan bien. Ha comprado narcisos y el amarillo no pega una mierda con el marrón de esa cruz.

un bañou que me limpie toda la sangre seca

cuánto esmegma te sueles encontrar de media?

disfruto mucho de tu compañía

de un baño que me limpie toda la sangre seca

le lloraré absolutamente lo que haga falta a la palabra lamento porque es tan absurda como la afirmación de que ellos laman un momento o que una lamida pueda saber a mentol

es eso lo que significa todo cuando no se entiende?

y si el viento ya no sopla

qué tenemos?

un marecito así

en diminutivo y sin olas

dentro de una bañera

creo que se prefiere bailar en bolas porque así el sudor del esfuerzo no empapa la ropa y cala directamente en los pies que es desde donde parte el movimiento que se hace cuando se baila

es un bucle

he jugado a ser más poderosa que todo el dinero del mundo

reunido en una misma mesa y he perdido

las joyas       mi tiempo       y las bragas

me interesaría saber cómo el ibuprofeno sabe cuál de todos mis dolores es el que quiero calmar en el momento en que me lo trago al igual que vivo ultrasignificando la banalidad por miedo a que el corazón me deje de latir por falta de emociones       no voy a poder deshacerme del hecho de que nos pasamos la vida cargando con un cadáver pero bueno al menos he conseguido sentarme en cualquier asiento adaptado a mi puto culo enorme a esperar a ver qué quiere de mí la vida y no lo que quiero yo de ella       por primera vez

he vuelto a tener ganas de irme

no se lo he dicho a nadie             es un secreto

he vuelto a sentir mientras fregaba que me caía cinematográficamente a un vacío oscuro

no debería ser el blanco el color del miedo?

y sin embargo es siempre negro

el color que combina absolutamente con todo

hasta con la vida

dicto que el color temido de los suicidas siempre será el blanco

o aquel que recuerde al sol    es terrorífico

cuando abres los ojos y comienza un nuevo día

otro más

uno nuevo que te recuerda que ayer no te atreviste

y que hoy tienes 24 h para arrepentirte

estoy enfadada

no es justo cargar con el peso de una vida para que quienes fuesen a llorar si no estuviera no lleguen nunca a conocer el llanto

yo no pedí nacer

nací enfadada y sin que me pidieran permiso

solo sí es sí

no di mi consentimiento para conocer el oxígeno que hoy en día me falta

por qué tengo yo que atreverme a quitarme la vida? me da miedo

pienso mucho en lo último que diría

tendría que ser algo épico a la altura de una tan sentida como la mía

no puedes desaparecer del estado corriente del resto de los humanos y que lo último que se cuente de ti sea que dijiste adiós y ya

qué banal!

quienes me llorarían lo harían por causas ajenas a mí

quizá la culpabilidad

o la moral

yo no os robé tiempo     que es lo único que no vuelve

que nadie llore! pues seguís siendo libres

y vuestros bolsillos siguen estando llenos

tres

El teléfono de Enriqueta lleva toda la mañana sin sonar. No es que le perturbe, pero ha imaginado, por momentos, durante lo que va de día, que alguien del pasado, de pronto, quizá podría llamarla o escribirle. Por la anécdota. Cree que el único beneficio que aporta una desgracia es la atención. Un familiar muerto o un ingreso hospitalario reportan una vulnerabilización repentina que la pone cachonda. La primera vez que Enriqueta entró en contacto con lo autolítico fue de forma fingida, con las pastillas de la regla. Su pareja de entonces no tuvo ni idea, porque los hombres no entienden de anticonceptivos ni del tallaje del sujetador. Ni quieren saber. Es una incultura elegida, que no produce ninguna pena. Y Enriqueta lo sabía e hizo ficción. A ese ser humano al que hoy en día nombra cuando habla de sus traumas en terapia lo bautizó como Usuario.

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos