Prólogo
—¿Sí?
—Leti, soy Laia.
—Sube.
Laia empujó la puerta del portal, saludó con un mudo gesto de barbilla al anciano que esperaba el ascensor y subió por las escaleras los cinco pisos hasta la casa de su amiga Leticia.
Como tantos otros viernes, cada vez con más frecuencia desde hacía ya tres años, Laia iba a pasar la noche allí.
Por mera diversión.
Ya no se trataba de una forma de huir de su casa, como lo había sido al principio, cuando la separación de sus padres estaba en proceso y la niña de diez años que era por aquel entonces no se sentía muy capaz de asimilar la situación. Había sido la madre de Leti la que se lo había propuesto a la suya en el patio del colegio cuando cierto viernes fue su madre quien la fue a buscar en lugar de su padre —quien siempre la recogía ese día de la semana y solo ese— y entonces ella lo supo; supo que su padre ya se había ido de casa definitivamente.
La llorera que se pilló fue de escándalo. Gloria, al ver que a Adriana se le saltaban también las lágrimas ante la reacción de su hija, le propuso:
—¿Y si Laia se queda con Leti este fin de semana? A veces todas necesitamos un rato con nuestra mejor amiga. Todas —recalcó.
Laia supo que Gloria se refería a que su madre hiciera lo mismo, a que quedara con amigas, no era tan pequeña para no darse cuenta. Aunque al principio Adriana lo rechazó, pues consideraba que era un momento para estar más unidas que nunca, acabó por preguntarle a ella. Aquello le gustó, le hizo sentir mayor y escuchada. Dijo que sí. Y aunque vio en su cara un poco de decepción, creyó que a ambas les iba a venir bien tomarse su tiempo por separado.
Aquellos fines de semana se repitieron. Aunque su padre ya vivía en otra casa, cada vez que pasaba tiempo con él y la llevaba de vuelta con su madre, a menudo acababan discutiendo. Siempre que Laia había vuelto a pedir ir a casa de Leticia, su madre había accedido, con la única condición de que no fuera en época de exámenes.
Las aguas se calmaron, pasó un año y después otro, y el permiso fue más frecuente, pero ya solo para pasar la noche del viernes. En ocasiones, era Leticia la que dormía en la habitación de Laia. Aunque la costumbre hacía que fuera más habitual al revés.
—Hola —saludó la invitada al llegar—. ¿Aún no han llegado tus padres del trabajo?
—No vuelven hasta mañana por la noche —respondió Leticia con amplia sonrisa.
—¿Qué?
—¡Que estamos solas! —Su amiga saltó y bailó con una música imaginaria—. Se han ido a un spa, con noche de hotel incluida. Es el regalo que les hizo mi tía por Navidad, aún no lo habían usado. La idea era que yo me quedara con ella cuando se fueran, pero tiene un viaje de trabajo urgente o algo así. Si cancelaban lo perdían. Y yo ya puedo quedarme sola. ¡Cumplo los catorce en menos de cuatro meses! Pero como les he dicho que vendrías tú, les he convencido más rápido.
—¡Pero yo no lo he dicho nada a mi madre!
—Bah, no se va a enterar.
—¡Claro que sí! Nuestras madres hablan, Leti.
—Nos quedamos juntas un montón de veces y no se llaman cada vez.
—Pero tu madre acabará por comentárselo. «¡Qué bien se han portado estas chicas, no han echado la casa abajo!» O, seguro: «¡Qué rápido crecen nuestras niñas! ¿Te acuerdas de cuando empezaron juntas en el aula de 2 años?»
—«¿Y entraron de la manita en la clase?» Lagrimita uno, lagrimita dos —añadió Leti con los ojos en blanco—. Vale, llámala y díselo si quieres.
—Me dirá que por qué no has venido tú a casa —vaticinó Laia—. ¡Nos dirá que vayamos ahora!
—Entonces… llámala más tarde. —Resolvió, encogiéndose de hombros—. Cuando ya sea la hora de cenar, le dices que se me había olvidado contártelo, que ya tenemos la pizza en el horno… No nos hará ir.
—Puf, es capaz de venir ella.
—¡No fastidies! —Leti resopló, no quería que se torcieran sus planes—. ¿Es que no confía en ti?
—Si se lo hubiera contado, a lo mejor me dejaba. Pero hacerlo así a traición, no le va a gustar.
—Qué muermo tu madre, joder.
A Laia le extrañó que su amiga se lo tomara tan mal, estaba un poco rara.
—No es muermo. Es solo que… confía si me lo gano.
—Ya, te ve como una niña aún.
Leticia negó con la cabeza con gesto de fastidio. Sus pendientes de aro, nuevos y enormes, se balancearon por debajo de su corta melena rubia. Laia se preguntó por qué se había arreglado tanto para pasar la noche en casa con ella. ¿Se había pintado la raya del ojo? Nunca lo hacía.
—Estás más cerca de los catorce que de los trece —expuso su amiga, muy seria, y parpadeó repetidamente. Sí, se había pintado la raya azul oscuro, y sus ojos parecían de un azul más cristalino en contraste.
—Justo en medio —la corrigió ella.
Leticia entrecerró los párpados.
—¿Te quieres ir?
—No.
—Entonces, quédate. Y luego acepta el castigo si lo tienes. A veces… —sonó el timbre y la cara de Leti fue de la más pura inocencia— hay que arriesgarse.
Laia alzó una ceja, con la mosca detrás de la oreja.
—¿Esperas a alguien?
—No te enfades, porfi, porfi… —de pronto su voz se transformó en la de una niña de cinco años.
—¿Quién viene? ¿Has avisado a las demás? —Se refería a las otras cinco amigas de la cuadrilla—. ¿Vas a montar una fiesta? Joe, tía, el primer día que te dejan sola y la lías…
—Va a ser una fiesta muy pequeña —aseguró la otra—. Solo seremos… cuatro.
Cuando Laia acompañó a su amiga al telefonillo, vio a los dos chicos en la pantalla. El corazón se le subió a la garganta.
—¡Joe, Leticia! —Le dio un tirón de la camiseta—. ¿Por qué lo has hecho?
—¿Es que no quieres estar un rato con tu novio?
—Raúl y yo no somos novios. No sé si él quiere. Hasta hace dos semanas pasaba cada finde con una tía distinta—. Los latidos de su corazón eran cada vez más veloces—. ¿O te ha dicho algo Unai? ¿Sabes algo que yo no sepa?
—Me ha dicho que su hermano seguro que estaba encantado de venir si iba a encontrarte aquí. Venga, no lo chafes. Es la primera vez que puedo decirle a Unai venga.
—¡Es que tendrías que haberme preguntado! Si tú querías estar sola con tu novio, habérmelo dicho y no venía.
—Pero ¿es que ya no quieres estar con Raúl? ¡Con la paliza que me diste desde que empecé a salir su hermano! Año y pico haciéndome interrogarlo para saber si iba en serio con esta o la otra. Y ahora que por fin os liáis, ¿ya no te interesa?
—Solo hace dos semanas que nos besamos, lo sabes de sobra. No hemos hablado de si somos algo más que amigos. Él ha estado siempre con tías de su edad, no sé qué piensa realmente sobre mí.
—Tranquila, todo va a ir bien. —La puerta se abrió de golpe—. ¿Chicos, traéis la cena?
Ya estaban en la casa, no había vuelta atrás. Laia no recordaba estar tan nerviosa en toda su vida, ni cuando Raúl la había besado hacía solo trece días. Solo lo había visto dos veces más, porque él no estudiaba ya en el colegio. Tenía dieciséis años y estaba en un instituto, en Bilbao. Aunque no se tardaba mucho desde Llodio, llegaba tarde y entre semana no habían quedado, solo habían hablado por Instagram. Y más allá de decirle que tenía ganas de verla cuando llegara el fin de semana, no había notado nada en sus palabras que le indicara que pensaba en ella a todas horas, como ella en él. En lo altísimo que era, en su piel tan morena en contraste con la de ella, en cómo la miraban esos ojos negros tan grandes… Le gustaba hasta cómo andaba. Y su voz. Y cuando la había besado por primera vez, su primer beso de verdad, todo le había dado vueltas.
Y allí lo tenía, delante de ella, sonriéndole de forma más que sugerente. Había ido con su hermano hasta allí por ella, para darle una sorpresa. Su corazón bailó en su pecho y se olvidó de todo lo que no fuera él. Si su madre la castigaba después por ocultarle la verdad, asumiría las consecuencias, como había dicho Leti. A veces, había que arriesgarse. ¿O no?
***
Con un enorme bol de palomitas y una copa helada de vino blanco, Adriana se acomodó en el sofá y pulsó el botón del mando a distancia.
Un agradable escalofrío de expectación la recorrió de arriba abajo. Llevaba semanas esperando contar con un par de horas libres y a solas para poder ver aquella aclamada película de terror, ya que a su hija le daba auténtico pavor aquel género cinematográfico. Y como con trece años Laia cada vez prefería pasar más tiempo con sus amigas que con su madre, Adriana atesoraba cada minuto que podía disfrutar con su hija. Si veían la tele juntas, no iba a ser nada terrorífico, eso por descontado.
Ella ya escribía novelas de suspense y terror desde que se había reducido a la mitad la jornada como periodista en un diario local y le había dedicado la otra media a aquella pasión que era inventar sus propias historias. Y le iba francamente bien.
Que su exmarido nunca la hubiera apoyado en esa decisión, debería haber sido la primera señal de que las cosas ya no funcionaban. Fueron muchas otras las que acabaron por hacerle pedir el divorcio, y principalmente una la que la había disuadido de hacerlo mucho antes. Pero que esa niña a la que pretendía proteger tratando de salvar un matrimonio con constantes discusiones, viera a su madre frustrada e infeliz día tras día, no podía ser mejor que, simplemente, asumir que la relación había tocado a su fin.
Ahora su hija parecía haberse adaptado a aquella nueva forma de vida. Creía que era feliz. Últimamente se la veía radiante. Adriana había temido que la preciosa sonrisa de su mayor tesoro nunca volviera a ser sincera. Pero lo era. Y nada más en el mundo, ni siquiera esas dos horas de escalofriante cine, podían hacerla sonreír tanto a ella misma.
El primer sobresalto fue del todo inesperado y muy disfrutado. Le chiflaba que una película empezara fuerte, así que la cosa prometía bastante. La tensión parecía ir en aumento, Adriana tenía puestos todos sus sentidos en la escena, hasta que un sonido externo, que por un momento se preguntó de dónde provenía, rompió la magia.
Se trataba del timbre de la puerta de abajo. Había sonado tres veces seguidas, lo que significaba que era Laia. Pero ella debería estar en pijama en la casa de su amiga Leticia. Además, ella misma se había asegurado de que se llevara las llaves. ¿Qué hacía tocando el timbre a las once de la noche?
Todas aquellas preguntas se las hizo en los escasos segundos que tardó en llegar al recibidor. Miró a su hija a través de la pantalla del telefonillo y descolgó el auricular.
—¿Laia? ¿Ha pasado algo?
—Abre, mamá —fue todo lo que ella dijo. Aunque su cara hablaba por sí sola, y eso que la calidad de la imagen era bastante regular.
En cuanto llegó a la puerta de casa, Adriana la inspeccionó en un rápido vistazo. Parecía estar bien físicamente. Pero su mirada esquiva y el rictus de su boca eran demasiado reveladores.
—¿Dónde están tus cosas? ¿La chaqueta, la mochila… tus llaves? —La siguió hasta la cocina, donde su hija se sirvió un vaso de agua—. ¿Has llegado a entrar en casa de Leticia?
—Sí, he estado con ella —dijo entre sorbo y sorbo, sin mirarla—. Me he dejado todo allí.
—¿Por qué? ¿Ha habido un incendio y habéis tenido que salir corriendo?
—No, nada de eso. —Dejó el vaso en el fregadero y señaló la mesa donde solían desayunar juntas cada mañana—. Mejor nos sentamos.
Muda por el tropel de posibilidades que acudían a su mente, Adriana se sentó en su silla habitual a la vez que Laia hacia lo propio. La mujer no podía parar de analizar cada gesto, cada mueca, cómo los ojos verdes de su hija, tan parecidos a los suyos, se movían inquietos sin posarse en ningún punto; cómo se echaba el pelo largo castaño a la derecha y dos segundos después a la izquierda. Se estaba pensando mucho cómo decirle algo, o cuánto decirle de ese algo, y la preocupación amenazaba con hacerla gritar de un momento a otro. Pero se contuvo y esperó a que su hija sacara fuerzas para hablar.
—Te prometo que yo no sabía que Leti iba a estar sola en casa hasta mañana. Te lo habría dicho, mamá, y te habría intentado convencer de que me dejaras ir de todas formas. Me crees, ¿verdad?
La confusión de Adriana fue máxima por un escaso segundo. Después, lo vio claro.
—Ay, Dios. Ha montado una fiesta, ¿a que sí? Y los vecinos han llamado a la policía —concluyó, entre horrorizada y aliviada. Porque había creído que el asunto era mucho peor.
—No, no. Solo… ha invitado a su novio. Ya sabes quién es Unai, te he hablado de él.
—Llevan cosa de un año juntos, ¿no? —recordó ella y reformuló su hipótesis de los acontecimientos—. Y que estuviera en la casa te ha hecho sentir excluida, por eso has preferido irte.
—Eh… Sí. —Laia valoró dejarlo así. Era una mentira a medias que justificaría perfectamente que no quisiera ver a Leticia nunca más.
—¿Tanto te has enfadado con ella que no has podido ni coger tus cosas? —indagó Adriana—. Ya es de noche, podrías haberme llamado y habría ido a buscarte. Aunque claro, ese chico habría salido de esa casa a la vez que tú, por supuesto —advirtió.
Aquello hizo que a Laia se le escapara una extraña risa nerviosa que, sin saber cómo, se acabó convirtiendo en llanto. Un llanto que fue en aumento hasta volverse desconsolado.
—Ay, cariño, no te preocupes. —Adriana le cogió de las manos y le dio un suave apretón—. Leti y tú lo arreglaréis. Es normal que cuando se empieza a salir con chicos no se tenga el mismo tiempo que antes para las amigas, es pura matemática. Hay que hallar la fórmula para compaginarlo todo y…
—No es eso. —Negó con la cabeza y sorbió por la nariz para poder hablar—. Sí, lloro un poco por Leti, porque me siento... traicionada —expresó con énfasis en la palabra—. Pero no es porque pase tiempo con Unai. Es que… es que…
—Tesoro. —Adriana le secó las lágrimas con caricias de sus manos sobre sus mejillas—. Sea lo que sea lo que ha pasado, puedes contármelo. Yo también he tenido tu edad, también he discutido con amigas, algunas veces lo hemos resuelto y otras… —Suspiró, recordando aquella época y lo grave que parecía todo, el fin del mundo incluso, cuando las cosas se torcían—. Otras veces se pierde esa amistad, por un tiempo o para siempre. Todo depende del problema en cuestión y de la profundidad de esa relación. Eso podrás valorarlo tú cuando se te pase este disgusto y volváis a hablar.
—No creo que pueda perdonarla por esto. Tendría que haberse dado cuenta de que yo, de que no…
Cuando Laia comenzó a temblar, Adriana supo que la cosa era seria, mucho. Aquello no era una simple discusión de amigas.
—Laia, escúchame bien. Yo siempre voy a apoyarte, sea lo que sea lo que pase, estoy de tu lado. Pero si no me cuentas lo que ha ocurrido, no podré ayudarte.
—No hace falta que me ayudes, ya ha pasado. —Se secó ella misma los restos de las lágrimas y dio un largo suspiro—. Ya está. Lo he resuelto —aseguró y asintió varias veces, como si tratara de convencerse a sí misma—. Pero me siento… mal —soltó con voz algo estrangulada.
—¿Qué te hace sentirte mal?—preguntó con cautela Adriana.
Laia apretó los labios y miró cabizbaja a su madre.
—Te vas a enfadar.
—¿Por no me haberme llamado nada más saber que los padres de Leti no estaban?
—En parte. Pero sobre todo… por haberme quedado cuando ha venido Unai… con su hermano.
Lo único que cambió en la expresión de Adriana fue un leve movimiento de su ceja izquierda.
—¿Hermano?
—Tiene un hermano mayor, de dieciséis años, se llama Raúl.
Ninguna película de terror que jamás hubiera visto era comparable al miedo que se instaló en cada célula del cuerpo de Adriana tras aquellas palabras, sobre todo viendo cómo los ojos de su hija se humedecían y cómo se abrazaba a sí misma como si de pronto tuviera un frío atroz.
—¿Le conocías? —fue lo primero que Adriana precisó averiguar.
—Sí, desde hace más de un año. Me gustó desde el primer día que lo vi —confesó la joven alzando apenas la vista hacia el rostro de su madre—. Yo pensaba que no me haría caso, siempre lo veía con gente de su instituto, de su edad. Pero hace dos semanas, cuando fui de compras con las chicas a Bilbao, vino con Unai y otros amigos al Starbucks. Se sentaron con nosotras, él justo a mi lado, y estuvimos más de una hora hablando. Y a la salida… me besó.
—¿Tú querías? —Quizá la pregunta le salió un poco brusca, pero para Adriana era muy relevante.
—Sí, mamá. Yo también lo besé. Nos besamos los dos. Un rato —especificó y con eso creyó que era más que suficiente detalle—. Nos dejaron solos y luego me mandaron un mensaje para decirme dónde estaban. Volvimos a juntarnos todos y quedamos en vernos el siguiente finde. Pasó lo mismo, y durante la semana hemos hablado por Insta.
—Vale. —Adriana asintió y respiro con calma—. Hasta aquí todo bien. ¿No? Tú estabas contenta con cómo iba lo vuestro.
—Sí, mucho. Muchísimo. —Aunque, contradictoriamente, decirlo la puso triste.
Por eso la había visto tan radiante últimamente, comprendió Adriana. Solo que ya no había ni rastro de aquel brillo.
—¿Y qué ha pasado hoy?
—No me ha dado ni tiempo a decirle a Leti que no era buena idea dejarlos subir, han aparecido con una pizza, así que hemos cenado y luego hemos puesto una peli. Nos hemos sentado en sitios diferentes, yo sola con Raúl en el sofá grande, pero Leti y Unai en un sillón más pequeño y…, bueno, estaban tan juntos que enseguida han empezado a besarse y al final… han preferido irse a su cuarto.
—Madre mía. —Adriana se tapó la boca. No quería juzgar, ni reñir, ni nada que pudiera hacer que Laia se sintiera cohibida de contarle lo que aún tenía que contar—. Perdón, cariño, eso es asunto de Leti y yo no soy su madre, pero te lo voy a preguntar igualmente. ¿Era la primera vez?
—Nunca habían estado solos en su casa. Ella tampoco en la de él. Si me preguntas si lo han hecho antes de esta noche, sé que no. Pero hoy…, no lo puedo saber, y me da igual —añadió con un puchero que trataba de mostrar una indiferencia que en el fondo sabía que no sentía.
—Vale, no insistiré en eso. Voy a preguntarte lo que realmente me preocupa. ¿Qué ha pasado en el salón cuando os habéis quedado solos?
—Pues… nos hemos besado.
—¿Tú querías en ese momento?
—Sí, mamá —aclaró con tono entre irritado y cansado—. Me gusta mucho. Estoy loquita por él, pero no esperaba que…
—¿Qué intentara algo más que besarte? —Adriana se dio de tortas mentalmente por terminar las frases de su hija. «Déjala a ella, no la interrumpas».
—Al principio me ha parecido bien —aclaró de inmediato, con los ojos muy abiertos. Luego se ruborizó y miró a su madre de forma menos directa—.Yo había fantaseado un poco con eso. No te sorprenderá, tú misma me has contado más de una vez que es lo normal con las hormonas de la pubertad y todo eso.
—Me alegra que me escuches cuando te doy una charla de madre —trató de bromear Adriana para que su hija soltara un poco de la tensión que crispaba sus manos.
—Las caricias del principio han estado bien, eran suaves, me hacían sentir cosas, no sé, bonitas. Dulces —trató de definir—. Pero luego han dejado de gustarme y se lo he dicho.
—Bien hecho —alabó sin poder evitarlo. Esas dos sencillas palabras lograron que Laia dejara de apretar una mano contra la otra—. ¿Le has dicho: «Para, eso no me gusta?»
—No. Le he pedido que no me tocara por debajo de la ropa.
Adriana tragó saliva y por un instante deseó que el bebé que una vez fue Laia se hubiera quedado así para siempre, siendo una muñequita que solo quería estar con su mamá. Pero la vida de una madre era esto, ver crecer a tus hijos y pasar por etapas como la temida adolescencia. Y ella podía sentirse afortunada, su hija estaba confiando en ella. Ahora tocaba estar a la altura de esa confianza.
—¿Y qué ha respondido Raúl a ese claro y totalmente legítimo límite que le has puesto?
Laia volvió a retorcerse los dedos de las manos.
—Me he preguntado cómo íbamos a hacerlo si no me quitaba la ropa. Entonces le he apartado de encima y me he levantado. —Lo hizo también en ese momento, se puso de pie y comenzó a gesticular como si escenificara de nuevo lo vivido. Adriana no se movió ni un milímetro—. Le he dicho que no lo íbamos a hacer. Que era pronto, que llevamos dos semanas juntos y que allí, en casa de mi amiga, con ella y su hermano en la habitación de al lado… no. No es lo que quiero para cuando pase eso.
»¡Y entonces se ha reído! Se ha reído como un idiota y ha empezado a decirme: «Ay, Laia, Laia…» con un tono así, como de un profesor cuando te da un examen que has suspendido. Me ha abrazo y ha vuelto a besarme, pero yo le he apartado. Entonces se ha quedado con la boca abierta, como un bobo, y me ha dicho con tonito como de superioridad: «¿Eres una mujer o una niña pequeña?»
—Intentaba manipularte —sentenció Adriana, muy seria.
—Lo sé. ¡Jo, mamá! Lo sé, claro que lo sé. Me has dado también esa charla no sé cuantas veces, y no soy una tonta. ¡No lo soy! Eso le he dicho. «Mira, Raúl, no me trates como si fuera tonta. Soy todo lo mujer que puedo ser con trece años. Y si no eres capaz de entenderlo, aquí el único tonto y el único niñato eres tú»
—¿Niñato? —Adriana contuvo la sonrisa que se le dibujaba en la cara en cuanto oyó el apelativo—. Muy apropiado —se lamentó finalmente.
—No sé si me ha venido justo esa palabra porque te oí más de una vez llamársela a papa, creo que en ese momento ni lo he pensado, me ha salido tal cual —aclaró—. Y como después me han entrado ganas de llorar y no quería que me viera hacerlo, me he marchado corriendo y sin mirar atrás. Me he dejado todas mis cosas allí —terminó de explicar y se dejó caer de nuevo en la silla, como si soltar todo aquello del tirón la hubiera dejado agotada.
—Eso da igu
