Prólogo
La noche que murió Menotti, mi editor me propuso escribir este libro.
El razonamiento de Carlos Ramos, un tipo muy futbolero, fue que sería bueno conocer las grandes ideas que anidan detrás del juego. Y, para ello, nada mejor que acudir a quienes han verbalizado su filosofía.
El fútbol son ideas.
Esta es mi tesis.
Desde los orígenes, este deporte ha sido un constante enfrentamiento de ideas ejecutadas por equipos humanos.
A la idea del juego directo inglés, nacida en los campos de batalla del imperio, se opuso la de los pases de los escoceses, nacida de su cultura cooperativa. Ambas ideas madre se desarrollaron a lo largo del tiempo y en diferentes territorios. Cada pueblo le dio su toque particular. Las ideas evolucionaron, chocaron entre sí, se hibridaron, mutaron por deseo o necesidad, y generaron abundantes escuelas de pensamiento.
El fútbol no hizo más que emular a la filosofía, como si fuesen universos paralelos.
Los griegos pensaban que el ser humano era bastante más que un bípedo dedicado a la caza y la procreación. Construyeron a su alrededor una estructura filosófica que apuntaló su desarrollo y su crecimiento, intentando dar sentido a la vida. En la vieja Atenas fluyeron las ideas. Los antiguos filósofos se enfrentaban entre sí lanzándose razones que rebatían con saña o cinismo. Aquellas ideas iniciáticas evolucionaron de la mano de los filósofos contemporáneos hasta la actual concepción del ser humano, rica, compleja, contradictoria. Sucedía, más o menos, como sucede en el fútbol, que no es sino un trasunto de la vida.
La inspiración involuntaria de Zlatan Ibrahimović nos permitió descubrir hace tiempo que el fútbol es un mundo de ideas que giran alrededor del balón.
Este libro pretende aproximarnos a la estrecha relación tejida entre filósofos y entrenadores. El balón y el pensamiento son los hilos que cosen la simbiosis.
Todas las ideas están ahí, sobre el terreno de juego, listas para ser jugadas.
Miraval, 15 de diciembre de 2024
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«Se juega como se vive»
Xabier Azkargorta
«Se juega como se entrena». Esta es una aseveración muy común en el fútbol. Pretende decir que existe una relación directa entre la preparación y el resultado. Desde luego, es algo muy cierto, aunque no es una verdad completa.
La preparación sirve para afinar movimientos y músculos, para coordinar acciones entre compañeros y frente a rivales, para agudizar cualidades y modificar hábitos corporales; en definitiva, para mejorar el rendimiento. Entrenarse es una herramienta que hace progresar al futbolista, si bien en ocasiones sus actuaciones se ven muy influidas por factores ajenos a la preparación, con lo que, en realidad, nunca se juega como se entrena.
Xabier Azkargorta profundizó en la esencia del fútbol hasta proclamar algo mucho más completo y certero: «Se juega como se vive».
La afirmación del entrenador vasco da a entender que es la globalidad de la naturaleza humana la que se manifiesta durante el juego, y no solo la parte dedicada a la preparación.
Se juega como se vive implica que se involucran todos los factores que intervienen en el ser. En una primera acepción, deberíamos entender que al entrenamiento se le unen todas las restantes actividades que lleva a cabo el individuo que se vestirá de futbolista: su alimentación, su descanso, sus relaciones sociales, su estado de ánimo… Y, por ende, todo aquello que, externo a él, ejerza alguna influencia en el jugador. Algo así como el «yo soy yo y mis circunstancias» de Ortega y Gasset.
A José Manuel Moreno, el Charro, quizá el mejor futbolista de la historia de entre quienes no gozaron de un aura divina, los dirigentes de River Plate le prohibieron comerse su buen asado de cada domingo. Decían que llegaba gordo e hinchado a los partidos, pues, además, regaba el asado con un buen vino. Cierto día, Moreno hizo un esfuerzo homérico por cumplir con la prohibición: dejó de comer la amada carne, abandonó el vino y se presentó sobrio, fino y enérgico junto a sus compañeros de la Máquina de River… Sin embargo, a los pocos minutos de partido, se sintió sin fuerzas y su juego «se desmayó». Jugó el peor partido de su vida. Siete días más tarde, repitió la abstinencia, con idéntico resultado. Y aún un tercer domingo lo intentó, con el mismo desfallecimiento. Finalmente, los dirigentes se dieron cuenta de que habían atacado lo más esencial de la naturaleza de Moreno y le permitieron regresar a sus costumbres gastronómicas previas a los partidos. Y, sí, ahí resurgió el mejor Moreno de siempre, un toro, un felino, un prodigio técnico, motor y alma de la Máquina legendaria. Sencillamente, su naturaleza necesitaba del asado dominical…
Llegamos con ello al centro del asunto: no es posible jugar al fútbol en contra de la naturaleza del individuo.
«Dime cómo juegas y te diré quién eres», escribió Eduardo Galeano.
Cada individuo juega al fútbol según su idiosincrasia. Y, por descontado, cada pueblo juega según su manera de ser.
Los ingleses practicaban el juego directo porque sus primeros futbolistas fueron los nietos de quienes construyeron el Imperio británico, aquellos jinetes suicidas que protagonizaron la carga de la brigada ligera en Balaclava, al galope, espada en ristre y a pecho descubierto, y que acabaron todos ellos descuartizados por la artillería rusa. ¡Cómo no iban a ser los primeros futbolistas hechos a imagen y semejanza de sus héroes! Para el delantero inglés, cada ataque era una carga al galope, a vida o muerte. El imperio se había erigido a través de héroes solitarios, hijos del romanticismo, valientes sin tacha, guerreros sin mácula, abanderados del individualismo, protagonistas de hazañas que erizaban la piel, como reflejó lady Butler en sus pinturas de batallas o Tennyson en su celebérrimo poema:
Cañones a su derecha,
cañones a su izquierda,
cañones frente a ellos
disparaban y rugían;
azotados por balas y metralla,
intrépidos cabalgaban,
hacia las fauces de la Muerte,
hacia la boca del infierno
cabalgaban los seiscientos.[1]
Los escoceses, por el contrario, habían desarrollado comportamientos muy diferentes: en vez de priorizar el individualismo, tal como sus vecinos, promovieron la cooperación entre iguales y el asociacionismo, que en el ámbito laboral desembocó en el sindicalismo, mientras que en lo comercial se estableció en forma de cooperativas. De ahí que, cuando comenzaron a jugar, lo hicieran con el mismo espíritu colectivo, lo que se tradujo en el juego de pases, una manera especial de concebir el fútbol que marcó significativamente la historia de este deporte. Se asociaban en triángulos, subiendo la banda a través de pases entre los jugadores, participando todos al unísono de ese innovador ataque.
Los austriacos jugaban al fútbol como se vivía en la Viena de los años treinta, una ciudad heredera del alegre París de los felices veinte. Los vieneses llamaron a su estilo Scheiberlspiel, que debemos entender como «bailar un vals con el balón en los pies». Su forma de jugar entroncaba de lleno con la identidad vienesa, alegre, despreocupada y feliz, que por encima de todas las cosas daba prioridad a un baile, un buen vaso de riesling y muchos chistes de doble sentido. La afición abroncó al Wunderteam de Matthias Sindelar tras vencer por 5-1 a los suizos, sencillamente porque el juego no había sido divertido. Para ellos, la victoria era lo de menos. Lo esencial era jugar como se vivía.
Así podríamos seguir, tanto si pensamos en países distintos como en regiones o ciudades concretas. En todos los casos, cada pueblo juega según su manera de ser. En la ciudad cálida, se juega de un modo distinto que en el norte lluvioso; en la población portuaria se concibe el fútbol de una forma diferente que en las tierras de secano, en las playas brasileñas o en la estepa rusa. El clima, la orografía, el carácter y la personalidad, la riqueza o la pobreza, el espíritu de la época, las influencias exteriores, todo contribuye a construir un modo de ser que deviene en una forma de jugar peculiar y específica de cada zona y región.
Azkargorta engloba todo lo anterior cuando dice que «se juega como se vive». Habla de cómo vive el jugador y también de dónde lo hace, del entorno que habita, del contexto en que se encuentra. Nos dice que el Charro Moreno no podía jugar bien si antes no se comía el asado de los domingos, y también nos permite comprender que el Wunderteam austriaco solo fue posible a partir de la identidad vienesa, de su vals, de su vino y de su despreocupada vida.
El lector advertirá, por descontado, que el mundo ha cambiado con la globalización, que todo lo homogeneiza, que devora desde las identidades hasta el paisaje de las ciudades. Y lo mismo ha ocurrido en el fútbol, que ha ido perdiendo gran parte de sus estilos identitarios hasta conformar hoy en día un magma uniforme en el que casi nadie sabe quién es quién. Pero, aun así, y no hay mejor paradigma que el actual, se continúa jugando como se vive.
El pensamiento de Azkargorta se incrusta en aquellos fundamentos de los filósofos estoicos que promovían el conocimiento de uno mismo, la búsqueda de la autonomía y la autosuficiencia, y muy especialmente de la coherencia con la naturaleza racional de cada cual.
Para los estoicos, la naturaleza humana daba sentido a la vida. Para Xabier Azkargorta, esa misma naturaleza es la que da sentido al fútbol.
2
«A mí el fútbol me gusta, quizá, más que la vida»
Ferenc Puskás
Se habla poco de la felicidad en el fútbol.
Pero la felicidad más pura se observa en el rostro de Garrincha cuando regatea o en el de Haaland cuando marca un gol.
Es la felicidad del niño que juega por amor al juego, que juega por jugar. Luego llegarán las consecuencias del regate y del gol, pero para ellos la felicidad no reside en esas consecuencias, sino en hacer aquello que les provoca la sonrisa más natural. El regate de Garrincha, el gol de Haaland…
Se habla poco de la felicidad en el fútbol, y aún menos de la inmortalidad, pero Puskás lo resume al estilo de santo Tomás, que dijo aquello de que «en esta vida se puede tener alguna participación de la bienaventuranza, pero no se puede tener la bienaventuranza perfecta y verdadera».[2]
Con su idea, Puskás se alinea en el tomismo, pues pretende prolongar el gozo futbolístico más allá de la propia vida. Podemos percibir que el húngaro era lo opuesto al nihilismo existencial. Hay algo que le hace tan feliz como la vida misma o incluso más. El fútbol le hace más feliz que vivir (quizá). Para Puskás, vivir tiene sentido porque juega al fútbol, lo que quizá rechazarían al unísono Nietzsche y Heidegger (o quizá no).
En el barrio de Kispet, a las afueras de Budapest, Puskás se forjó en los solares destruidos por la guerra. Jugaba en los grunds, que eran campitos de arena repletos de hoyos, intentando que sus balones de trapo no se perdieran en el cráter de alguna bomba perdida. Allí se hizo futbolista y aprendió a manejar el mejor pie izquierdo de la historia de este deporte (Maradona y Messi al margen). Se convirtió en alma y líder de los Mágicos Magiares que enamoraron al mundo en los años cincuenta y conquistaron Wembley en noviembre de 1953, lo que en términos futbolísticos fue muy parecido a lo que hiciera Neil Armstrong posando el pie humano sobre la Luna.
En Wembley, en el partido del siglo, los húngaros encabezados por Puskás derrotaron por 3-6 a los ingleses, que aquella tarde del 25 de noviembre perdieron la imbatibilidad en su territorio y la aureola de invencibles que les otorgaba haber sido los pioneros del juego. Hay un momento de aquel encuentro en que Puskás detiene el tiempo. A dos metros de la portería inglesa, pisa el balón con su dulce pie izquierdo y burla el feroz tackle de Billy Wright, el capitán de los locales, al que envía al suelo con aquella finta tan simple. Y después marca gol, el tercero de su selección. No es el tanto lo que destaca en la acción, ni siquiera la casi ridícula caída de Wright, sino la sonrisa de Puskás con los dos brazos levantados al aire, casi avergonzado por la travesura que ha hecho.
Ha sido una locura; de ahí que, años más tarde, ya muy mayor y con los ojos llorosos, pronunciará una frase eterna: «A mí el fútbol me gusta, quizá, más que la vida. Para mí, es una locura».
