Que yo recuerde, siempre he querido ser futbolista. Y estaba dispuesto a hacer lo que fuera por conseguirlo. De hecho, confieso que comencé en esto del fútbol haciendo trampas.
Yo era un chaval de barrio, concretamente del barrio de Yagüe, en el Logroño de los setenta del siglo pasado. Yagüe era uno de esos barrios que se construyeron durante el franquismo para toda la gente que venía de fuera, del campo o de los pueblos, y no tenían dónde meterse.
Fue una infancia feliz en un barrio de viviendas muy humildes, calles sin asfaltar y un tendido eléctrico muy deficiente.
Cuando vives en un barrio así, adquieres conciencia política muy pronto. Como cuando fuimos todo el barrio a la puerta del cuartel de la policía para arropar al cura Rafa, que salía de haber pasado la noche en el calabozo por encabezar una manifestación en la que se pedía que asfaltaran las calles. Un grupo de chavales del barrio, muy comprometidos y con fuertes convicciones, estábamos en primera fila.
—¡Estamos en contra de asfaltar las calles porque el balón no bota igual ni se puede jugar a las canicas! —le espeté al cura en cuanto salió.
—Lo que me faltaba… —zanjó Rafa, justo antes de ganarme una colleja de la Juli, mi madre.
Me dolió aquella colleja. «Es el precio que hay que pagar por los ideales», repetía constantemente mi amigo Roberto. Y mis ideales, en realidad, no eran otros que jugar al fútbol y fichar por el equipo del barrio: el Yagüe CF Estaba desesperado por cumplir diez años y poder fichar por fin por el equipo alevín, que dirigía El Maño, el curandero del barrio.
Mis amigos y yo no hablábamos de otra cosa cuando fumábamos detrás de la iglesia los cigarrillos que robábamos en la tienda de la Mari Carmen. No fumábamos por vicio, ojo, sino por tradición: desde tiempos inmemoriales, los chavales del barrio robaban cigarrillos en la tienda de la Mari Carmen: Bisontes, Celtas, Goyas, Ideales. De hecho, a Roberto, que tenía unos diez años más que nosotros, lo atropelló de pequeño un isocarro al salir huyendo de la tienda tras robar un paquete de Ideales y se partió la tibia y el peroné. Roberto, el Cojo desde aquel día, lo decía mucho: «Es el precio que hay que pagar por los Ideales», así, en mayúsculas, supongo.
A raíz del accidente, Roberto el Cojo vio truncado su sueño de jugar en el Yagüe CF, pero no por ello menguó su afición, al contrario: su pasión por el fútbol se acrecentó y buscó siempre la manera de involucrarse en su deporte favorito. Quizá por eso cuando la empresa Burle, que tenía una tienda de electricidad en Logroño, montó un equipo de fútbol, Roberto se las ingenió para hacerse cargo de él. Roberto el Cojo lo era todo en el Club Burle: entrenador, presidente, secretario, utillero y ojeador. Todos los chavales que no podían entrar en el Yagüe CF se los llevaba Roberto al Burle. En los partidos callejeros, tras elegir los capitanes a sus equipos, Roberto se acercaba a los que no habían sido elegidos: el gordito, el de gafas con un ojo tapado con esparadrapo, el bajito.
—Psss, ¿queréis jugar en el Burle? —les ofrecía, como quien ofrece un paraíso artificial.
Yo me sentía muy por encima del Burle, porque era de los primeros en ser elegidos, incluso en partidos de chavales de más edad. Pero Roberto, que sabía de mis ganas por entrar en la liga y de mi desesperación por cumplir diez años, me hizo una oferta que no pude rechazar:
—Te hago ficha en el Burle aunque no tengas la edad —me dijo.
—Pero ¿y el reconocimiento médico? —pregunté—. ¡Ahí se van a dar cuenta de que tengo nueve años!
—El reconocimiento te lo hago yo también.
Presidente, entrenador y ¡médico! Cuando Piterman, un ucraniano, que hacía de presidente y entrenador, un escándalo en el mundo del fútbol, llegó al Racing no entendí tanto alboroto.
—¡Pero eso es ilegal! —me escandalicé.
—Es el precio que hay que pagar por los ideales —me dijo, lacónico y convincente.
Acepté hacer la trampa por dos razones: la primera, porque me fiaba de Roberto el Cojo, un tío honesto, honrado y cabal, como demostró de mayor cuando se hizo empresario de clubes de alterne, y, la segunda, porque estaba seguro de que nadie del barrio diría nada. En el Yagüe CF sabían perfectamente que yo no daba la edad. Para empezar, lo sabía el Maño, el entrenador del Yagüe, el masajista del club, el curandero del barrio. Cuando te rompías algo, acudías a él; si se te salía un hueso, acudías a él; si tenías un esguince o te dolía la espalda, ibas a su casa. Y no era ni enfermero, ni ATS ni nada, pero tenía ese don el hombre. A mí más de una vez se me salió la muñeca y él me la encajaba. «Raulito, a ver si me llegas entero para alevines», me soltaba. Quiero decir con esto que en el barrio, entre vecinos, nadie iba a denunciar a un niño que solo quería dar patadas al balón. Bastante teníamos con manifestarnos para que nos asfaltaran las calles o pusieran el alumbrado eléctrico y sacar al cura Rafa del calabozo como para denunciar a los chavales que estábamos jugando de forma ilegal. Así era el barrio, el barrio de Yagüe.
Y así empecé yo en el fútbol, haciendo trampas.
—Eso sí, tienes que dejar de fumar —me dejó claro Roberto. Yo había empezado con cinco años, y con diez lo dejé por el fútbol.
Haciendo trampas y renunciando a mis Ideales.
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Mucha mierda

Representando El retablo del flautista vestido con sacos de patatas.
Tras estar un año jugando con ficha falsa en el Burle de Roberto el Cojo, pude salir de la clandestinidad y fichar por fin por el alevín del Yagüe. Cualquiera que haya jugado de niño en el equipo de su barrio me entenderá si confieso que pocas cosas me han hecho sentir un orgullo tan genuino y puro como debutar con la equipación —pantalón azul, camiseta amarilla— del equipo donde jugaban mi hermano y el resto de mis referentes del barrio.
A medida que iba ascendiendo de categoría —de alevín a infantil, de infantil a cadete— fui destacando cada vez más. Con el paso de los partidos y las temporadas me sentía más fuerte, más rápido, más hábil, y me iba ganando el respeto de mis compañeros y la admiración del vecindario. Me estaba haciendo un nombre, en definitiva.
En el ecosistema social del barrio te das cuenta de que vas subiendo de estatus cuando, en los partidos en la calle o en el patio del colegio, pasas de ser de los primeros elegidos a ser el que eliges; el que dicta el ranking; el tipo sin piedad que condena a un compañero a ser el último del escalafón. Y nunca me tembló el pulso en esas decisiones. «Así se forja el carácter de un líder, Raulito». Ay, ¡cuántas cosas me enseñó Roberto el Cojo!
Además, en esos días yo había empezado a gustarle a Maite, la chica más bonita de todo Yagüe. Catorce años, titular en el Yagüe y novio de Maite, que yo pensaba que era millonaria porque sus padres tenían una tienda de ultramarinos. «Estás en la cima, macho, como Ángel Nieto», me decía mi amigo el Patita, que era un fanático (en muchos sentidos, alguno inconfesable) de las motos. Y sí, realmente yo me sentía el rey del mundo. ¿Podía la vida ofrecerme algo mejor?
Pero cuando más seguro estaba de mí mismo y del reino que había conquistado, llegó al barrio un personaje que puso todo nuestro mundo patas arriba.
Llega un jinete libre y salvaje: Celso Bugallo
En 1976 llegó al barrio, donde ya vivía su hermana, Celso Bugallo, un pontevedrés que tenía el sueño de ser futbolista y que lo primero que hizo fue fichar por el equipo amateur del Yagüe. Celso era un delantero centro todo pundonor: luchador, generoso, entregado, siempre dispuesto a echar una mano en defensa y buen compañero. Virtudes que también derrochaba fuera del campo.
Enseguida se ganó la simpatía del barrio, claro, donde se convirtió en todo un personaje. Porque, además del fútbol, Bugallo tenía otra pasión: el teatro. Y como le sobraba energía, no solo se alistó en el muy logroñés Adefesio Teatro Estable, sino que creó una compañía de teatro juvenil que tuvo por nombre JUBY: Juventud Unida del Barrio de Yagüe (como veis, había mucho orgullo de barrio aquellos días y el nombre de Yagüe se lo poníamos a todo).
Los jóvenes del barrio recibieron aquella propuesta con ilusión y muchos de ellos se apuntaron. También es verdad que en esa época un plan como aquel tenía poca competencia entre los jóvenes. No había consolas de videojuegos ni móviles (¡ni siquiera televisor en muchas casas!) y la única red social eran las calles y el local de la asociación de vecinos: un piso vacío que se utilizaba como sede social. Allí había libros, se podía estudiar, jugar al ajedrez, a las damas o al parchís, leer la prensa y poco más. Celso les dio a los jóvenes una posibilidad de desarrollarse artísticamente, de conocerse mejor y de expandir los límites, un poco estrechos, que la realidad de aquella época les imponía.
En definitiva, todos en el barrio estábamos entusiasmados con el contagioso dinamismo que la llegada de Celso había dado tanto al ataque del equipo como al barrio.
El retablo del flautista y mi fichaje por el JUBY
La obra elegida por Bugallo para echar a rodar al grupo de teatro JUBY sería El retablo del flautista, una obra de Jordi Teixidó basada en el cuento tradicional de El flautista de Hamelín que hacía una crítica a los manejos de la política, la corrupción del poder y que proponía que toda la ciudadanía se uniera para resolver los problemas colectivos. Era una obra que encajaba muy bien con el espíritu de la época y con la realidad del barrio. El grupo de teatro lo formaban chavales de diecisiete, dieciocho o diecinueve años. Pero Celso pensaba que para el papel de flautista necesitaba un niño…
El JUBY ensayaba en el piso de la asociación que daba al patio del colegio donde solíamos hacer las «extraescolares», es decir: jugar al escondite o a patada al bote, un juego que consistía en llenar una lata de piedras y, mientras uno se la quedaba para atrapar a los demás, el resto teníamos que intentar huir y dar una patada al bote para salvar a los compañeros capturados. Era un juego barato y que, además, fortalecía el empeine.
Un día de ensayo, Celso nos oyó jugar, salió al balcón y nos gritó: «¿Quién quiere hacer teatro?».
Subimos cuatro o cinco de los que estábamos dando patadas a la lata y nos hizo una prueba: leímos algún texto e improvisamos un poco entre risas. Cuando acabamos las pruebas, Celso nos puso contra la pared y se dispuso a dar su veredicto. «¡Un momento! —pensé alarmado—. ¿No era yo el que elegía? ¿Qué está pasando aquí?». De repente veía cómo mi posición en el mundo se tambaleaba.
—Tú. —Celso me señaló con el dedo y fue como si me señalase un dios.
—¿Yo?
Cuando volvía a casa, mi cabeza no paraba de dar vueltas sobre lo que había vivido: la personalidad de Celso, las felicitaciones de mis amigos, la bienvenida al grupo de los chicos mayores, ¡alguno hasta de diecinueve años!
Encima, a mis padres les pareció una gran idea. Mi padre incluso me animó a que dejase el fútbol por el teatro. «En los toros se ponen vallas para proteger al público de las bestias. En el fútbol se ponen vallas para proteger a los jugadores y al árbitro del público. ¿Qué clase de espectáculo es ese?», solía decirme. Es verdad, aquellos años todos los estadios tenían vallas para que el público no saltara al campo. Cuando recuerdo a mi padre, no puedo evitar el asombro: ¡un padre de los años setenta que prefería que su hijo hiciera teatro a que jugara al fútbol! Pienso mucho en él cuando veo el comportamiento de algunos padres de hoy en los entrenamientos y partidos de sus hijos.
La producción
Afortunadamente no tuve que dejar el fútbol ya que los ensayos solían empezar una vez terminados los entrenamientos. Era tal nuestro entusiasmo —puro contagio del de Celso— que a veces los ensayos se alargaban hasta las doce o la una de la mañana, y mi padre venía a por mí, preocupado por si me había pasado algo. Una de esas veces mi padre entró justo cuando Celso nos había pedido a algunos que gritáramos contra la pared y a otros que ladraran a la luna, y aquella estampa le impresionó. Se quedó con la boca abierta. Y así, con la boca abierta, pero sin decir ni mu, llegamos a casa.
—Es para controlar el diafragma, papá… —le decía yo, pero ni por esas.
Tras unas sesiones de técnica teatral, nos pusimos a ensayar la obra y ahí fue cuando nos enteramos de que había partes cantadas y de que teníamos que crear la música. ¡Ayer daba patadas a un bote lleno de piedras y hoy tenía que cantar! Cuando José Mari —que andando el tiempo se convertiría (atención, spoiler) en mi cuñado— sacó las canciones a la guitarra (había aprendido a tocar de forma autodidacta y a escondidas, claro, por el qué dirán) empecé a temer por mi reputación en el barrio.
—Con lo que tú has sido, macho —me recordaba constantemente el Patita, que, aunque no pertenecía al grupo de teatro, siempre venía a los ensayos.
Sin embargo, no pude resistirme al torrente de creatividad que desplegó aquel grupo de chavales: de repente, uno sabía hacer música; otra (Desiré) nos dejó con la boca abierta cuando la oímos cantar; el Boti, que empezaba a trabajar como electricista, se encargó de «los efectos especiales» (que es como llamábamos a hacer parpadear los focos); José Pablo, que hacía de alcalde en la obra, resultó que dibujaba de maravilla y en unos cartones que fue ensamblando pintó nuestro decorado (una calle en perspectiva por cuyo fondo los ratones huían); a Celso se le ocurrió que el vestuario de todos se hiciera con sacos de patatas (aquellos antiguos sacos de arpillera), y puso a las madres del barrio a coser la ropa de la obra y el resultado fue un vestuario que nos pareció chulísimo. Para mi personaje, el flautista de Hamelín, mi madre me fabricó un gorro, también hecho con la tela de saco de patatas, al que le cosió unos cascabeles, y a Celso se le ocurrió que la flauta que yo tocaba la podíamos hacer con una zapatilla. Ya sé que suena absurdo, pero es que fue todo así: una zapatilla con un cordón colgando y unos agujeros para tocar.
Ante ese espíritu de equipo, muy similar al que pude encontrar tiempo después en un vestuario de fútbol, yo no podía hacer otra cosa que entregarme en cuerpo y alma a la interpretación y al canto sin importarme las habladurías ni el qué dirán del barrio.
El estreno
Después de meses ensayando, pensábamos que aquello nos salía de maravilla y estábamos muy satisfechos del trabajo realizado. Lo habíamos pasado bien, nos habíamos reído mucho, habíamos estrechado lazos y habíamos crecido como grupo. Yo pensaba que aquello estaba tocando a su fin y que podría volver a dedicarme al fútbol al cien por cien. Pero no, Celso dijo que nos faltaba el «estreno».
—¿Estreno cómo? ¿Con público? —pregunté asustado.
Todos rieron.
—Claro, para eso ensayamos, ¿no? —me respondió Bugallo.
El Patita me palmeó la espalda:
—Quién te ha visto y quién te ve…
—Ya vale, Patita, tronco…
La verdad es que actuar en público no entraba en mis planes. Era llevar demasiado lejos aquella experiencia del teatro. Pero me tranquilizaba pensar que en el piso de la asociación no podía caber mucha gente. «Lo llamamos “estreno”, pero no es más que un ensayo con algo de público», me tranquilizaba a mí mismo. Pero pensar que Celso se iba a conformar con eso era engañarme. Habló con el cura Rafa, auténtica alma del barrio, quien, entusiasmado con la idea, nos cedió la iglesia para la representación.
La antigua (digo «antigua» porque ahora hay una nueva) iglesia de San Salvador era una construcción moderna, tan típica de las iglesias de los setenta del siglo pasado: grande, alta, rectangular, pensada como un espacio de celebración colectiva, casi multiusos, donde lo mismo se decía una misa que albergaba una reunión de un sindicato, de la asociación de vecinos o se escuchaba un concierto (una vez se organizó un concierto clandestino y se mantuvo tan en secreto que no fue nadie). Aquel recinto era el corazón del barrio y era enorme, y si hubiéramos tenido dinero, habríamos colocado dos canastas para jugar al baloncesto. «Esto no lo llenamos ni de broma», me tranquilizaba yo.
La noche antes del estreno, apartamos los bancos y montamos un escenario (en realidad, una tarima poco fiable que se balanceaba bastante). «Bah, van a venir cuatro familiares y el Patita…», me repetía a mí mismo para quitarme presión. Pero cuando llegó la hora, aquella enorme iglesia estaba a rebosar. Había ido todo el barrio y a mí me temblaban las rodillas.
Por aquel año de 1976, Jorge Valdano estaba marcando goles en el Alavés en Segunda División. Una década después, desarrollaría su tesis sobre «el miedo escénico del Bernabéu». Yo lo conocí aquel día. La iglesia de San Salvador fue mi Bernabéu.
Interpretamos por primera vez El retablo del flautista con Celso Bugallo como director. Y a pesar de que la tarima del escenario amenazaba con descuajaringarse a cada paso, la obra entusiasmó al público. Cuando al acabar se levantaron todos a aplaudir durante minutos y minutos, podíamos ver que no era un simple reconocimiento a un trabajo más o menos bien hecho, sino el orgullo por un grupo de jóvenes del barrio que habían hecho algo nuevo, distinto y bueno. Pocas veces me he sentido tan feliz.
El concurso nacional
Había que perfeccionar muchas cosas, y aunque aquello solo fue un ensayo con público y teníamos que seguir ensayando, la gente en el barrio se sintió orgullosa de nosotros. Lo tomó como algo propio. Nos felicitaban y nosotros estábamos como en una nube. Celso se vino arriba y apuntó a la compañía —ahora nos referíamos a nosotros mismos como «La Compañía»— en el Certamen Nacional Juvenil de Teatro Social. Tardamos semanas en aprendernos el título del concurso. Así que ¡había tarea por delante!
Aquello supuso que los ensayos se hicieran más frecuentes y que las actuaciones coincidieran con los partidos, por lo que se me planteó la disyuntiva entre el fútbol y el teatro. Hacía poco más de un mes, el dilema de elegir entre el fútbol y cualquier otra cosa los habría resuelto con una carcajada. Un mes y pico después, para mi sorpresa, ni me lo pensé: elegí el teatro. Me divertía más, me exigía más y me daba más prestigio social. Y ahora, encima, un concurso nacional que me daba la posibilidad de viajar a teatros de Logroño, de Vitoria o de Zaragoza.
—Pero ¿tú sabes dónde está Zaragoza, criatura? —me animaba entusiasmado el Patita.
«¡Realidad, realidad!»
Para nuestro debut en el concurso nacional, que al principio era por los teatros de la provincia, Celso decidió que nuestro decorado necesitaba algo más.
—Pero ¿qué? —quiso saber José Pablo, que lo había pintado.
—¡Realidad, le falta realidad! —dijo por fin Celso después de contemplar el decorado en el suelo.
—¿Más color? ¿Le meto más óleo? ¿Lo hago más grande? —preguntaba, dispuesto a lo que fuese, el bueno de José Pablo.
Celso se quedó de nuevo pensativo ante el decorado. Todos esperábamos expectantes su respuesta.
—¡Ya sé! ¡Le falta mierda! ¿Quién tiene ganas de cagar?
Antes de que pudiéramos reaccionar, el Patita —cómo no— levantó la mano.
—Ahora vengo —dijo y salió decidido.
El Patita volvió al rato, muy orgulloso, con un enorme mojón en un bote de cristal grande, como de melocotones en almíbar. Nos lo pasamos unos a otros y mirábamos aquello como si se tratara de un extraterrestre en formol. Recuerdo que me sorprendió lo caliente que estaba el frasco. Cuando Bugallo lo abrió, instintivamente nos pegamos a la pared. Puso el frasco en el suelo, junto al decorado, y con un palo embadurnó los cartones con el contenido del frasco. «¡Ahora, sí!», exclamó Celso tras la redecoración. A José Pablo se le saltaron las lágrimas.
—Es por la peste —se excusó, pero todos sabíamos que no era por eso.
Desde aquel día, el Patita se consideró un miembro más de La Compañía. Recuerdo que al salir para el primer viaje que hicimos me dio un abrazo de despedida.
—Algo mío va con vosotros, amigo.
—Y que lo digas…
Y con aquel nuevo y perfumado decorado viajábamos todos en una furgoneta por esas carreteras de España. Cuando actuábamos y poníamos nuestro decorado, el olor llegaba hasta el último rincón de la sala.
—¡Realidad, Raúl, realidad! —me decía Celso.
—Sí, sí, ya, pero… —me quejaba yo.
Como aquello era un concurso, había que ir superando etapas: Logroño, Zaragoza, Vitoria… Era como un torneo de Copa. Ibas compitiendo en certámenes y te ibas clasificando. Yo lo viví
