Yo soy el otoño

Jorge Alberto Gudiño Hernández

Fragmento

Yo soy el otoño

1.

Los mataron a todos.

Juriel aprieta el metal cromado del estribo trasero de la moto, lastimándose las manos. De esas veces que, de tanto apretar, uno se queda con restos de pintura en la piel. Le van a brillar las manos. Plateadas. Se suelta de un lado, inclinándose un poco para atrás. Cromadas. Siente el olor a pólvora, a sangre emanando de las heridas; la tensión de los músculos de Santos, quien acelera a fondo sin que el vehículo se mueva.

Cuando subían por la barranca por poco se toparon con los otros. Por poco, porque los escucharon a tiempo. Las cuatris y las motos. Le gritó a Santos desde atrás para que diera un rodeo. Nunca es bueno encontrarse con los otros si uno va en desventaja. Fue mejor así. Si los hubieran topado de frente de seguro habrían terminado con su encargo. Entonces sí los habrían matado a todos. A Santos y a Juriel. Los que faltaron. ¡Qué bueno que les dieron la vuelta! Iban hastiados de sangre. Ahítos.

Que chinguen a su madre.

Chingos de balas entrando a los cuerpos y ellos se salvaron de milagro. Santos y Juriel. ¿Cómo se puede creer en milagros frente a esta masacre? ¿Quién sabe? Quizá el milagro consiste en que, por más atroz que se presente el escenario, uno sigue siendo espectador y no alguien tendido en el proscenio.

Un nuevo acelerón. Juriel sigue la mirada de su amigo. Ahí está. El cadáver destrozado contra la pared. Sentado. No. Como si le hubieran arrancado las fuerzas de las piernas. Rendido. Tarda en identificarlo. Tito. La cabeza reventada como una sandía. Tito. El hermano de Santos.

Percibe, a escasos centímetros de la espalda de Santos, cómo el dolor se transforma en ira, en deseo de venganza.

Santos gira la moto. El suicidio que consiste en ir tras los responsables en medio de un arrebato de furia. Los otros. Juriel suelta la otra mano de la agarradera antes de que la moto avance mucho. Los dedos engarrotados por la presión, por la sorpresa. Los destellos del cromo en la piel. Abraza a Santos. Con fuerza. Con toda su fuerza. Lo aprieta fuerte y se deja caer a un lado.

Un buen madrazo.

El olor a polvo atenúa al de la sangre. ¿A qué huele un cerebro perforado, la mierda que asoma a través de las tripas expuestas? Si no fuera porque los muertos eran suyos, por lo que significan, hasta resultaría atractivo el color de esos huesos: blanco perlado, nácar, astilla.

La moto avanza por inercia, tendida en el terraplén. Media circunferencia. El motor se ahoga por el embrague suelto.

A Juriel le duele el hombro remolido. Sigue abrazando a Santos, aunque se contorsiona con fuerza. Las costillas.

¡Suéltame, cabrón!

Su voz se atraganta por la polvareda. Su odio es tierra masticada.

Se sueltan. Lo suelta. Tardan algunos segundos en incorporarse. No le funciona bien el cuerpo a Juriel. Los fragmentos de realidad se recomponen en su cabeza. ¿Cuántos son? Tito, Eusebio, el Racemo. Todos recargados contra la pared de la bodega. Las esquirlas son de luz. Como si les hubieran disparado de frente, como si no se hubieran dado cuenta. ¿Es mejor morir sabiendo que se muere? Un pantano carmesí sale por debajo de la puerta. El polvo y la sequía no le permiten volverse arroyo. Un enorme coágulo. Lodo. Ese lodo. Dentro deben estar tres o cuatro.

Macarena.

Juriel siente un enorme cansancio debatiéndose con el morbo. Debería cruzar esa puerta. Macarena. Constatar ese primer pensamiento: los mataron a todos.

Es cuando escucha la canción dentro de la bodega. La bocina sigue prendida. Un bolerito. De seguro del celular del Racemo. A otros les gusta música mejor. Juriel reconoce la melodía antes que la letra. Una de sus canciones favoritas. Habla de un viejo amante que le desea suerte en la vida a la mujer que se larga. Ya nadie abandonará al Racemo.

Santos camina hacia donde Tito lo observa con el ojo vaciado. Se acuclilla a su lado. El cráneo abierto. Toca la cara de su hermano. Se hinca. Su obsceno interior. Grita con toda la fuerza del mundo. Un grito de ésos que se tragan para adentro, sin decir nada. Lloriquea, incapaz de contener el alarido ni el aliento. Estertores. Un dolor convulso. Juriel se queda de pie, evaluando el dolor del cuerpo. Descubre sus manos. Cáscaras de pintura. Brillo. Las restriega contra el pantalón. No salen.

Cuando Santos se calma un poco, comienza a murmurar quedo, muy quedo. Sus hombros suben y bajan con menor intensidad. Repite lo mismo. Quizá la letanía lo tranquilice.

Juriel se acerca hasta quedar casi al lado. Sigue frotándose las manos. Sigue abierta la cabeza de Tito. La música continúa y no se anima a entrar a ver al resto. Los huecos en la pared que ya es paredón. Las moronas de yeso. La canción de un vagabundo sin raigambre. Macarena.

Escucha con claridad la pregunta que no es plegaria ni mantra, repetida una y otra vez, como para conjurar su sino:

¿Cómo le voy a decir a mamá?

2.

Macarena no está adentro. Maca. Tampoco su cuerpo.

Juriel lanza un suspiro de alivio que contrasta con la escena: otros tres cadáveres, otros tres compañeros, amigos, socios, miembros de una banda ya desintegrada: el Zocotroco, el Ulero y el Yelín. Tan bien que se la pasaron siendo la banda más poderosa de la barranca. Cadáveres. Si nadie se metía con ellos. Hasta que se metieron. Y ya nada más quedan dos. O tres, con Maca.

Alivio y milagros. Las contradicciones. ¿Quién se puede aliviar frente a eso? Alguien que descubre que su primera impresión fue errónea. No los mataron a todos. A Maca no. Tampoco a ellos. Juriel. Santos. Maca. A todos, sí. A todos los que estaban ahí. No a los que más importan.

Juriel no se acerca más. No tiene caso. Ni siquiera podría darle un tiro piadoso a un malherido. Además, el lodo hecho de sangre y tierra da asco. Los habían matado bien. Él no va armado. De varios balazos. No con fuego. Tiros en exceso para garantizar el éxito. Carga una navaja, de ésas de resorte; se enreda una cadena en la cintura cuando sabe que va a haber putazos; tiene una manopla en la bolsa del pantalón. El arsenal de quien pelea las calles. Ha usado palos, un bat, una llave de cruz y un martillo. El cinturón. Nada que sirva para repeler el fuego. Los puños, los pies. Nunca una pistola. No él, sí el resto. Hay algo que le resulta repulsivo de las pistolas, de la idea de lastimar a distancia. No lo verbaliza ni lo acepta, pero lo cierto es que Juriel disfruta la sensación del golpe, de lo que se quiebra, de la sangre ajena manchando su cuerpo. Por eso prefiere otras armas: las que revientan, desgarran y transmiten el dolor en sus propias vibraciones.

Y esos cabrones traían muchas. Mucho fuego. Fuscas, rifles, quién sabe qué más. Por eso los dejaron solos. Sin banda, sin la bodega donde pasaban las tardes y el encierro. Hasta la tele está reventada. Y el Play. La puerta del refri a medio cerrar. La lucecita que sale como una franja colorida en medio de tanto polvo. Un charco de cerveza. El goteo pausado del líquido ambarino. Al menos no había merca guardada. La habrían hecho mierda.

Juriel se pregunta qué clase de violencia es la que lo ha dejado sin un refugio. Sin la camaradería de los suspicaces.

No se responde pues su mente prefiere volver a la sensación de alivio antes que plantarse frente a la duda. Cada quien escoge los escapes más convenientes.

Maca sigue viva y Tito no.

¿Dónde queda Juriel entonces?

Más que una astilla de ésas que uno no se encuentra por más que busque, Macarena ha sido el mandoble que le ha volteado la cara en la época reciente. Sobre todo, desde que se juntó con Tito. ¿Cómo pudo ser? Por idiota. Por eso le quedó claro que él ya no tenía nada que hacer ahí. Con las ganas que le traía, pero ni modo, no se iba a enfrentar al jefe. Tito estaba cabrón. Cabrón y loco. Le habría partido la madre sin pensarlo. Se tragó la derrota y, con todo, decidió no largarse. Él era parte de eso.

Como si el sacrificio fuera una vocación que no aporta nada.

O se quedó por puto, por cobarde. ¿A dónde se iba a ir si no? ¿Con los otros? Ni madres. Y, ahora, mira, el que está bien tieso es Tito.

Como si la resignación fuera un sacrificio legítimo.

Un nuevo grito de Santos regresa a Juriel al presente.

También regresa la música. La bocina es de las buenas, el Racemo se la había agenciado quién sabe dónde. La cargaba de un lado a otro, casi que con cariño. Por eso permitían que él pusiera la música. Chiquita, pero potente; nítida. Canta un trío contando la historia de un hombre que volvía veinte años después para descubrir que su mujer aún lo amaba, pero se había casado con otro. Puta.

Santos señala al perro. Anda como en su casa, como siempre ha venido. A veces, le echaban sobras y, a veces, patadas. Siempre regresa. Olisquea la sangre. Lame la pierna del Zoco. Los colmillos pelados. Disfrutando el banquete. El hocico con trazas carmesí. En cualquier momento va a soltarle una dentellada a cualquiera de los fiambres.

Santos le dispara. Preciso. Sin aullido.

A Juriel le gustaba el perro.

Te veo allá abajo.

La voz de Santos mastica arcilla, como si la tragara. Desde dentro, lo ve montarse en la moto, levantándola sin esfuerzo. Sale derrapando.

Juriel se queda quieto en el patio de los cadáveres. Van perdiendo algo, pero no sabe qué. Como si sus cuerpos se emborronaran. Pierden sus colores. Traspasan la línea que los separa del resto de las cosas. Se derraman ahí. Sin contornos. La vida es una fuerza que provoca una unidad de la que ya carecen. El único atisbo de fulgor sigue adherido a sus manos. Hay quienes creen en el alma.

Tendrá que caminar. Mejor así. Le vendrá bien para sacarse de encima las sombras y los pálpitos. A ver si Santos no se mata o consigue que lo maten. También. Mejor así. Nadie quiere cenar con fantasmas, mejor disiparlos pronto. Ya lo verá abajo si sobrevive. Abajo.

¿Dónde está Maca? ¿Por qué está metido en toda esta mierda? Si él también podría ser uno de los muertos. A Juriel, Santos no va a llorarle. Una ventisca despeja el cielo, las nubes se desmoronan. Nadie lamentaría demasiado su muerte. Siente un amago de felicidad. Respira hondo, olvida el reguero en torno suyo. Se sorprende al volver. De nuevo la sensación de alivio. Uno se la pasa dándole vueltas a las mismas cosas.

Comienza a pensar con claridad. Toma su teléfono y marca. El repiqueteo se escucha. Suena dos, tres veces; desfasado de lo que Juriel escucha en su aparato. Puta madre.

El alivio se evapora.

Maca. ¿Maca?

Seguro también la mataron a ella. Sólo que no ha buscado bien. Marca de nuevo cuando la voz le anuncia el buzón de voz. El timbre detrás de la construcción. Corta la llamada. Guarda el teléfono en el bolsillo. Mejor ir desprotegido a la tragedia.

Juriel se arma de valor. Pasa a un costado del edificio. Está lleno de escombros y basura. Varillas dobladas, ladrillos rotos. Debería echar al perro ahí. La falda de la barranca apenas deja un pasillo por el que pasar. El arañazo en la ropa y en los tobillos se multiplica. Se corta la mano con un vidrio viejo. Apenas se da cuenta.

La inclinación de la barranca aumenta a su derecha. El teléfono de Macarena está a sus pies. ¿Huyó entonces? ¿Se echó a correr cuando oyó los balazos, se quedó escondida ahí atrás hasta que se fueron? ¿Cómo saberlo? Recoge el aparato. Lo guarda. Mira hacia arriba buscando el rastro o la respuesta. No encuentra el primero. A unos metros, senderos de terracería bifurcándose. Luego la pared vertical, llena de matojos que no alcanzan para agarrarse, escalar.

Ojalá no esté herida. Juriel llega al frente de la bodega. Ve a los muertos. A Tito, a Eusebio, al Racemo. Se asoma y mira fijo a los de adentro. La necesidad de constatación. No a Macarena. ¿Quién va a levantar esos cuerpos? Hasta acá no llega la policía, menos los forenses. Al perro lo pueden aventar, no a las personas.

Comienza el descenso. Camina sin dejar de pensar en ella. Casi sin reparar en nada, se va arrancando los rastros de pintura. Los pellizca, se los sacude contra la ropa. La sangre de la cortada ayuda, pero no es tanta.

3.

La barranca es un tajo de verdor en una ciudad inmensa. No es la única. Existen varias al poniente de la urbe. Meandros de ríos que ya no son, accidentes geográficos, el pliegue de una tela que descansa arrugada sobre un valle rodeado de montañas. ¿A quién se le ocurre fundar una capital en medio de un bosque, inserto en un lago, cerrado en una cuenca que abreva de ríos que serán entubados y desecados?

El trazo trémulo de vasos capilares convertidos en hondonada. El avorazamiento urbano no consiguió crear calles en las barrancas. Las permitió existir para vedar los terrenos limítrofes: la vista boscosa en medio del concreto. Zonas prohibidas, casi inaccesibles.

Las clases pudientes convocadas al borde de la cañada. Cruzando por un par de puentes o renegando por el enorme rodeo al que obliga la visita de un conocido al otro lado del vacío.

Las clases pobres descendiendo de la parte alta de los cerros. Ya no queda espacio salvo la barranca. Pequeña en términos geológicos. Inmensa al permitir el hacinamiento.

El contraste es claro. Arriba, en las laderas que delimitan el valle, construcciones grises en medio de caminos mal trazados; el pavimento llegando con décadas de retraso; al menos ya tienen algunos servi

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