Prólogo
Londres, 1832
Estimada lady Arden:
Por medio de la presente, y como fiel abogado de mi cliente, me veo en la penosa obligación de informarle que ha fallecido Fitzwilliam Hubert Howard, conde de Norwood.
Tal como se habrá enterado usted misma, a través de las cartas que, entiendo, él le envió hace unos meses, lord Norwood contrajo una extraña enfermedad en uno de sus viajes a América. Y, aunque esperaba recuperarse pronto con el fin de regresar a Londres, para infortunio de todos nosotros, su estado empeoró y dejó este mundo sin previo aviso.
Por supuesto, incluso debilitado, en ningún momento olvidó sus compromisos, entre ellos el de contraer matrimonio con la señorita Arden.
Unas semanas antes de perecer, el conde me informó con todo lujo de detalles de la responsabilidad que había acordado con el difunto sir Patrick Arden. Y, ante la incertidumbre de su futuro, pero sin dejar de pensar en el destino, tanto de ustedes como en el de su propio linaje, optó por un ligero cambio en el último momento que ha dejado formalmente establecido en su testamento.
De acuerdo con las nuevas cláusulas, en caso de que él no pudiera contraer nupcias con la señorita Belinda Arden por imponderables de la vida —como ha sido la defunción del lord—, estableció que, para evitar caer en el incumplimiento de la promesa hecha a ustedes, su sobrino, Marcus William Howard, como nuevo conde de Norwood, asumiría la responsabilidad por él.
Con esto, lady Arden, y siempre que usted esté de acuerdo con esta nueva modificación, le informo que el heredero de Fitzwilliam Howard viajará pronto a Londres para conocerla tanto a usted como, por supuesto, a la señorita Arden, para cumplir con la obligación ya mencionada.
Desde ya, le envío mis condolencias tanto por la reciente pérdida de su esposo como por la de lord Norwood a quien sé ustedes estimaban profundamente.
Atento y a su servicio,
Joseph Bigod
Tras terminar de leer la carta en voz alta, Greta Arden —viuda de Patrick Arden, el baronet más apreciado del reino—, bajó las manos, clavó la vista en su única hija y exhaló, rendida. No esperaba una noticia como aquella, no después de la anterior carta que había recibido de su estimado Fitzwilliam Howard.
Según las últimas palabras del conde, él se sentía mucho mejor y estimaba que, en unas pocas semanas, llegaría a Londres para cumplir con la promesa hecha a Patrick, justo antes de que este pereciera.
Cierto era que, mientras el conde era uno de los lores más respetados y tenidos en cuenta, Patrick no había sido más que un simple baronet. No obstante, aquello poca relevancia había tenido para el par de amigos más fiel de la historia de Inglaterra. De hecho, no habían importado las discrepancias políticas —Norwood había sido partidario de los tories mientras que Arden lo era de los whigs—, ni tampoco de las diferencias de temperamentos —el conde, de extrema seriedad, fría y calculadora; Patrick, de espíritu libre, descuidado y desinteresado—. Ambos, aunque, en apariencia, tan incompatibles como el agua y el aceite, habían forjado una profunda e inquebrantable amistad desde muy pequeños. Y tan fuerte había sido el lazo que, cuando sir Patrick se vio envuelto en terribles deudas y cayó gravemente enfermo, lord Norwood no tardó en tomar cartas en el asunto.
Era una obviedad que, hundida en semejante desgracia, Belinda jamás conseguiría un buen partido, al menos no uno que le ofreciera la vida a la que ella ya se había acostumbrado. La preocupación agobió aún más al baronet, pero fue en ese momento cuando, sin siquiera dudarlo, Fitzwilliam calmó a su amigo al prometerle que él mismo se casaría con Belinda, siempre que ella lo aceptara.
No hubo tiempo para razonar otras posibilidades. Sir Patrick falleció al día siguiente de aquella promesa. Y lady Arden, angustiada hasta el alma por la terrible situación en la que se veía ahogada, se sintió un poco más tranquila al saber lo que el conde haría por ellas. Sin embargo, la rebelde de su hija no sintió lo mismo en ese momento, y mucho menos para entonces, con la nueva situación que su madre acababa de leer en voz alta.
—¡Deja ya de mirarme así, mamá! ¡No lo habría hecho antes y mucho menos ahora! —exclamó Belinda tras dejar la taza de forma brusca sobre la mesa.
Lady Arden suspiró. Los ojos verdes de su hija chispeaban de la indignación y la reacción de esta había sido tan impetuosa que varios de los bucles azabaches se le habían desprendido del peinado.
Era una fiel copia de su difunto esposo. No solo en la apariencia, sino también en cuanto a espíritu. De palabra fácil y amena, desde que Belinda había aprendido a hablar, Greta supo que nunca sería fácil casarla para cuando llegara la edad de merecer. De alma rebelde y libre, como lo había sido Patrick, Belinda siempre había soñado con una vida muy distinta a la que, de repente, debía asumir para que ninguna sufriera necesidades.
—Cálmate, hija. Fitzwilliam me aseguró que jamás te habría exigido ninguna responsabilidad marital e íntima que tú no aceptaras. Estoy segura de que con su sobrino será igual. —Trató de sonar convincente, pero la realidad era que, por mucho que hubiera conocido al conde, nada sabía del nuevo heredero.
—¡Entonces te hubieras casado tú con Fitzwilliam! —soltó grosera y de improviso—. ¡De hecho, cásate tú con el nuevo conde! —agregó furiosa.
Greta suspiró ofendida y con poca paciencia.
—¿Es que no entiendes? ¡Habría sido una completa falta de respeto hacia tu padre! ¡Se trataban casi como hermanos! —Suspiró, pero no tardó en continuar—. Y si Fitzwilliam se ofreció a casarse contigo, ¡fue justamente porque sabía que no querías formar una familia! ¡Él solo quería que fueras feliz, sin la necesidad de pasar penurias ni de ser mal vista por la sociedad, y tú te atreves a responder de esta forma tan descortés! ¡Desagradecida! —vociferó e, intentando mantener la compostura, bebió un sorbo de té, que ya estaba frío.
Belinda inspiró profundo y, tras mirar a un lado, soltó el aire de un tirón.
Su madre no la comprendía o, al menos, eso era lo que ella concluía. ¿Acaso tan difícil era entender que lo único que deseaba era ser una mujer libre, que dependiera de sí misma? ¿Tan terrible era asumir que anhelaba subsistir enseñando a otras muchachas? Al parecer, sí. De hecho, no le cabía duda alguna, en especial cuando tiempo atrás se lo había confesado a su madre y esta casi se desmaya al oír la palabra «institutriz».
No obstante, por muy impulsiva y egoísta que pudiera parecer, era muy consciente de que la intención del anterior lord Norwood había sido en extremo bondadosa.
Tomó un sorbo del té, dejó la taza de nuevo sobre la mesita que separaba la una de la otra y, llamándose a la calma, regresó la mirada a Greta.
—Entiendo tu preocupación, mamá. De verdad que sí. Pero, si tan solo fueras capaz de ver la situación desde otra perspectiva, si tan solo lo hicieras desde mi lugar, estoy segura de que comprenderías que casarme no es la única solución.
De inmediato, lady Arden se puso en pie y caminó hasta la ventana que daba al lujoso barrio de Mayfair.
—No lo intentes de nuevo, Bel, porque no me convencerás —lanzó tajante y de espaldas a su hija.
Belinda cerró los ojos y se dejó caer sobre el respaldo del diván, aunque no se quedaría callada.
—Es decir que, con tal de mantener los lujos y la imagen ante la sociedad, eres capaz de someterme a una vida que jamás deseé para mí. Serías capaz de entregarme a la infelicidad por tu propio bienestar.
Al instante y enardecida, Greta se giró para clavar los ojos castaños en los verdes e insolentes de ella.
—¡¿Cómo te atreves?! —replicó indignada y avanzó un paso en dirección a Bel—. ¡¿Es que acaso no lo ves?! Dices que puedes subsistir enseñando a otras muchachas, ¡pero no tienes idea de lo difícil que es vivir en semejantes circunstancias!
Belinda frunció el ceño y elevó el mentón.
—Pues déjame experimentarlo y luego te diré si tenías razón o no.
Pero entonces lady Arden estalló.
—¡No! ¡Jamás! —La voz se le quebró y, en ese mismo instante, justo cuando sus piernas perdieron las fuerzas y cayó al suelo, Belinda, sintiéndose culpable por el momento amargo que acababan de atravesar, corrió a auxiliarla.
—¡Mamá! ¡Mamá! —soltó al tiempo que la tomó por debajo de los brazos para ayudarla a que se pusiera en pie, pero Greta, lejos de intentar pararse, se dejó vencer por la angustia, y un llanto, que hacía tiempo no se permitía, la dominó.
—Tú no entiendes, Belinda, tú no entiendes… —Las lágrimas se le colaban entre los labios resecos—. No sabes lo que es pasar necesidades, no sabes lo que es ser degrado por la sociedad y lo que ello implica. Tú no lo sabes, pero yo sí… —Se tapó el rostro con las manos, aunque ni aun así logró contener el arrebato de tristeza que la envolvió.
Sin siquiera pensarlo, Belinda la abrazó con todas sus fuerzas.
Era cierto: ella no sabía lo que era pasar por necesidades, a diferencia de Greta que, de no haberse cruzado con Patrick, habría padecido un destino muy diferente y nefasto.
Y, aunque ver mal a su madre no la hacía dudar de su sueño de ser institutriz, lo cierto era que tampoco podía ignorar las razones que Greta exponía. Quizá el nuevo heredero fuera como Fitzwilliam. Y siempre que le permitiera vivir con libertad su sueño, la verdad era que tampoco le parecía de lo peor la idea de casarse si con eso evitaba enfermar a Greta. Ya había perdido a su amado padre. Lo último que deseaba era el mismo destino para su madre.
No estaba segura y, por ende, tampoco expresaría una nueva opinión respecto de la idea de contraer matrimonio. Para entonces, lo único que Belinda hizo fue abrazar a lady Arden con todo su corazón.
Dejaría que el tiempo pasara y le dijera qué sería lo más conveniente por decidir. Y para eso deberían esperar la llegada del nuevo y desconocido conde de Norwood.
Capítulo 1
—Maldición… —susurró Marcus William Howard, para entonces, nuevo conde de Norwood, y se dejó caer sobre la mullida cama.
El viaje desde América no había sido muy placentero y, como si hubiera sido poco, el encuentro con el abogado de su tío lo había sorprendido, aunque de manera poco feliz.
Miró la ventana por la que entraban los primeros rayos de luz del día y suspiró. Podría haber ido a una de las casas que había heredado por derecho, entre ellas, Howard House, allí, en Londres, mas las novedades que le había comunicado Joseph Bigod lo habían dejado tan asombrado que prefirió asentarse en un hotel que pudiera pagar por sus propios medios.
Y no era para menos. Lejos había estado del sueño de llegar y recibir toda la fortuna de su tío en una simple escucha del testamento. No. Para su desgracia, su querido y difunto tío —al que no había visto desde hacía ocho años atrás— había cambiado las reglas del juego unas semanas previas a su fallecimiento. Y resultó que, si bien había heredado la propiedad de Londres y el título de conde por derecho propio, lo cierto era que si deseaba quedarse con el resto de la fortuna Howard debía cumplir una única pero excéntrica condición: casarse con la desconocida señorita Belinda Arden antes de finales de agosto de ese año.
Menuda sorpresa para el joven Marcus. A decir verdad, hasta ese entonces, jamás había contemplado la idea de contraer matrimonio, y muchísimo menos con una joven inglesa.
Sí, era cierto: él había nacido en Inglaterra y, aunque había pasado los primeros diez años de su vida allí, la realidad era que el norte de América era su verdadero hogar. Su padre —que para entonces llevaba ocho años de fallecido— se había casado con una extranjera sin linaje ni fortuna. Un gran escándalo para la conservadora familia Howard que los llevó a distanciarse mucho más que un océano de por medio.
Claro que, cuando llegó el momento del funeral, Marcus no solo se encontró con innumerables deudas, obsequio de su padre, sino también con su tío Fitzwilliam. Más allá de la terrible y triste situación, el encuentro no fue para nada agradable, en especial por la frialdad que tuvo el conde de Norwood al negarse a ayudarlo con los problemas financieros que su hermano menor le había dejado al joven Marcus. Al poco tiempo de ese cruel momento, agobiada por la nostalgia y las preocupaciones, la madre de Marcus también pasó a mejor mundo. Y eso él jamás lo olvidaría.
Remontó el comercio que le había dejado su padre y, aunque no le sobraba el dinero, tampoco sufrió extremas necesidades… hasta que dos barcos, que llevaban grandes cantidades de sus mercancías, se hundieron. Cabe destacar que estos no estaban asegurados.
El infortunio había regresado a la vida de Marcus Howard y esa vez la desesperación lo envolvió como nunca antes. Sin embargo, aunque recibir la noticia de la muerte de su tío no le provocó ningún sentimiento en particular, sí lo llenó de esperanzas. Sabía lo cuidadoso que había sido Fitzwilliam respecto del dinero y las posesiones, mas nunca imaginó una condición como la que escuchó la misma mañana en que llegó a Londres.
Por supuesto —y aunque dudó por unos instantes en aceptar—, afirmó al señor Bigod que cumpliría con la cláusula. Después de todo, para él casarse no era más que una transacción comercial. Que el amor interviniera no hacía más que traer penurias, como las que habían vivido sus padres. No obstante, al cabo de unos momentos, al analizar que tendría que casarse con una completa desconocida, se sintió abrumado como jamás en la vida.
¿Quién era Belinda Arden? ¿Sería una de esas típicas jóvenes malcriadas? ¿Sería una dama honorable o una perdida cualquiera a la que su tío había escogido para fastidiarle la existencia a él? No lo sabía y, aunque era lo último en lo que quería enfocarse, tendría que ir a conocerla y hacerse cargo del compromiso… Eso si de verdad quería salir de la miseria en la que había caído.
Se levantó de la cama, se miró en el espejo, entrecerró los pequeños ojos azules y, tras acariciarse la melena castaña hacia atrás, suspiró y se marchó de la habitación.
No podía perder tiempo. Al menos se encargaría de presentarse en Howard House. Después de todo, y a pesar de los excéntricos deseos de su difunto tío, él era el nuevo conde de Norwood.
***
No sabían cuándo era que el heredero de Fitzwilliam Howard llegaría a Londres, mas los nervios las carcomían. Y no solo a Greta, sino —y en especial— a Belinda.
¿Sería mucho mayor que ella? ¿Sería un caballero o un hombre desagradable? No quería prejuzgar, pero, de lo poco que había oído acerca de América, no tenía una buena imagen de quienes venían de fuera del reino. Y con solo pensar que debería casarse con un completo desconocido, el corazón se le aceleró en una marcada exigencia por huir en cualquier dirección.
Desde que había tenido uso de consciencia supo que contraer nupcias no era parte de su sueño y, para entonces, estaba a semanas de tener que entregarse a un hombre del que, encima, no sabía absolutamente nada.
Dejó el libro que estaba leyendo y, tras salir a la terraza que daba al pequeño parterre de Arden House, cerró los ojos y respiró profundo. Al sentir una suave brisa acariciarle el rostro, se lanzó a lo único que la calmaba en situaciones como aquella.
—«Así es, no volveremos a vagar tan tarde en la noche, aunque el corazón siga amando y la luna conserve el mismo brillo. Pues la espada gasta su vaina, y el alma desgasta el pecho, y el corazón debe detenerse a respirar y aun el amor debe descansar…»[1] —expresó en un tono en el que pareció entregar su corazón al viento, pero en una clara declaración de desesperación.
—¿Otra vez con ese poema? —la sorprendió Greta.
Belinda inspiró profundo y, tras exhalar con calma, se giró para quedar de frente a su madre.
—Necesitaba expresarme. En voz alta. Y a solas —remarcó.
Greta arqueó una ceja.
—¿No era que el amor no era importante para ti?
Bel se cruzó de brazos al tiempo que se apoyó sobre la balaustrada de piedra.
—Nunca dije eso. El matrimonio es lo que no contemplaba en mi vida. —Suspiró, pero continuó—: Y ahora que es posible que deba casarme, yo… No lo sé.
Lady Arden la observó con pena durante varios segundos.
Jamás había visto los ojos verdes de su hija apagarse como en ese momento. ¡Y solo Dios sabía lo mucho que en realidad le hubiera gustado apoyarla en su sueño! Pero, por su bien, y dadas las circunstancias, aquello no era posible. Debía asegurar un futuro próspero a su hija, y el matrimonio con el heredero de Fitzwilliam era la única salida certera.
Se aproximó a Bel y, tras acariciarle el rostro, le sonrió con un dejo de amargura.
—Cielo… Imagino lo que tu corazón debe de estar pasando, pero no tiene sentido angustiarse de ese modo. Piensa que casarse es de los tratos más comunes y corrientes. No es tan grave. Ya lo verás.
Las cejas de Belinda se fruncieron con marcada preocupación.
—No lo sé, mamá. Tal vez tú lo veas de ese modo, pero yo… —Meditó por unos segundos y, frustrada, suspiró—. Si no hay amor, ¿podrá él comprender las exigencias de mi corazón? Y más aún, ¿podré cumplir mi sueño? Porque, si no resulta posible, entonces ¿cuál sería el sentido de mi vida?
Se hizo un breve silencio.
Greta necesitó tragar saliva para deshacer el nudo que se le formó en la garganta. La pregunta de su única hija la había paralizado. Respiró profundo y solo se dejó llevar.
—El sentido de tu vida está por encima de un matrimonio y de un trabajo, cariño. Si me lo preguntas a mí, yo creo que solo está en tu corazón. —Le acarició la mejilla de nuevo y, tras sonreírle con sutileza, le entregó una carta.
Belinda, aún insegura con la respuesta de su madre, parpadeó varias veces al tomar lo que esta le entregó.
—¿Qué es? —preguntó al tiempo que desplegaba el elegante papel.
—Una invitación de lady Lockheart. Hará un baile de máscaras. Bueno, ya sabes: no será de simples máscaras. Espera que vayamos disfrazados. Pero tú no tendrás por qué preocuparte. —Sonrió con entusiasmo—. Ya tengo la vestimenta ideal para ti.
Con duda, la joven Arden exhaló.
—No sé si quiero ir. Ya sabes lo mucho que me fastidia este tipo de veladas.
Greta suspiró, pero sería determinante.
—Pues lo siento, Bel. Esta vez no podrás faltar. Acabo de recibir noticias. —Tomó aire y se animó—. El nuevo conde de Norwood ha llegado a Londres y, según lo que me han dicho, está invitado al baile.
Belinda inspiró y retuvo por varios segundos hasta que exhaló, vencida.
No tenía caso. Por muy comprensiva que pudiera ser su madre, la situación desesperante que las envolvía era tan potente que su súplica no sería suficiente.
No había opción: debería asistir a la velada de lady Lockheart y, para eso, tendría que armarse de todo el valor que estuviera a su alcance.
Capítulo 2
—¿Acaso aquí nadie trabaja? —inquirió Marcus tras leer la invitación de lady Lockheart.
El mayordomo arqueó las cejas y, aunque en silencio, se lo quedó mirando hasta que el nuevo conde lo despachó con un gesto de la mano.
Había olvidado cómo eran las temporadas. De hecho, no había asistido a ninguna y lo que sabía de estas apenas lo recordaba. Incluso, pocos habían sido los años en los que había disfrutado de las bondades de haber pertenecido a la clase aristocrática. Pero no se quejaba. Aunque había tenido que asistir a su padre desde muy joven, para entonces, con veintiocho años de edad, agradecía todo lo que él y su madre le habían enseñado. El trabajo y el contacto con el «mundo real» —como solía decir su padre— lo habían tornado un hombre experimentado, y sentía que no había obstáculo que pudiera vencerlo.
Claro que aquel pensamiento no era suficiente cuando se trataba de enfrentar las dificultades. Y, por mucho que le doliera, esa era su situación. No importaba que la educación que había recibido fuera tan buena como la de su tío Fitzwilliam. Tampoco que la sabiduría práctica de su padre le hubiera proporcionado herramientas para enfrentar casi cualquier problema. Lo cierto era que estaba en la quiebra, y ni los ahorros habían sido suficientes para el desastre que entonces debía enfrentar. Le gustara o no, la fortuna de su tío era fundamental para que esta vez pudiera salir adelante. Y para ello, debería casarse. Con una completa extraña.
Miró una vez más la invitación que había recibido a los pocos días de que se instalara en Howard House y suspiró.
Tendría que mandar a encargar un disfraz y, aunque en cierta manera lo fastidiaba, al menos sabía muy bien cuál usaría. Además, no estaba seguro, pero era muy posible que allí conociera a la que se convertiría en su esposa y, por ende, la solución de su problema.
***
—¿María Antonieta? ¡¿Pero por qué?! —exclamó Belinda sin parpadear, con la vista extrañada y fija en el estrafalario vestido que su madre le había conseguido.
—Porque estarás preciosa —replicó Greta—. Además, no solo será el vestido. —Tomó la peluca blanca y el antifaz blanco—. Los accesorios serán cruciales.
Bel frunció el ceño.
—Seré un desastre, mamá. ¿Acaso no lo entiendes? De por sí odio bailar, pero que me arrastres a hacerlo con este disfraz será literalmente como enviarme a la guillotina.
Greta puso los ojos en blanco.
—No exageres. Será divertido… E impresionante. —Junto con la doncella, ayudó a su hija a despojarse del vestido de día que llevaba puesto y, tras colocarle el armazón y el traje para el baile, lady Arden sonrió de forma completa—. ¡Solo espera a verte cuando terminemos de maquillarte!
Sin poder creer en la situación en la que estaba envuelta, Belinda cerró los ojos. Pero, para cuando los volvió a abrir, la imagen en el espejo la sorprendió…, aunque no para bien, por supuesto.
—¡Eres una preciosura! ¡Mírate bien, Bel! ¡Mírate! —exclamó la madre entusiasmada, detrás de ella y con la mirada fija en el reflejo de su hija—. ¿Qué piensas?
Belinda tragó saliva.
Era cierto. El vestido parecía indumentaria original de la propia María Antonieta. Y con aquella enorme peluca sintió que era una réplica de la difunta esposa de Luis XVI. Sin embargo, lejos de alegrarla —o de al menos hacerla reír—, la angustia la envolvió con más fuerzas. El corsé le apretaba en demasía y el traje le pesaba tanto como la peluca. Apenas podía moverse y respirar. Era una muñeca viviente.
Aunque, si lo pensaba bien, su apariencia iba completamente a tono con su situación. Acorralada, encorsetada, sin libertad de decisión y directo a la guillotina de la vida matrimonial. Nada más propicio para la noche en que, de seguro, conocería a su futuro esposo.
No obstante, al ver la ansiedad en los ojos de Greta, Belinda suplicó a su voluntad, y esta, complaciente, la ayudó a responder.
—Está… muy bien, mamá. Está muy bien. —Y, acartonada, sonrió.
***
Llegar a la residencia de la condesa de Lockheart causó en Marcus más nerviosismo de lo que esperaba.
Cierto era que no le interesaban ese tipo de eventos, más allá de que en América hubiera asistido alguna que otra vez y esencialmente por negocios. Pero cuando profundizó en la razón principal de su malestar, entendió que hasta un hombre de mundo podía sentir miedo. Casarse no había entrado en sus planes y, para entonces, se tornaba crucial si era que quería una vida lejos de la miseria.
Lo que no había calculado el nuevo conde de Norwood era la atención que recibiría en cuanto entró al salón de los condes de Lockheart. No había estado en una guerra ni en nada similar y, sin embargo, un ejército de debutantes desesperadas casi se abalanza sobre él en cuanto los anfitriones hicieron correr la noticia de su llegada al baile. Por supuesto, su respuesta no fue más que monosílabos y sonrisas sobreactuadas. No obstante, en cuanto las mejillas le empezaron a doler de tanto sonreír por compromiso, el corazón no lo soportó más. Un criado vestido de librea verde oscuro le ofreció una copa y, tras hacerse con la bebida, se escurrió entre los invitados hasta salir a una de las terrazas.
Necesitaba aire y que ninguna mujer más se le acercase —incluida a quien se suponía debía desposar—, por lo que ausentarse del baile para relajarse entre los enormes robles que los condes tenían en su parque fue el mejor plan.
Capítulo 3
Más allá de la amargura que la había embargado, en cuanto Belinda llegó a la residencia de los condes de Lockheart, no pudo evitar sonreír de la sorpresa. La majestuosidad del baile era innegable y, por mucho que no le agradara ese tipo de veladas, debía reconocer que se sentía en una digna fiesta versallesca. Y su disfraz, por mucho que lo hubiera querido negar, iba a la perfección.
Envueltos por la magia de la música de cuerdas, las parejas bailaban de forma tan sincronizada que dejaba sin aliento a quienes observaban la danza. No había nadie sin máscara. Y aunque creyó que sería sencillo descubrir las identidades, lo cierto fue que el esmero que habían puesto los invitados en los disfraces fue, sin lugar a dudas, impecable. Solo a alguna que otra dama fue capaz de reconocer y más por los gestos o tonos de voz que por la apariencia en sí. Claro que apenas conversó, pues, en cuanto tuvo la oportunidad, se escabulló hasta la esquina más lejana del salón desde donde se dedicó a disfrutar del baile de los otros, sin ánimos de ser descubierta por nadie.
—¡Belinda! —la llamó su madre en un susurro ansioso al tiempo que se le acercó.
La joven Arden cerró los ojos. Sospechaba sobre lo que tenía para decirle.
—Si vienes a decirme que el conde de Norwood ha llegado, te suplico, madre, que me des un respiro. Acabamos de arribar; aunque sea, déjame terminar de beber la limonada —expresó elevando el vaso.
Greta parpadeó una vez.
—Vamos, no puedes amargarte de ese modo. Es solo un matrimonio, no la muerte.
Belinda arqueó una ceja.
—Pues no sé qué es peor, si la muerte o perder la libertad para vivir el resto de mi vida, agobiada y pensando en lo que pudo haber sido de haber seguido el dictado de mi corazón.
—¡Belinda! —la reprendió lady Arden.
—¿Qué? No me digas que no tengo razón. Incluso, me atrevo, la muerte acabaría con la agonía.
Greta puso los ojos en blanco y respiró profundo para evitar estallar.
—Conozcas o no al conde, y te cases o no, de una cosa estoy segura: y es de que no dejaré que vuelvas a leer ese libro con poemas grises.
—Como si eso fuera a salvarme… —soltó antes de que diera un largo sorbo a la limonada.
—De la amargura seguro que sí —replicó Greta.
Pero entonces, justo cuando Belinda creyó que su vida terminaría allí, lady Lockheart llamó con la mirada a lady Arden, y esta, tras echar un fulminante vistazo de advertencia a su hija para que no se moviera de su lugar, marchó en dirección a la condesa.
Seguro que era para advertirle de la presencia del conde de Norwood, pensó Belinda. Seguro que era para, ya de una vez por todas, presentarle a quien le daría fin a su libertad.
Y entonces su mente le habló:
«Un excelente momento para huir», analizó de repente al ver a su madre alejarse.
En un abrir y cerrar de ojos, el corazón de Belinda estalló en un galope salvaje y, sin meditarlo lo suficiente, se dejó llevar por la desesperación del momento. Se deslizó entre las sombras del salón y, cuando se aseguró de que nadie tuviera los ojos sobre ella, se aproximó a la salida a una de las terrazas y escapó.
En busca de calma, avanzó con paso veloz hasta la balaustrada de piedra. Sintió la brisa de la noche acariciarle el rostro y creyó que lograría un poco de tranquilidad, mas ni así fue suficiente para aplacar la desesperación en la que todo su cuerpo se había envuelto. Miró hacia un lado, luego hacia el otro y, tras notar que nadie había salido todavía, observó la arboleda de robles que se alzaba hacia el lado oeste del parque, y no lo dudó: se lanzó a correr.
«Será el fin de mi vida».
«No viviré jamás mi sueño».
«Me casaré sin amor».
«Perderé la libertad».
Los pensamientos la abrumaban una y otra vez, sin cesar, sin darle siquiera un respiro en la corrida angustiante que no la llevaría más lejos que a ese mar de robustos árboles.
Y entonces, justo cuando se adentró en la arboleda y su pecho agitado no soportó más el ardor del aire en los pulmones, Belinda se detuvo y apoyó la espalda sobre el tronco de uno de los robles más antiguos de la residencia de los Lockheart.
Jamás se había sentido tan agitada. Jamás se había sentido tan desesperada. Jamás sintió el miedo como en ese mismo momento bajo la luz de la luna.
Alzó la vista y, a pesar de las tupidas copas de los árboles, un haz de luz plateada se coló entre las hojas y le iluminó el rostro de porcelana. Ella cerró los ojos y, tras rogar a la luna que la esperanza no la abandonara, calmó la respiración y, aunque de forma entrecortada, se liberó.
—«Aunque la noche fue hecha para amar, y los días vuelven demasiado pronto, aun así no volveremos… no volveremos a vagar…».
Pero no logró seguir, pues una gruesa e inesperada voz la interrumpió para completar.
—«… a la luz de la luna». —Sonrió él y, tras suspirar, continuó—: No volveremos a vagar, de Lord Byron. Interesante elección.
Al oír la voz masculina, Belinda bajó el mentón y abrió los ojos en dirección al hombre que, también apoyado sobre el tronco de un roble próximo al de ella, la observaba con suma atención.
—¿Quién es usted? —se animó a preguntar.
Él, con media sonrisa dibujada en el rostro, la miró intensamente y, tras dar un sorbo a la copa que llevaba en una de las manos, avanzó un paso más.
—Luis XVI, su esposo —soltó medio divertido, y curvó los labios de forma completa.
Belinda lo miró de arriba abajo. Era cierto. Había visto algunos más disfrazados de manera parecida, pero que justo allí, en la oscuridad y entre los robles, hubiera un Luis XVI era una coincidencia que, como poco, le supo una broma por parte del destino.
—Sí, ya veo… —Miró hacia el salón y, tras regresar la vista a la luna, exhaló con tristeza—. Aunque al menos usted no terminará en la guillotina.
Marcus entrecerró los ojos.
—¿Detecto un dejo de amargura?
Tras cruzarse de brazos, ella lo observó con desdén.
—Qué perspicaz…
Marcus sonrió, bebió lo que le quedaba de alcohol y, tras dejar la copa en el suelo, se aproximó hasta quedar a una distancia prudente.
—No más inteligente que huir hacia la oscuridad de la noche y entablar una conversación con un hombre desconocido, ¿no cree?
Belinda frunció el ceño y clavó la mirada en la de él. A pesar de que usaba una máscara negra que le tapaba la mayor parte del rostro, descubrió unos pequeños y magnéticos ojos azules.
—A estas alturas, da igual. Perderé mi libertad, mi vida. —Suspiró al tiempo que apoyó la cabeza sobre el tronco y elevó el mentón para volver a ser bañada por la luz de la luna—. Cuando dije que sería enviada a la guillotina, no es tan literal, pero tampoco es una broma.
Marcus observó el delicado y largo cuello de la María Antonieta que tenía frente a sus ojos. La luz plateada resaltaba el exquisito perfil de su rostro. Era una delicia, en especial cuando el recorrido que le hizo terminó en los labios llenos y pequeños de ella. Sin embargo, era una certeza que la amargura había dominado a aquella jovencita.
—Y por el poema que ha recitado, habla como si su aventurera vida llegara a su fin.
—Aventurera… —repitió Belinda con indignación—. Al menos Lord Byron vivió y disfrutó de su vida. En cambio yo… ni siquiera he podido desplegar las alas, señor.
Intrigado, Marcus entrecerró la vista.
—¿Y qué le hace pensar que no podrá volar, señorita?
Ella bajó el mentón y clavó la mirada en él.
—¿Cree que un matrimonio es capaz de dar libertad, señor? —Sonrió con amargura—. Es claro que no. No, al menos para cumplir sueños.
Pensativo y sin darse cuenta, avanzó un paso hacia ella.
—Permítame discrepar. Creo que sí es posible. Un matrimonio por amor desde ya que da libertad, aunque el precio, a veces, puede ser muy elevado.
—Pero en uno forzado no. Y ese es mi caso. —Miró hacia el suelo.
—Quizá no sea tan grave —repuso él con tono esperanzador.
Al tiempo que negó con la cabeza, Belinda rio indignada.
—¿Cómo lo va a entender si es usted un hombre? No todos los sueños son iguales y factibles, pero mucho menos si eres una mujer. En cambio usted… —Lo miró fijo a los ojos—. En cambio, usted tiene la libertad de hacer lo que le plazca.
La mirada de ella destilaba una tristeza tan profunda que algo en el interior de Marcus se quebró. ¿La situación incierta de aquella jovencita acababa de conmoverlo? Parpadeó varias veces para tratar de salir de esa extraña sensación y retomó la palabra.
—Pues, si le sirve de consuelo, a pesar de que sea un hombre, mi vida económica depende de un matrimonio que, en realidad, no deseo.
Ella alzó una ceja.
—Estoy segura de que tiene más opciones que yo. Al menos, puede trabajar de lo que quiera. En cambio yo…
—En cambio usted es probable que no quiera trabajar de nada, ¿verdad? Y es por eso que se ve atada de pies y manos.
Al instante, la ira la dominó al punto de que se enderezó, desafiante.
—¿Y quién le ha dicho a usted que no deseo trabajar? —Lo miró con desprecio—. Justamente, por ser mujer y pertenecer a este mundo —señaló la residencia de los Lockheart— es que no puedo cumplir mi sueño que, por cierto, señor, es ser institutriz, un empleo que, al menos yo, considero en extremo noble y digno.
Sorprendido por el inesperado anhelo de aquella refinada jovencita, Marcus arqueó las cejas, pero se carcajeó, lo que ofendió aún más a Belinda.
—Pero, milady —soltó en tono divertido—, aunque no lo crea, usted también tiene la libertad de escoger su camino.
Ella frunció la frente.
—¿Cómo? ¿Cómo hacerlo sin generar un escándalo o sin destruir la reputación de mi familia?
No supo por qué, pero el to
