1
Valencia, España,
domingo 17 de septiembre de 2023,
22.10 h
El padre Joaquín Alapont había vuelto de nuevo en sí. Sentado en una silla, atado de pies y manos, se le habían dormido los brazos y las piernas y apenas los notaba. Le costaba respirar y sentía un dolor de cabeza creciente. Estaba desorientado y muy fatigado. A sus casi setenta años empezó a dudar de si aguantaría mucho más tiempo con vida. Nunca había estado en aquella pequeña habitación sin ventanas. Se trataba de un espacio de planta cuadrada, húmedo y solo iluminado por una bombilla que colgaba de un cable del techo. No sin esfuerzo, alzó la frente y atisbó a su torturador. Había recibido tantos golpes que la sangre bañaba su rostro y, de tan hinchado como lo tenía, no podía abrir el ojo izquierdo. El hombre que tenía delante rondaría la cincuentena, observó. Era corpulento y tenía unos brazos musculados. Sin embargo, más que su nariz chata o la tonalidad rojiza de su barba y su pelo, lo que resaltaba en la cara de aquel individuo eran sus ojos maliciosos. Se había remangado la camisa hasta los bíceps, pero con ello no había evitado que algunas gotas de sangre le mancharan la ropa cada vez que lanzaba un puñetazo al religioso.
—No te diré dónde está la reliquia —consiguió pronunciar Alapont, agotado.
La ira se apoderó del pelirrojo y, sin mediar palabra, propinó una patada en el pecho al sacerdote. Acto seguido, abandonó el habitáculo cerrando la puerta violentamente mientras la silla de Alapont se tambaleaba.
Alapont cayó al suelo. Dolorido, escupió sangre y comenzó a toser. Estaba iniciando un padrenuestro cuando, sin previo aviso, la puerta de la habitación volvió a abrirse. Dos pares de brazos lo incorporaron sin miramientos. Ahora había otro hombre en la sala, se percató el sacerdote; calculó que el nuevo tendría la misma edad que el pelirrojo. Sus musculosos hombros parecían amenazar con romperle la camisa. Tenía la cara alargada y unos rasgos faciales duros. En su pelo moreno se entreveían algunas canas y lucía una barba muy corta y blanquecina.
—Padre Alapont, mi amigo Björn afirma que usted se niega a hablar. Es extraño, porque el pentotal sódico que le hemos inyectado debería haberle hecho efecto ya —dijo Conrad Neumann en un español que no ocultaba su origen alemán—. Responda, ¿dónde está el cáliz?
—La santa madre Iglesia os conoce desde siempre. Sois paganos que, como serpientes, mudáis de piel, os camufláis en las antiguas logias y tenéis como objetivo principal demoler los cimientos de nuestro mundo. —El religioso volvió a esputar sangre—. Pero al final la verdad será revelada y no podréis evitarlo.
—Padre, no me gusta repetirme… ¿Dónde está su vaso sagrado?
—Hasta un miserable como tú es capaz de reconocer su poder. Solo los hombres y las mujeres de corazón puro y llenos de bondad que resistan la tentación, como hizo nuestro Señor, serán dignos de hallarlo. Es más que evidente que vosotros no seréis bendecidos con tan gran privilegio.
Neumann enfureció al momento. Desenfundó su pistola, una Walther P38, y apuntó a la frente del sacerdote.
—Es su última oportunidad, cura… ¿Dónde está el maldito recipiente?
Alapont levantó la vista y lo miró fijamente a los ojos.
—A lo largo de dos milenios, muchas personas han entregado la vida para proteger el santo cáliz. Si Dios todopoderoso considera que ese también debe ser mi destino, lo aceptaré con gusto.
Se oyó un disparo, y el cuerpo del sacerdote quedó inerte en la silla y parte de su cerebro desparramado en la pared.
Neumann enfundó el arma, buscó un nombre en la agenda de su teléfono móvil y pulsó la tecla de llamada. En pocos segundos alguien descolgó.
—Conrad, espero que tengas buenas noticias —respondió una voz femenina en un perfecto alemán.
—Lo siento, señora Weber. Le ha dado igual lo que le hiciésemos, el cura no tenía intención de contarnos nada.
Hubo un silencio.
—¿Qué demonios me estás diciendo? —vociferó la mujer—. ¿No le habías suministrado pentotal sódico, el suero de la verdad? ¿Cómo que no ha hablado?
—Esta droga no siempre es efectiva, señora —replicó Neumann.
—O cabe la posibilidad de que no hayas tenido la suficiente paciencia… Conrad, estás con nosotros porque se supone que eres el mejor. O eso me aseguraron. Tú y tu equipo habéis matado al profesor Cánovas y ahora también a ese cura, precisamente las dos únicas personas que podían llevarnos hasta la reliquia. —Se oyó un incómodo suspiro a través de la línea telefónica—. Escúchame con mucha atención. Queda menos de una semana para las elecciones generales, y nos jugamos mucho. El cáliz debe estar en mis manos antes del nombramiento del nuevo canciller alemán. Reúne a tus hombres e inicia su búsqueda.
—¿Y el arzobispo? —preguntó Neumann.
—Estoy segura de que la Iglesia no se quedará de brazos cruzados. Lo más probable es que envíe a sus fuerzas a localizar la reliquia. Si hay alguna novedad, te lo haré saber. Ahora encuentra esa dichosa copa.
—Lo que usted mande, señora.
—Recuerda, no hemos salido de las sombras para que la historia se repita. En esta ocasión, seremos nosotros quienes ganemos la guerra.
2
Valencia, España,
lunes 18 de septiembre de 2023,
08.35 h
Sonia Fabrat avanzaba con paso ligero por los pasillos de la facultad de Geografía e Historia de la Universidad de Valencia. Hacía diez minutos que había recibido una llamada telefónica de Miguel Ruiz, el decano, requiriéndola urgentemente en su despacho. En cuanto llegó, llamó a la puerta y la abrió. Lo primero que vio fue a una persona de pie frente al escritorio del decano. Era una mujer, que enseguida se volvió hacia ella y la miró a los ojos. Una dama seria, advirtió Fabrat. No aparentaba más de cincuenta años. Se fijó en su melena morena y lisa. Luego en su rostro ovalado en el que destacaban unas cejas poco pobladas y una nariz fina. Era evidente que se había tomado su tiempo en acicalarse. Vestía una blusa y una falda de color blanco roto y una elegante chaqueta a juego.
—Pasa, Sonia, por favor —indicó Ruiz mientras se aproximaba a Fabrat y, con un gesto, la invitaba a entrar—. No te quedes en la puerta. Te presento a Kerstin Seidel, doctora en Ciencias Políticas y embajadora del Vaticano en Alemania.
—Es un placer conocerla, doctora Seidel. —Fabrat le estrechó la mano.
—El placer es mío, doctora Fabrat —respondió Seidel mostrando una sonrisa profesional.
—Sentémonos a la mesa de reuniones, estaremos más cómodos —añadió el decano, y señaló otro escritorio más amplio, ovalado y rodeado de varias sillas.
Sonia Fabrat conocía bien aquel despacho; era muy espacioso y, gracias a las ventanas, resultaba muy luminoso. Había una estantería enorme llena de libros de historia que llegaba hasta el techo. La flanqueaban las banderas de la Comunidad Valenciana, la de la Unión Europea y la de España. A varios metros, frente al escritorio, se hallaba la mesa de reuniones. En torno a ella era donde los profesores debatían con el decano el desarrollo de cada cuatrimestre y los asuntos de la facultad.
A Ruiz solo le quedaban un par de años para jubilarse. Tenía el pelo canoso y escaso, y saltaba a la vista su sobrepeso. Fabrat, que lo conocía desde hacía tiempo, lo notó alterado, supuso que a causa de la visita de la doctora Seidel. Aun teniendo en cuenta su obesidad y su afición al tabaco —se fumaba casi un paquete de cigarrillos a diario—, reparó en que la respiración del decano estaba más acelerada de lo habitual. Su rostro se enrojecía por momentos y varias gotas de sudor le resbalaban por las sienes. Era como si la corbata estuviera estrangulándolo.
Una vez sentados alrededor de la mesa, el decano pidió permiso a ambas mujeres y se quitó la americana. Tenía la camisa empapada.
—Sonia, la doctora Seidel ha tenido la amabilidad de venir desde Berlín para ofrecerte una gran oportunidad —anunció sin poder ocultar su entusiasmo—. El arzobispo de Valencia, don Francisco Querol, desea que participes en un estudio histórico sobre el santo cáliz de la catedral de Valencia.
Fabrat sospechó enseguida que había una segunda razón tras las palabras del decano. Era imposible que estuviera tan encantado con esa propuesta cuando no le quedaría otro remedio que buscar un profesor de Historia que la sustituyera en sus clases, si ella aceptaba. Era bien sabido entre ella y sus colegas que Ruiz se había vuelto muy pasivo los últimos años; más aún, no ocultaba su desagrado ante cualquier modificación horaria o formativa una vez comenzado el cuatrimestre.
—Doctora Fabrat, intuyo que ahora mismo estará pensando en que tendrá que suspender su labor docente, pero la Iglesia la necesita. Tras una larga valoración, hemos decidido que es usted la más cualificada para este estudio —alegó Seidel—. Además, como ya he adelantado al decano, por sus servicios, el arzobispado de Valencia hará una donación a esta universidad para cubrir los gastos de todos aquellos proyectos históricos que por falta de financiación estén actualmente paralizados, incluido el suyo.
Después de escuchar las palabras de la diplomática, Fabrat supo al instante el motivo por el que el decano estaba empujándola a aceptar ese encargo: la Iglesia católica iba a subvencionar todas las investigaciones que no podían cubrirse por la falta de fondos públicos. Cuando Ruiz se jubilase, habría conseguido cerrar todos los proyectos de la facultad y su retirada sería triunfal.
—Si por parte del decano no hay ningún problema y ve viable gestionar mi ausencia en la universidad, cuente conmigo, doctora Seidel —aclaró Fabrat lanzándole una mirada furtiva a Ruiz—. Lo único que me intriga es por qué me han seleccionado a mí. Conozco la reliquia, pero no soy una experta en la materia.
—Ya se lo he dicho: lo hemos evaluado y se ha resuelto que sea usted quien lo lleve a cabo.
—Por supuesto que no habrá ningún inconveniente —confirmó Ruiz con una sonrisa dirigida a la embajadora—. Sonia Fabrat es toda suya, doctora Seidel.
—Me alegra oír eso —dijo Seidel con cierta satisfacción—. Doctora Fabrat, esta tarde a las cuatro el arzobispo Querol y yo la esperamos en el arzobispado. Allí le explicaremos más detalladamente la naturaleza del trabajo que queremos que desarrolle. Ahora deben disculparme, tengo otra cita a la que no puedo faltar.
Ambos docentes se despidieron de la doctora Seidel, y cuando Ruiz cerró la puerta de su despacho dio media vuelta y sintió la mirada inquisidora de Fabrat.
—De acuerdo, Sonia. Sé lo que está pasando por tu mente. Créeme, no te he tendido ninguna trampa para cerrar este acuerdo —le aclaró el decano con los brazos medio levantados y las manos abiertas—. La secretaria me ha avisado de que una diplomática del Vaticano quería verme, sin cita previa, en nombre del arzobispo de Valencia. ¿Cómo no iba a recibirla?
—Me has llamado por teléfono unos minutos antes de la reunión, ¿no podías haberme anticipado qué me encontraría aquí?
—La doctora Seidel me ha dejado claro que te querían a ti. Tenía prisa por marcharse y me he visto obligado a llamarte en su presencia. No he podido adelantarte nada.
—Miguel, sé que en este momento la adrenalina se te ha disparado. Estás más que contento por haber cerrado este trato. Estoy segura de que en cuanto me marche de tu despacho, vas a llamar al resto de los profesores para comunicarles que pronto habrá fondos para sus investigaciones. Si dejamos todo eso aparte, ¿no te parece extraño que me hayan seleccionado a mí? En esta facultad hay catedráticos y doctores más especializados que yo. Igualmente, en la Iglesia católica existen sacerdotes que poseen carreras universitarias y son verdaderos expertos en historia, historia del arte y arqueología. He preguntado a la doctora Seidel, abiertamente, por qué he sido seleccionada y, ya lo has oído, me ha respondido que lo han evaluado… ¿Quiénes han hecho esa evaluación? ¿En qué se han basado?
—Como siempre, Sonia, muy propio de ti, estás buscando los tres pies al gato. Eres una reconocida doctora en Geografía e Historia y profesora titular de esta universidad. Por supuesto que estás preparada para este reto. No olvides que tu tesis doctoral, con mención cum laude, sobre el ciclo artúrico fue brillante, a sabiendas de que la mayoría de los catedráticos no apostaban por ella. —Ruiz se dirigió a su escritorio, abrió el tercer cajón, extrajo una carpeta y la puso en la mesa—. Aquí está tu investigación actual, paralizada porque no hay dinero para financiarla. No has logrado demostrar tu hipótesis: ¿están Germana de Foix y su esposo, Fernando II de Aragón, sepultados en el Monasterio de San Miguel de los Reyes, como tú sugieres? Por el bien cultural, no deben dañarse los sarcófagos ni la piedra. El georradar indicó con claridad que existe algo ahí abajo. Esos restos llevan siglos perdidos y nunca se han podido comprobar sus identidades. ¿Quieres adquirir la tecnología necesaria para acceder a los cuerpos sin perjudicar el patrimonio? Tendrás los medios en cuanto finalices la tarea que el arzobispo te ha ofrecido.
Ruiz había tocado el orgullo profesional de Fabrat. Después de tantos años de trabajo en aquel monasterio sin haber conseguido desenterrar un secreto que llevaba casi quinientos años oculto entre sus paredes, era como una espina clavada que se hundía cada vez más en el interior de su ser.
—De acuerdo, Miguel, esta tarde acudiré a la reunión con la doctora Seidel y el arzobispo Querol. Haré lo que me digan, y todos estaremos felices —apuntó Fabrat en un tono sarcástico mientras se dirigía hacia la puerta.
—No te lo tomes así. Verás como esto dará un gran impulso a tu carrera —zanjó el decano con agrado.
Fabrat abandonó el despacho. Conforme se encaminaba a impartir su clase, otro interrogante irrumpió en su mente: si el asunto trataba sobre un estudio del santo cáliz de la catedral de Valencia, ¿por qué la Iglesia católica había enviado a una diplomática alemana a reclutarla y no a un sacerdote del arzobispado?
3
Valencia, España,
lunes 18 de septiembre de 2023,
10.00 h
El tráfico era muy intenso en la avenida Blasco Ibáñez. Desde la ventana del comedor de la quinta planta de un edificio, el padre Guillermo Llorens observaba a los vecinos de la tercera ciudad con más habitantes del país. Las personas transitaban por la calle con un desconocimiento absoluto de lo que estaba a punto de suceder en aquella vivienda. El exorcista era un hombre de cuarenta y cinco años de mirada clara y rostro sereno. Tenía el pelo oscuro, al igual que la barba, corta y bien definida. Era alto y delgado, y vestía de forma impoluta la indumentaria que requería el ejercicio de su ministerio. Para esa ocasión, lucía sotana, estola morada, roquete y alzacuello.
Un miembro del equipo de Llorens entró en la habitación. Era un hombre maduro que, a pesar de su edad, emanaba vitalidad y sabiduría. La cabeza rapada y la perilla puntiaguda le daban a su rostro un toque distintivo.
—Padre, ya estamos preparados. Hemos hecho lo que nos ha indicado. Cuando esté dispuesto, podemos comenzar —anunció Juan Climent.
El sacerdote asintió.
—Debo preguntárselo, padre… ¿Por qué va a realizar el exorcismo en este piso y no en alguna iglesia o en la catedral, como hace siempre?
—Juan, confieso que me siento más cómodo ejerciendo el ministerio del exorcismo en un lugar sagrado —respondió Llorens —, pero cuando los padres de Edurne han intentado hacerla salir del domicilio, se ha vuelto agresiva de inmediato; sin duda alguna, poseída por el demonio que hay en su interior.
—Comprendo —aceptó Climent.
Los dos hombres avanzaron por un pasillo hasta una habitación con las ventanas cerradas iluminada de manera artificial. En una silla situada en el centro se encontraba una joven de veinticinco años acompañada de sus padres. Cuatro mujeres y tres hombres permanecían sentados formando un círculo en la estancia. El grupo sujetaba entre sus manos medallas con imágenes de la Virgen María y rosarios. Ya sabían lo que debían hacer en esa situación, pues no era la primera vez que acompañaban a Llorens en un exorcismo.
La muchacha iba vestida de blanco. Un coletero sencillo sujetaba su larga melena rubia. Sus rasgos faciales eran tan finos y delicados que le daban una apariencia casi angelical. Observó al sacerdote y rio de forma nerviosa. Se había entrevistado varias veces con Llorens y le inspiraba una gran confianza.
—Tranquila, hija mía, no dejaremos que el maligno te cause más sufrimiento —le aseguró el religioso al tiempo que le tomaba la mano con cariño.
Hizo un gesto a los padres de la joven para que se reunieran con él en una esquina de la habitación a fin de evitar que su hija escuchara sus palabras. El matrimonio no dudó en obedecer.
—Eva, Vicente, vuestra misión aquí es rezar. No paréis de rezar, da igual lo que sintáis, oigáis o veáis. Y, sobre todo, permaneced en vuestro lugar.
Enseguida, ambos se unieron al círculo del equipo de Llorens. La madre tenía unas ojeras muy marcadas. La falta de descanso y la preocupación habían superado con creces sus fuerzas, y su rostro era la viva imagen de la desesperación. Su marido, con aspecto igualmente fatigado, llevaba un chándal que le quedaba grande, como si hubiese adelgazado varios kilos en los últimos días.
—Juan, tu hijo y tú os ubicaréis uno a cada lado de Edurne, ya sabéis por qué —ordenó el religioso a su ayudante.
Climent y su hijo, un hombre de treinta años alto y robusto, acataron la orden. Llorens volvió a acercarse a la joven.
—Ahora, hija mía, vas a rezar conmigo. Solo escucha mi voz.
—Lo que usted diga, padre, haré lo que usted quiera —afirmó Edurne, angustiada.
Llorens empezó a rezar para sí.
—Señor Jesucristo, palabra de Dios padre, Dios de toda criatura, que diste a tus santos apóstoles el poder de someter a los demonios en tu nombre y de aplastar toda fuerza del enemigo…
En pocos segundos, las pupilas de la chica se deslizaron hacia arriba y se perdieron bajo los párpados, quedando los ojos completamente en blanco. Podía verse a simple vista que los músculos faciales se le ponían en tensión y las manos se le contraían. El grupo, al visualizar la escena, empezó a rezar el rosario junto con los padres de la joven.
—No conseguirás nada. ¡La niña es mía! —gritó la poseída con una voz masculina llena de ira que parecía venir de otro mundo.
Hizo el intento de levantarse para atacar a Llorens, pero Climent y su hijo se lo impidieron. Lograron inmovilizarla, de forma que no pudiese moverse de la silla. Las luces se apagaban y se encendían intermitentemente.
Eva no pudo contenerse. Se puso en pie y se aproximó a su hija.
—¡Deja en paz a mi hija! —gritó a pleno pulmón—. ¡Vete de mi casa!
Edurne volvió la cabeza hacia ella aún con los ojos en blanco.
—Con odio no harás que me vaya —declaró con una sonrisa diabólica.
—Sacad a la madre de la habitación —mandó el padre Llorens elevando la voz—. Nadie debe dirigirse al demonio excepto yo.
Con lágrimas en los ojos, Vicente sujetó a su exasperada esposa y tiró de ella hasta abandonar la estancia.
—Subid las persianas, que entre luz —volvió a exigir el clérigo.
Una mujer del grupo se levantó, corrió hasta una de las ventanas, apartó las cortinas y subió la persiana con rapidez. Repitió lo mismo con la otra ventana. En unos segundos, el sol inundaba toda la habitación.
—En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo… —Llorens observó cómo la furia de la poseída aumentaba mientras hablaba.
—Amén —respondieron todos los presentes.
—Dios padre todopoderoso, que quiere que todos los hombres se salven, esté con todos vosotros —rezó Llorens.
—Y con tu espíritu —contestaron sus acompañantes.
El sacerdote tomó en sus manos un frasco de agua bendita y lanzó varias gotas a la endemoniada.
—Que esta agua sea memoria del bautismo recibido y recuerdo de Cristo, que nos redimió por su pasión y resurrección.
—No estás consiguiendo nada, cura —gruñó la posesa.
—Oh Dios, que te complaces en la misericordia y el perdón, acoge nuestras peticiones y que tu infinita misericordia libere por tu piedad a esta hija tuya que está apresada por el poder del diablo.
Edurne se fijó en el joven Climent, que, junto a su padre, continuaba impidiéndole moverse.
—¿Te ha dicho ya el hombre que está ayudándote a sujetarme que no es tu verdadero padre? —le preguntó con una risa malévola.
—No la escuches, hijo. Es un demonio —bramó Climent.
El joven lo miró y, en ese instante, la posesa liberó su brazo. El chico perdió el equilibrio y cayó al suelo.
—Dime la verdad. ¿Has venido aquí a meterte entre las bragas de esta jovencita? Niño malo —lo increpó la endemoniada rebosando odio en la voz.
El joven estaba paralizado, sin saber qué hacer. Entonces Llorens colocó un crucifijo en la frente de la posesa y esta gritó de dolor.
—Salva a tu sierva, Dios mío, que espera en ti —dijo al tiempo que imponía sus manos sobre la cabeza de la chica—. Sé para ella, Señor, fortaleza contra el enemigo.
—Señor, ten piedad —clamó el grupo.
Durante unos instantes, la endemoniada tensó todo el cuerpo y, de repente, perdió la consciencia. Por unos segundos, nadie articuló palabra alguna y el silencio reinó en la estancia.
Climent soltó a la joven y le acarició el rostro. La chica abrió los ojos lentamente. Las pupilas habían vuelto a su lugar.
—¿Qué ha pasado? ¿Y mis padres?
—No te preocupes, hija, tus padres están en la habitación de al lado. Todo ha acabado —le comunicó Climent.
—Juan, quiero que tu hijo y tú volváis a inmovilizar a Edurne —decretó Llorens.
—¿Cómo dice? Yo creo que…
—Hazme caso, Juan. Sé lo que hago —cortó el sacerdote.
Padre e hijo sujetaron nuevamente a la muchacha por los brazos.
—¿Qué hacéis? ¿Os habéis vuelto locos? ¡Soltadme! Mamá, papá, ¿dónde estáis? —voceó la chica en un tono de auténtico tormento.
Llorens mostró la cruz a la joven y la bendijo.
—Esta es la cruz del Señor, huid cuantos os oponéis a ella —clamó—. Por la señal de la cruz, te libere Dios de nuestro enemigo.
Edurne empezó a convulsionar, cerró los ojos y se desmayó. Al cabo de unos instantes, entró en trance y sus ojos volvieron a abrirse, pero esa vez se oscurecieron mientras fruncía el ceño.
—¿Qué es lo que ha pasado, padre? No ha funcionado el exorcismo —inquirió Climent casi temblando.
—Non habes potestatem in me. Potens sum —aseguró la posesa entre risas demoniacas—. ¡Ella es mía!
El exorcista llenó sus pulmones de aire, se aproximó a la chica mirándola a los ojos y sopló sobre su rostro.
—Con el espíritu de tu boca, ahuyenta, Señor, los espíritus malignos; ordénales que se alejen, porque está cerca tu reino.
—No lo entiendes, cura, no funciona lo que haces —se burló la joven.
—Quizá hayas soportado el sufrimiento con la oración, y la autoridad sacramental tampoco te ha hecho salir, pero sé de un arcángel que bajará del cielo, entrará en batalla contigo y te forzará a que abandones el cuerpo de esta criatura —afirmó Llorens mientras exhibía el crucifijo ante los ojos de la poseída.
El demonio dejó de jactarse y su enfado se hizo evidente. Era como si supiese a qué ente se refería el religioso.
—Padre, en el nombre de Cristo te pido que rompas toda cadena que los demonios tengan sobre Edurne. Todo esto te lo pedimos por intercesión de la santísima Virgen María. San Miguel arcángel, intercede, ven en su ayuda —suplicó Llorens.
—No, no, no, él no —rogó el demonio.
Incluso tras haber coincidido en varios exorcismos con el padre Llorens, los miembros del grupo nunca previeron lo que estaban a punto de presenciar. En el aire apareció una fragancia muy agradable que nadie pudo identificar. Era como un perfume que trasladó a todos los que se hallaban en la habitación a un tiempo de paz y serenidad, incomparable con nada de este mundo. De repente, la joven comenzó a mirar hacia arriba y luego a ambos lados de forma compulsiva. Parecía que sus ojos seguían a alguien que se movía a su alrededor.
—Soltadla —indicó Llorens a Climent y a su hijo, y ambos cumplieron al momento la disposición del clérigo.
La muchacha empezó a hacer aspavientos y a dar manotazos al aire. Aparentaba estar peleando con alguien que solo ella podía ver. Entonces miró hacia arriba y soltó un alarido que duró varios segundos. Luego volvió a perder el sentido.
Llorens se aproximó a ella y la examinó durante unos minutos. Edurne volvió en sí.
—¿Qué ha pasado? —preguntó confusa.
—Todo ha salido bien, hija mía. Estás liberada —afirmó Llorens.
La chica se echó a llorar. Los padres entraron en la habitación, la abrazaron y dieron gracias a Dios por el éxito del exorcismo. El religioso permitió que la familia gozara de aquel gran momento, y se disponía ya a salir de la estancia cuando el hijo de Climent se dirigió a él.
—Disculpe, padre, ¿puedo preguntarle algo?
—Claro, joven Climent, ¿qué ocurre?
—Antes, Edurne, quiero decir el demonio, ha dicho que yo no soy hijo de mi padre y también que quería aprovecharme de ella. ¿Los demonios conocen el pasado o el futuro?
—Hijo mío, los demonios son mucho más inteligentes que los humanos y deducen muchas cosas, pero no pueden predecir el futuro y, sobre todo, mienten muchísimo. Nada de lo que ha dicho es cierto. Estos seres maléficos solo responden con la verdad cuando se les hace una pregunta en nombre de Jesucristo.
—Gracias, padre, necesitaba oír esas palabras. —El joven Climent le estrechó la mano, aliviado tras liberarse del engaño de aquel ser diabólico.
Llorens se despidió de la joven y de sus padres. Después tomó su abrigo y su maletín, abrió la puerta de la vivienda y se encontró de frente con una mujer que nunca había visto. Su primera impresión fue que tenía aspecto de ejecutiva.
—Buenos días. Supongo que usted es el padre Guillermo Llorens —le dijo ella en alemán.
—Sí, soy yo. ¿Cómo sabe quién soy y que hablo alemán? —inquirió el clérigo.
—El arzobispo Querol me informó de dónde podía encontrarlo. Permítame que me presente, soy Kerstin Seidel.
4
Valencia, España,
lunes 18 de septiembre de 2023,
12.30 h
Los vecinos del barrio de La Punta curioseaban desde el otro lado del cordón policial que cerraba parte de una huerta formando prácticamente un círculo. La cinta se enlazaba en los árboles y en los espejos retrovisores exteriores de los vehículos de la Policía Nacional. En el centro había dos bultos cubiertos por sendas mantas térmicas amarillentas que no permitían ver lo que ocultaban, pero los vecinos de la zona no tardaron en deducirlo. Desde aquel lugar se divisaban un conjunto de singulares casas rurales y varias calles que ofrecían la entrada al núcleo de la población. Sin embargo, en el lado opuesto solo se advertían parcelas, diversos caminos que llevaban a las huertas y diferentes masías en las que se guardaban tractores y aperos de los agricultores de la comarca. Los funcionarios de la Policía Nacional trataban de distinguir alguna prueba o algún indicio en las inmediaciones. Uno de los agentes de seguridad ciudadana incluso vació una papelera cercana, y varios de sus compañeros rebuscaron entre los desperdicios algún elemento o efecto que ayudara a la investigación. Dos uniformados más se aproximaron a un grupo de individuos que se encontraban cerca del cordón policial con el propósito de averiguar si habían sido testigos de los hechos.
Un hombre de estatura media con un afeitado impecable y el pelo blanco peinado a raya se aproximó al cordón y lo levantó. Lo acompañaba una mujer de melena rojiza y ondulada.
—Disculpen, no pueden traspasar la cinta —advirtió una policía uniformada de veintipocos años—. Este espacio está restringido.
—Tranquila, compañera, soy la inspectora Raquel Valls y este es el subinspector Antonio Navarro. Somos del Grupo de Homicidios y Desaparecidos.
Ambos mostraron su tarjeta de identificación profesional y su placa de la Policía Nacional.
—Perdonen, lo siento. No sabía que eran… —titubeó la agente.
—No te disculpes —respondió Navarro—. ¿Cuál es tu nombre?
—Ana Cobos —contestó la joven, un poco inquieta.
—Pues, Ana, acabas de demostrar que estás vigilante y protegiendo el escenario. Estás haciendo muy bien tu trabajo.
—Muy amable, subinspector —dijo la agente con un leve gesto de gratitud.
Navarro era un policía veterano de cincuenta y nueve años de la antigua escuela. Tenía la cara redonda, la nariz aguileña y la frente arrugada. Llevaba su leal cazadora negra que, según él, disimulaba los kilos de más, y unos pantalones chinos un tanto holgados.
Al llegar a la altura de los cadáveres, Valls apartó la manta térmica del rostro de uno de ellos y lo primero que revisó fue el orificio de bala que había en su frente.
—Tiene un clériman —afirmó.
—¿Un qué? —preguntó Navarro.
—Un alzacuello —resolvió una voz masculina tras los policías—. Es un sacerdote.
Los agentes se dieron la vuelta y se encontraron con el inspector de la Policía Nacional Mateo Villalba. Destacaba con su uniforme perfectamente planchado. Su semblante y su pelo algo canoso reflejaban experiencia y pulcritud. Era un hombre de una estatura considerable. Su figura, extremadamente delgada, le confería una apariencia ágil y enérgica.
—Muy buenas, Villalba —lo saludó Navarro—. ¿Te ha tocado estar de indicativo rojo?
—Hoy no tenía turno de servicio. Pero bueno, ya sabes cómo estamos de personal —explicó Villalba.
—Claro, no todo va a ser salir a correr. No te pierdes una maratón, ¿eh? Estás quedándote en los huesos —dijo Navarro.
—Ya te comenté que mi madre y mi hermana son diabéticas. Solo intento que los niveles de glucosa no se me disparen. No quiero que esa enfermedad me alcance a mí también —admitió Villalba—. Y a ti te quedará poco para pasar a la segunda actividad, ¿no?
—Solo ocho meses, diecinueve días y once horas y media.
—¿Tienes los días y las horas contados?
—Por supuesto. Cuando llegas a mi edad, cada segundo cuenta. Mis dos hijos están independizados y no nos vienen a ver mucho. Así que, en cierta manera, mi mujer y yo seremos libres para viajar por fin a esos países que soñamos visitar desde hace años. En definitiva, queremos vivir la vida que nos quede. El trabajo es necesario para sobrevivir, pero no olvides que al final solo te queda la familia.
—Hola, Villalba, ¿qué sabemos por ahora? —le cortó Valls.
—Sí, Valls, disculpa —silabeó el inspector—. Se trata de dos varones. Ambos con un disparo en la frente y con claros signos de haber sido torturados. Están hechos un cristo. Esta huerta es de un anciano, viene todas las mañanas y a última hora de cada tarde. Es decir, que sin duda dejaron aquí los cuerpos anoche, pero como llovió tanto no hay marcas de ruedas. No llevan cartera ni documento que los identifiquen. De momento, no tenemos ningún testigo ni pruebas del delito.
—¿Se ha podido averiguar la identidad de las víctimas? —preguntó Valls.
—Según el resultado necrodactilar, uno de los cuerpos corresponde a Salvador Cánovas, profesor jubilado en la Universidad de Valencia. Su mujer denunció su desaparición. Hacía cuatro días que no lograba hablar con él. La viuda vive en Valencia, y en su denuncia sostiene que la última vez que tuvo contacto con su marido este estaba en un hotel de Jaca. El segundo cadáver es del padre Joaquín Alapont. Según los periódicos digitales, era el canónigo celador del santo cáliz de la catedral de la ciudad. Se ocupaba de la conservación de la copa cristiana y de las celebraciones litúrgicas relacionadas con ella. Nadie ha interpuesto una denuncia por su desaparición.
—¿Sabes si la Sala del 091 ha dado aviso a la Policía Científica y a la Comisión Judicial? —preguntó Valls.
—Sí, hace unos minutos. Vienen de camino —contestó Villalba.
—Por favor, amplía el perímetro del cordón policial —indicó Valls—. A la prensa solo le revelaremos el hallazgo de dos cadáveres y que estamos investigando. Hasta que no se realice una autopsia no le facilitaremos más datos.
—Claro, Valls. No hay problema —convino Villalba.
Con el teléfono móvil en la mano, la inspectora se alejó de ambos hombres para realizar una llamada. Villalba la observó disimuladamente. Valls tenía cuarenta y tres años, vestía un conjunto de chaqueta y pantalón vaquero que combinaba con unos botines negros. Cuando entraba en una estancia, era difícil que pasara desapercibida debido a su brillante cabello rojizo. Tenía unos labios finos pintados con carmín. Era licenciada en Psicología y una auténtica experta en lenguaje no verbal. Sabía utilizar como pocos sus arqueadas cejas y sus penetrantes ojos negros para crear tensión cuando se trataba de obtener información.
—Inspector Mateo Villalba para tierra —parloteó Navarro.
—¿Qué dices? Estoy aquí.
—¿Por qué no invitas a Raquel a ir al cine, a cenar o lo que se haga en estos tiempos?
—No digas tonterías, no sabe ni que existo —se excusó Villalba.
—Normal, no se te ve. Estás delgadísimo. —Navarro logró que el inspector sonriera—. Ahora voy a ponerme serio. Estás divorciado y ella está viuda desde hace años. Solo se vive una vez. ¿Cuál es el problema?
—Pues creo que quizá…
—Antonio, nos vamos —lo interrumpió Valls, que había terminado de hablar por teléfono.
—A la orden, jefa —dijo Navarro.
—Villalba —continuó Valls—, dos compañeros de mi grupo se desplazarán al Instituto Anatómico Forense. A ver si hay suerte y tras las autopsias se sabe algo más. Después te llamaré para preguntarte si ha aparecido algún testigo o se ha hallado algún indicio que nos ayude.
—Muy bien, se lo haré saber a la Comisión Judicial.
—¡Ah! Y gracias por todo. —Valls dejó entrever una leve sonrisa.
Villalba asintió de buen grado. Navarro y Valls caminaron hasta cruzar la cinta que delimitaba el perímetro de seguridad.
—Bueno, Raquel, ¿por dónde empezamos?
—Acabo de llamar al arzobispado de Valencia y he preguntado por el padre Joaquín Alapont. Dicen que lo vieron por última vez en la catedral hace tres días. Les he solicitado una cita con el arzobispo, y me han respondido que ya teníamos concertada una para hoy a las cinco.
—No puede ser. Ningún miembro de nuestro grupo ha pedido tal cita. Acabamos de enterarnos de lo que ha sucedido. Debe de haber sido un error.
—El secretario del arzobispo no me ha mencionado que el Grupo de Homicidios tenga cita con él, solo que tenía una reunión con la Policía Nacional.
—¿Cómo dices? —preguntó Navarro.
—Hay que averiguar qué policías quieren entrevistarse con el arzobispo y por qué —indicó Valls.
—Pues cuando encontremos a esos compañeros, no olvidemos darles las gracias por pedir esa cita —afirmó Navarro con una mirada cómplice hacia su superiora—. Porque seremos nosotros quienes acudamos.
—Eso tenlo por seguro. Vayamos a la jefatura.
4
Valencia, España,
lunes 18 de septiembre de 2023,
15.55 h
Hacía unas horas que el padre Guillermo Llorens había regresado a la catedral de Valencia. Solo tardó unos minutos en cruzar el puente del siglo XVIII que conectaba la catedral con el palacio arzobispal. El sacerdote, sentado en la sala de espera del arzobispado, repasaba su agenda mensual: la preparación de los sermones, las fechas de las misas, las confesiones, las citas programadas…
—Buenas tardes, padre —lo saludó una voz femenina.
Llorens apartó la vista de su agenda para fijarla en la mujer que acababa de dirigirse a él. Tendría unos cuarenta años. Su pelo moreno, a la altura de los hombros, junto con sus delicados rasgos faciales y sus ojos marrones, resaltaban su belleza natural. No iba maquillada en exceso. Vestía una camiseta beige combinada con un blazer mostaza, unos pantalones pitillo y unos zapatos negros. Poseía una figura esbelta que evidenciaba que no perdía el tiempo cuando acudía al gimnasio.
—Hola, hija.
—El secretario me ha dicho que espere en esta sala a que llegue mi turno. Padre, ¿tiene usted también cita con el arzobispo?
—Sí, a las cuatro —respondió Llorens.
—¿A las cuatro? —preguntó sorprendida—. A esa hora es cuando me han convocado a mí.
En ese preciso instante, la puerta del despacho de Francisco Querol se abrió y ambos pudieron ver a Kerstin Seidel.
—Hola de nuevo. Gracias a los dos por venir y ser tan puntuales. ¿Ya se conocen?
—No, doctora Seidel —respondió la historiadora—. No tengo el gusto. Prácticamente, acabo de llegar.
—Doctora Fabrat, él es el padre Guillermo Llorens —especificó Seidel de manera apresurada. Después miró al clérigo—. Padre Llorens, ella es la doctora Sonia Fabrat.
Los dos se estrecharon la mano de forma cortés.
—Pasen, por favor, no hay tiempo que perder —indicó Seidel sin soltar el pomo de la puerta y dejando un espacio para que los dos entraran en la estancia.
El arzobispo Querol estaba sentado a una mesa rectangular donde se acoplaban ocho sillas. Fabrat intuyó que en torno a ese tablero tan largo distintos religiosos de la archidiócesis debatían a diario sobre las diferentes cuestiones eclesiásticas. A un par de metros, a la espalda de Querol, se encontraba su escritorio. La mesa era de madera oscura y estaba muy ordenada. No obstante, lo espectacular de aquella estancia no eran los dos grandes ventanales con cortinas rojas, sino la copia del cuadro, de casi dos metros de largo, de La última cena de Leonardo da Vinci, ubicado tras el escritorio.
—Siéntense, por favor —les indicó Querol con una actitud seria.
El arzobispo era un hombre muy culto y de una convicción religiosa inquebrantable. La barba blanca y el rostro arrugado reflejaban su avanzada edad. Pese a sus años, su singular mirada inspiraba serenidad. No podía decirse que gozara de buena salud, pero incluso ante esa adversidad, lograba ser el apoyo de los canónigos y reverendos de la archidiócesis de Valencia. Lucía la indumentaria eclesiástica clásica: pectoral, solideo morado y sotana, además del anillo religioso. Poseía un tono de voz que, combinado con su forma tan calmada de expresarse, a muchos feligreses les recordaba a un padre dando buenos consejos a sus hijos. Llorens se había entrevistado en infinidad de ocasiones con Querol y siempre, sin excepción, el arzobispo resolvió sus dudas y él se marchó de aquel despacho mucho más sereno de como había entrado. Sentados en torno a la mesa, Fabrat y Llorens se percataron de que había otra mujer en la estancia. Estaba apoyada de espaldas al tramo de pared entre los dos ventanales. La extraña dama se aproximó a Seidel y se sentó a su lado.
—Ya conocen a la doctora Seidel, la embajadora de la Santa Sede en Alemania. Esta otra mujer que nos acompaña es Bárbara Selfa, agente del Centro Nacional de Inteligencia —apuntó Querol mientras la señalaba.
Fabrat y Llorens observaron a Selfa con interés. Mostraba desconfianza y unos ojos impenetrables. Tenía la melena castaña recogida con un coletero. No llegaría a los cuarenta años, y su indumentaria, unos vaqueros ajustados, jersey y zapatillas de deporte, no acompañaban a la imagen que tenía la historiadora de un agente del Centro Nacional de Inteligencia.
—Vamos contrarreloj, así que no me andaré con rodeos —advirtió Querol con inquietud—. La situación es muy grave y, a la vez, delicada. Hace tres días que no localizamos al padre Joaquín Alapont, el canónigo celador del santo cáliz. Desconocemos su paradero. En las últimas semanas, ha estado colaborando en un estudio histórico sobre el santo cáliz junto con el profesor Salvador Cánovas, catedrático de Historia Antigua en la Universidad de Valencia. La esposa del profesor nos ha informado de que ha interpuesto una denuncia por la desaparición de su marido. Hace cuatro días que perdieron el contacto.
—¿Ha dicho el profesor Salvador Cánovas? —preguntó Fabrat con consternación.
—Sí, es el catedrático que dirigió su tesis doctoral —respondió Seidel—. Como sabe, tiene una forma muy personal de investigar que usted conoce bien.
—Recuerdo que la última vez que lo vi fue hace dos años, en la despedida en la que todos los docentes participamos para celebrar su jubilación —mencionó Fabrat—. Es un hombre que siempre insistió en la objetividad cuando se utiliza el método científico. Creía que continuaba retirado.
—Y así es, doctora Fabrat. —Querol puso su teléfono móvil en el centro de la mesa—. Antes de que escuchen el audio que estoy a punto de reproducir, necesitan saber lo siguiente: el profesor Cánovas y el padre Alapont mantienen una relación de amistad desde hace tiempo. El padre Alapont, aparte de ser licenciado en Ciencias Eclesiásticas y en Teología Dogmática, también es arqueólogo y en los últimos años, gracias a la intervención del profesor Cánovas, ha impartido varias conferencias en la Universidad de Valencia. Hace poco más de un mes, le dijo al padre Alapont que ahora tenía mucho más tiempo libre y que deseaba realizar un proyecto que, si bien siempre tuvo en mente, nunca empezó: investigar los orígenes del santo cáliz de la catedral de Valencia. Por supuesto, como no podía ser de otra manera, contó con la colaboración del padre Alapont. Al mismo tiempo, este último y yo acordamos que me comunicaría el resultado del estudio una vez finalizado. De lo que sí tuve conocimiento, en todo momento, era de los países y las ciudades que el profesor Cánovas visitaba para llevar a cabo su investigación.
Querol tocó la pantalla táctil de su móvil y, al instante, el pequeño altavoz del aparato emitió la clara voz del padre Alapont:
«Señor arzobispo, le remito este audio a su correo electrónico personal. Quiero asegurarme de que llegue a sus oídos, aunque estoy seguro de que ellos ya lo habrán interceptado. He tomado la decisión de ocultar el santo cáliz, al igual que se hizo en otro tiempo ante un peligro inminente. Informé al personal de la catedral de que a todo feligrés o turista que preguntara por la reliquia se le hiciese saber que nuestro orfebre de confianza, Martín Godoy, está puliéndola. De esta forma, nadie sospechará lo que realmente sucede. ¡Dios me perdone por mi mentira! A Martín no le di explicación alguna porque necesitaba que me siguiera la corriente; en cualquier caso, como buen cristiano y colaborador de nuestras archidiócesis, accedió a ofrecer mi versión a todo aquel que se interesara por el cáliz.
»Sin duda se preguntará el motivo de mi acción arbitraria y repentina, señor arzobispo. La respuesta es clara: la Sociedad Thule. En la última conversación que mantuve con el profesor Cánovas, me contó que había recibido una llamada telefónica al hotel donde se hospedaba en Jaca. El interlocutor se identificó como miembro de la Liga de Combate de la Sociedad Thule. Le comunicó que la logia era conocedora de sus indagaciones y que tenía informadores en muchos países e infinidad de instituciones públicas, y lo amedrentó para que le entregase su investigación. Pero el profesor se negó rotundamente, y no dejaba de repetir que la verdad es patrimonio de la humanidad. Su intención era hacer pública su investigación. Ese miembro de la Sociedad Thule le dijo que tenían infiltrados en las fuerzas del orden y en diferentes administraciones públicas, y añadió que si pedía ayuda lo sabrían.
»El profesor me comentó, estando aún en Jaca, que por seguridad quería enviarme su investigación. Pero cuando encendió su ordenador portátil el archivo no estaba: alguien había conseguido acceder al sistema y hacerse con él. Fue entonces cuando me previno de que el próximo paso de la Sociedad Thule sería robar el santo cáliz. Nunca me habló de sus descubrimientos, pues me prometió revelarme toda su investigación al terminarla. Mi función siempre fue hacer las llamadas adecuadas para que las instituciones que visitase lo atendieran y asegurarme de que colaborarían con él. Le insistí en que regresase a Valencia de inmediato. No informamos a las autoridades por no arriesgarnos, por si acaso es cierto que la orden tiene colaboradores en las administraciones públicas. La idea era que acudiríamos a usted, una vez que el profesor Cánovas estuviera en Valencia, para estudiar cómo procederíamos ante esta situación. Por desgracia, perdí el contacto con él.
»Posiblemente, yo sea el próximo objetivo de la Sociedad Thule. A estas alturas, la logia ya sabrá que colaboré con el profesor Cánovas y pensará que estoy al corriente de sus investigaciones. Señor arzobispo, tengo fe en su buen criterio, por ello sé que conseguirá encontrar el santo cáliz y protegerlo. No olvide que solo los dignos lo hallarán en el camino».
Hubo un silencio.
—Recibí este archivo de audio el día de la desaparición del padre Alapont —añadió Querol.
Fabrat no daba crédito a lo que acababa de oír. Estaba atónita. Sin embargo, Llorens había fruncido el ceño y su mirada clara se transformó por completo. Era como la de un guerrero a punto de entrar en batalla.
—¿Recibió un correo electrónico con el contenido de este audio hace tres días, señor arzobispo? —preguntó Llorens—. Perdone mi atrevimiento, pero ¿qué se ha hecho hasta ahora para localizar al padre Alapont?
—El arzobispado ha realizado gestiones con el fin de averiguar el paradero del canónigo celador con todas las parroquias, lugares sagrados, de culto y de retiro espiritual de la comunidad cristiana del país —alegó Querol—. Informé de los hechos al Estado Vaticano y esperé indicaciones, por eso se encuentra aquí la doctora Seidel. No estoy seguro de dónde está el padre Alapont, pero de lo que sí estoy convencido es de que el santo cáliz se halla en el camino que nos ha marcado.
—¿Se ha informado a la policía de su desaparición? —insistió Llorens.
—Ese iba a ser nuestro siguiente paso. La policía buscará al padre Alapont y al profesor Cánovas, y ustedes buscarán nuestra reliquia sagrada —indicó Querol.
—El correo electrónico del arzobispo ha sido manipulado —informó Seidel—. No hemos logrado rastrear desde qué equipo se ha hecho. Creemos que la adulteración del e-mail es una prueba suficiente para confirmar que la Sociedad Thule tiene en su poder este audio.
—¿Qué personas conocían esta investigación? —se interesó Llorens.
—Aparte de mí, evidentemente —contestó Querol—, el padre Alapont, el Estado Vaticano y, para mi sorpresa, la agente Bárbara Selfa. Me informó de que el CNI también sabía que el profesor Cánovas había volado a varios países para realizar un estudio del santo cáliz y agregó que le perdieron la pista en Jaca.
—¿Por qué el CNI se interesó por la investigación del profesor? —inquirió Fabrat, extrañada.
—Cánovas participó en una investigación autorizada por la Iglesia católica en la que su primer destino fue Jerusalén, además de Roma y la Ciudad del Vaticano —respondió Selfa—. Es habitual que una misión de este calibre llegue a nuestros oídos. Nuestros agentes destinados en esos países tienen que estar preparados por si surge algún imprevisto y velar por la seguridad del profesor.
—Hay más —puntualizó Querol—. Hace tres días, la mañana del viernes pasado, cuando desapareció el padre Alapont, las cámaras de seguridad de la catedral grabaron esto.
El arzobispo volvió a activar su teléfono móvil, pero ahora la pantalla mostró un vídeo donde se veía al padre Alapont entrando en la capilla de San Pedro con un maletín negro. Existía un cordón de seguridad que limitaba el acceso más allá de la mitad de la sala. Las imágenes mostraban a Alapont apartando el cordón y encontrándose de frente con seis pinturas del siglo XVI, colgadas en la pared, en las que figuraban los momentos principales de la vida de la Virgen María y los misterios salvadores de Jesucristo celebrando el año litúrgico. Las pechinas de la capilla acogían las figuras representativas de las cuatro virtudes cardinales: la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza. Se veía luego al padre Alapont arrodillándose delante del sagrario, justo debajo de las pinturas, y observar las dos reliquias que contenía: una espina de la corona
