5 de enero de 1817, arroyo del Catalán, Provincia Oriental
Un reguero de muertos.
Calor y humedad. Olor nauseabundo. Olor a pudrición.
Tres hombres huyen de la batalla del Catalán.
Caminan mojados y embarrados. Ensangrentados y heridos. —Qué desastre —masculla Manuel.
Amanece. Se detienen en un recodo al pie de una cuchilla. En un monte esconden a Terrón, el moro de Tomás, agotado, herido, con un corte profundo en el pecho.
—Los portugos se están yendo —balbucea Bautista.
—Cobardes —dice Tomás con una mueca de dolor.
—Nos derrotaron pero se van —dice Bautista y escupe sangre—. No entiendo.
—No aguantan el olor a muerto —dice Manuel con una voz sonora—. Muchas armas, mucho marqués, mucha riqueza, pero son unos flojos.
La muerte los acecha. Bautista aprieta el nudo del chiripá ensangrentado, arrebatado a las apuradas a un muerto, con el que sujeta su tripa abierta de un sablazo. Bautista es alto y grueso y los amigos le dicen Tonel.
Tomás se retuerce de dolor y está casi ciego. Una astilla del asta de una lanza quebrada se le incrustó en la sien derecha. Allí sigue, como un cuerno. Una chuza le entró por el tórax y le quebró varias costillas. La punta de fierro le quedó alojada en el abdomen.
Manuel renguea. Una bala lo impactó en la parte inferior de la pierna y le rasgó la carne. Guía y ayuda a sus compañeros. El vendaje lo perdió durante la caminata. Prefiere seguir así. La herida está seca. No es gran cosa, ¿para qué?
Se sientan a descansar. Bautista y Tomás apoyan la espalda contra el tronco de un frondoso tala.
—Solo para respirar —dice Manuel—. Hay que seguir caminando.
—Tenemos que alejarnos más —dice Tomás—. Los portugos se fueron pero van a volver.
—No se fueron —masculla Bautista.
—Los huelo —dice Tomás—. Están por ahí.
—No nos van a alcanzar —dice Manuel.
Tomás deja a su lado un trabuco con un último cartucho. Lo guarda para sacrificar a Terrón en caso de que empeore.
Manuel carga en la espalda un facón caronero y una lanza con el asta partida. De su cinto cuelgan tres herraduras y dos facas cortas que recogió por el camino. Bebe agua sucia del arroyo Catalán, con sabor a sangre y barro. Se moja la cabeza. Eso lo refresca. Recupera algo de fuerza. Hace un gesto con la cabeza en dirección a la cuchilla.
—Voy a dar una ojeada desde más arriba.
Bautista y Tomás asienten con la cabeza.
Sube unos cincuenta o sesenta pasos por la ladera apoyándose sobre la pierna sana.
Atisba a su frente, detrás de un monte, los restos de una tapera. En los alrededores solo observa soldados muertos y a tres o cuatro lobos aguarás guazúes, grandes, de patas largas como zancos, y algunos perros cimarrones.
Le parece ver una cruz. Escucha el aullido de un perro herido. Hace malabares, primero con las tres herraduras, se detiene, suma las dos facas, que suben y bajan, mezcla herraduras y facas. Las empuñaduras siempre caen sobre su mano. Mira hacia un lado y otro. Cadáveres y más cadáveres. En la tierra y en el arroyo. A una legua de distancia descubre a una patrulla de unos veinte o treinta soldados. No distingue el estandarte, pero el sol ilumina un paño amarillo y verde, lo que indica que son portugueses. Espera un poco. Los ve moverse. Avanzan en dirección a ellos. Lo hacen con lentitud. Estamos a tiempo de huir, piensa.
Baja de la cuchilla con cuidado para no tropezar y rodar y se arrima a sus compañeros. Bautista está desvanecido. Le chorrea saliva y sangre por la boca. Tomás se retuerce. Ahoga un grito de dolor.
Manuel decide no informarles que avistó a una patrulla portuguesa y a una manada de aguarás guazúes. Quizás se los diga después.
—Por allá —señala Manuel con la mano— hay una tapera derruida. Varios muertos. No está lejos. Voy a ver. No me demoro. Apenas vuelva, nos ponemos en marcha.
Nadie le responde. Nadie lo escucha.
Cojea entre rocas y arbustos.
Se topa con varios portugueses muertos. Un perro muerde la pierna de un hombre degollado. Chaqueta de alamares, botas largas de cuero de lobo y pistoleras de piel de gato. Una pistola caída a su lado, la otra en la cintura. El capitán Heitor, piensa Manuel. Gran hijueputa. Presumido el oligarca. Debió ser duro de pelar quien lo degolló. Desde lejos, apunta con una herradura a los cuartos traseros del perro. Lanza y acierta.
—Juera, perrito.
El perro gañe y después ladra. Manuel le muestra otra herradura. Baja la cabeza y se aleja jadeando.
Manuel recoge la herradura. Se acerca al capitán portugués y le quita la chaqueta, las botas y las pistoleras. La pistola tiene pólvora y munición. Pasó la noche dentro de la pistolera, piensa, quizás la pólvora no se mojó. A pocos pasos del capitán, encuentra su morrión de penacho azul y su sable corvo. Los recoge.
Todos los muertos apestan igual.
—Portugo hijueputa —masculla. De nada sirve la riqueza. Ricos o pobres, todos los muertos son iguales para un perro o un lobo hambriento. Mira hacia todos lados. No encuentra nada más que le sirva. Mejor no cargar demasiado. Solo lo necesario.
Se aleja del capitán Heitor y se acerca a la tapera.
Otro perro cimarrón, de pelaje gris, con el hocico ensangrentado, se mueve con lentitud y lo sigue a la distancia.
Manuel primero ve el cadáver de una mujer vestida con ropas de hombre y buenas tetas. La cabeza destrozada. A su lado, un chambergo de lonja. Es la Ciríaca, dice para sus adentros. Debajo de un brazo encuentra el asta de un buey, tapada con una madera. Abre el chifle. Huele. Caña. No mucha. Algo es algo. Bebe un trago. Guarda para sus amigos.
Más adelante ve la cruz formada por dos cuerpos. Debajo, boca arriba, un hombre con la mandíbula destrozada. Pobre Sanabria. Buen soldado.
Encima del hombre, boca abajo, otro cuerpo cruzado con los brazos extendidos. El chiripá desgarrado. Un glúteo y media pierna desnudos. Mujer fornida, musculosa. La Cata. Qué mujerón. Corajuda como pocas.
A su lado, postrado, dolorido, herido en las paletas, agonizaba un mastín de piel leonada. El Canelón, recordó Manuel, así lo llamaba Sanabria.
Un cimarrón atigrado, no muy grande, con un corte en una pierna, protege a los soldados y al mastín.
Un aguará guazú se mueve con sigilo y malas intenciones. Manuel, desde lejos, apunta con otra herradura y le da en la cabeza. El lobo gime y se aleja.
Manuel se acerca al mastín moribundo echado junto a Sanabria y a Cata y le busca el corazón. Morirá pronto. Le acaricia la cabeza. Canelón se deja.
El cimarrón atigrado se acerca rengueando a Manuel.
Envuelve las botas, las pistoleras y el sable con la chaqueta de alamares. Ata el bulto con un trapo. El morrión se lo pone en la cabeza. Le baila. Cabezón el portugués.
Emprende la vuelta.
A mitad de camino escucha un disparo.
Marzo de 1825, Buenos Aires, Provincia de Buenos Aires
1
—En el Libro de los Jueces, en el Antiguo Testamento, leemos la historia de un niño que nació en Zorah, Israel, y que fue bendecido por Dios con una fuerza descomunal. Su destino estaba escrito: liberar a su pueblo de la opresión de los filisteos. Su madre le puso de nombre Sansón.
Un telón de grueso terciopelo colorado, descolorido y remendado, cubría la totalidad del pequeño escenario. En breve caería el sol.
La Bella Dalila había terminado su número circense y se había retirado detrás del escenario. Había deslumbrado al público con su belleza, su cuerpo curvilíneo y sensual, sus piernas y brazos musculosos y sus destrezas y acrobacias sobre la tarima.
—Años después, de camino a la ciudad de Timnat el joven Sansón fue atacado por un león al que despedazó a mano limpia como si fuera un cabrito. En un enfrentamiento con los filisteos, recogió la quijada de un burro y mató a mil soldados.
Delante de la tarima, sobre el piso de tierra, Saltim Banqui se movía hacia un lado y otro subido en zancos mientras contaba la historia de Sansón y Dalila. Vestía un gorro rojo de dos puntas, una camisa holgada y un pantalón ajustado, ambos con rombos verdes y rojos. Del bolsillo de su camisa sobresalía un pañuelo negro. Calzaba medias blancas y zapatillas negras. Dalila había maquillado sus mejillas de blanco, con un punto rojo en cada pómulo.
Unas treinta personas, sentadas en banquetas de madera, presenciaban el espectáculo.
—Sansón se enamoró de Dalila, una hermosa mujer filistea que conoció en el valle de Sorec, a la que amó con tanta pasión que le confió el secreto de su extraordinaria fuerza… Su larga melena, que jamás se había cortado.
Saltim elevó la voz.
—A continuación… ¡Lo que todos ustedes están esperando!
Aplausos.
—Nunca se ha visto nada igual. No van a poder creerlo. Esta noche, en Buenos Aires, se presenta una de las maravillas de la humanidad. Lo vieron tragar sables, lo vieron hacer malabares con dagas afiladas, pero lo que van a ver a continuación no tiene parangón.
Pausa.
Saltim Banqui levantó los brazos.
—Es un héroe. Es un titán al que ningún enemigo jamás derrotó. Es una fuerza incontrolable de la naturaleza, un hombre bendecido por Dios.
Gritos.
—Las mujeres deliran por él. Todas quieren tocar sus músculos —hizo una pausa—… y también su larga cabellera.
Saltim Banqui se bajó de los zancos y caminó entre los espectadores.
—Preparen sus billetes, señoras. Al final del espectáculo, por un peso podrán tocar los músculos de sus brazos y por dos pesos, acariciar su melena.
Risas.
—Pero no podrán tocar nada más, porque Dalila, su gran amor, jamás lo permitirá.
Carcajadas.
—Con ustedes, aquí, en Buenos Aires, en la gran ciudad del sur de América, ¡el hombre más fuerte del mundo! ¡Saaaaansón!
Saltim Banqui recogió los zancos y corrió detrás del escenario. Se hincó delante de un tambor e inició una secuencia de redobles, que fueron ganando en velocidad e intensidad a medida que Dalila levantaba poco a poco el telón.
Aplausos.
En el centro del escenario apareció Sansón. Usaba largas muñequeras que le llegaban casi hasta el codo. Enorme, alto, ancho y grueso, desnudo, cubierto solo por una malla pequeña y un ancho cinturón de cuero. La piel aceitosa y brillante. La melena rubia le caía sobre la espalda. Enganchó sus manos y estiró los brazos para mostrar sus trabajados músculos. A continuación saludó con su mano y miró al público con expresión severa. Sacudió su cabellera.
Más aplausos.
El número de fuerza de Sansón era el principal y el de mayor duración. Primero mostraba sus músculos y después cargaba enormes rocas y a personas del público.
Saltim Banqui aprovechó ese momento para descansar en su pequeña carpa, montada detrás del escenario, en la que solo tenía un camastro, una silla y una pequeña mesa. Sansón y Dalila compartían otra carpa, de grandes dimensiones, ubicada delante de la de Saltim.
Acarició la cabeza de su perro, que descansaba sobre la silla. El animal se apartó. Saltim se despatarró en la silla. Se sirvió medio vaso de caña. Era el último descanso antes de que terminara la función. Después vendría el final de La Troupe de Sansón y la Bella Dalila, en el que intervendrían los tres. Sansón mostraría en todo su esplendor sus músculos aceitados, Saltim haría malabares y equilibrismo y Dalila, acrobacias.
Después de la función, cuando el público se retirara, Saltim debía limpiar el lugar, ordenar y guardar todo lo usado durante el espectáculo. En tres días emprenderían viaje. Debía desmontar el escenario para su almacenamiento por un par de semanas y empacar lo necesario para montar el espectáculo en Montevideo.
Dalila ingresó en la carpa poco después. Menuda y voluptuosa, con el cabello pelirrojo y rulos, la frente amplia y los ojos grandes y algo abiertos, jugueteó con el labio superior, que sobresalía sobre el inferior y le daba un aire de picardía. Se acercó a Saltim, se sentó sobre él, le corrigió el maquillaje y le mordisqueó la perilla.
Saltim le bajó la malla de acrobacia.
—Ahora no. Tenemos que ser cuidadosos.
—No se va a dar cuenta —dijo Saltim y le lamió el cuello—. Al grandulón no le importa lo que ocurre a su alrededor. Solo le importa él. Está enamorado de sí mismo.
—Después. Esperemos a que se duerma.
Saltim le introdujo la lengua en la boca. Escuchó aplausos de fondo.
Las mejillas de ella se enrojecieron. Bajó la mano y le desató el cordel que le sujetaba los pantalones. Corrió hacia un lado la malla de su entrepierna. Saltim la tomó por las caderas y la subió sobre él.
El perro salió de la carpa y se sentó afuera, en actitud vigilante, delante de la entrada.
—Cuando se duerma… —dijo Dalila mientras se movía sobre él.
—Lo volveremos a hacer —dijo Saltim.
* * *
Al finalizar la función se acercaron algunos espectadores a saludar a los artistas. A Saltim le llamó la atención un hombre alto y flaco con un modo de caminar peculiar. Lo observó con detenimiento. Ocultaba su rostro detrás de un sombrero de ala ancha y un grueso pañuelo. Hizo un gesto con la mano que encendió la memoria de Saltim. El capitán. Decidió ignorarlo. El hombre hizo lo propio y se dirigió primero a Sansón, a quien saludó y felicitó por su espectáculo. Expresó algunas palabras galantes sobre la belleza de Dalila y al pasar le estrechó la mano a Saltim. Lo palmeó en un hombro, le apoyó una mano sobre el pañuelo que le sobresalía del bolsillo de la camisa de arlequín y se retiró.
Saltim se percató de la maniobra. Les dio la espalda a Sansón y Dalila, retiró el papel que el visitante le había dejado en el bolsillo y lo escondió dentro del zapato.
Sansón se acercó a Saltim.
—Cuando termine de limpiar y ordenar pase por la carpa a cobrar el dinero de esta semana.
—Yes, sir —dijo Saltim.
El verdadero nombre de Sansón era John Gascoine. Lo poco que Saltim sabía sobre su vida era que había nacido en Brighton, en Inglaterra, y que había conocido en Greenwich a una quinceañera Dalila, cuyo nombre era Isabella Brown. Habían contraído matrimonio un año después, se habían iniciado en las artes circenses en Londres y luego presentaron su espectáculo durante un año en Sevilla. Se embarcaron rumbo a América del Sur. Actuaron en Asunción, Montevideo y Córdoba. Desde hacía varios años estaban radicados en Buenos Aires. Vivían con cierta holgura económica a pesar de que el espectáculo cada vez atraía a menos público.
Saltim guardó el disfraz en una maleta de madera. Se quitó el maquillaje, las zapatillas y las medias blancas. Se vistió con un pantalón raído y una camisa vieja y se calzó unas botas embarradas. Leyó el mensaje en el papel. Decía «Esta noche. Café de los Catalanes».
Al salir de su carpa le pareció ver en Sansón un gesto de dolor. Sufría de frecuentes dolores musculares y articulares. Le pidió láudano a Isabella y dijo que se retiraría a descansar.
Al terminar de limpiar y ordenar, Saltim se dirigió a la carpa de John. Lo encontró recostado en un sillón, aturdido por el efecto del láudano. Isabella le entregó a Saltim diez pesos por el trabajo de la semana.
2
El Café de los Catalanes, en la esquina de Catedral y Merced, había sido el centro de reunión de varios opositores al virrey en tiempos de la Revolución de Mayo de 1810. Allí se reunían los seguidores de Cornelio Saavedra. Los de Mariano Moreno lo hacían en el Café de Marco.
Saltim caminó acompañado del perro, que por momentos rengueaba y avanzaba con lentitud y por momentos se olvidaba y caminaba sin problemas. De camino, unos muchachos le pidieron una moneda. Se rascó un bolsillo y encontró una guinea inglesa. Al llegar al café, ingresó por una puerta ubicada en la esquina, cubierta por un amplio toldo. El perro se echó afuera, cerca de la entrada.
Saltim atravesó un patio espacioso mientras recorría el lugar con la vista. Divisó al hombre en una mesa de billar. No usaba el sombrero de ala ancha. Se saludaron con la mano y se encontraron a mitad de camino. La señal era clara y Saltim lo agradeció. Ni él ni su anfitrión deseaban ser escuchados por ninguno de los veinte comensales que bebían en el lugar. Se dieron un abrazo.
—Capitán Andrés Latorre —dijo Saltim en voz baja—. Me dijeron que vivía en Santa Fe y jugaba a los naipes con don Estanislao López.
—Una alegría verlo, alférez. Fue muy grato descubrir que detrás del disfraz de arlequín de Saltim Banqui se escondía Manuel Lagos, uno de los valientes soldados artiguistas.
El rival de Latorre en el billar le hizo una seña. Era su turno. Latorre le pidió unos minutos a Manuel para terminar la partida. Le indicó una mesa.
—Un día lo desafío a jugar una partida de billar —dijo Manuel.
Latorre volvió unos minutos después y lo invitó a beber un whisky. De un bolsillo extrajo un papel.
Era un anuncio del espectáculo de circo. Decía:
Troupe de Sansón y la Bella Dalila
Espectáculo circense al aire libre
A pocos pasos de la plaza del Buen Orden
Jueves a domingo a las 18 horas
Sansón, el hombre más fuerte del mundo
Bella Dalila y sus increíbles acrobacias
Saltim Banqui, malabarista, equilibrista y zancos
—De algo hay que vivir —dijo Manuel.
—Recordé que los soldados lo habían apodado el Saltimbanqui. En los fogones era quien nos entretenía con bromas y malabares. En la batalla era quien veía lo que nadie veía.
Manuel le devolvió el papel.
Latorre se acarició la barbilla con una mano y agitó el anuncio de la troupe con la otra.
—Decidí confirmar o desmentir mi sospecha. Arribé sobre el final de la función. Por un momento dudé. El anunciado Saltim Banqui se movía en zancos y usaba el rostro maquillado. En mi recuerdo nunca lo vi subido en zancos.
—Aprendí a los porrazos. Me di unos cuantos. No fue fácil. Pero es lindo. Me divierto mucho. Le copié un poco a un artista, Mr. Stanislas, que brindó un espectáculo entre setiembre y noviembre del año pasado en el Coliseo. No sé si era francés o norteamericano, o las dos cosas. Como mago era increíble, aunque la magia no es lo mío. Stanislas también se subía a los zancos y le copié algunos trucos. ¿Cómo me descubrió?
—Por Canelón. Él no cambió.
—Canelón está igual. Bueno, no tanto. Luce unas canas en el hocico.
—Se le nota la edad, pero está igual. Cuando lo vi ahuyenté todas mis dudas.
—Está afuera —dijo Manuel y con una sonrisa agregó—: Siempre bebemos una caña juntos al finalizar el día. Le controlo lo que bebe. Un poco le hace bien. Cojea menos. O se olvida de simular la renguera. Si se excede lo tengo que cargar, y vomita y echa espuma. No hay peor borrachera que la del perro. Si bebemos significa que seguimos vivos, lo que no es poca cosa.
Manuel vació el vaso de un trago.
—Siempre decimos con el padre Pedro —continuó—, un cura amigo, que la muerte pasó a nuestro lado tantas veces, que parece mentira estar vivo.
—Imagínese la culpa con la que vivo yo, que era comandante. Cargo sobre mis hombros con la muerte y el sufrimiento de centenares de valientes artiguistas.
—Al menos siente la responsabilidad. No es lo que he visto en muchos oficiales.
