Aventura de verano

Arlene Sabaris

Fragmento

Prólogo

Prólogo

2016, Santo Domingo, República Dominicana

A Solange no le gustaba nada la idea que rondaba por la cabeza de sus padres. Intentó rebatirla con argumentos emocionales y hasta manipuladores, sin embargo, se estaba quedando sin opciones. Era un hecho: no la llevarían al viaje.

Cumpliría dieciocho años encerrada en una casa de campo, rodeada de montañas y silencio, con la única compañía de su tía Nancy, siempre encantadora..., pero encerrada, escribiendo en su oficina. Si ese verano se parecía solo un poco al anterior, iba a pasarla mal.

Antes, cuando era una adolescente, los veranos eran lo mejor de su mundo. Sus primos llegaban, se reencontraba con amigos, e incluso sus compañeras de bachillerato se quedaban una semana o dos en la casa, y casi siempre celebraba su cumpleaños en la montaña con sus primos y sus amigos. Todos comenzaban a entrar a la universidad, salían de viaje con sus padres, o simplemente dedicaban el tiempo a otra cosa. El último verano había sido, sin lugar a duda, el más aburrido de todos y no quería repetirlo. Ninguna de sus amigas había podido ir, ya que hacían intercambios en el extranjero. Sus primos ya habían entrado a la universidad y no habían viajado al campo, al igual que los vecinos que solo veía en el verano y que, en esa ocasión, nunca habían llegado. Había sido el cumpleaños más aburrido del mundo: solo con su tía, sus abuelos y sus papás.

Lo que más le dolía de este viaje no era quedarse, sino que nadie se lo hubiera dicho antes. De haberlo sabido, quizá habría aceptado la propuesta de su mamá de aplazar la universidad un semestre. No lo había hecho, sospechaba que su mamá solo estaba ganando tiempo para que cambiara de idea sobre la carrera que iba a estudiar.

Estaba tan ansiosa por empezar la vida universitaria que se había inscripto antes de terminar los exámenes finales. Había elegido Administración Hotelera casi al azar, como Trini y Matty, sus mejores amigas. Otros amigos habían optado por Medicina, Ingeniería o Mercadeo. Algunos, convencidos; otros, tan perdidos como ella. La emoción era real. La independencia olía a fiestas, cafés, proyectos y libertad; había escuchado que Administración Hotelera era la mejor opción para vivir al máximo todas esas experiencias lejos de casa. Arquitectura y Diseño tampoco eran carreras aprobadas por sus padres. «Me gustan mucho más, pero una se divierte muchísimo menos», había pensado.

Solange siempre había tenido buenas notas. Nunca había sido número uno ni la favorita de los profesores, hacía lo justo para brillar sin agotarse. Gracias a eso, había conseguido una beca parcial en la universidad en la que quería estudiar, una que estaba cerca de su casa y a la que podía ir caminando.

Sus padres, ambos médicos, habían aceptado, de mala gana, su decisión. Estaban seguros de que, en algún momento, cambiaría de opinión y terminaría con una bata blanca y un estetoscopio, lo que perpetuaría la tradición familiar.

Como regalo de graduación, le habían ofrecido una escapada de fin de semana con sus amigos a la casa de verano de su tía. Parecía perfecto... hasta que le contaron los detalles.

—Sol, ya está todo listo en la casa de la tía Nancy —le dijo su madre—. Hablé con los padres de Trini, de Matty; ellas se quedarán dos semanas. La mamá de Carlos y Antonio irá también con sus hijos, pero solo se quedan el fin de semana; tiene un único vehículo donde caben todos, así que se irán juntos. No, tú... Tú te irás desde este viernes en el autobús, así ayudas a tu tía con los preparativos.

—¿Este viernes, ma? ¿Por qué tan pronto? Dijiste que la señora que ayuda en la casa de la tía Nancy se encargaría de adelantar la limpieza.

—Tu papá y yo cumplimos veinte años de casados, y hay un congreso en París la próxima semana. Aprovecharemos para quedarnos un mes celebrando. Nos vamos temprano y no puedes quedarte aquí sola. Además, tú siempre disfrutas los veranos en Jarabacoa. No entiendo la protesta.

—Eso era antes, ma... Además, si lo comparas con París... ¡Siempre he querido ir a París!

—Y estoy segura de que algún día irás. Solo que no esta vez. ¡Alégrate! ¡Celebrarás tu cumpleaños en tu lugar favorito con tus mejores amigos!

Solange tragó saliva. Las palabras no le salieron. Era solo un verano más, un cumpleaños más, pero algo en su interior sabía que no sería igual; tener dieciocho era todo otro asunto. Y tenía razón: algo no sería igual.

En esa época, no podría haber adivinado que, ocho años después, ese mismo lugar la haría dudar de nuevo... por razones muy distintas.

Capítulo 1

2024, Santo Domingo

Llovía a cántaros. El constante ir y venir de la energía eléctrica hacía imposible terminar el trabajo que le habían asignado porque, cada vez que intentaba descargar algo del servidor de la agencia, la conexión se reiniciaba. No le quedó más remedio que cambiarse para ir a la oficina.

La tarde apenas comenzaba, pero afuera parecía que el mundo estaba por acabarse. En la ciudad había una misteriosa correlación entre la lluvia y los conductores: mientras más copiosa, más conductores aparecían. La locura iba in crescendo y el tráfico se desmoronaba irremediablemente: había charcos disfrazados de lagunas, motos que cruzaban, de pronto, como relámpagos, y autobuses que no respetaban la señal de «no rebasar». Solange tenía poca paciencia para conducir en días de semana, y mucho menos si estaba lloviendo; así que aquel trayecto se le hizo eterno, a pesar de que el edificio quedaba a solo un par de bloques de su apartamento.

Cuando aparcó, se acomodó la capucha rosa para proteger su recién retocado corte bob. Se miró al espejo retrovisor y decidió aplicar un poco más de tinta líquida en sus labios y extender más allá el delineado negro que enmarcaba sus ojos color marrón claro. Después de todo, hacía al menos dos semanas que no ponía un pie en la oficina, y quería verse bien.

Casi se le olvida la tarjeta de acceso, pero recordó el correo que habían enviado un par de semanas antes, con el asunto «Nuevo sistema de reconocimiento facial activado». De todos modos, metió la tarjeta en el bolsillo y salió con la mochila de su laptop enganchada a un hombro. Vestida con vaqueros oscuros, zapatos deportivos muy blancos y un abrigo rosa, aprovechó que la lluvia ya empezaba a ceder y se dirigió, con pasos rápidos, al pasillo de acceso al edificio.

Con timidez, se puso frente al dispositivo. No estaba segura de cómo usarlo; la verdad era que no había leído el instructivo enviado por Recursos Humanos. Mientras lo pensaba, una voz robótica anunció: «Bienvenida, Solange García. Adelante».

A continuación, un beep indicó que la puerta estaba abierta. Empujó el cristal, y la recepcionista la saludó con la amabilidad de siempre. Solange continuó con la prisa que llevaban todos los que, en algún momento del día, cruzaban esa puerta.

Le sorprendió ver cosas nuevas en la oficina. Entre ellas, había varios espejos redondos por doquier, rodeados de follaje artificial; un cuadro con un mono simpático que usaba un colorido sombrero, y un par de sillones de pana azul completamente vacíos. Algunos cojines naranjas, ordenados por forma, evidenciaban que quizás ni una sola visita los había tocado ese día. Sonrió para sus adentros, y el espejo le devolvió la sonrisa. Quizá sí le gustaban aquellos espejos después de todo.

Siguió cruzando puertas y descubrió que, en su anterior oficina, había una elegante máquina de café y un par de fanáticos esperando un capuchino. Fueron ellos quienes le dijeron que el Área de Diseño estaba en lo que antes era el salón de reuniones. El viejo Music Room ahora era un departamento, y el nuevo salón de reuniones quedaba en el segundo piso.

La vida en las agencias de publicidad era un poco distinta después de la pandemia. Los directivos hacían lo imposible por traer a los empleados de vuelta a la oficina: colocaban hamacas en los pasillos, instalaban máquinas de café y hasta ofrecían helado con tal de desincentivar el trabajo remoto. Pero los empleados no lo estaban haciendo fácil. Solange era una de ellos. Incluso había preferido no recibir el último aumento si implicaba regresar todos los días a la oficina.

Cuando abrió la puerta del nuevo espacio, se encontró con que la mitad de los puestos estaba ocupada. No reconoció a varios de los presentes; mucha gente ya no ponía la cámara en las reuniones virtuales, así que esperaba, al menos, identificar sus voces.

—Hola —saludó.

—¡Sol! Dichosos los ojos —respondió Dany.

—¡Dany! Estuve hace un par de semanas para actualizar el respaldo... Tal vez no pasé por aquí y fui directo a Soporte técnico.

—Será... ¿Viste la nueva máquina de café?

—Sí, ahí la vi. Pero tú sabes que a mí me gusta el café sin parafernalias.

—Chicos, ¿ya conocían a Sol? —anunció Dany—. Es de las más antiguas aquí, está prácticamente desde que comenzamos la agencia. Y es la mejor, por eso es la cabeza del equipo sénior de Arte. Aunque no lo parezca, porque nunca está aquí.

Los dos chicos que lo acompañaban inclinaron la cabeza sin quitarse los auriculares, mientras Dany hacía señas a Solange para que se sentara a la mesa.

—Muy gracioso, Dany. Mi equipo funciona a la perfección, ¿OK?

—Igual deberías venir más... ¿Y bien? ¿Cerramos esta campaña hoy?

—Sí, sí, lo siento —dijo ella—. No he podido subir los archivos al servidor. Lluvia, internet, no sé. Supongo que aquí será más rápido.

Las próximas seis horas fueron un vaivén de archivos, cambios del cliente y nuevas asignaciones. Solange terminó sucumbiendo a un capuchino cuando por fin terminaron el trabajo. Mientras intentaba descifrar que, para recibir el café, debía ingresar su código de empleada a la máquina, su jefe apareció por allí.

—Hola, Sol... Dichosos los...

—Sí, sí, «dichosos los ojos». Me lo han dicho, por lo menos, seis veces hoy —interrumpió ella, levantando al aire el vaso de papel que después colocó en el dispensario de café—. Rafael, acabas de cerrar una campaña adicional solo porque al cliente le gustó mi propuesta para Navidad, y apenas estamos empezando el verano. Que no venga a la oficina no le afecta en nada a la agencia.

—De todos modos, tendrás que volver, y lo sabes. Es cuestión de que terminemos el tercer piso. Solo faltan un par de semanas. Es mejor que empieces a venir, al menos, un par de días a la semana. La pandemia acabó hace años, debes acostumbrarte.

—Estás convencido de eso, ¿eh?

—La junta decidió...

—La junta, la junta...

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos