El espejo (La maldición de las siete novias 2)

Nora Roberts

Fragmento

cap-2

Prólogo

La casa solariega se alzaba, desde hacía generaciones, en los altos y abruptos acantilados contra los que batía el mar. A lo largo de veranos sofocantes, frente a tempestades invernales, en el transcurso de esplendorosas primaveras, y en lánguidos otoños, conservaba su espacio en la costa rocosa de Maine.

En el interior de sus muros de piedra y revestimientos, tras el brillo de los cristales de sus ventanas, había sido testigo de nacimientos y muertes, había conocido triunfos y tragedias. Sobre sus suelos pulidos se habían derramado tanto sangre como lágrimas; sus numerosos rincones albergaban secretos y sombras.

Y los guardaba todos en su memoria.

Desde las torrecillas y el mirador, desde la escollera situada en las inmediaciones de la señorial puerta doble, multitud de ojos habían contemplado la localidad de Poole’s Bay.

Muchos ojos aún la contemplaban desde allí.

Desde la apertura de aquel señorial portón en 1794, un heredero de los Poole había recorrido esas estancias. Un Poole había subido por la suntuosa escalera, observado fijamente desde las ventanas, soñado sus sueños. Y algunos habían vivido su peor pesadilla.

Algunos aún la vivían.

Una novia asesinada, la primera de las siete condenadas, perpetuaría —con toda su inocencia— la maldición que se cernía sobre la casa solariega. De generación en generación, la sombra del maleficio se transmitía a la siguiente, y así sucesivamente, a través de la rabia de una bruja celosa.

Junto a esas novias perdidas, otros vagaban por el laberinto de habitaciones. Quienes antaño habían encendido la profusión de chimeneas, hecho las camas y cocinado, continuaban cumpliendo con sus obligaciones.

Otros, que habían alzado sus copas para brindar, bailado en el salón de baile o mecido a un bebé inquieto por la noche, continuaban brindando, bailando y meciendo.

El tiempo transcurría en las numerosas habitaciones. La música sonaba, los relojes marcaban las horas con su tictac, los suelos crujían mientras la casa solariega aguardaba a la siguiente generación.

Más de doscientos años después de que Astrid Grandville Poole muriera engalanada con su traje de novia, más de doscientos años después de que su asesina maldijera la casa solariega y pusiera fin a su propia vida arrojándose desde los acantilados, otra ocupante de sangre Poole cruzó aquel señorial portón.

Sus antecesores observaron y aguardaron mientras tomaba posesión de la casa solariega. Mientras soñaba sus sueños… o los de ellos.

Mientras recorría el laberinto donde la música sonaba, los relojes marcaban las horas con su tictac y los suelos crujían. Hasta el espejo donde el tiempo transcurría.

Los depredadores tallados en el marco del espejo parecen bufar, gruñir y reptar. Y el cristal abre una puerta al pasado para ella, y para otro de sangre Poole.

Con las manos entrelazadas, cruzan al otro lado juntos.

Y se convierten en los fantasmas.

1

La música que instantes antes era tenue y lejana ahora la envolvió.

Los colores y las formas que parecían borrosos y desdibujados desde el otro lado del espejo cobraron nitidez.

Sonya asió con fuerza la mano de Owen, la mano del primo cuya existencia desconocía tan solo unos meses antes. Esa mano era cálida; esa mano era real.

En vez de muebles almacenados cubiertos de sábanas blancas, había gente dando vueltas alrededor de ellos, mujeres con voluminosos moños en el pelo, vaporosos vestidos largos, y hombres con elegantes trajes oscuros bailaban, reían, bebían. La sala —el salón de baile— olía a flores; había abundancia de ellas. Y a perfume. Una orquesta tocaba algo animado y rápido.

Por encima de la música, oyó la risa fuerte y alegre de una mujer. Vio un hilo de sudor resbalar por la sien de un hombre con el cabello repeinado hacia atrás mientras guiaba a su compañera de baile.

Y oyó los latidos de su propio corazón, más fuertes que el redoble del tambor.

Como le temblaba la mano, Owen se la apretó con más fuerza y seguidamente dijo, casi a la ligera:

—Joder, qué raro es esto.

El cosquilleo de histeria emanó de la garganta de Sonya en una risa ahogada.

—Y tanto que sí. Lo he atravesado otras veces, pero esta es la primera que lo hago despierta. En ocasiones anteriores pensé que se trataba de un sueño, pero no lo es.

—No. —Owen escudriñó la sala—. Sabemos dónde estamos. En el salón de baile. ¿Tienes alguna idea de en qué fecha?

—En 1916. Leí el libro de la historia familiar de los Poole que documentó Deuce y miré las fotografías las suficientes veces como para tener la certeza de que esta es la celebración de la boda de Lisbeth Poole.

Un hombre, obviamente disfrutando de su ginebra, se topó con ella y la atravesó.

—Oh, Dios mío.

—Eso sí que es raro. —Con el ceño fruncido, Owen se volvió hacia ella y la escrutó con unos ojos de la tonalidad verde de los Poole algo más clara que los de Sonya—. ¿Estás bien?

Ella consiguió asentir con la cabeza.

—Somos nosotros los que estamos fuera de lugar, de época o de lo que diablos sea. Ellos no nos ven, ni perciben nuestra presencia, al menos la mayoría. Ella no está aquí.

—¿Quién?

—Hester Dobbs. La bruja asesina. No está aquí, todavía no. Esta tampoco es su época.

—Dado que llevaría muerta más de cien años.

—A lo mejor podemos impedírselo. No se trata de un maldito sueño, de modo que quizá estemos aquí para impedírselo. A consecuencia de trece picaduras de araña, bajo su vestido de novia: así es como morirá Lisbeth hoy. Si pudiéramos…

—¿Qué? ¿Desnudarla?

—No lo sé. Tenemos que intentar hacer algo. ¿Dónde está? ¿Dónde demonios está Lissy?

Owen hizo una seña.

—¿Al fondo del salón de baile? Yo soy más alto, puedo ver más cabezas. También he visto fotos de ella, y me parece que eso es un vestido de novia.

Movió a Sonya hacia la izquierda.

—¡Sí! Sí, es ella.

Cuando Sonya comenzó a avanzar, la gente bailaba a través de ella. Algunos le provocaron una sacudida, como una suave descarga eléctrica; otros, un súbito escalofrío que le caló hasta los huesos.

—Es como avanzar por un barrizal —masculló Owen con impotencia, y se pasó la mano por su rebelde pelo castaño—. O por arenas movedizas, maldita sea.

—Ya, ya. Igual que antes. Ya no la veo. Hay muchísima gente. ¿Tú la ves?

—Sigue adelante. Se está moviendo hacia nuestra derecha. Está bailando. Está… ¡Mierda!

—¿Qué? ¿Qué ha pasado? Yo… —En ese momento vio, a través de un hueco entre los bailarines mientras giraban, la expresión de shock y dolor en su joven y dulce rostro.

Y acto seguido oyó el alarido.

—Hemos llegado demasiado tarde, demasiado tarde. —Sin embargo, Sonya continuó avanzando a duras penas—. Si no podemos salvarla, hemos de impedir que Dobbs le quite la alianza. Necesita los siete anillos. Es preciso que nos adelantemos a ella.

Cuando Lisbeth se desplomó en los brazos de su esposo, Sonya percibió un súbito cambio en el aire, enrarecido.

Hester Dobbs, con el rostro radiante en su adusta belleza, un destello maligno en sus ojos oscuros, casi flotaba en todo el salón de baile. Su largo y ondulado cabello de color negro pareció agitarse con una ráfaga invisible mientras se aproximaba a la novia agonizante.

Enfurecida, Sonya exclamó a voz en grito:

—¡Detente! ¡Zorra, déjala en paz!

Dobbs giró bruscamente la cabeza. Por un momento, tan solo un instante, Sonya percibió su sorpresa, y tal vez un atisbo de temor reflejado en su rostro de austera hermosura.

A continuación, esa ráfaga invisible embistió contra ella como un puño de hielo que la hizo soltar la mano de Owen y salir despedida, volando entre la gente que se apresuraba en dirección contraria.

La caída fue lo bastante fuerte como para dejarla aturdida y mareada. Mientras pugnaba por recuperar el aliento, por levantarse con esfuerzo, vio que una araña, más grande que la palma de su mano, avanzaba rauda por el suelo hacia ella.

Era real, en cierto modo era real, en cierto modo era el presente, pensó.

En la sala estalló una algarabía de gritos, de llantos, de pasos apresurados mientras ella trataba de incorporarse y alejarse.

Vio cómo sus ojos rojos brillaban, y se preparó para recibir la primera mordedura brutal.

Cuando la araña se hallaba a escasos centímetros de su pie descalzo, Owen la aplastó de un pisotón. A Sonya se le revolvió el estómago al oír el desagradable crujido.

—Arriba. —Tiró de ella para levantarla—. ¡Muévete!

—¿Lo tienes? ¿Has conseguido el anillo?

—Se ha ido, como la novia. Nosotros no.

Owen se abrió paso entre la marabunta mientras tiraba de ella, la empujó al otro lado del espejo, y lo atravesó de un salto.

Sonya cayó directamente en los brazos de Trey. Él la sujetó con fuerza al tiempo que los tres perros se arremolinaban a su alrededor.

—Te tengo. Madre mía, estás helada.

—El ambiente se ha vuelto muy frío. —Los dientes le castañeteaban.

—¿Estás herida? —Mientras la palpaba, Trey miró a Owen—. ¿Alguno de los dos estáis heridos?

—Sonya ha salido despedida por los aires igual que tú del salón dorado.

—Estoy bien. Solo un poco aturdida. —Acurrucándose contra Trey, reconfortada con su calidez, Sonya miró a Cleo—. Era Lisbeth Poole. Nos ha resultado imposible evitarlo.

—Vamos a llevarte abajo. —Cleo le acarició el pelo—. Vamos a llevaros a los dos abajo.

—Necesito una copa. —Al decirlo, mientras Jones, su chucho tuerto, le olisqueaba la suela del zapato, Owen bajó la vista—. Y un par de zapatos nuevos.

—¿Qué es eso? —inquirió Cleo.

—Las tripas de una araña.

—¡Descálzate! No puedes ir arrastrando las tripas de una araña perniciosa por la casa.

—Sí, es lo primero que he pensado.

Cleopatra Fabares, la mejor amiga de Sonya y con la que compartía la casa solariega, tomó el mando.

—Trey, llévate a Sonya abajo. A la cocina. Todos necesitamos una copa. Y tú quítate esos repugnantes zapatos —ordenó a Owen de nuevo—. Déjalos aquí mismo hasta que encontremos algo donde meterlos.

—Vale, vale, vale.

—Enseguida bajamos. Podéis ir sirviéndonos un whisky. Que sea doble.

Justo cuando Owen se agachó para descalzarse, Cleo tomó una súbita bocanada de aire que lo alertó de inmediato.

—El espejo. No está. Ha desaparecido de buenas a primeras.

Él se giró.

—Qué cabrón.

—Quítate esos malditos zapatos —insistió ella—. Y vámonos de aquí echando leches. Sonya y tú vais a empezar por el principio, desde el preciso instante en que os habéis desvanecido dentro del maldito espejo.

—Primero el whisky.

A pesar de ser una MacTavish —de sentimiento, aunque no de sangre—, Sonya no era muy aficionada al whisky; esa noche haría una excepción. Aún conmocionada, dejó que Trey la condujera desde el salón de baile, cruzando pasillos a través de la casa al tiempo que encendía luces, hasta la planta baja.

—No recuerdo nada antes de estar ahí arriba delante del espejo.

Sonya se recogió el pelo hacia atrás, pensando que ojalá tuviera un coletero, y acto seguido dejó que cayera con todo su peso.

—No recuerdo haber salido de la cama, subir allí. Y tú estabas conmigo.

—Cleo me avisó.

—Cleo te avisó —dijo ella por lo bajo.

Cleo, su mejor amiga desde hacía una década. Cleo, que se había mudado a la casa solariega con ella sin vacilación a sabiendas de que albergaba una maldición, fantasmas y el espíritu de una bruja enloquecida.

Tratándose de ella, Sonya llegó a la conclusión de que esos factores, lejos de constituir una especie de elementos disuasorios, supusieron un aliciente. Pero, claro, la abuela criolla de su amiga se consideraba a sí misma una bruja… de las buenas.

Con sus respectivos perros, Mookie y Yoda, a su lado, Trey condujo a Sonya a la planta baja.

Al pie de las escaleras, ella se detuvo a contemplar el retrato de Astrid Grandville Poole. La primera novia, tan hermosa, tan trágica con su vestido blanco.

—Comenzó con ella. Todo lo que está sucediendo ahora empezó con ella, el día de su boda, en 1806. Cuando Hester Dobbs la asesinó y le arrebató el anillo. Tiene que finalizar conmigo, sin más remedio. —Levantó la vista hacia él, hacia esos ojos de un azul intenso en los que había llegado a confiar—. Has venido. Cleo te llamó por teléfono, y has venido. Pasadas las tres de la madrugada.

—Por supuesto que sí.

—Pero… estabas con una clienta. En el hospital. —De pronto, le vino a la memoria—. Ay, esa pobre mujer. Su marido, su exmarido, la agredió. Sus hijos…

—Están bien —dijo él en tono tranquilizador. Todavía se encontraba muy pálida—. Todos estarán bien. No te preocupes.

—Estabas preocupado. Y furioso. Lo percibí en tu voz cuando llamaste para contármelo.

—Su madre y su hermana están con ella ahora. —Trey se volvió hacia ella y la condujo hacia la cocina—. La policía lo ha detenido, y ella está con su familia. Los niños también.

—Y tú te ocuparás del resto, porque es propio de ti, más allá de tu deber como abogado. Es propio de ti velar por los demás. —Apoyó ligeramente la cabeza contra su hombro mientras caminaban—. Me siento un poco descolocada.

—¿En serio? Por qué será.

Al encender las luces de la cocina, Trey reparó en que el fuego chisporroteaba en el hogar; otro crepitaba en el inmenso comedor.

Aportando luz, aportando calidez. Él no era el único que velaba por los demás.

Condujo a Sonya hasta la mesa.

—Siéntate. ¿Quieres un vino? ¿Té? ¿Agua?

—Un whisky. —Ella dejó escapar un suspiro.

Trey pensó que apenas unas horas antes, cuando él necesitaba desahogarse de toda esa angustia y rabia, de toda la frustración que le generaban, con un amigo, Owen había ido a por una botella.

—Parece ser que esta noche es lo suyo.

Mientras ella empezaba a entrar en calor con el fuego crepitante, lo vio sacar galletas para los perros, que rondaban a su alrededor, y reservar otra para Jones, el perro de Owen, antes de entrar a la despensa con aire relajado y resuelto con sus tejanos y su camisa de franela.

Al igual que cuando se conocieron, cuando él le hizo un recorrido por la casa solariega, mientras seguía desorientada se sumió en sus cavilaciones: sobre el abogado de tercera generación, larguirucho y de piernas y brazos largos, con el pelo negro y los ojos de un azul intenso.

Sobre su aparentemente infinita paciencia.

Él conocía la casa tan bien como ella; mejor, matizó Sonya. Había deambulado por sus habitaciones y pasillos desde la infancia, invitado por el tío de Sonya, de cuya existencia esta jamás supo. El gemelo de su padre: la típica separación al nacer.

Sin embargo, los hermanos se habían encontrado a través de ese mismo espejo, ¿no? Esos gemelos. En la infancia, en la madurez. Ambos artistas, ambos con esa gran semejanza en multitud de aspectos. «Telepatía entre gemelos», según Cleo.

Uno se convertiría en Andrew MacTavish, de Boston, hijo de unos padres que le profesaron amor, esposo de una amante esposa, padre de una hija amada que le correspondía, todos los cuales lloraron su pérdida y lo recordaban.

Y el otro se criaría como un Poole en Poole’s Bay, como el hijo de una mujer que en realidad era su tía, bajo el implacable yugo de la matriarca, Patricia Poole, y con el tiempo heredaría el próspero negocio familiar junto con la casa solariega en la que viviría.

El mero hecho de pensar en todo eso le pesaba en la cabeza, en el corazón. Se llevó las manos a la cara y respiró despacio con el fin de recomponerse.

Cuando Trey regresó con una botella y copas, en su teléfono, que llevaba en el bolsillo, sonó Please Don’t Worry [«Por favor, no te preocupes»].

Medio riendo, Sonya dejó caer las manos.

—Clover nunca falla. Es solo un pequeño empujoncito musical por parte del fantasma de mi abuela a los diecinueve años.

Trey dejó la botella encima de la mesa.

—¿Ha surtido efecto?

—Supongo que sí. —Cuando Yoda le plantó las patas delanteras sobre el regazo, ella le rascó la cabeza—. Ya estamos todos —dijo cuando Jones, con un parche en el ojo, entró pavoneándose con sus robustas patas delante de Cleo y Owen.

—Hemos pasado por tu habitación para traerte un jersey por si sigues teniendo frío.

—Ya estoy mejor, pero gracias. —Cogió la prenda y agarró la mano de Cleo—. Muchas gracias por cuidar de mí. Por llamar a Trey y a Owen.

En el teléfono de Cleo, Dionne Warwick anunció: That’s What Friends are For [«Para eso están los amigos»].

—Cierto. —Cleo se sentó y miró a Owen—. Invítame a una copa, marinero.

Él sirvió tres generosos dedos en cada una.

—Brindo por estar aquí —declaró Owen—. En este preciso lugar e instante. Hay una buena movida ahora mismo.

—Así es. —Sonya levantó su copa, bebió un trago y se estremeció—. De acuerdo. Vale, sé que queréis saber qué ha pasado, pero ¿os importa que comencemos por el principio? Ignoro cómo acabé en el salón de baile, pero tú estabas allí, Cleo. ¿Me despertaste?

—No. Pero alguien lo hizo. —Tras beber un largo y lento trago, Cleo lo dejó reposar y lo saboreó—. A las tres oí el carillón del reloj, el piano, a alguien que lloraba, y a alguien que parecía estar quejándose de dolor. Ya sabes.

Miró a los otros y se echó hacia atrás su mata de pelo rizado.

—El entretenimiento habitual en la casa solariega de madrugada. Cuando me disponía a acomodarme para seguir durmiendo…, alguien me tocó. En el hombro —añadió, llevándose la mano al lugar—. Y pronunció tu nombre. —«Sonya», solo «Sonya», pero en tono apremiante.

—¿Mi nombre?

—Así es. Al encender la luz pensé que probablemente lo hubiera soñado, pero esa sensación de apremio seguía latente y me levanté. Iba a echar un vistazo en tu cuarto, pero me topé contigo justo cuando salías sonámbula, en trance o lo que demonios sea. Volví corriendo a por mi teléfono y llamé a Trey mientras te seguía.

Se dirigió a este:

—Owen me ha dicho que estabas en su casa. Me ha puesto al corriente acerca de tu clienta, la amiga a la que agredió el cabrón borracho de su ex. Me alegro de que esté recuperándose, ella y sus hijos.

—Estaba cabreado. En eso tenías razón —explicó Trey mirando a Sonya—. Fui a recoger a Mookie a la casa de Owen, y me desahogué con él. Me quedé a dormir en el cuarto de invitados.

—Hiciste bien —continuó Cleo—. Subiste a la segunda planta, Sonya, y oí el llanto de esa mujer con mucha claridad. Te detuviste junto a la puerta de esa habitación… Lo que antaño era el cuarto del bebé, ¿no? Abriste la puerta y, Sonya, te juro que alcancé a ver la mecedora y oír su vaivén además de los sollozos, y dijiste… algo así como que noche tras noche, año tras año, Carlotta llora sin consuelo por su bebé.

—Con quien se casó Hugh Poole en segundas nupcias, más o menos seis años después de que Marianne muriera en el parto de… gemelos, Owen y Jane. Hugh tuvo tres hijos más con Carlotta. Uno murió a muy corta edad. —Sonya bebió de nuevo, y se estremeció de nuevo—. Figura en el libro.

—Yo también me acuerdo. Le mandé un mensaje a Trey para que supiera adónde nos…, te dirigías, y te repetí sin cesar que estaba contigo. Tenía miedo, no me avergüenza reconocerlo, de que continuaras en dirección al salón dorado, a la habitación de esa arpía. Vi un destello rojo alrededor de la puerta, de la que emanaban volutas de humo. Tú miraste fijamente hacia la puerta y pensé: «Ay, por lo que más quieras, no entres». Dijiste que ella existe para alimentarse de miedo y aflicción. Debería haber encendido la grabadora de mi teléfono para reproducirlo al pie de la letra, pero no se me pasó por la cabeza.

—Me pregunto por qué.

Ante el comentario de Owen, Cleo se rio entre dientes.

—Dijiste algo más, que saciaba su sed con lágrimas noche tras noche, año tras año. Después, gracias a la diosa, giraste en dirección contraria.

Sostuvo la copa en alto mirando a Owen.

—Ponme otro chute.

Y bebió un poco más.

—Alguien se desgañitaba de dolor en las antiguas dependencias de los criados. Te aproximaste a una puerta, y te juro que olí el hedor a enfermedad y oí los crujidos de la cama como si hubiera alguien rebulléndose nerviosamente en ella. Tú dijiste que te apenaba, que te apenaba mucho no poder hacer nada por la pobre Molly O’Brian.

—Molly —murmuró Sonya. El espíritu que hacía las camas, encendía las chimeneas y mantenía la casa en orden.

—Dijiste que era oriunda de Cobh y que aquí encontró un hogar, mencionaste lo mucho que disfrutaba abrillantando la madera, y lloraste por ella. Dijiste que solo podías ser testigo de ello.

»Cuando te diste la vuelta, pensé: “Mierda, va al salón dorado”. Pero fuiste hacia el salón de baile, de lo cual informé a Trey. De camino fui encendiendo luces porque estaba oscuro como boca de lobo. Después, cuando abriste la puerta doble del salón de baile, encendí las de dentro.

»Y ahí estaba el espejo. Antes no estaba allí. Todos subimos allí arriba no hace mucho, y no estaba. Pero en esta ocasión sí. Hacía un frío de muerte, y alcancé a oír el latido del salón dorado. Como en el maldito libro El corazón delator.

Esta vez fue Cleo quien se estremeció, ligeramente, antes de continuar:

—Son, a juzgar por cómo mirabas al espejo, supe, supe a ciencia cierta que veías algo que a mí me resultaba imposible ver. Entonces, uf, qué alivio, oí ladrar a Yoda, y después a los otros perros. Oí que corrían, y te dije que esperaras. «Por favor, espera un segundo». Trey y Owen entraron a toda prisa, junto con los perros. Y te despertaste.

—No me acuerdo de nada. Bueno…, de algo sí, como el recuerdo vago de un sueño cuando te despiertas. Te oí decirme que esperara, creo. Y los ladridos de los perros. Supongo que me encontraba entre la vigilia y el sueño. Entonces, al espabilarme, me encontré de pie frente al espejo. —Se dirigió a Owen—. Tú viste lo mismo que yo.

—Luz, movimiento, colores.

—Trey y yo no. Nosotros no somos Poole. Es una puerta —afirmó Cleo con plena convicción—. Pero no para todos. Según tú, te arrastraba.

—Así es. Había música. Oí música.

—Sí —confirmó Owen—. Yo no sentí esa atracción, pero vi algo, oí algo.

—Y a pesar de ello me acompañaste.

Esta vez en el teléfono de Owen sonó We Are Family [«Somos familia»].

—Qué viaje más raro —comentó Owen, y se sirvió otro chupito de whisky—. De cinco minutos, diez a lo sumo, pero memorable.

—Más bien una hora —corrigió Trey—. Cincuenta y seis minutos.

—Es imposible. —Negando con la cabeza, Sonya miró a Owen en busca de confirmación—. Si apenas fueron unos minutos…

—Eso solo demuestra que el tiempo transcurre de manera diferente aquí que dondequiera que estuvierais. ¿Dónde diablos estabais? —inquirió Cleo.

—En el banquete de bodas de Lisbeth Poole. En el salón de baile, en 1916 —respondió Sonya, y lo relató—. Dobbs no nos esperaba. —Apartó su copa y se reclinó—. Cuando grité, se desconcertó. No…, no creo que nos viera, pero me oyó. Y me da la impresión de que por un momento se asustó, durante unos segundos. Sin embargo, eso no la frenó.

—Ya era demasiado tarde. —Owen bajó la vista a su copa con el ceño fruncido—. No había manera de impedirlo, de impedírselo.

—Pensé en adelantarme a ella para coger el anillo de Lisbeth e impedírselo, pero…

—Saliste despedida por los aires —apostilló Owen—. Yo no era su objetivo; ella fue derecha a por ti. Te lanzó tres o cuatro metros más atrás, y atravesaste a personas que corrían en la dirección contraria.

Owen cogió su copa por última vez y apuró el whisky.

—Eso no es algo que se vea todos los días. Lo de la araña fue diferente.

—¿La de las tripas pegadas a la suela de tu zapato? —preguntó Trey.

—La misma. Más grande que una tarántula, pero con manchas como la viuda negra. La gente corrió atravesándola mientras la araña avanzaba derecha hacia Sonya. A toda velocidad, la muy jodida. Aplasté de un pisotón su feo culo, y salimos de allí por patas. —Miró a Sonya—. Lisbeth Poole estaba muerta, como siempre va a estar muerta aquella noche de 1916.

—Entonces ¿qué sentido tiene todo esto? —inquirió Sonya, toqueteándose con impaciencia su largo cabello castaño—. Si siempre va a ser demasiado tarde, si nada puede impedir que ella las asesine, ¿qué sentido tiene?

En el teléfono de Cleo empezó a sonar 7 Rings [«7 anillos»] de Ariana Grande.

—La cuestión nunca ha sido salvar a esas novias, a esas mujeres, Son —dijo Cleo con delicadeza—. Se trata de encontrar las alianzas, los siete anillos, y romper la maldición. De echar a Hester Dobbs de esta casa, y romper su maldición.

—Dobbs tiene los dichosos anillos.

—Averiguaremos cómo hacerlo. —Trey posó la mano sobre la de Sonya—. Averiguaremos cómo hacerlo —repitió—, pero no esta noche.

—Esta mañana —corrigió Owen—. Tengo que estar en el trabajo dentro de… —Dio un toque a la pantalla de su teléfono para consultar la hora—. Mierda, dentro de una hora y media más o menos. Y necesito unos malditos zapatos. Voy a hacer huevos revueltos. —Se levantó—. ¿Hay beicon?

—¿Vas a hacer huevos revueltos?

—Prima, si estoy despierto para ver el amanecer, quiero desayunar. Yo me ocupo del beicon.

Trey dio otra palmadita en la mano a Sonya.

—Yo voy a dejar salir a los perros un rato.

Cuando él se levantó, Sonya se giró para mirar fuera. Sí, estaba amaneciendo, y la noche muriendo.

Ella tenía su propio trabajo, su propia vida. Si la casa solariega le había proporcionado un propósito más allá de eso, haría lo posible por lograrlo.

Pero el alba deparó un nuevo día.

Se apartó de la mesa y se puso manos a la obra.

—Yo preparo el café.

Mientras el día clareaba, se sentaron a desayunar tal y como se habían sentado a compartir el whisky y los relatos de fantasmas.

Después de que los perros engulleran el suyo, Trey dejó que salieran de nuevo.

—Necesito que me lleves a casa —le dijo Owen—. He de asearme antes de irme a trabajar. ¿Tenéis una bolsa o una caja donde meter estos zapatos?

—Yo me ocupo de ellos —dijo Cleo.

—Cuando dices ocuparte de ellos te refieres a…

—Quemarlos.

—¡Venga ya!

—Al aire libre —apostilló Cleo—, con un buen puñado de sal.

—Madre mía.

—Así es como se hace —replicó Cleo—. No es que fueran nuevos que digamos. Lo pude ver con mis propios ojos.

—Se me amoldaban realmente bien.

Ella se giró, le dio unas palmaditas en la mejilla y le rascó la barba de dos días.

—Seguro que un exitoso empresario y artesano como tú tiene más.

—¿Es una pulla?

Ella se limitó a sonreír con dulzura.

—Has sacrificado tus zapatos, que se te amoldaban realmente bien, por mi mejor amiga. No es una pulla… esta vez. De hecho, si supiera hacer empanada al horno, te haría una.

—Podías aprender. Me gusta la empanada. Vamos, Jones. Tenemos que ponernos en marcha, Trey.

—Voy. Estás bien, guapa. —Trey lo afirmó al tiempo que agarraba a Sonya por los hombros para besarla.

Su seguridad en sí mismo fortaleció la de Sonya.

—Estoy bien. Es mi casa. Mientras ese espejo siga aquí, también es mío.

—Bien. Os debo una cena a las dos. Puedo recogeros a las siete.

—Vente a cenar. Tú también, Owen. Voy a hacer estofado de carne.

Trey parpadeó.

—¿En serio?

—Lo cociné una vez, puedo hacerlo de nuevo. Creo.

—Me apunto. —Owen se metió el teléfono en el bolsillo.

Sonya se acercó a él y se estiró para besarlo en la mejilla.

—Gracias por salvarme.

—Podía decir que cuando quieras, pero… Qué diablos, cuando quieras.

—Llámame si me necesitas —dijo Trey—. Vamos, Mooks.

Cuando se marcharon, Sonya se volvió hacia Cleo.

—Estabas coqueteando con él.

Cleo puso sus ojos ámbar como platos.

—¿Con Trey?

—Con Owen. Estabas en modo coqueteo. Te tengo calada.

—Él atravesó ese espejo contigo…, de hecho, delante de ti. No se lo pensó dos veces, lo hizo y punto. Y evitó que salieras malparada. Se ha ganado mi coqueteo.

—Lo de quemar sus zapatos iba en serio, ¿verdad?

—Y tanto que sí.

Sonya asintió con la cabeza de camino a un armario para coger una bolsa de basura.

—Entonces vayamos a por ellos y acabemos con eso. Después quiero darme una larguísima ducha caliente antes de comenzar la jornada.

—Buen plan.

2

Dado que Cleo se ofreció voluntaria para elaborar la larga lista para el estofado de la cena e ir al mercado, Sonya se acomodó junto a su escritorio en la biblioteca con la botella de agua y la tableta.

A lo largo de los últimos meses había adquirido el hábito de dejar que Clover, la DJ residente, eligiera el repertorio musical. De modo que, sin poner una lista de reproducción, echó un vistazo a sus paneles de ideas.

Teniendo en cuenta que había desayunado muy temprano, podía permitirse el lujo de dedicar parte de la mañana a trabajar en la propuesta para Ryder Sports.

Aún disponía de tiempo antes de viajar a Boston para la presentación, y pensaba que existían bastantes posibilidades de que se agenciara a ese cliente. Sin embargo, sus antiguos jefes en By Design se postulaban como unos rivales formidables.

Matt y Laine la habían formado bien, y ella había trabajado duro para ellos durante siete años. Sabía cómo montar una campaña publicitaria de primer orden.

Sin embargo, no podía ignorar el hecho de que había creado su propia empresa de diseño gráfico, Visual Art by Sonya, hacía menos de un año. Desde entonces, su iniciativa de empresaria independiente le había generado encargos y había realizado algunos proyectos puñeteramente buenos.

Pero la firma de equipamiento deportivo, muy consolidada y multigeneracional, sería, con diferencia, su cliente más importante.

Y tampoco podía ignorar su sentimiento de satisfacción al saber que sin duda competiría con su exprometido por ese cliente.

El cabrón infiel.

Se dijo para sus adentros que daba igual. Que Brandon Wise no le importaba.

Lo único que importaba era el encargo.

Contaba con una idea realmente buena, y con un comienzo excelente.

—Hora de seguir avanzando —dijo, y abrió el archivo.

Con Yoda acurrucado bajo el escritorio, pasó dos horas trabajando sin interrupciones hasta que oyó que Cleo había regresado.

—Voy a hacer una breve pausa. —Grabó el documento y comenzó a bajar las escaleras con Yoda a la zaga.

—Hay otras dos bolsas en el coche —dijo Cleo en voz alta.

—¿Tanto necesitábamos?

—Bueno, ya puestos…

Cuando se dirigía deprisa a por las bolsas, se detuvo y aspiró el aire primaveral.

Su llegada a la casa solariega y a la costa de Maine se había producido en pleno invierno. Ahora el ambiente se había templado, y los narcisos habían florecido. En las ramas del escuálido sauce llorón situado al lado de la casa habían nacido rollizos brotes, aún cerrados y secretos.

Extendió los brazos y giró en círculo.

—Ahora este es mi sitio.

La vista del reflejo del sol sobre el agua, suya. El sonido de las olas rompiendo contra las rocas, suyo. Las flores abriéndose o brotando, suyas también.

Y, si ahora la maldición también la incumbía, le haría frente, de alguna manera, fuera como fuera.

Cogió las bolsas y se dirigió con brío a la casa.

En la cocina, Cleo estaba guardando la comida.

—Esta pieza de carne es grande, Son.

—Ya. Impone, pero puedo hacerlo. Has comprado un cargamento de manzanas. ¿Vamos a tener un caballo?

—Oh, ¿a que sería maravilloso? Pero no, es para hacer una tarta de manzana.

—¿Vas a hacer una tarta de manzana? ¿Con manzanas de verdad? ¿Quién eres, y qué has hecho con mi Cleo?

—Ahora soy Cleo, la jefa de cocina de la casa solariega. Owen no me cree capaz de hacerla y pensé que, bueno, nunca lo sabré a menos que lo intente. Así que llamé por teléfono a mi madre, y mientras estaba en la tienda recibí su mensaje de texto con la receta. De todas formas, teníamos prácticamente de todo menos manzanas.

Tras sacar un bol, Cleo se puso a meter las manzanas en él.

—Y si la cago, nadie se enterará excepto tú y yo. Y una casa repleta de fantasmas.

—No diré ni pío.

De pronto, en el teléfono de Sonya empezó a sonar Secret [«Secreto»] de Maroon 5.

—Vale, listo. —Cleo guardó las bolsas de tela de la compra—. ¿A qué hora necesitas ponerte a cocinar esa pieza de carne?

—Calculo que sobre la una, una y media. Voy a trabajar hasta la una fijo, y después me pondré manos a la obra.

—Entonces nos vemos aquí a la una y media más o menos. Voy a coger una Coca-Cola y a subir al estudio. ¿Quieres una?

—Sí, me vendría bien un chute. No te acerques al salón dorado, Cleo.

—Oh, por eso no te preocupes. Hoy lo mío son las sirenas, no las brujas. Y, si las ilustraciones me cunden, igual dedico un rato a la pintura.

Comenzaron a subir las escaleras juntas.

En la biblioteca, Cleo chocó su Coca-Cola con la de Sonya.

—Retomemos nuestro arte.

Sentada de nuevo a su escritorio, Sonya aparcó la propuesta para Ryder. A pesar de que no lo consideraba un logro inalcanzable, era preciso que se pusiera las pilas para ganarse el pan.

Se enfrascó en su último encargo para una tienda de Poole’s Bay.

Consistencia visual, creatividad, de fácil manejo, pensó mientras descartaba la actual página web de Gigi’s, tosca y de lo más sosa.

Decidió que la temática debía ser divertida: prendas informales y atrevidas, jabones, lociones, velas y sales de baño con fragancias sorprendentes y originales, junto con algún que otro —de nuevo— complemento atrevido.

Priorizando la diversión, empezó un nuevo panel de ideas.

La web necesitaba un nuevo logotipo con frescura sin falta. Si bien eso no formaba parte del paquete de diseño gráfico, pensó: «A tomar por saco». Ya lo tenía visualizado en su cabeza.

La silueta de una mujer con largas piernas y zapatos de tacón, con falda corta, balanceando un pequeño bolso, con un pañuelo alrededor del cuello ondeando a su paso. Con un ligero toque parisino, pensó mientras trabajaba. Encajaba con el nombre de la tienda.

Transmitía una imagen sofisticada y desenfadada, energía femenina. Y, por supuesto, diversión.

A la una, cuando la alarma sonó, dejó de trabajar.

Y, cuando se disponía a guardar el archivo y a apagar el ordenador, oyó por primera vez esa mañana el sonido de una pelota rebotando en el vestíbulo en la planta baja.

A Jack, el niño que había fallecido antes de cumplir los diez años, le encantaba jugar con Yoda. Y el amor era recíproco.

Tal vez resultara extraña la facilidad con la que Sonya se había acostumbrado a eso, pero llevaba viviendo en Lost Bride Manor el tiempo suficiente como para aprender no solo a aceptar, sino a abrazar.

Como no quería asustarlo —aunque la posibilidad de asustar a un fantasma se escapaba a su comprensión—, dijo en voz alta antes de bajar las escaleras:

—¡He terminado de trabajar en el ordenador por hoy! ¡Ahora tengo trabajo en la cocina!

No halló indicios de la presencia de Jack hasta que llegó a la cocina y encontró todos los armarios abiertos.

—Supongo que no habías terminado de jugar con Yoda —dijo al tiempo que cerraba las puertas de los armarios—. Pero he de ceñirme a un horario.

Sacó la enorme y pesada olla y la pieza de carne.

—Esta vez no me intimida tanto —se dijo a sí misma, aunque en realidad no fuera cierto.

Tras aderezar la pieza de carne, dejó que se dorara en el aceite. Entretanto, se puso a pelar zanahorias.

La pieza de carne estaba dorada, las zanahorias peladas, y Sonya ya estaba pelando patatas cuando Cleo irrumpió como un torbellino.

—¡Perdona! Se me ha ido el santo al cielo. —Empuñó un delantal—. He empezado una familia de sirenas, con bebés y pequeñines monísimos. Después pensé: «¿Dónde están la abu y el abu? Deberían tener abuelos». Te ayudo a pelar patatas, y tú puedes ayudarme a pelar manzanas.

Antes de agarrar otro pelador, Cleo se recogió su mata de pelo, del color de la miel tostada, en la coronilla con un pasador.

—Se me ha olvidado bajar un coletero. Déjame ese. —Sonya tiró de la goma que Cleo llevaba alrededor de la muñeca y se recogió el pelo en una cola de caballo—. Cuando estábamos en la universidad, ¿te imaginaste en algún momento pelando patatas conmigo?

—Pues va a ser que no. Ni contigo ni con nadie. —Cleo la miró con aire travieso—. ¿Te confieso algo que me avergüenza? Hasta le encuentro el gusto.

Sonya se quedó mirando el montón de cáscaras.

—A mí me gusta cuando el plato está listo y no es un churro.

—Yo encuentro cierta satisfacción en el proceso, como en el arte. El resultado es lo que te enorgullece, pero no puedes sentir ese orgullo sin el proceso.

—Estoy trabajando en el encargo de Gigi’s. Estoy disfrutando del proceso. Y he de reconocer que este no me resulta tan estresante como cuando lo llevé a cabo sola la primera vez.

—Yo estuve un rato contigo por FaceTime.

Sonya le dio un empujoncito con la cadera.

—Esto es mejor. No te arrepientes de haberte mudado aquí, ¿verdad?

—En absoluto. Me encanta esto. Dios, me chifla mi estudio. Dentro de poco voy a disfrutar de ratos pintando al aire libre, y, cuando Owen me construya el sunfish, pasando la tarde del domingo navegando con mi velerito por la bahía.

—Yo me habría afincado aquí sin ti, porque tuve claro que este era mi sitio, mi hogar, nada más verlo. Pero no habría sido ni la mitad de feliz.

Una vez que las verduras estuvieron listas, Sonya soltó un suspiro.

—Vale, allá va. Hay que echarlas en el aceite y el jugo, con las hierbas aromáticas, remover y dejar que se guisen durante un rato, que se doren un pelín.

—De acuerdo, mientras tanto voy a ponerme con la masa para la tarta de manzana.

—Vas a hacer la masa para la corteza y todo. Con harina y… lo que quiera que lleve más.

—Es un proceso, Son, un proceso. Si solo elaboras el relleno, es como hacer trampas. Es que… ¿Qué es ese ruido?

Sonya continuó removiendo a pesar de que se le aceleró el pulso.

—Es el montaplatos.

—El… Por Dios. —Cleo se limpió las manos con el delantal de camino al armario del montaplatos y frunció el ceño—. Voy a echar un vistazo. Más vale que no sea algo espantoso, porque de lo contrario me voy a cabrear.

Sonya contuvo la respiración y no soltó el aire hasta que oyó a Cleo exclamar:

—¡Ooh! ¡Qué chula! Mira, Son. Qué bonita fuente para tartas.

La sacó del montaplatos.

—Con el borde de color rojo vivo, acanalado, y con una manzana sobre el fondo blanco. Es perfecta. Me iba a apañar con esta antigua fuente lisa de cristal que encontré en un armario.

—Ha sido Molly. Me mandó en el montaplatos una fuente para el estofado que cociné para los Doyle. Es un regalo de bodas de Lissy.

Cleo dejó la fuente sobre la encimera y agarró a Sonya de los hombros.

—Es duro. Sé que es duro, pero Owen tenía razón: es imposible cambiar lo que le sucedió. Bueno, ni a Lisbeth Poole ni a Molly O’Brian. A ninguna de ellas.

—Es terrible verlas morir, Cleo. Más, si cabe, sabiendo que no es un sueño, sino que de alguna manera estoy presente y no puedo hacer nada para evitarlo.

—Lo sé. Pero, Sonya, estás dando fe de ello, tal como dijiste en la puerta de la habitación de Molly. Y considero que es importante. Además, pienso que hay una razón por la que ella cuida de nosotras así, por ejemplo, mandándome esta fuente para que pueda hacer una tarta de manzana que quede bonita… con suerte. Para Molly es importante. Tú eres importante.

—Ahora todos ellos son imp

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