La calle del sacrificio

Hugo Burel

Fragmento

Prólogo. Entre abismos y compromisos últimos

Prólogo
Entre abismos y compromisos últimos

Todo suicidio esconde un misterio. Y a menudo también un abismo. Tal vez en particular cuando aparece vinculado a los compromisos políticos. Siempre he sentido compasión y respeto por esa actitud postrera, no importa si ha sido hija del desvarío o de un momento de impulso desmedido, de la fuerza de la genética familiar, de la enfermedad mental o de la fuerza de las convicciones inclaudicables. Nunca me ha gustado ese atajo de la explicación psicocologista presuntamente obvia, indiscutible, terminante, que no admite matices o reparos. Muchas religiones han sido y son especialmente inhumanas al considerar el drama del suicidio, con posturas crueles que sin duda ningún Dios auténtico respaldaría desde su misericordia. A lo largo de la historia universal, de la latinoamericana y también de la uruguaya hay casos muy complejos de suicidios de supuesto o real origen político, que debieran exigirnos una atención singular, menos facilista. Y con responsabilidad, gran pena y también preocupación, sé que lo digo lamentablemente en un país con demasiados suicidios, problema dramático que hay que combatir. Pero ese camino más riguroso de un análisis ponderado es el que exige esta novela de Hugo Burel, que con gran respeto e imaginación busca acercarse al laberinto de esas últimas horas de Baltasar Brum.

Fue sin duda un romántico del “primer batllismo”, simbolizando cuánta inspiración pudo generar y aun genera aquel movimiento político. Había nacido en el interior profundo, a orillas del arroyo Catalán, bien al norte del país, hijo de un hacendado de origen brasileño. De él se decía que era uno de los mejores jinetes del país, con un amor por el interior que no perdió pese a su temprana inmigración a Montevideo en el filo del 900 y a su inserción inmediata en un partido tanto más ciudadano que rural como el Colorado. Fue siempre un militante arrojado en la defensa de sus ideas. En 1904 se presentó como voluntario en las filas del ejército colorado en contra de la revolución saravista. Participó con mucho destaque en el recordado Congreso Internacional de Estudiantes Americanos en 1908. Muy joven fue protagonista de las asambleas coloradas y batllistas, proclamando la segunda candidatura presidencial de Batlle en nombre de los delegados partidarios del interior del país o animándose a polemizar en el legendario Teatro Larrañaga nada menos que contra Luis A. Thevenet, director del diario La Prensa Salteña y furibundo enemigo de don Pepe.

Esos antecedentes le valieron que Batlle y Ordóñez lo nombrara ministro de Instrucción Pública cuando aún no tenía 30 años, requisito constitucional para asumir ese cargo, lo que lo llevó a tener que esperar tres meses antes de su nombramiento formal. Encarnaba –tal vez desmesuradamente– un talante romántico de la acción política, siempre dispuesto a batirse a duelo en defensa de su honor y el de sus compañeros o a asumir actitudes públicas estridentes, como aquel grito de “¡adiós latifundistas!”, cuando se retiró del Congreso fundacional de la Federación Rural en diciembre de 1915, en signo de protesta porque no lo dejaban hablar. Era entonces nada menos que ministro del Interior y en esa ocasión estuvo a punto de batirse con Carlos Reyles que presidía aquella asamblea y que por cierto lo insultó, duelo que finalmente no llegó a concretarse. Era en verdad un romántico en el estilo, en su inconformismo con la realidad, en su dificultad para administrar sus emociones, en la grandilocuencia de sus proyectos, también en el coraje con el que enfrentaba las encrucijadas

Ese tipo humano que encarnaba lo hizo destacarse muy rápidamente. Con Feliciano Viera fue ministro del Interior y de Relaciones Exteriores, protagonizando en este último caso un viaje legendario por barco que lo llevó a recorrer buena parte de América Latina y a concretar un vínculo singular con el presidente norteamericano Woodrow Wilson, desde la defensa de una visión radicalmente panamericanista. Ya había estado cerca de la muerte en 1915, cuando sufrió la caída de una mampostería en un desfile realizado en San José, que en un primer momento pareció que tendría un desenlace fatal. Desde el vértigo de esa carrera política y de la confianza de Batlle y de Viera, en el marco del gran cambio de la segunda Constitución se convirtió en el primer presidente de aquel extraño sistema del Ejecutivo bicéfalo, con apenas 35 años. Su presidencia también sabría de alternativas azarosas, como el amago de un motín militar en su contra que liquidó con la destitución de varios generales o el intento frustrado de crear un nuevo “partido colorado” dentro del lema tradicional, la “Unión Colorada”. Tanto movimiento hizo vacilar hasta al propio Batlle, quien ante sus vaivenes y su especial protagonismo llegó a decir de él que era “una nave en la tormenta”, como reza el título de uno de los tomos de las famosas crónicas de Carlos Manini Ríos. Al final de su presidencia, en diciembre de 1922, llegó a batirse a duelo sin renunciar a su cargo con el líder de la oposición, Luis Alberto de Herrera, por acusaciones de fraude que este le había hecho. Volvería al campo del honor más adelante batiéndose con Juan Andrés Ramírez y con el coronel Alberto Riverós sin consecuencias.

Luego de su presidencia, Brum seguiría muy activo en la actividad política: ocuparía la dirección de El Día hasta 1929, sería presidente del Banco Hipotecario y luego presidente del Consejo Nacional de Administración en marzo de 1929, ocupando un cargo en el Ejecutivo colegiado hasta su trágica muerte el 31 de marzo de 1933. En todos esos cargos sería un paladín de ideas avanzadas en temáticas cruciales como la defensa de los derechos de la mujer, el arbitraje internacional para evitar los conflictos, la redistribución de la tierra para que nuestra campaña fuera, como decía en su proyecto titulado Tierras para el pueblo, “un jardín poblado de granjas”.

Burel recorre los principales momentos de esta agitada vida política pero siempre desde la perspectiva de un imaginario retorno al día de su muerte y sus vicisitudes, al cumplirse 90 años de su muerte en marzo de 2023. Desde ese momento, el autor nos narra con intensidad los laberintos de esa “memoria que vuelve a actuar”, convocada por una misteriosa “voluntad” que le ha impuesto el regreso. Desde allí vuelve a recorrer los principales hitos de su vida pública y familiar, los debates de la época que suscitaron las reformas batllistas y en las que se involucró tan fuertemente, las confrontaciones intelectuales y políticas que provocó la propuesta del colegiado, su vivencia comprometida en un mundo en guerra que trató de entender y enfrentar, seguramente con demasiado idealismo.

Pero sin duda que el núcleo de los recuerdos provocados por ese misterioso retorno tiene que ver fundamentalmente con sus últimas horas, con su rechazo inclaudicable de la arbitrariedad y el autoritarismo de los golpistas encabezados por Gabriel Terra y secundados por Manini Ríos y por Herrera, con la ausencia de aquellos otros que habían jurado enfrentar el golpismo y que no lo acompañaron en la puerta de su casa aquel nefasto 31 de marzo, para defender aquella “República Libre de Río Branco”. También se repasa el drama siempre referido en los relatos de lo que, en un sentido u otro, intentaron en aquella jornada los que sí estuvieron junto a él en el día de la prueba, tratando de apoyarlo y defenderlo. En su carpeta de consejero, apenas unos días antes, Brum había dejado escrito que si se consumaba el golpe de Estado “defendería con las armas la Constitución”.

Esta novela de Hugo Burel vuelve a recordarnos un día aciago para la democracia uruguaya que está cumpliendo 40 años desde su reintalación en 1985 y que sin duda debe ser siempre esa gran utopía que nos acomuna a todos en su defensa. Este texto nos trae de nuevo el eco de aquel disparo y de sus arengas previas, que si bien no pudieron impedir el golpe de Estado, supieron nutrir la primera inspiración que debe imponerse entre los uruguayos todos, vengan de donde vengan y piensen lo que piensen. No hay ninguna razón que justifique el quebrantamiento de la Constitución y de la ley, así como la violación de los derechos ciudadanos. En otra jornada aciaga para nuestra república, el 27 de junio de 1973, en la última sesión del Senado, Luis Hierro Gambardella supo sintetizar en su discurso el mismo mensaje que porta esta novela: “… la sangre de Brum siempre será un estigma para toda dictadura que se intente en el país…”

GERARDO CAETANO

— I —

EL REGRESO

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No se cómo,

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