Índice
Portadilla
Índice
Cita
Dedicatoria
Agradecimientos
PROLEGÓMENO
Capítulo 1
DON ANTONIO Y DON JULIÁN
Capítulo 2
TIEMPOS Y CONTRATIEMPOS
Capítulo 3
LOS MARQUESES DEL SALTILLO
Capítulo 4
LA PRIMERA COMPRA
Capítulo 5
EL PADRE DE TODOS
Capítulo 6
EL SEGUNDO VIAJE
Capítulo 7
LOS MITOS
Capítulo 8
LA TRANSICIÓN
Créditos
Grupo Santillana
¡Cómo diera mi sangre por saber
un instante lo que no sabe el hombre,
y tampoco sabrá!
¡Caminar sin volverse, caminar adelante,
y al llegar a la Nada
...caminar más allá!...
JAIME SABINES GUTIÉRREZ
A mi padre por todo lo que aprendí de sus silencios.
A mi madre por todo lo que me ha enseñado con sus palabras.
AGRADECIMIENTOS
Hubiera sido imposible escribir este libro sin el infinito apoyo de Hortensia, mi esposa, y de Luis, Adrián y Sofía, nuestros hijos, que han comprendido siempre mis pasiones y mis aficiones. Mi eterna gratitud para los cuatro. También debo mucho a tantas personas que contribuyeron de una y mil maneras a la investigación y el conocimiento que fueron indispensables para la culminación del trabajo que me permitió escribir. A don José Julián Llaguno, amigo entrañable, profesional de la ganadería brava, taurino por excelencia y por antonomasia. A Dolores Llaguno viuda de Gutiérrez, a su hija Dolores Gutiérrez Llaguno con particular agradecimiento por su tiempo y su gran voluntad de compartir la información que tiene sobre su familia y su abuelo, a Carmen Llaguno viuda de Barquín, a su hijo Juan Barquín Llaguno, a Matilde González viuda de Llaguno, a su hijo, el matador Juan Pablo Llaguno González, por permitirme invadir su casa para estudiar los archivos de San Mateo que heredó de su padre, José Antonio Llaguno García.
A Chafik Hamdan y a Marcelino Miaja por contagiarme su entusiasmo sobre la crianza del toro bravo, por permitirme compartir con ellos su vida como ganaderos, y por todas sus enseñanzas. Sin su guía y su sabiduría, mi ignorancia sería aún mayor. A Eduardo Martínez Urquidi por haberme obsequiado la materia prima más importante de este libro. Al doctor Rafael Moreno Valle, al doctor Alfonso Gaona, a don Valentín Rivero, al maestro Silverio Pérez, a don Javier Garfias, a don Luis Barroso Barona, a José María Arturo Huerta, a Jorge Martínez Lambarri y a José Joaquín Moreno Silva por compartir conmigo sus recuerdos, sus experiencias y su conocimiento sobre Antonio y Julián Llaguno, San Mateo y Torrecilla, sus propias ganaderías y sobre el marqués del Saltillo.
A Luis Ruiz Quiroz por abrirme su extensa biblioteca y hemeroteca. A Margarita León, que tanto tiempo dedicó a la recopilación de datos históricos. A Francisco Javier Cordero Aparicio por los estudios realizados sobre los marqueses del Saltillo. Al matador Enrique Peña y a Dolores Peña, su hermana, por escombrar los archivos de la catedral de Sevilla.
Al maestro Froylán López Narváez, catedrático, periodista, abogado, rumbero, taurino irremediable y, sobre todo, incondicional amigo, por su orientación y sabios consejos sobre este libro.
Especial gratitud debo a Ignacio Solares, catedrático universitario, novelista, taurino y amigo por acoger este proyecto con particular entusiasmo, al doctor Juan Ramón de la Fuente, rector de la Universidad Nacional Autónoma de México, por tantos años de soportar mi entusiasmo por los toros, y por su decidido apoyo a la difusión de la cultura taurina, a Antonio Navalón, un auténtico profesional de la amistad, por tener la paciencia y la voluntad para guiar mi incipiente capacidad como autor, y a Armando Collazos, por creer en esta obra. Todos ellos permitieron que este libro se convirtiera en realidad.
Finalmente, a los servidores públicos anónimos, de las oficinas del Registro Civil de Sevilla y de Carmona, y del panteón de San Fernando en Sevilla, por todo su esfuerzo y ayuda para encontrar información sobre las familias Rueda Quintanilla y Osborne Böhl de Faber, que no es parte de sus responsabilidades cotidianas.
A todos, mi agradecimiento sincero.
PROLEGÓMENO
Tiene usted en sus manos el producto de mis aficiones y mis pasiones taurinas; el resultado de una larga jornada, que me fue llevando por los caminos más insospechados del mundo de los toros, de sus criadores y sus intimidades.
Cuando decidí dejar la profesión de torero, encontré una oportunidad en la banca internacional, trabajando para lo que en aquellos años era el First National City Bank, que hoy se llama Citibank. Representaba un cambio de vida muy grande e importante. Frente a mí había un reto por conseguir el triunfo en este nuevo camino, lejos de los reflectores de la tauromaquia.
El peligro real para mí no era si la iba a hacer en el Citi, o en la banca, sino la tentación de volver a los ruedos. Ése era un peligro muy serio, siempre presente y siempre latente. Tenía que prevenirlo a como diera lugar. El mejor antídoto fue meterme de lleno a esta nueva profesión y buscar lo más pronto posible mi traslado a la casa matriz del banco en Nueva York. Eso implicaría dos cosas: uno, afianzar mi posición dentro de Citibank; y dos, alejarme de la tentación del toreo.
Tres años vivimos mi esposa y yo en Nueva York y ahí nació el mayor de nuestros hijos. Esas condiciones de vida cerraron para siempre la posibilidad de buscar una nueva oportunidad en los ruedos. Felizmente, se consumó la transición de la mejor manera posible.
Cuando volvimos a México en 1980 ya podía ver la fiesta sin temor alguno. Inclusive, durante las Navidades en que veníamos a visitar a la familia en México, Marcelino Miaja y Chafik Hamdan nos invitaban a una tienta que tradicionalmente hacen en esas fechas, para que pudiera torear. Eran momentos maravillosos, como un bálsamo que me tocaba el alma. Vibraba por dentro, nada más con estar en el campo y pegar unos cuantos muletazos. Con eso podría volver a trabajar en la banca un año entero.
Disfrutaba mucho como espectador las corridas en la plaza, las visitas al campo y las largas conversaciones con los actores de la fiesta. En ese tiempo comencé a leer más sobre los orígenes del toro bravo, y a preguntar a mis amigos ganaderos cómo manejaban sus hatos, sus empadres, sus camadas, el proceso de selección en los tentaderos y para las plazas. Me fui contagiando de la pasión que tiene Chafik por su profesión de ganadero. Fui entendiendo uno de los puntos más sensibles de la transmisión de temperamento en el ganado de lidia, y cómo le habían hecho los ganaderos antiguos de México para desarrollar el toro de hoy en día.
Entre más aprendía, más me daba cuenta de lo poco que sabía y lo difícil que sería eliminar tanta ignorancia, sin una forma mucho más metódica de estudio. Por lo tanto, comencé a buscar en la literatura taurina autores que hablaran del toro bravo, sus orígenes y su desarrollo: los encastes, los ganaderos importantes a través de los siglos, los éxitos y los fracasos de la genética taurina. Recurrí a autores como Alberto Vera Areva, Cesáreo Sanz Egaña, Luis Fernández Salcedo, Nicolás Rangel, José María de Cossío, Leopoldo Vázquez, Pepe Alameda, Luis Ganduyo y Leopoldo López de Saá, Joaquín López del Ramo, Ramón Barga, Heriberto Lanfranchi y Guillermo Ernesto Padilla, entre otros.
En todo este peregrinar literario y en las conversaciones con ganaderos mexicanos, caí en cuenta que había una historia profunda, importante, trascendente, que solamente se había escrito en forma fragmentada, sin verdadero sustento, y que el resto existía en la memoria de algunos taurinos ya mayores. Todos los ganaderos de México hablaban y hablan de la sangre de San Mateo y la de Saltillo, con una enorme variedad de conocimientos e interpretaciones. Me di cuenta de que algunos, no muchos, habían estudiado los libros originales de San Mateo, pero con un propósito personal que los llevara a entender mejor la sangre que tenían en sus potreros.
La obra genética más importante del siglo XX en materia de toros, en México, no estaba documentada del todo y menos escrita. La historia de los hermanos Antonio y Julián Llaguno, creadores de San Mateo y Torrecilla, próceres del toro bravo mexicano, se encontraba en unos cuantos documentos en poder de la familia Llaguno, en los libros originales de San Mateo, que hoy son propiedad de Chafik Hamdan, y en la memoria de algunas cuantas personas.
Con varios amigos ganaderos comenté la idea de escribir un libro sobre toda esta historia, obteniendo siempre una respuesta entusiasta. Todos reconocían la necesidad de dejar plasmada en un documento la obra de los hermanos Llaguno, que sirviera como testimonio de la sangre que lleva directa o indirectamente el 80% de la cabaña brava mexicana.
Lo primero que se me ocurrió hacer fue conseguir una copia del libro original de San Mateo, que contiene, de puño y letra de Antonio Llaguno González, el manejo de todo el ganado del marqués del Saltillo, importado de España entre 1908 y 1912: las vacas y los toros que dieron origen al encaste San Mateo-Torrecilla.
Eduardo Martínez Urquidi, propietario de la ganadería de Los Encinos, fue quien me hizo el enorme favor de regalarme dichos ejemplares. Se trata de tres documentos: uno contiene todos los animales, criollos e importados, de 1908 a 1944, y dos más, en donde quedaron registrados por un lado las vacas y toros de origen Saltillo, y por el otro, todos los animales de la rama San Mateo, de 1945 a 1957. Estos tres libros tienen, por consiguiente, 50 años de historia genética de San Mateo.
Me tomó tres años, trabajando fines de semana, transcribir estos libros en más de noventa hojas escritas a mano, ordenadas por cada una de las vacas que dejaron progenie. El libro de cualquier ganadería, por razones obvias, está escrito en orden cronológico como van sucediendo los empadres, los nacimientos, los tentaderos, las corridas. Sin embargo, para entender los detalles del trabajo realizado por los hermanos Llaguno, me fue indispensable separar las líneas familiares por cada una de las 16 vacas importadas.
Este trabajo me permitió entender lo que hicieron para tratar de descifrar por qué lo hicieron. Cómo combinaron los toros que importaron con las vacas criollas de San Mateo, cómo mantuvieron la independencia de la rama Saltillo para sacar refuerzos genéticos permanentes con el ganado criollo, que más temprano que tarde se convirtió en la rama San Mateo-Torrecilla.
Sin embargo, al realizar este estudio durante tantos años, comprendí que no estaba haciendo un análisis de San Mateo, sino de Antonio y de Julián Llaguno González. Cada decisión, cada empadre, cada corrida, cada tienta reflejaba su criterio, su personalidad, su interpretación del toreo, su entendimiento de la bravura, su carácter, todo su ser. Eso me creó un dilema serio. Me cambió por completo el panorama sobre el trabajo que quería realizar.
Si pretendía escribir un libro sobre San Mateo, tenía realmente que hacerlo sobre Antonio y Julián Llaguno, no sobre los toros de estos dos criadores. Los protagonistas eran ellos, no sus reses.
¿Cómo hacerlo, si llevaban por lo menos 40 años de muertos? Mi único camino fue acudir a la familia Llaguno y a todas las personas del medio taurino que hubieran podido tener alguna relación con ellos. El punto de partida inequívoco con la familia era don José Julián Llaguno, ganadero de muy elevado prestigio, hijo menor de don Julián. Don Pepe, como cariñosamente se le conoce, había sido para mí un gran apoyo cuando novillero. Infinidad de veces acudí a los tentaderos en su ganadería, pasábamos temporadas largas en Fresnillo, Zacatecas, con el matador José Luis Medina, preparando las tientas y acompañando a don Pepe después de terminadas. Fue tan generoso que me permitió torear una de sus novilladas en la Plaza México.
Como siempre, me recibió con gran cariño y compartió la información que tiene sobre Torrecilla, y los recuerdos de todas sus vivencias infantiles y juveniles en las haciendas de San Mateo, Pozo Hondo y el Sauz. Muchas horas pasamos juntos hablando sobre su padre, su tío, sus hermanos, José Antonio y Ana María, y su primo José Antonio. Es un extraordinario conversador, afable, lleno de vida, simpático, con un sentido taurino muy agudo, profundo y lleno de experiencia. Cada reunión que tuvimos –y que seguimos teniendo– fue como consultar una enciclopedia en materia de toros. Un verdadero deleite.
A instancias mías, me llevó a conocer a su prima Dolores Llaguno viuda de Gutiérrez, hija de don Antonio, para comprender muchos detalles de la vida de su padre. Nos presentamos una tarde en casa de doña Lola, que muy gentil y pacientemente contestó todas mis preguntas. La acompañaba su hija Dolores Gutiérrez Llaguno Loli que poco a poco fue interviniendo en la conversación, dejando ver el acervo tan grande de información que tenía sobre los Llaguno. Por interés propio y por vocación se había convertido en la historiadora de la familia, y se había dado a la tarea de recopilar una cantidad impresionante de datos para reconstruir su árbol genealógico.
Las dos, madre e hija, compartieron abiertamente su conocimiento y sus recuerdos. Loli fue extremadamente generosa con su tiempo y su información. Muchas horas de muchos días dedicó a enseñarme documentos, fotografías, videos e infinidad de datos de los archivos familiares. Me abrieron la puerta e iluminaron el camino hacia los rincones íntimos de la vida de su padre y su abuelo, respectivamente.
Continué la búsqueda de información sobre don Antonio y don Julián con sus familiares. Me reuní con doña Carmen Llaguno viuda de Barquín, hija de don Antonio, y su hijo Juan, quienes enriquecieron más el panorama. Algo similar hice con don Valentín Rivero, yerno de don Julián. Para dar mayor sustento a los hechos y a los acontecimientos que vivieron los hermanos Llaguno, a lo largo de su trayectoria como ganaderos, solicité al matador Juan Pablo Llaguno González que me diera acceso a los archivos que heredó de su padre José Antonio Llaguno García. Éste, como buen ingeniero químico, era analítico y metódico, los principales atributos que aplicó a la recolección de documentos, artículos y reportajes periodísticos, cartas y demás comunicaciones escritas que heredó de su padre y que obtuvo por iniciativa propia. Adicionalmente, el archivo contiene todos los registros de los tratos que realizó José Antonio con cada uno de los ganaderos a los que vendió hembras y machos para pie de simiente de las dos ramas, San Mateo y Saltillo.
Tuve una conversación extensa e intensa con doña Matilde González viuda de Llaguno, madre de Juan Pablo y esposa de José Antonio. Ella más que nadie sabe las profundidades de lo que luchó y sufrió su esposo con el hierro de San Mateo.
Acudí también a los profesionales que habían tratado con ellos, como el doctor Alfonso Gaona, empresario de El Toreo y de la Plaza México durante más de cuarenta años; el maestro Silverio Pérez, una de las figuras centrales de la Época de Oro del toreo en México; el doctor Rafael Moreno Valle, médico de cabecera de don Antonio, aficionado a la fiesta brava por los cuatro puntos cardinales de su ser.
Paso a paso fui reconstruyendo las personalidades de estos dos grandes de la ganadería brava, para entender mejor el lado humano de San Mateo y Torrecilla. Fui descubriendo a los dos personajes, como si los conociera en vida, sin poderlos ver. Me convertí en su sombra, o ellos en la mía, porque los seguí por todos lados: en su correspondencia, en sus viajes a España, en sus anotaciones y apuntes en el libro de San Mateo, en la prensa de su tiempo, a través de libros y revistas, en las historias y los recuerdos de todos los que me confiaron sus vivencias con ellos.
Encontré una paradoja producida por dos personas diametralmente opuestas y profundamente cercanas. Uno, cerebral, analítico, estratégico; el otro, cálido, intuitivo, accesible. Ambos con una inigualable vocación por la crianza del toro bravo, pero con distintas maneras de valorar su vida y su obra como ganaderos. El arquitecto intelectual de la obra genética que realizaron es Antonio, el mayor de los dos. Él trazó el camino y planeó la ejecución, diseñó el método y procedimiento a seguir desde la obtención del ganado criollo hasta la negociación, selección y compra de los animales del marqués del Saltillo; desde las primeras cruzas entre estas dos líneas sanguíneas hasta el último empadre que pudo hacer. Julián, siempre a su lado, inseparable, aprendió de él, lo respetó, lo admiró, lo apoyó, lo amó y lo padeció como el líder, el jefe incuestionable de la expedición.
Los primeros 25 años, los dos hermanos únicamente con la ganadería de San Mateo realizaron todo juntos. Y a partir del segundo lustro de la década de los años veinte del siglo pasado, comenzaron la formación de Torrecilla para Julián, exclusivamente con reses de origen San Mateo, dejando todos los animales de la rama Saltillo en manos de Antonio.
La compra de hembras y machos de Rafael Rueda Osborne, marqués del Saltillo, y su muy evidente éxito juegan un papel central en la vida de los jóvenes zacatecanos. Por ello, era indispensable dedicar un espacio suficiente a esa casa ganadera. Por desgracia, y por fortuna, hay poco en la literatura taurina sobre los fundadores, el hierro y la divisa de esos legendarios nombres: Rueda y Saltillo. Y contradigo entre fortuna y desgracia, porque esa carencia de información y las contradicciones en la poca que hay me obligaron a llevar a cabo una investigación en España, que tomó mucho tiempo, pero que resultó por demás enriquecedora para mí. Madrid, Sevilla, Carmona, la Biblioteca Nacional, oficinas del Registro Civil, el panteón de San Fernando, los archivos de la catedral de Sevilla, en donde Dolores y Enrique Peña obtuvieron una pieza clave de la información que me aclaró el porqué de muchas de las actitudes de Rafael Rueda, y el detallado y profesional trabajo realizado por Francisco Javier Cordero Aparicio, especialista en heráldica. Meses y años tomó toda esa búsqueda, y poco falta para que ustedes juzguen si valió la pena.
Con mucha frecuencia, los taurinos pensamos que vivimos en un mundo aparte, alejado de las realidades políticas, sociales y económicas del resto del planeta. Sin embargo, la realidad siempre destruye esa singular percepción. En la creación de sus ganaderías tanto los Llaguno en el siglo XX en México, como los Rueda en el siglo XIX en España, enfrentaron condiciones políticas y sociales verdaderamente convulsionadas. No podía dar la justa dimensión a las dificultades que tuvieron que superar estas dos familias en el logro de sus ilusiones, sin hacer un esfuerzo por comprender los tiempos que les tocó vivir.
La crianza de toros de lidia es un proceso mayoritariamente empírico que ha avanzado muy poco en su esencia técnica a lo largo de los siglos. Se sigue aplicando la intuición como motor de las decisiones más trascendentes, genéticamente hablando. Dentro de este contexto, Antonio Llaguno diseñó algunos métodos de control que le permitieron mantener orden en la progenie que obtuvo y que derivó en la creación del toro bravo mexicano de nuestros días. Esto es particularmente importante frente al número tan reducido de reses que importaron los dos hermanos.
En los capítulos dedicados a las vacas y a los sementales encontrarán infinidad de nombres, números y letras que identifican y describen a cada animal, según sus rasgos maternos y su fecha de nacimiento. Esto requiere de cierta explicación, como preámbulo de la complejidad del entramado genético que resultaron ser San Mateo y Torrecilla, o como antídoto de la confusión y posible aburrimiento. Por cierto, hoy en día en México, infinidad de ganaderos siguen estos métodos con muy pequeñas variantes.
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