Los archivos de Ares 1 - La profecía equivocada

Víctor Sabaté

Fragmento

cap-1
Capítulo 1. El final de mi historia

C uando llegué a Nueva Delfos hace un par de meses, morir no estaba entre mis planes. Tenía suficiente con un instituto nuevo, un padre que me evitaba y un montón de clases por delante que no me interesaban en absoluto.

A lo mejor te parecerá un poco raro que empiece nuestra historia contándote mi final, pero es lo mejor: así no te pondrás triste si me coges cariño ni te alegrarás si no te caigo bien.

Al menos escogí un escenario espectacular: las ruinas del teatro griego de la ciudad. Imagina: allí estaba yo, suspendida a varios metros de altura sobre el escenario, con las graderías de piedra por debajo; a un lado, las ruinas del templo y, al otro, el museo recién inaugurado.

Y sí, has leído bien: suspendida a varios metros en el aire. No me estaba cayendo (¡ten paciencia, todavía no ha llegado mi momento!), sino que llevaba unas sandalias aladas que me permitían volar (más o menos). Debo advertirte de que la cosa se pone aún más extraña: también llevaba un escudo y una espada que habían pertenecido a antiguos dioses y heroínas olímpicos.

—¡Leo, escóndete en las columnas! —grité.

Leo era mi mejor amigo. Él no tenía sandalias aladas, solo una tea (o sea, una pequeña antorcha) cuyas llamas resplandecían entre sus manos, así que tuvo que conformarse con correr hacia donde yo le indicaba. ¿Que de qué tenía que esconderse? Bueno, pues de un semidiós lunático que volaba por el teatro ataviado con unas sandalias aladas como las mías y, más importante aún, también llevaba una afilada hoz, con la que quería acabar con mi amigo.

Me detendría a explicarte qué es un semidiós y cuál era este, pero ahora hay cosas más urgentes que contar. Por ejemplo, cómo hice que mis sandalias me lanzaran a toda velocidad hacia él, con las alas batiendo con furia en el aire. Con tanta furia, de hecho, que me dirigí hacia el semidiós como arrastrada por una montaña rusa enloquecida. Me situé tras el escudo y lo embestí, interrumpiendo su trayectoria hacia mi amigo. La imagen no debía ser tan épica como en mi mente, pero funcionó. Cayó entre las gradas de piedra, destrozándolas un poco más, mientras yo aterrizaba de manera torpe frente a Leo.

—¡Entrégame al chico, mortal! —rugió el semidiós mientras se ponía en pie. Su voz resonó en el teatro. ¡Menuda actuación, qué pena que no hubiera público!—. Zeus quiere su cabeza.

—Zeus puede meterse el tridente por donde le quepa —respondí.

—El del tridente es Poseidón, Cleo… —susurró Leo a mis espaldas.

¡Il dil tridinti is Pisidín! ¡Leo, guárdate tus precisiones para las clases de Cultura Clásica!

De repente, el semidiós se impulsó con sus sandalias aladas y se abalanzó sobre nosotros, con la hoz por delante. ¡Arre, zapatitos! Salí disparada hacia él, protegiéndome una vez más tras el escudo. ¡Bum! El impacto me sacudió los huesos como si me hubiera arrollado un tren. ¡Para tener más de dos mil años, se mantenía en una forma brutal!

Esta vez, la que salió despedida fui yo. Bueno, yo por un lado y el escudo por otro. Por suerte, todavía me quedaba la espada, así que me levanté y me dirigí nuevamente hacia el semidiós, que avanzaba inclemente hacia Leo. Mi amigo le lanzó algunos fogonazos con su tea. No era una antorcha cualquiera: era la del fuego sagrado de Prometeo, pero él aún estaba aprendiendo a usarla y aquellos hilillos de fuego no supusieron mucho problema para todo un semidiós.

—¿Un descendiente de Hermes jugando con fuego? ¿No formarás parte más bien del linaje del feo de Hefesto? —se burló el semidiós (supuse que era una burla porque la verdad es que en ese momento no recordaba muy bien quién era el tal Hefesto).

Al menos el intento de Leo distrajo al semidiós lo suficiente para que yo volviera a la acción. Porque fue entonces cuando empezó el baile de espadachines entre nosotros. Primero, en el suelo y, luego, por los aires. Aunque mi contrincante llevaba una hoz y no otra espada, el combate era suficientemente parecido para que las clases de esgrima de mi antiguo instituto me sirvieran de algo. Por un instante, ¡hasta me sentí como si supiera lo que estaba haciendo y tuviera alguna posibilidad!

—¡Deja de esconderte detrás de una niña! —le gritó el semidiós a Leo—. ¡Muere con algo de dignidad!

¿De una niña? Aquello me enfureció aún más, pero la realidad no tardó en imponerse: mi rival era mucho más fuerte que yo y no iba a resistir mucho más tiempo contra él.

—Leo, ¿tienes alguna de tus ideas brillantes? —le grité mientras trataba de zafarme de los ataques revoloteando alrededor del semidiós—. ¡Estoy abierta a sugerencias!

—¡Intento pensar! Ojalá Medusa estuviera aquí, ¡nos vendría de perlas contra Perseo!

Yo quería mantener el misterio un rato más, pero, bueno, ahora ya sabes que este semidiós era Perseo. Como lógicamente no tengo tiempo de contarte nada sobre él y, además, lo de la mitología se me da mucho peor que a mi amigo Leo, aquí tienes sus apuntes para ahorrarte la búsqueda en internet. Mientras tanto, yo sigo con lo mío.

Perseo

Ilustración en blanco y negro del semidios Perseo

Padre: Zeus (dios)

Madre: Dánae (mortal)

Pareja: Andrómeda (mortal)

«Semi» significa ‘medio’ o ‘casi’, por eso los hijos entre dioses y mortales se llaman

semidioses.

Equipamiento:

Casco de Hades: te vuelve invisible. Por suerte, ahora

mismo, mientras Cleo lucha contra él, no lo lleva puesto.

Hoz de acero: es un regalo de Hermes. ¡Está superafilada!

¡Y me quiere cortar el cuello con ella!

Escudo de Atenea: reluciente como un espejo. Afortunadamente, ¡en este combate tampoco lo lleva!

Sandalias aladas: la última moda en la antigua Grecia, ideales para las clases de gimnasia… ¡y las de vuelo!

Momento destacado: Decapitar a Medusa (ya te hablaré de ella más adelante, ¡su historia te dejará de piedra!) y salvar a su futura esposa Andrómeda del ceto, un monstruo marino.

Salseo:

Una profecía dijo que mataría a su abuelo.

Y así sucedió: ¡ve acostumbrándote a las profecías!

Seguí aguantando el tipo contra Perseo a la espera de un milagro (golpe de hoz por aquí, esquiva por allá, revoloteo para alejarme por allí), pero entonces cometí un error. Dejé un hueco en mi defensa. Fue solo durante un segundo, pero suficiente para Perseo. Sentí cómo su hoz me impactaba en el costado y salí despedida por los aires, girando como una peonza, hasta caer sobre la piedra de las gradas. Un dolor me recorrió el cuerpo como un rayo (¡eso es, un rayo, lo de Zeus era un rayo, no un tridente!) y mis zapatos aletearon débilmente, tratando de levantarme sin éxito.

Con la visión algo borrosa, contemplé a Perseo aterrizando en el centro del escenario y a Leo ocultándose tras una columna.

—Es inútil que te escondas —dijo el semidiós mientras se aproximaba a él—. Por mucho que digan las profecías, no eres más que un cobarde.

—No soy un cobarde —respondió Leo—. Solo tengo un sentido de la supervivencia bastante desarrollado.

Intenté levantarme, pero no tenía fuerzas. La herida era grave y no dejaba de sangrar. No había nada que hacer. Perseo ya casi había llegado a la columna. En unos segundos, mi amigo también encontraría la muerte.

Recordé entonces mi llegada a Nueva Delfos, mi amistad con Leo, las clases de Cultura Clásica en el instituto con Ares, nuestro profe, que también yacía inconsciente en el teatro, el momento en el que nos había revelado la verdad sobre los dioses olímpicos griegos y sobre una extraña profecía, nuestra sorpresa al oír aquello sobre los poderes que…

Un momento, ¡mi poder! Todavía tenía fuerzas para un último intento. Debía transformar algo. Pero… ¿qué?

Entonces, lo supe. La tea. Leo debía estar sosteniéndola.

¿Y qué había que hasta un semidiós como Perseo temiera? ¡Esa me la sabía, mi amigo me lo había recordado hacía unos segundos!

Dirigí toda mi concentración hacia la antorcha de Leo. La visualicé metamorfoseándose en otra cosa: en algo mortífero, algo que yo había tenido la suerte de tocar hacía apenas un rato (¿sería el destino?, ¿sería la profecía haciendo de las suyas?). A pesar del dolor punzante de la herida, tenía que aguantar un poco, solo un poco más.

Perseo dobló la columna, con la hoz en alto, listo para asestar el golpe con el que mataría a Leo y dejaría el camino libre para el regreso de los olímpicos a la Tierra. Mi amigo levantó su tea en un intento un poco patético de defenderse y, en aquel momento, el semidiós vislumbró la cabeza de Medusa, con su melena de serpientes y sus ojos terribles que te transformaban en piedra. Perseo apartó la mirada tan rápido que casi se dislocó el cuello.

—¡Maldición! —dijo mientras se cubría los ojos con el brazo—. ¿De dónde la habéis sacado?

Dio varios pasos atrás, tal vez mientras se preguntaba si el maleficio de Medusa empezaría a hacer efecto o si había logrado desviar la vista a tiempo.

—¿Sacado? —dijo Leo sin entender muy bien lo que estaba sucediendo. Pero entonces vio la cabeza de Medusa en sus manos en lugar de la tea y comprendió—. ¿Ya no me llamas cobarde? ¡Mírame ahora si te atreves!

Por supuesto, era un farol. Aunque lo que Leo sostenía en la mano parecía la cabeza de Medusa, en realidad era una antorcha. Nadie se transformaría en piedra si la miraba. Pero Perseo, aterrorizado, le dio la espalda y sus sandalias empezaron a aletear.

—Volveré a por ti, mortal, y la próxima vez la cabeza de la gorgona no te servirá de nada. Correrás el mismo destino que tu amiga —dijo antes de salir volando.

Por si no te ha quedado lo suficientemente claro, el destino al que se refería Perseo era la muerte. Y es que, en efecto, justo entonces me sentí desfallecer.

Todo se volvió oscuro, como si me hubieran cubierto con una pesada manta y cayera dormida de inmediato.

¿Te preguntas cómo te puedo estar contando esto si estoy muerta? Ya, no te culpo; es una historia fuera de lo común, ya te lo dije. Semidioses, cabezas monstruosas, armas mágicas, profecías y una narradora que empieza explicándote cómo se muere.

Pero no te preocupes, todo a su debido tiempo.

Capítulo 2. Un auriga y dos caballos

Turururú, rururú, rururú…

Turururú, rururú, rururú…

El sonido que me despertó llegaba desde la habitación de al lado. Era la alarma del teléfono de mi padre. Abrí los ojos, algo confundida. ¿Dónde estaba?

No, la lucha con Perseo y mi muerte no habían sido un sueño, no voy a engañarte con un truco tan barato. Solo es que, para contarte toda la historia, ahora tenemos que retroceder un poco en el tiempo, hasta hace unas cuantas semanas, cuando yo ni siquiera sabía quién era Perseo ni tenía un amigo friki de la mitología griega con el que enfrentarme a semidioses para salvar el mundo.

Si me había despertado confundida era porque mi habitación todavía se me hacía extraña. Mi padre y yo acabábamos de llegar a Nueva Delfos hacía apenas unos días. En esta pequeña ciudad se habían descubierto unas ruinas griegas subterráneas y a mi padre le habían ofrecido trabajar en la excavación antes de abrirlas al público.

Al parecer, esa especie de catacumbas griegas eran tan grandes, tan raras y tan interesantes que él no dudó ni un segundo en dejar temporalmente su puesto en el Departamento de Arqueología de la Universidad de Nueva Creta para aceptar la oferta. ¿Que tu hija tiene que cambiar de instituto a mitad de curso? ¡No hay problema! ¿Que a lo mejor a ella no le apetece dejar la gran ciudad para irse a esta otra, mucho más aburrida? ¡Ya se apañará!

—Cleo, salimos en diez minutos —dijo mi padre al pasar frente a la puerta entreabierta de la habitación, sin siquiera pararse a asomar la cabeza—. ¡Y no dejes las cosas tiradas por el suelo!

Mientras me ataba las botas, sentía un poco de rabia por tener que empezar de nuevo. Pero tampoco sé muy bien de qué me quejaba: al fin y al cabo, no es que en Nueva Creta las cosas me fueran demasiado bien. Estuviera donde estuviese, siempre era la chica que se viste de negro y que no encaja en ningún lado, que se mete en un lío tras otro y a la que todos miran raro. En Nueva Delfos no iba a ser mejor, pero tampoco peor, ¿verdad?

Las ruinas de las famosas catacumbas (el nombre técnico era «hipogeo», según mi padre) estaban justo al lado del instituto, así que fuimos juntos en coche. Mi padre me preguntó si estaba lista para mi primer día en el nuevo instituto. ¿Cómo se está lista para eso? Como estaba supernerviosa y no supe qué responder, resoplé sin más. Después, le pregunté cómo iba la excavación y él me contestó con un sencillo «bien». Para ti es una suerte que no tuviéramos mucho de lo que hablar: ¡te ahorras un montón de diálogos aburridos!

Aunque no iba a reconocerlo en voz alta, a veces pensaba en que ojalá las cosas con él fueran diferentes y no existiera aquel muro entre nosotros. Con mi madre, que había muerto cuando era pequeña, todo había sido muy distinto.

Pero ya solo nos teníamos el uno al otro.

—Luego me cuentas cómo te ha ido —dijo mi padre cuando me dejó frente al instituto.

Asentí.

Allí estaba el edificio: gris y frío, como todo en Nueva Delfos.

Empezaba mi nueva vida.

Matemáticas, Inglés, Química… Me había aburrido como una ostra y no había cruzado palabra con nadie, pero, eh, aún no me había metido en ningún lío.

En realidad, el día no estaba yendo mal del todo. Solo me quedaba una clase más antes de la pausa del almuerzo, y la verdad es que ya empezaba a tener hambre… A ver cuál era… Cultura Clásica. ¡Bfff! Menudo rollo. ¿A quién le interesa lo que pasó hace miles de años? Bueno, a mi padre sí, pero a mí, desde luego, ¡en absoluto!

Al entrar en el aula, el profesor me sonrió. Yo me había imaginado un boomer con barba blanca, tal vez hasta vestido con una túnica para ir a juego con la asignatura, pero era el profesor más joven que había tenido nunca en un instituto (o eso creí entonces).

—¡Ah, Cleo, la chica nueva! —dijo, como si fuéramos amigos de toda la vida—. ¿Sabes que te llamas casi igual que una de las musas de la historia, Clío?

Supongo que por la cara que puse debió de darse cuenta de que no tenía ni idea de lo que era una musa.

—Las musas eran las diosas que inspiraban a los humanos.

—Pues yo no quiero inspirar a nadie —contesté un poco borde. ¿Te he dicho ya que cuando tengo hambre me cuesta más de lo normal mantener la boca cerrada?—. Preferiría tener el nombre de una guerrera…

—Mejor, ¡el mundo necesita guerreras! —respondió Ares con entusiasmo, sin que pareciera haberle molestado mi salida de tono—. Yo me llamo Ares, así que un poco guerrero también debo de ser… Siéntate allí, junto a Leo —me respondió mientras señalaba un asiento vacío al lado de un chico que parecía que deseaba volverse invisible.

Leo era pequeño, con gafas y el pelo un poco largo. Por su expresión de estar pensando en huir de allí, me atreví a suponer que era bastante tímido. Me senté a su lado, me saludó en un susurro y empezó la clase.

Ares comenzó a hablarnos del panteón de los dioses olímpicos: Zeus y Hera, los reyes de los dioses; Poseidón, el dios de los mares; Afrodita, la del amor y la belleza…

Bla, bla, bla…

Luego, Apolo, el del sol y las artes; Atenea, la de la sabiduría y la artesanía; Hermes, el dios mensajero…

A mi lado, Leo tomaba apuntes como un loco. Parecía que al menos a él aquello sí le resultaba interesante. Yo solo podía contar los segundos para que terminara la clase y fuésemos a comer. ¡Qué hambre, por los dioses del Olimpo!

Y seguía la turra: Artemisa, la de la caza; Hefesto, el del fuego y la forja, y Deméter, la de la agricultura…

Más bla, bla, bla…

—El dios con el que comparto nombre, Ares, era el de la guerra, aunque no solo eso. Podía ser bastante cruel y era temido por muchos, pero también representaba la valentía, la fortaleza y la parte más impulsiva del ser humano…

—¿Y no había un dios del aburrimiento? —dije en voz alta, casi sin pensar, mientras levantaba los brazos y bostezaba. Tras el comentario, la clase se quedó en silencio y, luego, creció un pequeño murmullo. Vi claramente mi futuro: me echaban del aula, primer aviso del director, el resto de los alumnos me toma por un bicho raro y el profe ya me coge manía para lo que queda de curso. No es que fuera adivina o tuviera una profecía, sino que ya me había pasado unas cuantas veces en mis antiguos colegios e institutos. Y no era una situación agradable que digamos.

Autorrecordatorio: Cleo, a partir de ahora, métete en la mochila unos palitos o una chocolatina por si te viene hambre antes de la hora de comer, pero no seas borde.

—Exactamente, Cleo —dijo Ares.

¿Qué? ¿Cómo que «exactamente»?

—Ese es el tipo de impulsividad que Ares podía representar, aunque en su caso solía ser algo más sanguinaria que tu comentario. ¡Tendrás que esforzarte más, guerrera! —siguió mientras me miraba sonriente—. Pensad que los mitos no son simples historias. También hablan de nosotros.

El murmullo en la clase se acalló y Ares continuó:

—Por ejemplo, el filósofo Platón creó un mito en el que comparaba el alma humana con un carro alado. El conductor representa la razón; uno de los caballos, nuestro lado luminoso, el que nos guía hacia el bien, y el otro, nuestra parte más rebelde, a veces demasiado impulsiva, pero también valiente. Ares sería como este último caballo. Bien controlado, puede convertirse en la fortaleza que complemente a las otras partes, ¿no creéis?

—Oye, ¿tienes con quién ir a comer? —murmuró mi compañero de pupitre.

Mi primer día en el instituto de Nueva Delfos estaba resultando más inesperado de lo que había pensado.

Capítulo 3. ¿Pelota roja o bola de piedra?

Si hay algo de lo que puedo presumir de vez en cuando es de que se me dan bien los deportes. En mi antiguo instituto corrí más rápido y salté más lejos que la mayoría de los chicos, y metí canastas y marqué goles increíbles. La gente se suele sorprender: supongo que al ver a una chica con pinta de gótica y cuerpo flaco y larguirucho no se imaginan nada así. Y mucho menos que hasta sea buena en esgrima, ¡como ya has visto (bueno, más o menos)!

Hasta mi padre se quedó boquiabierto al verme en un partido de básquet de pequeña. Como él siempre había querido tener un niño y no una niña, pensé que tal vez el hecho de ser buena en algo «de chicos» me serviría para derribar el muro infranqueable que me separaba de él. Sin embargo, la emoción le duró dos partidos; a fin de cuentas, lo suyo son las ruinas antiguas y no los deportes. Tampoco en eso nos entendemos.

Educ

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