Más profundo que el mar

Bethany Bells

Fragmento

Prólogo

Prólogo

Una fiesta literaria en el Ritz

París, finales de septiembre de 1899

El salón del recién inaugurado Hôtel Ritz, en la Place Vendôme, resplandecía con la soberbia de un imperio que todavía se consideraba dueño del mundo.

Candelabros de cristal de roca colgaban del techo en cascadas de luz; el brillo se reflejaba en los grandes espejos dorados que agrandaban el lugar y en las copas de champaña que pasaban de mano en mano, dejando siempre tras de sí un eco indefinido de risas, murmullos y música.

La velada había sido organizada por la maison Calmann-Lévy, cuya reputación en París era sinónimo de gloria literaria. Su nombre resonaba como garantía de grandeza: publicar allí era ser admitido en la más alta república de las letras —no en vano era la editorial que había publicado a grandes como Balzac, Zola, Flaubert, Daudet, Maupassant o los mismísimos hermanos Goncourt—; y si además esa editorial invertía a manos llenas en algún autor, era porque consideraba que su obra estaba destinada poco menos que a la inmortalidad.

Y, esa noche, ciertamente, los responsables de Calmann-Lévy no habían escatimado en gastos para el evento: alfombras persas en las galerías, columnas engalanadas con guirnaldas de rosas blancas, una orquesta al fondo que llenaba el lugar con los compases de un vals vienés…

Todos querían felicitar al nuevo autor de moda, aquel joven lord inglés que, con apenas veintisiete años, había conquistado la confianza de Calmann-Lévy y el corazón de Europa entera con su novela Más profundo que el mar.

Lord Edward Ashcombe, conde de Selwyn, se encontraba en el centro del salón como un sol rodeado de planetas que no dejaban de girar en su órbita: damas elegantísimas que lo adulaban, caballeros que lo elogiaban, periodistas que anotaban cada palabra suya como si fuese una sentencia grabada a fuego para la posteridad… El humo de los cigarros se mezclaba con el de colonias y perfumes y con el aroma de las muchas flores que formaban parte de la decoración, cargando el ambiente hasta volverlo casi irrespirable para Claire Bellamy.

Por eso había huido en cuanto terminaron los discursos.

La primera pieza del baile había comenzado, y con ella el bullicio se había vuelto insoportable. El roce de la seda, las carcajadas altivas, el tintinear constante de las copas… todo le resultaba excesivo. Su corazón, cargado por la preocupación y una profunda pena, no soportaba más ruido. Necesitaba escapar de aquel resplandor que parecía burlarse de su angustia.

Caminó por un pasillo lateral hasta encontrar una salita apartada: un pequeño gabinete con butacas de terciopelo azul y una lámpara solitaria, de luz tenue, que ofrecía un refugio discreto. Allí se dejó caer, frente a la chimenea encendida —los encargados de la fiesta debieron suponer que habría invitados buscando un momento de paz, y habían previsto calentar el sitio, en aquel frío inicio de otoño—, respirando hondo, como si el silencio pudiese aplacar, aunque solo fuera un poquito, la intensa punzada de dolor que llevaba dentro.

Su madre agonizaba a cientos de kilómetros, y ella, atrapada en Francia por aquel odioso compromiso social, no había podido acudir todavía a su lado. La culpa le mordía el alma como un perro hambriento. Llevaba años alejada de su lado, desde aquella noche terrible en que tuvo que irse de Inglaterra, y ahora, en el instante en que más la necesitaba, estaba condenada a la distancia.

—Oh, mamá… —susurró, contemplando sin verlas las llamas de la chimenea—. Aguanta, por favor, ya quedan pocos días. Tengo que decirte que te quiero y te perdono. Y tengo que presentarte a Émile…

Estaba secándose los ojos con su pañuelito cuando la puerta del gabinete se abrió con suavidad.

Y, para más consternación, en el umbral apareció lord Edward Ashcombe, el conde de Selwyn.

Claire se sobresaltó y apartó el rostro, limpiándose las lágrimas con más rapidez. Se maldijo en silencio: había esperado poder disfrutar de una soledad absoluta, pero debió suponer que era algo difícil, en un evento como ese.

Cuando volvió a mirar, el conde seguía allí, en el mismo sitio. Su porte era impecable, como si llevara cosida a la piel la disciplina de generaciones de aristócratas. De ser otras las circunstancias, hubiera pensado que, pese a su gesto adusto, era atractivo; que era la clase de hombre con la que había fantaseado la Claire jovencita, antes de que todos sus sueños se rompieran en pedazos.

Pero no tenía ánimos para pensar en esos términos.

Parecía dispuesto a retirarse al instante, pero sus ojos tropezaron con los de ella y vaciló, como si hubiese advertido la sombra de tristeza que enturbiaba el rostro de la joven.

—¿Le molesta mi presencia? —preguntó, en un tono contenido, casi frío, aunque sin brusquedad.

Claire se incorporó, incómoda por haber sido descubierta en semejante situación.

—En absoluto, lord Selwyn. Esta sala no me pertenece.

Él entró despacio y cerró la puerta tras de sí; el murmullo del salón quedó amortiguado, como un río lejano. Lord Selwyn caminó hasta quedar frente a ella. El fulgor de la chimenea dibujaba un halo dorado sobre su cabello, muy negro.

—Me ha dado la impresión de que necesita un poco de apoyo —dijo. Luego, tras observarla con más atención, añadió—: ¿Puedo ayudar en algo?

Claire bajó la mirada hacia sus manos, entrelazadas en el regazo. Sus dedos jugaron con su pañuelo.

—No. Se lo agradezco, pero nadie puede. —Titubeó, pero lo dijo—: Mi madre se está muriendo… y yo llevo demasiado tiempo lejos de su lado.

—Lo siento mucho.

—Gracias. —Se limpió la nariz antes de seguir—. La he añorado más de lo que puedo expresar. A veces pienso que la vida no está hecha más que de pérdidas y problemas, con muy poquitos momentos de luz.

El conde la contempló en silencio unos instantes. Finalmente, se acomodó en uno de los sillones y habló con la misma fría amabilidad:

—Permítame, al menos, felicitarla otra vez a usted. Tal como he dicho en el discurso, yo hablo bien el francés, y leo en ese idioma de forma habitual. Por eso, una de las razones que me desalentaban de permitir la publicación de mi novela en Francia era esa costumbre de los traductores de tomarse licencias a veces asombrosas, hasta el punto de que son capaces de reescribir la obra sin ninguna vergüenza.

—Algunos lo hacen, sin duda —admitió Claire—. Aunque era más habitual hace unos años.

—Supongo… Pero usted ha hecho una traducción maravillosa. Se ha ajustado a mi texto y, simplemente, se ha esforzado por adaptarlo a la lengua francesa.

—Esa era mi misión. Conseguir que lo que se ha contado en una lengua guarde toda su esencia al ser contada en otra.

—Exacto. Gracias, madame Bellamy…

—De nada. Permita que también le felicite. Su éxito es extraordinario, y con razón. Ha sido un honor traducir su libro, hacía años que no leía algo que me gustase tanto.

Lord Selwyn sonrió apenas.

—Gracias. —Ella asintió, pensando que ese sería el final de la charla. Pero no fue así—. Yo quería agradecerle eso, y también hablar con usted sobre… cierto tema que quizá la incomode, pero que, si lo piensa bien, puede resultar muy conveniente para ambos.

Lo miró sorprendida.

—Usted dirá.

—Bien. —Cabeceó en una especie de asentimiento—. Como le he dicho, admiro su trabajo intelectual, madame. Pero eso ya lo hacía antes de conocerla. Cuando la vi en la primera recepción… —Cruzó las piernas y entrelazó los dedos, con gesto elegante—. Bueno, no voy a negar que me sentí muy atraído por usted, como hombre.

—Como hombre… —Ahora, más que sorprendida, estaba confusa—. ¿Como ser humano, quiere decir?

—No. Como hombre, madame. —Le mantuvo la mirada, pero no pudo evitar ruborizarse—. Me gustaría plantear una relación entre usted y yo.

Ella parpadeó.

—¿Qué clase de relación?

Lord Selwyn hizo un gesto breve, medido.

—Ambos somos adultos. Creo que podemos hablar con claridad. Le ofrezco lo que en Francia llaman una carte blanche.

Claire lo miró en silencio. Por un instante pensó que había entendido mal.

—¿Una… qué?

—Una carta blanca. Sé que aquí es algo habitual, y no me parece indigno. Tendría usted independencia económica, una casa, seguridad, libertad para vivir como quisiera. No le faltaría nada.

Ella empezó a entender. La sangre se le heló.

—¿Y todo eso a cambio de qué, milord?

Él no respondió enseguida; de hecho, parecía confuso. Tal vez esperaba que no hiciera falta decirlo.

—De su… compañía —dijo por fin, casi con suavidad—. De poder disfrutar de sus atenciones.

El silencio que siguió fue tan perturbador como las palabras dichas. Claire se irguió despacio, sin apartar la vista de él.

—¿Me está proponiendo que sea su amante?

—Dicho de un modo directo, sí. Imagino que una mujer como usted, ya viuda y con un hijo, no se escandalizará con estos temas. —Alzó una mano—. Sobra decir que confiaría en su discreción… y en su prudencia, para evitar complicaciones, pero que, de haber unos hijos, yo los reconocería y les procuraría un buen futuro, en todo caso.

—Ya veo. —Su voz sonaba tan tranquila que hasta a ella le sorprendió—. Quiere que seamos amantes. Me pagará y mantendrá bien, y si tenemos hijos, se ocupará, pero prefiere no tener que afrontar semejante molestia. ¿Es así?

—En cierto modo. Yo no he dicho que fueran una molestia.

—No. Ha hablado de complicaciones.

—Porque serían una complicación. Pero no una molestia.

—Como si eso fuera mejor… —Le frunció el ceño—. Entonces su «admiración intelectual» no era más que un pretexto.

—No, no lo era. De no existir esa admiración, probablemente no le haría la oferta, madame. Mis amantes suelen ser más…

Dejó la frase inconclusa. Ella arqueó una ceja.

—¿Hermosas?

—Así podría decirse, sí. No pretendo engañarla, madame —añadió con suavidad, sin apartar la mirada de su rostro—. Hasta ahora, todas mis amantes han sido más bellas que usted. En su mayor parte actrices y modelos de alta costura, mujeres que viven rodeadas de luces, perfumes y adulaciones. En París o en Londres sobran los rostros perfectos, los cuerpos que parecen tallados para el deseo. He conocido a esas criaturas que convierten la belleza en un oficio y la coquetería en una ciencia.

—Me alegro por usted. Quizá debería seguir en esa línea.

Lord Selwyn sonrió apenas, con un matiz de ironía y cansancio.

—Me temo que ninguna de ellas sabía conversar. Ninguna podía mantenerme interesado cuando se acababan el vino y las palabras. Usted, en cambio, posee algo infinitamente más raro: inteligencia. No es su belleza lo que me intriga, aunque la tiene, sino la clarida

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