El maravilloso y trágico arte de morir de amor

Gisela Leal

Fragmento

Preludio

Preludio


El 3 de noviembre de 1960, a las 13:54 horas, en la Ciudad de México, D.F., nace Valentina Jaime de Alba.

El 6 de agosto de 1961, a las 18:18 horas, en un avión francés que volaba sobre territorio español, nace José Cayetano de María.

El 20 de abril de 1966, a las 15:33 horas, en la ciudad de Guadalajara, Jalisco, nace Nicolás Santamaría Sáenz.

El 17 de octubre de 1987, a las 12:35 horas, en la ciudad de Boston, Massachusetts, nace Balbina de Quevedo Hass.

La vidas de estas cuatro personas están intrínsecamente conectadas por energías invisibles que dominan el universo, energías que son ajenas a todo control terrenal, inexplicables para cualquier humano porque son manejadas por un Algo que es infinitamente lejano a su naturaleza de mortal, que no se pueden tocar, oler, oír, probar, y mucho menos ver, ya que dicha energía, al ser superior a ellos en un grado incomparable, no cuenta con ninguno de los sentidos ni características básicas perceptibles por la consciencia colectiva de este mundo, sino con cualidades de orden metafísico, divino, etéreo, indetectables para alguien que es concebido por el óvulo de una mujer que fue fecundado por el esperma de un hombre y que necesita oxígeno, sangre corriendo por las venas, la ingesta de cierta cantidad de nutrientes, agua, afecto por parte de otros seres de su misma naturaleza, sentido de pertenencia a un grupo social, la protección de sus progenitores desde el momento de su concepción y durante el resto de su vida, una interacción exitosa con sus homólogos, horas de descanso, aprobación por sus iguales y superiores, intercambio de fluidos y secreciones con seres con los que se comparte una atracción sexual de naturaleza animal, el cumplimiento de una actividad productiva en la cual invierta su energía, fuerza y capacidad mental durante un mínimo de 8 horas diarias, 5 días a la semana y la que, a cambio, le brinde los recursos necesarios para ser intercambiados por un servicio médico que le asegure que, en caso de pérdida de sangre, ésta se pueda comprar, así como el agua, afecto, pertenencia, protección, aprobación, una cama y/o una dotación de Tafil o Xanax en caso de que no se logre cumplir esa tarea básica para el buen funcionamiento del sistema nervioso, objetos materiales que otorguen –como consecuencia de contar con los ingresos para adquirirlos– la suficiente seguridad emocional para entrar en la competencia diaria que vive contra el resto de sus iguales con el único objetivo de obtener un sentido del éxito personal, así como una serie de elementos de orden orgánico y emocional básicos para la supervivencia de humanos que son muy humanos. Sin embargo, la incapacidad de estos para entender a ese superior e inalcanzable Algo no afecta el resultado y, por eso, las cosas suceden de una manera y no de otra: la moneda cae cara arriba y no al reverso. Por eso un hombre se para en el primer café que encuentra y, sin pensarlo ni elaborarlo, elige esa mesa que tiene como vista a esa persona que es imposible no voltear a ver; imposible no pararse para hablarle; imposible no pedirle que se tome un café con él; imposible no pedirle su teléfono; imposible no hablarle para invitarle a cenar; imposible no terminar en su departamento; imposible no hacerle el amor; imposible no enamorarse de manera fulminante; imposible no pedirle que se quede el resto de la vida a su lado; imposible no serle fiel hasta la muerte; imposible no morir internamente teniendo tantas opciones de ruta distintas como posibles mezclas de factores para su ejecución existan en el cosmos. Por eso el semáforo cambia a verde justo cuando la mujer que camina en la intersección contraria toma el celular para contestar el correo electrónico que acaba de recibir del trabajo, continuando su andar en perfecta sincronización con el movimiento del camión de basura que avanza según lo ordena el tono aprobatorio del semáforo, camión que cuenta con unos frenos que trabajan al 55% de su capacidad gracias a que no se le ha dado mantenimiento desde hace 2.5 años por falta de presupuesto gracias a una mala administración de parte de los funcionarios públicos [no siendo la falta de presupuesto una consecuencia de decisiones divinas, sino una basada en una de las formas más básicas de la naturaleza del hombre: avaricia], manejado por un chofer que no tiene capacidad de reacción inmediata al volante gracias a que, por esa misma falta de presupuesto que lo hace recibir el salario mínimo, tiene que atender dos trabajos, lo cual le permite sólo 3.30 horas de descanso diario y jaquecas que lo distraen constantemente. Y existe un instante en el que ambos avanzan ignorantes de que la conclusión de continuar dicho movimiento los llevará hacia un evento fatal. Y, de un momento a otro, la señal de Internet del smartphone de la obsesa mujer se pierde, haciendo que se frustre por no lograr enviar su correo, hecho que la hace detenerse antes de dar los dos pasos necesarios para llevarla a una catastrófica muerte. Y, sólo por ese evento aparentemente fortuito, ese detalle incómodo a primera vista para el peatón, esa perfecta formulación de elementos acomodados de tal manera que la ecuación da un resultado positivo y no uno negativo, sus vidas continúan como si nada hubiese podido pasar; una como si la muerte nunca la hubiera rozado y otro como si la culpa nunca hubiera tenido la oportunidad de acabar con su libertad. Por eso un hombre se para en el primer café que encuentra y, sin pensarlo ni elaborarlo, elige esa mesa que tiene como vista a esa persona que es imposible no voltear a ver; imposible no pararse para hablarle; imposible no pedirle que se tome un café con él; imposible no pedirle su teléfono; imposible no hablarle para invitarle a cenar; imposible no terminar en su departamento; imposible no hacerle el amor; imposible no enamorarse de manera fulminante; imposible no pedirle que se quede el resto de la vida a su lado; imposible no serle fiel hasta la muerte; imposible no darse un tiro en la sien y dejar a un bebé de un año dos meses huérfano gracias a la depresión crónica que se sufre después de que, con tan sólo tres años de feliz matrimonio, éste se acaba porque el amor de su vida murió de la manera más absurda y menos probable: destrozada bajo las vías del metro que la llevaría a su casa por una persecución en la que ella no tenía absolutamente nada que ver. Por eso, teniendo tantas opciones de ruta distintas como posibles mezclas de factores para su ejecución existan en el cosmos, un joven de veintitrés años termina caminando por la misma calle, a la misma hora en que un oficinista explotado por su jefe pierde el control de su motocicleta por caer dormido y la estrella contra la pared, no sin antes hacerlo también contra el recién graduado que se dirigía a su trabajo y que tenía innumerables opciones para ir o no por esa calle, mismas en donde en ninguna se registraría un accidente de coche a las 10:23 AM, hora en la que sucedió la tragedia. Por eso un estudiante pierde el ticket de tren que tenía para visitar a sus padres gracias a que no escuchó su alarma porque una tormenta eléctrica provocó el colapso de la fuente de energía de la colonia, dejando sin luz a la cuadra donde se encuentra la casa donde vive el amoroso hijo, mismo tren que minutos después de partir se descarrila gracias a un error humano resultado de un ferrocarrilero que lo maneja completamente alcoholizado ya que no puede superar el hecho de que su hijo menor murió atropellado en un accidente de motocicleta mientras iba rumbo a su primer trabajo. Por eso unos se salvan y otros no, porque unos están en el momento exacto en que el ladrón entró al banco y ya no pudieron salir, porque otros, por cuestión de segundos, fueron atendidos antes y por eso no tuvieron que ser víctimas de ningún asalto; por eso unos deciden dejar de moverse centímetros antes y, otros, centímetros después, como todo lo que sucede en la vida, en un orden inherente basado en un Plan Supremo que trabaja en sincronía perfecta con el universo y que jamás será comprendido ni descifrado por quienes dependen de él porque la manera, las razones y las causas del porqué son las cosas así y no de otra manera no sigue ningún patrón o fórmula que pueda seguir una lógica humana. Y es que todo –cada mínimo detalle, cada supuesta casualidad, cada característica sin importancia aparente– es parte de ese Plan Supremo: la suerte no existe: todo los objetos, todos los humanos, todos los tiempos y espacios, todos y cada uno de los elementos que participan en cualquier suceso juegan un papel en ese plan divino. Y, por más que se trate de seres intelectual y espiritualmente superiores al promedio de la población, Cayetano, Valentina, Nicolás y Balbina también son variables que viven bajo los dictámenes de ese Plan Supremo, justo como el resto de los mortales lo hacen, también. Y el Plan estipula que ellos, con rutinas tan incompatibles, espacios geográficos tan múltiples, tiempos distantes, realidades tan diversas y miles de millones de personas con las cuales también pueden conectarse, sean precisamente ellos cuatro y no otros los que formen parte de esta historia tan devastadora. Tampoco es casualidad el hecho de que esta obra se encuentre en tus manos, siendo leída por tus ojos y procesada por tus neuronas, las cuales absorberán cada evento sucedido en esta historia de tal forma que ésta modificará palabra a palabra tu estructura química cerebral hasta lograr que cambie su proceso de pensamiento, juicio, análisis, et al., de distintos eventos, convirtiéndote en un ser más íntegro, evolucionado y superior al resto, brindándote un crecimiento, al menos intelectualmente hablando, ya que el contar con una mente más educada no precisamente conduce a una mejor calidad de vida, sino todo lo contrario: cuando en esta vida se sabe mucho, se está más cerca y se es más condenado al sufrimiento.

Nota: esta obra está basada en hechos reales. Todo lo narrado en ella sucedió en la vida de cada una de estas cuatro personas, así como en la de los personajes secundarios que forman parte de ella, todos, es importante mencionarlo, productos de la ficción.

Dramatis personæ

Dramatis personæ

Narrador: Monotype Modern

Gisela Leal: Avenir Book

Balbina de Quevedo Hass: Cambria

Nicolás Santamaría Sáenz: Arial

José Cayetano de María: Garamond

Valentina Jaime de Alba: Caliban

Pablo Matías Madero: Bell MT

Constanza Hass Wellington: Trebuchet MS

Plutarco Quiroga: TW Cen MT

Eugenio Santamaría Rivera: Futura

Julia Sáenz Fernández: Footlight MT Light

Bernardo Santamaría Sáenz: Century Schoolbook

Leonardo: Helvética Neue

Patricio, maestro de yoga: Calibri

Reportera de BBC News: American Typewriter

Japan Airlines Call Center: MS Gothic

Bibliotecario: Comic Sans MS

Screenplay: Courier New

Delivery Guy DHL: Bauhaus Medium

Alumnos de Introducción a la teoría de la verdad: Bell Gothic Light

Enfermera: Century Gothic

Primer Médico: Imprint MT Shadow

Julio Cortázar: EstaSmallCaps

Octavio Paz: Berkeley

Buzón de voz de Balbina: Optima

Empleado de Geek Squad/Psicópata: Hoefler Text

William Shakespeare: Edwardian Script ITC

Reporte de Juicio Literario: Courier

Capítulo 1

1


Es un viernes diecisiete de junio de dos mil once, uno de esos viernes diecisiete de junio de dos mil once en los que se toman pequeñas decisiones o suceden hechos inesperados que cambian por completo la vida de una persona, que la marcan hasta el final de sus días, que la acompañan hasta sus últimos suspiros de vida, hasta el segundo antes de partir de este mundo para entrar al siguiente, que determinan un antes y un después en la historia personal del afectado. Es un viernes diecisiete de junio de dos mil once en el que, como el resto de los días de la historia de la humanidad, a alguien, en alguna parte del mundo, le ocurrirá algo que no tenía previsto, que nunca pensó que le sucedería, que lo hará replantear todo lo que hasta este momento ha pensado sobre la vida y la muerte y el porqué está en ese y no en otro lugar. Por supuesto que, para miles de millones de humanos, este viernes diecisiete de junio de dos mil once comenzará y acabará sin mayor emoción, motivo, desgracia o fortuna. Será any given monday. Un día que no se recordará jamás. Todos tenemos esos días; a veces son necesarios. No es sano vivir en un constante vaivén emocional gracias a la inestabilidad que causan los días-que-cambian-el-resto-de-la-vida. Por supuesto, existen vidas que cuentan con este tipo de días con mayor frecuencia que otras. Esto determina qué tan aburrida o fascinante, ordinaria o excepcional, trágica o cómica es la existencia de un humano en este mundo. Lo ideal para que una persona sea merecedora de que se registre en escrito la historia de su vida es que ésta sea fascinante, excepcional y, sin lugar a dudas, trágica; nadie descarta la opción de cómica pero, antes de eso, trágica. La belleza de la tragedia reside en que lleva a pasar los límites del sano juicio para entrar en ese trance de demencia que convierte cualquier evento en una short fiction digna de ser publicada en The New Yorker y ser leída por tantos que desearan que esa historia les sucediera a ellos mismos, no porque tenga un final feliz ni porque se desarrolle en un mundo utópico donde el cáncer no existe, la comida no cuesta y las drogas no son juzgadas, sino porque, aunque sea la historia más desgarradora jamás leída, vivir algo así será eternamente mejor que no vivir nada, que vivir en una mediocridad de emociones, donde todo sucede en un término medio, un constante 50%, sin mayor eventualidad en el día a que den las 7:00 PM para acabar la jornada laboral, apagar la computadora, salir de la oficina y llegar a casa a ver un capítulo de Breaking Bad mientras se cena, frente a la laptop y en la fiel compañía de Netflix, alimento procesado por todo tipo de máquinas que logran exitosamente convertir químicos en material comestible para el sistema humano después de estar congelado durante un periodo antinatural y calentado por un artefacto que genera ondas electromagnéticas en la frecuencia de microondas. Llegar a concebir la idea de cometer suicidio gracias a que el dolor que un individuo puede experimentar supera cualquier nivel de tolerancia siempre será más seductor que tener que recurrir a series, películas, novelas, teatro o cualquier otro formato en el que una historia se pueda contar para, por medio de la vida de otros, de esos que sí viven emociones de valor, de los que cuentan con una historia que logre mantener sentada a una audiencia durante horas, poder al menos tener una idea de qué se siente sentir ya que, en su realidad directa y natural, en su día a día personal eso es algo que no sucederá. La vida ordinaria existe. Vive allá afuera. Puede encontrarse en cualquier esquina: en el director de una multinacional que basa su vida en reportes en hojas de Excel y pie charts y el EBITDA; en la madre de familia que a sus 58 años se da cuenta de que sus hijos ya se han ido, su esposo le provoca el mismo deseo sexual que su hermano menor y, si lo dejara para aventurarse en encontrar una fuente de emoción alterna, no tendría cómo vivir porque dejó su carrera de psicología para ser madre y, en estos treinta y cinco años, la concepción de la materia ha evolucionado por completo. Aparte de que, ¿qué persona con el suficiente sentido común asistiría a terapia con una persona que está divorciada y abandonó su evolución personal durante más de la mitad de su vida?; en el alumno que se sienta al frente de la clase todos los días y prefiere invertir dos horas en su casa preguntándole a Google cómo resolver una ecuación lineal de primer grado antes que alzar la mano y preguntarlo frente al resto del grupo porque, mientras menos sepa el mundo que existe en él, las probabilidades de supervivencia son más altas; en el artista frustrado que nunca terminará su documental porque siempre es más fácil hacerse creer que no es director de cine porque no intentó lo suficiente porque en realidad no se es bueno; en el grupo de mujeres de entre 30 y 40 años que se reúne todos los miércoles para hablar de lo equivocadas que están las vidas ajenas, con divorcios, drogas, depresiones, infidelidades, desórdenes alimenticios, suicidios y una serie de consecuencias que ellas, por ser mujeres íntegras y modelos a seguir para la sociedad, jamás tendrán que enfrentar, porque su vida es perfecta, sin ninguna arruga, sin un solo error, sin nada que deba de cambiarse porque todo está en perfecto orden, a diferencia de la de todos los demás; en todas y cada una de las personas que harán lo que sea necesario por permanecer en su zona de confort y nunca cuestionar formas ni fondos establecidos como correctos por el resto del mundo. La vida ordinaria existe. Dentro de nuestra propia casa, tan cerca que es imposible detectarla de tan familiar que nos parece; dentro de nosotros mismos, habitando cada una de nuestras neuronas, contaminándolas, alimentándose de cualquier suspiro de esperanza que aún nos quede. La vida ordinaria existe y es la experiencia más letal que se puede experimentar jamás. Es esta muerte lenta y silenciosa que se va permeando en cada una de las células, desde el núcleo hasta el aparato de Golgi, sin dejar oxígeno para nada más; este agente pasivo-agresivo que disfraza el silencio de paz, la pasividad de plenitud, la ausencia de caos de estabilidad, la rutina de orden, engañando a todo aquel que se deje llevar por las apariencias, haciéndolo creer que no hay nada qué cambiar en su vida, que el silencio, la pasividad, la ausencia de caos y la rutina son las muestras de que ha hecho un buen trabajo con sus días, teniendo todo bajo control, fuera de todo posible problema, en el balance perfecto; esta radiación tóxica que poco a poco va ocupando cada espacio y cada momento del día hasta invadir semanas, meses, años y toda una vida, de inicio a fin, que se vive sin sentir nada. Y no hay dolor más real y puro que el provocado por no sentir. En esta historia ese no es el problema. Si aquí hay un problema, este sería el extremo opuesto: el exceso de emoción, la sobredosis de sentimientos que ahogan e impiden la respiración rítmica de los personajes, que los mantienen en un ir y venir emocional que lo único constante que mantiene es la incertidumbre de qué emoción van a sentir en el próximo segundo. Está comprobado que vivir así puede reducir la calidad de vida hasta en un 60%. Este estilo de vida no es apto para cualquier tipo de personas. Sólo individuos como los que forman parte de esta historia –y seguramente los que se logran identificar con ella en cierta manera, es decir, quien sujete en sus manos este libro el tiempo suficiente como para pasar del capítulo 1– pueden sobrellevar la privación de ese 60%, sinónimo de un descanso reparador, una alimentación balanceada y con cierta disciplina de horarios, una vida social sana, un sistema nervioso libre de fluoxetina, paroxetina, sertralina o cualquier tipo de sustancia que tenga como función estabilizar la química cerebral, entre otra serie de actividades meramente técnicas de las que personas como las que se mencionan a lo largo de esta historia pueden prescindir porque su organismo se mantiene vivo por elementos más abstractos que los materiales, elementos como beber en la cama aún deshecha el olor del café recién preparado junto a quien logra dilatar tus pupilas en cuestión de microsegundos con tan sólo aparecer a lo lejos; sentir cómo la piel se humedece una vez que por las mejillas caen las lágrimas que se forman al presenciar un concierto de The National o ver a Scarlett Johansson en su papel de Maggie para Cat on a Hot Tin Roof en el Richard Rogers Theater o en la pantalla de una laptop el vídeo que Christian Larson hizo para The Valtari Film Experiment; degustar y descifrar con cada una de las papilas gustativas a qué sabe la hoja donde está impreso un poema de Robert Frost –The Gift Outright, para ser más precisos–; ser capaz de hacerle el amor al Amor con todos y cada uno de los sentidos, hasta secarse, hasta que no quede un solo espacio en su cuerpo que no se haya besado como si fuera la última oportunidad que se tendría antes de morir, hasta que se haya bebido toda, toda, toda su sangre, hasta encontrar una eterna libertad en esa entrega; tener la capacidad de vivir y morir varias veces en una sola vida, muriendo en cada momento de excelsitud que roba hasta la última gota de oxígeno a nuestros pulmones y, en ese mismo acto, en esa misma muerte, renacer en nosotros mismos siendo alguien distinto, en un nivel de evolución superior, un segundo más cerca de la divinidad, de la perfección, de la pureza del espíritu. Ese 60% que no se puede obtener durmiendo ocho horas, comiendo cinco veces al día, sonriendo al menos tres, levantándose a la misma hora cada mañana y no más tarde de las 10 AM, etcétera, es llenado por estas y otras maneras etéreas de alimentar al organismo. Sólo un 4.5% de la población mundial es capaz de sobrevivir con esta clase de alimento, en ese tipo de condiciones –he ahí el porqué se quedará en bodega y en espera de ser quemado el 75% de los ejemplares impresos de la presente obra: no está escrita para ser bebida por todos, ni siquiera por una cantidad razonable, sino sólo por ese nicho de la población que vive entre el límite de la sensibilidad extrema y la realidad del mundo que les rodea–. Es un viernes diecisiete de junio de dos mil once cuando Balbina, sentada frente al ventanal que da como postal la imagen panorámica de un Fifth Avenue sedado, toma su iPhone y marca +34 972 39 02 56. Son un tres cuatro nueve siete dos tres nueve cero dos cinco seis que por sí solos no significan nada, que inclusive son fáciles de marcar, como si una vez hecho no vaya a haber ninguna consecuencia que se tenga que considerar, que no son más que símbolos que significarán algo con base en el contexto en el que se apliquen; esos 0, 2, 2, 3, 3, 4, 5, 6, 7, 9, 9 pueden significar una serie de números sin secuencia aparente o de lo que está formada la clave que se debe de ingresar para, de un momento a otro, cambiar el rumbo de una vida. En este caso, aplica la última, por supuesto. No fue cosa fácil conseguir esta serie de números aleatoriamente combinados que, una vez que se ingresan en cualquier móvil logran conectar de una manera casi mística –y seguramente incomprensible para la mayoría de los usuarios– con el destinatario al que se desea hablar. No fue cosa fácil pero tampoco algo que robara más de cinco minutos de Balbina quien, si algo sabe hacer, es delegar responsabilidades. Ésta fue una de ellas. El encargado de solucionar esta situación tenía dos opciones: no dormir hasta solucionarla y recibir un Gracias por parte de Balbina o contactar a su headhunter y pedir que comience a agendarle entrevistas de trabajo. Claramente, optó por la primera. Sin entender por qué, en el momento en que marca estos números Balbina siente lo mismo que si lanzara su cuerpo hacia un abismo que no sabe si tiene final o no, si en algún momento se toca fondo o si se vive en una eterna caída. Eso, sin embargo, contrario a detenerla la lleva a marcar más rápido, con más fuerza, absolutamente convencida de que en este viernes diecisiete de junio de dos mil once a las 04:05 horas tiempo del este, 10:05 horas tiempo central europeo estaba decidido por una fuerza mayor a ella –y, tomando en consideración el nivel de ego con el cuenta, el que acepte que existe una fuerza mayor a ella y que, no conforme, domina sus actos, es una prueba de la seriedad de su creencia– que, sentada en su escritorio mientras observa la fila de tubos transparentes color naranja perfectamente etiquetados –Adderall XR 30 mg TAKE TWO CAPLETS EVERY MORNING; Xanax XR 10 mg TAKE ONE CAPLET EVERY MORNING; Prozac 20 mg TAKE ONE CAPLET EVERY MORNING–, no hubiera otra cosa en el mundo que pudiera hacer diferente a tomar su celular, marcar +34 972 39 02 56 y esperar a que suene el primer ring –en el cual se concentra tanto que logra perderse en él, siendo uno de los rings más largos de la historia desde 1876 que estos comenzaron a existir, aunque sólo durara dos segundos tiempo real–, el segundo ring –en el cual cierra sus ojos porque sabe que es más probable que se descuelgue el teléfono a la segunda llamada y no quiere perderse ni una sola nota de la voz que le contestará por estar contando los coches amarillos que pasan allá abajo–, el tercer ring –el cual ya comienza a desesperarla porque siente que ha perdido toda una vida en esta llamada que insiste en ignorarla–, el cuarto ring –y el que juega con su cabeza. ¿Qué no se suponía que esta llamada estaba destinada a ser contestada a las 04:05 AM del viernes diecisiete de junio de dos mil once? ¿En qué momento esto cambió de?– y es entonces cuando ese sonido que, al menos para la generación Millenial es prácticamente desconocido –el sonido de cuando se descuelga el auricular en un teléfono fijo, sin música de fondo que invada porque se está en un centro comercial, sin el bullicio de la gente que come en un restaurante, sin que el que conteste lo haga de manera agitada porque está corriendo en el gimnasio, sin el ruido del tráfico y la histeria de la ciudad porque se va en el coche–. No: en lugar de una serie de distracciones auditivas que roban una gran parte de la atención y modifican el tono de la voz de quien contesta, el silencio de un hogar y un Hola puro, limpio y claro es lo que se transmite por medio de ese mecanismo de comunicación que, de nuevo, por más que se utilice diariamente, varias veces al día, muy pocas personas logran entender cómo funciona. Ese Hola lo emite un voz que ha emitido sonidos durante cuarentaicinco años, una voz grave, producto de la naturaleza genética en sus cuerdas vocales, un consumo promedio diario de 1.5 cajetillas de Camel y una ingesta regular de whiskey. Es un Hola que no quiere ser Hola, sino un ¿Quién putas osa irrumpir en mi vida justo a esta hora, cuando mi café recién hecho está esperándome en la terraza, listo para entrar en mi cuerpo y anunciarle que el día ha comenzado y se llama Viernes diecisiete de junio de dos mil once? Balbina, siendo el ser de extrema sensibilidad sensorial que es, nota esto enseguida. No le molesta: ella habría pensado lo mismo. Es interesante cómo ese Hola llega casi intacto a los oídos de Balbina, después de haber viajado en milésimas de segundo las 3,766 millas que separan a Girona, España de New York, US. Ninguno de los dos se pone a pensar en esto. De hecho, nunca nadie piensa en eso. Es interesante. Un segundo Hola es anunciado y es que el primero, al ser el primero, tenía que ser total y completamente absorbido por Balbina, de tal forma que lograra poseerlo hasta hacerlo suyo, y eso toma un tiempo y una concentración que no se pueden dividir ni compartir. Al pronunciar ese segundo Hola, Nicolás observa la botella de Jack Daniel’s que dejó anoche sobre la mesa de madera que la hace de comedor. Voltea a ver el reloj que cuelga en la pared de la cocina y recuerda que son las 10:06 AM y que se juró no tomar alcohol sin al menos desayunar su café antes. Entonces se percata de su pensamiento y se da cuenta de lo ridículo que suena: Nada antes de la hora de comida, al menos. Por eso decide evitar ese panorama y cambiarlo por el del mar Mediterráneo que vive frente a su terraza. Se toca la cara producto de la desesperación que comienza a sentir al, aparte de ser interrumpido en su momento más pacífico del día, no recibir respuesta alguna. Siente su barba con alrededor de cuatro días de edad, siente el multicolor que hay en ella, una mezcla de negros con blancos y grises que han convivido juntos desde que tenía veintitrés años y el exceso de estrés consecuencia de un profundo ensimismamiento que comenzó a transformar el denso negro de su rizado y su barba en un sólido plateado oscuro. Con una desesperación que acaba de subir un nivel más, pasa su mano izquierda por su cabeza y recuerda lo mucho que disfruta jugar con sus rizos, los cuales en este momento están más fuera de control que lo normal. Siente frío. Voltea al piso y observa sus pies descalzos, los cuales se encuentran a una distancia de 195 centímetros de sus ojos, los cuales son incapaces de distinguir cada uno de los cinco dedos que hay en cada pie, ya que sus gafas no están posicionadas donde deberían, para así eliminar la brecha que existe entre su miopía y la vista 20/20. ¿Cuántos años han pasado? ¿Diez? La verdad es que no: sólo han transcurrido cuatro segundos pero, claramente, muchas cosas pueden pasar en 4 seg.; una vida cambia por completo en 4 segundos. Te amo, por ejemplo, se puede pronunciar y escuchar en .64 segundos. Tu padre ha muerto, en 1.21. Vengo a decirte que quiero el divorcio en 2.39. El examen de médula ósea, así como la biopsia nos reportan que, desgraciadamente, nuestras sospechas son ciertas y sufre de una leucemia avanzada, en 7.96, los cuales son casi el doble pero– bueno, se entiende el mensaje. Es un viernes diecisiete de junio de dos mil once y es, justamente, cuando comienza esta historia.


Hola.

Joder, ya era hora. ¿Quién es?

Necesito tu tiempo. Necesito que me escuches. Necesito que conozcas mi historia.

¿Perdone? ¿Quién es?

Si tuviera importancia, comenzaría con eso, pero no la tiene. Lo importante es que sepas lo que necesito de ti.

No tengo tiempo. No tengo paciencia. No tengo interés en conocer ninguna historia. ¿Cómo consiguió este número?

De nuevo, estás desviándote de lo importante. Las personas no pueden darse el lujo de desviarse de lo importante y, en este caso, lo importante es que me escuches.

Adiós.

No cuelgues. Estarías cometiendo un error. Tal vez hasta un homicidio –autor intelectual, claro queda, pero homicidio de igual manera.

No tengo tiempo para bromas.

Yo tampoco. Sé que tienes la capacidad de leer una voz. Lee ésta: no cuelgues. No lo hagas.

Tienes diez segundos para convencerme.

Treinta.

Veinte.

Antes que nada, no soy una más de tus groupies. De hecho, no soy tu groupie. No he leído ninguna de tus obras. No conozco tu estilo. Nunca he visto una foto tuya. Es importante que esto te quede claro. Ahora, ¿qué pasaría si cuelgas? En el momento en que lo hagas voy a sacar una hoja y redactar con mi puño y letra una carta en la que te hago responsable de lo que la NYPD estará presenciando –básicamente mi cuerpo convertido en cadáver–, donde mencionaré a detalle las causas de tu responsabilidad. Una vez que haya terminado de redactar esta carta –la cual dejaré sobre mi escritorio, para que todo 5th Avenue la pueda ver–, tomaré los tres frascos de antidepresivos, ansiolíticos y anfetaminas que reposan frente a mí, caminaré hacia la cocina, investigaré cómo se enciende una licuadora, abriré una botella de mi gin de costumbre –London No. 1. Si no lo has probado, deberías hacerlo. Sé de ginebras; sé lo que estoy diciendo–, la vaciaré en la jarra, abriré uno a uno los frascos naranjas para vaciar su contenido en esa misma jarra y la taparé. Investigaré a método de prueba y error cómo funciona una licuadora. Una vez que lo logre y todos los ingredientes hayan sido debidamente mezclados, llenaré la hielera, tomaré un vaso corto y llevaré a los tres a la cama, encenderé la televisión, pondré 8 ½ de Fellini cuando realmente preferiría ver Eyes Wide Shut o Les amours imaginaires para poco a poco enaltecer mi libido y llegar al orgasmo justo antes de morir o, en su defecto, morir teniendo un orgasmo –oh, la petite mort–. Pero no, por más que la deteste, pondré ya que esta cuenta con un fondo psicológico lo suficientemente complejo como para que se desarrollen teorías –a partir de que esta fue la última película que decidí ver– del por qué mi decisión de partir. Porque todo –hasta la muerte– tiene que ser en perfecto orden, con cada detalle previamente estudiado, sin errores, sin faltas, con pulcritud y belleza. Y, aunque cualquiera de esas teorías serán mentira, el hecho de que haya sido mi última película hace que todo tenga sentido. Y eso, mi querido Nicolás, es lo más importante. Beberé hasta la última gota de esa jarra y dormiré. Según mi cronómetro, han pasado 2:06.76 minutos a partir de que comencé a hablar, lo cual indica que eres un hombre noble e inteligente y has decidido quedarte.

Continúa.

Lo haré. Y gracias. Te busqué porque necesito que alguien conozca esta historia antes de que yo muera.

Si de todas maneras te vas a matar, ¿por qué me chantajeas con eso?

No. No es que me vaya a matar, es que me voy a morir. Lo sé. Pronto.

Vale, vale. Otra historia de un paciente con enfermedad terminal que–

Sí y no. Mi organismo, mi materia, mi cuerpo, eso que sólo sirve como medio para llegar a un fin, se encuentra en perfecta salud. Mi espíritu, mi ser, mi ethos, por otra parte–

Ya.

Pero, de todas formas, lo veo venir, ¿sabes? Lo siento. Voy a morir, física y espiritualmente voy a morir y esa es justa la razón por la cual es importante que me escuches: no me puedo morir sin que lo hagas.

¿Por qué yo?

¿Por qué tú? [suspiro] En primera, tienes que saber que, si decides no continuar escuchándome, una vez que muera no quedará nadie en el mundo que sepa de esta historia. Nadie. Morirá junto conmigo y eso no puede suceder porque, entonces, todo este dolor y sufrimiento habrá sido en vano. Mi paso –y el suyo– por esta vida, habrá sido un fracaso. Alguien, aunque sea una sola persona, tiene que aprender algo de esta historia–

¿Por qué no tú?

Porque yo nunca tuve nada qué aprender.

Qué arrogante.

No me entiendes, pero ya lo harás. El caso es que me parece injusto –más para el mundo que para mí– el que se le prive de una historia así–

Sigues siendo arrogante.

Sigues sin entenderme, pero ya lo harás. He leído cientos –miles– de libros, he visto películas toda mi vida, he escuchado toda clase de relatos, he conocido a todo tipo de gente, con vidas fascinantes. Nunca he sido romántica; la objetividad para mí es un valor de suma importancia. Y, aun así, te puedo decir que esta es una gran historia, una que vale la pena escuchar. Pero eso no es lo importante, que de grandes historias se forma la historia de la humanidad. De no ser así, la 20th Century Fox y Metro-Goldwyn-Mayer no tendrían material para convertir la fascinante realidad en ficción y ser rentables. Lo importante no es qué tan buena sea esta historia para convertirla en guión y ponerla en escena, no. Sólo hay dos motivos por los que necesito que escuches esta historia: el primero es que necesito que su recuerdo no desaparezca una vez que yo lo haga. Yo fui la única persona en su vida que fue capaz de ver quién realmente era. Nadie de entre las miles y miles de personas que le conocían tuvo la capacidad de ver ni siquiera la primera capa de su esencia, una esencia tan pura que es realmente una pena que no haya sido capaz de mostrarla al mundo. Seguro has escuchado esa frase que dice que hay que recordar el pasado para no cometer los mismos errores. Bueno, el segundo motivo está basado más o menos en eso: esta historia tiene que formar parte de la historia para que otros no la repitan. Al menos, no con ese final.

¿Y dónde se supone que entro yo?

Necesito que escribas esta historia.

Yo tengo mis propias historias; malas, regulares, como quieras, pero mías. No necesito que nadie venga a decirme qué escribir.

Lo sé, lo sé. Yo no te he leído, pero lo sé. Visité la casa de mis padres pocos días después de que decidí que serías tú. Encontré que Constanza, está leyendo tu última novela. Le pregunté que qué tal estaba. Me dijo que Nunca había leído una obra tan sensible, desgarradora y frívola a la vez. Constanza nunca dice eso de nada. De nadie. Es Constanza, por Dios. Yo sé que no necesitas que nadie toque tu puerta –o llame a tu teléfono, en su defecto– para alimentarte de esta inspiración con la que ya no cuentas. Nadie pretende ni piensa que este sea tu caso. Si eso es lo que pensara habría acudido a Vargas Llosa o a Philip Roth. Por otro lado, si lo que necesitara fuera que alguien simplemente tomara nota de esto y lo tecleara, tomaría una grabadora, narraría la historia y se la vendería a la Vanity Fair para que la publicara en varias ediciones. Pero eso no es lo que necesito. Mira, Nicolás: una vez que te termine de contar la historia, puedes hacer lo que quieras con ella. En verdad no me importa la consecuencia material que resulte de esto. Al final del día, estoy segura de que, de alguna manera, entre líneas y párrafos que aparentemente no tienen relación con esto, terminarás proyectándolo. No tienes que escribir una novela basada exclusivamente en esta historia, para nada. De hecho, te pediría que no lo hicieras. Si esta historia forma parte de la historia –de nuevo, de la manera en la que tu inconsciente creativo decida–, será más probable que la humanidad no la repita y, entonces, yo pueda morir en paz, sabiendo que el dolor que experimenté a través de mi paso por el mundo sirvió para algo, aunque ese servicio no fuera para mí.

[suspiro] Acordemos algo. Sólo te voy a dar una oportunidad. En el momento en que sienta que estoy pendiendo mi tiempo, colgaré el auricular y no podrás volver a llamarme bajo ninguna circunstancia.

Vale. Empiezo–

No, no. Yo guío la historia. Primero necesito saber con quién estoy lidiando. ¿Quién eres?

Menuda pregunta. Creo que es la primera vez que alguien me la hace.

Tu nombre. ¿Cuál es tu nombre?

Ese es un tema que justo quería tocar. Verás, otra cosa que te tengo que decir es que todos los datos referenciales, esos que te puedan ayudar a saber la identidad real serán alterados.

Y eso debido a–

A que se lo prometí. Por algo soy la única persona que sabe que esto sucedió. Sé que lo entiendes. Tú mejor que nadie sabes que los nombres que se les ponga a los personajes, las ciudades que se elijan como escenarios, los restaurantes, los hoteles, todo eso que se utiliza sólo para ubicar a la audiencia en un espacio y tiempo, son lo de menos. En este caso la forma sale sobrando; el fondo es lo que importa.

Tienes un punto.

Lo sé.

De todas formas, necesito conocerte. Saber quién eres. Cuál es tu vida. Necesito formar un perfil de la persona que estoy escuchando.

I have the most boring life, man. Si lo hago, vas a colgarme y tendrás una muy buena razón para hacerlo y no habrá nada que pueda hacer para evitarlo. No creo que sea justo. En mi vida no pasó nada antes y no pasa ni pasará nada después de esa historia.

Eso, así como la historia per se, es algo que yo decido. A ti te corresponde narrar; a mí, por fin, dar mis juicios de valor sobre la narración.

Fun Fact N°19: comenzó hoy justo hace tres años. Y juro que no planeé que así fuera. No es como que decidí contactarte por motivo del aniversario. Abrí el iPad, me metí a elpais.com y me di cuenta de que hoy es 17 de junio.

¿Dónde estás?

En mi departamento. O, bueno, la suite de hotel que la hace de mi departamento cuando estoy en esta ciudad.

¿Nueva York?

New York, sí.

¿Dónde estás cuando no estás en Nueva York?

D.F. y Madrid.

¿Y ahí también vives en hoteles?

No es que viva en hoteles. Más bien, mi departamento, en lugar de estar en un condominio, está en un hotel. Realmente la única diferencia es que no se tienen vecinos fijos, lo cual da perfectamente igual porque, aunque los tuviera, no me interesaría conocerlos.

¿Cuál es tu historia? Tu vida.

Ya te dije que no tengo historia ni nada que se pueda llamar vida. Mi vida está formada por una serie de eventos fortuitos de los que yo no fui cómplice, sólo un medio para que sucedieran. Excluyendo el tiempo entre el diecisiete de junio de dos mil ocho y hasta su final, no tengo noción de qué haya pasado con mi vida durante los veintitrés años que llevo poseyéndola, seguramente porque no pasó nada. Desde que tengo memoria, lo único que he esperado de ella es que llegue el día en que acabe.

Depresiva.

No. Crónica y letalmente aburrida. Existe una diferencia importante entre ambas. Si me hubieran dado a escoger entre una u otra, habría escogido sufrir de depresión. Al menos se sufriría de algo. Al menos se sentiría algo.

¿Y por qué no tomar la decisión de acabar personalmente con la espera? ¿Por qué no jalar el gatillo y ya?

Eso es justamente lo que preocupa: dudo que la muerte logre acabar con mi aburrimiento. Siento que moriré y, después de morir, seguiré aburrida. Si jalar el gatillo no va a cambiar el malsano tedio de mi vida, prefiero ahorrarles a Constanza y Rafael la pena de tener que organizar un evento en mi honor donde tendrán que decidir cuál es la ropa que mejor le va al hoyo que tengo en mi cabeza y que sólo va a causarles un desgaste emocional. Organizar eventos puede ser muy desgastante. Son demasiados factores que se deben tomar en cuenta: la lista de invitados, la decoración, el catering, los hors d’oeuvre, el vino, la música, toda la logística que esto conlleva, el clima– no me parece justo para ninguno de los dos.

¿Por qué esas ciudades?

Business.

¿Qué haces?

¿Aparte de maquillar mentiras, prometer un mundo mejor y asegurar que la vida será maravillosa si se usa cierto tipo de desodorante? Observo. El comportamiento humano– es fascinante todo lo que son capaces de hacer para engañarse, para sentirse mejor, para llenar vacíos de manera inmediata.

Publicidad.

Standing ovation: you’ve got it, champ.

¿Cómo terminaste ahí?

Como te digo que todo pasa en mi vida: por error o por casualidad.

Elabóralo.

Tengo que irme muy atrás.

Hazlo. Comienza por tu nacimiento. Dame una biografía de ti.

Sólo si prometes no colgar. No es mi culpa que mi vida sea igual de interesante que la cuenta de twitter del Papa.

No uso redes sociales.

Ni yo. ¿De acuerdo?

Vale.

Uhm– Veamos. Soy la única hija de Constanza y Rafael. Llegué a sus manos en octubre –siempre ha estado en cuestión el día exacto– de mil novecientos ochenta y siete en el Massachusetts General Hospital de Boston. Rafael hacía su master en Mental Health en la Harvard Medical School; Constanza su segunda maestría –ahora en Filosofía– en Boston University. Mis primeros recuerdos –los cuales se formaron desde el momento en que nací; recuerdo el enojo que sentí cuando el doctor me golpeó; recuerdo la impresión que me causó escuchar sonidos que provenían de mí, en un llanto que desde la primera vez que escuché mostraba un grado de desolación que me anticipaba lo que en poco tiempo comprobaría; recuerdo los labios de Constanza empapados por sus lágrimas puestos en mi frente; recuerdo el arrepentimiento que sentí de haber salido del vientre de mi madre –donde estaba protegida, acompañada y en donde nadie me podía molestar– para entrar a ese lugar; recuerdo la soledad tan inmediata que me invadió una vez que supe que nunca volvería a sentirme segura–. Mis primeros recuerdos de Rafael y Constanza son de ellos leyendo o escribiendo, cada uno en su despacho, cada uno con su propia luz, cada uno absorto en sus pensamientos. Recuerdo a Constanza amamantándome, brazo derecho cargándome, brazo izquierdo sosteniendo una copia de Dialogues Concerning Natural Religion de Hume o A Letter Concerning Toleration de Locke o Also sprach Zarathustra: Ein Buch für Alle und Keinen de Nietzsche. Recuerdo a Rafael encerrado por horas en su consultorio. Recuerdo gritos, ruido y violencia en esos encierros; tiempo después, entendería que eso era lo que sus pacientes –enfermos mentales terminales, por así decirlo–, hacían. Cuando cumplí tres años, nos fuimos a Madrid. Rafael es mexicano. Constanza tiene doble nacionalidad gracias a mis abuelos que huyeron a México durante la Guerra Civil Española. Como ninguno de los dos encontraba en México las condiciones necesarias para comenzar sus carreras como querían, se fueron a vivir a España desde la universidad, por lo que debería decir nos regresamos a Madrid. Poco tiempo después, Rafael inauguró su clínica y nunca más tuve que escuchar a ninguno de sus pacientes destrozando mi casa o insultando a mi padre. Constanza, por su parte, comenzó a escribir su primer ensayo–

¿Tu madre es escritora?

No. Constanza es una apasionada observadora del comportamiento del ser humano, obsesión la cual me heredó. La diferencia entre ella y yo es que ella la aplica en el mundo de la academia, el pensamiento, la filosofía, la teoría y yo, en algo mucho menos interesante y completamente superficial. No es que Constanza sea escritora como tal, pero por medio de sus ensayos es que logra transmitir sus ideas.

¿De qué trataba ese ensayo? ¿De qué va su obra completa?

Su mayor interés es comprender por qué los humanos hacen lo que hacen. Eso puede ser un tema sumamente amplio, por lo que se pudiera decir que está enfocada en el comportamiento del hombre en la sociedad, cuando está en masa, por qué tiene esa inherente necesidad de seguir una tendencia, en qué momento lo no mainstream termina siendo mainstream, la naturaleza de las minorías, et cétera. Ese ensayo era un estudio de los diferentes fenómenos sociales que han determinado una revolución en la sociedad y qué es lo que esos fenómenos deben de tener para que surja este efecto y no sean sólo un cambio por moda. Esa obra le hizo ganar el Premio Anagrama de Ensayo–

¿Eres hija de Constanza Hass?

Mi madre se llama Constanza Hass, sí. Si en Boston la vida ya era solitaria para alguien de tres años, en Madrid no me quedó de otra que sentirme acompañada haciendo lo que el resto de mi casa hacía cuando estaba en ella. Mi primer libro fue Oh, the Places You’ll Go! de Dr. Seuss en versión castellano. Lo recuerdo bien porque, cuando lo terminé de leer, me di cuenta de que había empapado las páginas de gotas que caían de mi cara y los dibujos y los colores y las palabras ya no eran como eran antes. Esa imagen me aterró. Entonces me prometí que nunca volvería a llorar porque, cuando lloras, le haces daño a los dibujos, los colores y las palabras. Yo no podía hacerles daño: eran mi única compañía; eran lo que más amaba en la vida. Como mi regalo de cinco años, Constanza desmanteló lo que un día se pretendió que sería el cuarto de juegos y lo convirtió en una biblioteca vacía para que la llenara como yo quisiera; acomodé mi libro número mil un diecisiete de agosto de mil novecientos noventa y seis. Fue muy bello. Casi rompo mi promesa al tener frente a mí todas esas hojas encuadernadas que ya había hecho mías y que nadie me podía quitar.

Te entiendo. ¿Qué libro era?

Camus. L’Étranger. Dos meses después, en mi cumpleaños número diez, me hicieron saber que nos iríamos a vivir a México y que tenía que dejarlos –a todos y cada uno de ellos– ahí porque era ridículo enviar mil cuarenta y tres libros de Madrid a D.F. Casi vuelvo a romper mi promesa una vez que escuché eso. Esa fue la última vez que casi la rompía. Entonces nos fuimos a México. Me inscribieron en el Regina, lo cual me llamaba mucho la atención siendo Rafael y Constanza personas tan cultas, nietzscheanas y divorciadas de la sociedad como para escogerme una primaria que rige su educación con base en los valores fundamentales del Evangelio y la cual, en su plan educativo, no hace mención de nada más que no sea el perdón, el pecado, la reconciliación, el pecado, el Infierno, el pecado, el Purgatorio, el pecado, el Cielo, el pecado, el pecado, el pecado, un Dios Padre hijo de puta, un Dios Hijo que se clavó en una cruz por mí sin que yo logre entender de qué demonios me sirve eso y un Dios Espíritu Santo que es una paloma que aparece y desaparece de escena cada que se le antoja. Por supuesto que yo no entendía nada; por supuesto que mis cursos eran terribles; por supuesto que mi mente hizo todo por salvarse y escapar de ahí; por supuesto que me enviaron con la psicóloga del colegio –quien, obviamente, era una monja– y determinaron que tenía un problema y tenía que ser tratado antes de que Lucifer entrara en mí. Según mi terapeuta, yo tuve que ir al psicólogo –por causas muy distintas a las que daba el Regina– desde que tenía cinco años, pero Constanza y Rafael estaban muy concentrados en sus carreras como para percatarse de eso. No fue hasta cinco años después, gracias a mi completa incompetencia para adaptarme en un entorno tan surreal como lo era el Regina, que terminé con un psicólogo que me redireccionó con un psiquiatra que determinó que sufría de una serie de iniciales que no me hacían sentido: ADHD, OCD, PTSD, HSAM y, prácticamente, todo el abecedario mezclado. A partir de entonces, una serie de químicos comercializados en cápsulas para el consumo de las masas forman parte de mi dieta balanceada.

¿Qué tomas?

Según mi prescripción, 60 mg de Adderall, 10 mg de Xanax y 20 mg de Prozac al día. Han formado parte de mi vida como los m&m’s lo han hecho en la vida de los americanos de cuello azul. Hay ocasiones en las que mi sistema parece no absorberlas y tengo que multiplicar la dosis. Esas ocasiones suceden a diario.

Prozac desde los diez años y no sufres de depresión.

El Prozac es para gente aburrida, no para gente deprimida. A partir de entonces, te decía, mi sistema nervioso funciona a base de químicos que producen dopamina y norepinefrina, inhibidores de recaptación de serotonina, y modifican los neurotransmisores de mi cerebro de tal forma que éste pueda ser funcional en su entorno inmediato. Un lunes me levanté y le dije a Constanza que ya no iría más al colegio. Le recordé mi intolerancia hacia el ruido –lo cual comprendió enseguida, ya que mi hiperacusia la heredé de ella. Por eso el silencio era tan presente en mi casa, por eso nadie hablaba nunca. Lo difícil es cuando tienes que enfrentar al mundo que vive allá afuera, donde todo es caos y bullicio y violencia auditiva. Es prácticamente imposible conseguir un espacio de silencio en el exterior y, el ser adicta a él cuando hay un déficit mundial de éste, vuelve todo más complicado para alguien que desde un inicio evita cualquier contacto con el mundo–. Le recordé mi dificultad para interactuar en grupo y estar en espacios abiertos, el extremo esfuerzo que me cuesta enfocar mi atención en algo distinto a mi discurso interno, mi incapacidad para mantener conversaciones coherentes en público y mi renuencia a reducir en un 70% mi IQ al seguir la educación que esas monjas me querían imponer, entre otras muchas cosas que eran razones suficientes para que ya no asistiera a ese colegio. Constanza aceptó mis razones y dijo que hablaría con Rafael para llegar a un acuerdo. En la comida se me dijo que ya no tendría que ir al Regina ni a ningún otro colegio y que tendría un tutor en casa. Sentí paz. Se lo agradecí. Lo consideré como mi regalo de cumpleaños número once. A partir de entonces, ya no tenía necesidad de salir de mi casa en lo absoluto. Limité mi contacto con el exterior únicamente para los viajes familiares, los cuales estaban programados tres veces al año: pascuas, verano y navidad. Para mi desgracia, ni Constanza ni Rafael estaban de acuerdo en dejarme sola en casa y tampoco estaban dispuestos a cancelar las vacaciones familiares por mí.

¿Tampoco te gusta viajar?

Uhm, viajar en la connotación de transportarse– veamos. En mi ficha técnica –aparte de las que te he comentado– una de las especificaciones más importantes es mi aerofobia–

Además, aerofóbica.

Además aerofóbica. Es una lucha constante. Es como el alcoholismo o la bulimia o la ludopatía. One day at a time, one day at a time.

Pero vives entre ciudades–

Mi tratamiento me ayuda a que no vuele en mis cinco sentidos; vuelo si y sólo si no funciona ninguno de mis sentidos. Una de cada seis personas sufrimos de esto. Es bastante común. Y bastante doloroso, también.

¿Lo has tratado?

Claro: mil millones de miligramos de Xanax. Así se trata. Cuando vuelo no existo. Mi mente no piensa. Mis sentidos no sienten. Mi cuerpo inhala y exhala aire, no oxígeno. Soy un motor movido por la energía cinética.

¿A qué se adjudica?

Mi terapeuta dice que es la fobia a la pérdida de control. Yo no lo creo.

¿Qué sientes? ¿Qué piensas? ¿Qué pasa por tu cabeza cuando te da un ataque?

¿Ahora? Nada; Xanax piensa por mí. ¿Antes? No sé cómo explicarlo. Sólo sé que cada segundo que pasaba era uno en el que sentía cómo las manos invisibles de un serial killer tomaban mi cuello cada vez más fuerte hasta privarlo de cualquier flujo de aire. Me asfixiaba. Me moría. Y no podía hacer nada más que jalar la manga de la azafata para que se diera cuenta de que me estaba asfixiando y de que me iba a morir dentro de dos minutos. Y así pasaba las doscientas noventa horas que duraba el vuelo. Al aterrizar, ya me estaba asfixiando de nuevo porque lo único en lo que podía pensar era en el regreso y por todo lo que tendría que volver a pasar. Por eso no recuerdo ningún viaje con Constanza y Rafael. Sólo recuerdo quedarme sin oxígeno mientras volamos en medio del Atlántico. Y una pesadilla recurrente. Tenía cinco años y una azafata venía por mí y me llevaba a la cabina del piloto donde no había ningún piloto que se encargara del volante; el piloto se estaba cogiendo a otra azafata en el asiento del copiloto. Es decir, tampoco había copiloto. Volteaba al vidrio, volteaba al piloto cogiéndose a la azafata, volteaba a los controles, volteaba al vidrio y a la montaña a la que nos estrellaríamos en cualquier momento, volteaba a la cara de la azafata llegando al orgasmo, volteaba a los controles gritando en rojo que esos eran los últimos instantes de mi vida, volteaba a la montaña que estaba a dos metros de mí, volteaba a la azafata y al piloto gritando, gimiendo, restregando en mi cara que no les importaba que me muriera chocando contra una montaña, no les importaba porque ellos ya estaban muriendo ahí mismo, en ese preciso y frenético orgasmo. Y en eso– boom: me levantaba cuando el avión estaba a medio segundo de chocar y la azafata gritaba su más fuerte y auténtico gemido. Pero, bueno. Te decía que todo fue muy bello hasta que cumplí quince años y llegó la hora de que entrara a la universidad.

A los quince.

Cuando tu sistema es homeschooling las cosas cambian, Nicolás.

Ya, ya.

[suspiro] Así como lo hicieron con su educación, Constanza y Rafael acordaron que ninguna universidad en México tendría el nivel intelectual al que con tanta naturalidad su silencio me había acostumbrado. Decidí estudiar sociología–

Menuda broma.

–en la Sorbonne. De entre todas las opciones, fue la mejor que pude tomar; el ruido era en cierto grado tolerable y la interacción no era el punto focal del plan de estudios. Se respetaba al individuo, así como a su privacidad. Pasaron cuatro años. Estuve a punto de no graduarme gracias a que a la mitad de la disertación de mi tesis tuve que salirme del auditorio porque uno de los sinodales –Siegfried Sanders, el más importante de todos, por supuesto– sufría de un tic y, entre cada cinco y diez segundos, hacía un ruido con su boca que, aparte de desconcentrarme por completo, me estaba causando un dolor físico tan fuerte que, si no me iba de ahí, habría terminado en el hospital cerca de sufrir un coma. Después de un juicio en el que tuvo que participar Constanza vía videoconference y en el que se aclaró qué fue lo que me orilló a hacer lo que hice, me dieron una nueva fecha. Los sinodales eran los mismos; usé tapaoídos durante toda la presentación. Como leer los labios nunca ha formado parte de mis cualidades, realmente nunca supe la crítica o comentarios que le hicieron al trabajo pero, semanas después, ese mismo sinodal me hizo llamar a su despacho para informarme que había hecho lo que me comentó –¿?– y, tanto McKinsey & Co. como The Boston Consulting Group habían hecho una oferta para tener el uso exclusivo del método que propuse en mi tesis como el nuevo método internacional para la consultoría de empresas digitales con base en el comportamiento de clusters formados por características determinadas por un análisis sociológico. El análisis sociológico era, básicamente, lo que determinaba las variables correctas a medir y cambiaba dependiendo del lugar de estudio. Le dije que aceptara la oferta que mejor creyera conveniente, no monetariamente, sino para el uso práctico idóneo. Es ridículo lo fácil que es producir dinero cuando puedes observar lo que todos solamente ven. Me gradué en dos mil seis, con diecinueve años. Diecinueve años, Nicolás: me bastaron dos mil cuarenta y seis palabras para contarte diecinueve años de mi vida. El 82.6% de mi vida se resume a 2,046 palabras. ¿Ves por qué te decía que no había nada qué contar?

Continúa.

Regresé a casa de–

No, espera. Dos mil cuarenta y seis palabras, dijiste.

Así es. Dos mil ochenta y dos, ahora.

¿Cuentas las palabras mientras las vas diciendo? ¿Como para qué hacer eso?

No lo hago. Te dije que entre el alfabeto que me diagnosticaron a mis diez años estaba el HSAM.

Y eso es–

Hipertimesia. HSAM: Highly Superior Autobiographical Memory. Recuerdo todo –absolutamente todo– aquello que haya pasado por mis ojos, oídos, olfato, pensamiento. No puedo borrar –aunque me encantaría poder hacerlo– ni un solo instante de mi memoria. Todo lo que he vivido, leído, escuchado, todo está registrado en mi memoria con una precisión y exactitud casi, casi sarcástica.

Qué condición tan terrible.

Así es, Nicolás, más cuando lo único que deseas es olvidar.

Eres una colección de filias, fobias, condiciones, enfermedades–

Estoy consciente de mi fragilidad, Nicolás: he vivido con ella desde que nací. [suspiro] Total– obtuve el summa cum laude de la generación, por lo que me responsabilizaron de dar el discurso en la ceremonia, ceremonia la cual pensaba evitar– hasta entonces. Yo, frente a un auditorio poblado por seis mil seiscientos millones de desconocidos, dando un speech que yo no escribí y que trata de temas tan ajenos y extraños a nuestra realidad como son la esperanza en nuestra generación –sí: lo mismo pensé yo–, el futuro y un mundo mejor: tapaoídos, dosis doble de Adderall, dosis doble de Xanax, dosis doble de Prozac, dosis doble de todo químico con el que mi pastillero cargara. Funcionó. Sobreviví. Acabó. No– pensé que había acabado. Cuando creí que lo había logrado y caminaba hacia la salida para dirigirme a mi departamento, tomar mis maletas y regresar a México, Siegfried Sanders –el cual ya se estaba convirtiendo en un dolor crónico– se cruzó frente a mí para felicitarme –eso lo deduje por sus gestos y su abrazo, el cual me descolocó bastante– y decirme que fill in the blank. fill in the blank. fill in the blank. fill in the blank. Para mi suerte, todavía tenía puestos los tapaoídos. Definitivamente es más complejo deshacerse de las personas cuando no sabes qué te están diciendo, por lo que no sé en qué momento pasé de estar en la puerta de salida, a la barra donde servían los cócteles, con un Hugo Boss gris llamado Richard Bacon Vicepresident of Nielsen 85 Broad Street New York, NY 10004 Phone: 800-864-1224, un Ermenegildo Zegna que no traía tarjeta de presentación y Sanders. Broad Street pide un whiskey, Zegna un dry martini, Sanders un cognac y yo un gin & tonic. Los traen. Mi gin & tonic resulta una de las experiencias más traumáticas que había vivido en el día –y ya habían sucedido bastantes–. Deduzco que el responsable confundió vodka por gin o que lo hizo con Beefeater o Tanqueray o Bombay. Me disculpo. Me dirijo al bartender. Pido un gin & tonic de London No.1 con un twist de limón servido en un old fashioned, s’il vous plait. Me responde algo. No lo escucho y no me queda de otra que enfrentar el mundo real con toda su histeria y todos sus sonidos y toda su violencia. También es mi favorito, dice un Brioni azul con estampado escocés absolutamente exquisito. Una verdadera lástima que pocos bares lo manejen. Un London No.1 con un twist de limón servido en un old fashioned en el sofá de mi departamento con mis pijamas leyendo Raise High the Roof Beam, Carpenters and Seymour: An Introductiones lo único que pido, pensé en el instante en que lo escuché dirigiéndose directa y exclusivamente hacia mí. Le calculé 32 años, 79 kilos, 1.85 metros, mexicano, 45 minutos de cardio a una velocidad de entre 6 y 8 mph. y otros 45 min. de pesas de lunes a viernes a las 6.30 AM, licenciado en Economía en la IBERO, MBA en la London Business School, un departamento en Polanco, uno en Miami, tal vez uno en New York, tres pst de Spicebomb de Viktor & Rolf por la mañana, tres por la tarde y tres por la noche, uno a la derecha del cuello, otro a la izquierda y un último en la muñeca, soltero y sin hijos. Plutarco Quiroga ¿Perdona? Plutarco Quiroga, encantado. ¿Quién es Plutarco Quiroga? Yo. ¿Qué te pido? ¿Perdona? De tomar: ¿qué te pido? London No. 1. No tienen Hendrick’s & tonic. Old fashioned. Twist de limón. Esta ocasión resultó solo tolerablemente malo. Regresa con mi gin y un llano Quiero que trabajes conmigo, ¿Perdona?, Quiero trabajar contigo. Quiero invertir en ti. ¿Y por qué yo necesitaría de tu inversión? Nunca dije que me necesitaras. Sé que no me necesitas. Más bien, yo soy quien te necesita. Me es imposible desarrollar todos los proyectos que tengo en mente; si lo hiciera, todo se me saldría de control. Te necesito. No me conoces. No me subestimes. Mira, esto es lo que va a pasar: en aproximadamente dos minutos querré ir al baño. Yo iré y tú, una misántropa que prefiere un millón de veces la compañía de su BlackBerry-iPhone –de su iPhone antes que entablar una conversación con alguien, buscarás en Google quién es Plutarco Quiroga. Entonces regresaré y tú tendrás una respuesta para mi oferta, No he escuchado ninguna oferta, Todo lo que necesites, básicamente. Piénsalo –o googléalo–. Ahora vuelvo. Por supuesto que no lo googleé. Tengo twitter. Tengo iPad. Sé lo que pasa en el mundo todo el tiempo a toda hora: sabía quién era Plutarco Quiroga. Empresario del año por la Expansión. Forbes 400. El que a sus veintiocho años tomó la empresa familiar valuada en 3.5 mil millones de dólares de capital privado, lo llevó a Wall Street y lo triplicó en tan sólo cuatro horas. El favorito para obtener la concesión del nuevo canal de televisión abierta del país. El primer latinoamericano que apostó en la investigación y desarrollo de energía verde. El que invirtió 100 millones de pesos para desarrollar un programa educativo a largo plazo para niños de escasos recursos que cuentan con un IQ privilegiado. El que está construyendo el Museo Mexicano de Arte Contemporáneo para la proyección de los nuevos talentos. El golden boy de los negocios en México. Me quedé tomando mi Hendrick’s, observando mi reflejo en el espejo de la barra. Me sentía incómoda. Me sentía extraña. Me sentía totalmente alienada a mi entorno. Necesitaba irme de ahí. Necesitaba escapar de ahí urgentemente. Parar un taxi. Ir a mi departamento. Tomar mis maletas. Tomar mis pastillas. Sedarme. Inhalar y exhalar a ritmo constante durante las diez horas con diez minutos de regreso a México. Llegar a mi casa. Entrar a mi cuarto. Meterme en mi cama. Dejar de existir. Parecía tan lejano, tan inalcanzable. Ese proceso requería muchas horas y yo no contaba con ellas. Yo necesitaba estar en la cama de mi cuarto en ese momento. No en treintiséis, no en veinte: en ese momento. El bartender me da un segundo gin. Lo tomo. Me voy. Realizo el proceso de inicio a fin. Me encuentro en mi cama, en mi cuarto, en mi casa [suspiro]. Siento paz. No hay nadie. Twitter me dice que no hay nadie porque Constanza acaba de ganar el Premio Nacional de Ensayo de España.

Lo recuerdo. Estuve en la fiesta que le hizo el Ministerio de Cultura. Qué mujer tan bella es tu madre. Qué personalidad, Dios mío. Qué cosa.

Constanza, siempre tan– Constanza. Me pregunto cómo le hace para ser tan– brillante, tan perfecta, tan correcta en todo lo que dice y hace y piensa. Pienso en lo mucho que le debe de estar costando escuchar todo ese ruido, toda esa histeria, toda esa violencia hacia su persona en forma de preguntas y entrevistas y flashes de cámaras que tratan de captar un momento de su vida, robar una parte de su esencia, quitarle un fragmento de su persona. Lo siento mucho por ella. Lo siento mucho de verdad. Dejo mi iPhone y todo ese universo que vive y sucede ahí dentro. Toda esa información procesada por miles y miles de personas que buscan ser escuchadas. Todos esos nombres que viven tantas cosas tan importantes para ellos que deben ser comunicadas. Todas esas noticias, con todas esas ideas. Todos esos juicios y posiciones. Todos esos datos y pronósticos. Todo el mundo paralelo que funciona y existe en el mío una vez que yo decido pulsar el ícono de twitter o safari o wsj.com. [suspiro] Sólo de pensarlo me canso. Pienso en si he dormido algo durante las cuarenta horas que han transcurrido desde que no pude dormir pensando en que tenía que hablar frente a seis mil seiscientas millones de personas. Cierro los ojos. La violencia provocada por un ruido histérico producto de la vibración del iPhone sobre la superficie sólida del mueble al lado de mi cama interrumpe mi intento. Una combinación de números que nunca antes había visto aparecen en la pantalla. Me parece inusual; únicamente Constanza y Rafael cuentan con este número y, cuando lo marcan, lo hacen desde sus teléfonos. Me pregunto si están bien y por qué no me están marcando desde alguno de sus teléfonos. Considero la opción de que lo estén haciendo desde el hotel porque se quedaron sin batería. Pero ellos no sufren de lo que yo sufro y necesitan tener batería para saber cuál es mi número y marcarlo. La violencia para. Cierro los ojos. Me es imposible dejar de procesar una línea de pensamiento que dé una respuesta lógica a esto. La violencia se vuelve a hacer presente. Contesto. Hola. Soy Plutarco. ¿Cómo– No: no lo hagas. No me ofendas. No me preguntes cómo tengo tu teléfono. ¿Quién te crees para invadir mi espacio de esta manera? ¿Quién me crees? ¿Qué quieres? ¿Qué demonios quieres de mí? Tu mente. Sólo tu mente. Nada más. ¿Nada más? ¿Nada más? ¿Te parece poco? Al contrario: me parece demasiado, por eso la quiero. [risa histérica/sarcástica] Eres un imbécil. Nunca. Nun·ca: mi mente es lo único que tengo. Nunca se la daría a nadie, mucho menos a un hijo de puta como tú. Hijo de puta, ¿eh? Mira, lo siento. En verdad te ofrezco una disculpa por la manera en la que te he abordado. Sé que no ha sido la mejor, al menos contigo. Con cualquiera que cuente con cierta educación. Lo siento. Sólo te pido una oportunidad. Una. Voy a verte a México. Nos reunimos. Te explico de qué va mi propuesta. Lo piensas. Decides. Es todo. Oye, soy un buen tipo. Quiero hacer cosas buenas. Creo en un mundo mejor. Soy considerado uno de los inversores más brillantes de esta generación y quiero invertir en ti. Sé lo que estoy haciendo. Dame un poco de crédito, por favor. Tú tampoco has sido la persona más educada. La gente se despide antes de abandonar una conversación, ¿sabes? Yo tampoco estoy acostumbrado a que me ofendan de esa manera. Mucho menos una niña de diecinueve años. ¿Ahora la tolerancia al respecto depende de la edad? Sabes que no me refería– ya. ¿Mañana? Desayuno. ¿10 am? Única y última oportunidad, lo prometo. Única y última. Un coche estará esperándote afuera de tu casa. Hasta entonces. Y gracias. Llega mañana, llega el chofer y llego al corporativo donde estaba el despacho de Plutarco. Llego mal. Una demandante migraña se permea desde la parte frontal de mi cabeza hasta llegar al cerebelo. Tomo dos pastillas de Midrin. Recuerdo que el neurólogo me dijo que, para que funcionaran, había cosas básicas que tenía que hacer –comer, dormir, correr–. Hago memoria y concluyo que no había logrado dormir desde la última vez que me desperté en París; no había comido desde– París. Pero sí había corrido mis 90 min a 10 mph con una inclinación de 15 en el gimnasio de la casa; al menos un 33.3% de la mezcla de paracetamol, dicloralfenazona e isometheptene tenía que funcionar. Aparentemente eso no estaba sucediendo. El sólo hecho de observar tanta gente entrando y saliendo, cargando su Starbuck’s y su maletín, caminando sin pensar, mecánicamente, automáticamente, pasando su tarjeta por un censor que les permitirá el acceso a ese espacio mecánico y automático en el que estarán sentados desde ese momento y hasta las próximas ocho horas, potencializó mi dolor. Me obligo a concentrarme en algo distinto, algo que distrajera mi mente de esa serie de Massimos Dutti y Zaras mal confeccionados. Volteo a mi izquierda, donde está el vitral que separa el mundo de adentro del mundo de afuera: en el último, un niño de cuatro años y cero calorías de reserva vendiendo Lástima por $5 –si lo que se quiere adquirir es una tregua con la consciencia por los próximos diez minutos– o $10 –si se desea comprar paz mental durante media hora–. Esto no ayuda a mi migraña, pienso. Ajusto mi vista 50 m detrás de esa imagen para observar la fila de coches paralizados en el tráfico, creando una épica sinfonía de agresión auditiva digna de un estudio sobre la antropología en América Latina para cualquier universidad en Oslo o Estocolmo. Pasan aproximadamente cinco minutos en los cuales la movilidad de los coches es menor a un metro. Se atraviesa a mitad de mi panorama un tipo de treinta y cinco años y ¾ de litro de resistol de desayuno golpeando con un bastón los coches que se encuentran a su paso porque el mercado laboral le dio como oficio ser ciego ya que el puesto de malabarista, limpiador de parabrisas, tragafuegos o simple limosnero sin cualidades ya fueron ocupados. Aparte de su bastón, como herramienta de trabajo necesita a un segundo que lo guíe por la calle para cumplir con su trabajo de manera exitosa sin ser atropellado –evento el cual es imposible ya que sus reflejos y necesidad de supervivencia son mucho más poderosos e incontrolables frente a la posibilidad de peligro que su vocación de ciego–. Independientemente de que si por algún evento fortuito o simple mala genética, el individuo que carga el bastón realmente haya sido privado de su vista, ¿qué no es más coherente dejarlo en casa y que su guía trabaje en un empleo menos agotador? El nivel de trabajo físico como guía de ciego que pide limosna es similar al de una sweatshop china: estar bajo el sol, de pie, caminando todo el día sin ninguna certeza de si su puesta en escena va a ser comprada o no por la audiencia, ya que es un happening muy poco atractivo como para que todavía se pague por presenciarlo en primera fila. Esto tampoco ayuda a mi migraña, pienso. Volteo hacia arriba esperando que tal vez en el techo pueda encontrar algo que haga sentido y controle la ansiedad que esta situación está provocándome. Lo observo. Pienso: hay cuarenta y nueve lámparas incandescentes de –según el tipo de luz que dan, la forma de estos y el número que hay– 100 W, lo cual es absurdo porque es un voltaje que se usa para iluminación residencial, uno por mucho inferior para un espacio como este y de uso comercial. Estas lámparas proporcionan la misma iluminación que las lámparas fluorescentes compactas de 20 W. Anualmente, teniéndolas encendidas 24 horas, proporcionando el mismo nivel de iluminación, el consumo de estos sería:

100W X 24hr/día X 49 lámparas X 365 días: 42,924,000 Wh

vs.

20W X 24hr/día X 49 lámparas X 365 días: 8,584,800 Wh

Partiendo del supuesto que el kWh para negocios en el área metropolitana de D.F. a 2006 según el tarifario de CFE –excluyendo cargo fijo e impuestos– es de un +/– .7500, se llega a:

Gasto de energía por lámparas incandescentes: 42,924,000 Wh X .75 $/kWh: $32,193,000.00

vs

Gasto de energía por lámparas fluorescentes compactas: 8,584,800 Wh X .75 $/kWh: $6,438,600.00

Es decir que, pudiendo gastar un 20% anual en el recibo de luz –tan sólo de la recepción del corporativo– deciden pagar cinco veces eso. Tomando en cuanto que estamos en Santa Fe, se puede asumir que este edificio fue construido pocos años después de que comenzó el boom inmobiliario –ya que no se encuentra en la zona de boom inicial y tampoco en la de explotación actual–. Por lo tanto y, tomando en cuenta el estilo minimalista del diseño –en ese entonces vanguardista–, esta construcción debe de tener +/– 15 años. Si se hace un precio promedio del kWh durante estos quince años sobre 0.4:

42,924,000 Wh X 0.4 $/kWh X 15 años: 257,544,000.00

vs

8,584,800 Wh X 0.4 $/kWh X 15 años: 51,508,800.00

se concluye que en estos quince años se hubieran podido ahorrar $206,035,200.00. Esto sin tomar en consideración la disfuncionalidad arquitectónica al, en pleno siglo veintiuno –o cerca de él en el momento de su construcción–, hacer un edificio que no cuenta con un solo tragaluz. De haber hecho lo contrario –aparte de usar un número menor de lámparas–, se habría disminuido el uso de estas de 24 horas a un máximo de 12 por día. Es tanta la ansiedad que esto me provoca que evito hacer el cálculo de cuál sería el gasto real vs el gasto ideal por temor a la reacción que esto causaría en mi sistema nervioso. Esto mientras finlandeses controlan sus respiraciones por minuto con tal de disminuir sus huellas de carbono. Bajo mi mirada. Dejo de observar, sólo veo sin orden ni sentido de lo que me rodea. ¿Qué es esto? ¿Qué demonios pasa? ¿En qué mundo estoy? ¿Dónde está el sentido común? ¿Dónde está la lógica en las acciones? ¿Dónde está el más mínimo grado de coherencia? ¿Dónde putas estoy? [suspiro] Mi respiración comienza a ser arrítmica; mi garganta a cerrarse; me percato de que ensucié mi camisa blanca con sangre que sale de mis dedos; mis latidos son acelerados, cada vez más; me duele el pecho. Volteo hacia mi derecha: las puertas de entrada –y salida–, invitándome a usarlas de nuevo para llamar al coche que me recogió y huir de ahí. Lo pienso. Comienzo a caminar. Estoy a punto de–, En verdad te ofrezco una disculpa enorme por la tardanza. Estaba en una junta que parecía eterna y me era imposible salirme de ella. En verdad, lo siento. Bienvenida. Nos guiaron. Tomamos el elevador hasta el último lugar posible–

¿No sufres de claustrofobia o vértigo?

No. Nunca. ¿Por?

Milagro.

Qué pesado, Nicolás.

Lo preguntaba en serio.

Vale, vale. El caso es que entramos a su despacho. Llega el mesero. Nos sirve jugo de naranja, un tazón con fresas, melón, piña, sandía, papaya, kiwi, todaslasfrutasdelmundo, todas tocándose unas con otras, mezclando sus esencias y sus sabores de una forma tan vulgar nunca antes vista por mí, un plato de queso cottage con miel vertida encima de él –¿?–, un pan tostado y, como si esta extraña mezcla de elementos no fuera suficiente, un par de english muffins con jamón, tocino, una capa de clara de huevo con la yema todavía escurriendo y salsa holandesa cubriendo todo ese caos.

Nunca habías comido unos huevos benedictinos.

No como huevo. No como jamón. No como tocino –people eating bacon really –I mean really– blows my mind. Puff. Así. Es uno de los ingredientes más excéntricos en el mundo culinario. ¿No te parece fascinante como para su análisis? Comer grasa pura de un animal tan– no, Nicolás: nunca en mi vida había estado sentada frente a unos huevos benedictinos.

Se respeta.

El caso es que mi confusión continúa al no entender por qué se me estaba sirviendo algo que yo no pedí. Deduzco que mi cara evidencia mi confusión, ya que Plutarco pide de inmediato que se me retire todo. Lo siento. ¿Qué te gustaría desayunar? Un espresso doble, un vaso de leche de almendra y un cenicero. Disculpa, está prohibido fumar aquí– Y unos fósforos, por favor. Pero siempre se pueden hacer excepciones, claro. Pues bien, seré breve. Gracias. Nos acaban de otorgar el permiso para tener el nuevo canal de televisión abierta del país. Felicidades. Gracias. Quiero que seas quien desarrolle el plan estratégico para el lanzamiento al mercado. Soy socióloga. Precisamente por eso. Los que lo han hecho hasta ahora son gente de mercadotecnia, comunicólogos, financieros, economistas, you-name-it, y mira los resultados. Leí todos los ensayos, proyectos, propuestas, investigaciones que presentaste a lo largo de tus cuatro años en la Sorbonne. Estuve presente cuando disertaste sobre tu tesis –al fondo, esquina superior derecha, donde la iluminación no llegaba–. Conozco, básicamente, toda tu obra. Eres la mente que necesito para este proyecto. Sé cómo ves a México. Sé lo que piensas de este país: la falta de cultura, la falta de desarrollo, la escasez intelectual, la pobreza de conocimiento que lo tiene paralizado. Sé que detestas la manera en que la sociedad –esta sociedad– ha sido educada. Lo sé porque lo entiendo. Te entiendo. ¿Tienes noción de la herramienta de cambio que esta oportunidad significa? ¿Tienes idea de los mensajes que se pueden transmitir a partir de ella? No peleé por esa concesión porque el siguiente paso lógico en mi carrera fuera tener mi monopolio de comunicación ni porque sea una estrategia de crecimiento para el resto de las empresas que maneja el holding. Será una consecuencia, sí, definitivamente, pero eso no es mi principal objetivo. Tú sabes el poder que tienen los medios para educar –o joder– a un país. Conoces la calidad de los medios de comunicación que hasta ahora existen en México y sabes que son, en gran parte, los responsables de que la ignorancia sea el valor más sobresaliente en la población. Este no va a ser un canal de televisión que lo único que busca es vender paquetes de publicidad, manejar la información según a intereses políticos y transmitir contenidos vulgares sólo porque es lo que funciona con la masa. Una vez que unamos los otros medios con los que contamos con esta última pieza, será una belleza el poder de comunicación que tendremos. No pienso ofender a mi país arruinando esta oportunidad. Me rehúso a continuar dándole basura a la gente. Me rehúso a seguir ofendiendo su inteligencia como se ha hecho hasta ahora por el resto de los que, si quisieran, pudieran evitarlo. Estoy perfectamente consciente de cómo sueno, como un idealista de izquierda enemigo del capitalismo y de los monopolios actuales. No lo soy. Por supuesto que amo el capitalismo y sería un hipócrita si dijera que odio los monopolios, si bien sabemos que yo mismo formo parte de ellos. Pero que una empresa sea rentable no tiene que ser a costa de los valores, la educación y la calidad de vida de sus consumidores. De su país. Ningún otro proyecto me provoca tanta ilusión como éste. Ninguno. Tengo la certeza de que, como en todo producto bien hecho, el resultado será positivo para los inversionistas, por eso lo que menos me importa es complacerlos con la idea ni explicarles cuál es el insight de ésta; a ellos lo único que les tengo que dar son utilidades de doble dígito y superiores a las del trimestre pasado. Si quiero romperle la madre a Televisa y TV Azteca, no es porque me llamen la atención sus ingresos sino porque es una mamada lo que están haciendo con el país. En verdad lo es y me enoja y me ofende y me obliga a usar el poder que tengo para detenerlos. Lo decía enserio; sus ojos rojos y las 3.5 lágrimas que salieron de ellos me comprobaban que lo que me decía era verdad y, para desgracia del mundo, le quedan muy pocas personas que digan la verdad. Mira: te propongo algo. Este es el business plan que el equipo estratégico desarrolló. Sigue siendo con base en todos los GAAPs, revenue projections, RoC, ROE, net profits, EPS, ABC, 123, BLAH-BLAH-BLAH. Los números son bellísimos, pasan de rojo a negro en tan sólo tres meses, arrojan crecimiento constante de doble dígito –e inclusive triple– durante la proyección a los próximos diez años, sí, pero en ninguna parte se habla de la razón de ser de esto, de los valores corporativos, no existe un credo ni un manifiesto que guíe cada acción de cada persona que vaya a formar parte de este proyecto. Sólo alguien que ve y entiende a la sociedad como lo haces tú va a ser capaz de definir eso de la manera en la que lo busco. Si quieres tomar el mission statement y mutilarlo, adelante. Mucha información resultará irrelevante para tu propósito, pero creo que es importante que tengas una visión general de lo que hay hasta ahora. Tu parte, básicamente, es una hoja en blanco. Aquí lo tienes. Sin firmar ningún non-disclosure agreement. Sin firmar ningún non-disclosure agreement. Te dije que no me subestimaras. Cuando invierto en algo, lo hago conociendo cada una de sus características, pros and cons, su FODA, todo a detalle: sé que no necesito un NDA firmado por ti. Si lo hiciera, significaría que no me sirves para lo que quiero. Léelo, analízalo y ya me dirás tu decisión. I’m in, sir. Sin hojear el business plan. Plutarco: yo también sé dónde invierto mi tiempo. Bienvenida, entonces. Acordamos en que estudiaría el BP, le haría los cambios necesarios y se lo presentaría la próxima semana. Regresé a mi casa, a mi cuarto, a mi cama. Entonces dormí. Despierto veinte horas después. Tomo mi celular. Presiono call en el nombre de Plutarco. Hola. No voy a cambiar el business plan. No afecta a mi objetivo. La clave está en cómo se manufacture la idea, el concepto, el mensaje y se le presente al mercado de tal forma que la propuesta será tan atractiva para este que la adopción será inmediata. Piensa en la entrada del iPod al mercado. Piensa en Mac vs Windows. ¿Sabes por qué el iPod se convirtió de la noche a la mañana en eso que todos querían? La comodidad de llevar mil canciones en la palma de tu mano. ¿Tú recuerdas que antes de él tanta gente escuchara música, que todos corrieran con su walkman o su discman o lo que entonces se usara para escuchar música?

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