Prólogo
A lo largo del siglo XX la cultura mexicana fue inventando la anatomía de un ser nacional cuya identidad se esfumaba cada vez que se quería definir, pero cuya presencia imaginaria ejerció una gran influencia en la configuración del poder político. Esta antología ofrece a los lectores una muestra de los ensayos que han intentado aproximarse a ese ser nacional. Me parece que, como podrá comprobarse, los ensayos compendiados no solamente son una tentativa de entender el “alma mexicana”, sino que son— con las artes plásticas, la ficción literaria, los programas radiotelevisivos, el cine, la televisión y la música— partícipes del proceso de gestación del canon nacionalista y revolucionario de “lo mexicano”. Estoy convencido de que el siglo XX dio fe tanto del origen como del fin de esta curiosa modalidad cultural, aunque no cabe duda de que podemos encontrar un sinnúmero de precedentes y que veremos no pocas reminiscencias en los tiempos venideros.
Se ha dicho que los intelectuales de la primera mitad del siglo XX reflexionaban en los límites estrechos del aislamiento mexicano, dependientes de un pensamiento que debía pasar por París o por Madrid. Ése es nuestro infierno originario: el del atraso, el subdesarrollo y la dependencia. De allí que surgiesen fuerzas culturales que intentaron favorecer una acumulación intelectual propia, que sustituyese las importaciones, protegida por un mercado ideológico interno acotado por los gobiernos emanados de la Revolución mexicana. Por otro lado surgieron convicciones de que México albergaba, desde tiempos ancestrales, riquezas y recursos espirituales inagotables que era preciso rescatar, refinar, explotar e incluso exportar a las metrópolis para demostrar que treinta siglos de historia no habían pasado en vano. Todavía hoy encontramos rastros de estas corrientes economicistas y fundamentalistas, que al menos confluyen en un punto: en su profesión de fe esencialista. La tragedia del indigenismo de un Manuel Gamio radica precisamente en la contradicción que se esconde en el credo esencialista: la cultura india, alimento esencial, debía ser devorada y digerida por la modernidad. Si acaso hay una esencia cultural propia, única y específicamente mexicana, la relación de los intelectuales con esa mina es inevitablemente la del explotador de las riquezas naturales. Y la discusión tiende a centrarse en los procedimientos para extraer, procesar y distribuir la riqueza esencial, que puede ser considerada como un recurso natural renovable o no renovable. Estas ideas llegaron a adoptar, a finales del siglo XX, expresiones tecnocráticas; sirva de ejemplo sintomático la visión que quedó plasmada en los muy discutidos libros de texto de historia oficial que editó el gobierno salinista. Allí los mestizos fueron presentados una vez más como símbolos de esa sustancia primordial que constituye, supuestamente, la identidad nacional. Este mito nacionalista —racista y excluyente— ha ocultado la gran diversidad étnica de México. El libro oficial de historia de México al que me refiero (para cuarto año de primaria, publicado en 1992) termina con una exaltación nacionalista digna de la modernidad decimonónica: “La historia humana está llena de naciones desintegradas y de pueblos que no tuvieron la fortuna de volverse naciones”. Así, los niños pueden comprender que México eludió, gracias a no se sabe qué hados benévolos, caer en el basurero de los pueblos desdichados carentes de personalidad y riqueza histórica. ¿No es ésta una desastrosa invitación para que los niños mexicanos sigan extrayendo de las insondables minas de la identidad los recursos míticos que les permitirán tolerar la miseria con dignidad? Por eso me parece que la identidad es un inquietante campo minado, en el doble sentido de ser un lugar atravesado por galerías subterráneas o sembrado de artefactos explosivos.
El lector que sienta curiosidad de explorar con detalle mis interpretaciones del canon de la identidad del mexicano podrá acudir a mi libro La jaula de la melancolía (1987). Esta Antología, por su parte, brinda la oportunidad de pasear por ese campo minado, a la vez familiar y extraño, y comparar las imágenes que se van presentando: creo que el lector no tendrá dificultad en reconocer la presencia de rasgos comunes en los pasajes, la luz de una especie de aura compartida por autores que difieren enormemente en sus ideas, sus sentimientos y sus inclinaciones. He querido que los lectores guarden la impresión paradójica de un manojo extraordinariamente heterogéneo de textos que sin embargo participan de una misteriosa afinidad. El conjunto de afinidades electivas, para usar la expresión de Goethe, que une los fragmentos de esta antología refleja, en mi opinión, el misterio del sistema político mexicano que creció a la sombra de la Revolución de 1910 y que dominó el país hasta el año 2000. Me parece que la explicación de ese “misterio” político se encuentra en los ámbitos de la cultura, en una compleja trama de fenómenos simbólicos que permitieron la impresionante legitimidad y amplia estabilidad del sistema autoritario a lo largo de siete décadas. He definido esta trama como una estructura de mediación o un tejido de redes imaginarias, cuyas huellas más remotas se encuentran en el mundo agrario y campesino que nació después de la Revolución de 1910. El régimen nacionalista revolucionario tenía una sólida base en muy complejos mecanismos de mediación política. El gobierno de la “revolución institucionalizada” sustentaba su legitimidad en una extraña gestación populista de formas no capitalistas de organización: una sucesión de reformas y refuncionalizaciones estimulaba la expansión de “terceras fuerzas”, rurales y urbanas, que formaban la sólida base del régimen autoritario. En suma, surgió lo que alguna vez llamé un “poder despótico moderno” (Mario Vargas Llosa lo llamó “dictadura perfecta”), el cual no era un régimen fascista ni un poder represivo de excepción, sino un gobierno estable basado en una estructura mediadora no democrática capaz de proteger el proceso económico de las peligrosas sacudidas de una sociedad que albergaba todavía contradicciones de naturaleza no específicamente moderna. Esta estructura mediadora, en el campo de la cultura, cristalizó en la formación de la red de imágenes simbólicas que definieron la identidad nacional y el “carácter del mexicano”. En estas redes ya no sólo hallamos al campesino cada vez más ilusorio creado por el nacionalismo populista, sino diversos actores, en realidad toda una compañía de teatro que escenifica una guerra en gran parte imaginaria. Muchos actores ficticios del drama son los llamados “marginales”, una aglomeración simbólica que corresponde muy vaga y lejanamente a los grupos sociales reales que, más que marginados, viven materialmente aplastados bajo el peso de la miseria y la represión. El lector reconocerá a los marginales, en estas páginas, en la cohorte invocada de indios agachados, léperos enmascarados, mestizos relajientos, pelados interiorizados, lidercillos gesticulantes o machos sentimentales. La investigación de esta simbología, que publiqué en el libro La jaula de la melancolía, produjo un diagnóstico poco optimista para el régimen: las redes mediadoras, estrechamente ligadas a la identidad nacional, se hallaban dañadas y por lo tanto el sistema estaba condenado a perecer. Gozo de la engañosa pero agradable ilusión de que mi modesta aportación crítica se unió en el año 2000 al amplio coro que logró la caída del sistema autoritario.
Al integrar esta antología, he querido invitar a los lectores a reflexionar sobre un aspecto inquietante de la transición democrática: ¿puede funcionar legítimamente un sistema político sin acudir al canon tradicional del nacionalismo revolucionario? ¿Podemos abandonar impunemente los estereotipos de la identidad nacional? ¿Debemos desechar la anatomía del mexicano para darle santa sepultura? ¿Es posible prever la forma que adoptarán las mediaciones legitimadoras bajo las nuevas condiciones democráticas que se abrieron en el año 2000? Intentemos imaginar si un nuevo y democrático sistema político mexicano podría funcionar y permanecer sin que su legitimidad se derive de la invención de redes mediadoras que lo liguen con la sociedad de su entorno, salvo por el funcionamiento de sus propios mecanismos electorales, y cimentar su cohesión sin acudir a estructuras simbólicas y normativas externas. Se trataría de un sistema legitimado por sí mismo, autónomo y basado en la racionalidad y la formalidad de la administración y en su capacidad de generar las condiciones políticas del bienestar. Con estos supuestos, el sistema político ya no requeriría de mediaciones ni, por tanto, de fuentes extrasistémicas de legitimidad. Para continuar en el ámbito de la termodinámica de los sistemas abiertos, tendríamos una actividad gubernamental estructurada de tal modo que lograría no sólo dominar sino además reducir la complejidad del medio ambiente social circundante, en la medida en que aumentase la complejidad de la actuación política. Es decir: uniformidad caótica —entropía— en la sociedad y orden sistémico en el gobierno.
Éste es, sin duda, el sueño de muchos administradores y tecnócratas, los cuales desearían tener la libertad de gestión suficiente para intentar, sobre la base de la “calidad total” y la racionalidad, que la gestión política vuele con impulso propio sin necesidad de recurrir a estructuras ideológicas o mediaciones sociales. En este sueño, en caso de que se presentara un déficit de racionalidad y eficiencia, el propio sistema lograría curar las heridas con medidas de carácter administrativo.
Esta utopía sistémica nos permite determinar rápidamente varias cuestiones estratégicas. Para comenzar, la gestión gubernamental debe operar sobre la base de una nueva cultura que sustituya al antiguo nacionalismo revolucionario. Se ha hablado de una cultura gerencial, cuya estructura simbólica debería tener la capacidad de articular la identidad del sistema político. No cabe duda de que, a escala mundial, se han acumulado muchas experiencias que alimentan la cultura gubernamental, enriquecida además por la transferencia de hábitos y prácticas procedentes del mundo empresarial. Desde luego, no quiero detenerme en detalles técnicos, sino preguntar: ¿es suficiente una cultura gerencial para dotar de legitimidad a un sistema político democrático? No lo creo, ni siquiera en el dudoso caso de que una cultura semejante trajese el bienestar económico a las amplias capas de la población más desposeída. La economía, por sí misma, no produce legitimidad.
La hegemonía de una cultura gerencial presupone que el sistema político mexicano, desde las elecciones del año 2000 que pierde el PRI, ya no requeriría —como he señalado— de fuentes externas de legitimidad: la eficiencia misma de las estructuras de gobierno debería ser una base suficiente para garantizar su continuidad. Pero como todos sabemos, y como es obvio, las estructuras gubernamentales en México están muy lejos de esa eficiencia gerencial y están demasiado contaminadas por modalidades corruptas, paternalistas o corporativas de gestión como para funcionar sustentadas únicamente por una nueva cultura gerencial y mercadotécnica. Es curioso que la oposición de izquierda haya sido la primera en usar la imagen según la cual, un grupo de políticos, encabezado por Vicente Fox, había ganado las elecciones de 2000 gracias a sus habilidades mercadotécnicas y gerenciales en la publicidad política, con las cuales había logrado engañar a millones de electores. El nuevo gobierno estaría ahora intentando trasladar su destreza gerencial a la administración pública.
Ésta es una explicación simplista que no permite comprender que la derrota del autoritarismo está inscrita en un complejo proceso de transición democrática. Distingo dos ciclos de la transición: el ciclo corto y el ciclo largo. El corto se inició con la crisis política de 1988, se extendió hasta las grandes tensiones de 1994, y finalizó con las elecciones del año 2000. Durante este periodo se produjo la transición política a un sistema democrático. Pero las causas profundas de la transición, que implican una gran crisis cultural, se inscriben en un ciclo largo que se inició en 1968 y que todavía no termina. Este ciclo largo comprende la crisis de las mediaciones nacionalistas que encarnaron en la anatomía del mexicano, y el lento crecimiento de una nueva cultura política. Precisamente en este ciclo de largo alcance podemos encontrar las señales de las nuevas formas de legitimidad. En los cambios y ajustes que propició el propio sistema en crisis podemos reconocer algunos indicios. Por ejemplo, frente a la crisis del nacionalismo el gobierno priísta optó por impulsar el Tratado de Libre Comercio y la globalización, y después, frente a los problemas de credibilidad, impulsó una reforma política que instauró un mecanismo electoral autónomo y confiable. Con estas medidas el gobierno priísta precipitó su fin, aunque su objetivo fuera todo lo contrario: alargar su permanencia en el poder. La oposición de izquierda interpretó equivocadamente las circunstancias: creyó necesario reconstruir la anatomía nacional, volver al nacionalismo revolucionario original (cardenista e incluso zapatista) y desarrolló una actitud populista de desconfianza ante la democracia electoral. El sector modernizante del PR1 también se equivocó en su interpretación: creyó que los sectores tecnocráticos del gobierno, empapados de una nueva cultura eficientista y gerencial, habían logrado la legitimidad suficiente para triunfar en las elecciones de 2000. Se equivocaron, y su candidato perdió la contienda. Este desenlace es también una señal de advertencia a los nuevos gobernantes foxistas: sus capacidades empresariales, su talante tecnocrático y su inspiración gerencial —útiles sin duda en las tareas cotidianas de la administración— no serán suficientes para garantizar una nueva legitimidad. El nuevo régimen democrático necesitará arraigar en los mismos procesos de largo plazo que propiciaron la caída del sistema autoritario. Lo que no sabemos es si el gobierno de Vicente Fox podrá auspiciar este profundo proceso de cambio o se contentará con una gestión hábil y decorosa que, en el mejor de los casos, impida la quiebra del país. La historia reciente de otros países latinoamericanos (Argentina, Bolivia, Ecuador, Perú, Venezuela) nos indica que no estamos a salvo del peligro de naufragio. Así, el ángel de la historia le agradecería al gobierno de Fox haberse convertido en una eficiente agencia de pompas fúnebres encargada de sepultar al sistema autoritario, pero no lo consideraría un gran reformador que hubiese abierto las puertas a una nueva civilidad política y a una cultura política avanzada. Hay algunas señales inquietantes que indican que el gobierno de Fox podría contraponerse al curso profundo de la transición, contribuyendo con ello a frenar un ciclo de por sí lento. En todo caso, me parece que no será posible —ni sería benéfica— una amalgama de los mecanismos que el gobierno de Fox pueda emplear para mantener e incluso incrementar el apoyo popular y los procesos de gestación de una nueva cultura civil y democrática. Pero una contraposición entre el gobierno y la nueva cultura cívica emergente sería dramática y desastrosa.
El poder estatal no sólo se legitima por un ejecutivo eficiente, un parlamento representativo y una vigilancia justa. Se legitima principalmente por procesos culturales, educativos, morales e informativos que constituyen redes de vasos comunicantes que no respetan las fronteras tradicionales, ni las que dividen a los tres poderes, ni las de carácter territorial (sean electorales, estatales, nacionales, etcétera) ni las que separan los órdenes jerárquicos. Estas redes tienden a establecer nuevas y diversas formas, relativamente autónomas, de poder ciudadano.
Se trata de redes extraterritoriales, metademocráticas, transnacionales, globales o incluso posnacionales. A primera vista estas redes culturales abarcan un conjunto extremadamente heterogéneo: medios de comunicación (prensa, radio, televisión, internet); escuelas y universidades; grupos étnicos, religiosos, sexuales; editoriales y hospitales; organizaciones no gubernamentales, iglesias, sectas y agrupaciones marginales con vocaciones diversas (desde actividades paranormales hasta actuaciones paramilitares, desde pacifistas vegetarianos hasta dogmáticos terroristas).
Se trata de un nuevo espacio de poder más atravesado por los flujos culturales y simbólicos que por el intercambio de bienes materiales: un espacio legítimo, generador de legitimidad, pero poco y mal legislado, impulsado por una economía emergente que se basa más en la producción y circulación de las ideas y menos en la de objetos, más en el software que en el hardware.
La expansión de
