De princesa a caballero

Cait Jacobs

Fragmento

cap-1

Los cinco reinos de Inismian

ÁLAINNDORE

(pronunciado ólindor)

Familia real: el rey Tighearnán, la reina Eithne y la princesa Clíodhna Fionnáin

Dios protector: Tara, diosa de la agricultura, la sanación, la familia y la vida

Don del Treibh Anam: el cneasú

SCÁILCA

(escálcu)

Familia real: el rey Cathal, el príncipe Domhnall y la princesa Aoife Lochlainn

Dios protector: Ríoghain, dios de la muerte, el sueño, la guerra y las pesadillas

Don del Treibh Anam: la gema de Ríoghain

TINELANN

(tinelón)

Familia real: el rey Ardal Rinne

Dios protector: Aodhán, dios del fuego y la sabiduría

Don del Treibh Anam: el árbol de Eagna, el árbol de la sabiduría

LIRICNOC

(leericruc)

Familia real: la reina Sláine MacCába

Dios protector: Tadhg, dios de la música, la poesía, el amor y las travesuras

Don del Treibh Anam: Gráceol, el arpa de Tadhg

OILEÁNSTER

(ilónster)

Familia real: el rey Brogán y la reina Íde Ó Máille

Dios protector: Orlaith, el Tejedor de Tormentas, dios de los océanos, las tormentas, el caos y la destrucción

Don del Treibh Anam: Torthúil

Primera parte

Capítulo 1

No hay nada más aterrador que poner en práctica un plan que preparas desde hace mucho tiempo.

Todo se había decidido años ha: Clíodhna se había pasado la vida entera preparándose para aquello. El palacio era un torbellino de emociones y todos esperaban la llegada del príncipe Domhnall, pero Clía se había escondido en sus aposentos. Debería estar entusiasmada, no preocupada, y un temor gélido le atenazaba los pulmones.

Antes de la noche del día siguiente estaría prometida, y sus padres, su reino, contaban con ello. El futuro estaba a una jornada de distancia y todo tenía que salir a la perfección.

Empezando por el vestido que luciría.

Sárait, una costurera de palacio, había ido a llevárselo y a Clía se le encogió el corazón nada más ver el tejido.

Todo estaba mal. Era demasiado ceñido, demasiado rígido. Se lo puso y, cuanto más se miraba en el espejo, más sentía que la tela le arañaba la piel, hasta que no pudo soportarlo ni un minuto más.

—No tendría que haberle confiado el diseño a Maura —comentó Sárait, compungida, mientras la ayudaba a quitárselo—. ¿Y si te pones otro vestido? —Dejó el atuendo rechazado sobre el respaldo de una silla y se encaminó al armario. Clía fue con ella después de enfundarse una delicada bata sobre la camisola—. Tienes el de seda amarilla que te pusiste para el banquete de Aotaine. Estabas preciosa.

Clía negó con la cabeza.

—Las mangas me quedaban muy cortas.

Sárait sacó uno de seda azul hielo con volutas de piedras preciosas rodeadas de complejos bordados.

—¿Y este? Las mangas son perfectas.

—Es… demasiado.

La costurera se concentró en el vestido siguiente, que era de lino.

—Con este no basta —suspiró Clía antes de que Sárait tuviera tiempo de decir nada.

Era inútil. Todos los vestidos tenían algún fallo, algún detalle que saltaba a la vista y se burlaba de ella. Solo cuando hubieron repasado todos los armarios, todos los cajones, se le ocurrió una idea. Miró el que había quedado sobre la silla, con la tela reluciente a la luz que entraba por la ventana. Tal vez sí fuera lo que necesitaba.

Clía cogió las tijeras.

—Necesitamos más tela, unos dos metros, a juego con la de la falda y el corpiño. Y un rollo de seda rosa claro. Y barbas de ballena.

Los ojos de Sárait brillaron de entusiasmo.

—A ver qué encuentro.

Clía le dio las gracias con un ademán y empezó a descoser la falda por las costuras.

Sárait acababa de incorporarse como costurera a palacio. Clía y ella no se conocían desde hacía mucho, pero se habían ganado el respeto mutuo. Cuando Clía la vio por primera vez, Sárait llevaba un vestido color lavanda que resaltaba contra su piel tostada, con bordados de flores en las mangas. Eran tan detallados y precisos que delataban una mano maestra. Clía se los alabó con gran entusiasmo.

—Sabes reconocer el talento —se limitó a decir Clía—. Los he hecho yo.

De cuando en cuando, Sárait iba a los aposentos de Clía con algún recado de la jefa de costureras, y se quedaba un poco más de lo necesario. A veces se pasaban el rato charlando, pero sobre todo les gustaba coser.

Cuando Sárait volvió, empezaron a trabajar y solo se oyó el sonido de las tijeras que cortaban la tela. Hacía años que la moda era lo único que entendía Clía, lo único que podía controlar. Cada puntada de la aguja hacía que se le calmaran el pulso y la mente. Si se concentraba en la tarea que tenía delante, se podía olvidar de las expectativas que recaían sobre ella, de todos los problemas que le podía deparar el futuro, de todas las cosas que podían salir mal al día siguiente.

No tardaron mucho en alterar el vestido con un forro de seda que ayudaba a la caída de la falda y en volver a coser el corpiño tras sustituir el corsé de acero por uno más flexible de ballenas.

Clía se lo volvió a poner.

La suave tela rosa relució a la luz del final de la mañana y los rayos dorados de sol acariciaron las mangas que se ensanchaban a la altura de las manos. El corpiño se le ceñía al torso a la perfección, le marcaba cada curva, mientras que la falda caía en una delicada cascada de seda vaporosa. Era lujoso, pero no demasiado ostentoso. No buscaba atención de manera evidente, pero la atraía.

—Es perfecto —susurró Clía en voz tan baja que Sárait no la oyó. Se le relajaron los labios con un atisbo de sonrisa—. Todo va a salir a la perfección.

—¿Ya tienes el vestido? —le preguntó su madre al tiempo que daba instrucciones a un paje que transportaba un gran centro floral.

Clía fue hacia ella en el salón del trono mientras la gente entraba y salía para decorar, limpiar y organizarlo todo para el día siguiente.

—Sárait me lo ha traído esta mañana —respondió.

A la reina no le hacía falta saber en qué condiciones había llegado.

—Bien. He confirmado que las flores del patio oriental estén en su mejor momento. Cuando llegue el príncipe Domhnall, lo recibirá un pequeño grupo, solo los nobles de más alto rango y unos cuantos músicos. Transcurrido un tiempo adecuado, vosotros dos os apartaréis del grupo, y lo acompañarás aquí. Será el marco perfecto.

Clía tuvo que contenerse para no formular las palabras al unísono. Llevaba la semana entera oyendo a su madre repetir una y otra vez el plan para el día siguiente.

Al ver que no decía nada, la reina Eithne siguió hablando.

—No olvides que Álainndore necesita esta alianza. Nosotros necesitamos esta alianza. El Draoi ya ha puesto en duda nuestra capacidad de liderazgo, la dedicación a Inismian y la devoción a los dioses.

El Draoi era la orden druídica que preservaba el equilibrio de Inismian, que canalizaba la energía de la tierra de los dioses, Tír Síoraí, hacia los reinos. No debía lealtad a ninguno de los cinco reinos que componían Inismian, y aceptaba a cualquiera que jurase lealtad a la tierra y a los dioses. Su conexión con el druidismo que latía en el corazón de la reina traía prosperidad a los reinos.

La pérdida de su apoyo podía suponer la ruina.

Fue como si su madre le leyera el pensamiento.

—Tinelann perdió su apoyo y mira lo que les ha pasado. —El reino de Tinelann se extendía al otro lado de la frontera norte de Álainndore, separados solo por la inmensidad de las montañas Diamhair. Nadie sabía por qué, pero algo había provocado que el Draoi canalizara menos energía hacia Tinelann durante el último año, y el reino lo estaba pasando mal. Habían perdido cosechas y los mares estaban agitados—. Este matrimonio con el príncipe Domhnall es el gesto simbólico que nos hace falta. Es el heredero del reino de Ríoghain, y tú eres la heredera de Tara, así que los reinos quedarán unidos como hicieron los dos divinos amantes. Será una historia poética para la posteridad, además de la muestra de nuestra dedicación que evitará que suframos el mismo destino que Tinelann.

Cuanto más hablaba, más crecían los temores de Clía. El placer de haber perfeccionado el vestido se evaporó y los pensamientos revueltos que habían acechado al fondo de su mente pasaron a primer plano para recordarle las mil maneras en que podía fallarles a sus padres y al reino.

La reina Eithne se volvió hacia ella y la miró con firmeza a los ojos.

—Mañana, todo irá de maravilla. No puede ser de otra manera.

Tal vez la afirmación trataba de tranquilizarla, pero Clía sabía que no debía dejar traslucir sus temores. Respiró hondo y logró impostar una sonrisa.

—Claro. Yo me encargo de eso.

Clía salió del salón del trono en cuanto tuvo ocasión. Los pasillos del palacio eran un torbellino de sonidos y movimiento. Había pintores, doncellas, jardineros, todos ajetreados y activos; quitaban el polvo a los tapices, recortaban los arbustos y comprobaban que todo estuviera en su lugar para el día siguiente. Las charlas y conversaciones superpuestas llenaban el espacio, y los olores del pan recién horneado y de la carne especiada subían de las cocinas mientras los chefs lo preparaban todo para las celebraciones del día siguiente.

Nadie pensaba en otra cosa que no fuera la visita del príncipe de Scáilca.

Clía se abrió paso por el caos del salón principal, se metió por un pasillo más tranquilo, y allí escuchó una conversación que le llamó la atención.

—Sí, todos los suministros, robados. Según los rumores, pudo ser cosa de Tinelann. —Había una guerrera a pocos pasos, con las manos a la espalda; hablaba con el jefe Ó Connor. Clía se detuvo y se escondió en una hornacina para que no la vieran—. Tenía que informar al jefe Barra, pero no lo encuentro, no lo ha visto nadie.

—Estará ocupado con los preparativos de lo de mañana. Es una visita real, se requiere máxima seguridad. Pero se lo diré a Barra en cuanto lo vea. Gracias por el informe.

Ó Connor sonrió a la joven guerrera, pero el tono de voz era desdeñoso. La mujer también se dio cuenta, porque asintió con un movimiento rígido y se retiró.

Clía salió de su escondite para acercarse a Ó Connor.

—Sí que lo has zanjado deprisa.

—A ver si te quitas esa costumbre de escuchar a escondidas las conversaciones ajenas.

—¿Y qué conversaciones ajenas voy a escuchar a escondidas, entonces? —replicó con una sonrisa burlona.

Ó Connor suspiró, pero no sin afecto.

—A veces no sé ni cómo te aguanto. Debería dejar que se te llevaran los sídhes.

Era la misma amenaza que le hacía desde niña, pero los seres del Otro Mundo que acechaban en los bosques ya no le daban miedo.

—Me aguantas porque no tienes más remedio. —Sonrió todavía más. Sabía que Ó Connor formaría parte de su vida aunque no fuera el mejor amigo de su padre. Prácticamente la había criado mientras sus padres tenían que hacer frente a sus obligaciones. Y a sus fiestas—. ¿Qué suministros son esos que han robado?

—Nada por lo que debas preocuparte, mi señora. No es más que un informe llegado de una aldea del norte. Tus padres están muy ocupados para que los moleste con estas trivialidades, así que no me importa ayudar mientras el jefe Barra está pendiente de otros asuntos.

Clía sabía que, en el caso de los reyes, «muy ocupados» quería decir que el tema no les interesaba lo más mínimo. Les pasaba mucho, solían estar «muy ocupados» para los asuntos triviales y cotidianos del reino, y dejaban esas cosas en manos de los jefes; sobre todo, de Ó Connor.

Ó Connor sabía sin duda que Clía iba a querer más información. Los rumores valían más que el oro en la corte. No obstante, cambió de tema.

—Eché una partida de fidchell con tu padre la semana pasada y aún me debe cinco escreplos. Si te apetece jugar, tú también me puedes dar dinero.

La cogió del brazo para salir con ella del vestíbulo principal y dirigirse hacia el ala este.

—Para eso tendrías que ganarme.

Se echó a reír.

—Pues vamos a ver, ¿no?

El bullicio ajetreado del palacio quedó atrás, y Clía pudo por fin relajar los hombros. Le pareció ver la punta de una cola peluda por el rabillo del ojo.

—¿Murphy?

Un ser menudo, semejante a una nutria, asomó por la esquina. Corrió hacia ella agitando la cola, con las garras traqueteando contra el suelo. Clía se arrodilló y el animal saltó a sus brazos.

—No me explico que tengas a ese bicho —masculló Ó Connor—. ¡Solo el mes pasado, los dobhar-chús mataron a cuatro personas!

La princesa restregó con la nariz el suave pelaje pardo de la bestia, y se le caldeó el corazón cuando frotó la cabeza contra ella.

—Murphy no le haría daño ni a una mosca. Y en la cocina le dan carne de sobras.

—Ya sabes que va a crecer, ¿no?

—Y cuando crezca será igual de mono. —Le sonrió al ser y le rascó la oreja.

Era verdad que, cuando se hizo cargo de Murphy, hacía ya unas semanas, el tamaño que alcanzaría en el futuro no había sido una de sus preocupaciones prioritarias. Antes de su habitual paseo matutino, habían avisado a Clía de que era mejor no acercarse al lago que había fuera de los terrenos del palacio. Los guerreros de Álainndore acababan de matar a una pareja de dobhar-chús que habían atacado a un aldeano hacía unos días. Pero ella se negó a cambiar de ruta, y cerca del agua advirtió la presencia de Murphy, acurrucado entre las rocas de la orilla. El cuerpecito le temblaba con las olas que rompían contra él. No tenía nada que ver con los monstruos feroces contra los que la habían alertado: estaba solo, con los enormes ojos negros cargados de tristeza… Fue incapaz de dejarlo allí abandonado.

Ó Connor sacudió la cabeza y se apartó el fino pelo rubio de la frente.

—En fin. ¿Qué hacías antes de que te diera por escuchar mis informes confidenciales?

—Tuve una conversación con la reina. —Suspiró y dobló un recodo del pasillo—. Quería repasar una vez más el plan para la llegada de Domhnall.

Él se detuvo e inclinó la cabeza a un lado.

—¿No estás emocionada ahora que va a venir de visita?

—Me encantará ver a Domhnall. Lo demás me emociona un poco menos —reconoció.

Le costaba esfuerzo pasar tiempo con nadie que no fuera Ó Connor, y ahora Sárait, pero conocía a Domhnall desde hacía tanto tiempo que estar con él le parecía…, bueno, tanto como fácil, no, pero menos agotador. No le hacía falta fingir demasiado. Le seguía la corriente en sus juegos tontos en la corte y, a cambio, había encontrado en él un buen aliado, tan consagrado a su reino como ella al suyo.

—¿No te apetece que llegue el compromiso? —preguntó Ó Connor.

Clía negó con la cabeza.

—Domhnall es un buen amigo; casarme con él es más de lo que podría esperar. Seremos felices aunque no estemos enamorados, y quién sabe qué nos traerá el futuro. Lo que me preocupa es lo de mañana. Mi madre ha dicho que todo tiene que ir «de maravilla», pero hay tantos momentos en que se pueden torcer las cosas… —Se le empezaron a escapar las palabras que había guardado bajo llave, y fue incapaz de detenerse. Pero se trataba de Ó Connor. Podía confiarle sus temores más que a ninguna otra persona—. Si no sale a la perfección, puedo dar al traste con todo para ellos. Para todos.

—No, no darías al traste con nada. —Se lo dijo con ese apoyo sin fisuras que solo te da la familia, pero Clía estaba desesperada por creerlo—. Además, tu madre ha dicho que tenía que salir de maravilla, no a la perfección.

—No sé cómo va a ser una cosa y no la otra —confesó Clía.

Ó Connor le puso la mano en el hombro para que se volviera hacia él.

—La perfección no se puede planear, solo llega cuando aceptas lo que escapa a tu control. —Se le iluminó la cara con una sonrisa amable, la misma que le dedicaba siempre que Clía pensaba que el mundo se le venía encima. Era tranquilizadora, reconfortante, un recordatorio de que no estaba sola—. No puedes forzar un momento para que sea lo que no es, y no deberías arriesgarte a destruir lo que puedes tener buscando constantemente lo que está fuera de tu alcance.

Las palabras tenían sentido, aunque la mente de Clía le dijera que no. Asintió.

—Entendido.

Él negó con la cabeza, pero no la estaba juzgando.

—Me parece que no lo entiendes, pero voy a empezar las celebraciones sin presionarte. Lo que tienes que hacer ahora es descansar. Te espera un día muy importante.

Capítulo 2

–Hoy te espera un día importante, capitán Ó Faoláin. No quiero errores.

—Claro que no, comandante.

Ronan asintió y trató de no pensar en lo raro que le sonaba el título antepuesto a su nombre. Capitán. Era el rango que tenía desde el día anterior, tras la muerte repentina de Grúgán, el anterior capitán de la guardia del príncipe Domhnall. El orgullo que sintió ante el honor del nombramiento se había evaporado durante la noche, muy deprisa, para convertirse en una sensación pesada y densa. No sabía qué hacer con aquella carga, pero aprendería a llevarla. Hacía nueve años que había iniciado aquel camino y no sabía hacer otra cosa que seguir adelante.

La preocupación de la comandante Derval estaba justificada. Era demasiado pronto para confiarle a un capitán novato la seguridad del príncipe en un viaje fuera de Scáilca, y más con los recientes ataques ionrondios. Los invasores marinos eran brutales y despiadados. Pero Ronan se había entrenado durante años, conocía bien al príncipe y, lo más importante, comprendía la responsabilidad de mantener a alguien a salvo. Proteger era para él una segunda naturaleza. No podía ser de otra manera.

Pero el motivo de que lo hubieran elegido era otro, y este lo perseguía allá a donde fuera: ¿en quién se podía confiar más que en el muchacho a quien había considerado prometedor el general Kordislaen, la Espada de Scáilca? Ronan había llegado al castillo a los diez años y lo habían entrenado los mejores guerreros de Inismian.

Sabían que era la opción más lógica.

Y él les demostraría que era digno de las oportunidades que le habían dado.

Derval salió del establo polvoriento. En ese momento, entró el príncipe Domhnall, que fue hasta el caballo de Ronan. Este le había dicho que eligiera ropa de viaje, pero la chaqueta azul del príncipe parecía recién planchada, y saltaba a la vista que los pantalones eran nuevos. Menos mal que había guardado la corona con el equipaje.

—¿Te has enterado bien, Ronan? Nada de meter la pata, que no quiero tener que quitarte el rango.

Domhnall se apartó el pelo rubio de los ojos sin molestarse en ocultar la sonrisa. Ronan sonrió también, muy a su pesar, y se concentró en la silla que estaba poniéndole al caballo.

—No, ni hablar. No quiero perder la oportunidad de darte órdenes.

El único que bromeaba con él de aquella manera era Domhnall. Se habían conocido cuando no eran más que niños: Domhnall, un príncipe que deseaba jugar a la guerra, pero a quien rodeaba gente que tenía miedo de incurrir en las iras del rey si le enseñaban; Ronan, a quien Kordislaen había enviado allí para entrenar, acompañado por los rumores que decían que lo había bendecido Ríoghain, el dios de la guerra. Nadie se acercaba a ellos, así que hallaron el uno en el otro un espejo para su soledad y ambición.

Su alianza se forjó con el acero de las espadas y el peso de sus objetivos. Cuando Ronan miraba a Domhnall, no veía a un futuro rey ni a un noble tan frágil que no podía desafiarlo. Veía a una persona decidida a ser mejor, a hacer mejor su reino. Y el príncipe sabía que la habilidad para el combate de Ronan no había sido el regalo de un dios, sino fruto de la dedicación y de horas de entrenamiento, de mucho pelear y mucho caer, de superar el dolor y la duda y los recuerdos que lo perseguían como sombras omnipresentes.

Ronan montó a caballo sin hacer caso de la conocida sensación de dolor en los tobillos y metió los pies en los estribos.

—Sube al carruaje. Quiero llegar a Álainndore antes de que caiga la noche.

Domhnall hizo un ademán con la mano.

—Si te empeñas…

Mientras veía al príncipe meterse en el carruaje que aguardaba, Ronan movió los tobillos para ponerlos a prueba. Se mordió los labios ante el latigazo de dolor, pero sabía que no iba a cesar a corto plazo. El dolor lo acompañaba desde hacía casi una década, de modo que se irguió en la silla y siguió adelante, como siempre.

La campiña del sur de Scáilca se componía de granjas inmensas y densos bosquecillos que se derramaban por la falda de las colinas hacia algún que otro lago de aguas turbias. De seguir hacia el sur para adentrarse en Liricnoc, los bosques se volverían menos densos y ya no verían lagos, pero siguieron hacia el este, en dirección a Álainndore. Tardaron todo el día en avistar en el horizonte la frontera, la cima verde de la colina de Tiarnas. En la parte más alta, el círculo de piedras dejaba apenas entrever otra fría y gris, la piedra de la coronación en medio de ellas.

Aquello era el centro de Inismian, donde se encontraban los tres reinos vecinos de Scáilca, Álainndore y Liricnoc, el lugar donde los dioses habían pisado la tierra por primera vez. Numerosas generaciones de monarcas habían recorrido el continente para ser coronados allí. Algún día, Domhnall se arrodillaría ante los dioses, como habían hecho sus antepasados, y tal vez Ronan, su amigo, su sombra, se encontraría a su lado.

Ronan sintió una extraña opresión en el pecho y apartó de su mente el pensamiento. El futuro sería como fuera. Tenía que concentrarse en el presente.

La tensión vibraba en el aire a su alrededor. Ronan no habría sabido decir si era por la magia de aquel lugar o por su propia ansiedad: no podía dejar de pensar en las advertencias del comandante contra las posibles amenazas.

Las sombras del bosque, cada vez más densas, los envolvieron en su camino hacia el sol poniente. Los últimos jirones de luz se colaron entre las copas de los árboles, se enredaron en las ramas y el musgo. Poco después, ya no podía ver el lugar por donde habían entrado entre los árboles.

Sabía que, de seguir por aquel camino de tierra, atravesarían el bosque y llegarían hasta el claro al pie de la colina. Pero los árboles susurraban. Las ramas entrechocaban con el viento estival, las hojas crujían. Y Ronan comprendió que no estaban solos.

Detuvo el caballo, con lo que el guerrero que iba detrás de él lo miró, confuso. Ronan mantuvo la posición. Los demás guardias lo imitaron y se pararon. Se llevó la mano al arco y soltó los cierres que lo sujetaban a la silla sin dejar de escudriñar la vegetación.

Si cometía un error, la comandante Derval no se lo tomaría bien. Ya se imaginaba su mirada irritada, expectante. Ya oía sus palabras: «Nada de errores, Ó Faoláin».

Se oyó un crujido a su izquierda. Una pisada, una rama rota. Todas las posibilidades se le pasaron por la cabeza a toda velocidad.

Podía tratarse de otro viajero, no de una amenaza.

Podían ser bandidos en busca de la manera de embolsarse unos cuantos escreplos con facilidad. En ese caso, habrían visto el número de guerreros de la comitiva y no atacarían, y lo mejor sería proseguir el viaje.

Podía ser un sídhe, uno de los seres que rondan por los bosques y llanuras de Inismian. Por suerte, casi todas las demás bestias peligrosas quedaban descartadas, dado que la amenaza no procedía de los cielos. En ese caso, avanzar deprisa seguiría siendo la mejor opción.

Podía ser eso que se rumoreaba en los mercados y tabernas: guerreros de Tinelann que rompían el tratado que había mantenido tantos años la paz entre los reinos.

O…

Ronan se movió antes de que nadie tuviera tiempo ni de parpadear. Echó mano del carcaj, puso una flecha en el arco y disparó hacia los árboles. El cuerpo cayó de entre los arbustos con un golpe sordo y quedó tirado ante ellos. La armadura de cuero le dijo a Ronan que estaba en lo cierto: el hombre era ionróndio, un soldado del continente al otro lado del mar, Mhór Rhoinn, cuyo objetivo era debilitar el reino de Scáilca y abrirse paso por Inismian.

Hubo un momento de silencio. Luego, se oyó un rugido y casi dos docenas de hombres salieron de entre los árboles y atacaron desde todas partes. Superaban holgadamente en número a la guardia del príncipe, pero la flecha de Ronan había puesto en alerta a la caravana. Estaban preparados.

Un hacha voló sobre la cabeza de Ronan. El que la había lanzado se sacó un puñal del cinturón y atacó desde el suelo. Ronan se tiró sobre la cabeza del caballo y desenvainó la espada. El ionróndio fue a por el animal para igualar la pelea, pero Ronan paró el golpe con el plano de la espada y, antes de que le diera tiempo a lanzar otro ataque, le cortó el cuello con un tajo rápido que lo mató al instante.

Otro hombre ocupó su lugar y la pelea empezó de nuevo.

De pronto vio a dos ionróndios que iban directos hacia el carruaje del príncipe. Los guerreros más cercanos estaban enzarzados en combate, con lo que el príncipe había quedado solo, vulnerable.

Ronan saltó del caballo y corrió esquivando golpes de espada, hachas voladoras. Llegó al carruaje justo cuando el primer hombre abría la puerta. Ronan vio por encima de él al príncipe Domhnall ya preparado, con el acero en las manos. Agarró al ionróndio por la armadura de cuero y tiró de él hacia atrás, y ambos cayeron rodando.

Un dolor agudo le atravesó la mejilla cuando las piedras del camino se le clavaron en la piel. El ojo le escoció cuando, de la frente, le empezó a gotear sangre, probablemente suya de algún enfrentamiento previo. Se le cayó la espada, pero consiguió quedar por encima del hombre.

Agarró al ionróndio por el cuello con una mano y con la otra cogió el puñal que llevaba contra el pecho.

El hombre se resistió, consiguió que se dieran la vuelta y acabar encima, pero el impulso solo sirvió para que Ronan le clavara el puñal en el corazón. El cadáver del ionróndio cayó rígido sobre él y la presión repentina supuso a la vez un alivio y un dolor atroz.

Ronan apartó el cadáver y se volvió hacia el carruaje, hacia el príncipe, solo para ver al segundo ionróndio muerto en el suelo ante él.

—¿Estás bien? —Ronan clavó la vista en Domhnall.

El príncipe tenía los ojos oscuros muy abiertos. El interior del opulento carruaje estaba salpicado de sangre roja que resaltaba contra los dorados y contra la piel blanca del príncipe. Pero en el gesto de este no se leía solo el asombro. También había una buena dosis de emoción, de entusiasmo.

—Estoy bien. ¿Y los demás guerreros?

Pese al fragor de la batalla, la voz de Domhnall era tranquila. Ronan hizo caso omiso del dolor que le perforaba la muñeca y el tobillo izquierdos, y miró a su alrededor.

—La pelea está terminando.

El suelo estaba salpicado de cadáveres de los guerreros invasores. Los soldados scáilqueños estaban acabando con los supervivientes. Algunos de los caídos vestían con el azul del reino, pero eran los menos.

—Hemos tenido suerte. Vámonos ahora mismo, no quiero arriesgarme a otro ataque.

En aquel momento, la comandante Derval fue hacia ellos.

—Tenemos que seguir adelante, alteza —dijo, igual que Ronan.

—Claro, pero antes… —Domhnall paseó los ojos por la escena y luego miró a Derval—. A la luz de… lo sucedido, quiero que el capitán venga conmigo en el carruaje. Tenemos que hablar de muchas cosas antes de llegar a Álainndore.

El rostro de Derval se mantuvo inexpresivo.

—Por supuesto, alteza.

El príncipe sonrió.

—Excelente. Pues en marcha.

El camino a Álainndore era tortuoso y en el carruaje reinaba el silencio. Aún tardarían unas horas en llegar a Bailetara, la capital. Ronan ansiaba sentir el movimiento rítmico de su caballo, pero tenía que ir con el príncipe, confinado en aquella estructura claustrofóbica de hierro y madera.

—Debería estar fuera —dijo mientras miraba por la ventana del carruaje.

Las cortinillas estaban abiertas, pero eso solo le permitía atisbar el bosque que estaban atravesando.

—Estás cubierto de sangre y tratas de no pisar con el pie izquierdo —apuntó Domhnall.

Ronan siguió la mirada del príncipe hacia sus pies. Tenía el izquierdo en ángulo para aliviar la presión y el dolor. Trató de enderezarlo.

—No te preocupes por mí.

El príncipe se acomodó en el asiento, se sacó un pañuelo del bolsillo y se lo tiró a Ronan. El bordado le arañó las heridas al limpiarse la cara.

—Si no te cuidas más, me seguiré preocupando por ti. —Domhnall se encogió de hombros—. Así me distraigo.

Podía entender aquello.

—¿Te preocupa volver a ver a la princesa?

En los años que llevaba al lado del príncipe, Ronan había oído hablar ya demasiado de la princesa Clíodhna. No había chismorreo que no versara sobre ellos: el compromiso, cómo su matrimonio ayudaría a los dos reinos a ganarse el favor del Draoi y de los dioses…

—Me preocupa lo que hay que hacer.

—Ya sé que este matrimonio no es lo que habrías elegido de haber podido elegir, pero pensaba que la princesa Clíodhna te caía bien.

Ronan siempre era el primero en escuchar los relatos de los viajes de Domhnall a Álainndore, y la princesa nunca faltaba en ellos. Unas veces se escapaban para ir a la ciudad, o les hacían alguna travesura inofensiva a los nobles, pero la princesa Clíodhna siempre era una de las cómplices favoritas de Domhnall.

No compartía el afecto de su amigo hacia la princesa. Sus padres le habían negado a Scáilca la ayuda necesaria para la reconstrucción tras un ataque ionróndio más brutal que los anteriores acaecido durante el intento de invasión de la pasada primavera. Argumentaron que tenían las arcas vacías, pero al mismo tiempo alardeaban del gran banquete de Aaotaine que habían dado el mes anterior. Y no era el único que pensaba que la familia real, los Fionnáin, disfrutaba de todos los lujos de la sangre azul sin sentir nunca el peso de la responsabilidad. Domhnall debía hacer caso omiso debido a la amistad y las alianzas que Scáilca necesitaba, y para satisfacer al vigilante Draoi, pero Ronan no tenía esa obligación.

La luz que entraba por la ventanilla iluminó los ojos de Domhnall, de un verde tan intenso como los árboles que el príncipe miraba.

—No, si Clía me cae bien. Ese es el problema.

Ronan arqueó las cejas. «Explícate».

Domhnall suspiró y se inclinó hacia delante con los codos sobre las rodillas, y jugueteó con el puño de la camisa.

—¿Nunca has tenido que hacer nada a sabiendas de que no es lo que quieres? ¿Que puedes hacerle daño a alguien a quien aprecias?

—¿A qué te refieres?

Domhnall se miró las palmas de las manos como si le resultaran ofensivas.

—Sé lo que tengo que hacer. Sé que es lo correcto. Pero no por eso me resulta más sencillo.

—Nada es sencillo —susurró Ronan.

En las semanas anteriores, había dado por hecho que la inquietud de Domhnall, el incesante ir y venir por sus aposentos, se debía a que por fin experimentaba la presión del compromiso. Pero tal vez no fuera así. ¿Y si no se trataba solo de la tensión, sino de los sacrificios que aquella situación conllevaba? ¿Tal vez de una amante secreta a la que no quería perder?

Pero Ronan no podía ayudarlo si Domhnall no lo reconocía.

—¿Qué es exactamente lo que tanto te inquieta?

—Tu trabajo no consiste en preocuparte por mí.

Ronan le lanzó una mirada.

—Prueba con otra excusa, porque mi trabajo consiste precisamente en eso.

Domhnall gruñó, alzó la cabeza y lo traspasó con la mirada.

—Y, como ya te he dicho muchas veces, eso puede cambiar en cualquier momento.

—Con lo que me ibas a echar de menos.

—De eso, nada. Soy el futuro rey. Te puedo sustituir en un abrir y cerrar de ojos por alguien que me caiga mejor.

La sonrisa de Domhnall contradecía sus palabras, y Ronan no se molestó en ocultar la suya.

—Sí, claro.

—Sabes lo que implica tu nueva posición, ¿no? —Domhnall cambió de tema con elegancia, y Ronan se lo permitió. Por el momento—. Dentro de una semana tendrás que estar conmigo en Caisleán Cósta.

A Ronan se le cortó la respiración.

Ya sabía que Domhnall tendría la oportunidad de estudiar en Caisleán Cósta; todos los miembros de las familias reales de Inismian tenían la opción de entrenarse allí y aprender del general Kordislaen y de los eruditos del Draoi. Quienes no tenían sangre azul en las venas no podían acceder con tanta facilidad. Solo los guerreros más importantes del pueblo llano conseguían acceder. Ronan se había pasado años albergando la esperanza de ser uno de ellos.

Se moría por demostrarle a Kordislaen, la persona que había depositado su confianza en él, que no se había equivocado.

Domhnall lo miró; sabía lo que pensaba. Durante el entrenamiento, en lo más oscuro de la noche, habían compartido sus sueños cuando estaban a solas bajo las estrellas. El joven Ronan se lo había contado casi todo al príncipe, y el joven Domhnall había comprendido la ambición que escondía cada palabra.

—Cuando decidí ir a Caisleán Cósta, insistí en que me acompañaras. Lo que no me imaginaba era que apenas encontraría resistencia. Tu reputación te precede. Estuvieron encantados de que fueras. Caisleán Cósta es una fortaleza y allí no correré el menor peligro, de modo que serás otro estudiante más, igual que yo.

Ronan iba a tener por fin su oportunidad. Se aclaró la garganta.

—Gracias, Domhnall.

Su amigo esbozó una sonrisa amplia, luminosa, con un toque de travesura.

—No me las des aún. Caisleán Cósta supone todo un desafío. A lo mejor me acabas odiando por esto.

Capítulo 3

–Llega tarde.

Su madre lo dijo con aparente desinterés, pero Clía detectó la frustración en la voz. Siguió mirando hacia el fondo del salón del trono, hacia las puertas que Domhnall no tardaría en cruzar.

—Vendrá.

—Bueno, cuando venga, no arrastres la cola del vestido por la zona de tierra del patio —le recordó la reina Eithne—. No dejaré que te prometas con el vestido sucio.

—Iré por el camino.

Era la segunda vez que su madre se lo recordaba. Bueno, así al menos sabía la respuesta correcta.

—El compromiso está casi cerrado —intervino su padre con una sonrisa en la cara y los ojos fijos en los nobles del salón—. La alianza no se echará a perder por un vestido sucio.

Clía estaba con sus padres en el estrado, desde donde se dominaba a la nobleza que rondaba por la estancia. El rey y la reina estaban sentados en tronos gemelos, de madera, con intrincadas tallas de enredaderas e historias: leyendas de los dioses y los tesoros que habían dejado a su paso. La reina apoyaba el brazo en los pétalos tallados de un cneasú, una flor capaz de salvar la vida pero que solo florecía en sangre derramada. Se decía que era un regalo de Tara, la diosa protectora del reino, como recordatorio de que una gran alegría debe nacer de un gran sacrificio.

De niña, Clía nunca había comprendido por qué un dios ponía semejantes condiciones.

El cneasú no era el único elemento decorativo del trono. Cada miembro del Treibh Anam, los dioses que vivieron en Inismian antes de la aparición de los reinos, tenía un don. Un símbolo. Clía se había pasado muchas horas buscándolos en los bosques. Recorría con los dedos las cuerdas del arpa de Tadhg, palpaba con la mano los bordes afilados de la gema de Ríoghain, y todo eso mientras volvía a narrar las historias para sus adentros. Gracias a eso, se abstraía del ruido y las expectativas del salón del trono.

El ruido. Era lo primero que detectaba siempre al entrar en aquella estancia. Los músicos tocaban de fondo, entre una cacofonía de charlas y cotilleos, los anillos tintineaban contra las copas, los tacones tamborileaban contra los suelos de mármol. Luego estaban los olores: los perfumes más lujosos se entremezclaban hasta crear un aroma denso y amargo que se le quedaba pegado en la garganta.

—¿Me estás escuchando, Clíodhna? —La voz brusca de la reina Eithne la arrancó de sus pensamientos—. No es momento para que te distraigas, hay demasiado en juego.

—Te pido perdón. —Clía inclinó la cabeza en gesto de deferencia—. Todo irá bien esta noche, te lo prometo. Has trabajado mucho para llegar a este acuerdo.

La reina la miró atenta, con aire calculador.

—Así es. Ahora está en tus manos. Pero dices que lo tienes todo bajo control y te creo. De hecho…

La reina se levantó de la silla. El deslumbrante vestido azul zafiro cayó como una cascada, como olas que rompieran contra la orilla, y se hizo el silencio en la sala. Lo que imponía respeto no eran las gemas: Eithne brillaba con una elegancia que acaparaba toda la atención. Cada uno de sus movimientos era cautivador y, cuando se puso de pie, todos tuvieron que volverse para ver qué iba a hacer.

Era una cualidad que Clía esperaba tener algún día. La admiración era una joya más valiosa que cualquier diamante, un arma más afilada que cualquier espada.

—Mientras esperamos a nuestros invitados, quiero hacer un brindis. Por mi hija. —La voz de la reina Eithne llegó a todos los rincones del salón del trono y sus ojos se iluminaron con una ternura maternal que Clía solo le había visto cuando había público. Alzó la barbilla y miró a los nobles allí congregados—. Ya sé que todos estáis a la espera de más noticias sobre el compromiso entre la princesa Clíodhna y el príncipe Domhnall de Scáilca. Yo también. Nuestra paciencia no tardará en verse recompensada. El amor que mi hija siente hacia su patria es infinito, y me ha jurado que conseguirá que veamos la unión de los herederos de los reinos de Tara y Ríoghain. ¡Por la princesa Clíodhna!

—¡Por la princesa Clíodhna! —repitió la corte, y Clía trató de no hacer una mueca.

Sabía muy bien que el discurso de su madre no tenía como objetivo animarla. Era todo actuación, el papel que tenían que representar. Y Eithne lo representaba de maravilla. Ahora, si los planes de su madre se malograban, la culpa sería de Clía, y de nadie más.

Clía se puso una mano sobre el corazón y sonrió con humildad como si su madre no la acabara de echar a las fieras. Las conversaciones y risas se reanudaron, el salón se volvió a llenar de alegría.

Eso le dio la oportunidad de pasear la vista por la estancia. Se suponía que iba a ser una celebración íntima, pero había una extravagante selección de platos y bebidas en las mesas pegadas a las paredes, más comida de la que hacía falta para unas docenas de nobles de alto rango de Álainndore. Clía no quiso pensar en los montones de sobras que irían a la basura por la mañana, todo en nombre de las apariencias y del lujo.

Paseó la vista a su alrededor y se encontró de cuando en cuando con la mirada de un noble que se le clavaba en los ojos antes de concentrarse en el suelo. La princesa no podía ser nunca la primera en apartar la vista, por mucho que lo deseara. Se pasó los dedos por la tela de la amplia manga en busca del consuelo de la textura del encaje.

Lo que la angustiaba no era la atención, sino el escrutinio, las opiniones, las preguntas. Qué fácil era convertirse en el tema de los cotilleos del día siguiente. Solo había que decir una frase errónea, ponerse el accesorio que no debía, para convertirse en el objeto de las burlas. Al ser la princesa, estaba protegida hasta cierto punto, por suerte. Si cometía un error, la gente tendría que murmurar un poco menos. Un poco más bajo.

—La draoi Ruairc viene para acá. —La reina Eithne señaló con la barbilla a una mujer de pelo oscuro que se acercaba al estrado—. Ve a buscar a Ó Connor, me ha parecido verlo con lady Brigid. Tenemos muchas cosas de que hablar.

—Domhnall no se ha declarado todavía —le recordó Clía a su madre en voz baja—. Te agradezco el discurso, pero no hay nada firmado.

La reina miró a su hija desde arriba.

—Ya lo sé, pero, como has dicho, lo hará. Venga, date prisa.

Clía obedeció.

Los nobles paseaban por el salón del trono adornados con joyas centelleantes, vestidos que llegaban hasta el suelo y chaquetas bordadas con hilo de oro resplandeciente. Más de una mano le rozó el brazo para que se detuviera a hablar un momento. Todas las conversaciones estaban llenas de sonrisas, siempre, pero la ambición teñía cada palabra. No podía confiar en que nadie quisiera conocerla simplemente. Todo el mundo buscaba algo.

El ruido era excesivo. Demasiado alto. Demasiado brusco. Anhelaba una escapatoria que sabía inalcanzable. Cada paso que daba por el suelo de mármol le resonaba en los oídos. Seguro que los nobles oían las pisadas. Trató de caminar con paso más sosegado, con la espalda erguida, de transformarse en la imagen viva de la confianza mientras recorría el salón con elegancia calculada…

—¿Has visto lo que llevaba el jefe MacSeáin…?

—Me han dicho que han visto a lady Kallista con…

—El jefe Barra no ha respondido a…

Las conversaciones cruzadas retumbaban contra las paredes. Se obligó a concentrarse. Se revelan muchas cosas cuando crees que nadie te escucha.

Ella también tenía secretos, los guardaba bien bajo capas de ropas de seda y collares de diamantes. Lucía la belleza a modo de armadura. Se escudaba así de las flechas verbales que volaban hacia ella por todo el salón y desviaba las miradas hacia donde quería.

—La flautista es un genio —comentó lady Brigid a pocos metros de ella. Sonrió al jefe Ó Connor—. Por favor, pídele su contacto a la reina. Quiero que toque en mi próximo baile.

—Por supuesto. —Le dedicó una sonrisa tensa y Clía acudió al rescate.

—Hola, jefe. Lady Brigid. —Los saludó con una inclinación de la cabeza.

—Es un honor, alteza. —La dama hizo una reverencia rápida—. Le decía al jefe Ó Connor lo maravillosa que es la fiesta. Debes de estar muy emocionada con la visita del príncipe Domhnall.

—Claro. Hace mucho que espero este día.

La gente, por lo general, prefería escuchar mentiras, siempre que fueran las mentiras adecuadas.

La sociedad estaba llena de reglas no formuladas, a menudo contradictorias, que cambiaban cada vez que soplaba el viento. N

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