AGRADECIMIENTOS
Al igual que con cualquier trabajo de esta magnitud, hay mucha gente a la cual agradecer, incluyéndote a ti, lector, pues para ti existe este libro. Gracias por haberlo elegido y estar dispuesto a tomar en cuenta su contenido.
Para mi familia tengo algunos agradecimientos especiales. Agradezco a mi marido, Bill Wigglesworth, por ser un esposo maravilloso y por haberme apoyado durante todo este tiempo. No podría haberlo logrado sin su apoyo y fe. Toleró todas las charlas que tuvimos sobre el libro y los temas relacionados como sólo lo habría hecho alguien que me quiere profundamente. Bill me mantiene con los pies en la tierra respecto a lo que de verdad importa, y es muy divertido estar con él. Es un padre maravilloso para nuestros hijos y nietos, quienes siempre han sido nuestra más grande prioridad.
Muchas gracias a mi hija, Jessica, a mi hijastro, Logan, y a mi hijastra, Jamie. Como madre y madrastra, una puede desdoblarse de todas “las formas correctas”. He tenido la oportunidad de ver mis debilidades, reconocerlas y trabajar en ellas. Con suerte, a menudo he cambiado mi ego de lugar y he funcionado desde mi Yo superior. Siempre digo que la meta no es hacerlo todo el tiempo (eso significaría alcanzar la santidad), pero ¡acercarme a ello tanto como pueda sería bastante bueno!
Mi buena amiga, la doctora Jill Carroll, se merece agradecimientos en diversas instancias. Como experta en las religiones del mundo y antigua directora ejecutiva del Centro Boniuk para la Tolerancia Religiosa en la Universidad de Rice, fue una grandiosa ayuda para mí durante la creación de un acercamiento al desarrollo de la inteligencia espiritual que fuera neutral pero, al mismo tiempo, amistoso en cuestiones de fe. Como colega emprendedora, oradora, profesora y escritora, Jill entiende mi mundo mejor que casi cualquier otra persona que conozco. Además, tiene un método maravilloso para no andarse con rodeos cuando se acerca a algún tema: hace poderosas preguntas en el lugar y el momento indicados.
Mi núcleo familiar me proporcionó las bases para despegar, y mis andanzas me han hecho aprender nuevos caminos. Muchas gracias y mucho amor a mis padres, Chuck y Marjorie Sitter, a mi hermana Dianna y a mi hermano Doug. Éstas son las relaciones largas y profundas de las que aprendemos y a las que apreciamos tanto. Estoy profundamente agradecida con cada uno de ustedes.
Crear la evaluación SQ21 no habría sido posible sin la ayuda de los expertos. En específico, quiero agradecer a las siguientes personas. Agradezco al doctor Brant Wilson y a su socia de negocios, Joan E. Jones, de Costumer Value Systems, quienes trabajaron conmigo para darle forma a la evaluación. Trabajamos con cada una de las 21 aptitudes, describiendo lo que yo pensaba que requería cada una de ellas. ¿Cómo podría observarse? ¿Cómo podría ser descrita? Joan y Brant me ayudaron a crear encuestas con un eco psicométrico. En lo que se refiere al trabajo de investigación, monitorearon los grupos focales, las pruebas alfa y beta, y los estudios iniciales de confiabilidad. Con mucha paciencia, me ayudaron a pensar dos veces el algoritmo de puntuación y encontraron a los programadores que diseñaron el software que ahora se encarga de calcular la compleja puntuación de la SQ21 y su informe correspondiente. Nuestro trabajo juntos continuó conforme probamos el análisis y mejoramos la SQ21. Rick Sline creó la última versión del programa y se encarga de mantenerla con humor, gracia y una excelente competencia. El doctor Michael McElhenie utilizó su experiencia con los estudios de inteligencia emocional para ayudar a diseñar y supervisar los criterios del estudio de valoración. Y mi amiga la doctora Susanne Cook-Greuter me ayudó amablemente en la correlación cruzada de mi herramienta SQ21 con la sumamente respetada SCTi/MAP, su herramienta para el desarrollo del liderazgo y el desarrollo adulto.
La comunidad de orientadores, asesores, terapeutas, religiosos y líderes espirituales, y otros que fueron convocados para obtener la certificación en esta evaluación, es un grupo de personas inspirador. La certificación permite que nuestros orientadores de la SQ21 familiaricen a sus clientes con la herramienta. Hasta este momento, hemos entrenado alrededor de 150 personas, y el número aumenta mes con mes. Estar en contacto con gente tan dedicada es una fuente de gran alegría para mí, ya que todos los días expanden los alcances de este trabajo. Lo llevan más allá de lo que cualquier otra persona podría haber imaginado. A cada uno de ustedes le dedico una profunda reverencia. Gracias por su compromiso como agentes del amor y de la evolución.
Por supuesto, ningún negocio se maneja por sí solo. Amy Barney Alston estuvo conmigo, primero como nuestra niñera y luego como administradora y amiga, desde el primer día de incorporación de mi negocio hasta que se casó en 2010. Ese mismo año, Gabi Dedmon McLeod asumió la responsabilidad de tratar de mantener al negocio y a mí organizados. Ambas mujeres son profunda y espiritualmente inteligentes y son un modelo de la gracia tanto de este mundo como del divino. Damas, no podría haber logrado esto sin ustedes. Gracias.
En cuanto al proceso de escribir este libro, le debo un enorme agradecimiento a Ellen Daly. Ellen me entrevistó, habló conmigo y transcribió varias de mis clases y discursos. Me ayudó a organizar mis ideas para este libro. Juntas, trazamos bocetos y puntos clave. Con frecuencia recopilaba un primer borrador de un capítulo tomando extractos de las entrevistas y otras fuentes, lo que me facilitaba trabajarlo y moldearlo. También me impulsó para que mantuviera las cosas en movimiento. Estoy en deuda con Ellen por “meterse en mi cabeza” de forma tan efectiva y por mantener este proyecto en movimiento, incluyendo los detalles menos divertidos, como trabajar conmigo en el índice. Laura Didyk hizo una corrección de estilo completa y cuidadosa para dejar el manuscrito en su versión final.
Después de haber dejado mi comunidad anterior, mi deseo por aprender una forma más práctica de espiritualidad fue apoyado e impulsado dentro de la expansiva red de maestros, talleres, iglesias y comunidades de Unity, gracias a su visión incluyente y centrada en el mundo como tal. Tanto la Unity del norte de Houston (mi antigua comunidad), como la Unity de Houston (mi comunidad actual, dirigida por el reverendo Howard Caesar), tienen mi gratitud por proporcionarme un lugar “adonde” ir para obtener compañía, aprendizaje y amistades con almas que tienen formas de pensar similares. Y más allá de Houston, les agradezco a todos mis amigos de Unity alrededor del mundo por sus inspiradores ejemplos y enseñanzas.
Finalmente, mi gratitud más profunda está dirigida a los líderes del pensamiento que me han influenciado con más fuerza. Me gustaría agradecerles a Richard Boyatzis y a Daniel Goleman por su trabajo sobre la inteligencia emocional; su trabajo ha sido trascendental para mí. Entre otras de las grandes personas que influenciaron mi forma de pensar durante la creación de esta evaluación SQ21, y que ayudaron a mejorarla mientras escribía este libro, incluyo a: M. Scott Peck, Abraham Maslow, Ken Wilber, James Fowler, Susanne Cook-Greuter, Robert Kegan y Howard Gardner. El reverendo Pittman McGehee ha sido mi mentor personal, mi orientador y mi terapeuta jungiano desde hace ya muchos años; muchas gracias por la profundidad de su conocimiento y la sabiduría de su transmisión.
Es aún más grande mi deuda para con la infinidad de personas que trabajan en el campo de la psicología positiva, del desarrollo adulto, del crecimiento personal y espiritual, del desarrollo de liderazgo, de las ciencias del cerebro, de la nueva física y la futurología. También agradezco a los poetas británicos del Romanticismo y a los trascendentalistas estadounidenses: tocaron con profundidad mi alma cuando tenía 20 años y su influencia aún permanece en mí. Respecto a las tradiciones de fe, me gusta considerarme una “cristiana zen”; es decir, una cristiana con influencias budistas y taoístas. Iría más allá y diría que todos los grandes místicos y sabios, desde Rumi hasta Jesús, desde Krishnamurti al Dalai Lama, han contribuido al cuerpo de conocimiento e inspiración del cual me eduqué y del que me nutro. Ninguno de nosotros puede dar el “siguiente paso” sin construir algo sobre lo que incontables personas brillantes han hecho antes que nosotros. A todos mis maestros, de todas las generaciones, les digo: gracias.
INTRODUCCIÓN
“Ama a tu vecino como te amas a ti mismo.” Suena bien. Pero ¿se supone que de verdad debo amarlo? No querrás decir amarla, ¿verdad?
Así es como empezó mi viaje espiritual. Había estado buscando pasos prácticos para alcanzar lo que parecía ser una meta muy idealista. Al haber sido educada bajo los preceptos de la Iglesia católica romana, admiraba a la gente que parecía encarnar el amor, como Jesús, la Madre Teresa y los santos. Después añadí a la lista a mucha gente santa proveniente de distintos credos, la cual parecía capaz de amar a otros también, como Gandhi, Buda y muchos más. Pero para mí parecía imposible. Me preguntaba con frecuencia: “¿Cómo puede una persona ordinaria como yo aprender a dejar de ser impaciente, sentenciosa y, a veces, tan malhumorada? ¿Cómo puedo amar a otras personas irracionales y malhumoradas?”
De adolescente, me sentía muy desmotivada por esta forma de pensar. Parecía que lo que aprendía en la iglesia me tendía una trampa hacia el fracaso. Me sentía condenada a ser una persona inadecuada para toda la eternidad. Rezaba para obtener orientación de un dios en el que apenas creía (algo así como, “Dios, si estás ahí…”). Entonces, un día escuché una “voz” en mi cabeza que me preguntó con tono simpático: “¿Qué es lo que quieres exactamente?” Y una sabia parte de mí respondió sin que yo lo “pensara”: “Quiero ser sabia. Quiero entender”. Sentí entonces que una especie de paz se cernía sobre mí. La sabiduría se sentía bien.
Hay un dicho que reza: “Ten cuidado con lo que deseas”. Para mí, la sabiduría ha sido un tesoro difícil de conseguir. Me ha llegado en fragmentos, cada uno de los cuales ha sido precioso y maravilloso, y, por lo general, me ha costado algo. A veces era por medio de alguna presión externa o dificultad. La mayoría de las veces llegaba acompañado de un dolor interno, del dolor de separarme de mis propias ideas para favorecer “la manera correcta” de hacer o ser algo. Tuve que dejar ir partes de mi ego inmaduro para intercambiar cada una por una pizca de sabiduría. Y definitivamente no he terminado de aprender.
No soy una de esas personas que ha tenido alguna experiencia cercana con la muerte o un momento de revelación, y que se siente como si hubiera adquirido una inquebrantable sensación de conexión con lo divino. Mis conexiones han sido esporádicas, y mis momentos de introspección han llegado sobre todo gracias a un trabajo duro de mi parte, combinado con regalos de bendición.
A mi esposo, Bill, le gusta decir que los mejores entrenadores de basquetbol no fueron los mejores jugadores. Con frecuencia, los jugadores dotados parecen “sólo saber” cómo manejar el balón, confundir al equipo contrario o aterrizar un brinco. Por lo general, los mejores entrenadores tuvieron que esforzarse mucho cuando eran jugadores. Debieron entrenar y practicar para poder encestar los tiros libres. Tuvieron que estudiar las formaciones y mirar horas de jugadas grabadas para entender el lugar al que tenían que moverse en la cancha. Compensaron con esfuerzo lo que otros jugadores innatos parecían “sólo saber”. Y son buenos entrenadores porque pueden enseñarles a los demás el método lento y constante para practicar y entrenar sus aptitudes. Bill me dice esto para motivarme cuando trabajo en mí y cuando busco ayudar a los otros en su camino. Creo que soy capaz de orientar a otros porque tuve que esforzarme mucho para aprender lo que he aprendido.
Mi camino ha sido el del método lento y constante. Y es gracias a mi propia búsqueda para vivir del amor y actuar a partir de la sabiduría que concebí una forma de describir las aptitudes que he estado utilizando toda mi vida para construir. Diseñé el mapa mental que necesitaba, y espero que lo encuentres útil también.
En específico, este modelo de 21 aptitudes es el resultado de preguntarse lo siguiente: quiero ser una buena persona, ¿por dónde empiezo? Comencé con las figuras espirituales que tanto admiraba: ¿cómo puedo demostrar tanto amor como Jesús?, ¿o ser tranquila y pacífica como Gandhi?, ¿cómo mantengo el control, me mantengo fuerte y tomo decisiones frente a las adversidades como el Dalai Lama?, ¿o cómo tengo visión y fe como Nelson Mandela?
Sabía que debía trabajar mucho en mí. Pero ¿cómo sabría qué estudiar o qué pasos dar después? Otros colegas alababan diversos libros, procesos, retiros, maestros y talleres con entusiasmo. ¿Cómo podía yo saber lo que necesitaba hacer después?
Durante años, utilicé mi intuición y los consejos de mis amistades para ayudarme a responder esas preguntas. Devoré textos a un ritmo que igualaba la intensidad de mis estudios universitarios. Sin embargo, sentía que “desperdiciaba” mucho tiempo en lo que parecían ser callejones sin salida. A la larga, observé que emergía un patrón que con el tiempo se convertiría en las 21 aptitudes.
Mientras leía, asistía a talleres y practicaba diversas técnicas, me di cuenta de que empezaba a haber una mejora en mis relaciones personales y profesionales. Conforme disminuía la activación del ego, me transformaba en un mejor ser humano, en una persona más amable. Estas “cosas” sobre las que estaba trabajando tan arduamente sin duda tenían un valor que trascendía mi felicidad personal. Me estaba convirtiendo en una mejor madre, esposa, amiga y compañera de trabajo, y en una líder más eficaz.
La idea para describir la inteligencia espiritual como el camino práctico para liberar el ego y aprender a amar a los demás creció con lentitud, hasta que un día se solidificó en el concepto que la describía como una serie de aptitudes. Me topé con el trabajo de Daniel Goleman y Richard Boyatzis sobre la inteligencia emocional y lo amé de inmediato. Me di cuenta de que justo como las herramientas para una relación podían ser desglosadas en las 18 aptitudes de la inteligencia emocional (a las que Goleman y Boyatzis llaman “competencias”), la inteligencia espiritual consiste en aptitudes paralelas que pueden activar comportamientos de sabiduría y amor.
¿Y si podía nombrar aquellas aptitudes de la inteligencia espiritual y describirlas en un arco que fuera del nivel de principiante al nivel de experto? ¿Podría una estructura de aptitudes y niveles de desarrollo ayudarme a mí y a otros a saber en qué enfocarlas después?
En el 2000 dejé un gran puesto de trabajo en Exxon1 para responder estas preguntas. Gracias a que trabajé en recursos humanos durante toda mi carrera, sabía que la espiritualidad era un tema de gran diversidad y sensibilidad. Lo que fuera a crear tendría que ser neutral y amigable con respecto al concepto de fe. Por ejemplo, quería un lenguaje con el que los agnósticos y ateos se pudieran conectar también; sería crucial usar definiciones claras y un glosario de sinónimos.
Estaba en pleno proceso de crear la primera versión de la prueba cuando ocurrieron los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001. Su repercusión incluyó un enorme grado de tensión interreligiosa. Necesitaba encontrar un lenguaje común con el cual poder hablar de temas espirituales que, desde mi punto de vista, se habían vuelto urgentes. Para mí estaba claro que si confundíamos nuestro deseo de ser espirituales con necesidades egocéntricas sobre estar “en lo correcto” y “en el único camino correcto”, continuaríamos matándonos los unos a los otros. Necesitábamos encontrar una manera de honrar los otros caminos espirituales (incluidos los seculares) al entender a la gente que tenemos en común. Al mismo tiempo, quería honrar el hecho de que para algunas personas hay “un camino correcto para cada uno”, sin importar si ese camino es el budismo, el hinduismo, el Islam, el cristianismo o uno diferente.
¿Piensas que se trata de algo desesperadamente idealista? Quizá sí. Pero me gusta recordar el consejo que escuché una vez cuando era joven: apunta a las estrellas y quizá atrapes la luna. Así que la evaluación SQ21 y este libro son mi mejor esfuerzo para apuntar al cielo. Espero que el resultado sea atrapar la luna, ya que ofrezco algo que espero sea una pieza importante en el siguiente paso evolutivo para la humanidad en cuanto al desarrollo de nuestra inteligencia espiritual. A diferencia de la religión y la espiritualidad, la inteligencia espiritual es una serie de aptitudes que desarrollamos con el tiempo y con la práctica.
En este libro se mostrarán los resultados de décadas de investigación y de 12 años de un esfuerzo muy enfocado. Conforme avances en el libro, habrá que tener en cuenta los dos puntos siguientes:
Primero, mi meta es perfilar las aptitudes de la inteligencia espiritual, pero no prescribir el camino que “tienes” que seguir para desarrollarlas. Una vez que hayas examinado las aptitudes y decidido sobre cuál enfocarte, podrás regresar al camino de tu elección (la religión o las prácticas espirituales o seculares) y encontrar herramientas en el sendero específico hacia esa aptitud.
En segundo lugar, y teniendo en mente las 21 aptitudes, podrás enfocarte en lo que te ayudará justo en este momento. Espero que esto incremente el progreso y la velocidad con la que puedas crecer y desarrollarte.
Mi esperanza en específico para el lector es que las 21 aptitudes de la inteligencia espiritual constituyan un mapa y un diagnóstico realmente útiles, un método para ahorrar tiempo y esfuerzo. Puedes leer estos capítulos y ver cuáles son aquellas aptitudes que resuenan en ti. Después podrás centrar tus esfuerzos en buscar herramientas, talleres y prácticas que te ayuden a construir las aptitudes que quieres desarrollar en el camino que hayas elegido. Y, si estás muy dispuesto, quizá decidas realizar la evaluación SQ21 (disponible en deepchange.com), e interactuar con un asesor preparado para que te ayude a descubrir nuevas percepciones.
Mi esperanza más grande y arriesgada para este trabajo es que la inteligencia espiritual nos ayude a “crecer” como especie y nos permita navegar mejor a través de nuestro mundo complejo e independiente. Espero que alcancemos un punto culminante en el que haya suficientes de nosotros buscando una manera de amar a quienes nos rodean y a nosotros mismos, y de enfocarnos en lo mejor y en lo que está en un nivel superior, y que de ese modo nos dirijamos hacia un mejor futuro para la humanidad. Y si la SQ21 puede ser una pequeña parte de todo eso, me sentiré encantada.
Les mando bendiciones a todos y cada uno de ustedes. Espero que todos podamos desarrollar el músculo espiritual que necesitamos para convertirnos en las mejores personas posibles.
Y que podamos construir un futuro hermoso para la humanidad.
CINDY WIGGLESWORTH
HOUSTON, TEXAS, 2012
PRIMERA PARTE
¿Qué es la inteligencia espiritual?
1. Volverse del todo humano
El hombre no puede aproximarse a lo divino yendo
más allá de lo humano; puede acercarse a Él siendo humano.
Volverse humano es aquello para lo cual fue creado
ese hombre en especial.
MARTIN BUBER (1956)
Volverse un humano íntegro es una gran aventura, la cual requiere que crezcamos y nos extendamos. ¿Has sentido también ese llamado a crecer? Algunos pasamos por la infancia con ese anhelo; otros descubren su yo inquieto a mayor edad. Sospecho que si tomaste este libro es porque estás en camino. Eres alguien que desea volverse del todo humano, ser la mejor versión de ti mismo. Una vez que esta ansia despierta, no habrá distracciones, compras por capricho ni ascensos laborales que la satisfagan, pues simplemente sabes que hay “algo más”.
Trascender nuestra “naturaleza ínfima” y crecer hasta desarrollar todo nuestro potencial como seres humanos es lo más importante y satisfactorio que podemos hacer con nuestra vida. La serie de aptitudes que en conjunto denomino “inteligencia espiritual” ha sido diseñada para ayudarte a ser más tú mismo, a seguir creciendo y desarrollándote, y a vivir con mayor conciencia, dirección, sabiduría y compasión. Estas aptitudes y la meta mayor de volverte del todo humano están en consonancia con todas las grandes tradiciones de sabiduría mundial. El psicólogo Abraham Maslow la describe como: “el único fin máximo de la humanidad, una meta lejana hacia la cual todos tendemos […] la cual se sintetiza como explotar en su totalidad los potenciales de una persona; es decir, volverse del todo humano”.
Nos sentimos atraídos hacia nuestro potencial superior, pues estamos en busca de algo. Aun así, por lo regular no somos capaces de describir el descontento que sentimos ni cómo haríamos para alcanzar el lugar al que estamos intentando “llegar”. Incluso los expertos —los místicos, los maestros, los santos y los sabios de todas las grandes tradiciones de la sabiduría mundial— no parecen ponerse de acuerdo en lo que se refiere a los tornillos y las tuercas de la transformación espiritual. Como lo señala Maslow, hay varios nombres para este “fin máximo”: autoactualización, autotrascendencia, realización o despertar espiritual, individuación y varios más. Asimismo, hay varios caminos para llegar a él. Cada cultura y fe tiene su propio camino, y algunas fes parecen estar convencidas de que la forma en la que lo describen es la única verdadera. Esta tendencia a ser exclusivo y a considerar erróneos otros caminos me ha causado conflicto casi toda la vida. Si es cierto que hay un “único fin máximo” para el desarrollo humano, ¿no debería ser posible describir una forma objetiva y neutral en cuanto a la fe para alcanzar dicha meta? A través del uso de herramientas provenientes de la psicología y otras ciencias, podemos crear y refinar un sistema confiable en términos estadísticos por medio del cual se pueda medir el progreso en la dimensión espiritual del desarrollo humano. Dentro de dicha estructura, cada camino espiritual puede seguir enseñando a sus adeptos cómo crecer, además de que podemos demostrar que muchos otros caminos también funcionan.
Lo que ofrezco en este libro es una forma de describir una pieza del rompecabezas faltante relativa a cómo nos volvemos del todo humanos, cómo nos ponemos a la altura de nuestro potencial máximo. Se fundamenta en el trabajo preexistente en el campo de las múltiples inteligencias y lo amplía. Al expandir este campo para que incluya la inteligencia espiritual podemos ir más allá de la típica conversación sobre “quién está en lo correcto y quién se equivoca”. Podemos enfocarnos en la meta y cada uno puede elegir su propio camino para llegar ahí. Si usas las 21 aptitudes de la inteligencia espiritual, podrás valorar en dónde te encuentras, planear ciertos pasos concretos para crecer y comenzar a ver de inmediato el impacto que tienen en aspectos de la vida que te importan.
Definir la meta
Comenzaremos con una pregunta: ¿a quién admiras como líder espiritual? Piénsalo un instante. La palabra admirar es la clave. Piensa en quienes te vengan a la mente, sin dudar, como ejemplos de gente que claramente lleva una vida noble. Luego hazte una segunda pregunta: ¿por qué admiro a estas personas como líderes espirituales?, ¿cuáles son las cualidades que los hacen destacarse como ejemplos de potencial humano elevado? Quizá quieras tomarte un tiempo para poner por escrito tu lista de personas nobles y sus cualidades.
Les he hecho estas preguntas a miles de personas de distintos contextos y con persuasiones religiosas o espirituales variadas; desde creyentes devotos hasta ateos declarados. Lo que me resulta tan reafirmante y fascinante de sus respuestas es que concuerdan mucho más de lo esperado.
Los nombres que suelen surgir son bastante consistentes y tienden a caer en categorías predecibles: grandes figuras religiosas como Abraham, Buda, el Dalai Lama, Gandhi, Jesús, Krishna, Mahoma, Moisés, la Madre Teresa, el Papa y varios santos; grandes líderes políticos, activistas por la paz o defensores de la libertad como Jimmy Carter, Gandhi, Martin Luther King Jr., Nelson Mandela y Thich Nhat Hanh (algunos de los cuales también son líderes religiosos/espirituales); figuras culturales prominentes y personalidades de la televisión como Deepak Chopra u Oprah Winfrey; personajes ficticios como Yoda de Star Wars, o Atticus Finch de Matar un ruiseñor, y parientes, maestros espirituales o religiosos actuales, consejeros vocacionales o profesores de escuela, amigos o hasta el jefe, que nos inspiran en la vida cotidiana.
Más fundamental aún es que cuando se le pide a la gente que describa las cualidades específicas que los hacen admirar a esas personas, las palabras con las que responden también suelen ser muy similares. Más allá de las diferencias religiosas y culturales, en realidad tenemos ideas notablemente congruentes y claras acerca de cómo es la realización elevada de los seres humanos. He aquí algunas de las descripciones que escucho con más frecuencia. El o la líder espiritual:
- es auténtico e íntegro;
- es pacífico, centrado y tranquilo;
- tiene una misión o vocación clara;
- es compasivo, solícito, amable y amoroso;
- es valiente, confiable, fiel y tiene gran fe;
- es indulgente y generoso;
- es un gran líder, maestro o mentor;
- es humilde, inspirador y sabio;
- no es violento;
- es de mente y corazón abiertos;
- es persistente, se rige por valores y está comprometido a servir a otros.
Aunque las palabras elegidas varíen un poco cuando se trata de cierta persona o grupo, suelen ser sinónimos de las de esta lista. Lo que me indica la consistencia en las respuestas es que ya tenemos una percepción general de qué hace a alguien digno de nuestra admiración y quizá incluso de nuestra emulación. Reconocemos una expresión más íntegra y elevada de la humanidad cuando la vemos. Si ponemos de lado nuestras ideas sobre lo que significa la espiritualidad, o las preconcepciones sobre la religión que pueden estar almacenadas en nuestra memoria desde niños, descubrimos que tenemos una “brújula espiritual” natural. Sabemos cómo se ve la nobleza, y la inquietud que sentimos es el efecto de ser atraídos hacia una expresión absoluta de nuestro propio potencial humano.
La pregunta que persiste es: ¿cómo llegamos ahí?, ¿cómo nos movemos de nuestro sitio actual para ser más como Gandhi, Jesús, Nelson Mandela, el Dalai Lama o el sabio profesor que nos inspiró en la infancia? A pesar de tener un sentido innato de adónde necesitamos ir, a la mayoría no nos han enseñado las aptitudes y capacidades específicas que intentamos adquirir cuando buscamos crecimiento espiritual. Asimismo, tampoco hemos tenido medios para medir en dónde nos encontramos en nuestro viaje hacia el desarrollo de dichas aptitudes. Éstas son las áreas en las cuales este libro busca contribuir.
No estoy ofreciéndote otro camino alternativo ni afirmo que el mío sea mejor que el de los demás. Más bien estoy proponiendo una estrategia del todo distinta, que pueda ser aplicable a cualquier camino particular que estés siguiendo, y así hacerlo más efectivo, deliberado y más claramente transformativo. Esta estrategia es el cultivo de lo que llamo “inteligencia espiritual”.
¿Qué es la inteligencia espiritual?
La inteligencia espiritual, o “SQ”, es el campo en el que me especializo. En el siguiente capítulo observaremos cómo se vincula con otros tipos de inteligencia con los que quizá estamos más familiarizados, y pasaremos algo de tiempo analizando la noción general de las inteligencias múltiples. No obstante, como introducción a este campo, quisiera compartirte cómo llegué a él. Cuando mi viaje empezó, no sabía nada sobre la teoría de las inteligencias múltiples o incluso sobre la ahora muy aceptada noción de inteligencia emocional. No era más que una profesional de los recursos humanos que trabajaba en una gran empresa petrolera en Texas y era consciente de mi propio crecimiento y de los efectos que éste tenía en mi capacidad de liderazgo. Cuando tenía alrededor de 35 años, noté que me estaba convirtiendo en una líder con mayor impacto que antes. Conseguía que aprobaran proyectos multimillonarios en poco tiempo (lo cual era un gran logro en el área de recursos humanos en los años noventa del siglo pasado). Los gerentes me ayudaban de inmediato a formar los equipos para mis proyectos, aun a pesar de que sus propios proyectos tenían pocos recursos. Y mis equipos eran prósperos, creativos y productivos. Entonces rastreé el desarrollo de esas nuevas y poderosas aptitudes de liderazgo al trabajo espiritual que llevaba tiempo realizando. Me había estado enfocando en reducir mi apego a necesidades egocéntricas y en poner más atención en el bien común del equipo, los empleados, la compañía y más. De esta forma, al cambiar el enfoque empecé a ver soluciones a las que antes estaba cegada y a trabajar con gente de formas creativas que jamás se me habrían ocurrido con anterioridad. Me resultaba obvio que mi crecimiento espiritual estaba teniendo un impacto directo en mi efectividad como líder. No obstante, sabía que hablar de espiritualidad no sería muy bien aceptado en el ambiente corporativo. Como gerente de recursos humanos, entendía muy bien la susceptibilidad que implicaba traer a la conversación laboral algo que sonara a religión, por mínimo que fuera, sobre todo en Texas, en donde la gente suele ser de orientación cristiana muy conservadora y los debates teológicos intensos podían desatarse con facilidad. Fue ahí cuando empecé a considerar por primera vez cómo las nuevas capacidades y potencialidades que estaba descubriendo podrían traducirse en términos universales que estuvieran libres de bagaje religioso.
Más adelante, llegué a establecer la hipótesis de que debía haber “aptitudes” o competencias específicas cuya contribución a la inteligencia espiritual pudiera identificarse, e incluso maneras de medir científicamente dichas aptitudes. Al descubrir que nadie había creado ese lenguaje aún, abandoné Exxon tras trabajar ahí durante dos décadas, y me alejé de una carrera exitosa para lanzarme a lo desconocido. Empecé mi propia compañía y me planteé el objetivo de definir la inteligencia espiritual y probar mi hipótesis.
Mis preguntas nucleares eran: ¿es posible crear un instrumento de calidad demostrado con rigor, neutral en términos de fe y profesional para medir este poderoso conjunto de aptitudes? Y, ¿en realidad dicho conjunto de aptitudes se vincula con el desarrollo humano y las capacidades de liderazgo?
El principal obstáculo al que me enfrenté durante mis días en Exxon y que aún enfrento con varios clientes en la actualidad es la preocupación por el respeto a la diversidad religiosa. Déjame asegurarte que, si compartes estas preocupaciones, descubrirás que la inteligencia espiritual es distinta a la espiritualidad o a la religión. Para comenzar este libro con claridad en cuanto a estas distinciones clave, a continuación te presento mis definiciones de espiritualidad, religión y, por último, inteligencia espiritual.
La espiritualidad, como yo la defino, es la necesidad humana innata de estar conectado a algo más grande que nosotros, algo que consideramos divino o de nobleza excepcional. Esto implica que buscamos conectarnos con algo más grande que nuestro inmaduro ego, que nuestras ínfimas necesidades. El deseo innato de establecer esa conexión trasciende cualquier fe o tradición particular. No requiere creer en una divinidad, como sea que se le describa, ni excluye la creencia en Dios, en espíritus o en lo divino. Creo que esta necesidad innata de estar conectado con “algo más grande” existe en todos nosotros, aunque algunos escuchamos su voz con más fuerza que otros. De cuando en cuando, nuestras necesidades de supervivencia pueden superar nuestra conciencia de dicho llamado. Es por ello que Abraham Maslow identificó la “autotrascendencia” como una de las necesidades humanas, pero la colocó en la parte superior de la pirámide para indicar que sólo es posible que emerja en su totalidad cuando las necesidades inferiores de “subsistencia” están satisfechas.
La religión, como yo la defino, es una serie de creencias y prácticas específicas, que por lo regular se basan en un texto sagrado y son representadas por una comunidad de personas. Las religiones pueden apoyar el crecimiento espiritual de la gente, así como la satisfacción de la necesidad innata de conectarse con algo más grande que ellos, pero no es el único camino hacia el desarrollo espiritual.
La inteligencia espiritual, a diferencia de la espiritualidad y la religión, es una serie de aptitudes que desarrollamos con el paso del tiempo y con la práctica. Puede desarrollarse dentro de una creencia o tradición religiosa, o de forma independiente. Sin embargo, el punto clave a considerar aquí es que no necesita ser desarrollada. Creo que todos nacemos siendo espiritualmente inteligentes, pero la inteligencia espiritual requiere esfuerzo y práctica. Del mismo modo, una niña puede nacer con talento musical, pero, a menos de que desarrolle la aptitud de tocar un instrumento y practique su arte de forma consistente, no llegará a ser un gran músico.
Entonces, ¿qué es la intelig
