Introducción
Narco es un término muy corto para todo lo que implica. Lo mismo sustantivo o adjetivo calificativo, su presencia es cada vez más visible, a ratos hipervisible por la intervención de los medios de comunicación masiva y la propaganda gubernamental hecha spot. También incide en la vida cotidiana, en las conversaciones de la gente y en su vocabulario, y en distintas zonas geográficas del país como una realidad brutal en la cual constituye un entramado en el que convergen dinero, poder, violencia y globalización, entre otras cosas.
En el plano histórico, la aparición del fenómeno es muy reciente, pues no tiene más de cien años. Y ese hecho es muy significativo, pues en realidad el narco es consecuencia de una prohibición que creó el mercado negro y, de ese modo, un negocio multimillonario cada vez más importante tras el arribo de la globalización. En este lapso, distintas partes del fenómeno ya no sólo se relacionan con la delincuencia o con la corrupción del Estado, sino con la cultura bajo formas simbólicas épicas como se evidencia en algunos corridos de traficantes, por ejemplo, y en otros sistemas de significantes que también articulan la subcultura. Sin embargo, al ser observado desde afuera por una sociedad mayoritariamente informada acerca del tema a través de medios industriales de comunicación que suelen depender de una sola fuente —las autoridades, apoyadas por la propaganda de grupos de interés como ocurrió de manera evidente en México durante el sexenio 2006-2012—, o por la dimensión popular-masiva de ficciones cinematográficas y televisivas que han vuelto tolerable o incluso catártica la violencia y el supuesto honor mafioso, el resultado termina por ser un grueso velo donde aparecen imaginarios que dificultan la comprensión de una realidad de por sí compleja.1
En todo caso, no hay que olvidar que el uso de diversas plantas y sustancias psicoactivas es muy antiguo; hay registros que se remontan a cuatro mil años antes de Cristo. En diferentes culturas han tenido un empleo científico, en la farmacopea o como materia prima de una gran cantidad de medicamentos, y también han sido consumidas en los ámbitos ritual y sagrado, temas de hecho privilegiados por la antropología, disciplina que por cierto también puede contribuir a la comprensión de fenómenos como el narcotráfico, y con algunos de sus conceptos (cultura, subcultura o contracultura, por ejemplo) ayudar a esclarecer los papeles que dichas plantas y sustancias ilícitas han jugado en distintos momentos de la historia: como parte de la cultura, en el pasado, en manos de chamanes y sacerdotes, y hoy perteneciente a los saberes y la cosmovisión de diversas etnias; como parte de la contracultura artística, estética y juvenil de los años cincuenta, sesenta y setenta del siglo XX, pero también de la década de los noventa en las fiestas electrónicas o raves, o de una subcultura de tipo delincuencial como sucede hoy día. Esta última, objeto de interés de este libro.2
A pesar de que el tráfico de drogas despierta poderosamente la atención y el interés de la sociedad, en su estudio y análisis académico no es difícil encontrar vacíos y desequilibrios significativos: en nuestro país predominan enfoques jurídico-punitivos sobre el delito y el crimen organizado, o miradas médico-psiquiátricas sobre las adicciones, entre otros, pero son escasos los estudios con un enfoque sociológico que superen la óptica desviacionista, o los antropológicos. Y es que no es tan simple estudiar este problema desde estas perspectivas. Además del miedo, el riesgo o el peligro que conlleva relacionarse con actividades ilegales y con sus actores, y sus implicaciones éticas y legales, existe la dificultad de acceder a redes delictivas que por su naturaleza tienden a encapsularse y no suelen aceptar ni incluir a extraños. La propia complejidad que el tráfico de drogas ha adquirido en los últimos cien años (esto es, desde el momento en que fueron prohibidas algunas sustancias que alteran la percepción de la realidad) permite abordar el fenómeno desde muy diversas disciplinas, aunque también llega a traducirse en una buena cantidad de investigaciones en que el objeto de estudio queda muy lejos de esa realidad en que actúan personas de carne y hueso.
Ahora bien, de la abundante bibliografía académica sobre el tema, para el caso de este libro en particular fueron útiles y muy recomendables trabajos como el de Luis Astorga (2001, 2005, 2007), cuya sociología histórica del tráfico de drogas en México permite comprender parte de su desarrollo con el paso del tiempo. El del antropólogo Juan Cajas (2004) reflexiona en la cosmopolita Nueva York sobre la incertidumbre del mundo moderno y la prohibición de las drogas, apoyándose en diálogos y vivencias con diversos operadores, traficantes y matones colombianos. Sobre geopolítica, seguridad nacional y la doble moral del gobierno estadounidense en asuntos de narcotráfico, que por supuesto incluye tanto la retórica de la “guerra contra las drogas” como el financiamiento de operaciones encubiertas de la CIA, el libro de Alfred W. McCoy (2003) es fundamental. También “The Cultural Meaning of Drug Use”, de Paul Willis (1976), un trabajo clásico de la Escuela de Birmingham que aborda el significado cultural del consumo de drogas entre los jóvenes británicos. La investigación que emprende el estudio de las favelas de Río de Janeiro, de Alba Zaluar (2001), vincula el dinero con la violencia y con el sistema de justicia. También son muy interesantes las historias sobre jóvenes sicarios en Medellín escritas por Alonso Salazar (1994), el punto de vista de una vendedora de drogas en una pequeña ciudad colombiana, contado por Eliana Cárdenas (2008), y son fundamentales las relaciones entre jóvenes, delincuencia y drogas, tratadas por Carlos Mario Perea (2007, 2008). Para entender las percepciones y las prácticas de los traficantes colombianos en otros continentes, concretamente en el puerto de Rotterdam, puede recurrirse al trabajo de Damián Zaitch (2001), y sobre las drogas en sí, lo que incluye una suerte de fenomenología de las más diversas sustancias así como su historia social y cultural, el trabajo de Antonio Escohotado (1998) es una referencia obligada. Por razones de espacio no caben aquí más referencias explícitas, pero a lo largo del trabajo y en la bibliografía podrán encontrarse otras tantas investigaciones que vale la pena consultar.
Estos vacíos y estos desequilibrios, que pueden detectarse en los distintos abordajes del tema (la lógica punitiva del sistema penitenciario, la enfermedad bajo la que se rige el ámbito clínico, o el desviacionismo que impera en muchas miradas y disciplinas académicas), además de las limitaciones para difundir estos conocimientos fuera de los circuitos universitarios o de los especialistas, en cierto sentido se han compensado con la reciente y abundante producción de libros con reportajes y crónicas periodísticas, no todos de buena calidad, pues en muchos casos son evidentes el oportunismo y los intereses comerciales frente a la gran demanda por conocer el fenómeno dados los acontecimientos de los últimos años en nuestro país. Entre otros libros significativos, que también pueden consultarse en la bibliografía, destacan los trabajos de Jesús Blancornelas (2001, 2002, 2003, 2004), Anabel Hernández (2008, 2010), Gómez y Fritz (2005), Ricardo Ravelo (2005, 2006, 2007a, 2007b) y la obra recopilatoria que incluye la colaboración de Carlos Monsiváis (2004). Quizá uno de los rasgos más llamativos de muchos de estos textos sea que acercan al gran público a esa dimensión criminal un tanto épica y trágica del fenómeno: las historias de los grandes capos, la violencia cada vez más extrema, las traiciones y las complicidades con funcionarios, políticos y empresarios.
Como puede inferirse, es importante llenar estos huecos en la investigación sobre el fenómeno para comprender mejor los motivos y los efectos que el narcotráfico está produciendo de manera acelerada. Pero dada su complejidad —esto es, sus dimensiones criminal, económica, política, médica, cultural, social y mediática, interrelacionadas entre sí y conectadas con otros hechos— son necesarias la creatividad y los abordajes multidisciplinarios, que no sólo proporcionan un aparato conceptual sólido que permita interpretar el problema, sino una mejor contextualización que ayude a entenderlo con mayor profundidad al desarrollarse actualmente en el marco de los procesos de globalización.
Hay avances y contribuciones importantes en la investigación sobre el tráfico de drogas y la violencia que se le asocia, pero ante su dinamismo y movilidad falta mucho por hacer. Este trabajo busca ser una aportación desde la antropología.
Se realizó de la siguiente manera: además de tomar en cuenta los usos culturales (sagrados y profanos, muchas veces articulados en rituales) y las características de conceptos como subcultura o contracultura, la disciplina utiliza herramientas de investigación como la observación o la entrevista a profundidad. El recorrido inició conversando con algunas personas relacionadas con las drogas ilegales, primero consumidores tanto ocasionales como profesionales. Optamos por evitar a los más jóvenes acatando la sugerencia de un amigo bastante maleado en estas lides: “Si andas con chavos y les cae la policía, es muy fácil que te acusen de suministrarles la droga”, me dijo. Así que mejor me llevó con su compadre, quien ahora tiene más de cincuenta años de edad; era tan buen cliente que lo abastecían a cualquier hora, día y en cualquier lugar de la ciudad. Por medio de él conocí a un vendedor cuyo negocio de cocaína al menudeo movía alrededor de un kilo a la semana; claro que, como pasa con este tipo de redes, al enterarnos de que le habían caído unos judiciales, la relación se perdió hasta que tiempo después lo busqué para intentar obtener su visión y su versión del negocio de la cocaína, que expondré más adelante. Sobre el amigo y otros informantes que me llevaron con sus proveedores, vale la pena señalar que su apariencia está muy lejos del estereotipo del drogadicto, pues tienen empleo o negocio propio, muchos son profesionistas y hay tanto hombres como mujeres, y ninguno es menor de treinta años. No obstante, no faltaron los que cumplían a cabalidad con el estereotipo, cuya adicción los ha hecho pasar por granjas y anexos, incluso un par de ellos falleció por complicaciones derivadas del abuso de la cocaína. Por medio de estas redes conocí a algunos vendedores en distintos puntos del área metropolitana de la ciudad de México, con quienes platiqué de cuando en cuando, pero como no accedían a ser grabados o a mantener entrevistas más formales, tuve que conformarme con escribir algunas notas después de encontrarme con ellos.
No faltaba el informante mañoso que, con el pretexto de hablarme de su relación con los dealers, me pedía que lo llevara a la “tiendita” y lo esperara un par de minutos en el auto mientras él compraba la mercancía, después de lo cual nos íbamos de ahí. Otros vendedores me proporcionaban anécdotas y algunas buenas historias de la calle, que en algunos casos fueron puertas de entrada para comprender el problema, ahora tan mediatizado, del narcomenudeo.
Esta parte del trabajo me permitió conocer algunos eslabones del fenómeno en lo que respecta a consumidores y vendedores en las calles de una ciudad tan compleja como el Distrito Federal. Sin embargo, éstos son tan sólo los puntos finales de una actividad que suele comenzar muy lejos de las urbes y alcanza otras dimensiones. Ante la imposibilidad real de acceder a redes más complejas que trafican con las drogas, lo que vendrían a ser las grandes ligas del negocio, fue necesario buscar el testimonio de los otros actores del entramado: policías, concretamente los facultados para intervenir en asuntos de drogas. Por razones obvias, para no mezclar informantes y correr el riesgo innecesario de quedar en una posición complicada —como dedo, borrega o soplón—, busqué encuentros y entrevistas con ex judiciales federales. No fue fácil, por razones que se exponen a lo largo de este libro, donde utilizo unos cuantos testimonios. El más extenso y significativo, entre otras cosas por su disposición para conversar en diversas ocasiones durante varias horas, fue el de un ex policía que trabajó en la Policía Judicial Federal (PJF) y en la Agencia Federal de Investigaciones (AFI).
En asuntos de tipo criminal, las historias de vida de los traficantes también tienen utilidad, riesgos y limitaciones que en su momento se expondrán; aun así, la mencionada entrevista a profundidad que genera un testimonio sobre la dimensión delictiva de las drogas era muy importante para un enfoque como el que buscaba. Pero además de que era difícil de obtener (llegar a ellos, introducirse en su círculo, ganar su confianza, o simplemente tener el privilegio de observar su mundo, más que de hacer preguntas), por supuesto no era suficiente para entender la complejidad que ha alcanzado el fenómeno durante los últimos años. Por eso fue necesario que me apoyara en otras fuentes institucionales de carácter nacional e internacional, pero también en algunos relatos producidos por investigaciones periodísticas que incluían declaraciones ministeriales y sobre todo en un monitoreo constante del tema en medios (prensa escrita, televisión e internet) que con el paso del tiempo me permitió ir descubriendo intervenciones y manipulaciones además de vicios y precariedades estructurales para desarrollar el trabajo periodístico, así como violaciones al debido proceso y la reproducción de discursos o prácticas que criminalizan y estigmatizan.
La casualidad me llevó a un periodista, especialista en temas de seguridad pública, con mucha experiencia de reporteo en la calle y con una buena formación intelectual, con quien he conversado durante muchas horas y en distintas ocasiones sobre medios de comunicación, delito y violencia, haciendo énfasis en asuntos de drogas, lo cual me ha ayudado a hacer un uso más crítico y reflexivo del material mediático sin dejar de aprovechar la información que produce; los errores y los aciertos resultantes, por supuesto, son responsabilidad de quien escribe. Es otro tanto un intento por usar estas fuentes de acuerdo con propuestas como las de Michel de Certeau (1993: 85): repartirlas de otro modo, ese “gesto de poner aparte, de reunir, de convertir en ‘documentos’ ”. Emplearlas para llenar ciertas lagunas y ciertos vacíos con el fin de comprender parte de las dinámicas de eso que apenas en los años cincuenta del siglo pasado la prensa comenzó a llamar narcotráfico, cuya violencia extrema, que despierta la atención, el horror y el interés de la sociedad, tiene poco más de treinta años. Se trata de “cambiar una cosa, que tenía ya su condición y desempeñaba su papel, en otra cosa que funcione de una manera distinta” (ibid.: 88), pues el lapso histórico de esta era prohibicionista es muy breve frente a la complejidad que ha alcanzado el fenómeno en tan poco tiempo. Ésta es la razón para utilizar en el texto la mayor cantidad de voces en el entramado de las drogas ilegales.
Con esta variedad de informantes (consumidores, vendedores al menudeo y ex judiciales federales), una revisión bibliográfica sobre el tema y acerca de algunos asuntos relacionados, un monitoreo de medios, diversos informes oficiales, alguna averiguación previa, y mediante las leyes federales de transparencia y acceso a la información, peticiones directas a secretarías de Estado como Defensa Nacional, Marina, Seguridad Pública federal, Seguridad Pública del Distrito Federal, Policía Federal, Procuraduría General de la República y Gobernación, entre otras, estuve en posibilidad de comenzar a producir datos e identificar signos que permitieran descubrir algunas tramas de las que está hecho el tráfico, la distribución y la venta de drogas ilícitas, en específico cocaína y mariguana, básicamente por su margen de ganancia en el primer caso y por la cantidad de consumidores en el segundo.
Es importante aclarar que toda esta información, cuyo flujo comenzó a incrementarse tras la llegada de Felipe Calderón al poder, se fue agrupando en una gama que va de lo global a lo local, esto es, de las dimensiones estructurales y globales del fenómeno (geopolítica, economía, flujos comerciales y financieros), a las nacionales, regionales (el caso mexicano, que no puede desligarse del todo de lo que se decide en Estados Unidos, pero tampoco de lo que pasa en Colombia) y locales (la ciudad de México y su zona metropolitana), sin olvidar por supuesto la dimensión cultural, que va de lo hegemónico a lo subalterno y de la subcultura a la contracultura con sus vasos comunicantes, y la dimensión imaginaria en torno al fenómeno que, aun sin proponérselo —aunque tampoco escasean las manipulaciones de distintos poderes fácticos o grupos de interés, como la falsa muerte anunciada de Nazario Moreno, por ejemplo—, mezcla realidad con ficción e imaginación. Una variedad de elementos que, en conjunto, permitieron armar unas cuantas piezas del complejo rompecabezas en que se ha convertido el tráfico de drogas en nuestro país: sólo una pequeña parte y sólo una interpretación, pues en temas como éste es imposible encontrar verdades absolutas a no ser, claro está, que la historia la cuenten sus protagonistas, lo cual no es muy común al menos en nuestro país.
En este sentido, será frecuente que todos estos planos aparezcan durante la lectura de este libro, pues no sólo ilustran la complejidad que ha alcanzado el fenómeno en menos de cien años de prohibición, sino su propia dinámica en forma de redes locales, regionales, nacionales e internacionales. También es importante señalar que en los testimonios de mis informantes, específicamente los ex judiciales federales y los vendedores de drogas, me interesó respetar su habla, lo que el antropólogo Clifford Geertz (1994) llama conceptos nativos: sus puntos de vista, esto es, su visión y su versión de las cosas, que no solamente dejan ver la rudeza del ambiente, sino cómo algunos términos empleados por los medios de comunicación para referirse al narco (sicario, por ejemplo) no tienen mucho que ver con la realidad. De igual forma, me interesa conservar esa dimensión críptica del habla, cruce de lo delincuencial con lo popular, lo ambiguo y el doble sentido, donde sólo entiende quien debe entender y nadie más.
Los dos primeros capítulos son de vena histórica. En el primero se hace un breve recorrido por la historia de algunas plantas y sustancias psicoactivas que son tan antiguas como la humanidad, y su consumo ritualizado y culturalmente organizado a lo largo del tiempo. Ahí se plantea que estas sustancias, naturales o de diseño, lo único que tienen en común es su clasificación como drogas, y a partir de la metáfora del río se explican algunas razones por las cuales la prohibición contemporánea sufrió ya su derrota cultural. El segundo capítulo gira en torno al desarrollo del fenómeno en México: por medio de ciertos hechos y determinados momentos se pretende contextualizar el problema para entender el desarrollo vertiginoso del tráfico de narcóticos, un viaje que va de los intercambios comerciales y culturales a los exhortos para acabar con vicios que “degeneran la raza”; de los apodos a las familias, clanes, jefes y genealogías de dominio público, y de los imaginarios con su combinación de realidad e imaginación al poder, su violencia y las verdades jurídicas y mediáticas.
En el capítulo 3 se abordan algunas de las transformaciones que dieron lugar a lo que se podría llamar la modernización del crimen organizado: las mañas o modos de ser y hacer en el negocio de las drogas ilícitas, con diferencias entre la delincuencia parasitaria y la no parasitaria, profesionales con trayectoria o arribistas, e incluso en la mercancía que se contrabandea. La maña, con todo y sus ofrecimientos, deja ver estrategias y tácticas, relaciones de fuerza y de poder, y la corrupción como sistema. Aquí también se abordan las redes horizontales y verticales que articulan diferentes áreas de la actividad, así como la reorganización de viejas y nuevas rutas que históricamente han ido de las periferias a los centros traficando por aire, mar y tierra. Ahí se entrecruza lo local con lo regional, lo fronterizo y lo global, y este último proceso hace sentir sus efectos de distintas maneras, como los vacíos que ha ido dejando el Estado o la violencia implosiva que lo carcome.
Claro que el proceso arrancó mucho tiempo atrás, cuando modernidad y capitalismo, con las nuevas formas de producción industrial y su mitología, incidieron en la ruptura cultural respecto de las drogas y sus usos, por lo cual éstas terminaron volviéndose mercancías. De ahí que el capítulo 4 inicie con el asunto del tiempo capitalista y su concepción moral acerca de que el Estado debe cuidarnos de nosotros mismos: la ética protestante y el capitalismo de aventureros, como lo llamó Weber, para posteriormente arribar a épocas en que la mano de obra cada vez es más barata y más precaria. De ahí una parte del atractivo que ejerce la venta de drogas ilegales, con su danza de los millones que se presta a todo tipo de manipulaciones como imaginarios, pero que también alcanza las llamadas zonas grises del poder; por eso se alterna lo cuantitativo con lo cualitativo. Con base en el relato del vendedor de cocaína de un municipio conurbado de la ciudad de México, retirado del negocio durante el sexenio de la “guerra”, se traza una viñeta etnográfica3 sobre este mercado con su adulteración, sus grandes márgenes de ganancia, su corrupción y su violencia feroz. Y es que ahora, por si fuera poco, estas actividades se desarrollan en un contexto donde se multiplica la violencia anómica, que entre otros factores es producto de la frustración, la exclusión o la enervación de los estados de ánimo. Además, convertida en mercancía, suele ser explotada por distintos medios industriales de información, sobre todo con imágenes sensacionalistas o violaciones al debido proceso que se prestan a estrategias de propaganda y demás trucos que buscan imponer agendas políticas, sistemas de creencias, montajes mediáticos, difusión de miedos colectivos e incluso la guerra psicológica. Por eso el capítulo 5 gira en torno a la violencia y el cuerpo como mensaje: las implicaciones de este tipo de imágenes, reproducidas hasta el hartazgo durante la “guerra” de Calderón, así como algunos ejemplos sobre la dimensión geopolítica de las drogas que revelan no sólo diversas formas de violencia sino la doble moral del gobierno estadounidense en el combate al narcotráfico.
El capítulo 6 está dedicado a la subcultura que generó el tráfico de drogas: la sociedad narca y su estilo, los habitus con todo y la condición subalterna o de clase; cierta estética visibilizada por los medios de comunicación, pero también diversos rasgos en común y sus vasos comunicantes con la cultura hegemónica. Por eso hay veces en que la subcultura parece una extensión de la cultura dominante o, como en un espejo, su reflejo invertido. Además de dar cuenta de algunas formas simbólicas mediante las cuales se ejerce el poder, se abordan cuestiones como la oposición cultura-humanidad-superioridad frente a naturaleza-animalidad-inferioridad, que es la base para la elaboración del sujeto delincuente, así como creencias, armas, representaciones y algunos otros objetos significativos de este mundo narco.
Por último, en el capítulo 7 se presenta un relato etnográfico sobre los primeros encuentros con un vendedor de mariguana, el Bueno, para intentar obtener su visión y su versión de una actividad a la que se dedica desde hace muchos años. Incluye fragmentos sobre su vida, buena parte de ella dedicada a las drogas, algunos de sus motivos, más ejemplos de la corrupción como sistema, los horrores de la cárcel, las diferencias y la transformación del mercado negro de las drogas con el paso del tiempo e incluso algunos de los complejos mecanismos de convivencia, control y hasta cierto orden que los vendedores de drogas ejercen en el barrio o la colonia popular. Asimismo, se describe una tarde de viernes de quincena en uno de los varios miles de puntos de venta que existen en la ciudad de México, los contextos de precariedad urbana y rural donde se desarrolla buena parte de la producción y venta de mariguana, y por medio de los datos recabados sobre este mercado local se hace evidente el rotundo fracaso de la política de “guerra contra las drogas” en nuestro país.
Quiero agradecer a Guido Münch, del Instituto de Investigaciones Antropológicas de la UNAM, donde realicé el trabajo doctoral que es origen de este libro, su generosidad y su aliento; también a Rafael y a Alejandra Pérez-Taylor, así como a Cristina Oehmichen. A los muy apreciados Abilio Vergara, Maritza Urteaga, Xóchitl Ramírez, Víctor Payá y Marco Lara Klahr; a mi familia y a mi luz por el apoyo incondicional, y a mi amiga Gabriela Rodríguez por regalarme la oportunidad de terminar de escribir esto en Sinaloa. Y last, but not least, a Enrique Calderón, Claudia Orozco, Abel Montaño, Cynthia Chávez y al equipo de Penguin Random House, por su atención y empeño en la edición y publicación de este libro.
Salvo los de dominio público, todos los demás lugares, apodos, nombres y ubicaciones que pudieran revelar actividades o la identidad de cualquier informante han sido cambiados por motivos de seguridad. A todos, así como a aquellas malas compañías (ellas y ellos saben quiénes son) que de muchas y muy variadas formas colaboraron con esta investigación, agradezco su confianza, sus historias y sus testimonios, que me ayudaron a trazar unas cuantas viñetas sobre una pequeña parte de eso que algunos enterados conocen como la maña.
CAPÍTULO 1
Drogas
¿En qué momento irrumpe el narcotráfico en la vida pública del país? La amapola, la cocaína y la mariguana fueron prohibidas hace menos de cien años, a mediados de la década de 1920, y hasta hace poco el perfil de su producción, tráfico, distribución y consumo se mantuvo más bien bajo, esto es, “en las sombras”, articulado bajo códigos del secreto y por casi cuarenta años controlado su contenido por el aparato de seguridad del Estado, por la Policía Judicial Federal (PJF) y por la Dirección Federal de Seguridad (DFS). Se trataba de una actividad más o menos invisible, desarrollada tras bambalinas, en esas regiones que fungían como trasfondo escénico (Goffman, 1994) del poder político y económico.
Durante buena parte del siglo XX la presencia visible de estas drogas fue esporádica, limitándose a la nota roja de los periódicos, que desde entonces reproduce las versiones y las visiones oficiales: cuando llegaban a mencionarse, a los traficantes se les llamaba “envenenadores” y las cantidades decomisadas apenas eran de unos cuantos kilos. Sin embargo, una revisión hemerográfica más detallada de estos casi cien años de prohibición permite dar cuenta por lo menos de tres hechos fundamentales: 1) la prohibición trajo consigo la colusión y la corrupción de funcionarios públicos que van de policías a gobernadores y jefes militares; desde los años ochenta del siglo XX hasta hoy, las acusaciones incluyen al primer círculo del poder; 2) la producción, tráfico y distribución lo mismo articula espacios rurales y urbanos que relaciona personas de las más variadas nacionalidades y posición socioeconómica, y 3) la supuesta invisibilidad en realidad era aparente pues la presencia de estas drogas es intermitente pero constante con el paso del tiempo.
Históricamente —esto es algo que registran diversas estadísticas— sobresale el uso de la mariguana, que durante décadas fue presentada como algo sórdido que contribuía a la “degeneración de la raza”, aunque hay periodos como los años veinte y treinta del siglo XX en que la prensa también destaca el consumo de opio en distintas zonas del país, como la región noroeste o el propio Distrito Federal, donde incluso hubo fumaderos en el barrio chino de Dolores, en la calle de Mesones o en la colonia Juárez, entre otras, y sembradíos de amapola en Xochimilco. La cocaína podía conseguirse en burdeles de lujo en colonias como la Nápoles o la Melchor Ocampo, y aparecía vinculada a personajes adinerados y políticos. Es más, en la revisión hecha por Luis Astorga (2005: 53 y 108), en los ya remotos años treinta del siglo pasado destacan los siguientes lugares para conseguir drogas ilegales: las colonias Juan Polainas, Morelos, Merced, Tepito, Doctores; las calles San Antonio Abad, 16 de Septiembre, Doctor Río de la Loza, Dolores (el Chinatown mexicano), Obreros, Panaderos, Mecánicos, Imprenta, Arteaga y Costa Rica; los cabarets El Volga de la colonia Morelos y El Mesón Azul de la plaza Bartolomé de las Casas. No podía faltar la Penitenciaría, conocida también como el Almacén Central de Drogas, e incluso el manicomio de La Castañeda. Llama la atención que algunas de estas colonias o lugares hasta hoy permanecen como puntos de referencia en el mapa de la compra venta de drogas al mayoreo y al menudeo.
Como puede notarse, la cuestión de las drogas de ninguna manera es nueva, aunque diversas voces insistan en que su consumo en nuestro país es muy reciente y que hasta hace poco este sólo era lugar de tránsito para llegar al mercado estadounidense. De hecho, no pocas de estas declaraciones en realidad forman parte de ciertos “guiones” que contribuyen a organizar un discurso que pretende ocultar o borrar una historia cuyos orígenes se remontan a varios miles de años atrás: a tiempos arcaicos, por lo menos hasta los paleohomínidos, cuando se empleaban drogas en ritos purificatorios o de comunión en los que parte de un dios encarnaba en alguna planta o animal y su ingesta establecía nexos entre lo profano y lo sagrado, vinculando a los comulgantes entre sí y con sus divinidades. Desde entonces las más variadas plantas, cactos, arbustos, raíces, frutos, setas y otros tantos productos naturales, algunos de ellos fermentados, constituyeron los agentes mágicos en “banquetes sacramentales” de las más diversas culturas, empleándose también en curaciones, ceremonias de adivinación, hechicería o viajes extáticos. Por ende, el conocimiento de dichas sustancias, así como su dosificación y administración, estuvieron reservados a sacerdotes, brujos y chamanes: transgredir la prohibición, o incluso la adulteración, como pasó con el vino en Mesopotamia, era castigado severamente, aunque las mismas comunidades establecían lugares y momentos para el uso ritual de sustancias y plantas consideradas sagradas; prevalecía un consumo restringido a determinadas ceremonias, rituales o grupos de edad, tal como pasaba con el pulque entre los aztecas, por ejemplo. Éste también es uno de los afluentes que ayudarán a configurar lo que más tarde se conocerá como fiesta, la cual, a lo largo del tiempo, ha sido uno de los momentos significativos para lo que algunos estudiosos han llamado “ebriedades profanas”: el consumo de diversas sustancias, incluidas las psicoactivas, como parte de celebraciones y ritos dionisiacos, un viaje que va de la fertilidad a los aquelarres.
Para otras culturas, el empleo de este tipo de elementos mágicos es monopolio exclusivo de los chamanes, sobre lo cual la bibliografía es abundante. El chamán se caracteriza por ser un personaje que aparece en los cinco continentes: es el poderoso mediador entre el mundo de lo sagrado y lo profano, entre los vivos y los muertos, un conocedor de lo sobrenatural que por medio de su capacidad y su experiencia extática emprende el trance o “vuelo mágico”, abandona su cuerpo, desciende a las profundidades, combate espíritus malignos y absorbe la impureza ajena para curar o purificar. Dada la fuerza simbólica que los rodea, tampoco faltan acercamientos desde otras disciplinas, como la historia de las religiones, que incluye estudios clásicos como el de Mircea Eliade (1994) sobre el chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis, así como polémicas e interpretaciones contrapuestas. Una de las más importantes tiene que ver con los medios para alcanzar el éxtasis: según Eliade,
los narcóticos son únicamente un sustituto vulgar del trance “puro” […] son innovaciones recientes y muestran en cierto modo una decadencia de la técnica chamánica. Se trata de imitar, mediante la embriaguez narcótica, un estado espiritual que ya no se es capaz de conseguir de otro modo. Decadencia o, hay que añadir, vulgarización de una técnica mixta; en la India antigua y moderna, en todo el Oriente, se encuentra siempre esta extraña mezcla de “caminos difíciles” y “caminos fáciles” para conseguir el éxtasis místico o cualquier otra experiencia decisiva [ibid.: 313].
Su afirmación es tajante pero dadas las dicotomías puro/impuro y difícil/fácil, si no maniquea cuando menos superficial, ni siquiera aborda la definición de narcóticos ni distingue los diferentes tipos de agentes utilizados para estos trances extáticos o “excursiones psíquicas”, como él mismo las nombra. Hay estudiosos de los “venenos sagrados” que sobre la India afirman lo contrario, esto es, que el misticismo provocado por agentes vegetales precedió al causado por prácticas ascéticas (Felice, 1936). O críticas precisas como la de Antonio Escohotado, quien en los tres tomos de su historia general de las drogas sostiene que:
llamar plebeyo y decadente uso de narcóticos al empleo de sustancias que ningún farmacólogo llamaría tales, y para nada inductoras de sueño o sopor, no se explica desde fundamentos científicos. Se diría que esas “recetas elementales de éxtasis” mancillan la nobleza del auténtico misticismo como “camino difícil”, haciendo que el desapasionado interés de Eliade por todas las instituciones religiosas humanas —impasible ante sacrificios humanos, antropofagia, cruentos ritos de pasaje, etc.— se convierta de repente en preocupación moral ante “técnicas aberrantes” [1998: 55-56].
Por otro lado, la descalificación de Eliade a ciertas formas de alcanzar el éxtasis chamánico también es ilustrativa de las confusiones y las generalizaciones existentes en torno a la definición de drogas, sus tipos y sus variedades. Al igual que muchos otros términos, la palabra drogas es muy corta comparada con todo aquello a lo que se aplica o pretende englobar. Al colocar en el mismo saco las más diversas sustancias naturales y sintéticas cuyo consumo, efectos, grado de tolerancia, adicción, toxicidad, aceptación o estigmatización social son tan diferentes, se obtiene una generalización abusiva que diluye toda la complejidad y los matices existentes, que dificultan la comprensión del fenómeno pero son muy útiles en su distorsión. Eliade no escapó a esta simplificación y emplea el término narcótico para referirse al cáñamo, clasificado por la psicofarmacología entre los psicoactivos que producen “excursiones psíquicas” y no precisamente efectos narcotizantes; los otros dos grandes grupos son el de las drogas de paz interior (relacionadas con el “alivio del dolor, el sufrimiento y el desasosiego”) y las de energía (Escohotado, 1997: 31 y ss.).
En este sentido, al margen de si la postura de Eliade sobre los caminos fáciles para alcanzar el éxtasis es más moral que científica, que no es poca cosa y tampoco nada extraño con algunas posturas actuales en debates sobre drogas en los que se pretende barnizar de supuesta cientificidad lo que en realidad son posiciones y argumentos morales, es importante tomar en cuenta que las clasificadas como drogas tienen distintas propiedades farmacológicas y diferencias importantes entre sí que se traducen en distintas lógicas y ritualizaciones de su consumo. Los atributos visionarios de ciertas plantas, semillas, cactáceas y hongos silvestres, generados por alcaloides como la mescalina o la psilocibina, las hacen más idóneas que otras para inducir viajes místicos y por eso mismo se emplean desde tiempos inmemoriales en África, Asia, América, Europa y Australia; de hecho, para algunas culturas han sido el medio ritual que sirve como oráculo para consultar a los dioses, además de que han sido utilizadas en otras prácticas adivinatorias, mágicas o curativas.
Los indios de México, y muchos otros pueblos originarios de América, poseen un conocimiento ancestral de las también llamadas “plantas de poder” que hasta hoy perdura pese a la represión y la persecución iniciada con la colonización española, que calificó estas prácticas como brujería e idolatría: una resistencia cultural de cientos de años que también produjo sincretismos interesantes, como bautizar a los hongos alucinógenos con nombres como San Isidro, Carne de Dios, teonanacatl, ololiuhqui o Semillas de la Virgen, Cacto San Pedro, o llamarlos “niñitos santos”, como hacía María Sabina. El continente se caracteriza por su gran variedad de flora psicoactiva cuyo consumo se vinculaba a los cultos religiosos, lo que no necesariamente aconteció en otras latitudes donde se les daba un uso más profano, así que no escasea
