La cumbre escarlata

Fragmento

Título

CAPÍTULO UNO

pleca

HACE CATORCE ANOS, BÚFALO, NUEVA YORK
LA PRIMERA VEZ QUE VI UN FANTASMA TENÍA DIEZ AÑOS.
FUE EL FANTASMA DE MI MADRE.

Nevaba el día que enterraron a la madre de Edith Cushing. Copos grandes y mojados caían del cielo plomizo. El mundo carecía de color. La pequeña Edith se apoyaba en las piernas de su padre. Vestía de luto de pies a cabeza, llevaba abrigo y sombrero negros, este último enmarcaba su cara pálida y afligida. Los otros dolientes vestían sombreros de copa negros, velos densos, abrigos y guantes color ébano y joyería labrada del cabello de sus queridos muertos. Los vivos de Búfalo poseían guardarropas repletos de conjuntos modernos diseñados para llorar y lanzar puñados de tierra y pétalos de rosa a las tumbas recién excavadas.

Cuando los portadores transportaron el cuerpo de la madre de Edith a su sitio de descanso final, debajo del monumento erigido por la familia Cushing para el descanso eterno de los miembros de la familia, el féretro cerrado brilló como la obsidiana. Ángeles plañideros envolvían con sus alas onduladas a generaciones de muertos.

El cuerpo marchito de Mamá había estado tan negro que parecía que había muerto en un incendio, o eso había escuchado Edith en boca de Cook, cuando se lo contó a DeWitt, el mayordomo. Aunque Edith se había quedado muda al escuchar aquella revelación espeluznante, no tenía manera de confirmarla. En el hogar de los Cushing nadie le hablaba de su terrible pérdida, todos los sirvientes callaban cuando entraba a una habitación. Se sentía igual de invisible que un fantasma. Quería, necesitaba, que alguien la viera, la abrazara y meciera, le contara un cuento o le cantara una canción de cuna. Sin embargo, los empleados guardaban su distancia, como si la señorita trajera mala suerte.

En el cementerio reconoció a Alan McMichael y a su hermana Eunice. Alan era un año mayor que Edith, tenía el pelo rubio y las mejillas rojizas, era su amigo íntimo e inseparable. Sus ojos azul grisáceo, la única mancha de color en el cementerio, encontraron su mirada y la sostuvieron, como si él mismo le estuviera dando la mano. A su lado, Eunice estaba inquieta y un poco aburrida. Aunque Eunice apenas tenía nueve años, ya había asistido a muchos funerales. Eran niños victorianos y la muerte no era infrecuente.

No obstante, Edith había perdido a su única madre y eso resultaba nuevo y desconcertante. Doloroso. Habría querido llorar, pero las lágrimas se habían aferrado a los bordes de sus ojos. No debía causar un escándalo. Los niños bien educados debían ser vistos, no escuchados, incluso si sus mundos se derrumbaban. Alan, quien la miraba, parecía ser el único que entendía su pena insoportable. Las lágrimas brillaron en sus ojos azul plata.

Eunice cambió su peso de un pie al otro y se puso a jugar con uno de sus rizos pelirrojos. Alan tiró suavemente de la muñeca de su hermana para detenerla y ella lo golpeó. Su madre sonrió melancólica, como si no hubiera visto el espectáculo impropio de Eunice. La señora McMichael aún era hermosa y aún estaba viva.

Alan sujetaba a Eunice por la muñeca. Eunice sacó el labio inferior y su madre metió la mano en el bolsillo de su abrigo de marta cibelina para darle a su hija lo que parecía ser un dulce. Eunice lo tomó y se soltó de su hermano. Ahora era Alan quien pretendía no darse cuenta de lo que estaba sucediendo —o quizá en realidad no se dio cuenta—. Alan tenía su atención puesta en Edith, de cuyo pecho dolido amenazaba con salir un gemido inmenso. No habría más dulces de Mamá, ni sonrisas, ni cuentos.

El cólera se la había llevado. Una muerte horrible, agonizante y lenta. El padre de Edith había ordenado que el féretro se mantuviera cerrado y le pidió a Edith no asomarse. Así que no hubo beso de despedida, ninguna despedida ni últimas palabras.

*

Es decir, hasta que volvió. Tres semanas después de su muerte.

*

El tiempo no curaba todas las heridas.

Su madre llevaba casi un mes muerta y Edith la extrañaba más que nunca. La corona funeraria aún adornaba la puerta y la servidumbre llevaba brazaletes. Cook no había querido que las sirvientas retiraran las cortinas negras de los espejos. DeWitt le dijo que era demasiado supersticiosa y Cook le respondió que simplemente estaba siendo cauta. En lo concerniente a los muertos, no había certezas. En Irlanda, en 1792, el espíritu de una tía soltera se había quedado atrapado en un espejo y desde entonces se le aparecía a la familia. DeWitt había respondido que debido a que las cortinas se habían colocado antes de la muerte de la señora Cushing, y en vista de que ya la habían enterrado, no había forma de que la señora quedara atrapada.

Sin embargo, conservaron las cortinas en su sitio.

Edith estaba recostada en su camita de día, llorando discretamente en la oscuridad, su conejo de felpa le hacía compañía. El dolor en su corazón se hacía más profundo e intenso con el paso de las noches. Las sombras que proyectaban los montículos de nieve moteaban las portadas polvorientas de los libros que ella y su madre habían leído juntas, cada noche un par de páginas. Belleza Negra y El libro azul de los cuentos de hadas. Era incapaz de abrirlos.

Entre cada uno de sus sollozos escuchaba el tictac del reloj de pie que se encontraba al final del pasillo, parecía un hacha cortando madera. Fuera de la ventana de su habitación la nieve constante caía en silencio en la costa este del Lago Erie y la cabecera del Río Niagara. El Canal Erie había albergado la prosperidad de la familia de Edith. El viento y el agua helada. Esa noche, el hogar bellamente amueblado de los Cushing estaba frío, como había permanecido desde la muerte de Mamá. Edith sintió que se había convertido en hielo y nunca podría recuperar su calor.

Me pregunto si tiene frío, bajo tierra. No podía sacudirse esa idea, pese a que le habían dicho docenas —cientos— de veces que su madre estaba en un lugar mejor.

Recordó cuando su habitación había sido aquel lugar mejor: la voz suave y dulce de su madre leyéndole mientras Edith se acurrucaba debajo de un cubrecama con una taza de chocolate caliente y una botella de agua caliente.

Érase una vez.

Cuando tocaba canciones de cuna en el piano porque Edith no podía dormir.

Esa noche no habría música.

Edith rompió en llanto.

Escuchó el tictac del reloj que marcaba los segundos, las horas, las noches de la vida sin Mamá. Interminable. Implacable. Desalmado.

Escuchó un ruido entrecortado, entre suspiro y gemido. Se sacudió y se llevó la mano a la boca en señal de sorpresa. ¿Acaso ella había producido ese sonido?

Levantó la cabeza para escuchar mejor, el corazón le palpitaba.

Tic-tac-tic-tac. Era sólo el reloj.

Volvió a escucharlo. Un lamento triste y bajo. Un susurro de dolor. Incluso… agonía.

Se levantó y salió de la cama.

Se deslizó por el suelo frío, la duela rechinó y el roce de seda le acarició los oídos. No llevaba seda.

Cook le había contado a DeWitt que habían preparado el cuerpo de Mamá en su mejor traje de seda negra y que en las horas que precedieron su muerte, su piel había adquirido el mismo color. Cook había empleado palabras como “repugnante, abominable. Terrorífico”. Había hablado de su patrona como si hubiese sido un monstruo.

De Mamá, que había sido tan hermosa, siempre había olido a lilas y adoraba tocar el piano. Quien le había contado historias extraordinarias de princesas valerosas que boicoteaban a hechiceros malvados y se ganaban la adoración de sus príncipes. Quien le había prometido a Edith que en su propia vida figuraría un “y vivieron felices por siempre” con un hombre que le construiría un castillo, “con sus propias manos”, le decía, sonriendo de forma soñadora, y añadía, “como tu padre”.

Y ahora, Edith miraba fijamente la oscuridad y era incapaz de rememorar aquella imagen de Mamá. Su mente regresaba a ese monstruo, al horror, y se preguntaba si las sombras se movían por voluntad propia o si se trataba del juego de siluetas de copos de nieve en el tapiz. Llevó la mirada de la pared al final del pasillo. No estaba en silencio. Daba la impresión de que el aire se agitaba y después, se espesaba.

Se quedó helada cuando de la oscuridad comenzó a emerger una presencia, una figura oculta en las sombras que flotaba al final del pasillo. Una mujer, envuelta en lo que alguna vez fue un manto de seda negro muy fino, y que ahora parecía las alas raídas de una palomilla.

¿Era su imaginación? ¿Una ilusión óptica?

Edith comenzó a sudar frío. No está ahí. No lo está.

Ella no está.

Se le aceleró el pulso.

No se deslizaba hacia ella.

Ella no lo hacía.

Edith gritó y regresó a su habitación a toda velocidad. Sentía un cosquilleo en la piel y calor en las mejillas. Intentó escuchar pero sólo percibió un rugido en los oídos y el golpe seco de sus pies descalzos en la alfombra del pasillo.

Mientras corría, Edith no vio a la cosa que la perseguía ni sintió los dedos esqueléticos de una mano reluciente que le acariciaba el cabello. La luz de la luna alumbró los huesos de los dedos, reveló el destello caprichoso de una cara atormentada, sin carne.

No, Edith no la vio. Aunque quizá la sintió.

Una sombra. Un espíritu obligado a volver por un amor inextinguible, por la desesperación de hablar. Deslizándose, rozando la seda a su paso y produciendo un repiqueteo de huesos y carne marchita.

Edith no vio nada de eso cuando se metió debajo de las cobijas y se aferró a su conejito de felpa, temblando de miedo.

Pero segundos después, cuando se volteó de lado, se quedó completamente paralizada. Sintió una mano putrefacta en el hombro, olió la tierra húmeda de la sepultura y escuchó cuando de los labios deshidratados salió una voz distorsionada y ronca que había conocido mejor que su propia voz y le susurró al oído:

Hija mía, cuando llegue la hora, ten cuidado con la Cumbre Escarlata.”

Edith gritó. Se levantó de un salto y tomó sus lentes. Al ponérselos, las lámparas de gas se volvieron a encender. Ni siquiera se había dado cuenta de que se habían extinguido.

No había nada —nadie— en la habitación.

Hasta que alertado por sus gritos, su padre entró corriendo y la envolvió en su brazos.

*

Transcurrirían años antes de que volviera a escuchar una voz así, un aviso proveniente de otra época que lograría comprender demasiado tarde…

Título

CAPÍTULO DOS

pleca

HACE APENAS UNOS MESES

Eradía de mercado y el cielo estaba cubierto por una maraña de nubes blancas e infladas, como encaje fino. Edith cruzó el patio enlodado en sus botines de botonadura alta. Para esta ocasión afortunada había elegido una brillante falda dorada, blusa blanca y corbata negra. La falda hacía juego con su cabellera rubia, la cual había peinado en un chignon delicado y coronado con un soberbio sombrero nuevo adornado con un velo modesto que la identificaba —a su parecer— no como una mujer exclusivamente preocupada por la moda, aunque tampoco del todo bohemia. Más bien, como una mujer joven, inteligente y ambiciosa. Y talentosa.

Por primera vez en su vida tenía algo que había creado, un producto para vender y un posible comprador. Levantó el paquete pesado y sonrió para sí.

Ganado, vendedores ambulantes, carruajes y el ocasional automóvil amenazaban con salpicarle la ropa de lodo. Impoluta, cruzó la calle con dirección al ajetreado edificio comercial en donde ella, la señorita Edith Cushing, tenía negocios que gestionar. Subió las escaleras.

Consideró buena señal que Alan McMichael, ahora el doctor Alan McMichael, la llamara cuando éste descendía de las escaleras. Se detuvo a saludarla. No se habían visto en años, él había estado en Inglaterra estudiando para ser oftalmólogo. Le sorprendió darse cuenta de que ya era todo un hombre, tenía la cara angular, como lo son las caras de los hombres adultos —la grasa de bebé había desparecido— y debajo del abrigo se asomaban unos hombros amplios. No llevaba sombrero y su cabello era casi del mismo tono rubio que el suyo.

—Edith —la saludó alegre—. ¿Sabías que estoy instalando mi consultorio? —asumía que ella sabía de su regreso.

Eunice no mencionó nada, consideró algo ofendida. Aunque a decir verdad últimamente Edith no había visitado a los McMichael. No había visitado a nadie y en la buena sociedad, era un gesto bastante descortés. Uno preguntaba por los amigos. Aunque Eunice no era amistosa, para nada. Uno visitaba a los conocidos, entonces. Uno preguntaba por su salud y se mantenía al tanto de los sucesos importantes de sus vidas, en caso de Eunice incluirían los detalles más insignificantes de fiestas, bailes y galas.

Es absolutamente aburrido, pensó. ¡Ay, Dios! Sólo tengo 24 años y parece que ya soy una misántropa malhumorada.

—A las diez me reuniré con Ogilvie —le informó, recuperando el entusiasmo—. Revisará mi manuscrito para evaluar si quiere publicarlo.

Había comenzado el libro antes de que Alan se fuera a la escuela de medicina, le había leído secciones cuando tenían oportunidad de verse, lo cual ocurría con más frecuencia de la esperada, dado que eran sólo amigos. A él le había confiado que había recibido la visita fantasmal de su madre, aunque desde luego Eunice los había escuchado a escondidas y se lo había revelado a todo el mundo. Y todo el mundo se había burlado de Edith y la había ridiculizado. Desde aquel día había decidido explotar las figuraciones descabelladas de su apesadumbrada alma de niña de diez años —debió haber sido sólo eso— como metáfora de la pérdida en su novela. Si bien el recuerdo de aquella pesadilla aún la perseguía, agradecía haber tenido una experiencia tan aterradora pues le había proporcionado material fascinante.

Sonrió aún más al escuchar que había terminado su libro.

—¿Sabes que apenas son las nueve? —se permitió observar.

—Quiero hacer algunas correcciones antes de la reunión —comenzó a repasar el listado de revisiones en su mente. De repente se dio cuenta de que Alan le había pedido que lo visitara pronto en su nueva oficina y estaba diciendo algo sobre mostrarle unas fotografías misteriosas.

Le prestó toda su atención. Estaba francamente contenta de verlo. Así que quizá no era una misántropa malhumorada. Quizá sólo era selectiva sobre qué detalles recordar. Las nuevas incursiones en los negocios eran más emocionantes que las nuevas tendencias en la moda, aunque tampoco consideraba que careciera de estilo.

—Debo ayudar a Madre. Mañana celebrará una fiesta en honor del pretendiente de Eunice. ¿Por qué no vienes?

Como si se les hubiera indicado la entrada, Eunice, algunos de sus parásitos arribistas y su madre, la señora McMichael, aparecieron en las escaleras. Vestían impecablemente y Eunice lucía radiante.

—Lo conocimos en el Museo Británico —anunció la señora McMichael—. En otoño pasado cuando visitábamos a Alan.

—No lo creerías. Es tan apuesto —Eunice comentó efusiva y sonrosada.

Edith estaba contenta por Eunice. El sueño de la muchacha era casarse con un buen partido. Mantendría muy entretenido a su esposo, eso sin duda.

—Y ahora ha atravesado el océano con su hermana sólo para reencontrarse con Eunice —la señora McMichael añadió orgullosa.

—Madre, es un viaje de negocios —Eunice protestó un poco, aunque sus palabras eran mera apariencia.

—O eso dice —uno de los aduladores de Eunice añadió fascinado y Eunice se sonrojó. Si hubiera llevado abanico, lo habría agitado como mariposa para refrescarse.

La señora McMichael insistió:

—Parece que es un barón.

—¿Cómo? ¿Barón? —preguntó otro miembro del séquito de Eunice, ante lo cual la señora McMichael se encogió de hombros con indiferencia fingida.

—Bueno, es aristócrata…

—Un hombre que vive de las propiedades que otras personas trabajan para su beneficio. Un parásito con título —las palabras mordaces salieron disparadas antes de que Edith pudiera escucharse. Alan se cubrió la boca con la mano y sonrió. Sin embargo, la señora McMichael arqueó las cejas.

—Lo lamento —Edith se disculpó.

La señora McMichael era perfectamente capaz de defenderse ante cualquier desafío que involucrara un asunto preciado. Mejor aún, que involucrara su orgullo.

—Este parásito es un encanto absoluto y un bailarín extraordinario. Aunque eso no te interesa, ¿cierto Edith? —agregó con rudeza—. Nuestra Jane Austen.

—Madre —Alan protestó con suavidad.

—Aunque si no me equivoco, murió soltera —la mirada de la señora McMichael era dura y su sonrisa insincera y tensa.

—Madre, por favor —intervino Alan.

—Descuida, Alan —Edith le aseguró. Enfrentó la mirada de la mujer sin reparo—. Preferiría ser Mary Shelley —respondió en tono dulce—, murió viuda.

Saboreando su salida airada, se retiró. Encontró lugar en el salón de la biblioteca pública, colocó su manuscrito en el escritorio, se acomodó los lentes en el puente de la nariz, sacó bolígrafo y tinta y comenzó a hacer sus cambios. Su bolígrafo chorreaba y le ensució los dedos, de modo que cuando se peinó los rizos hacia atrás, se dejó sus propias huellas en la frente.

No se dio cuenta de su apariencia un poco desaliñada cuando por fin se dirigió a la oficina del señor Ogilvie. Temprano. Lo cual el editor poderoso e importante le indicó abiertamente cuando Edith se sentó frente a su escritorio. Edith hacía todo lo posible por ocultar su ansiedad mientras el editor leía su preciada magnum opus, página por página.

Habría jurado que escuchaba el tic tac del reloj. O quizás era el golpeteo de sus rodillas.

Suspiró. No era una buena señal.

—Una historia de fantasmas. Tu padre no me dijo que era una historia de fantasmas —cada sílaba estaba cargada de decepción.

Estaba dispuesta a no darse por vencida.

—No lo es, señor. Es una historia… que incluye un fantasma.

Señaló el manuscrito con sus dedos entintados. El señor Ogilvie se apartó. Impávida, añadió:

—El fantasma es una metáfora. ¿Lo ve? Del pasado.

—Una metáfora —no habría podido sonar menos entusiasta. Leyó un poco más—. Buena caligrafía, círculos firmes.

Ay, no. La odia.

Posó el manuscrito en el escritorio y lo reacomodó despacio, como una niñera que dobla un pañal sucio.

—Señorita Cushing, cuénteme, ¿cómo está su padre? —preguntó—: ¿Se encuentra bien de salud?

*

—Dijo que le hacía falta una historia de amor. ¿Puedes creerlo?

Edith volvió a indignarse. Se inclinó en su silla, diagonalmente opuesta a la de su padre en el comedor dorado de su hogar, en donde compartían la cena. Anochecía y la luz se filtraba por el tapiz de damasco y los candelabros de alabastro. Los platones para servir de planta brillaban.

—Todos se enamoran, cariño —se permitió observar—. Incluso las mujeres.

Su padre vestía para cenar, llevaba cada cabello peinado con esmero y la barba recortada de forma impecable. Aunque rozaba los sesenta, los cuidados que se procuraba rendían frutos: lucía mucho más joven.

—Lo dijo porque soy mujer —refunfuño. Entretanto, la servidumbre traía platones elegantes—. ¿Por qué? ¿Por qué una mujer debe escribir sobre el amor? ¿Historias de señoritas en busca del esposo ideal, salvadas por un príncipe joven y galante? Cuentos de hadas y mentiras.

Una expresión que Edith no pudo descifrar recorrió el rostro de su padre en un instante. Respondió:

—Bien, hablaré con Ogilvie el lunes por la mañana en el club.

Edith resopló:

—Desde luego que no lo harás. Lo resolveré. Sola.

Le dedicó una mirada afectuosa. Edith se preparó para escuchar sus objeciones, si bien no dudaba que lo motivaba la preocupación de padre y nada más, no la persuadiría a reconsiderar su decisión. Frunció el ceño y se le acercó, como examinándola bajo un microscopio.

—¿Cuándo te reuniste con Ogilvie tenías los dedos entintados?

Edith hizo una mueca, recordó la mancha que tenía en la frente. Se había dado cuenta después de su cita.

—Eso me temo, no se quita.

Su padre se alegró.

—Ajá —colocó frente a ella un pequeño paquete con un ademán ostentoso—. Esperaba que fuera un regalo para celebrar, pero…

Lo abrió y sacó una pluma fuente de oro hermosa. Era el instrumento de escritura más extraordinario que jamás había visto, así como la evidencia de su fe —y apoyo— en su ambición de ser escritora. Profundamente conmovida, le besó la mejilla. Si bien se mostró nervioso, el color en sus mejillas le aseguró que él estaba igual de contento.

—Soy constructor, querida. Conozco la importancia de la herramienta adecuada para trabajar.

—De hecho, Padre, me gustaría mecanografiarla en tu oficina —le informó con dulzura.

Por poco se pierde la decepción pasajera de su padre al ver la pluma reluciente que de pronto resultaba obsoleta.

—¿Mecanografiarla?

—Voy a enviarlo al Atlantic Monthly. Me temo que mi caligrafía es demasiado femenina.

—¿Demasiado femenina?

—Me delata. Firmaré como E. M. Cushing. Eso los mantendrá preguntándose.

—Sin duda —respondió pensativo.

Título

CAPÍTULO TRES

pleca

AL DÍA SIGUIENTE

Este es mi día.

Pese al rechazo del día anterior, Edith se sentía optimista. Sus esperanzas la animaban y la mantenían confiada. Estaba segura de que cuando tuviera una audiencia justa —cuando alguien que no tuviera prejuicios hacia su género leyera su obra—, la publicación sería un hecho.

Casi —aunque no del todo— imaginaba lo orgullosa que hubiera estado su madre de haber tenido en sus manos un libro escrito por su propia hija. Sin embargo, mantuvo a raya esa idea, se negaba a permitir que se asentara. La imagen de aquella mano negra en su mano, aquel hedor, esa voz horrible…

Fue una pesadilla. Estaba inconsolable.

No es verdad, sabes exactamente…

Por fin llegó al atareado despacho de ingeniería de su padre. En las habitaciones espaciosas con techos altos predominaban los modelos enormes de edificios y puentes que se exhibían en vitrinas de cristal. Aquello era un avispero de actividad en el que ingenieros, oficinistas y asistentes examinaban los modelos miniatura, realizaban las heliografías, medían los planos y gestionaban la gran empresa del señor Carter Cushing. Su padre había construido algunos de los edificios más magníficos de Búfalo y muchas otras ciudades. Edificios de piedra, ladrillo y hierro que llevarían su nombre y su visión a través de los siglos. En su mundo, su padre era un artista como en el que ella aspiraba a convertirse en su mundo, que consistía en libros e historias.

Con ese fin, se puso cómoda en la silla de la secretaria de su padre, con su manuscrito en el codo, y se asomó detrás de sus pequeños lentes redondos para ver las teclas del alfabeto, dispuestas en un patrón incomprensible. Le tomó un buen rato cazar cada letra para picotear el título y la línea de apertura de la historia. Otro buen rato llenar una página. Después, con un poco de entrenamiento de la secretaria, tocó la palanca de retorno y el carro atravesó la parte superior del aparato con una velocidad emocionante. Edith estaba fascinada.

—Aunque me tomará todo el día, le da un toque espléndido, ¿no crees?

La secretaria estaba ocupada metiendo un archivero pesado en una repisa. Edith se acomodó para ver el peculiar acomodo de las letras en el teclado cuando percibió una especie de sombra que se proyectaba sobre la máquina de escribir. Entrecerró los ojos, ligeramente irritada.

—Buenos días, señorita —pronunció una voz. Masculina, británica.

Levantó la vista.

Se encontró con los ojos más azules que jamás había visto. Edith parpadeó, los miró fijamente. La cara del visitante parecía cincelada, llevaba el pelo negro peinado con esmero, aunque algunos rizos se habían negado a ser contenidos. Su mente de escritora evocó palabras para describirlo: impresionante, elegante, encantador. Vestía un traje de terciopelo azul que alguna vez debió haber sido resplandeciente —sí, otra palabra atinada— y cuyo corte se ajustaba a la perfección a su silueta delgada, aunque en los puños lucía algo raído. Su conjunto no reflejaba pobreza del todo, aunque sin duda no era adinerado. Aun así, recibió la mirada de Edith con una especie de gracia elegante que revelaba sus buenos modales y crianza culta.

Otras palabras le vinieron a la mente: extraordinariamente bien parecido.

Mientras Edith esperaba lo que diría a continuación, no reveló nada de lo anterior. Por su parte, la secretaria se había quedado sin aliento. El hombre también llevaba una caja de madera pulida bajo el brazo. Parecía pesada así que tenía que terminar pronto.

—Disculpe la interrupción —su acento británico de clase alta sedujo sus oídos americanos—, tengo una cita con el Señor don Carter Everett Cushing.

En otras palabras, su padre.

—¡Por Dios! ¿Con nadie menos que con el jefe? —Edith preguntó fingiendo un tono agradable. Si bien estaba encantada con su presencia, no se consideraba propio que una dama se comportara demasiado amigable con un hombre que no conocía. Y de vez en cuando, Edith se comportaba apropiadamente.

—Eso me temo —su sonrisa era un poco vacilante. Se dio cuenta de su nerviosismo. En su opinión, su atractivo aumentaba. Por más apuesto que fuera, seguía siendo humano. Continuó mirándolo fijamente mientras buscaba una tarjeta de presentación y se la entregaba.

—Sir Thomas Sharpe, barón —Edith leyó en voz alta. Se dio cuenta de que era el aristócrata de Eunice. Su parásito. Santo cielo, era una misántropa malhumorada. Era la Elizabeth Bennett de su era. En Orgullo y prejuicio, la heroína de Jane Austen había llegado exactamente a la misma conclusión en lo concerniente al señor Darcy, cuyo atractivo y cortesía eran soberbios. Sin embargo, su extracción de clase alta le había merecido el odio de clase media de Elizabeth, quien lo tachó de esnob y bueno para nada.

—Se lo haré saber —la secretaria se apresuró para hacerlo.

Sir Thomas Sharp dobló el cuello para mirar al escritorio.

—¿No llega us

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