El legado

Juan Ignacio Zavala

Fragmento

El legado

-1-

Abrí los ojos sin saber dónde estaba. ¿Qué me pasó? Como pude le pregunté a la enfermera cuánto tiempo llevaba ahí. “Va a cumplir un día”, me dijo, “procure no moverse”. Me duele todo, intenté decirle, sin lograr que me entendiera.

Vi mi brazo colgando de un cabestrillo y una de mis piernas elevada sobre la cama. Había una máquina frente a mí y otra atrás, que emitía un beep repetidamente, y a la que la enfermera veía con atención mientras hacía apuntes en una tabla. Observé, en el reflejo de un monitor, que tenía vendada la cabeza. Era obvio que estaba en un hospital.

Me quedé quieto en la cama y cerré los ojos. Sentía que todo me dolía, respiraba con dificultad y, como no podía hablar, me sentía desesperado. Quería hablarle a alguien, avisarle dónde estaba y preguntar qué me había pasado. Lo mejor sería comunicarme con mi papá. Mi papá. Tan sólo de pensarlo las cosas empezaban a tomar una dirección. Claro, algo me había pasado con él. Pero seguía con la mente borrosa. Era algo en lo que tenía que ver él, de eso estaba seguro.

Entonces me llegó entre brumas el recuerdo de un golpe seco y algunos gritos. Recordé el pleito con Laura, los reclamos, el momento en que me encerré en el baño. Después, todo en negro hasta que sentí un golpe y de nuevo negro. Me quise poner un poco menos incómodo pero no pude, así que volví a cerrar los ojos. Mi papá. Entendí que quizá todos mis problemas de relaciones con mujeres, esa falta de estabilidad y esa búsqueda por mantener y crear pequeños conflictos con las parejas tenían su fuente original en el matrimonio de mis papás y, en especial, en la actitud de él.

Pasé lista en mi mente a eventos, pláticas, encuentros, lecturas, dudas y relaciones de los últimos meses. Todo como si fuera un remolino. Cosas que no podía acomodar y que se mezclaban unas con otras: mi trabajo, mi padre, las revelaciones de mi tío, el viaje a España, el PRI, el PAN, la corrupción; Adriana y el sexo; la venganza de Rosana, los celos; Laura y sus interminables pleitos; mis desazones amorosas; mi compadre y sus mujeres; mi tío pendejeando a medio mundo, y, claro, la recurrente imagen de mi padre. Todo giraba en mi cabeza sin forma y sin tiempo, como si fuera una tormenta que tenía que soportar en una cama de hospital.

De pronto oí que se abría la puerta. Sentí algo en el lado derecho de la cama, un peso que se apoyaba ligeramente en la parte de arriba del colchón. Apareció ante mis ojos la cara de Laura. Sentí un sobresalto. Intenté decir algo —no supe qué—, solamente emití un gemido. Ella se me quedó viendo fijamente durante unos segundos y después la perdí de mi campo visual; se acercó a mi oído:

—¿Me oyes, imbécil? —preguntó. Afirmé con un sonido gutural—. Escúchame bien. Eres un asco de persona, no sé a qué hora me metí contigo pero es de lo que más me arrepiento en la vida. Eres un poco hombre, no solamente porque no te atreves a decir nada de lo que te pasa, eres un acomplejado, todo lo escondes y lo andas rumiando por ahí. Como tu padre, que no se atreve a verse a sí mismo. Hacerme esto a mí, que fui sincera desde el inicio, no te lo perdono. Me has humillado una y otra vez pero ésta fue la peor. No tienes madre. No volverás a saber de mí, te lo juro. Sólo por eso estoy aquí, para decírtelo en la cara, algo que tú nunca harías porque la valentía es algo que no conoces. No eres más que un pobre pendejo —dicho esto, se fue.

Cuando Laura salió del cuarto, sentí alivio. Como si a partir de que saliera mi entorno se volviera seguro. No la volvería a ver y sabía que era cierto porque ella no es mujer de medias tintas. Más me valía no buscarla. Era capaz de clavarme un cuchillo o algo por el estilo.

Tirado ahí en el hospital, lo único que me quedaba era pensar, tratar de acomodar algunas ideas y memorias, sobre todo, del último año. No tenía problemas en mi trabajo; de hecho, me iba bastante bien, era una buena perspectiva, tanto en el servicio público, que es lo que más me gusta, o en el sector privado, donde me habían hecho de manera constante buenas ofertas. La parte profesional era lo más sólido en mi vida. No había nada por modificar en ese aspecto. El problema estaba en los temas personales. Debía buscar cosas del pasado que me ayudaran a aclarar el panorama. De alguna forma era lo que había hecho siempre: asomarme por el espejo retrovisor. Toda mi vida volteando a ese espejo en el que aparecía constantemente mi papá. Cada acción que hacía la buscaba ahí para no repetir lo que no quería. Todo lo veía en ese espejo: mi relación con las mujeres, mi matrimonio, mi trabajo y la política, cuando platicaba con mi tío. Sobre todo, ponía en juego mi temor a ser una reedición de mi papá.

Me di cuenta de que tenía tal temor al pasado que me pasaba viéndolo. Es el problema de ver por el retrovisor: sólo ves para atrás, hasta que un día, inevitablemente, te estrellas.

El legado

-2-

Ami padre nunca le fue mal. Aunque no tuvimos grandes lujos, vivimos bastante bien. Siempre hubo viajes de vacaciones. No había queja. Mis hermanas y yo podemos decir que tuvimos una infancia feliz con recursos educativos y de entretenimiento más allá de la media. Él trabajó en la misma empresa por más de treinta años. Como se dice en el ámbito empresarial: se “superó” dentro de la compañía, “escaló” puestos hasta llegar a un nivel ejecutivo.

Imagino que no ha de ser fácil estar todo el tiempo en la misma empresa. Antes de jubilarse ya nada más iba en las mañanas. Decía que se merecía un descanso después de tantos años de trabajar “como burro”. En el fondo, prefería deprimirse un poco en casa porque en la oficina ya casi no hacía nada. De hecho, fue ahí donde le dijeron que se tomara las tardes, que no se preocupara. En los últimos años de su trabajo se quejaba de que llegaban muy jóvenes a altos niveles y que carecían de experiencia: “tienen doctorados y hablan tres idiomas —nos decía a mis hermanas y a mí a manera de queja—, pero no tienen la experiencia para decidir”. A nosotros, que estábamos en la universidad, nos causaba gracia el comentario pues indirectamente era para nosotros. Era una muestra de lo que pensarían los que fueran más o menos de la edad de mi papá si entrábamos a trabajar a una empresa como la suya. “Lo de los idiomas —continuaba— lo entiendo, porque facilita algunas reuniones o permite hacer una relación más personal con socios internacionales, por el tema de la globalización. Pero eso se soluciona con traductores, nunca ha sido un gran obstáculo”. Nosotros lo mirábamos, al principio, atónitos, después intercambiábamos alguna sonrisa, pues él mismo nos había pagado algún curso de inglés en Estados Unidos.

—¿Ustedes cómo creen que se solucionaban los grandes problemas antes de este desgarriate de la globalidad? ¡Pues con traductores! Ni Kennedy hablaba ruso, ni Castro hablaba inglés, ni Gorbachov hablaba español. Y mira que se solucionaron cosas: la amenaza nuclear, la caída del muro, infinidad de problemas en Medio Oriente. No entiendo qué les causa gracia. Las propias novelas que leen, los libros técnicos, son traducidos. Tú, Clarita, que lees tantos libros, un día me dijiste que había un premio de traducción, así que saber un idioma comparado con decidir es algo muy diferente. La experiencia no se compra, sépanselo bien. Pero algo está pasando en este mundo de la famosa aldea global que todo parece estar al revés.

Después de una perorata de ésas se iba a su estudio y se tomaba unos whiskies hasta quedarse dormido. Eso lo podía hacer porque mi mamá ya tenía varios años de muerta.

Al parecer, la vida de mi padre no fue nada fácil desde que se casó. Mi madre, educada bajo aquellos preceptos que obligaban a mantener “el estilo y la clase” por encima de todo, le hizo la vida de cuadritos. Mi padre, que formaba parte de la denominada “clase media acomodada”, lo que significaba un poco más que clase media, nunca “se halló” en ese estilo de comportamiento que le exigían mi madre y su familia. Hacía algunos esfuerzos, al principio más por complacerla que por otra cosa, y después para evitarse algún problema o reclamo, lo cual, a decir verdad, era casi imposible. Ella fue un almacén de quejas con y sobre mi papá. Era raro que no encontrara algo reprensible en él. Era su foco de atención, de frustración y de enojo. Parecía que dedicaba su vida no a la educación de sus hijos, sino a la de su marido.

Recuerdo que me asombraba mucho cómo le hablaba. Yo escuchaba de pronto sus regaños, ya sea porque pasaba por su cuarto o porque ya no me dormía temprano o porque a mi madre le daba por hacer sentir su autoridad sobre mi papá enfrente de quien sea. A mí y a mis hermanas nos incomodaba bastante la situación. De niños no sabíamos qué hacer, no sabíamos si mi mamá nos estaba obligando a tomar bando a favor de uno o en contra de otro o qué era lo que buscaba.

Yo me identificaba bastante con mi padre. No tenía mayor problema con él. Me apoyaba en casi todo; a escondidas, me daba un poco más de domingo que a mis hermanas; siempre me dejaba ir al futbol; me pagaba mis campamentos de verano en los que entrenaba y, ocasionalmente, fue a verme jugar algunos partidos. No era muy dado al deporte, pero tuvo la paciencia de sentarse a explicarme lo que sabía y de ver algunos partidos conmigo o de llevarme con el tío Alberto, su hermano menor, a quien los dos realmente queremos y es un gran aficionado. Así, él estaba tranquilo de que tenía con quién compartir afición y como tenía nada más dos hijas, se ponía feliz conmigo. A mis primas de chicas también les gustaba el fut, pero mi tío siempre decía que “no era lo mismo”, así que yo lo acompañaba invariablemente a los estadios y mi papá se mostraba alegre de vernos regresar sin haber tenido que ir. Fue un acuerdo entre los tres que funciona hasta la fecha, pues éramos los tres hombres de la familia y yo me podía partir con dos papás.

Lo difícil era entender las agresiones de mi madre. Mi padre era un buen hombre, procuraba no alterarse, era de un carácter amable; no era especialmente simpático pero estaba siempre dispuesto a ofrecer una buena palabra a los demás. Por lo tanto, trataba de guardar las formas con algo de buena cara frente a nosotros, refugiándose en su estudio en el que leía algo, veía una película o se tomaba unos tragos. Nada de verlo tomado, simplemente alegrón o algo adormilado y supuestamente pensativo en otras ocasiones. Era su manera de evitar los insultos.

Tengo grabado claramente en la memoria un día, por la angustia que me causó. Yo tendría unos diez años. Pasaba por el cuarto de mis papás cuando escuché a mamá decir:

—Mira, Gerardo, creo que es bueno que recuerdes lo que quedamos respecto de la educación. Rodrigo ya tiene diez años y las niñas son adolescentes. Ellas son buenas, te consideran y quieren como papá. Si no quieres perder eso mejor no trates de guiarlas. Estas épocas no son fáciles para la juventud, así que tú educas a Rodrigo, y yo a las niñas. Yo sabré hacerlas unas mujeres enteras, decentes, con valores, preparadas para llevar un hogar y hasta una profesión, lo cual yo no pude hacer por haberme casado de manera atrabancada contigo, solamente te pido que no hagas de Rodrigo un retrato tuyo: un inútil, un pusilánime. Eso te lo ruego, porque también es mi hijo.

Fui a mi cama y casi no dormí. Busqué en el diccionario el significado de pusilánime: “Falto de ánimo y de valor para tolerar las desgracias o para intentar cosas grandes”. No me checaba con mi papá. Yo lo veía como un gran ejecutivo, como una persona exitosa y eso me parecía una “cosa grande”. ¿Por qué mi mamá no quería que yo fuera como mi papá, si era un hombre que yo adoraba? Que me educara mi papá y a las niñas mi mamá, me pareció magnífico. Estaba en la etapa en que las odiaba. Eran mayores que yo y, con el ejemplo que tenían, se burlaban de mí todo el tiempo. Sobre todo la mayor, Clara, que durante muchos años se sumó al rechazo a mi papá.

Con el paso de los días, se me olvidó el asunto. Los juegos, los amigos, el colegio, las vacaciones, el fut, el tío Alberto, las fiestas, los amigos, las cosas que pasan con el crecimiento; el tiempo corría alegremente, salvo en las ocasiones en las que mi mamá la emprendía contra mi papá, cuando me llegaba de nuevo el recuerdo de la palabra “pusilánime”. Comenzaba a ver en mi padre esa imagen. ¿Por qué se dejaba tratar así? Era un misterio.

A veces, si mi mamá iba a quedarse en casa, mi papá se animaba a ir al estadio conmigo y su hermano Alberto, con tal de no tener que aguantar el hielo o los malos modos. Debo decir que en esa época mi padre comenzó a darme pena ajena, no lo sentía una figura varonil, alguien que me fuera a defender; vaya, ni siquiera alguien capaz de aconsejarme bien en los retos de la vida. Recuerdo que en una ocasión estaba yo furioso porque un tipo de la escuela me humilló delante de una compañera que me gustaba. No supe qué hacer porque nunca me había peleado pero tenía ganas de golpearlo. Se lo conté a mi padre. Me dijo que no valía la pena llegar a los golpes. Que pelearse de esa manera no era de personas inteligentes, que la humillación se cumplía si yo me sentía humillado, de otro modo no pasaba nada.

—Pero, ¿qué pensará ella? —le pregunté.

—Bueno —contestó—, si es una niña sensata se dará cuenta de que el otro muchacho no tiene educación, algo muy diferente a ti.

Cuando te contestan eso a los catorce años y la mujer que quieres conquistar te ve como un mariquita, la verdad es que el consejo no tiene mucho impacto. En contraste, cuando se lo comenté a mi tío me dijo que fuera inmediatamente a partirle la madre al otro muchacho. Que no importaba si me madreaba, sino que la chica se diera cuenta de que no me dejaba. Lo hice al día siguiente y aunque, en efecto me dieron una vapuleada, me hice de una buena fama de valiente y no se volvieron a meter conmigo. Fue en ese entonces cuando comencé a platicar más con mi tío de cosas personales y a distanciarme de mi papá.

Mi papá nunca charlaba mucho acerca del trabajo porque mi madre intervenía para hablar mal de su empresa y en específico de sus jefes. Ella tenía dinero, pues había heredado una buena cantidad, pero no lo compartía con mi papá. Mi tío Alberto en alguna ocasión me contó que, cuando éramos bebés, hablaron de comprar una casa en la playa. El asunto es que, en una cena con mi tío y su esposa, a mi papá se le ocurrió decir que para eso estaban los ahorros que tenía mi mamá, que por qué no los usaba en algo así. Mi madre se le quedó viendo y le dijo:

—Ese dinero no es nuestro, me lo dejaron mis padres y yo se lo dejaré a mis hijos. Me parece que no es mucho pedir vivir de lo que gane mi marido con su esfuerzo, ¿no crees? Ya te lo he dicho, Gerardo: tú gana tu dinero, supérate. No dependas de nadie. Menos de tu mujer.

Dice mi tío que se hizo un silencio grande y que desde entonces decidieron no invitar a mis padres a cenar solos.

Esa anécdota me produce sentimientos encontrados. Por un lado me habla de la reciedumbre de mi madre. Una mujer dura hasta consigo misma, pues no se permitía, ni siquiera, gastarse su herencia. A sus hijos nos dejó una buena cantidad que nos permite vivir de manera holgada, con nuestras familias. Por otro lado, la anécdota ilustra la indefensión de mi papá. No entiendo por qué nunca reaccionó y es un tema vedado en nuestra conversación. “Tu madre era una bu

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