Prólogos

Algunos de los momentos más felices de mi vida los he pasado frente a un pudín o cake o pastel, o como le quieran decir, soplando velas de colores. Cumplir años es algo divino. La tradición más feliz. Por eso no entiendo en qué momento estúpido a las mujeres, que de niñitas tanto soñamos con cumplir 15, se nos muere la ilusión de celebrar un año más de vida por miedo a sentirnos menos.
Nunca sentí la necesidad de esconder mis años, no porque fuera yo un modelo de valentía o sinceridad, sino por simple imposibilidad, por una falta de opción que le agradezco a mi hijo Manolo. Como lo tuve a los 19 años, y ya entonces era conocida en Colombia, hubiera sido un crimen meterlo 10 años más tarde al kínder, esconderlo cuando le saliera el bigote o entrenarlo para que me llamara “hermana”. Además, ser mamá me hizo valorar más el estar viva. Los cumpleaños de Manolo son los únicos que me gustan más que los míos.
En mi caso sería natural tenerle pavor al reloj, porque la realidad inevitable es que el paso del tiempo podría desinflarle el “valor” (¡y los globos!) a quien fuera nombrada “la Bomba Sexy”, cuando hacía calendarios, hace 20 años. Es inevitable pensar que las cientos de fotos sonrientes que espero que vengan en el futuro se adornarán de arrugas con cada velita extra que apague, arrugas que requerirán un llamado de auxilio al 911 del photoshop en las revistas, hasta que ya de plano les dé hartera invertir tantas horas de trabajo borrando las patas de gallina de mi cara feliz. Tengo claro que es cuestión de tiempo para que alguien publique “Sofía Vergara padece de la Epidemia de Sejuela (Se jué la juventud).” Como todas, como las bebés, como las quinceañeras, cada año me pongo más vieja y me alejo más de la juventud exterior. ¿Y qué? La única alternativa de cumplir años es no cumplirlos. Y me quedo con la primera. Además, yo ya escogí seguir siendo jovencita y feliz por dentro.
A mis 42 años, he ido a entierros tristes, y he visitado a niños enfermos que hoy son angelitos y que apagaron menos velitas de las que merecían. Por eso, y por dignidad, me rehúso a dejar de celebrar la vida que cada 365 días me regala una vela nueva. Quiero una fogata inmensa, una llama que parezca un meteoro gigante encima de mi último cake de cumpleaños, con muchas velitas de colores. Y las voy a apagar todas, feliz. Yo he decidido que voy a celebrar siempre mi edad. Quiero ser una vieja joven: bailadora, parrandera y gozadora.
La vanidad de una mujer, incluso de una como yo para quien su físico y juventud le han servido de trampolín para darle de comer a su hijo, y cumplirle muchos sueños a su familia, jamás debe ser más importante que la bendición que nos da Dios de cumplir otro año más junto a nuestros seres queridos. Y ese regalo de vida hay que celebrarlo sin estupideces. Uno sí puede envejecer con juventud: juventud de espíritu, de ilusiones, de alegría, e incluso se puede ser siempre bella, deseable, sexy, interesante.
Mi cara ya está dándole la bienvenida a las arrugas de la vida que poquito a poco la están invadiendo; yo desde hace años las estoy espantando cariñosamente con cremitas, protector solar, jugos verdes y buena alimentación. Pero no voy a tratar de exterminarlas con cirugías que te dejan las orejas mal puestas. Siento que si tratas los años con respeto sólo se te arruga en cámara lenta lo de afuera. Al menos eso es lo que he escogido pensar. No le temo a la “Sejuela”, al contrario: le sirvo un vinito blanco y le pongo un vallenato, sin problemas. No quiero ser parte de la ridícula noción de que es imposible aumentar nuestro valor como mujeres, de ser sexys y felices conforme pasan los años. Por el contrario, si no lo creen, lean a Giselle Blondet.
Su libro, perfecto para todas las tonas como yo (de treintonas hasta noventonas), celebra sus 50 años bien vividos, te enamora de la vida, y prueba que la edad sí importa, porque te hace más: si te cuidas más, te celebras más y te quieres más, y si entiendes la hermosa prueba de supervivencia que es tu edad, es un regalo de Dios para seguir haciendo cosas grandes. También comprueba que los cincuenta pueden lucir y sentirse tan bien como los nuevos treinta... ¡y eso me encanta!
Sofía Vergara

Dicen que el medio artístico está lleno de personas egoístas, vanidosas y calculadoras. Tengo que reconocer que me ha tocado tropezarme con varias. Pero cuando conocí a Giselle Blondet comprendí que nunca más podía generalizar. Es una de las mejores personas que he conocido en mi vida.
Recuerdo que cuando la vi por primera vez lo primero que pensé fue “¿cómo es posible que alguien de 43 años luzca tan bien?” Luego de conocerla entendí el porqué. Para mí Giselle no es solamente la mejor conductora que hay; ella es, ante todo, una gran hija y una mejor madre, y no lo digo solamente por cómo trata a sus hijos, sino por cómo es con cualquiera que se cruce en su camino. Jamás olvidaré aquel día de 2007 cuando las dos éramos parte del grupo de Nuestra Bella Latina: detrás de cámaras, Giselle se atrevió a quitarse el zapato para decirme que le preguntara algo a Enrique Iglesias. Yo era entonces demasiado tímida, debido a mi corta edad, y no me atreví a hacerlo. Al terminar la grabación, Giselle se me acercó a decirme con una voz muy dulce: “Alejandra, tienes que hablar... recuerda que para poder trabajar en este medio es muy importante que te comuniques”. Desde entonces ella se convirtió en mi hada madrina: me dio siempre los mejores consejos sin esperar nada a cambio, aplaudía cada paso importante que daba y señalaba mis errores cuando era justo y necesario. Pero ¿qué tiene que ver todo esto con la edad y lo bien que luce? Sencillo, pues es el reflejo de su belleza interna; esa belleza que va más allá de la fama, el dinero o la popularidad. Es ese tipo de belleza interna tan poderosa que se ve reflejada en el rostro de una persona haciéndola físicamente más atractiva. Así pasa con Giselle. Y es que en el rostro y en el cuerpo de una mujer como ella no se mira alguna edad en particular, sino bondad pura. Y gracias a ella aprendí una de las cosas más importantes de la vida: si uno siembra cosas buenas, sólo cosechará cosas buenas.
Al leer el libro pude escuchar en cada párrafo su voz. Me reí en las partes en las que la imagino escribiendo con una sonrisa, y lloré prácticamente en cada parte en la que habla de su mamá, pues tuve la bendición de conocerla y observar de cerca ese gran amor que las unía, y que sólo es posible entre una madre y su hija.
Tengo 50 y qué no es sólo un libro, es un manual para enfrentar con orgullo y dignidad nuestra edad, sin importar la que ésta sea. No tienes que tener o pasar de los cincuenta para leerlo; de hecho, si llegó a ti y tienes menos de 25 años, ¡bendecida eres!, te aseguro que te enfrentarás a la vida de una forma distinta.
Y déjame decirte, mi parte favorita del libro fue la carta que la Giselle de 50 le escribe a la Giselle de 20. Sentí que estaba dirigida a mí y subrayé la frase que más me cautivó: “Mantén la calma mi’jita, y goza más el momento”. Así que, sin importar nuestra edad, ¿a qué estamos esperando?
Alejandra Espinoza

Ninguna edad es fácil de afrontar para una mujer, sobre todo si ésta pretende conjugar su misión como profesional, madre y figura pública, y cumplirla con aplomo y entrega. Giselle supo asumir el reto, atravesando contra viento y marea cada una de las etapas de ese arduo y maravilloso camino que es la vida, para llegar íntegra y victoriosa a sus 50 primaveras. Por supuesto que en cada década la inseguridad está al acecho, y una muchas veces se pregunta si será posible alcanzar el éxito y la felicidad sin fracasar en el intento, pero su trayectoria es la mejor prueba de que es posible. Que con voluntad, esfuerzo y fe se puede escalar cualquier montaña, por alta que sea, y que no existe obstáculo infranqueable. Porque al final del sendero siempre nos espera una recompensa. Este libro es un regalo en las manos de las mujeres de todas las generaciones que, como Giselle, empuñamos las armas del sacrificio y el amor para labrar nuestra propia felicidad, una felicidad esculpida con la arcilla de nuestros sueños.
Pamela Silva Conde
CAPÍTULO 1
50, sin cuenta y sin darme cuenta

El 9 de enero de 2014 desperté en Florencia con 50 años. Hasta allí me llevó un estudio astrológico dictado por un retorno solar. ¿Que qué es un retorno solar? Eso te lo diré después.
Primero permíteme contarte que en esa ciudad, la cuna del Renacimiento, en otro continente, rodeada de museos, con sabrosa comida y buen vino, y seis horas antes de tiempo, llegué a la edad temida. Allí también me prometí renacer y revelar las lecciones que la vida me ha dado para no llegar a los 50 como imaginé cuando tenía 20: canosa, invadida por la celulitis, vestida como una doña y con muchas partes de mi cuerpo colgando... o a punto de caer. Pero, ¡sorpresa!, lo que vi ante el espejo del baño del hotel florentino me confirmó que, gracias a Dios, mis predicciones de veinteañera no eran ciertas. Había llegado a los 50 sin cuenta y casi sin darme cuenta.
Un año antes, a los 49, el retorno solar me aconsejó recibirlos en Seattle, Washington. Digamos que en el fin del mundo a la derecha. Recién pasadas las fiestas de Navidad y Año Nuevo, nadie pudo acompañarme y llegué a mi destino yo sola (sí, sola y disfrutándolo). Comencé mi celebración amaneciendo con mis 49 a cuestas en un gran hotel de lujo, donde me sentí como una reina.
Después de pasar todo el día apapachándome con buena comida, masajes y, por supuesto, muchas compras, fui a ver una obra de teatro. La disfruté tanto que mi risa dominaba el recinto con su gran volumen. Fue una noche inolvidable. Recuerdo que le regalé mi copa de vino a la señora de al lado y después su risa le ganó en intensidad a la mía. Al terminar la obra, fui a cenar sola al mejor restaurante de la ciudad. Debo confesar que en él yo era la única persona que no iba acompañada. En ese momento me di cuenta de que empezaba a hacer cosas que creí que nunca me gustarían y que difícilmente me hubiera atrevido a hacer antes.
El GPS de la cincuentona feliz
Aquella noche, instalada en una cama grande y cómoda, comencé a pensar cómo pasaría mi último año antes de llegar a los 50. Recordé que a los 40 pensé que me quedaban 10 años de carrera. No acerté. Ya habían pasado nueve y no sólo tenía una gran cantidad de planes, sino que cada vez albergaba menos temores.
Por eso, cuando un año después me enfrenté a mi cuerpo de cincuentona ante el espejo de ese hotel, me dije en voz alta: “¡Ay, Dios, Giselle! Estás contenta. Estás en paz. Por fin sabes lo que quieres... Y no luces tan mal”.
En esa ocasión, a diferencia del año anterior, no estaba sola. Me acompañaba el hombre de mi vida: mi hijo menor, Harold Emmanuel, quien esa noche tuvo mi permiso para que juntos brindáramos con una botella de vino. No había mejor excusa.
Para muchas mujeres, cada año que cumplen es uno menos de carrera y de vida. En lugar de contar lo que llevan de existencia, cuentan lo que falta para que llegue la muerte.
Si en estas circunstancias te preguntas: “¡Auxilio! ¿Qué hago?”, mi respuesta es la siguiente: “Convierte ese pensamiento negativo en uno completamente opuesto. Piensa que es un año más de experiencia que te ayudará a gozar tu vida con mayor intensidad. Un año más que te enseñará a ser una mejor persona: una mejor profesional, madre, pareja y amiga. Un año más para perfeccionar tu existencia”. Para mí, que durante una etapa siempre fui un año menor, gritar a los cuatro vientos que cumplía 50 me hizo sentir que mi autoestima iba por buen camino.
Reconozco que, como todos los seres humanos, tengo mis inseguridades, mis preocupaciones, todos esos sentimientos que, conforme nos hacemos mayores, pasan ante nuestros ojos como una película en cámara rápida. Pero, poco a poco, preparándome para mis 50, he aprendido cómo batallar con un ejército de inseguridades que son como pequeñas y bravas hormigas que, al picarte, provocan que te desconcentres y desvíes la mirada de tu meta. Así que si tú, como yo, has llegado a la mitad de tu vida, considera este libro como el GPS de la cincuentona feliz. El manual para llegar a la mitad de tu vida con éxito, sabiduría, belleza, control y satisfacción. Y, sobre todo, con la capacidad de disfrutar lo que eres, prepararte para lo que serás y no lamentarte de lo que no has podido ser.
Los 50 de hoy son los nuevos 30. Aquellas épocas en que a esa edad las mujeres recogían su cabello en un moño, alargaban sus faldas y le ponían fin a su vida sentimental, ya no existen. La media vida parece ser apenas el comienzo. No creas que te digo esto como una manera de proporcionarte consuelo. ¡Qué va! Yo he comprobado que sí se puede llegar a esta edad con un buen número de proyectos, de ilusiones, con la mente en paz y con un buen cuerpo. Y añado algo importante: no sólo tenemos derecho a salir a buscar el amor, sino a encontrarlo y a reconocerlo como verdadero. Como comentaré más adelante, también he aprendido que en el juego del amor, gana el que llegue en último lugar, no en primero.
Perdón, pero no soy más vieja que Matusalén
Para muchas personas, la edad de la mujer es un tema que se presta a bromas. Tengo un amigo muy simpático que nos compara con países y continentes. Según él, de los 13 a los 18 años, la mujer está como América Latina: en pleno desarrollo. De los 19 a los 25, es como África: mitad virgen y mitad explorada. De los 26 a los 35, como Asia: ardiente pero misteriosa. De los 36 a los 45, como Europa: conservadora pero interesante. Y de los 46 a los 55, como Estados Unidos: pura tecnología.
Y yo opino, ¿qué importa? Si para verte bien hay que usar la tecnología, pues para eso la creó Dios. Cada vez que alguien busca cicatrices detrás de mis orejas para calcular cuántas cirugías llevo, río hasta el cansancio. Perdón, pero yo no soy más vieja que Matusalén. El chistecito ya está gastado. En este libro sabrás qué he hecho para verme tan joven, que tal vez es la pregunta que más me han planteado, y también te contaré si es verdad o no que me he sometido a alguna cirugía.
Al decirte que a Florencia me envió un retorno solar, hablo de una experiencia que he tenido desde hace cinco años: una experta me prepara un horóscopo anual que calcula el momento en que el sol llega a la posición en que estaba cuando nací. Eso sucede cada vez que cumplimos años (que es como volver a nacer). Ese estudio te indica el lugar donde m&aacu
