Introducción
Quetzalcóatl encierra muchos personajes, símbolos y significados. Es el dios creador del cosmos, los seres humanos y la planta del maíz, el fundador de la agricultura y la vida civilizada, símbolo de la realeza y la legitimidad política, prototipo del gobernante sabio, emblema del poder carismático, el conquistador y fundador de reinos legendarios, un mito polisémico extendido por toda Mesoamérica y productor de las interpretaciones más diversas y fantasiosas. El libro que el lector tiene en sus manos es una revisión de esas diversas interpretaciones y una presentación de nuevos descubrimientos. Escribí mi primer acercamiento a Quetzalcóatl hace muchos años. Desde entonces su fantasma se tornó en un reto que me llevó a romper con los hábitos del historiador tradicional, dominados por el paradigma del texto escrito como fuente básica del conocimiento histórico. Quiero decir que los interrogantes a los que me enfrentó la figura de Quetzalcóatl me impusieron el estudio del mito, la imagen y el rito, los ropajes bajo los cuales se representa a los dioses, los héroes fundadores, el gobernante carismático o los emblemas del poder en la antigüedad mesoamericana.
El resultado de ese aprendizaje está resumido en este libro que presenta nuevas interpretaciones, producto de los cambios radicales que ha experimentado el estudio de Mesoamérica en los últimos treinta años. En libros anteriores había sugerido que en sus inicios Quetzalcóatl fue un dios creador del cosmos vinculado con Ehécatl, el dios del viento. Las nuevas indagaciones muestran su parentesco con el dios del maíz de los olmecas y mayas, quienes lo elevaron a la categoría de dios creador y civilizador (caps. I y II). En sus orígenes aparece como una deidad agrícola, cuyos principales episodios están vinculados con el descubrimiento del grano y el cultivo de la planta del maíz. La siembra de la semilla de maíz, su germinación en el interior de la tierra, el brote de la planta verde en la superficie y el momento feliz de la cosecha, forman los capítulos cruciales del relato contenido en el mito del dios del maíz tanto en la época Clásica (250-900 d.C.) como en el Popol Vuh (1554) de los k’iche’ (cap. II). Pero las nuevas investigaciones muestran que desde los inicios del periodo Clásico, durante el esplendor de esta época y en el Posclásico (1000-1521 d.C.), el dios del maíz fue asociado con el origen del cosmos, la fundación del reino y el nacimiento de la civilización, temas que expresan la importancia que los pueblos de Mesoamérica le atribuyeron al descubrimiento y el cultivo de la planta del maíz.
La Serpiente Emplumada que aparece con fuerza en Teotihuacán (siglos I-IV), parece ser una entidad asociada con la fertilidad y la abundancia agrícola. Su vigorosa representación en la pirámide de Quetzalcóatl que se levanta en el espacio de La Ciudadela es un emblema real, el emblema del gobernante enterrado en ese monumento (cap. III). Según esta interpretación, la imagen de la Serpiente Emplumada que domina ese monumento no es una “entidad mítica” o un dios, como afirman otros autores, sino el emblema real del gobernante llamado Quetzalcóatl, Serpiente Emplumada. Este símbolo del poder se vuelve el emblema que representaba a los gobernantes posteriores que fundaron los reinos de Xochicalco y Cacaxtla (cap. IV), y más tarde a los gobernantes de Tula y Chichén Itzá (cap. V y VI) y Tenochtitlán (cap. VIII). Es decir, Quetzalcóatl era el emblema de la realeza tolteca.
En contra de una larga tradición que afirma que en Teotihuacán, Xochicalco, Cholula, Tula y Chichén Itzá hubo un culto al dios Quetzalcóatl, en esta indagación no encontré huella ni del dios así llamado ni de su culto. Por ejemplo, en Tula, citada en las crónicas y en los libros de numerosos autores como la meca del culto al dios Quetzalcóatl, las investigaciones arqueológicas realizadas en ese lugar no hallaron evidencia alguna de ese culto. Lo que sí registré y traté de documentar con una iconografía convincente, es un culto al dios del viento Ehécatl, al héroe cultural 9 Viento, otro avatar del dios del viento, quien aparece también como numen fundador del reino mixteco de Tilantongo, de varios reinos de la Mixteca Alta de Oaxaca, dios patrono de Cholula (cap. VIII), y deidad prominente en el área náhuatl y en Tenochtitlán. Por otro lado, rechazo la tesis de numerosos autores que identifican al Ce Ácatl Topiltzin Quetzalcóatl de Tula con Kukulcán, Gucumatz, Nacxit y otros capitanes o gobernantes que reciben esos nombres en lugares remotos como Chichén Itzá, Mayapán, Coixtlahuaca, Qumarcah y otras capitales en las tierras altas de Guatemala.
Una tarea más ardua fue intentar resolver la confusión que asocia, tanto en las fuentes antiguas como en los textos modernos y contemporáneos, al personaje histórico llamado Ce Ácatl Topiltzin Quetzalcóatl con el dios Ehécatl-Quetzalcóatl, y con el sacerdote apellidado también Quetzalcóatl, y con el emblema real de los gobernantes de ascendencia tolteca que asimismo llevan el título de Serpiente Emplumada, Quetzalcóatl (cap. VIII). Para hacer luz en esta revoltura de nombres y títulos tomé la decisión de tratar separadamente a cada uno de esos personajes y entidades, precisar sus orígenes y distinguir sus símbolos, indumentarias, atributos y funciones. Así, Ehécatl, el dios del viento reconocido por la máscara bucal en forma de pico de pájaro que lo identifica, es la entidad que aparece en los calendarios más antiguos y su imagen recorre las diversas culturas de Mesoamérica hasta llegar a ser una deidad predominante en distintas regiones y particularmente en las dominadas por los mexicas (1473-1521). En Teotihuacán (siglos I-IV) es el dios creador del Quinto Sol y el emblema de la realeza y el poder, representado por el símbolo de la Serpiente Emplumada (cap. III).
Entre los misterios que rodean a Ehécatl sobresale su vínculo con el sacerdote Quetzalcóatl, que cuidaba de su templo y de los ritos a él consagrados. El fraile Diego Durán asentó en su Historia de las Indias de la Nueva España, que en Tezcoco cada templo tenía un sacerdote supremo llamado Quetzalcóatl. Sin embargo, en las fuentes que proceden de Tula o Tenochtitlán a Ehécatl se le llama Quetzalcóatl y también a su sacerdote. Pero es claro que en México-Tenochtitlán el calendario, el Calmécac, la escritura y los templos estaban a cargo de sacerdotes que tenían por título el de Quetzalcóatl. El sacerdote llamado Quetzalcóatl Totec Tlamacazqui, “Nuestro Señor Serpiente Emplumada”, estaba al servicio del dios mexica Huitzilopochtli. Por su parte, el sacerdote llamado Quetzalcóatl Tláloc Tlamacazqui, “Nuestro Señor Sacerdote de Tláloc”, estaba dedicado al dios de la lluvia. Esta reasignación de títulos muestra que las funciones del sacerdocio no habían cambiado: el anterior sacerdote de Ehécatl se había desdoblado en un sacerdote de Huitzilopochtli y en otro de Tláloc. El Códice Florentino establece una diferencia clara entre el dios y el sacerdote, pues dice que el día 1 Caña (Ce Ácatl) era el día del nacimiento del dios Ehécatl-Quetzalcóatl, y ese día los gobernantes y la nobleza lo honraban en el Calmécac, la escuela donde los nobles se adiestraban para acceder a los oficios sacerdotales y a los más altos cargos del gobierno (cap. VIII).
El tercer personaje que lleva el nombre de Quetzalcóatl es el más citado en los relatos dedicados al reino de Tula. Las crónicas indígenas distinguen claramente al fundador y gobernante de ese reino con el nombre de Ce Ácatl Topiltzin Quetzalcóatl y acreditan que fue un personaje histórico. Sin embargo, fray Bernardino de Sahagún, fray Diego Durán, el cronista mestizo Fernando de Alva Ixtlilxóchitl y otros autores de los siglos XVI, XVII y XVIII, se refieren más bien al sacerdote Ehécatl Quetzalcóatl, no al Ce Ácatl Topiltzin Quetzalcóatl histórico, pues en sus escritos prácticamente desaparece el gobernante (cap. VIII). Sin embargo, los gobernantes mexicas afirmaron descender de la dinastía tolteca que provenía del Ce Ácatl Topiltzin Quetzalcóatl que fundó y gobernó Tula. El trono mismo y las insignias del poder mexica se atribuían a este Topiltzin Quetzalcóatl. Y siguiendo la tradición que nació en Teotihuacán y continuó en Xochicalco, Cacaxtla, Chichén Itzá, Tula y Coixtlahuaca, los gobernantes de ascendencia tolteca mandaron esculpir su imagen acompañada por la figura de la Serpiente Emplumada, el símbolo de la realeza y la legitimidad que nació en Tollan-Teotihuacán. Es decir, se trata de símbolos y representaciones del poder que tuvieron su origen en Teotihuacán. Por eso puede afirmarse que el retrato de Topiltzin Quetzalcóatl como sacerdote entregado a los cultos religiosos y opuesto a los sacrificios humanos que presentan Sahagún, Durán y otros cronistas españoles y mestizos, es una falsificación del gobernante real, una imagen fabricada por la visión cristiana de la historia que los frailes transmitieron a los indígenas nobles educados en sus escuelas (cap. VIII).
En contraste con los elaborados retratos históricos del soberano grabados en las estelas, las pinturas y los textos de la época Clásica, los jefes y gobernantes del Posclásico son representados por prototipos, por imágenes icónicas que apenas trazan sus perfiles particulares pero que en cambio señalan con gran énfasis su misión conquistadora y restauradora del Estado. Mixcóatl, Mixtécatl, Xelhua, Atonal o Xolotl son, como sus arquetipos Kukulcán, Nacxit y Topiltzin Quetzalcóatl, caudillos guerreros, fundadores de reinos y restauradores de los ideales políticos originados en la Tollan primordial. La repetición de sus símbolos y fundaciones en los testimonios históricos, arqueológicos y etnográficos del Posclásico (1000-1521), muestra que en ese tiempo el objetivo del relato histórico y de la memoria política fue la reconstrucción del Estado, la recreación de los mitos fundadores de la civilización tolteca: Ehécatl, el dios creador del Quinto Sol, Tollan, el reino paradigmático y Quetzalcóatl, el epítome del gobernante sabio.
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Durante la elaboración de este libro recibí apoyos y estímulos que quiero agradecer. La Foundation for the Advancement of Mesoamerican Studies (FAMSI) me otorgó una beca que me permitió revisar la rica bibliografía acumulada alrededor de Quetzalcóatl. Más tarde, una invitación de los doctores Stuart B. Schwartz y Gilbert M. Joseph para dar un curso en la Universidad de Yale y en el Council of Latin American and Iberian Studies, me abrió las puertas para consultar las dilatadas bibliotecas de esa institución y escribir los primeros capítulos de esta obra. César Moheno, Geney Beltrán, Cristina Urrutia y Wjotek Stebelski me brindaron su apoyo para revisar diversas versiones de este ensayo. En esta nueva revisión incorporé los resultados de la investigación reciente, sin alterar las tesis originales del libro. Erik Velásquez, un distinguido epigrafista del mundo mesoamericano, releyó esta última versión y me proporcionó sugerencias y críticas atinadas; Yenny Enríquez tuvo a su cargo la integración del texto final con las notas y la bibliografía. A todos ellos expreso mi reconocimiento y gratitud.
Enrique Florescano
Junio, 2015
CAPÍTULO I
Metáfora del grano y la mazorca
En las tierras húmedas y cálidas del sur de Veracruz los olmecas fundaron los primeros reinos que impulsaron la civilización en el hemisferio norte del extenso continente. Años atrás propuse que Quetzalcóatl, el dios que simboliza en Mesoamérica la civilización, fue en sus orígenes una manifestación del dios del maíz.1 Las indagaciones arqueológicas sobre la primera cultura mesoamericana confirman esa presunción. Los olmecas florecieron entre 1500 y 300 años a.C. y desde ese tiempo el dios del maíz adquirió tres rasgos que habrían de perdurar en la civilización mesoamericana: su cualidad de numen de la fertilidad y de dios creador del ordenamiento del cosmos y de los seres humanos; su carácter de símbolo de la creatividad humana y su asociación con el gobernante, quien desde entonces hizo suyas las imágenes y atributos del dios.
Los olmecas fueron los primeros en representar el origen del cosmos, los seres humanos, la naturaleza y los dioses mediante imágenes; crearon un lenguaje visual que se convirtió en un medio de comunicación persuasivo y generalizado.2 Los últimos descubrimientos sugieren que también inventaron un lenguaje logográfico o acaso logofonético que se expresaba en signos e imágenes (Fig. 1).3 Seguramente el lenguaje de las imágenes nació mucho antes, en la lejana prehistoria; pero cupo a los olmecas integrar esas imágenes en símbolos que daban cuenta del mundo que habitaban. Con estas imágenes dibujaron los perfiles del cosmos, le dieron significado a su existencia, y forjaron un estilo para expresar esas concepciones. El cometido de esos símbolos era hacer inteligible el entorno que los rodeaba y su propio lugar en el mundo.4 Una de las imágenes iniciales que recorrieron el territorio de Mesoamérica fue la del dios del maíz.

FIGURA 1. Imagen de un sello olmeca encontrado en Tabasco, que muestra a un pájaro de cuyo pico salen glifos. Es probable que estos glifos representen palabras y sonidos, los elementos básicos del lenguaje hablado. Imagen tomada de Pohl, Pope y Von Nagy 2002: fig. 2.
LA TRANSFORMACIÓN DE LA SEMILLA EN DIOS
El estudio del significado del dios del maíz en Mesoamérica ha sido un proceso lento y tardío. Hacia la mitad del siglo pasado, Miguel Covarrubias elaboró una gráfica memorable que mostraba la continuidad en la forma de representar a los dioses de la lluvia desde los olmecas hasta los mexicas. Su reconstrucción iconográfica sugería que la religión mesoamericana descansaba en una cosmovisión común, en un conjunto unificado de creencias acerca de los dioses, la naturaleza y los seres humanos.5 Michael Coe y Peter D. Joralemon fueron los primeros investigadores que identificaron la imagen del maíz en la región olmeca; Joralemon aisló varios aspectos de este dios que llamó Dios II.6 Apoyándose en estos estudios Karl Taube realizó más tarde un análisis brillante sobre el significado del dios del maíz entre los olmecas.7
Los estudios iconográficos de Joralemon mostraron que los olmecas habían reconocido e individualizado diversos aspectos de la planta del maíz: las raíces, las hojas y las floraciones, el grano o semilla, la mazorca y su verde envoltura. Siguiendo la huella de estas indagaciones, Karl Taube advirtió que los olmecas habían divinizado diversas partes de la planta, formando una suerte de secuencia sagrada donde el grano, el brote de la planta y la mazorca madura constituían distintas fases del dios del maíz, cada una señalada por rasgos peculiares. En otras palabras, los campesinos olmecas procedieron como botánicos rigurosos e identificaron los procesos biológicos que recorría la planta del maíz desde su germinación a su madurez; pero sus gobernantes, en lugar de reconocer en esas transformaciones la mano sabia y paciente del cultivador, o la flexibilidad de la planta para adaptarse a los requerimientos humanos, las interpretaron como hierofanías: manifestaciones o encarnaciones terrenas de la voluntad divina. De este modo, el arduo y complejo recorrido realizado por los iniciales recolectores y cultivadores para transformar su entorno natural y modificar la planta del maíz, una verdadera hazaña biológica y agrícola, fue compendiada y sacralizada en Mesoamérica en la figura carismática del dios del maíz.
Un rasgo distintivo del antiguo dios del maíz es que tanto la representación de su imagen como los relatos de su origen reproducen los procesos agrarios y biológicos que culminaron en la creación de este cereal. Las distintas fases del cultivo, desde la preparación del terreno, pasando por la siembra, el viaje de la semilla por el interior de la tierra, la maduración de la planta, hasta la cosecha, se convirtieron en el imaginario mesoamericano en manifestaciones del dios. Como sabemos, la preparación de la parcela de cultivo y la siembra iban acompañadas de numerosas ceremonias dedicadas a la madre tierra con la intención de que ésta consintiera la profanación de su cuerpo y la introducción en él de la semilla. El hundimiento de ésta en el suelo y su unión con los jugos fertilizadores de esa región es uno de los pasajes más emotivos relatados en el Popol Vuh, el libro que resumió la sabiduría del pueblo maya. El libro relata las famosas aventuras de Jun Junajpú, una representación del primer grano que desciende al inframundo. Pero como Jun Junajpú se introduce en las profundidades de la tierra sin antes solicitar la aceptación de los dioses de la región, éstos decidieron sacrificarlo. El descenso a Xibalbá, el inframundo, es también asunto principal de las aventuras de Junajpú y Xbalanqué, hijos de Jun Junajpú, quienes bajan a esa región oscura y fría, encuentran y honran los restos de su padre, dan muerte a los señores de Xibalbá, y antes de convertirse en el Sol y la Luna, logran el renacimiento del dios del maíz y la creación de los seres humanos, el comienzo de la vida civilizada. En las vasijas mayas de la época Clásica, el dios del maíz, el Jun Junajpú del Popol Vuh, recibe el nombre de J’un Ixin o Ixiim,8 mientras los Gemelos Divinos son llamados Jun Ajaw y Yax Balam, respectivamente.9
La maduración de la planta está representada por la mazorca, una de las imágenes más populares del dios, cuyo rostro es precisamente una réplica de la mazorca, imagen que aparece por primera vez en esa forma en el área olmeca.10 El corte de la mazorca es uno de los episodios agrícolas cruciales en el desarrollo de la planta, pues con él culmina el ciclo de producción vegetal y comienza el de consumo, alimentación y reproducción de los seres humanos. Karl Taube interpretó la cabeza decapitada del dios maya del maíz con el corte de la mazorca.11 Así como la planta moría en el otoño con la cosecha y renacía en la primavera con la siembra, así también el dios experimentaba una vida gobernada por la muerte y la resurrección cíclicas.12 Un vaso olmeca de Chalcatzingo y numerosos recipientes y platos mayas del periodo Clásico dan cuenta del momento tremendo en que la mazorca, desprendida de la planta, se transforma en la cabeza del dios (Fig. 2).

FIGURA 2. El extraordinario Vaso de Chalcatzingo, con una de las representaciones más antiguas de la cabeza del dios del maíz. Dibujo basado en Coe 1985: 53, fig. 46.
En la práctica agrícola que sustentaba la vida de los pueblos mesoamericanos, cada año la semilla del maíz se introducía en la tierra mediante un hoyo o hendidura que rompía la superficie terrestre. Al cabo de ocho días de permanencia en el inframundo su fruto resurgía de esas profundidades, abriendo otra vez la tierra para hacer brotar las primeras hojas de la planta verde del maíz. La entrada de la semilla en el seno de la tierra y su renacimiento prodigioso en la forma de planta productora de vida era un ciclo que implicaba el sacrificio. Para que la planta del maíz germinara en el otoño, cada primavera una parte de la cosecha anterior, hecha simiente, debía sacrificarse a la tierra, donde sufría un proceso de descomposición y transformación que convertía la semilla enterrada en fruto revitalizador. Esto quiere decir que el grano del maíz es la simiente preciosa, la semilla de la que dependía la reproducción de la cosecha futura, y el núcleo vital que aseguraba la continuidad del ciclo de muerte y resurrección de los frutos agrícolas. Así, la semilla del maíz, al mismo tiempo que es vida, simboliza el sacrificio y la muerte.13 Como lo demostró James Frazer en La rama dorada, la muerte y resurrección anual es el rasgo distintivo de los dioses del grano y la fertilidad en el lejano Oriente y el Viejo Mundo.14
El ciclo de muerte y resurrección de la planta del maíz se convirtió en el paradigma de los procesos de creación de los pueblos mesoamericanos. Según esta idea, toda creación forzosamente implicaba el sacrificio de una parte de la vida, y en el caso de la creación de las plantas o los productos vitales, esta creación se verificaba en el inframundo, en el interior de la madre tierra, mediante la transformación de la materia desgastada en energía.15 Así, desde los tiempos más remotos, el interior de la tierra, la región acuosa, fría y oscura, fue concebida como el lugar de regeneración del cosmos mesoamericano.16
Siguiendo un procedimiento común en la iconografía de Mesoamérica, los olmecas acostumbraron representar el todo por una de sus partes (pars pro toto). Por ejemplo, el dragón olmeca, una de las primeras expresiones de la Serpiente Emplumada, se representa mediante el dibujo de las plumas del ave y los rasgos de la serpiente (Fig. 3), formando así un ser fantástico, que contiene los poderes de dos ámbitos diferentes del mundo natural, las fuerzas germinales de la tierra y los poderes fecundadores de la lluvia, el relámpago y los vientos que residen en el cielo. Siguiendo este principio, el dios del maíz fue identificado indistintamente por el grano, la mazorca o el color de la planta.17 Desde el llamado periodo Formativo Medio (1000-400 a.C.), el maíz se vuelve el alimento principal de la población, junto con la calabaza, el frijol, el aguacate y otros frutos que se combinaron con la caza y la pesca.18 La planta del maíz se identificó entonces con la fertilidad, la riqueza, el reino y el gobernante.

FIGURA 3. El dragón olmeca, una entidad sobrenatural compuesta por una cabeza con rasgos de ofidio y una parte trasera en forma de ala de pájaro. Es una de las primeras imágenes que buscan integrar los símbolos y poderes de la tierra con los celestes. Dibujo basado en Reilly III 1996: fig. 6.
Entre los olmecas, las rudas piedras del hacha primitiva se tornaron en resplandecientes hojas de jade finamente pulidas, que significaban el agua y el color verde de las plantas renacidas. Unas veces estas piedras pulidas aparecían aisladas, representando los preciosos granos del maíz (Fig. 4); otras formaban parte de la banda real de los gobernantes (Figs. 5 y 6); y a menudo adoptaron la forma de estelas o árboles de piedra, donde se esculpió la imagen del gobernante o del mismo dios del maíz (Fig. 7).19 En un antiguo manantial llamado El Manatí, situado entre los poblados olmecas de San Lorenzo y La Venta, los arqueólogos encontraron una aglomeración extraordinaria de hachas ceremoniales de jade, dispuestas como ofrenda a los dioses del agua y la fertilidad. Entre esas piezas sobresalen las hachas o celtas ceremoniales más bellas que conocemos, notables por el delicado pulido de la piedra y el brillo de sus tonalidades verdosas.20

FIGURA 4. Granos y mazorcas de maíz representados bajo la forma de pequeñas hachas ceremoniales, dibujados en la parte trasera de una escultura olmeca que se conserva en la colección prehispánica del museo de Dumbarton Oaks. Dibujo basado en Taube 1996: fig. 4a.

FIGURA 5. Pequeñas hachas ceremoniales en forma de granos de maíz, que figuran en la banda real de una estatuilla olmeca (véase Fig. 9B), que representa a un gobernante cuyo tocado reproduce la efigie del dios del maíz. Dibujo basado en Taube 1996: fig. 7.
Cuando los pueblos olmecas de la región costera de Veracruz y Tabasco hicieron del maíz su cultivo principal, comenzaron a proliferar las representaciones del dios del maíz en forma de imágenes que significaban la fertilidad, el renacimiento, la abundancia, la riqueza y la recreación incesante de la vida.21 En los campos de cultivo, en los templos y palacios de sus poblados, en sus grandes estelas y en los utensilios de barro más sencillos, se grabó la imagen de la semilla, la mazorca o la planta del maíz, como otras tantas encarnaciones del dios de la fertilidad.22

FIGURA 6. Cabeza del dios del maíz que imita la forma del grano, grabada en una hacha ceremonial. En la frente del dios se ve la banda real con cuatro granos de maíz. En la parte superior de la cabeza brota una mazorca de una hendidura. La cabeza del dios ocupa la parte central de este espacio delimitado en los extremos por cuatro granos de maíz. Dibujo basado en Taube 2000a: fig. 13a.

FIGURA 7. Hacha ceremonial olmeca con una representación de la cabeza del dios del maíz, en cuya parte superior brota una mazorca. Dibujo basado en Soustelle 1992: fig. 63.
El dios del maíz olmeca es una representación estilizada de la mazorca, que en Mesoamérica simboliza los atributos germinales y vitales de la planta. Numerosas representaciones de este dios asumen una forma antropomórfica (Fig. 8), pero es en su cabeza donde se concentran los rasgos que lo definen (Fig. 9). Como se aprecia en estas figuras, el dios del maíz tiene la cabeza en forma de mazorca, ojos almendrados, boca con rasgos de jaguar y una banda frontal ornada por cuatro granos de maíz. De una hendidura en la parte trasera de su cabeza brotan hojas de maíz o una mazorca. El verde es su color definitorio y las piedras pulidas de jade, el material preferido para reproducir su imagen bienhechora.

FIGURA 8. Representación del dios del maíz en el Monumento I de Teopantecuanitlán, Guerrero. La banda real que recorre su frente está adornada por cuatro granos de maíz germinados. Dibujo basado en Martínez Donjuán 1982: fig. 4.
La importancia de este dios la revela el sitio arqueológico de La Venta, la primera ciudad que los olmecas construyeron para celebrar la bonanza que les deparó el cultivo del maíz. En esta región pantanosa, rodeada de ríos que en la época de lluvias se desbordaban y depositaban sus limos fertilizadores en las tierras aledañas, los olmecas erigieron una gran pirámide que semejaba la montaña que brotó de las aguas primordiales el día de la creación, rodeada de patios ceremoniales, templos, ofrendas subterráneas y altares que conmemoraban ese momento portentoso. Al pie de la gran pirámide levantaron estelas con la efigie del dios del maíz, que de este modo asumió el papel de deidad protectora de la nueva fundación terrestre (Fig. 10). Alrededor de esta fundación inicial se aglomeró la población y creció el núcleo urbano.

FIGURA 9. A) Escultura de Pajapan: personaje en actitud de levantar un árbol cósmico y cuyo tocado es una representación del dios del maíz. B) Estatuilla de jade: figura de un personaje en cuyo tocado sobresale la imagen del dios del maíz. Su banda real está compuesta por pequeñas hachas ceremoniales que semejan granos de maíz (véase Fig. 5). Dibujos basados en Benson y De la Fuente 1996: 86, 162-163.
LA UNIÓN DE LA TIERRA CON EL CIELO
La planta del maíz es hija de la tierra, pero su crecimiento y maduración es obra del entrelazamiento de los poderes fecundadores del cielo con los germinales de la tierra. En la concepción mesoamericana el dios creador que mueve las fuerzas del cosmos y les infunde vitalidad y armonía es el Sol. Quizá en tiempos remotos los dioses del inframundo y de la Tierra ocuparon un lugar superior en el panteón mesoamericano. Pero desde años antes de la era actual y durante el Clásico y Posclásico, el dios rector de ese panteón es el Sol.

FIGURA 10. Representaciones del dios del maíz en dos estelas de La Venta, las más antiguas que se conocen con la imagen del dios. Estas estelas tienen forma de hachas y estaban sembradas al pie de la pirámide principal del centro ceremonial. Dibujo basado en Taube 1996: figs. 17b y c.
En la cosmogonía teotihuacana el Sol es la potencia que alumbra y pone en movimiento el mundo. El famoso mito del Quinto Sol cuenta que la era presente fue creada en Teotihuacán, cuando surgió por primera vez el Sol. En este mito la creación es una alborada y el tiempo, el espacio y la vida humana, emanaciones de la fuerza vital que va desplegando el sol en su camino por la bóveda celeste y el inframundo.
Al nacer en el Este, el sol le imprime a esta región la máxima energía vital. Al moverse hacia su lado derecho define el Norte, camina luego hacia el Oeste y más tarde va al Sur, para volver otra vez al Oriente (Fig. 11). El camino del Sol crea entonces el espacio, funda las distintas regiones del mundo y los diferentes momentos de la duración temporal, pues su movimiento da origen al día, los meses, los años y los grandes ciclos temporales. Y al pasar el Sol por el cenit establece el centro del cosmos, el punto donde concurren las fuerzas que le dan vida al eje central, el núcleo del que emana la armonía y vitalidad del conjunto. El recorrido del Sol por las distintas regiones traza entonces el cuadrado original (Fig. 11), el espacio geométrico que definirá los contornos inconmovibles de la Tierra y los límites de todos los lugares creados por la imaginación de los hombres: la milpa, la casa-habitación, el altar, el templo, el palacio, la ciudad… El movimiento del astro solar y sus diferentes posiciones en el espacio cósmico se convirtieron así en guía y modelo de las actividades humanas.23

FIGURA 11. Las cuatro “esquinas del cielo” en los solsticios y el punto central al pasar el Sol por el cenit. Dibujo basado en Villa Rojas 1968: 135; y Markman y Markman 1989: 121.
Las descripciones del territorio en los mitos cosmogónicos repiten el movimiento inicial del Sol, pues al igual que la ruta del Sol los relatos que describen el territorio comienzan por el Este, siguen por el Norte, continúan por el Oeste y finalizan en el Sur. Es una ruta que corre en sentido opuesto a las manecillas del reloj, como se puede apreciar en el ordenamiento del mundo por el dios Itzamnaaj que narra el Libro de Chilam Balam de Chumayel,24 o en la descripción de la tierra mixteca que relata el Códice de Viena,25 o más tarde, en las descripciones indígenas de la tierra yucateca en la época colonial.26
El carácter creador y ordenador del Sol fue el modelo de los valores morales que imperaron en los pueblos de Mesoamérica. Gary Gossen ha mostrado que los conceptos chamulas de orden, creatividad y energía provienen del movimiento solar. Y así como el Sol ejercía su máximo poder en lo alto, así también el sitio reservado a los gobernantes era el superior, mientras las regiones bajas eran el lugar de la oscuridad, el frío, la enfermedad y la muerte. El sol es asimismo una metáfora de fecundidad, fuerza, valor y primacía del género masculino.27
La propensión a antropomorfizar las fuerzas naturales y los dioses le asignaron al Sol las virtudes masculinas y
