Simeón en Tijuana
¿A quién en su sano juicio se le ocurre dar a su primogénito el nombre de Simeón? Digo “en su sano juicio” porque mi padre ni era sano y mucho menos tenía juicio. Era un jugador empedernido que apostaba lo que fuese con tal de calmar sus ansias; no le importaba llevarse entre las patas a quien fuera. Apostó por las cosas más ridículas, entre ellas a que llamaría Simeón al primer hijo varón que tuviera. Debo aclarar que mi padre era un apostador empedernido, pero con mala suerte.
Nací y me llamaron Simeón. Simeón, Simeoncito. Mi madre me llamaba solamente “Si”. Fue lo más positivo que tuve en la vida.
Pasé seis años de primaria siendo “Si-meón”, otros tres más en secundaria y, ya pa’ no dejar, otros tres en la preparatoria. A la universidad me negué a ir. Sí, yo me negué, pero a mi madre le valieron sorbete mis pretextos pa’ no ir e igualito me mandó.
Además de ser borracho y jugador, mi padre tenía mal carácter; nunca se le podía llevar la contra; mucho menos poner en entredicho sus decisiones. Una vez tuve a mal envalentonarme ante él y preguntarle por qué me había puesto Simeón.
—¡Porque me dio la gana! —respondió encorajinado. Y no me agarró a cintarazos nomás porque mi pobre madre se le aventó a las piernas pa’ detenerlo; que si no, una paliza más se hubiera colado a la larga lista de cintarazos que recibí en mi infancia.
Como decía, a la universidad me negué a ir, pero tuve que hacerlo a fuerza, por no desobedecer a mi mamacita santa. Ella quería que su Si fuera un hombre de bien y no un ignorante. Que vivir en la capital, en la ciudad de México, valiera la pena. Pero nunca fui bueno pa’ los estudios, pa’ qué más que la verdad. Y nomás de pensar en aguantar otros cuatro o cinco años siendo la burla de los compañeros, se me apretujaba el estómago y un ardor en las entrañas me subía y me bajaba. Así que sólo aguanté el primer semestre; mejor me salí pa’ ponerme a trabajar, que pa’ eso sí era bueno.
Desde chamaco siempre me gustaron los coches, los viajes en carretera, manejar sin rumbo, hecho la mocha, sintiendo que al final del camino se encuentra una vida mejor.
Mi padre tenía un taller mecánico en la colonia San Rafael, cerca del Centro Histórico de la ciudad, así que desde chamaquito aprendí el oficio. Toda mi infancia la pasé rodeado de chatarra, coches, partes, grasa y aceite; y eso me ponía muy contento, sobre todo cuando mi padre, por andar de borracho, se perdía y no sabíamos nada de él en días. Entonces, todos disfrutábamos de su ausencia y podíamos hacer lo que nos gustaba. Mi madre cantaba y escuchaba sus radionovelas, mis hermanas usaban minifalda y salían con los novios, el perro dormía en el sillón de la sala y los muchachos en el taller podían trabajar a gusto, darse sus descansos pa’ tomarse su coca-cola y fumarse sus cigarritos. ¿Yo?, ni se diga: los mejores días de mi niñez los pasé en su ausencia. Aprovechaba pa’ pegarme a don Simón, que se llamaba casi como yo, pero no igual: sólo nos diferenciaban una “e” y como treinta años. Era el encargado del taller y quien más sabía de coches; también le gustaba mucho platicar. Me contaba su vida mientras me enseñaba cómo cambiar una llanta, una bujía, una manguera o revisar los frenos; y según fui creciendo me enseñó todo el relajo que hace andar un coche.
El mejor lugar del mundo para mí era el taller. Ahí nadie se burlaba de mi nombre: me respetaban. Primero quizá por ser hijo del patrón, pero después porque todos se percataron de que yo tenía un don especial para los coches. A los quince años ya me las sabía de todas todas. Hasta me construí mi propio carro, de uno viejo y olvidado que alguien abandonó en el fondo del taller. Poco a poco lo fui arreglando, siempre con una idea en mente: al terminarlo me largaría de ahí y me iría muy, muy lejos. Tijuana sería mi destino.
Al día siguiente de cumplir los diecinueve años me despedí de mi madre, de mis hermanas, de don Simón y de mi perro (que no era el mismo perro del sillón, porque ése ya se había muerto). Mi padre, con la excusa de mi cumpleaños, había agarrado tremenda guarapeta y no se dio cuenta de nada. Mejor pa’ mí.
—¡Adiós, Si! ¡Adiós! —gritaba mi madre con lágrimas en los ojos—. ¡Sé muy feliz!
Fui feliz hasta los 200 km. Ahí, mi coche se detuvo y no prendió más.
Después de todo, no me las sabía de todas todas. Algo había fallado y no sabía qué; aunque sospechaba que tenía que ver más con mi nombre y con el hecho de haber nacido, que con mis habilidades de mecánico. No, no es que fuera negativo… ¿O sí?
Tuve que caminar un par de kilómetros para pedir ayuda. En ese tiempo no existían los celulares, ni había gasolineras a cada kilómetro, ni tampoco supercarreteras de cuota. Así que tuve suerte cuando encontré un letrero que decía “Comala”, con una flecha medio despintada indicando un camino que llevaba cuesta abajo. Aclarando: tuve suerte, pero mala suerte. Ese pueblo era rarísimo, era un pueblo sin ruidos y hacía un calor que me ponía a pensar en el mismísimo infierno; parecía habitado por fantasmas. Un tal Juan Preciado se presentó ante mí y me dijo muy serio:
—Buen día, soy Juan Preciado.
—Buen día, soy Simeón —contesté con la misma seriedad. No se burló de mi nombre ni me preguntó por el apellido.
—¿Buscas a tu padre? —me preguntó.
—Huyo de él —respondí, sorprendiéndome de mi sinceridad.
—Ah —contestó, y siguió su camino. Una gran polvareda se alzó de pronto y ya no pude seguirlo. Le grité, pero no me escuchó o no quiso escucharme. Debe haber caminado muy rápido porque desapareció tan pronto como la misma polvareda.
No encontré a nadie más que pudiera ayudarme. Dos ancianas pálidas se mecían en unas sillas despintadas y chirriantes a la entrada de una casa que tenía las ventanas rotas, las puertas zafadas, telarañas y mugre por todos lados. Nomás de verlas se me puso el cuero de gallina. Me miraban con unos ojotes tristes tristes, como si yo les recordara aquella juventud que nunca más volvería.
Tan aprisa como pude, salí de ahí. Me costó encontrar la carretera porque el letrero que decía “Comala” se había esfumado. Estaba seguro de haber salido por el mismo camino por el que entré, pero el letrero no estaba más ahí. “Seguramente la polvareda que se llevó al tal Juan Preciado también se llevó el letrero”, pensé, y seguí mi camino, no muy seguro de mi conclusión, pero queriendo escapar rápidamente de ese extrañísimo lugar.
Antes de que anocheciera hallé otro pueblo. Junto a la carretera encontré un taller. Dos tipos, uno mayor y gordo y el otro joven, chaparro y flaco, arreglaban una llanta ponchada. Me acerqué, un poco chiveado, porque el gordo le pegaba tremendos gritos al flaco; tragué saliva y, con la voz temblorosa, intenté explicarles mi problema.
—¿¡Qué!? —gritó el gordo.
Y volví a repetir mi dificultad, pero con una voz más fuerte.
—Ah, pos así sí te escucho. No que con esa voz de pajarito, pos pareces vieja, chamaco —me dijo el gordo en un tono más “amable”.
Entre el gordo y el flaco me ayudaron a jalar mi coche hasta el taller. Pero como no tenía dinero pa’ pagar, tuve que quedarme a trabajar con el gordo, que resultó ser el dueño del taller.
Me quedé cinco años en San Luis Pacífico, que así se llamaba el pueblo. No es que en todo ese tiempo no hubiera podido ahorrar para saldar mi cuenta, sino que me fui encariñando con el trabajo y con la gente; sobre todo con Marta, “Martita”, como le decían de cariño. Era la hija menor de don Juven, mi patrón (el gordo, pues), el dueño del “Taller Mecánico Juventino”. Ella era dos años menor que yo, pero su papá la seguía viendo como a una niña chiquita; no se daba cuenta de que de chiquita no le quedaba ya nada. Lo que sí notó fue la cara de baboso que puse cuando la conocí.
—¡Hey, tú! Quita esa cara de baboso y ponte a trabajar. Ay de ti si te veo rondando a mi Martita —me gritó don Juven delante de ella y de los muchachos del taller.
Sentí mucha pena, así que cada vez que Martita se acercaba al taller, yo buscaba la forma de esconderme o de huir de ella. Así pasó más o menos un año, hasta que en su fiesta de cumpleaños número dieciocho, con el pretexto de ser la festejada, se me acercó y me invitó a bailar. No les he dicho, pero yo de chamaco era de buen ver; ahora estoy algo panzón y los pocos pelos que me quedan ya ni tienen color, pero en ese entonces… Uy, si me hubieran visto… Nomás que era tímido y me daba vergüenza hablar con las muchachas. Pero ella me lo puso fácil: me coqueteó toda la noche, hacía bromas, se reía, me hablaba con esa voz dulce y suave que me derretía todito, y yo, a pesar de mi cara de baboso, sentí que le gustaba. Entonces, me envalentoné por segunda vez en mi vida y le pregunté que si quería ser mi novia. Y con la misma coquetería, con su voz dulce y suave, me respondió que no. Me quedé tragando pinole, como dicen por ahí. Ella salió corriendo y fue a reunirse con sus hermanas. Entonces, Juana, la mayor, se me acercó.
—Así que quieres ser novio de Martita, ¿no? —me dijo en un tono que no entendí.
—Pus… sí —contesté confundido.
—¿No te advirtió mi papá que no te le acercaras?
—Pus… sí —contesté nervioso.
—¿Y no te importa?…
—Pus… sí —contesté tontamente.
—¿No sabes responder otra cosa que “pus sí”? —preguntó Juana, ya algo desesperada.
—Pus… sí —volví a contestar lo mismo, no sabiendo qué otra cosa decir.
—O sea, que si te digo que Martita no te quiere, pero yo sí y quiero que seas mi novio, ¿qué me dirías?…
—…
—Vaya, ahora hasta mudo te quedaste.
No podía dejar de repetirme para mis adentros, una y otra vez, que Martita no me quería. Pero, entonces, ¿por qué me había sacado a bailar, por qué me había estado coqueteando? No lo entendía, todo ese año mirándola de lejos, deseándola y, cuando parecía que mi sueño de tenerla se iba a volver realidad, la realidad sólo me traía a una escuincla vanidosa que se burlaba de mí. Y en ese momento, no sé, un coraje se me subió a la cabeza. Entonces, sin pensarlo mucho, que me envalentono de nuevo y que agarro a la Juana, que la abrazo fuerte contra mí y que le planto tremendo beso (y eso que yo nunca había besado, pero sí había visto todas las películas del Cine de Oro Mexicano).
—¿Responde eso a tu pregunta?
—Pus… sí —contestó Juana, atontada.
Pa’ no hacerles el cuento largo, nos casamos a los seis meses. Juana no era fea, de hecho era bastante guapa, aunque era mayor que yo: ocho años mayor. Me caía muy bien, la verdad. Era inteligente, simpática y cocinaba bien sabroso, pero, pus no era Martita. El amor verdadero, cuando llega, llega pa’ quedarse; así que Martita se quedó en mi corazón pa’ no salir jamás.
Juana estaba obs
