A diferencia de los grandes virtuosos de la guitarra, cada que toco un riff debo poner especial atención en ver por cuáles trastes desfilan mis dedos, de lo contrario las posibilidades de cagarla aumentan exponencialmente. Mirar en otra dirección es un riesgo calculado que reservo para la intimidad de los ensayos. Mi concentración siempre es total, soy un profesional y no puedo descuidar un detalle que le abra la puerta al error. Es por eso que procuro acercarme al Marshall MG para escuchar con mayor claridad lo que de él sale y para pegarle un trago a la cerveza que descansa encima. En eso estoy, tocando el riff de Shine, el último sencillo de la banda. Me siento hipnotizado observando cómo la plumilla rasga la cuarta y quinta cuerdas a ritmo sincopado y cómo los dedos de mi mano izquierda se deslizan a través del brazo de Woodstock, como bailarinas haciendo suertes sobre el piso abrillantado de un salón. Según yo, la ejecución está resultando impecable, pero de repente escucho a Imbécil desafinar. Sin dejar de poner atención a la guitarra me hago un poco hacia la izquierda para quedar ahora enfrente de su monitor. En efecto, su bajo suena como si le hubiera pasado un tractor encima. Lo miro de reojo y le doy una patada en la espinilla para hacerlo reaccionar. Nada. Está tan drogado que no es capaz de sentir nada, aunque le hubiera pegado con un bat en la espalda. Sin darme cuenta, lanzo hacia él una mirada de reproche que hace a mi riff desbaratarse en un universo de disonancias. La audiencia no tiene piedad, no está dispuesta a permitir que corrijamos otro error, por lo que comienza la lluvia de hielos, vasos y monedas de a peso. Harris sale de ritmo y se achica entre sus tambores en un intento inútil por esquivar los proyectiles; Imbécil sigue en lo suyo disfrutando lo que para él es un concierto de “suputamadre”.
Antes de que los ánimos se calienten más, desconecto el plug de la guitarra, dejo caer el cable al piso y me dirijo a toda velocidad a refugiarme atrás del escenario.
El backstage del Costa Negra está muy lejos de ser un backstage como los que habito en mis sueños, con sillones de piel, jacuzzis, fruteros repletos de cocaína y botellas de champán. Es más bien una mugrosa bodega donde se apilan cajas vacías de cerveza, bocinas desconadas y retazos de aparatos eléctricos.
Entro rápido, dándole una patada al estuche donde Harris acostumbra transportar el bombo. Es un objeto muy versátil porque además de facilitar la movilidad del enorme tambor, se convierte en un locker donde guardamos las pertenencias que no tienen cabida en el show, tales como chamarras, celulares y llaves. Me alcanza Harris, limpiándose con un trapo los líquidos que no pudo esquivar.
—¿Qué pasó güey? —pregunta sin entender por qué abandoné el escenario.
—¿No oíste? Imbécil estaba tocando del culo, se le debe haber pasado la mano con la dosis —me tiro de nalgas sobre la alfombra y hundo la cabeza entre las rodillas.
Éste es el cuarto show en el mes que se va al diablo por alguna razón ajena a mi control. Me reincorporo con pesar para abrir el estuche del bombo, saco una botella de whisky, le doy un trago largo y permanezco inmóvil escuchando cómo detrás de la rechifla se mantiene una incoherente línea de bajo. Por fortuna, la concurrencia no rebasa las cincuenta personas. De haber sucedido el concierto en otro foro y presentándose otra banda, sin duda el lugar estaría más lleno. Segundos después aparece Lulú, muy nerviosa, con el pelo azul alborotado.
—¡Te dije que nos teníamos que deshacer de él! —me arranca la botella de las manos y la mete de vuelta en el estuche.
Se queda seria, esperando a que al fin le dé la razón, pero yo sólo pienso en la forma de sacar a Imbécil del escenario sin tener que enfrentarme al ridículo. Por suerte, la última vez que tocamos ahí, descubrí el interruptor que alimenta de energía al escenario. Recorro una cortina negra que cubre una de las paredes para destapar la caja de fusibles. Pum. Se acaba el show. En la oscuridad, me quito la playera del C.B.G.B. y me pongo una negra genérica que ajusta en los bíceps y que según yo crea el efecto de hacerlos ver más grandes, pero en realidad lo único que ayuda a resaltar es mi gran barriga cervecera. Encima, me pongo el saco de piel de víbora que una vez encontré en un botadero navideño en Macy’s y con el que me siento igualito a Sailor Ripley. Salgo titubeando del backstage esperando que nadie reconozca que soy el frontman de The Heartbeasts, de lo contrario algún borracho puede ensañarse conmigo, no sería la primera vez.
Me instalo en un banco frente a la barra y, para no perder el ritmo, ordeno otro whisky que liquido de un trago. Mientras se evapora el alcohol de mi boca, las ganas de moler a golpes a Imbécil también se esfuman.
—¿Te sirvo otro? —pregunta el bartender.
Lo analizo por un instante, tiene un rostro curioso. Debe estar en sus cincuenta, su cara es ovalada y lleva un bigote recortado a la Django Reinhardt. Limpia los vasos con tal hueva que es obvio que no tiene prisa por salir temprano. Hago girar un portavasos sobre la barra, como si se tratara de una moneda.
—Que si quieres otro Jack —insiste con voz profunda.
Cierro los ojos para tratar de medir el nivel de mi peda, buscando entrar en contacto con un centro de control mental desde donde se me autoriza a seguir bebiendo.
—Bueno, gracias.
Django saca la botella de whisky de entre un montón de botellas de whisky y con pericia la gira en el aire para luego rellenar el vaso en un mismo movimiento.
—¿Eres de los güeyes que bajaron a hielazos, correcto?
Dejo caer el portavasos sobre la barra, la mirada también.
—Ei —entonces él devuelve la botella a su lugar, coloca las manotas encima de la barra y me ve con lástima.
—No te preocupes. He visto bandas mejores a las que les ha ido mucho peor —inhalo hondo. Será necesario más que eso para animarme. Después de una pausa sigue—. Hace varios años, cuando trabajaba en Tijuana, me tocó ver tocar a Nirvana. También les fue re-mal, pobres cabrones.
Abro muy grandes los ojos y me reclino súbitamente hacia delante para escuchar mejor; tal vez la música fuerte me hizo oír otra cosa.
—¿Nir-va-na? ¿Nir-va-na en Ti-jua-na? —pregunto marcando las sílabas, con voz fuerte.
—Simón… También les llovió chingadera y media. Pobres güeros, estaban bien sacados de onda —sin interrumpir su relato, comienza a vaciar una bolsa de hielo encima de la tarja.
—No, no… Debes estar confundido. ¿Estás hablando de Nirvana, la de Kurt Cobain? —pregunto otra vez, balanceándome entre la risa y la incredulidad.
—Esos meros.
Este sujeto debe de creer que estoy más borracho de lo que aparento. Puedo apostar que nunca tocaron en México y mucho menos en Tijuana.
Mi desconfianza es palpable, así que se apura a precisar:
—Tocaron en el noventa. Creo que por ahí de febrero o marzo, tal vez abril —voltea los ojos tratando de recordar—. La neta no me acuerdo, pero si no me crees, búscalo en internet.
Es cierto que en el noventa apenas estaban empezando. Eran casi tan desconocidos como The Heartbeasts lo es ahora.
Liquido el vaso con alcohol y me seco las manos sudorosas restregándolas varias veces sobre mis jeans. Kurt Cobain es de mis ídolos. Aunque yo era muy chico cuando él estaba en la cúspide de su carrera, lo comencé a seguir durante la adolescencia. Me gusta su música, sus letras, su forma de ver la vida. Siempre he creído que tengo más cosas en común con él que con ningún otro artista. Se debe necesitar unas pelotas muy grandes para empujarse el cañon de una Remington adentro del hocico, ya ni se diga para jalar del gatillo.
—Buena onda el Kurt. Nos caímos bien.
—¿Qué quieres decir con “nos caímos bien”? —pregunto ansioso.
—Bueno… Es un decir. Se quedó platicando en la barra conmigo hasta tarde, así como tú.
Me acomodo sobre el banco y con una mano levanto la solapa de mi saco de piel. Me imagino en los zapatos de Kurt Cobain; un incipiente rockstar platicando generoso con un bartender que algún día contará la feliz anécdota de cómo lo conoció cuando no era nadie.
—¿Y qué platicaban?
—Nada importante. De viejas, sobre todo. Me acuerdo que primero se acercó a mí porque andaba buscando drogas… No quería regresar a su tierra sin probar mercancía mexicana, como si no supiera que toda la de allá es la misma de acá. Luego se le pasaron los tragos y se quedó ahí sentadito platicándome de su chava, de su banda, de que un pastor alemán en la garita no lo dejaba en paz porque su chamarra olía a mota, en fin. Estoy seguro de que le caí bien.
Intento ocultar mi entusiasmo, mas Django no es nuevo en esto de las charlas de ocasión. Los bartenders también tienen su público y sin duda soy el mejor que ha tenido en años.
Sin dejar de acomodar las botellas, dice animado:
—Cuando le pasé la cuenta, resultó que el cabrón no traía un clavo y los compas de su banda ya se habían largado a seguirla a otra parte, así que me tuvo que dejar en prenda su guitarra, una guitarra de marca Jaguar.
Siento a mi corazón pegar un vuelco, así que me lanzo sobre la barra para tomar la primera botella que encuentro a la mano y darle un trago que me quema la garganta.
—¡La Fender Jaguar año 65! —suelto salpicándole la cara con una mezcla de saliva y alcohol—. ¡Es una leyenda, es una guitarra mítica! Dicen que con ella compuso todo el Nevermind —lo tomo del antebrazo y lo jalo hacia mí—. ¿Regresó por ella?
Sin pensárselo, Django me arrebata la botella y me avienta hacia atrás de un empujón.
—Cálmate amigo, cálmate. No nos llevamos así —despacio pasa su manota encima de su camisa varias veces como para borrar las arrugas, luego vuelve a colocar la botella de brandy en su lugar. Saco mi cartera, tomo el dinero que hay dentro y lo meto en el puerquito destinado a las propinas que dejan poquísimos comensales. El tipo sonríe un poco para luego decir—. No, no regresó nunca y como no me imaginé que se fueran a convertir en una banda famosa, la empeñé al día siguiente; me acuerdo que con lo que me dieron compré unos pollos a las brasas que le llevé a mi mamá. Seguro esa guitarra debe valer hoy una lana. De haber sabido, ¡pendejo de mí!
Todo comienza a dar vueltas, por lo que me sostengo con ambas manos de la barra. Está hablando de la Jaguar 65, el santo grial de la música contemporánea, el pincel con el que Cobain trazó algunas de las piezas más emblemáticas del rockanrol, sin duda una de las guitarras más célebres en la historia de la música intercambiada por un puto pollo a las brasas.
Son las dos de la tarde y estoy echado en la cama, girando de un lado a otro, buscando alguna posición que ayude a calmar el dolor de cabeza. De vez en vez, me rasco compulsivamente las pelotas para luego llevarme la mano a la nariz. Un reflejo ancestral tatuado en lo más profundo del inconsciente; de la época en que los antepasados simiescos tenían que correr todo el día para escapar de salvajes depredadores. Luego estiro el brazo para tomar el control remoto y encender la televisión de sesenta pulgadas que me regalaron mis padres. Me pongo a cambiarle de canal en canal en búsqueda de algo que no sé lo que es, hasta que detengo la respiración al encontrarme con Drugstore Cowboy, la peli favorita de León. Tengo años de no verla; el VHS se fue junto con todas sus cosas y es una película indie que no es común que pasen por televisión. Siempre creí que me costaría trabajo volver a verla, pero en vez de hacerme pensar en León, pienso en Matt Dillon. ¿Qué habrá sido de su carrera? El tipo tenía futuro, parecía que se convertiría en una estrella, pero después de esa película se fue apagando poco a poco. Ahora debe estar sumergido en los sótanos de la industria hollywoodense, haciendo películas de serie B o participando como secundario en programas de mediano presupuesto. Es una pena.
De repente, suena la puerta tres veces: una vez, pausa, y luego dos veces a toda velocidad. Es la forma en que siempre toca Dalia, quien de inmediato abre la puerta, emperifollada como de costumbre.
—Vidita, tengo que salir unas horas —dice con poca convicción, violando como si nada mi privacidad—. Es el Brit Milá del nieto de Raquel Béjar, así que te voy a dejar solo con tu abuela. Los Tórtolos ya le dieron de desayunar y le cambiaron el pañal antes de irse. Sólo te pido que le eches un ojito. No te preocupes por nada que ya no debe tardar Rosi.
Cuatro años atrás, un severo derrame cerebral convirtió a mi Bobe en un ente sin voluntad, apenas capaz de elaborar frases cortas y deglutir las asquerosas papillas y licuados proteicos que le administran con mucha paciencia los empleados de la casa.
Disfruto pasar tiempo con ella. Aunque ya no podemos tener las conversaciones de antes, me da paz estar a su lado; estoy convencido que no hay nadie en el mundo que me entienda mejor. Suelo sentarme en su cama para quejarme de mis padres, platicarle los problemas con la banda o enseñarle las canciones nuevas. No tengo problema con que su única reacción sea agitar frenéticamente la cabeza mientras sus ojos parecen luchar para no apuntar siempre hacia el cielo, gesto que siempre interpreto como de total aprobación.
Ruedo lento sobre las sábanas para quedar de costado y así darle la espalda a Dalia, quien mira con repulsión el enorme hoyo que tiene mi playera conmemorativa del tour del 2008 de los Misfits.
—Ay niño… ¡mira esa pijama! Te la voy a tirar, te prometo que te la voy a tirar —antes de salir de la habitación, agrega rápido, con la voz todavía más dulce—: por cierto… tampoco ha pasado el camión de la basura, si viene nada más saca las bolsas. ¡Te quiero chiquitín!
Me levanto despacio y de mal humor. Siento la boca pastosa y las piernas me duelen como si la noche anterior hubiera corrido un maratón de espaldas. Por culpa de los Tórtolos, que pidieron el fin de semana para ir a una fiesta en su pueblo, no sólo tengo que atender a la Bobe y sacar la basura, sino que además debo prepararme el desayuno.
Meto al horno eléctrico tres wafles de caja y me sirvo un vaso con leche deslactosada light, que es la que empezó a comprar Dalia cuando consideró que ya estaba pasada de peso. En lo que suena el timer que indica que el desayuno está listo, aprovecho para ir a buscar a la Bobe, quien está en su recámara viendo en la tele un asqueroso programa de revista.
—Ay Bobe… Por eso no mejoras. Esos programas son para idiotas, no te hacen bien. ¿Cómo estás?
—¡Eeegb! —responde.
—Te voy a sacar a orearte al jardín, ¿está bien? —empujo la silla de ruedas a través del pasillo que conduce hacia la sala y pasamos junto a la enorme vitrina que contiene la colección de pájaros del Don. Siempre que paso por ahí no puedo evitar detenerme un momento para ver al faisán azul. Me incomoda que tiene el pico muy abierto.
Se dice que cuando los hombres llegamos a la mediana edad pasamos por un proceso de transformación a través del cual hacemos lo posible por aferrarnos a la juventud. Hay quienes se compran un auto convertible, los que comienzan una relación con su secretaria veinte años menor y otros como el Don, que lo manejan de formas impredecibles. Meses después de su cumpleaños cincuenta adquirió un hobbie poco habitual: la colección de aves disecadas. Todo comenzó por un amigo suyo que traficaba con aves vivas que traía del sureste del país. En una ocasión le mostró un Diamante Mandarín, un animal pequeño y muy colorido originario de Asia pero que también se cría en alguna parte de Belice. El Don quedó cautivado por los colores y le pidió a su amigo que le consiguiera un ejemplar que pudiera poner en el jardín. El sujeto hizo dos intentos por traer el pájaro, pero en ambas ocasiones el ave murió durante el traslado. Finalmente, y para no faltar a su palabra, el pedazo de traficante tuvo la ocurrencia de llevarle un hermoso ejemplar disecado. A partir de entonces, el Don adquirió una enorme vitrina que comenzó a retacar con aves muertas.
Miro al faisán, hasta que a lo lejos escucho al horno eléctrico pegar tres campanadas, así que retomo el paso hasta llegar a la puerta que conduce al jardín japonés. “A la abuela le encanta todo lo que tiene que ver con Japón”, nos dijo el Don cuando lo mandó construir, aunque sabíamos que era otro arranque suyo, como todo lo que sucede en esta casa. Al centro del jardín, hizo poner un pequeño estanque que llenó con carpas de color anaranjado que no lograron sobrevivir más de dos semanas al exceso de cloro que tiene el agua en la zona; también sembró unos árboles de cerezo y puso un caprichoso caminillo de piedras que, al igual que su juicio, no va a ninguna parte.
Saco con pericia a la Bobe a través de la rampa para acomodarla bajo el sol de medio día.
—Son las doce y diez. En veinte minutitos regreso por ti, ¿vale? —le doy un beso todavía con olor a alcohol y corro de regreso a la cocina.
Estoy a punto de darle el primer bocado a un wafle cuando escucho venir a lo lejos el camión de la basura, que siempre se distingue por llevar la música a todo volumen. De mala gana tomo las dos bolsas que contienen los restos del coctel que tuvo Dalia con las señoras de la Fundación y las arrastro al exterior.
Siempre me ha parecido un misterio el hecho de que los camiones de basura lleven la música a niveles que deberían ser ilegales; que musicalicen su trabajo con canciones rancheras que suenan potentes a través de bocinas que alguna vez habitaron la casa de un tipo que decidió que era hora de hacerse de un modelo más reciente. Seguro rescatadas de algún botadero, entre despojos de hospitales y pañales humeantes por tanta mierda. Tal vez es sólo eso, un intento inútil por volver menos denigrante el ganarse la vida levantando desechos ajenos. Lo que resulta premonitorio es que lo que musicaliza el momento, lleno de botellas vacías de chardonay y restos de bocadillos kosher, no son los éxitos de Vicente Fernández, sino Lithium de Nirvana.
I’m so happy ‘cause today
I’ve found my friends…
They’re in my head.
Abandono las bolsas a medio jardín y corro a buscar en el interior de mi saco la tarjeta que me entregó Django antes de salir del bar. No estoy seguro de tener claro el propósito, pero marco ansioso al Costa Negra. Como es de esperarse, a esta hora nadie atiende la llamada. Luego voy a mi habitación a buscar entre la colección de viniles el Bleach. Me cuesta encontrarlo porque a decir verdad es un álbum que no escucho seguido y se ha ido desplazando poco a poco hacia los confines del estante que almacena mi colección. Lo coloco en el tornamesa, enciendo el amplificador y me cuelgo la guitarra con la intención de seguir una a una cada canción. Me veo tocar en el espejo que está apoyado junto a la puerta del baño; fantaseo con que esas canciones son mías y que hablan de cosas íntimamente relacionadas con mi vida. Entre la pausa que hay entre “Swap Meet” y “Mr. Moustache” escucho lo que parece el aullido ahogado de un perro. Detengo la música para tratar de identificar el origen de ese sonido tan extraño; por fortuna no me toma mucho entender. Bajo corriendo treinta y cinco escalones en sólo tres zancadas, doblo a la derecha del pasillo pegándole un caderazo involuntario a la vitrina de las aves muertas haciendo caer algo que parece un canario y salgo corriendo al jardín.
—¡Auj-ooooo! ¡Auj-ooooo! —grita desesperada mi Bobe, quien ahora tiene la piel del mismo color que un jefe Sioux.
—¡Viejita de mi corazón! —suelto alarmado, haciendo girar la silla a toda velocidad para conducirla al fresco interior—. ¿Pero, qué te pasó? Debe de estar el sol muy fuerte el día de hoy —ella se retuerce en su silla entre orines y sudor.
Una vez en la cocina, empapo una jerga con agua del grifo y se la paso por brazos y cara. Luego le doy a beber pequeños tragos de leche directo del envase que saco del refrigerador. En alguna parte escuché que la leche es buena para las quemaduras de sol.
—¡Mira cómo quedaste por andar de paseadora! —observo con asco cómo un pequeño charco se forma debajo de la silla de ruedas. Aunque es grande mi amor, no lo es tanto como para limpiar ningún tipo de fluido—. ¿Dónde estará la cabrona de Rosi? —digo pegándole una pequeña patada a la estufa—. Ya debería haber llegado hace cuarenta minutos.
Sin saber qué otra cosa más hacer, me siento en la barra a comer wafles fríos.
—Discúlpame Bobe, es que tuve concierto ayer y ya ves que, cada que tengo concierto, al día siguiente se me va la onda. Fue un éxito total. Deben haber ido unas dos mil o seis mil personas, el lugar estaba a reventar. No quisimos tocar canciones del álbum pasado, fueron todas del que estamos próximos a grabar. Andamos en pláticas con un productor en Los Ángeles que está muy interesado en producirlo. Es un tipo que fue microfonista de Nine Inch Nails y que ahora anda produciendo a talentos nuevos. Si este cuate nos produce, ahora sí agárrate, mi carrera se va a ir al cielo Bobe. Te voy a llevar a Lollapalooza a verme tocar, pero con gorrita y bloqueador de sol, no quiero que te broncees otra vez —hago una pausa como para ponerle más miel a los wafles, pero en realidad la hago porque comienzo a gestar una idea, un proyecto de vida—. Después de tocar platiqué con un tipo que conoció a Kurt Cobain, el vocalista de Nirvana… —en ese momento se escuchan unas llaves abrir la puerta de la casa. Me levanto de un brinco y camino a través del pasillo a toda velocidad para encontrarme con Rosi, sudorosa como siempre, vistiendo un uniforme blanco brillante y arrastrando un tanque de oxígeno de diez kilogramos.
—Rosa Bertha, ¿dónde estaba, carajo? ¿No se supone que tenía que haber llegado hace más de una hora? —la mujer se angustia ante el reclamo y contesta con voz apenas audible—: discúlpeme joven, pero le avisé a su mamá que iba a llegar un poco más tarde porque tuve que pasar al almacen a recargar el tanque.
—Pues por su culpa mi abuela se quedó más tiempo del debido en el jardín, así que voy a hablar con mi madre ahora que regrese, es urgente hacerla considerar un cambio de enfermera.
La mujer abandona el tanque en el pasillo y camina a pasos acelerados hacia la cocina, la sigo nervioso.
—¡Válgame dios madrecita mía, mire nada más cómo me la dejaron! —dice compungida, para luego hacerse cargo de la situación.
Un baño, un poco de suero intravenoso y crema corporal son suficientes para dejar a la viejita como nueva. La miro sonriente, casi con orgullo. El bronceado la hace ver más guapa que de costumbre.
La oficina del Don huele a cuero viejo y humedad; es un apéndice arquitectónico que mandó construir al fondo del jardín para que yo pudiera ensayar. Hoy me parece irreal que haya sucedido algo así, pero lo hizo en la época en que le resultaba esperanzador que el flemático de su hijo se interesara en algo. Poco después, al descubrir con terror que ese interés se estaba transformando en vocación, me dijo que necesitaba sacar de ahí mis porquerías porque iba a convertir el cuarto en oficina. En vez de tambores y guitarras eléctricas, a un lado de la puerta hay un gran librero repleto de viejas enciclopedias intercaladas con algunos libros de ornitología. Su escritorio se encuentra cubierto de revistas y papeles apilados en torres entre las cuales siempre es difícil hallar su cabeza cuando se sienta a trabajar. Casi todos los días se encierra en la oficina, aunque sea por un rato; él dice que tiene que resolver asuntos importantes, aunque es bien sabido que lo hace para esconderse de Dalia.
Por todas partes se acumulan objetos que
