—Nada de desconfianzas, de pájaras mentales o pensamientos no dichos —le expuso Imogen a Jared la noche de su reconciliación acostados en la cama de ella.
—De acuerdo, pero que sepas que todo eso queda atrás, no seré capaz de alejarme de ti o de dejarte —aseguró él con firmeza.
—Eso espero o me volveré más loca de lo que ya estoy.
Tras la fiesta de la cafetería, Imogen y Jared se refugiaron en la casa de ella, aprovechando y recuperando el tiempo que habían perdido tras la ruptura por culpa de Howie, algo que les ocasionó un gran dolor y desesperanza. Esa noche, no dudaron en entregarse a las olas de la pasión en más de un momento para descubrir que no se saciaban el uno del otro.
La alegría más inesperada fue el regreso (al día siguiente de la fiesta) de Flora a Cold Spring. Según les había contado, se marchó a Búfalo a la casa de una amiga, aunque matizó cuando estuvieron solas:
—A vosotras os puedo contar la verdad, he ido a una reunión de brujas, sí, en Búfalo. Todos los años las hacemos.
—¿Hay más como tú? —preguntó Imogen desconcertada por esa información.
—Sí, somos muchas y ahora lo podemos hacer libremente, porque no levantamos sospechas. —Sonrió.
Esa misma tarde, en la que estaban reunidas Lilian, Teresa, Wendy, Kendall, Imogen, Tony, Shannon y Cloe, la veterinaria, quedó inaugurado el Consejo de mujeres de Cold Spring, que se reuniría siempre que pudiera, cuyo centro de operaciones era la cafetería.
Con todo eso, la Nochebuena se acercaba a pasos agigantados; se notaba en el ir y venir de la gente, en los encargos de la librería (había personas que venían incluso por ideas), todo ello acompañado, de vez en cuando, por los copos de nieve que al tocar el suelo se derretían, no como los de días anteriores. Las temperaturas pasaron de ser frías a ser un poco más cálidas, aunque los pronósticos anunciaban que por Nochebuena habría una brusca caída de los termómetros.
Por la noche, Imogen sentada frente a la chimenea, abrazada por Jared y con una taza de infusión entre las manos, contemplaba el movimiento de las llamas de un tono amarillo-rojizo que hacía chisporrotear la leña en su ardiente abrazo, pero algo le vino a la cabeza.
—¿Todavía crees que mis padres se pueden quedar en tu casa? —Se movió para mirarlo a los ojos.
Él volvió la cabeza y sus ojos destellaron en la tenue luz del salón. De pronto, descubrió que serían sus faros en la inmensidad de los días, en el devenir de la vida, que le indicarían donde estaba su hogar: a su lado.
—Sí, mañana lo tendré todo preparado —afirmó, acariciándole la línea del cuello con el pulgar.
—¿Estás seguro de querer que estemos en tu casa?
Él se acomodó.
—Imogen, estoy seguro —aseveró—. Nuestra relación irá a más y ellos formarán parte de la familia y si se parecen a ti, dudo mucho que me lleve mal con ellos.
—Es difícil llevarse mal con ellos.
—Ahí tienes la respuesta. —Asintió con la cabeza—. Y como te dije, mi casa es más grande, ya la viste, estarán más cómodos que aquí y empiezo ya las vacaciones que he pedido para estas fechas.
—Vale.
—No te preocupes, preciosa, todo va a salir bien. —Le guiñó un ojo para rebajar el nivel de tensión.
—¿Me acompañarás a buscarlos a la estación?
—Eso no se pregunta.
Él la cogió por la nuca y hundió las puntas de los dedos entre los mechones de su melena, la besó primero con un suave roce de labios, luego, profundamente a la vez que sus manos se deslizaron hasta ahuecar sus pechos y ella, emocionada, dejó a un lado la taza y se arqueó contra su cuerpo.
Así se dejaron arrastrar por la pasión una vez más.
***
El día veintidós de diciembre en la estación de Cold Spring bajaron del tren los padres de Imogen. Su madre la saludó con la mano desde la puerta.
—¡Hija! —Su madre casi bajó de un salto.
Se abrazaron y su madre la movió emocionada, después, le plantó un gran beso sonoro en la mejilla.
—¡Hola, mamá!
—¡Qué alegría! —Se separó para mirarla—. Te veo muy bien.
—Será porque lo estoy. —Imogen se acercó a su padre y le cogió algunas bolsas para que no le costase coger las maletas—. ¡Hola, papá! —Le dio un abrazo como pudo.
—Hola, lo siento, luego te abrazo. —Eso sí, le dio un beso—. ¿Alguien me puede ayudar?
—Yo. —Jared se adelantó, pues hasta ese momento se había mantenido en un segundo plano—. Soy Jared. —Se presentó.
—Papá, mamá, os presento a Jared, mi pareja. —Lo miró con una sonrisa—. Tú ya sabes que son mis padres.
Jane, la madre de Imogen, lo saludó con una esplendorosa sonrisa.
—Querido —le dijo a su esposo—, me debes una cena.
—¿Cómo? —Imogen estaba asombrada por el atrevimiento de sus padres—. ¿Habéis apostado por mi vida sentimental? —Sus padres no se movieron, en cambio ella se dirigió a Jared—. Puedes comprobar que mis queridos padres no son muy normales.
—Nunca dijimos que lo fuéramos —apostilló Thomas, su padre.
—Cuando Kendall me dijo que había una novedad no lo dudé —confesó Jane sin pelos en la lengua.
—Ahora se estila cotillear con la mejor amiga de tu hija, ¿verdad? —Imogen se cruzó de brazos.
Con disimulo observó cómo su padre y Jared se estrechaban la mano, antes de que servicialmente Jared le cogiera otra bolsa y una de las maletas.
—Me lo paso bien hablando con vosotras —reconoció su madre.
—Disculpas. —Ella estiró los labios en una mueca irónica. Su madre dirigió sus ojos azules, muy similares a los de ella, hacia Jared, contemplándolo con curiosidad—. Mamá, por favor. —Cerró los ojos un tanto avergonzada.
—¡Qué guapo! —Jared se volvió hacia ella—. ¡Y qué mirada verde, por favor! —exclamó.
Imogen no sabía dónde meterse.
—Mamá, déjalo ya.
—Hija, será mejor moverse o nos quedaremos como estatuas de hielo —bromeó Thomas.
—¡Ay, sí, ja, qué despiste el mío! —Jane se rio cual colegiala.
Imogen negó con la cabeza, sus padres no tenían remedio. En cuanto sus ojos se cruzaron con los de Jared, que brillaban divertidos, no lo pudo resistirse. «Perdona», movió los labios en su dirección. Jared le correspondió con un guiño de ojo genuino y burlón al mismo tiempo, lo que le demostró que lo estaba pasando en grande.
Jared condujo hasta su casa con el padre de Imogen sentado en el asiento del copiloto y manteniendo una conversación animada.
—¿Adónde vamos? —le preguntó en voz baja su madre.
—Estas fechas las pasaremos en casa de Jared, en la mía estaríamos más apretados. —Sonrió con timidez—. Se le ocurrió a él.
—Sí que te ha dado fuerte con este chico.
—¡Mamá! —exclamó bajando mucho la voz.
—Ni mamá, ni chispas, te veo más feliz que nunca lo cual me alegra, porque al fin mi hija conoce el amor de verdad, no un mal sucedáneo —sentenció.
Imogen no era tonta, su madre la conocía mejor que ella misma, por eso le habló sobre la reaparición de Howie y lo que había originado. Su madre le puso una mano en el muslo para tranquilizarla.
—Olvídate de los fantasmas del pasado, hazme caso.
Ella asintió mientras el coche se adentraba en la propiedad de Jared, quien, para no perder tiempo, dejó todo en la entrada y se dispuso a enseñarles la propiedad, pues el padre de Imogen estaba encantado con la localización de la casa.
—Esto es fantástico —expuso con las manos en la espalda.
—Por la parte de atrás de la casa se puede ver el río, pero los traigo por aquí porque es la parte más extensa —contó Jared.
—Es una maravilla. —Su padre estiró el cuello—. ¿Tienes un huerto?
—Sí, venga.
Detrás de ellos iba Imogen, caminando al lado de su madre. La poca nieve aún acumulada por algunas zonas crujía bajo sus botas.
—Y cuéntame, ¿dónde os conocisteis? —quiso saber Jane.
—Viajando a la luna —la bromeó.
—¿Dónde?
—Mamá, aquí en el pueblo, es el mejor amigo de Mark. —Su madre conocía al novio de Kendall.
—¡Oh, qué bien!
—Ya nos conocíamos, aunque la verdad es que no me acordaba de él.
—Normal que aquí, en este paraje idílico, surgiera el amor —suspiró Jane.
—Realmente nos conocimos en Nueva York. —Intentó rebajarle la emoción a su madre.
—Pero no fue allí donde surgió el amor, sino entre estás colinas y este río. ¡Me encanta! —La miró risueña—. Y no me extraña que cayeras rendida a sus pies, ¡qué ojos!
—Le das tu visto bueno.
—¡Desde luego! —exclamó Jane—. Se ve que es un buen hombre, que tiene los pies en la tierra, como diría tu abuela, es un hombre que se viste por los pies, no como el otro que se escondía de todo el mundo.
En ese instante, por ese comentario, le comentó lo que se había callado en el coche, la visita del mandamás de la editorial y cómo descubrió que la jefa de Imogen se beneficiaba del despacho para mantener relaciones con Howie y que el despido de Imogen, unos meses atrás, fue improcedente.
—Hombre tenía que ser, llegas tarde a esa conclusión, todos lo sabíamos desde el principio —apostilló Jane.
—Le dije que no regresaría al lugar del que me echaron y menos a trabajar con gente solo se dedicaría a lamerme el culo.
—Está claro, te harían la pelota, —movió la cabeza sopesando la respuesta que le había dado a su hija—. Quizá algunos, no todos.
—No quiero verles la cara, estoy bien aquí y me arrepiento de no haberle hecho caso a Kendall antes. Tendría que haber venido cuando me lo propuso.
—En eso te doy la razón. —Su madre enhebró el brazo con el de ella—. Sabes que Howie nunca me gustó y nunca me he metido en tus relaciones.
—Lo sé. —Era cierto, sus padres jamás se metieron en sus decisiones.
—Le veía algo que no me gustaba, había algo, no sé el qué, que me hacía desconfiar, pero es que tu padre no se equivocó.
—¿Cómo? —Imogen agitó la cabeza.
—No le gustó nada, el día que coincidimos con él por sorpresa, cuando nos marchábamos me dijo que te traería problemas —confesó su madre.
—Es cierto, me trajo problemas, tanto que, al estar acostándose con la jefa, ella misma me despidió por ser su novia.
El silencio se asentó entre ellas mientras caminaban a paso lento detrás de los hombres, que iban hablando ajenos al tema de conversación que madre e hija trataron. Tras contarlo todo, Imogen se sintió mejor al notar que su madre la apoyaba en su decisión, pues antes de subirse al crucero ya supo de primera mano todo lo que le había sucedido en la editorial y fue la primera en aconsejarle que dejase la ciudad para irse con Kendall. Era más, el verano que la ayudaron a reacondicionar la cafetería, en más de una ocasión, su madre soltaba cuando le venía en gana y las veces que fuera posible que debía quedarse en Cold Spring. Era conocedora, al igual que Kendall, que aquel trabajo era casi tóxico.
De repente, un movimiento de Thomas la sacó de sus pensamientos.
—¿Qué hace? —Enarcó una ceja.
—Tu padre ha chocheado con tu novio. —Se rio su madre. Delante de ellas, su padre alzó los pulgares hacia arriba—. ¡A mí también! —le gritó Jane.
—Oye, mamá, podías ser un poquito más disimulada —la riñó.
—Tranquila creo que tu novio no se lo tomará a mal. —Le dio unos golpecitos en el brazo.
Después de visitar toda la finca y que su padre se emocionara con el huerto que tenía Jared, los padres de Imogen se instalaron en la habitación que se les había preparado. Ella nunca había entrado en esa enorme estancia, aunque lo que más la impresionó fueron las vistas hacia el río y el valle.
Los cuatro disfrutaron de una agradable cena en la amplia cocina de Jared, charlando animadamente sobre diversos temas. Aunque el espíritu navideño impregnaba el ambiente, con la decoración de la casa y el árbol de Navidad como telón de fondo, estos temas acabaron surgiendo en la mesa. Finalmente, se llegó a un acuerdo: los hombres se encargarían de seleccionar, comparar y colocar el árbol, mientras que las mujeres se dedicarían a decorar la casa, una tarea que encantaba a la madre de Imogen.
Sin embargo, sin Imogen saberlo, Jared tenía otra sorpresa.
—¿Por qué subimos a la buhardilla? —preguntó ella un tanto desconcertada, ya que sabía que su habitación estaba en la parte de abajo.
—Ahora saldrás de dudas, doña impaciente.
Cuando él abrió la puerta, ella se encontró un confortable, cómodo y acogedor cuarto.
—¿Y esto? —No se giró para preguntárselo, estaba asombrada con la enorme cama justo debajo de la ventana y rodeando el marco había una guirnalda de otoñal, en representación de la época favorita de ambos: el otoño.
—Es mi antigua habitación, hace tiempo que no la utilizo y me pareció un buen momento para limpiarla y usarla, así tus padres también tendrán su intimidad abajo —le contó sus razones.
—¡Oh!, me parece genial, buena idea. —En ese instante se giró y lo abrazó, hundiendo la nariz en el hueco de su cuello e inspirando su magnífico olor—. Jared Read, ¿de dónde has salido?
—De aquí, Cold Spring —se encogió de hombros como si fuera la respuesta más obvia, que lo era.
—Pues debo decirte que me alegro haberte encontrado.
Ella se elevó sobre las puntas de los pies para besarlo con una alegría que, al poco, se convirtió en deseo en estado puro al fluir a través del candor de sus labios. Sus cuerpos despertaron y terminaron enredados en las olas de la pasión.
***
Jane a la mañana siguiente se unió a las chicas desde bien temprano en la cafetería, porque según ella:
—Estoy acostumbrada a madrugar, en los cruceros me levantaba temprano para vivir el amanecer. —Con una taza de café bien calentito entre las manos, estaban en la parte de atrás y a ellas se había unido Shannon—. El amanecer relaja el Chi —les contó—, conectas con el despertar de la naturaleza que te ayuda a equilibrar todas las energías antes de comenzar la jornada.
—¿Esto es un ritual? —preguntó Shannon en voz baja.
—No —contestó Imogen.
—Vale, me quedo tranquila, porque me siento igual que antes. —Bajó la voz para que solo ella pudiera escucharla.
—Ojo, creo que no es ningún ritual. —Pegó la cabeza a Shannon—. Aprovechemos para fijarnos en las vistas y los bonitos colores.
Las nubes en las que todavía quedaba atrapada la noche se iban tintando de colores amarillos, rojos, que encendían el cielo además del horizonte donde el sol parecía que quería despuntar. Sin embargo, aquello no fue más que una ilusión, pues al final resultó un día bastante encapotado en el que no se pudo apreciar el sol.
A lo largo de la mañana la madre de Imogen las fue ayudando en lo que la dejaban y conoció a las personas más allegadas de su hija, como era el caso de Lilian, Wendy y Teresa con las se sentó a tomar algo enfrascadas con una larga conversación. Pero fue por la tarde, cuando Imogen le presentó a Flora.
—Mamá, ella es Flora; Flora, mi madre que ha venido a Cold Spring a pasar estas fechas. —Las dos se saludaron con cordialidad—. Flora es la pitonisa.
—¡Anda, mira que bien! —Jane se entusiasmó.
—Por cierto, Flora —intervino Imogen—. Jared y yo queremos que vengas a pasar la Nochebuena y la Navidad con nosotros.
—No quiero molestar —dijo la mujer con serenidad.
—Molestia ninguna, Flora, —le aseguro Imogen—. Queremos que Lilian y Shannon que están solas también vengan, ¿oyes Lilian?
—Ahí estaré —exclamó su casera desde hacía varios meses.
—Bueno, pues creo que solo tengo la opción de aceptar. — Flora sonrió.
—Y mira por donde, me puedes echar una manita —afirmó Jane.
—¿Qué? —Flora no la había entendido.
—Mamá, estamos en Navidad, ¿vale? —Imogen quería quitarle esa idea a su madre de la cabeza.
—Leerme la buenaventura o como lo llaméis —esclareció Jane.
—¿De verdad, mamá? —Imogen cerró los ojos y negó con la cabeza.
—Es que siempre he oído a alguna vecina hablar sobre esto y como nunca conocí a nadie que supiera, pues mira, ahora que estoy aquí con Flora, puedo probar.
—Estamos bajo el influjo de la luna fría, no es mala época para vislumbrar en las largas noches invernales que nos depara el futuro. —Flora secundaba la idea de Jane.
—La que te espera —le susurró Kendall que estaba al lado de Imogen.
—¿Por? —Imogen no la comprendía, bueno, por comprender, tampoco entendía qué pretendía su madre.
—Flora es una buena aliada de tu madre.
—Muy graciosa.
—Tú también lo estás viendo como yo, Flora no rechazó la idea de tu madre.
—Ya, es cierto —bufó—. ¡PÁRATE, MUNDO, QUE YO ME BAJO!
—¡Hola! —saludó Thomas entrando delante de Jared y frotándose las manos—. ¡Qué gusto da entrar! —Su padre sonrió en dirección a Kendall antes de abrazarla—. ¡Hola, Kendall! Me alegro de verte.
—Igualmente y los cruceros os sentaron muy bien a los dos —afirmó ella.
—Me he quedado harto de tanto barco, pero que no salga de aquí. —Se rieron por ese comentario—. Hija, me pondrías un café bien caliente.
—Ahora, papá. —Imogen antes de meterse detrás de la barra, saludó a Jared con un beso en la mejilla—. ¿Qué tal?
Él la siguió para sentarse en un taburete.
—Muy bien, tu padre tiene un buen ojo para escoger árboles y no solo eso, cuando lo llevamos a casa le dio una buena idea a Logan sobre el invernadero —le relató Jared.
—Te cae bien, me alegro, porque le pasa lo mismo a él contigo —soltó Imogen delante de la cafetera.
—¿Cómo lo sabes? —Frunció levemente el ceño.
—Muy sencillo: si no fuera así, ahora estaría dándome las quejas, créeme.
—Un punto a mi favor. —Golpeteó la barra—. Es un hombre que, para ser de ciudad, tiene muy buen criterio con el campo.
—Mis abuelos eran granjeros, pero a él le pudieron más los estudios.
—Ahora lo entiendo.
—Y sí, le gustaría tener un huertecito como el tuyo, porque al estar jubilado tiene mucho más tiempo —le explicó Imogen, pues su padre lo había referido en más de una ocasión—. Y yo heredé su buen ojo, aunque a veces me falla. —Puso los ojos en blanco resignada—. ¿Qué quieres?
—Un chocolate —le pidió él—. Y no tienes mal ojo, simplemente a veces la intuición nos falla y como somos humanos siempre cometeremos errores, pero lo que nos hace distintos de nuestro yo pasado es como los afrontamos y los encaramos.
Jared tenía razón y ella lo sabía mejor que nadie, pues jamás se hubiera imaginado que se enfrentaría a Howie, y mucho menos lo echaría de la cafetería con un grito que le había helado el alma y al mismo tiempo le rompió el corazón, pues por culpa de su aparición, Jared se había alejado de ella. Tampoco se le había pasado por la cabeza celebrar las navidades con su nuevo novio, un novio que no esperaba tener, pues había llegado a Cold Spring con la intención de estar sola como una seta.
Le dio a su padre el café y a Jared una taza de chocolate con unas cuantas nubes.
—¡Qué bien me cuidas! —Se incorporó un poco para besarla en los labios.
Aunque fue un beso rápido, no escapó a la visión del resto.
—¡Esto sí que es un novio de verdad! —exclamó Jane.
—Vaya, nos han cazado. —Se rio Jared.
—Hagamos como si no hubiéramos escuchado nada. —Imogen negó con la cabeza, su madre estaba encantada con él y lo demostraba a todas horas, estaba claro—. Por cierto, en Navidad tendremos a Flora y Lilian en casa.
—En casa —repitió él.
—¿Qué?
—Me gusta que hables de casa, nuestra casa. —Con esto último, movió el dedo índice señalando a ambos.
—Me ha salido así.
—Y me encanta. —Bebió un sorbo de chocolate—. ¡Uf, quema!
Ella cogió un vaso de agua del grifo y se lo dio a beber.
—Por goloso —añadió.
—Lo sé, es lo mejor del invierno, una buena taza de chocolate.
—Una cosa —Imogen quería retomar la conversación—, no te molesta que vengan, ¿verdad?
—No, así cambiaré de aires. —Esta vez Jared fue tomando el chocolate a cucharadas.
—¿Por qué?
—Ninguna Navidad, desde que perdí a mi familia, me dejaron solo la madre y la abuela de Logan, ni tampoco los padres de Mark, ni Flora. Desde que Logan enterró a las dos mujeres que nos cuidaban, por así decirlo, estas fechas siempre las pasamos juntos. Flora era una gran amiga de la familia de Logan, de hecho, su madre tenía una gran amistad con ella.
—Vaya, no sabía nada de esto.
Él asintió masticando una nube, que acompañó con otra cucharada del líquido amarronado que iba despertando el hambre a Imogen.
—Flora siempre ha estado con nosotros al igual que Lilian, Teresa o Wendy.
—Shannon también vendrá, aunque no se lo pregunté
—Me parece bien.
—¿Le gustará a Logan? —Apretó los labios.
—Sí —afirmó Jared.
—Ahí viene Shannon —le advirtió Imogen, quien le hizo un gesto a la panadera de Cold Spring para que se acercara.
—¡Buenas, parejita! —los saludó.
—Shannon, atiende, estarás con nosotros para celebrar la Nochebuena y la Navidad —le propuso Imogen. Cuando abrió la boca, se adelantó—. No digas que no quieres molestar, porque Flora y Lilian también estarán.
Shannon las miró por encima del hombro.
—¡Estas dos se apuntan a un bombardeo! —bromeó.
—Todos queremos pasarlo bien y no son fechas para estar solo y te lo dice una que es un poco grinch. —Para Imogen la navidad no era su época favorita del año, aunque justo esas podrían marcar la diferencia y lo sabía.
—No es cierto. —Jared no se lo creía.
—Ya te digo, un tiempo atrás, estaría bastante agobiada y con un carácter más gruñón —aseguró ella.
—Eso ocurre cuando no se es muy feliz —intervino Shannon.
—Cierto —asintió Imogen.
—Entonces, Shannon, ¿qué dices? —Jared esperaba su respuesta.
—Vale, iré con vosotros.
—Y estará Looogaaan —canturreó Imogen con una sonrisita pícara.
Shannon puso una mano al borde de la barra y la otra en la cadera.
—¿Por qué canturreas su nombre? —Shannon frunció un poco el ceño.
—Nada, —soltó con rapidez Imogen—, solo lo digo, pero quiero que vengas.
—Aunque esté el mismísimo Grinch, iré. —Ladeó la cabeza—. Puede que yo también sea un poco grinch
—Yo también, nos haremos compañía. —Se rio Imogen.
Shannon los dejó solos y se acercó al resto de mujeres cuando Flora hizo un anunció:
—Mañana por la noche, nos reunimos en mi casa.
—¡Ay, Dios! A saber que ha tramado mi madre. —Imogen ya pensaba mal.
—A lo mejor salió de Flora. —Jared probó a darle un sorbo al chocolate que se había templado al fin.
—Ya lo descubriré. —Volvió su atención a él—. Y cuéntame, ¿qué tal con el árbol?
—Muy bien, la verdad, tu padre supo escoger el árbol perfecto.
—Lo sé, de hecho, siempre los quiere con raíces para luego ponerlos en el jardín, tiene tres en el jardín.
—Es como a mí me gustan, luego los puedes trasplantar y tendrán una vida duradera.
—¡Ajá! Así que mi novio está en sintonía con mi padre.
—Digamos que me estoy ganando al suegro. —Ese comentario les hizo reír.
Imogen estaba contenta por cómo se presentaban los días grandes de esas fechas y con ilusiones renovadas para afrontar esas nuevas navidades en Cold Spring. Esa noche, Jared, ella y sus padres colocaron el abeto donde correspondía para después adornarlo sin olvidarse de la tradición que su madre había instaurado.
—Necesitamos, algo antiguo. —Jane sacó de una bolsa de papel un viejo adorno de un trineo.
—Lo compramos cuando supimos que Imogen vendría al mundo —explicó Thomas.
—Algo usado. —Volvió a meter la mano en la bolsa para sacar otro adorno—. Del árbol de la abuela y, por último, el adorno nuevo.
—Aquí está. —Imogen sacó una bola donde había una furgoneta roja—. Lo compré en cuanto Kendall y yo miramos los adornos para la cafetería y la librería. —Lo colocó arriba.
—Tratáis al árbol como si fuese una novia —apuntó Jared al que no le había pasado desapercibido los detalles.
—No, —intervino Thomas, mientras rebuscaba en la caja de adornos que había rescatado Jared—, esos simples adornos nos recuerdan quiénes fuimos, lo que logramos y a dónde hemos llegado, sin olvidarnos de dónde venimos. Da igual dónde estemos, estos adornos nos señalan que estamos juntos.
—Nunca lo había visto de esa manera —meditó él, que de inmediato sacó un adorno que se había roto—. Este era mi favorito, pero hace tanto que no pongo el árbol que se ha estropeado.
A Imogen se le encogió un poco el corazón al escuchar la melancolía en su voz. Aquella caja, estaba segura de que le traía momentos alegres de su vida con su familia.
—Déjame ver. —Jane le echó una visual—. Te lo puedo arreglar sin problema.
—¿En serio? —Estaba sorprendido.
—Mi madre es restauradora —le dijo Imogen.
—Tiene fácil solución. —Lo dejó a un lado—. Voy a buscar algunas cosillas a la maleta.
Imogen y Thomas fueron los encargados de ir colocando los adornos, ya que Jared estaba ocupado observando como Jane hacía su magia al arreglar aquel adorno que había vivido años mejores, pero que él quería que estuviese en el nuevo árbol que lucía su casa.
—A este chico le gusta aprender —le comentó su padre en voz baja al tiempo que los observaba.
—Lo sé y creo que le hace ilusión volver a tener la casa llena de gente por estas fechas.
—No te equivoques hija, si está así, es por ti.
—¿Cómo?
—Si está feliz y con ganas de abrazar esta época del año a pesar de la melancolía que trae consigo, es porque tú le has dado nuevas esperanzas y ese es el mejor regalo que le has podido hacer. —Thomas asentía lentamente a sus propias palabras—. Es el poder del amor.
—Anda, papá, qué romántico. —Le dio un suave codazo.
—Sí, es mi marca de identidad, creo.
—Ahora, le debo dar un buen limpión a estos adornos y brillo. Mañana por la mañana si hay una tienda donde pueda comprar algunos productos, el día de Nochebuena estará en el árbol luciendo como nuevo.
—Muchísimas gracias. —La ilusión y la felicidad brillaban en el rostro de Jared, quitándole años de encima incluso deshaciéndose de la seriedad que a veces lo acompañaba—. ¿Te puedo ayudar? —Se ofreció.
—Claro —afirmó Jane.
—Está feliz, es lo que cuenta, después de haberlo pasado tan mal —le comentó a su padre por lo bajo, volviendo a colgar adornos de las ramas del abeto—. Después del sufrimiento siempre llega la felicidad.
—¿Te contó su historia? —Parecía asombrada.
—Sí, mientras desayunábamos, tu novio me preparó el desayuno, ahí fue cuando me dijo que cuando estaba en casa se lo preparaba a la familia, a partir de ahí se abrió conmigo.
—¿En serio?
—Sí, era como si lo necesitara, como si quisiera que lo conociera mejor y no hubiese secretos.
—Vaya. —Las cejas de Imogen se alzaron momentáneamente.
—Este muchacho es de admirar.
***
La noche antes a Nochebuena, como había pedido Flora, se reunieron en su casa bajo la luz y el influjo de la luna llena. En un cuarto donde Imogen no había estado jamás, pues en la cena de Acción de Gracias solo conoció la cocina y el comedor, esta era distinta: las paredes estaban forradas por madera, el techo del que pendía una antigua lámpara de araña era alto y estaba pintado en color blanco. Solo contaba con una ventana y había puesto en cada una de las cuatro esquinas, tres velas que las iluminaban, aunque había candelabros en los distintos aparadores.
En el centro había una gran mesa redonda de madera, muy similar a la de las paredes donde cada una se sentó, dejando la cabecera a la bruja que nada más sentarse miró hacia la ventana por donde se filtraban a través de las cortinas algunos rayos de luna.
—Hoy es la noche perfecta para leer el futuro —comenzó Flora.
—¿Nuestra presencia no influirá? —preguntó Shannon.
Tony y Cloe se habían ausentado, pues tenían que hacer sus propios preparativos para el día siguiente y les había sido imposible asistir.
—No, para nada —le contestó.
—¿Por qué hoy es la noche perfecta? —quiso saber Imogen.
—La luna que nos acompaña es la luna fría o la luna de diciembre, llamada así por el pueblo Mohawk para reflejar las temperaturas invernales y la dureza de la vida en esta época. Para ellos, como para todos nosotros, simboliza la resistencia, la fortaleza y la esperanza durante los tiempos difíciles que trae consigo el invierno; a la vez está ligada a la resistencia, la resiliencia y la gratitud ante las dificultades que nos aguardan en los meses más peliagudos del año. Nos invita a proyectar todo nuestro ser en la capacidad de encontrar luz y esperanza en la oscuridad. Representa el momento para la reflexión, la gratitud, la preparación para un nuevo ciclo que llega con el fin de esta etapa para superar los desafíos de la vida, la conexión con la naturaleza y la promesa de días más brillantes con la primavera y el verano. —Cogió la bola de cristal para ponerla en el centro de la mesa, luego la baraja de cartas—. En esta época se produce algo maravilloso, la interconexión entre los ciclos naturales y los ciclos humanos. A pesar de la dureza del invierno, esta luna llena es vista como un recordatorio de que la luz nos acompaña.
Imogen había dejado de escuchar al ver de cerca la más famosa de todas las bolas, la bola de cristal que usaban las brujas. Al mirarla fijamente, el cristal captaba la luz y los movimientos, aunque los distorsionaba como si no quisiera que ninguna imagen permaneciera fija, era como un espejo que no refleja nada, que lo desfiguraba todo.
—Una pregunta: ¿esta bola funciona?
—Sí, —sonrió Flora—, lleva en mi familia décadas, aunque hay que saber observarla.
A Imogen aquella respuesta no le convenció. Creía en Flora, pero no en aquel artefacto, que a saber cómo funcionaba o si mostraba alguna imagen, lo cual creía bastante imposible, eso sí, no iba a ser tan idiota como para ponerla en entredicho, por eso no dijo nada.
Flora fue echando las cartas a Lilian, mientras que el resto debía mantenerse en silencio y, dentro de lo que pudieran, mantener la mente en blanco. Cuando Flora terminaba con una, las cartas reposaban unos cinco o un cuarto de hora para que la tirada anterior se diluyera en los confines del destino y el universo. Así fueron pasando todas, hasta llegar a Shannon:
—Veo que hay un amor que te ronda —le manifestó Flora.
—Logan —musito Kendall.
—¡Qué va! —protestó Shannon—. No tiene sentido que sea él.
—A veces, el amor tiene un particular sentido del humor, querida. —Asintió Lilian.
—Pues podría ser él, porque es un hombre que cuida de la naturaleza y ella le da todo lo que necesita, es decir, podría ser un granjero —afirmó Flora.
—U otro guardabosques —apostilló Shannon incómoda.
—El hombre que aparece aquí es un hombre solo, pero aunque no lo diga necesita ser amado, tiene mucho amor que dar y lo que desea es no estar solo en la eternidad, lo que no sabe es que la hora para el amor está más cerca de lo que parece. —Flora interpretaba las cartas a medida que iba hablando.
Para Imogen todo tenía sentido.
—Es él —se metió Imogen—, estoy convencida.
—Tú siempre fuiste la más escéptica. —Shannon entornó la mirada hacia ella.
—Sí, pero no puedo negar que conmigo acertó y en Acción de Gracias me fijé en cómo te miraba…
—No puede ser —la interrumpió Shannon.
—Me huelo a que escondes algo… —sospechó Kendall.
—Nada —contestó Shannon de inmediato.
—Bueno, ¿quién quiere ir ahora? —Todas se mantuvieron en silencio—. ¿Imogen?
—No, yo no. —Rechazó la oferta.
—¡Ag, hija qué aburrida! Tomo yo su lugar —declaró Jane.
Flora barajó la maza de cartas y las colocó de modo distinto a como lo había hecho hasta ese instante, eso llamó la atención de Imogen que no entendía por qué las ponía a modo de pirámide.
—¿Qué ves? —preguntó Kendall con impaciencia.
Tanto fue así que comenzó a mover la pierna derecha, hecho que iba poniendo nerviosa a Imogen hasta tal punto que le tuvo que poner una mano sobre el muslo para que parase. Estaba tan atenta a la tirada como el resto.
—Vais a hacer una mudanza no muy tarde —dijo de repente Flora.
—Mamá te vendrás a vivir aquí, ya lo verás —comentó Imogen.
—No te extrañe —le dio la razón Flora—. Será un gran cambio para bien, pero como madre que eres llevas un tiempo queriendo estar cerca de ella, porque has sentido en más de una ocasión que no la has apoyado lo suficiente cuando ella lo ha pasado mal.
Ese comentario de Flora hizo que Imogen girase la cabeza hacia su madre.
—¿Mamá? —Estaba asombrada.
—Es cierto, cuando te despidieron y el otro te dejó con cajas destempladas, quería haber estado a tu lado más tiempo.
—Y lo estuviste —dijo Imogen con la voz un tanto quebrada.
—No, cariño, cuando eres madre, quieres que a tus hijos no les pase nada y sé que debes tener tus propias experiencias, eres una mujer que te has sacado siempre las castañas del fuego sola, pero siento que no he estado a la altura, debería haber cogido una pequeña maleta para estar a tu lado, para consolarte y abrazarte cuando más lo necesitabas. —Jane asentía entristecida—. Tu padre también comparte este mismo sentir.
—Teníais contratados los cruceros.
—Lo sé, todo eso lo sé, aunque creo que no hice bien en no escuchar a tu padre, quizá no debería haber viajado.
—No debéis sentiros mal por las decisiones tomadas…
—Imogen —su madre le sonrió y la tomó de la mano—, cuando seas madre entenderás lo que quiero decir.
—Me atrevería a decir que tanto tú como tu marido estáis contentos con el nuevo miembro de la familia…
—¡Jaaareeed! —Canturrearon Kendall y Shannon.
A Imogen se le tintaron las mejillas por la vergüenza.
—Ese chico conquista a quien quiere. —Se alegró Lilian.
—Os lleváis al mejor yerno posible —sentenció Wendy.
—Esa nueva pareja os dará grandes alegrías y el futuro les sonríe. —Flora observó varias veces más las cartas—. No va a haber grandes sobresaltos ni malas noticias. —La cubrió con otras que estaban en el grupo sobrante de cartas—. Veo una boda.
—La mía no va a ser. —Se apuró a decir Imogen que ya no sabía si esconderse debajo de la mesa o salir disparada por la ventana.
—Nunca se sabe —bromeó Shannon.
Imogen la miró.
—Te estás vengando de lo que te dije, ¿no es así? —Lo llevaba sospechando hacía un rato.
—Sí, un poco —le guiñó un ojo.
—Pues reitero que la mía no es.
—Es que no es la tuya —Flora volvió a cubrir esa carta—. Es de alguien cercano.
—¡Ay, qué ilusión!
—Mamá, ni que fueras a un concierto de Celine Dion —protestó Imogen por la efusividad de su madre.
—Hija, es que estoy deseando ir a una boda, hace mucho que no voy —respondió Jane con ilusiones renovadas.
—Puede que sea la mía —esclareció Kendall, por lo que todas se sumieron en un mutismo que se filtraba por las paredes y con el que pretendía que la muchacha diese más detalles—. Mark y yo no lo hemos hecho oficial, tampoco me ha pedido la mano, pero es nuestra idea. Y os pediría que no saliera de aquí.
—No te preocupes, seremos como tumbas —aseguró Teresa que se mantenía callada, escuchando todo.
De pronto, las felicitaciones se fueron sucediendo y la algarabía, los gritos y la emoción llenaron esa estancia de la casa de Flora. Imogen estaba muy contenta por su amiga, las dos al fin habían encontrado a esos hombres especiales que sabían cómo cuidar sus corazones y eran conscientes de que por muy mal que se pusieran las cosas, ellos no saldrían corriendo a la mínima de cambio, sino que permanecerían a su lado.
Por mucho que Jared se hubiera alejado de ella por la presencia de Howie, todo aquello había quedado atrás, ya que Jared le había dado muestras durante esos días de su fortaleza y de sus ganas de seguir con ella, de intentarlo y no tirar la toalla, porque tanto él como ella habían aprendido que lo importante era ese amor que había crecido, en el caso de Imogen en un momento donde en su corazón había más espinas que rosas. Pero lo bonito fue notar como se recomponía a través de Jared.
«Cuando encuentras a la persona adecuada lo demás pierde importancia».
—Espero la invitación con ansias —soltó Wendy.
—Habrá que ir mirando modelitos. —Se rio Lilian.
—Flora, ¿ves algo más? —le preguntó Jane.
—Pues, así de destacable, no, el futuro le sonríe a vuestra familia y curaréis las heridas de Jared, pues hacía tiempo que no sentía el calor de una familia —apuntó Flora.
—Creo que no tiene, ¿verdad? —Jane dejó la alegría a un lado y las palabras le salieron con mucho tiento.
—La perdió hace mucho, mamá —dijo Imogen.
Jane asintió con la cabeza en silencio antes de añadir:
—A partir de ahora ya no estará nunca más solo, de eso nos encargaremos nosotros, que siempre sienta que en nuestra familia tiene su lugar. —Besó la mano de su hija y luego la frotó.
Después de esa tirada, Flora les dio unos rituales que podían llevar a cabo como: darse un baño con sales, aceites esenciales y plantas, el pino o el laurel para limpiar la energía y prepararse para la nueva etapa.
«¡Qué peligroso es el pino!», se acordó de que era bueno para la excitación sexual.
Podían hacer un ritual de despedida que era muy fácil de realizar: escribir en un papel lo que se deseaba abandonar del año anterior y quemarlo, simbolizando la transmutación de energías. Todas tomaron nota de aquello que les interesaba.
***
El día veinticuatro la cafetería solo abrió por la mañana, porque Kendall y Mark se iban con los familiares de él, que pasaban esas fechas en Beacon, otro pueblecito en el Valle del Hudson. Así, a la hora de cerrar las dos amigas se despidieron e Imogen esperó a Shannon, Flora y Lilian que llegaron con las manos llenas. Una vez en el coche —Jared fue a buscarlas—, añadió:
—No teníais que traer nada.
—Sabes que no nos gusta aparecer con las manos vacías. —Flora no se calló lo que pensaba.
—Lo mío es para mañana —confesó Shannon, hoy no se puede comer.
—¡Anda! —Imogen se giró en el asiento del copiloto para mirarlas a las tres.
—Es un postre europeo, es la primera vez que me atrevo a hacerlo, así que si perdemos los dientes lo haremos en grupo —bromeó.
—¿Tan dulce es? —le preguntó Lilian—. A lo mejor no es bueno para la salud.
—No, de azúcar es normal, lo digo porque a lo mejor sale duro como una piedra. —Shannon no tenía mucha fe en que hubiera salido bien.
—Son unos detallitos, como mi licor de ciruela —apuntilló Lilian.
—Y mi vino de prímula —añadió Flora.
—¿La prímula no es una flor? —Para Imogen aquello del vino sonaba raro, porque nunca había escuchado hablar de él.
—Sí, y de ella se puede hacer un rico vino dulce —le contó Flora.
—Tendré que probarlo —aseguro Imogen.
—Muchacho, gracias por invitarnos, esta noche será grandiosa para todos. —Lilian le estaba muy agradecida.
—A vosotras por querer celebrar estas fechas con nosotros. —Les sonrió y las miró a través del retrovisor—. Estaremos en familia.
Cuando llegaron a casa de Jared, todas exclamaron lo bonita que había quedado con las decoraciones exteriores, de las que se había encargado Thomas a lo largo de la mañana. Al entrar las recibió Logan con un beso en la mejilla a cada una.
—Oh, ¡qué bonito! —exclamó Shannon en tono de broma—. El agricultor ha sacado su lado más tierno.
—Paso —le respondió él con un aspaviento con la mano.
—Sí, mejor, porque no les vamos a dar la Nochebuena, ¿verdad Logan?
—Lo que tu digas Shannon y mientras no traigas entre las manos una bomba. —Él tampoco se fiaba de lo que traía ella.
—Mañana saldrás de dudas y con esa actitud harás los honores en ser el primero en probarlo. —Las palabras de Shannon sonaban a amenaza.
—Antes me tiro al río —bufó él.
Imogen se rio de ellos a la vez que colgaba el chubasquero en el perchero de la entrada.
«Aquí hay tema que te quema por mucho que lo nieguen», pensó para sus adentros.
Iba a dirigirse a la cocina donde todos se habían reunido, cuando una mano fuerte de dedos largos, que conocía a la perfección, la paró.
—Espera, ven —le pidió Jared, que la condujo hasta el salón donde cenarían y también pasarían el día de Navidad
La mesa estaba dispuesta con un elegante mantel rojo con bordados en dorado, sobre él, esperaban los cubiertos a ser colocados, así como dos vajillas. El resto de la estancia estaba muy bien decoraba, se notaba que lo había hecho su madre.
—¿Qué sucede? —Imogen no sabía lo que pretendía Jared.
—Me gustaría que escogieses entre estas dos vajillas para la cena. —Las señaló estirando la mano hacia ellas.
Ella se acercó y las observó con detenimiento: la primera era blanca, con los bordes dorados, sin ningún detalle más, era bonita, elegante y sencilla, en cambio, la otra, era más espectacular. Tenía los borde pintados en rojo con el elegante dibujo de una guirnalda hecha con las plantas típicas de la Navidad, la flor de Pascua, el acebo, el muérdago y en el fondo del plato cada uno de ellos tenía una decoración distinta, con elementos típicamente navideños pintados en dorado. Quizá para muchos podía resultar una vajilla para niños, pero no era así, pues tenía un aire vintage que la convertía en una pieza única y especial.
—¿Cuál te gusta? —preguntó él.
—Esta. —Imogen ya hacía varios minutos que la había escogido y no lo dudó, era la segunda.
—Tu madre me dijo que escogerías esa. —Se rascó la nuca.
—Es que es ideal, Jared —afirmó ella, que no se cansaba de observarla.
—¿Ya la escogió? —Jane y Flora asomaron la cabeza por la puerta.
—Sí, la que dijiste —reveló él.
Las dos mujeres se acercaron, y a Imogen no le pasó desapercibida la sonrisa melancólica de Flora, mostrando las blancas carillas dentales, al tiempo que sus ojos contemplaban la vajilla que se había escogido con añoranza de un tiempo pasado.
—Era la que sacaba tu madre por estas fechas —dijo casi en un susurro Flora, antes de pasar el dedo por la guirnalda.
—Sí, la heredó de mi abuela. —Jared metió las manos en los bolsillos.
Imogen cogió el primer plato y lo miró más cerca y seguía resultándole precioso. Al darle la vuelta vio la fecha, lo cual le pareció extraño porque era de hacía casi dos siglos, mil ochocientos treinta y siete.
—Esta vajilla es del mismo año en el que la reina Victoria de Inglaterra subió al trono. —Imogen se acordaba de esa fecha, pues el siglo diecinueve le gustaba mucho y también de esos años en los que estudió historia de Europa.
—Sí, la familia de mi madre se trasladó en el siglo diecinueve desde Inglaterra hasta Nueva York para lograr conseguir una vida mejor.
—Tienes ascendencia europea —murmuró Imogen.
—¿Quién no la tiene en este país? —preguntó Jane.
—Ya mamá, pero es raro que todavía se conserven en tan buen estado objetos como esta porcelana. —A Imogen le resultaba aún más fascinante, pues la historia de Estados Unidos tampoco había sido tranquila.
—Pasó de madres a hijas en la familia de mi madre, pero al no estar mi hermana saltará una generación. —Jared estiró los labios en una fina línea a la vez que
