«Si uno de los planes para ser feliz falla,
la naturaleza humana busca otro alternativo».
Mansfield Park
Cuando se me propuso participar en esta antología en homenaje a Jane Austen, autora a la que admiro, me puse a pensar en todos los personajes de sus obras, buscando a quién quería darle una segunda oportunidad. Y fue esta frase, colocada a modo de introducción y pronunciada por la señora Grant en la novela Mansfield Park, la que me dio la pista que necesitaba.
La señorita Mary Crawford me parecía un personaje fascinante, a la vez que controvertido. No solo posee una gran belleza, sino que su carácter vivaz, su locuacidad, su inteligencia y su carisma resultan atractivos. Hay en ella bondad, aunque también carece de principios morales firmes y es egoísta, lo que provoca que pierda el amor de Edmund Bertram en favor de Fanny, la protagonista de la obra. Al término de esta, Mary no solo se queda sola, puesto que su querido hermano la abandona, sino que, además, su reputación queda dañada a causa de las acciones de Henry.
Decidí, pues, ofrecerle una nueva oportunidad para encontrar el amor, porque de los errores se aprende si reflexionamos sobre ellos, ¿y quién dice que Mary no tuvo ocasión de hacerlo? Espero, querida lectora, que este relato sea de tu agrado.
Christine Cross
Prólogo
La señorita Mary Crawford, de Hill Street, Londres, contaba en su haber con una dote de veinte mil libras. Además, era poseedora de otras virtudes: su belleza, un carácter vivaz y encantador que la hacían popular entre la buena sociedad, una gran inteligencia y un ingenio vivo.
Junto a su hermano Henry, y tras la muerte de sus padres, había sido criada por su tío, el almirante Crawford, de la Marina Real Británica, y la esposa de este, quien se dedicó a darle todo cuanto deseaba. Como consecuencia de la poco esmerada educación que recibió su espíritu, adolecía de una excesiva ambición y carecía de principios morales firmes. Defectos que la misma vida —justa e implacable como era— se encargó de corregir.
Y lo hizo alejándola del bullicioso Londres y enviándola a un pequeño pueblo de la campiña inglesa que, sin lugar a dudas, ni siquiera aparecía en los mapas. No es que se mereciera aquel exilio, al menos así lo creía ella, porque el único culpable de los infaustos acontecimientos que condujeron a la ruina de su familia fue su hermano Henry. Al fugarse con la señora Rushworth, había destrozado la reputación de ambos, pisoteado el apellido Crawford y arruinado las oportunidades de Mary de casarse con Edmund Bertram.
Si bien durante su estancia en Mansfield Park, Mary le había comentado a la señorita Fanny Price que «había que perdonar siempre el egoísmo porque no tenía cura», la distinguida sociedad de Londres no debía de ser del mismo parecer que ella, pues, a pesar de su belleza, su ingenio y su dote de veinte mil libras, le había vuelto la espalda en lugar de ofrecerle su perdón. Motivo por el cual, se hallaba en ese momento en un remoto pueblo, alejado de la mano de Dios. Una gaviota emitió un ensordecedor graznido justo cuando pasó volando por encima de su cabeza, mientras ella sujetaba su exquisito sombrero para que no saliera despedido a causa del intenso viento que soplaba.
—¿No crees que es encantador? —le preguntó su hermanastra, la señora Grant, con la que vivía en Londres y que, a tenor de su carácter amable y caritativo (consecuencia quizá de haber estado casada con un clérigo), había decidido acompañarla en su destierro.
Por supuesto que cualquier pueblo de la zona costera del condado de Devon le habría resultado encantador a la joven si conviniera a sus propósitos, pero, puesto que no era el lugar más conveniente para encontrar un marido adecuado, Mary se limitó a suspirar, pensando que el paso del tiempo —y quizá algún otro escándalo— sepultaría el pecado de los Crawford y podría regresar a Londres.
Capítulo 1
Ocho meses después
En el tiempo que llevaba afincada en aquella pequeña población costera, Mary Crawford no contó con más entretenimiento que el mercado que se celebraba cada martes en la plaza del pueblo —y, dado que siempre vendían la misma mercancía, pronto se disipó su interés—, una espectacular tormenta que desató la furia del mar con olas gigantescas que no deseaba volver a ver en su vida, varios días festivos en honor del santo patrono, que estuvieron amenizados por bailes campestres, y, por supuesto, debía incluir el incidente de la carreta. A pesar de la falta de modales del aldeano que la conducía, aún le arrancaba una sonrisa el recuerdo de verlo correr tras el pequeño barril que se le cayó de la parte trasera del carro, rodando cuesta abajo, mientras le gritaba a ella que lo detuviera. Una orden que, obviamente, se limitó a ignorar, por lo que recibió una mirada furibunda del hombre cuando pasó a su lado y un improperio que le hizo rechinar los dientes.
Además de todo esto, también podía mencionar la asistencia al parto de la señorita Cathy, una experiencia que nunca olvidaría.
La señorita Cathy era una gata de raza persa, con un hermoso pelaje grisáceo y cara de pocos amigos. Aunque pertenecía a una de sus vecinas, para dar a luz había elegido el pequeño cobertizo en el jardín del cottage que ella y la señora Grant habían alquilado. Los seis gatitos que nacieron le proporcionaron entrañables momentos de diversión en los siguientes días, si bien, el transcurso de los meses dio paso al desinterés.
Así pues, el único pasatiempo que le procuró una distracción más duradera fueron los largos y solitarios paseos por la costa. El ejercicio le resultó vigorizante y el silencio que lo acompañaba apaciguó sus sentimientos desasosegados, permitiéndole reflexionar sobre los errores de su conducta en el pasado.
—¿Vas a dar un paseo, querida? —le preguntó la señora Grant, que se hallaba en la cocina horneando un pastel de carne.
Mary asintió con la cabeza y ató con firmeza bajo la barbilla las cintas de su sombrero, mientras procuraba no pensar en cuánto desearía poder cambiar este por uno nuevo, más a la moda, aunque solo fuera para impresionar a las gaviotas.
—Necesito moverme. No puedo permanecer aquí todo el día, sin hacer nada.
La señora Grant, que adoraba a su hermana, pasó por alto el tono quejicoso que acompañó a sus palabras.
—Hay muchas cosas que hacer en la casa —respondió, sin pretender imponerle ningún quehacer—. Puedes cuidar del jardín, dedicarte a bordar o ayudarme en la cocina. Todas ellas son tareas que te servirán cuando te cases y seas señora de tu propio hogar.
Dejó un momento de amasar y emitió un largo suspiro cuando acudieron a su mente los recuerdos de su estancia en Mansfield. Cuando sus hermanos llegaron a vivir con ella y su esposo a la rectoría, viendo la extraordinaria belleza con la que Mary había sido bendecida, no consideró que el primogénito de un baronet fuese demasiado para una joven tan agraciada y en posesión de una dote de veinte mil libras. Sin embargo, y aunque su plan se vio frustrado por el inapropiado comportamiento de Henry, aún conservaba la esperanza de que realizara un buen matrimonio.
—Mi querida hermana, no veo cómo puedo llegar a ser señora de mi propio hogar cuando ni siquiera soy capaz de encontrar un marido propio. Si estuviéramos en Londres, tal vez la situación sería distinta, puesto que allí abundan los caballeros, pero aquí solo he visto rudos marineros de aspecto ajado y modales groseros.
—Bueno, también hay algunos señores terratenientes y otros notables, que forman parte del Concejo del Pueblo, y está el hijo del señor alcalde, que es bastante atractivo —añadió la señora Grant.
Mary soltó un resoplido.
—Lástima que lo pierda cada vez que abre la boca. Es un joven pagado de sí mismo, que cree que todas las mujeres deberían caer rendidas a sus pies. —Negó con la cabeza, como si considerara intolerable dicho pensamiento—. Y por lo que respecta a los terratenientes que mencionas, el señor Ellman casi me dobla la edad y, aunque no conozco aún al señor Wyndham, probablemente sea tan rico en años y arrugas como en tierras.
La mirada que la señora Grant le dirigió estaba tan cargada de estupor como llenas de harina sus manos.
—Me pregunto desde cuándo te has vuelto tan cínica, querida.
Estas palabras fueron dichas cuando la señorita Crawford ya había salido por la puerta que daba al jardín trasero, a pesar de lo cual, alcanzó a escucharlas. En realidad, Mary no creía que su cinismo, si es que alguna vez había carecido de él, se hubiera acrecentado. Se trataba tan solo de que la vida le había enseñado que casarse por conveniencia podía ser un camino hacia el acomodamiento, mas no hacia la felicidad. Y todas las horas que había transcurrido en soledad, reflexionando, la habían llevado a concluir que quizá resultaría más beneficioso elegir un compañero de vida por amor que por su título o el peso de su bolsa.
Claro que, aquello era más fácil de decir que de hacer, pues el amor no pululaba en el aire como las mariposas en un jardín, dispuesto a dejarse atrapar por cualquiera. Y dado que, hasta hacía bien poco, la única persona que había ocupado su corazón había sido ella misma, tampoco contaba con la suficiente experiencia como para reconocer dicho sentimiento, si acaso aparecía en su vida.
En esos pensamientos andaba, cuando se dio cuenta de que no había tomado el desvío que bajaba hasta la playa y que constituía su rutina habitual. Durante unos instantes dudó si volver sobre sus pasos, para ceñirse a lo conocido, o continuar por la carretera principal y explorar lo inexplorado. Pero como nunca había sido una persona temerosa, a la que frenaran los obstáculos, decidió continuar adelante y disfrutar de lo desconocido.
Caminaba en sentido contrario al pueblo, por lo que estaba segura de que si hallaba un sendero que descendiera a la playa, una vez allí se vería libre del olor a pescado que desprendían las barcas varadas en la arena, así como de las voces —a veces ininteligibles— de los pescadores que limpiaban las redes. Fue esta seguridad la que la impulsó a tomar un camino escarpado que conducía hasta una solitaria cala, protegida por unas enormes rocas.
—Es un lugar estupendo para que la señora Grant y yo disfrutemos de un picnic en alguna ocasión —reflexionó en voz alta cuando llegó abajo y recuperó el aliento que le había robado el dificultoso trayecto de descenso.
No podía decirse que la señorita Crawford tuviera mal gusto. El lugar era, sin duda, un pequeño paraíso. La arena estaba limpia y las olas la acariciaban con suavidad, moviéndose a un constante ritmo de vals. El aire era puro y el sol no dañaba la piel, pues la enorme pared de roca ofrecía su sombra como un refugio. Además, había un saliente que podía usarse como un banco desde el que contemplar el mar.
Satisfecha consigo misma por haber descubierto aquella joya inigualable, se despojó de los delicados botines hasta los tobillos, para no estropearlos con la arena, colocándolos sobre una piedra, de modo que pudieran servirle también como indicador del camino de regreso, y se dispuso a disfrutar de su afortunado retiro, sentada sobre el saliente rocoso y acompañada por el tranquilizador ronroneo del mar.
El paseo habría sido un éxito, indudablemente, de no ser porque la señorita Crawford, perdida en sus silenciosos pensamientos, terminó por quedarse dormida y porque la situación se tornó complicada cuando subió la marea.
Apenas despertó, se encontró con que la pequeña cala había desaparecido, engullida por el agua, lo mismo que sus preciosos botines. El temor la asaltó y el corazón comenzó a latirle con más fuerza, imponiéndose al sonido del mar que, en aquel momento, asemejaba para ella el rugido de una fiera, presta a devorarla.
No tenía la seguridad de que el agua no siguiera subiendo y alcanzase el saliente sobre el que ella se encontraba, pero la perspectiva de arrojarse al mar e intentar alcanzar la pendiente —en la que tampoco era capaz de divisar un sendero en medio de aquel desorden de piedras y rocas— le parecía una locura. Así pues, asustada y sin saber qué hacer, encomendó su alma al Creador.
Su plegaria se vio interrumpida por un ligero sonido que traía el viento. Alguien se acercaba por la carretera, entonando una cancioncilla. Y aunque no atinó a reconocer la tonada, fue para sus oídos música celestial. Sobre todo, cuando fue acompañada por un par de ladridos. Desestimando el pensamiento de lo inadecuado que resultaba para una dama lo que estaba a punto de hacer, comenzó a gritar.
—¡Socorro! ¡Necesito ayuda! —Una cara arrugada con una boca babeante asomó desde lo alto del camino y Mary agitó los brazos, con la esperanza de que, tras el espécimen canino, apareciera el dueño del mismo—. ¡Aquí!
El alivio la inundó, hasta hacerle saltar las lágrimas, cuando la figura de un hombre se recortó contra el límpido cielo azulado.
—¿Qué demonios hace ahí abajo?
Capítulo 2
La señorita Crawford siempre había sido una buena conversadora, capaz de animar cualquier reunión social por aburrida que esta fuera. Siempre tenía la pregunta adecuada o la respuesta perfecta. En esta ocasión, sin embargo, de haber contestado a aquella insolente cuestión según lo que se le pasó por la mente habría parecido una verdulera del Covent Garden. Por tanto, tuvo que tomar una honda respiración antes de dirigirse al desconocido conservando los modales de la dama que era.
—Me he quedado dormida y la marea ha subido. Ahora no sé cómo salir. ¿Puede ayudarme?
Aunque el hombre no parecía tener prisa por acudir en su auxilio, al menos el perro se mostró más solidario, pues había descendido por el sendero con un trote juguetón, si bien enseguida volvió a subir la pronunciada pendiente. Mary esperaba que para traer consigo a su dueño.
Por suerte, este obedeció las órdenes ladradas por el animal y bajó hasta donde le permitió el agua, cuyo vaivén golpeaba las rocas, formando una espuma blanca.
—¿No puede nadar hasta aquí?
—No sé nadar.
La confesión sonó como un gruñido saliendo entre los dientes apretados de la señorita Crawford. La situación le estaba alterando los nervios, a pesar de que se tenía por una persona calmada y juiciosa. Claro que, nunca se había encontrado con un salvador menos dispuesto a salvar a alguien que aquel caballero, quien, finalmente, pareció aceptar el hecho de que tendría que ir a buscarla. Retiró el ancho bolso de piel que le colgaba del hombro y se sentó para quitarse las botas de caña alta que llevaba puestas.
En vista del tiempo que tardaba en descalzarse, Mary sospechó que aquella tarea debía exigir un esfuerzo titánico. Eso, o el hombre estaba esperando a que la impaciencia la hiciera arrojarse al agua, aunque se ahogara en el intento.
Cuando, por fin, su rescatador —acompañado por su fiel amigo canino, que parecía divertirse más que ellos dos— se introdujo en el mar, lo escuchó resoplar con fastidio al percatarse de que el agua apenas le cubría hasta los muslos. No obstante, continuó su avance, procurando mantener el equilibrio a pesar de los embates de las olas, hasta llegar al saliente.
—Supongo que no estará dispuesta a mojarse el vestido —dijo el desconocido, dirigiendo una mirada apreciativa a la prenda.
Si hubieran estado tomando el té o paseando por Hyde Park, la señorita Crawford se habría sentido halagada con aquella mirada, pero, en las circunstancias actuales, su tolerancia para los desastres e imprevistos parecía estar alcanzando su límite y le picaba la nariz por las ganas de llorar. Así que se limitó a responderle con el mayor aplomo del que fue capaz.
—Supone usted bien, caballero.
—Bien, no se hable más, entonces. Si me concede su permiso, me tomaré la libertad de cogerla en brazos para llevarla al otro lado.
Mary asintió, y casi antes de terminar de agitar la cabeza, ya se había arrojado a los brazos masculinos, que la sujetaron con firmeza. Sintiéndose más segura, se permitió echar un vistazo a su salvador. De cabello rubio y facciones agradables, debía rondar los cuarenta años. No cabía duda de que se trataba de un caballero, y uno que le resultaba familiar, por lo que no pudo evitar preguntarse si se habrían cruzado alguna vez en Londres. Mientras intentaba darse a sí misma una respuesta, alcanzaron tierra firme sin sufrir ningún percance.
—Le estoy muy agradecida, señor…
—Joseph Mallord William Turner.
La presentación vino acompañada por una reverencia que habría quedado mucho más elegante de haber estado calzado el caballero, aunque, como la misma Mary iba descalza, se encontraban en igualdad de condiciones. De cualquier modo, la señorita Crawford se hallaba más concentrada en hurgar en su memoria, buscando alguna referencia de aquel nombre. Y la encontró.
—¿Es usted el famoso pintor?
—Me halaga que me haya reconocido.
—Por supuesto, tuve la oportunidad de ver su obra, Anibal cruzando los Alpes, en la exposición de verano de la Royal Academy, hace tres años, en Somerset House. Una pintura magnífica, con esa contraposición entre la luz y la oscuridad…
Un oportuno ladrido interrumpió el animado discurso de Mary y le hizo darse cuenta de que aquel no era el momento ni el lugar para aquella conversación. Sobre todo, cuando el señor Turner recogió el objeto por el que su fiel amigo, un bulldog de pelaje rojizo y blanco, había reclamado la atención y lo puso ante la mirada de ella, sosteniéndolo precariamente entre dos dedos.
—¿Es suyo?
El elegante botín de piel presentaba el aspecto de una rata empapada y, por supuesto, aunque echó un vistazo alrededor, no encontró la pareja. A pesar de lo embarazoso de la situación, no le quedó más remedio que admitir que era de su propiedad y que resultaba inservible, para concienciar al señor Turner de que no podría subir hasta la carretera descalza.
—De casualidad, no habrá traído usted una montura, ¿verdad? —le preguntó, esperanzada. La perspectiva de caminar hasta el cottage en aquellas circunstancias, además de inadmisible, le parecía desalentadora y un peligro para sus delicados pies.
—Pues no, pero…
El bulldog soltó un alegre ladrido y, con una energía que la señorita Crawford admiró con envidia, remontó la escarpada subida. Casi antes de que llegara a la cima, una figura, oscurecida por el sol que le daba de espaldas, se asomó por el borde.
—¡Ah, Richard! Llegas caído del cielo. ¿Podrías bajar y echarnos una mano?
En el tono del pintor había un evidente matiz de alivio que Mary no supo cómo interpretar. Sin embargo, lo que sí comprendió fue que el señor Turner no estaba dispuesto a cederle sus botas, porque, apenas apareció el otro hombre, había comenzado a ponérselas.
Richard Wyndham, que ya descendía por el camino con la misma energía y facilidad admirable que el bulldog, era amigo del pintor —uno de los pocos que este tenía, a pesar de ser casi quince años más joven que él—. Hijo de George Wyndham, tercer conde de Egremont y mecenas del señor Turner, había heredado de su padre el gusto por el arte, por lo que había congeniado enseguida con el excéntrico artista. Y si bien estaba acostumbrado a las rarezas de este, le sorprendió encontrarlo en aquella peligrosa cala, junto a una joven dama.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó, tras asegurarse con un somero vistazo de que ambos se encontraban ilesos.
—¡Oh!, pues la señorita Crawford…
Mary pasó la mano sobre el antebrazo de Turner y ejerció una ligera presión.
—No creo que a su… sirviente le interesen los detalles de mis circunstancias —dijo, forzando una sonrisa educada tras observar la vestimenta del recién llegado.
El señor Turner estaba dispuesto a corregir el desafortunado error de la joven, pero al ver que su amigo negaba con la cabeza, se encogió de hombros. A pesar de la cuantiosa renta que le proporcionaban las tierras de las que era propietario, los barcos de pesca que poseía y otros negocios en los que había invertido, Wyndham era más bien un hombre modesto, que prefería la tranquilidad del campo antes que vivir en el bullicioso Londres o que ocupar un sitio en la Cámara de los Lores. Cosa, esta última, de todo punto imposible, pues Richard era uno más entre los cuarenta hijos ilegítimos que había procreado el conde con alguna de sus quince amantes.
Al ver que tanto este como la joven parecían estar aguardando una respuesta por su parte, intentó resumir la situación.
—La señorita Crawford precisa que la subas en brazos hasta el camino principal.
—¿En brazos?
Mary observó cómo las negras cejas del sirviente se elevaban en un gesto de total incredulidad y notó el rubor que calentó su propio rostro. A pesar de la insolencia que mostraba, no pudo sino constatar que se trataba de un hombre sumamente atractivo, con esos ojos grisáceos, de mirada penetrante, y el cabello negro tan ondulado que parecía cincelado por la mano de algún escultor. La nariz recta le otorgaba un aspecto patricio, y la mandíbula era firme y cuadrada. En cuanto a los labios, prefirió no fijarse en ellos, pues sentía un ronroneo en el estómago y el corazón había comenzado una veloz carrera dentro del pecho. Sobre todo, cuando se percató de que se trataba del mismo hombre del incidente de la carreta.
Por fortuna para ella, fue eximida de dar alguna contestación, pues el señor Turner lo hizo por ella.
—Bueno, no puede subir a pie porque está descalza.
Como si hubiera sido una señal convenida, todos bajaron la mirada al suelo. En medio del círculo que formaban los tres, el pequeño bulldog se entretenía mordisqueando el elegante botín femenino.
Capítulo 3
El ascenso no le habría resultado costoso al señor Wyndham de no haber sido porque la señorita Crawford no dejaba de removerse entre sus brazos, dificultándole la tarea de mantener el equilibrio en aquel terreno escabroso.
—Si no deja de moverse, la arrojaré al mar —declaró con gravedad.
De continuar así, cabía la posibilidad de que resbalaran por la pendiente, y Richard no deseaba echar a perder las hermosas botas hessianas de reciente adquisición.
Mary no tomó en vano aquella amenaza y, como consecuencia, se detuvo de inmediato y se aferró con los brazos al cuello del hombre, por si acaso cumplía su ultimátum. A pesar de las innumerables ocasiones en que la joven se había dedicado a flirtear con los distintos caballeros que conocía, todo había sido muy inocente y, por supuesto, nunca había estado en brazos de ningún hombre, menos aún de uno tan fuerte y de músculos tan definidos como aquel. Con todo, su agarre era delicado y firme a la vez, lo que la hacía sentirse extrañamente segura.
—Espero que no se deje llevar por el rencor y pretenda vengarse —le comentó mientras intentaba distraerse con el paisaje, aunque se tratase de un árido camino, en lugar de hacerlo con el sensual aroma que desprendía la piel de su cuello, tostada por el sol: una mezcla de sándalo y cítricos.
El señor Wyndham se mostró un poco perplejo ante el comentario de la joven. Desde luego, él no era una persona excesivamente sociable, pero, a pesar de su amenaza, se consideraba a sí mismo un caballero y había sido educado en los buenos modales, tanto en su hogar como en el colegio de Eton, que había frecuentado durante su adolescencia.
—Señorita… —Había olvidado el nombre de la dama, quizá fascinado por la exquisita perfección de su rostro y la vivacidad de sus ojos oscuros.
—Crawford, Mary Crawford, señor.
—Bien. No comprendo qué motivo cree que pueda tener yo para vengarme de usted.
—El incidente de la carreta —replicó con llaneza y un exceso de brevedad. Luego apretó los dientes, como si hablar de aquel suceso le hubiera provocado un repentino dolor de muelas.
Wyndham no tardó en recordar el episodio y se detuvo con cierta brusquedad en mitad de la subida, permitiéndose sentir la dulce presión de los senos femeninos cuando la joven se asió con más fuerza a su cuello. La respuesta que estuvo a punto de brotar de sus labios: «¿Acaso me considera usted tan mezquino como para hacer eso?», tuvo que acallarla, pues habría estado fuera de lugar, teniendo en cuenta que ella lo consideraba un sirviente. Error que él no deseaba subsanar, ya que, aunque no era contrario a relacionarse con damas solteras cuyo único fin en la vida era el matrimonio, le molestaba que estas se acercaran a él atraídas por su riqueza más que por su persona y, sobre todo, que lo desdeñaran al tener conocimiento de la irregularidad de sus orígenes, algo que a él mismo le tenía particularmente sin cuidado.
—Fue una estupidez por mi parte pedirle que detuviera aquel barril —reconoció con sinceridad, mientras reemprendía la marcha—. Le pido una disculpa si mi comportamiento la ofendió.
Richard Wyndham se guardó para sí mismo el pensamiento de que la culpa de tal suceso la tenía ella, o, más bien, el delicioso balanceo de sus caderas al caminar. Durante la reunión con el concejo del pueblo y el vicario, había ofrecido sus servicios en lo que precisaran para la organización de los festejos del santo patrono, y aquella mañana había ido con uno de sus sirvientes a recoger los barriles con la bebida que se serviría durante la celebración del banquete comunal. Mientras conducían las mulas, había notado que las cuerdas que sujetaban las barricas se habían aflojado y descendió de la carreta para ajustarlas. Fue en ese momento cuando la joven, que subía desde la playa, pasó a su lado por la carretera y él se distrajo con la delicada figura, de piel blanca como la nieve y caminar seductor. Sus manos se volvieron torpes y volcaron el barril que había depositado en el suelo, echándolo a rodar.
—Acepto sus disculpas y lamento haberme reído de usted —se sinceró ella a su vez.
—¿De qué se reía?
Recordaba la rutilante sonrisa de la joven, que le arrancó a él un improperio al sentir el inoportuno aguijonazo del deseo cuando vio los suaves labios distenderse en una curva de perfecta simetría en aquel rostro de exquisita belleza.
—¡Oh!, no de usted, naturalmente, sino de la situación. Me pareció divertida —comentó, al tiempo que encogía los hombros con delicadeza.
—Ya, supongo que en Londres no tiene oportunidad de disfrutar de escenas como esa.
Si Mary fue consciente del sutil matiz de sarcasmo que tiñó la voz masculina, decidió ignorarlo y se dejó llevar por la curiosidad, del mismo modo que se dejaba llevar por los fuertes brazos del hombre, que no había perdido el aliento mientras ascendían.
—¿Cómo sabe que provengo de Londres?
—Por su acento refinado y sus ropas elegantes.
De haber querido, el señor Wyndham podría haber ampliado la respuesta, ya que sabía reconocer el valor monetario de las prendas que llevaba la dama, así como la primorosa manera en que habían sido confeccionadas, suponía, por alguna de las mejores modistas de la capital. Además, estaba también la confianza en sí misma que poseía la joven.
—Es usted muy observador.
Aunque no era el mejor halago que había recibido de una mujer, quizá sí que era el más sincero, y por eso mismo le agradó.
—Procuro serlo.
—Eso es encomiable —lo elogió—. Sin duda, su actitud le proporcionará la oportunidad de mejorar su posición…
La señorita Crawford detuvo el discurso al considerar que sus palabras podían suponer una ofensa para el hombre, por evidenciar su condición de sirviente. Además, también atravesó su mente otra consideración, más sorprendente que la anterior, la de que nunca antes en su vida se había preocupado por la posibilidad de ofender a cualquier persona con un estatus inferior al suyo.
Observó de reojo a su portador. Al rubor que ya asomaba a las mejillas de Mary se sumó un turbador hormigueo en el estómago al ver la sonrisa torcida, un tanto burlona, que inclinó los labios sensuales y bien definidos del hombre cuando se giró para mirarla. Remojó los suyos, que sentía resecos —«probablemente, a causa del polvo», se dijo—, y emitió un pequeño chillido de alarma ante la sorpresa que le provocó el inesperado tropiezo de él cuando ya casi alcanzaban la cima.
Por fortuna para ambos, y gracias a los reflejos de Wyndham, no acabaron rodando de nuevo hasta la cala y lograron llegar a la carretera principal.
—Lamento el traspié —se disculpó—. Espero no haberla asustado.
—No se preocupe —lo tranquilizó. Ciertamente, el corazón le latía con inusitada fuerza, si bien no se debía tanto al resbalón como a la cercanía de él, que le provocaba sensaciones extrañas que no había experimentado antes. Incomodada por ese descubrimiento, echó un vistazo alrededor antes de responder—: ¿No han traído un caballo o una carreta?
El que respondió a la pregunta fue el señor Turner, de quien Mary se había olvidado por completo, a pesar de haber sido su salvador.
—Habíamos salido a dar un paseo, buscaba un paisaje que pudiera servirme de inspiración para mis pinturas.
—Siento haberle arruinado la mañana.
El señor Turner sonrió de una manera enigmática.
—En absoluto, su presencia la ha convertido en una delicia. El paseo ha sido de lo más interesante, yo diría, incluso, divertido —aseguró, mientras clavaba una mirada chispeante en su amigo. Luego, añadió con pragmatismo—: De cualquier forma, lo importante ahora son sus pies. Uno de sus botines está perdido y el otro es irrecuperable, a menos que quiera usted perder alguno de sus dedos en el intento por arrebatárselo a Squishy.
Mary observó su botín, o lo que quedaba de él, y la manera en que el pequeño bulldog lo mordisqueaba con fruición, y negó con la cabeza, golpeando sin querer la mejilla de su caballero de brillante armadura, lo que le recordó que aún continuaba en sus brazos. Ella era más bien menuda y ligera de peso, pero el trayecto que habían realizado de aquel modo no era como atravesar el umbral de la casa como recién casados.
¿Por qué le vino aquella imagen a la mente? La señorita Crawford no habría sabido decirlo en ese momento, aunque no le causó rechazo ni disgusto alguno, fuera del cosquilleo en su estómago, al que no terminaba de acostumbrarse y que se acrecentaba cada vez que el aliento masculino le rozaba el cuello. Se sentía como una tetera a la que el agua hirviendo hacía temblar la tapa, dando la sensación de que iba a saltar por los aires de un momento a otro.
—¿Señorita Crawford…?
—Discúlpeme, señor Turner, me he distraído. ¿Qué me decía?
—Estaba sugiriendo que, puesto que la mansión del señor Wyndham se encuentra cerca y yo me alojo en ella, podemos ir allí. Seguramente, alguna de las jóvenes doncellas pueda prestarle un calzado adecuado. Además, puede regresar a casa en carruaje, si así lo desea.
William Turner concluyó su declaración con una sonrisa que, a pesar de su rubio cabello, poco tenía de angelical. Su mirada no abandonó el rostro de la dama, a riesgo de caer fulminado, como partido por un rayo, si se atrevía a levantar los ojos y encontrarse con los furibundos de su queridísimo amigo y anfitrión.
Capítulo 4
Richard se preguntó qué demonios se proponía William, pues aunque admitía para sí que la señorita Crawford había despertado su interés y, sin duda alguna, su deseo —a juzgar por las ganas que sentía de probar esos labios plenos que ella había mojado con la punta de su lengua, haciéndolo tropezar, y de posar los suyos sobre la delicada piel de su cuello, especialmente, en el hueco que había detrás de la pequeña y graciosa oreja que asomaba bajo el ala del sombrero—, no tenía intención de iniciar ningún tipo de relación, condenada de antemano al fracaso, pues la dama volvería a Londres. A pesar de todo, mantuvo silencio y aguardó, con cierta expectación, la respuesta de ella.
Mary, ignorante de lo que rumiaban las mentes de aquellos dos caballeros y de que uno de ellos era el dueño de la mansión a la que había sido invitada, sopesó la cuestión cuidadosamente. Por muy cómoda que se encontrara en brazos del atractivo sirviente, no estaba segura de que a él no le fuese gravosa la situación, por lo que no podía permanecer así durante mucho más tiempo. Sin embargo, tampoco la seducía la idea de visitar la mansión del anciano señor Wyndham, y volver al cottage a pie estaba fuera de toda cuestión.
—No quisiera causarle molestias al señor Wyndham —respondió, finalmente, acompañando sus palabras con un suave suspiro.
—No debe preocuparse por eso, mi joven amiga —dijo Turner—. Aunque no es un caballero muy sociable, puedo asegurarle que tiene buen corazón y estará encantado de ayudarla en lo que necesite.
El tono risueño de William contrastó con el gesto irritado de Richard que, por fortuna, no pudo ver la señorita Crawford, sumida como estaba en sus propias reflexiones sobre cuál sería el proceder más adecuado. Habida cuenta de que ya había pasado demasiado tiempo a solas con dos hombres, no importaría si infringía una vez más las reglas de etiqueta y decoro al presentarse en casa de un caballero sin haber sido presentados con anterioridad.
—Está bien, pero no importunemos al señor Wyndham. Si me prestan algo de calzado, me sentiré satisfecha.
—Si ese es su deseo, estoy seguro de que Richard encontrará algo adecuado para usted —aseguró Turner—. ¿No es así?
El aludido se limitó a emitir un gruñido como respuesta y se encaminó hacia su propia casa, precedido por el alegre ladrido de Squishy, que había enterrado su tesoro en algún lugar desconocido.
Caminaron por la carretera principal y, después de poco más de un kilómetro de recorrido, tomaron un desvío por un sendero que atravesaba un agradable bosque. Mientras el pintor avanzaba, silbando una tonadilla, Mary no soportó más el silencio.
—Espero que el señor Wyndham se encuentre bien de salud —comentó.
Dado que el señor Wyndham era él mismo y gozaba de una envidiable energía y fortaleza, no pudo evitar cuestionar los motivos que llevaban a la señorita Crawford a preocuparse por su bienestar.
—Así es. ¿Por qué lo pregunta?
—¡Oh!, por nada en especial. Solo he supuesto que, dada su avanzada edad, es normal que sufra algunos achaques —dijo, trayendo a su memoria el recuerdo del señor Grant, que descansara en paz.
—Señorita, ¿conoce usted al señor Wyndham?
Su extrañeza debió de ser patente en el tono con el que se expresó, porque vio el rubor que asaltó de inmediato las mejillas de la joven.
—No he tenido ese placer, ya que no hemos sido presentados todavía.
—Entonces, ¿lo de su avanzada edad también es una suposición?
Mary arqueó las delicadas cejas. Ningún sirviente se había atrevido a cuestionar sus declaraciones de aquel modo, claro que tampoco ninguno la había llevado en brazos antes. No estaba segura de que cómo debía reaccionar ante tal situación, pero como el hombre parecía un buen conversador y ella se encontraba a gusto con él, optó por responder:
—El señor Ellman, a quien tuve el placer de conocer durante los primeros días de mi estancia en el pueblo, ya que el cottage en el que nos alojamos mi hermana y yo se encuentra en sus tierras —explicó, aunque no tuviera necesidad de aportar tantos detalles a un simple sirviente—, me habló de su buen amigo, el señor Wyndham.
—Y de ahí dedujo que ambos tenían la misma edad —concluyó él.
—¿Acaso no es así?
—El señor Wyndham es algunos años más joven que el señor Ellman —respondió, sin especificar cuántos.
—¡Oh! Comprendo.
En realidad, en ese momento le importaba poco la edad del anciano, su mayor preocupación era el tiempo que llevaba ya en brazos del sirviente. Había caminado un largo trecho y seguramente sentía los brazos doloridos.
—Estamos en los terrenos del señor Wyndham. Todo esto que ve a su alrededor le pertenece —dijo Richard.
Aunque no solía hacer alarde de su riqueza, en esa ocasión, se sintió impulsado a ello. Era como agitar una pluma de ganso frente a un gato, quería saber si la señorita Crawford se lanzaría con avidez sobre aquella información. Desde luego, la vista desde donde se encontraban era espléndida. Habían salido del bosque y frente a ellos se extendían las verdes praderas de la campiña y los campos de cultivo, con las colinas de fondo. Al final del sendero se alzaba la impresionante casa solariega de estilo isabelino, de ladrillos grandes, numerosas chimeneas y ventanales, e imponentes balaustradas.
La vista lo llenó de orgullo, pues cuando el conde, su padre, le entregó las tierras y la casa, esta se encontraba casi destartalada. Le llevó unos cuantos años volver productiva la tierra y recuperar el esplendor de la mansión, pero lo había logrado. Miró a la dama, y la admiración que chispeó en sus ojos lo llenó de complacencia, lo mismo que sus palabras.
—Es maravillosa —declaró, extasiada ante la visión de aquel mausoleo de piedra que el sol doraba con su luz.
A pesar de todo, Mary no pudo evitar el desasosiego que la invadió al ver cuan largo era aún el trayecto que les quedaba por recorrer. De hecho, el señor Turner se había sentado sobre una piedra junto al sendero, había sacado de su bolso un cuaderno y un lápiz y se había puesto a dibujar mientras esperaba que lo alcanzaran.
—Cuesta miles de libras mantenerla. Es una pena que el señor no se haya casado —«todavía», añadió para sí mismo— y no tenga herederos a quienes legar la inmensa fortuna que posee.
Con aquellas palabras, el señor Wyndham volvió a agitar la pluma de ganso, aguardando una respuesta.
Mary asintió, pasando por alto el desliz del hombre, quien, debido a su estatus social, seguramente debía de ignorar que era señal de mala educación hablar de dinero con una dama. Además, las reflexiones sobre su conducta en el pasado le habían hecho comprender que las riquezas, tal como venían se iban, y que en la vida pesaban mucho más las acciones y el comportamiento de un caballero que su bolsa. Tom Bertram, heredero de la baronía de Sir Thomas Bertram, se involucró en juergas y apuestas, adquiriendo deudas que llevaron a su padre a perder la parroquia de Mansfield, que había sido asignada a su hermano Edmund. Este, sin embargo, a pesar de la estrechez y austeridad con la que vivía en su condición de clérigo, era inmensamente feliz al lado de su amada esposa, Fanny.
—Sí que lo es —respondió al fin. La boca de Richard se torció en un gesto de cinismo, un tanto dolido porque la señorita Crawford resultara ser como el resto de las damas que conocía—. Sobre todo, porque una gran fortuna no es suficiente compañía para aliviar un corazón solitario. El amor, en cambio, proporciona tanto alegría como consuelo en los infortunios, calidez en las frías noches de invierno y un oído atento en el que verter las penas. El amor es un valioso tesoro que pocos encuentran y, entre estos, algunos lo desdeñan, condenándose a sí mismos a un triste final.
Richard quedó gratamente sorprendido con aquella respuesta que, más allá de las palabras, parecía impregnada de una sabiduría experiencial. Y su interés por la señorita Crawford aumentó de modo considerable, haciéndole comprender que, quizá, llevaba entre sus brazos una preciosa carga: nada más y nada menos que a la futura señora Wyndham.
Capítulo 5
La tarde del domingo era un buen momento para hacer una visita de cortesía y tomar el té, al menos eso había dicho el señor Turner cuando tuvo la amabilidad de invitarlas a ella y a la señora Grant.
Recorrían el camino hacia la casa del señor Wyndham en un pequeño landó —el que solían usar para asistir al oficio dominical—, conducido por la señora Grant, con una lentitud solo comparable a la de las nubes que perezosamente atravesaban el cielo en un día de verano.
—¿Estás segura de que el señor Wyndham no se molestará por invadir su casa, mi querida hermana? —preguntó esta.
La señorita Crawford se encogió de hombros con elegancia.
—Bueno, no es como si fuéramos el general Bonaparte con todo su ejército, dispuestos a invadir Inglaterra. Además, la mansión es tan grande que ni siquiera notará nuestra presencia.
—Mentar al diablo puede acarrear desgracias —repuso, santiguándose.
Mary no respondió a aquel comentario. Ese demonio de Napoleón, que en los primeros meses de ese año había escapado de su exilio en la isla de Elba y que había vuelto a ser derrotado por las
