Artigas y el enigma de Purificación

Leonardo Borges

Fragmento

Preámbulo

Preámbulo

The truth is out there.

THE X FILES

Las mentiras más crueles son dichas en silencio.

ROBERT LOUIS STEVENSON

Hace algunos años nos hacíamos un conjunto de preguntas al inicio del volumen I de La historia escondida del Uruguay: «¿Quién escoge qué hechos son los que delimitan la historia de un país y cuáles no? ¿Qué mano invisible dibuja la línea de tiempo de una nación? ¿Por qué caprichosamente de una nación? ¿Qué contubernio de intelectuales sugiere los personajes que deben formar parte del relato oficial y los que deben conformarse con el anonimato? ¿Qué patota de hagiógrafos construye con sus palabras el panteón oficial del Uruguay? En definitiva, ¿cómo se construye una historia nacional?». Esas mismas interrogantes se ponen de manifiesto cuando nos enfrentamos al tema en este libro. ¿Cómo adentrarnos en una cuestión de la historia nacional sin comprender los problemas de la historia nacional?: las luchas internas que generan el relato, el relato mismo y sobre todo la enfermedad infecciosa contagiosa que persiste en nuestra historia vernácula. Hemos analizado esa enfermedad, sus síntomas y, especialmente, cómo afecta a la hora de investigar: «Nuestra historia está enferma y su enfermedad es grave. Más allá de que la mayoría de los eruditos tiene un diagnóstico y hasta quizás una cura, sigue enferma. Reproduciendo y reproduciendo eternamente los mismos síntomas. Enferma y estancada, estaqueada como un cuero secándose al sol que nunca termina de secar. La Historia (con h mayúscula) y su contracara, el relato (donde se vuelca la historia al pueblo), han sido infectados y parece no existir un remedio. Nuestra historia está enferma y el diagnóstico es “Historia oficial”».1

Tras el diagnóstico, poner manos a la obra para analizar un episodio, un pedacito de la historia del territorio oriental del Uruguay, un retazo de memoria que la misma historia oficial ha guardado con siete llaves en un rincón del olvido. Los años del nacimiento, el desarrollo y la posterior desaparición de la villa de Purificación han sido esquivos dentro del artiguismo. Hemos santificado otros episodios, hemos recitado otros discursos, hemos levantado en andas otros sitios y los hemos convertido en patrimonio. En el mejor de los casos, a Purificación la hemos simplificado a un documento, nacido en las entrañas de la villa: el paradigmático reglamento de tierras. Pero la villa en la que Artigas tuvo la suma del poder en la revolución la hemos dejado descansar. Por lo menos hasta el año 2003, en el que aparece una ley que reencauza el tema. La ley 17.631, de Creación de la Comisión de Fomento del Turismo Interno Permanente, establecía en su artículo 7:

Declárase de interés nacional la conservación y [el] mantenimiento de todos los monumentos históricos declarados como tales, en especial la villa Santo Domingo de Soriano y el solar donde estuvieran emplazados el Cuartel General de Artigas y la villa de Purificación.

Es así que aparece Purificación de forma intempestiva en el ámbito de lo público, aun sin establecerse de manera clara qué era y qué representaba exactamente ese sitio y, sobre todo, una cuestión más compleja: dónde estaba exactamente la villa artiguista. La ley establece los padrones, un acto osado y hasta temerario, por cierto, en tanto no había una investigación concluyente sobre el sitio. La investigación de 2003 llevada adelante por la Facultad de Humanidades, en convenio con la Comisión del Patrimonio Cultural de la Nación del Ministerio de Educación y Cultura, es posterior a la promulgación de la ley.2

La idea por aquellos años era emprender la creación de un parque nacional:

Declárase monumento histórico el solar donde estuvieran emplazados el Cuartel General de Artigas y la villa de Purificación, ubicado dentro de las fracciones de campo individualizadas por los padrones 4980 y 4983 en mayor área, cuarta sección catastral, zona rural en el departamento de Paysandú.

El Poder Ejecutivo dispondrá lo necesario para proceder a determinar su extensión, delimitación y señalamiento, previo informe fundado en asesoramiento competente, de acuerdo con los alcances de la Ley 14.040, de 20 de octubre de 1971, a los efectos de la creación del Parque Nacional Purificación.3

En 2011, la Comisión del Patrimonio exigía la expropiación de una estancia por considerarla como el sitio patrimonial donde se había desarrollado la villa. Ya no iba entonces por un par de hectáreas, sino por las 250 hectáreas marcadas por la ley.

En diciembre de ese año comenzaba a moverse la maquinaria expropiadora, y así el tema —de buenas a primeras— apareció en las primeras planas de los diarios. La villa de Purificación volvía a ser noticia doscientos años después. ¿Es una casualidad el número redondo? Parecería que la historia oficial pasó de 0 a 100 en pocos segundos, amén de los festejos programados. El 2011 representó un año de festejos del artiguismo, que se continuarían en el 2013 y sobre todo en el 2015 (año de la villa, del reglamento de tierras, entre otros hitos). Había que apurarse. Hasta ese momento, empero, eran muy pocos los libros y las investigaciones sobre la villa, como si fuera un sitio abandonado por la gente y especialmente por la memoria al que esta expropiación y estos planes (incluso se pensó en repoblar el lugar) volverían a colocar en el sitio de la memoria.

Sostiene Jacques Le Goff al respecto de cómo la memoria es manipulada:

Apoderarse de la memoria y del olvido es una de las máximas preocupaciones de las clases, de los grupos, de los individuos que han dominado y dominan las sociedades históricas. Los olvidos, los silencios de la historia son reveladores de estos mecanismos de manipulación de la memoria colectiva.4

Esa manipulación de la memoria puede estar relacionada con lo inapropiado de un episodio o un sitio, dada la sensibilidad de cada época. George Duby amplifica esta idea sobre el pasado y plantea que es constantemente «manejado en todos los sentidos, atrapado en redes de discursos trenzados para envolver al adversario, o para protegerse de este en los combates donde está en juego el poder».5

Purificación —y lo veremos en las siguientes páginas— ha sido definida como un «campo de prisioneros» en el que se intentaba purificar a los «malos europeos y peores americanos» a través del trabajo forzado. Purificar el alma, un concepto con extremos religiosos e hijo de otro tiempo, inapropiado para el prócer de los orientales, para el héroe homérico y magnánimo que todos pretendemos. Fue el sitio de mayor poder del caudillo, sitio donde la leyenda negra apunta y dispara munición pesada. ¿Fue en Purificación donde Artigas mandó fusilar personas? Más allá del episodio en particular, desde Buenos Aires azuzaban todo tipo de fantasmas perversos, y Purificación será el lugar sindicado.

Por tanto, con el correr de los años, este sitio fue tomando un cariz negativo que no cerraba con el panegírico, con la hagiografía que se pretendía para el héroe. El silencio lo terminó por sepultar. Quedó, entonces, en el lugar del mito —forma primitiva de la historia— o en el de la crónica.6

Tras muchas idas y vueltas, un juicio, entrevistas y un cambio de gobierno en el medio, el Poder Ejecutivo decidió desistir de la intentona expropiadora. A inicios de 2015 la entonces ministra de Educación y Cultura, María Julia Muñoz, se contactó con los dueños de la estancia El Hervidero para negociar. Se terminó por celebrar un convenio en el que el dueño de la estancia dona una hectárea del padrón 4980, en el exterior del campo, para convertirlo en un sitio de homenaje para el caudillo oriental, una especie de memorial, de sitio de memoria. Volvió, en definitiva, a quedar sepultado bajo una montaña de olvido. Seguimos sin saber exactamente dónde estaba la villa, pero, aún más, no sabemos con certeza si era la capital de los pueblos libres, o un poblado de cabotaje, o un campo de prisioneros, o un puerto importante, o quizás el lugar más radical de la revolución (entregando tierras a los más infelices), o simplemente el sitio de mayor poder (¿y autoritarismo?) del caudillo. En las siguientes páginas entraremos de lleno en estas interrogantes, buscando abarcarlas en su máxima extensión imaginable.

Hoy día ya no hay cuartos de Artigas, ni Tala, ni puerto; ni siquiera podemos saber a ciencia cierta dónde se encontraba la paradigmática villa del caudillo oriental. Es una ironía que el sitio más radical de la revolución haya quedado en el olvido, fagocitado por los intereses políticos coyunturales y, sobre todo, anclado en una leyenda.

Leonardo Borges

1 Borges, Leonardo. La historia escondida del Uruguay, volumen 1. Montevideo: Ediciones B, 2019.

2 La investigación se llevó a cabo entre abril y octubre de 2003, mientras que la ley 17.631 fue promulgada el 7 de mayo de 2003.

3 Ley 17.631, artículo 6.

4 Le Goff, Jacques. El orden de la memoria. Ediciones Paidós, 1991, pág. 134.

5 Duby, George. Dialogues. París, Flammarion, 1980, pág. 83.

6 «De hecho, tanto en el caso de los grupos como en el de las personas, la memoria no registra, sino que construye. Las formas primitivas de la historia son el mito, que tiene su lógica interna, y la crónica, que relata los acontecimientos desde el punto de vista de intereses específicos». Vilar, Pierre. Iniciación al vocabulario histórico. Crítica, 1999, pág. 29.

Sobre el concepto de enigma

La verdad es una quimera huidiza en las ciencias sociales, especialmente en la historia. ¿Disciplina o ciencia?, esa es la primera discusión que se escucha en las salas de docentes e investigadores del mundo entero. En realidad, este debate eminentemente epistemológico esconde el profundo trauma de las ciencias sociales en general: la verdad como un concepto objetivo, imparcial y obviamente absoluto es una fantasía esquiva y conscientemente imposible de lograr para el investigador social.

En realidad, con cada hecho se alza una interpretación y allí es donde brotan las discrepancias, las escuelas históricas, las disquisiciones que lo hacen a uno colocarse de un lado o del otro de la mecha.

Según el Diccionario de la lengua española de la RAE, un enigma es un «dicho o conjunto de palabras de sentido artificiosamente encubierto para que sea difícil entenderlo o interpretarlo» o un «dicho o cosa que no se alcanza a comprender, o que difícilmente puede entenderse o interpretarse». La VERDAD HISTÓRICA oculta muchas veces una discusión, un debate, un intercambio que puede llegar a parcelar el conocimiento y ensombrecer los resultados. El sentido de la disciplina sería, entonces, gastar todas las instancias del debate, del intercambio intelectual, en busca de esa quimera.

El historiador francés Marc Bloch lo definió de esta forma:

El verdadero progreso surgió el día en que la duda se hizo «examinadora» —como decía Volney—; cuando las reglas objetivas, para decirlo en otros términos, elaboraron poco a poco la manera de escoger entre la mentira y la verdad.7

Por tanto, la necesidad de buscar la verdad está íntimamente ligada al debate, al intercambio y a la «duda examinadora» de la que nos habla Bloch.

El enigma, entonces, se nos aparece cuando existe más de una verdad o más de un lugar donde buscarla. Los enigmas surgen cuando los documentos no son definitivos sobre un hecho o lugar, en cuanto diferentes fuentes primarias refieren diferentes historias o distintos escenarios. Allí no nos queda más que abarcarlas todas y buscar la certeza a partir del cotejo de esas fuentes, de la intersubjetividad.

¿Acaso la Historia —como planteaba Napoleón Bonaparte, según algunas fuentes— «es un conjunto de mentiras acordadas»? Y, entonces, ¿quiénes serán los acordantes de este embuste bien pergeñado? Ariosto González, historiador uruguayo, a propósito de la discusión sobre la fecha de la independencia —¡vaya interpretación!, ¡vaya acuerdo!—, acusaba a Pablo Blanco Acevedo en este sentido: «¿Cree, por ventura, el doctor Blanco Acevedo que la historia es un tejido de embustes y de mentiras y que cada cual tiene derecho de modificarla a su gusto?». Y, por si no quedó lo suficientemente claro, agregaba algunas perlitas —hijas de su tiempo—: «Con el método que utiliza Blanco Acevedo, la historia se convierte “en mujerzuela liviana de intramuros, llena de oropeles y fácil de rendir a poco precio”, como en expresiva frase ha dicho Alcides Arguedas de los cronistas de su país».8

¿Esto quiere decir que la Historia puede probar cualquier cosa, como planteaba Paul Valéry?

La Historia es el producto más peligroso que haya elaborado la química del intelecto. Sus propiedades son muy conocidas. Hace soñar, embriaga a los pueblos, engendra en ellos falsos recuerdos, exagera sus reflejos, mantiene sus viejas llagas, los atormenta en el reposo, los conduce al delirio de grandezas o al de persecuciones, y vuelve a las naciones amargas, soberbias, insoportables y vanas.9

Entonces, pues, ¿no existe nada definitivo más allá de las interpretaciones? La respuesta debería ser no. Hay hechos más o menos cercanos que son plausibles de definiciones. Sabemos con cierta certeza que un niño bautizado como Joseph Artigas nació el 19 de junio de 1764 en Montevideo. En la catedral de la ciudad podemos encontrar, de puño y letra del presbítero doctor Pedro García, la fe de bautismo de «Joseph Gervasio, hijo legítimo de don Martín José Artigas y de doña Francisca Antonia Aznar, vecinos de esta ciudad de Montevideo». Sabemos que fue anotado el 21 y sabemos que fue su padrino fue Nicolás Zamora. A pesar de esto, durante muchos años se creyó que había nacido en el pueblo del Sauce, donde su abuelo poseía campo, otro dato más o menos certero a través de la hermenéutica. Sabemos que José Gervasio pasó sus primeros años en la ciudad y en la chacra de sus padres, a orillas del arroyo Carrasco (dicen las crónicas que ahí aprendió los rudimentos campestres), y que asistió a la escuela de primeras letras del convento de San Bernardino de los padres franciscanos. Sabemos también que desapareció a los 14 años de edad. Uno de sus compañeros de clase, Nicolás de Vedia, lo recuerda: «[…] era un muchacho travieso e inquieto y dispuesto a usar sólo su voluntad; sus padres tenían establecimientos de campaña y de uno de ellos desapareció a la edad como de 14 años».

Por otra parte, creemos saber —porque no tenemos certeza— lo que sucedió con su vida desde 1778 a 1797. Por algunas fuentes indirectas, obviamente, nos hemos ido enterando de a poco de su trabajo de contrabandista, sus cruces con el poder español, sus supuestas amistades con indios y, mucho más seguras, con gauchos. Imaginamos y levantamos estandartes. Seguimos a diferentes historiadores y sus interpretaciones. Más allá de su prole o sus relaciones personales, los documentos son claros. Fue changador y contrabandista y se relacionó con gauchos e indios.

Nicolás de Vedia, su excompañero de clase ya mencionado, lo encontró nuevamente y lo describió así:

Habían pasado cosa de diez y seis a diez y ocho años, cuando después abrazó su carrera de vida suelta, lo ví por primera vez en una estancia a orillas del Bacacay, circundado de muchos mozos alucinados que acababan de llegar con una crecida porción de animales a vender. Esto fue a principios del año 93, en la estancia de un hacendado rico, llamado el Capitán Sebastián [Pintos].

Sabemos por fuentes irrefutables (si es que tal cosa existe) que se presentó al indulto dado por el virrey, pero allí no terminamos de desentrañar si su familia tuvo algo que ver con eso. Picando ya el calor del verano de 1796, el 7 de diciembre, el virrey del Río de la Plata, Pedro Melo de Portugal, desde la capital virreinal decreta la formación del Cuerpo de Veteranos Blandengues de la Frontera de Montevideo. En los primeros días de 1797 Antonio Olaguer y Feliú, a la sazón gobernador de Montevideo, manda publicar los bandos al respecto. Incluiría en sus filas a «[…] todos los contrabandistas, los desertores de cuerpos militares o de cárceles y los que hayan cometido cualquiera otro delito exceptuando el de homicidio […]», a los que indulta para esta función. Allí aparece Artigas nuevamente en los documentos, pero ya con un color más claro, más nítido para la historia, amén de unirse nuevamente al poder dominante. Renace en los registros. Aquello sucedió el 10 de marzo de 1797, papel de por medio.

Y finalmente en tiempos revolucionarios, más de un año después del inicio de la lucha por parte de la Junta Grande en Buenos Aires, allí se presenta, tras desertar, José Artigas. Muchos historiadores debaten abiertamente su relación —más o menos directa— con los primigenios levantamientos en la Banda Oriental, caracterizados por el paradigmático Grito de Asencio (28 de febrero de 1811), a pesar de que el caudillo se encontraba, en ese momento, cruzando hacia Buenos Aires, desde Colonia del Sacramento, luego de abandonar el Cuerpo de Blandengues.

La historia que sigue es en extremo interpretativa, pero basada en un enorme acervo documental, tanto que ni el mismo Napoleón Bonaparte ha tenido ni tendrá uno semejante: el maravilloso Archivo Artigas. El héroe, a partir de fines del siglo XIX, choca inexorablemente con el bandido, el asesino y el montaraz del pleno siglo XIX, cuando los unitarios se hicieron de un enemigo que llenaron de significados negativos. Este personaje, complejo y fuera del estereotipo revolucionario decimonónico dominante en la revolución, toma rápidamente forma de símbolo —negativo para los intereses centralistas de Buenos Aires— que lo coloca en el casillero de los enemigos a vencer tanto militarmente como en el terreno de lo simbólico.

Tras la búsqueda de la nacionalidad, los orientales, forzosamente uruguayos, revirtieron aquellos significados negativos por un culto artiguista semimesiánico (J. Pivel Devoto en De la leyenda negra al culto artiguista) que fue cambiando, agiornándose entrado el siglo XX.

Se gestó entonces un héroe, la historia parió dolorosamente un símbolo, un mito, con todo lo que eso conlleva: las interpretaciones una sobre otra formando una muralla muchas veces imposible de dinamitar. Artigas el héroe, el prócer. Es y no se discute; por derecha o por izquierda, militar o guerrillero, comunista o liberal, nadie osa levantar el dedo acusador contra el homérico héroe que nos hemos construido.

Pero ¿qué sucedería si apareciese otro documento? Uno que develara la auténtica identidad, digamos, de un espía español devenido montaraz revolucionario oportunista intentando acumular poder solo para doblegar a Buenos Aires y encaramarse como el emperador de la república de las Provincias Unidas. Un dislate, seguramente, que llevaría a la aparición de detractores y luchas intestinas entre historiadores y documentos que irían y vendrían… y obviamente también a un progreso del conocimiento histórico. ¿Qué sucedería si apareciese otro documento que encerrara una identidad nunca antes vista del caudillo oriental, héroe de bronce, prócer de mármol sólido, devenido dictador irritado, autoritario desencajado en sus tiempos de máximo poder? Otro disparate, seguramente. Aunque una de estas dos afirmaciones tiene su parte de verdad según algunos historiadores. He ahí la carne viva del debate histórico, he ahí la carroña, el embuste de los tiempos. Muchas veces ese acuerdo se enquista, muchas veces la historia es y no se discute. Pero discutir es el mejor de los deportes en las ciencias sociales.

Los debates historiográficos, el choque de ideas, la dialéctica son la razón primordial de avance de la disciplina histórica. Los enigmas de este tipo aparecen sin cesar al estudiar el pasado del territorio oriental del Uruguay y eso es lo que hace tan seductora a la historia nacional.

¿Cuándo fue la fundación de Montevideo exactamente?, ¿cuál es el origen del nombre de la ciudad capital?, ¿cuál fue la relación de Artigas con el Grito de Asencio?, ¿de qué fuentes proviene el pensamiento agrario de Artigas?, ¿por qué Artigas se fue a Paraguay en 1820?, ¿los Treinta y Tres Orientales pretendían la independencia? He aquí algunos de los enigmas que esperan ser resueltos, que no han sido dilucidados todavía y que han dado lugar a diferentes interpretaciones por parte de los historiadores.

Tal vez el más representativo, y al mismo tiempo el menos investigado, es el período de Purificación. Hablamos de la villa en sí, no de lo que se gestó en ese lugar, sino de su significado, su origen, el porqué de su nombre, su alcance, su papel como prisión (o campo de prisioneros), las construcciones (o la ausencia de ellas), entre otras cuestiones que aparecen al profundizar en el tema. Verdaderos enigmas que emergen en estos tiempos. El tema explotó por los aires en tiempos de bicentenarios y festejos, cuando el gobierno intentó expropiar los campos que consideraba que habían sido la villa de Purificación. La ley 17.631 consagraba la expropiación de los campos en los que estuvieron (según una investigación) la villa y el cuartel general de Artigas desde 1815. Allí comienzan a emerger los enigmas.

Primer enigma: ¿qué era Purificación exactamente?

Hipótesis 1: la capital de los Pueblos Libres.

Hipótesis 2: un campo de concentración.

Hipótesis 3: un poblado de cabotaje para Artigas.

Segundo enigma: ¿qué era el Hervidero en aquellos años?

Hipótesis 1: el nombre de un arroyo (todas sus menciones, por tanto, corresponden al arroyo únicamente).

Hipótesis 2: un nombre genérico que nace de la denominación de un arroyo, pero que designa una zona a orillas del río Uruguay entre el Daymán y el Chapicuy. Ejemplo: «la Meseta del Hervidero», que refiere a la meseta, pero que la relaciona con el arroyo (obviamente, más lejano).

Hipótesis 3: el término usado para aludir a los viejos campos de Dargain, un territorio de miles de hectáreas.

Tercer enigma: ¿dónde se encontraba el pueblo de Purificación?

Hipótesis 1: en la meseta (o mesa) conocida como Meseta del Hervidero.

Hipótesis 2: a orillas del río Daymán.

Hipótesis 3: a orillas del arroyo Hervidero.

Hipótesis 4: en el lugar denominado tala de Artigas, a casi dos kilómetros del arroyo Hervidero.

Detrás de estas hipótesis se esconde la verdad, o por lo menos una versión contextualizada y agiornada de ella. De este modo, planteando todas las posibilidades más o menos fundadas, la verdad se hace difusa y sombreada. ¿Qué era aquella villa de Purificación y qué representó para sus contemporáneos? Porque a la luz del presente la significación toma ribetes fundacionales. ¿Fue aquel sitio el monumento a la derrota de Artigas?, ¿fue la etapa más autoritaria del caudillo?

El debate está abierto y seguramente este libro no lo cierre, pero quizás ayude en su solución.

7 Bloch, Marc. Introducción a la Historia. Buenos Aires: Ediciones Fondo de Cultura Económica, 1982, pág. 66.

8 Cuadernos de Marcha, número 19, Orientales y argentinos. 1968, pág. 73.

9 Paul Valéry. Miradas sobre el mundo actual. 1931.

Purificación como patrimonio

Cada sitio, cada objeto inanimado esconde un trozo de historia. La Bastilla no sería más que una parte de un edificio antiguo, viejo, desgastado, si no fuera por un hecho o una serie de hechos, más acá o más allá, que lo convirtieron en un símbolo. Una cárcel medieval representa el germen más fuerte de la libertad. Allí, el 14 de julio de 1789 un grupo desordenado y enfurecido ingresó en busca de armas, en un París agitado, en medio de una Francia más agitada todavía. Un preso y una matanza fueron lo que encontraron aquellos hombres y marcaron para siempre la historia de Occidente. La cabeza del alcalde de la prisión en una pica es el símbolo de aquella revolución. Patrimonio cultural e histórico sería la definición de este sitio y otros que han significado un jalón en el pasado vernáculo o universal. Pensemos en La Bastilla, Versalles, Colonia del Sacramento, un sitio donde se desarrolló alguna batalla o simplemente el lugar exacto donde se instaló un pueblo que ya no existe.

Por la ley 15.964, del 28 de junio de 1988, el Uruguay ratifica la Convención para la Protección del Patrimonio Mundial Cultural y Natural, aprobada por la Conferencia General de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) el 16 de noviembre de 1972, en la que se define patrimonio:

[…] se considerará patrimonio cultural:

Los monumentos: obras arquitectónicas, de escultura o de pintura monumentales, elementos o estructuras de carácter arqueológico, inscripciones, cavernas y grupos de elementos que tengan un valor universal excepcional desde el punto de vista de la historia, del arte o de la ciencia.

Los conjuntos: grupos de construcciones, aisladas o reunidas, cuya arquitectura, unidad e integración en el paisaje les dé un valor universal excepcional desde el punto de vista de la historia, del arte o de la ciencia.

Los lugares: obras del hombre u obra conjuntas del hombre y la naturaleza, así como las zonas, incluidos los lugares arqueológicos, que tengan un valor universal excepcional desde el punto de vista histórico, estético, etnológico o antropológico.10

Las Naciones Unidas, a través de su organismo para la cultura y la educación, la UNESCO, intima a preservar esos sitios u obras para la posteridad. Podemos agregar en esa sintonía que el patrimonio es «el conjunto de bienes culturales y naturales, tangibles e intangibles, generados localmente, y que una generación hereda/transmite a la siguiente con el propósito de preservar, continuar y acrecentar dicha herencia».11

Por tanto, la frialdad de la materia esconde la calidez de lo simbólico, de la autoafirmación de un pueblo. Pero detrás de esa autoafirmación, de esa necesidad, puede dormir la negación (en todas sus variantes). La negación de la misma historia.

Un sitio histórico (patrimonio) no debería fagocitar la propia historia. La villa de Purificación está vinculada con un episodio fundamental de la Revolución oriental (1811-1820): allí se estableció un pueblo, fue el cuartel general de los artigueños (como los llamaban los enemigos) desde 1815 hasta la invasión portuguesa. Y también constituyó un campo de prisioneros que debían ser purificados a través del trabajo. Incluso muchos historiadores creen que no es una buena forma de autoafirmación, para la sociedad uruguaya, incluir Purificación dentro de nuestro patrimonio histórico, dejando de lado otros sitios más cercanos a su ideario (Tres Cruces, la Quinta de la Paraguaya) o de relación más directa (la casa donde nació el caudillo, en Ciudad Vieja, Montevideo).12

Las relecturas del pasado que hace cada generación suelen ser diferentes. Ahí reside justamente el enigma de Purificación. No sabemos con certeza qué era, qué se hacía allí y ni siquiera dónde estaba exactamente.

10 Ver en https://www.impo.com.uy/bases/leyes-internacional/15964-1988

11 DeCarli, Georgina. Un Museo Sostenible: Museo y comunidad en la preservación activa de su Patrimonio. San José, Costa Rica, Oficina de la UNESCO para América Central, 2007.

12 Entre ellos, Ana Ribeiro y Olaf Blixen se han referido al respecto. Olaf Blixen, del Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay, sostiene: «La instalación de un establecimiento de

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