I
En los corrillos políticos se comentaba, con más curiosidad que preocupación, el nombramiento del poeta Solana como director del Departamento de Cultura y Bellas Artes. Aunque la cultura y el arte no eran asuntos que quitaran el sueño a la clase política, el puesto era apetecido por razones de peso dentro de la burocracia estatal: no existía ningún requisito legal para ocuparlo, se trabajaba poco, el sueldo era aceptable y el partido político favorecido con el cargo podía vanagloriarse ante la ciudadanía de su interés por los valores espirituales. Pero ocurría que el elegido, Antonio Vicente Solana, no estaba inscrito en ningún partido, jamás había ocupado un puesto público, no era tan buen poeta y acababa de jubilarse como profesor de Cívica y Literatura del Instituto Oficial, colegio de viejas glorias que con el correr de los años había quedado en la retaguardia del largo y arduo camino hacia la modernización educativa. No es que Solana hubiera querido abandonar voluntariamente las aulas sino que, con la excusa de crear empleos y sin tomar en cuenta el valor de la experiencia y de la sabiduría que llegan con las canas, la ley obligaba a un retiro forzoso a todos los educadores que cumplieran sesenta y dos años, si eran varones, y cincuenta y ocho, en el caso de las damas.
De no haber sido por la llamada telefónica de Elida Rivera, prima segunda a quien no trataba desde la adolescencia, ni el propio Solana habría llegado a conocer la razón de su nombramiento.
—Toñito, soy yo, Elida, tu prima. ¿Me recuerdas, verdad?
El poeta había titubeado un instante.
—¿Elida Rivera, la primera dama?
—Así es, Toñito, vicisitudes de la vida que nos llevan a lugares insospechados —en la voz de la primera dama se percibía una fingida resignación.
—Ya nadie me dice Toñito… prima.
—Es fácil de entender, ahora que eres un poeta reconocido. A mí tampoco me dicen Eli. ¡Ay, la edad, que se lleva en sus garras hasta los sobrenombres de infancia! Pero vamos a la razón de la llamada. Quiero pedirte que me aceptes el cargo de director de Cultura y Bellas Artes en el Ministerio del Interior.
Solana volvió a dudar.
—¿Director de Cultura? ¿Yo? No sé si sabes que hace dos meses me jubilé del Instituto.
—Sé casi todo sobre ti, primo. Hay lazos que nos mantienen atados aunque el tiempo y la distancia se interpongan —Elida Rivera parecía meditar cada palabra—. Déjame contarte un secreto que solamente conocen mis más íntimos… y que casi ninguno sabe apreciar: yo nunca he dejado de escribir versos. Tal vez sea el amor por las palabras y por la rima lo que, a pesar del tiempo y la distancia, nos ha mantenido unidos toda la vida. ¿Recuerdas? —en el teléfono hubo un breve silencio—. Yo amo la cultura, Toñito, y quiero asegurarme de que un cargo tan importante quede en manos de alguien que la ame tanto como yo. Dentro de la alianza política que llevó a mi marido a la presidencia de la República, a su partido le tocó el Ministerio del Interior y ya le dije que la Dirección de Cultura y Bellas Artes es mía. Espero que la aceptes. El sueldo no es gran cosa, pero estoy segura de que supera el monto de tu jubilación. Y tendrías automóvil y chofer.
Antonio Vicente Solana no supo, de momento, qué responder. Después de casi cuarenta años de matrimonio, él y su esposa Julia, jubilada de enfermera, anhelaban una vejez tranquila. Sus hijos, Jaime y Carolina, ambos profesionales egresados de la Universidad Estatal, habían abandonado hacía algunos años el nido familiar para formar sus propios hogares. Carolina tenía dos niñas y Jaime un niño y una niña. Los esposos Solana planeaban retirarse al interior del país donde podrían vivir con mucho menos dinero que en la capital. En San José habitarían en la vieja casa familiar de los Solana que, a pesar del paso de los años, todavía se mantenía erguida en una esquina frente al Parque Central.
—No sabes cuánto te agradezco que hayas pensado en mí, Eli —dijo Solana finalmente—. Déjame consultarlo con mi mujer. ¿A qué número te puedo llamar?
—Apunta mi móvil privado: 8672 9974. Trata de llamarme lo más pronto posible para evitar que se nos adelanten otros aspirantes. Ya te imaginarás la rebatiña por los cargos que se desata al inicio de cada nuevo gobierno.
—Comprendo muy bien, prima. Así lo haré. Gracias de nuevo.
Después de cerrar la comunicación, Solana se quedó un rato hurgando en sus recuerdos. Durante los años verdes de la adolescencia, cuando sus familias vivían aún en provincias, Eli, hija de un primo hermano del padre de Toñito, había compartido con su primo un breve pero ardiente romance. Un año menor que él, ella era entonces una chiquilla más graciosa que bonita, pizpireta y algo regordeta, aunque muy bien proporcionada. Dueña de una personalidad desenvuelta y desinhibida, invariablemente se convertía en el centro de atención de reuniones y paseos. Casi todos sus amigos se bebían los vientos por ella, pero entre sus muchos pretendientes, Eli lo había escogido a él, su primo segundo, no tanto por sus atributos físicos —que alguno tenía— sino porque en el pueblo de San José ya se hablaba de Toñito Solana como de un verdadero poeta. ¡Si hasta le habían publicado un poema en el anuario del colegio! La afición por las palabras y la rima acercó a los primos y cuando Eli comenzó también a ensayar versos surgió entre ellos un amor de esos que existen solamente en las novelas del romanticismo. Pero durante el último verano que pasaron juntos, en uno de los frecuentes paseos al río Esmeralda, la niña más chismosa del colegio había sorprendido a Toñito y a Eli en el momento en que pasaban de recitarse versos al oído a intercambiar besos y abrazos apasionados. Dos días después ardió Troya y los padres de Eli le prohibieron volver a ver a su primo. “Si tuvieran un hijo, sabe Dios cómo nacería”, sentenció la madre, horrorizada. Para asegurarse de que se cumplieran sus órdenes, el padre, uno de los ganaderos más prósperos de la región, decidió enviar a Eli a terminar sus estudios como interna en un colegio de la capital. El amor eterno que se juraron Toñito y Eli no trascendió de aquel verano y de él quedaron solamente unos versos que Toñito escribió y envió en un sobre con el nombre de Elida Rivera a la dirección de su nuevo colegio. Toñito nunca supo si aquel poema, el mejor de su primera producción literaria, había llegado a los ojos de su amada.
Cuarenta y cinco años más tarde, el poeta Solana sonreía con nostalgia y algo de vergüenza literaria al recordar uno de los cuartetos de sus primeros versos de amor, el único que aún guardaba en su memoria: Tú eres mi primer amor,/ la primera persona a quien adoro,/ tú causas mi primer dolor,/ la primera mujer por la que lloro. A su novia de la adolescencia no la volvió a ver hasta el día que apareció en la pantalla de la televisión junto a su marido, candidato a la presidencia de la República por los partidos de la oposición en la última contienda política. Tanto había cambiado Eli que sólo se vino a enterar de que era ella, su prima segunda, cuando escuchó al locutor decir el nombre. Después la volvería a ver con frecuencia en cuñas políticas televisivas o en alguna noticia periodística, siempre sonriendo al lado del candidato. De aquella muchacha regordeta no quedaba nada. Sus facciones y su figura se habían afinado y la nueva moda de los zapatos de tacones descomunales le había permitido crecer diez centímetros. A lo largo de la campaña, la gente comentaba lo bien que se veía la esposa del candidato opositor a pesar de que ya frisaba los sesenta años. Y ahora, inesperadamente, él recibía aquella llamada telefónica. Aunque se sentía tentado a aceptar el ofrecimiento de su prima, estaba consciente de que ocupar un cargo público trastocaría los planes que con tanto cariño y previsión él y Julia habían hecho para pasar tranquilos los años de la vejez.
Como ocurría siempre, la primera reacción de Julia fue muy negativa.
—Los políticos buscan aprovecharse de tu prestigio como escritor. Te pondrán como director del Departamento de Cultura y Bellas Artes, pero tendrás que someterte a lo que te ordenen. Además, se trata de una institución a la que nunca asignan suficientes fondos, así que, aunque te dejarán trabajar, no podrás hacer nada por la cultura.
—El puesto no me lo ofreció ningún político sino mi prima Eli, que no es política y tiene un gran interés por la cultura —se defendió Solana, con poco entusiasmo.
—Pues ahora ella sí es política y lo será por los próximos seis años, mientras dure el mandato de su marido. ¿No la viste en la tele cuando hacía campaña a su lado? Además, tenías más de cuarenta años de no saber de ella; en realidad, ni siquiera la conoces. Y, francamente Toño, aparte de escribir poesía, tú lo único que has hecho es enseñar Cívica y Literatura a estudiantes de secundaria. ¿No te atemoriza la sola idea de ejercer un cargo tan importante?
Solana no respondió enseguida. Después de treinta y seis años de matrimonio, sabía que su mujer nunca perdía una discusión. Julia siempre decía la última palabra y las pocas veces que él no le hacía caso y las cosas salían mal terminaba espetándole su frase favorita: “¡Te lo dije!”. Si quería convencerla, había llegado el momento de recurrir a su argumento más poderoso.
—El sueldo de director de Cultura es casi cuatro veces mayor que la suma de tu jubilación y la mía.
Julia se quedó mirando a su marido.
—Eres tú el que siempre dice que la plata no lo es todo… —en su voz se percibía una ligera intención de cambiar de opinión.
—Tú sabes que nunca tomo decisiones apresuradas —reflexionó Antonio—. Le he dado vueltas al asunto, pensando siempre en el bienestar de ambos. Por supuesto que a mí también me preocupa alterar nuestros planes a estas alturas de la vida. ¿Pero no crees que tal vez debería aceptar el cargo y estar allí dos o tres años para gozar después de una vejez más apacible y confortable? Serían casi cien mil dólares extra que podríamos ahorrar —Solana hizo una breve pausa antes de recurrir al toque final—; ah, y se me olvidaba decirte: tendríamos carro y chofer.
La expresión de Julia, quien siempre había soñado con tener un buen automóvil y un conductor que le abriera la puerta y le cargara los paquetes, se transformó en un segundo.
—¿Estás seguro, Toñito? Ese puesto, ¿no sería una carga muy pesada para ti? Ya no eres un chiquillo y el horario de trabajo probablemente sería más extenso que el del Instituto.
—Cuando los gobiernos cambian hay funcionarios de carrera que permanecen en sus puestos precisamente para ayudar a los nuevos ministros y directores de departamento en el desempeño de sus funciones.
—¿Me juras que serán a lo sumo tres años? —preguntó Julia, melosa.
—Quizás no pasen de dos —prometió Toño.
—Tal vez ahora sí reconocerán tus méritos literarios y podrás lograr tu viejo sueño de ser aceptado como miembro de la Academia Literaria.
—No estoy pensando en nada de eso —respondió Solana, descartando la idea con un gesto de la mano.
Al día siguiente, Solana esperó hasta las nueve de la mañana antes de llamar al celular privado de Eli, pero la voz de mujer que respondió no era la de su prima.
—Buenos días, ¿con quién hablo, por favor?
—¿Con quién desea hablar? —preguntó la voz, con aspereza.
—Con la primera dama, si es tan amable. Soy su primo, Antonio Vicente Solana.
—Ah, sí, señor Solana. Le habla Gladys. Soy la secretaria que lleva la agenda de la primera dama. Ella está esperando su llamada. Enseguida se la comunico.
Transcurrió un largo minuto antes de que Solana escuchara la voz de Eli.
—Toñito, ¡qué bueno que llamaste tan pronto! Espero que tu respuesta sea afirmativa.
—Así es, prima. Lo consulté con mi mujer y hemos decidido que debo aceptar el llamado que por tu conducto me hace el país. Al menos por dos años.
—¡Fantástico! Te aseguro que cuando comprendas lo mucho que podemos hacer por la cultura vas a querer quedarte los seis años que durará el mandato de mi marido. Anda preparándolo todo para que tomes posesión tan pronto se dé el cambio de gobierno dentro de un mes.
Los esposos Solana no tenían claro qué había querido insinuar la primera dama al decirle a Toño que fuera “preparándolo todo”. Julia dedujo, sin necesidad de mucho especular, que el mensaje significaba que debía comprar un vestido de noche para asistir a la fiesta de toma de posesión del nuevo presidente. Pero antes de comenzar a visitar tiendas en busca de alguna ganga, se matricularía en un gimnasio y dejaría de comer pan, postres y frituras para perder unos cuantos kilos y lucir de nuevo la figura esbelta y juvenil de la que se había enamorado Toñito.
Solana, por su parte, se dedicó a revisar en internet la organización, las funciones y los recursos con los que contaba el Departamento de Cultura y Bellas Artes. Se enteró así de que bajo su mando laboraría un total de quinientas cuatro personas, de las cuales doscientas eran funcionarios administrativos y el resto artistas: ciento treinta músicos, la mayoría adscritos a la orquesta sinfónica y al conservatorio; ochenta y cinco bailarinas y bailarines, repartidos entre el ballet nacional y la escuela de danza; treinta y seis pintores y escultores, integrantes del colegio de bellas artes, y cuarenta y dos actores, directores, tramoyistas, luminotécnicos y apuntadores, dedicados al teatro. Tal como lo había sospechado, solamente once escritores, entre ellos dos poetas, figuraban en la plantilla del Departamento. A Solana le parecía el colmo de la ingratitud que aquellos servidores públicos que se ocupaban de los temas culturales, especialmente los poetas, fueran tratados como las cenicientas del presupuesto estatal. Pero él tenía un proyecto, una quimera, con la que venía soñando desde mucho antes de su sorpresivo nombramiento, capaz de elevar la autoestima de sus colegas en el arte de hilvanar palabras y, al mismo tiempo, enaltecer la poesía y la literatura. Por ahora tenía que mantener su plan en el más absoluto secreto hasta tanto estuviera bien afianzado en el cargo para entonces lograr las aprobaciones gubernamentales que le permitirían llevarlo a cabo.
II
La fecha de la toma de posesión del nuevo presidente se acercaba y ya circulaban las invitaciones para la gran recepción en el Club de Campo sin que los esposos Solana hubieran recibido la suya. Para que le quedara bien el vestido nuevo, Julia casi se había matado de hambre cumpliendo estrictamente la dieta de moda, que solamente le permitía ingerir quinientas calorías al día, una fruta y un yogurt. Además, lunes, miércoles y viernes dedicaba dos horas a ejercitarse con un entrenador, amigo de su hijo. Toño, que al principio había rehusado cambiar sus costumbres, no tuvo más remedio que acatar los requerimientos de su esposa y terminó por comprarse una nueva indumentaria, con chaleco incluido. Y aunque no aceptó ejercitarse con un entrenador personal, accedió a caminar durante una hora todas las mañanas.
—¿Qué pudo haber pasado con las invitaciones? —preguntó Julia, angustiada, cuando faltaban apenas tres días para el acontecimiento del año.
—Francamente, no lo sé. Tal vez sean cosas del protocolo.
—Ningún protocolo, Toño —el tono de voz de Julia era categórico—. Es obvio que el director de un departamento tan importante como el de Cultura tiene que ser invitado a la toma de posesión del presidente que lo nombrará. Además, Eli es tu prima y fue ella quien te metió en esto. Vas a tener que llamarla por teléfono.
—No sé, mujer, no sé. Tal vez…
—Pues yo sí sé —interrumpió Julia, alterada—. Me haces el favor de llamar de una vez.
Con temor de arrepentirse después, Solana marcó al celular privado de Eli.
—Sí, dígame —respondió la secretaria encargada de la agenda.
—Buenas tardes, Gladys, soy yo, Antonio Solana…el primo de la primera dama, futuro director de Cultura y Bellas Artes en el nuevo gobierno. ¿Podría hablar con ella?
—En estos momentos está reunida, señor Solana. ¿Quiere dejarle algún mensaje?
—No, en realidad no. Dígale por favor que me devuelva la llamada tan pronto pueda.
—¿Qué te dijeron? —quiso saber Julia, cuando su marido cerró la comunicación.
—Que está en una reunión. Me llamará de vuelta.
—Ya empezaron las benditas reuniones. Es la mejor excusa de los políticos cuando no quieren tomar el teléfono o recibir visitas.
Transcurrió el resto del día sin que se recibiera la llamada de la primera dama y esa noche los esposos Solana se sentaron a cenar con caras largas. Estaban terminando el postre cuando sonó el celular de Toño.
—¡Es Eli! —exclamó.
Para no parecer ansioso, dejó que el teléfono timbrara un par de veces antes de responder con voz indiferente:
—Aló, habla Antonio Solana.
—Primo, soy Eli. Dice mi secretaria que me llamaste.
—Sí, te llamé. En realidad se trata de una tontería; me apena distraerte de tus ocupaciones, que deben ser muchas.
—No te preocupes, primo. ¿Qué puedo hacer por el futuro director de Cultura?
—Es que se acerca la fecha de la toma de posesión de tu marido y, no sé cómo decirlo… creí entender que Julia y yo estaríamos entre los invitados a la recepción.
Del otro lado de la línea hubo un largo silencio que permitió a Solana escuchar ruido de cubiertos.
—¿Estás ahí, prima?
—Sí, claro —reaccionó Eli—. Estoy revisando si tu invitación está entre las que me tocó repartir a mí —otro silencio—. Sí, ¡aquí está! La había colocado junto a las del resto de mi familia, que todavía no he enviado. Tú sabes cómo es esto, siempre dejamos lo más obvio para última hora y a veces quedamos mal. Mañana mismo la recibirás.
—Gracias, allí estaremos para acompañarte a ti y al presidente en una ocasión tan importante —Solana trataba de disimular el gran alivio que sentía—. Buenas noches, prima.
—Buenas noches, Toñito.
—¿A quién se te había olvidado invitar? —preguntó el presidente electo a su mujer, antes de llevarse a la boca un trozo de carne.
—Se trata de mi primo, Antonio Solana, el poeta que vas a nombrar director de Cultura y Bellas Artes. En realidad, no se me había olvidado invitarlo porque nunca pensé hacerlo. Pero me dio lástima. Son personas humildes que viven de su jubilación y estoy segura de que se han gastado un dineral en ropa para la recepción.
—Antes de que me pidieras que lo nombrara director de Cultura jamás lo había oído mencionar. ¿Me dijiste que es profesor en el Instituto?
—Profesor de Cívica y Literatura recién jubilado y también poeta laureado. Se ganó el Premio Nacional de Literatura en la sección de poesía.
—No siempre ganan los mejores —comentó, escéptico, el presidente—. Ojalá que el puesto no le quede grande. Por lo pronto, en la fiesta él y su mujer se aburrirán como una ostra. Estoy seguro de que no conocerán a nadie.
—Así es, Eusebio, así es, pero yo trataré de que los pobres no pasen un mal rato —dijo Eli, y volvió a su ensalada de atún y lechuga, único alimento que se permitía para que le entallara el Valentino que luciría en la recepción.
El día del agasajo ofrecido por el Partido Demócrata Universal (PDU) para celebrar la toma de posesión de su secretario general, Eusebio Rondón, como nuevo presidente de la República, los salones de belleza no se dieron abasto para atender a todas las invitadas que esa noche competirían por acentuar sus rasgos más hermosos y ocultar los menos atractivos. Julia Solana no tuvo ningún problema en conseguir cita porque ella se atendía en el salón de su sobrina, ubicado a escasas dos cuadras de su casa. A las seis y media de la tarde empezó a vestirse con toda la calma que el gran evento requería, procurando no afectar el maquillaje ni el peinado. Una hora después se miró al espejo, satisfecha al comprobar que el régimen de dieta y ejercicios no había sido en vano. Su figura se había estilizado y el rostro no parecía el de una mujer de sesenta años. Además, los zapatos nuevos que había comprado para estar a la altura de las demás mujeres la hacían ver ocho centímetros más alta, casi pareja con Toño, que medía un metro ochenta. Como nunca los había usado sentía cierta inseguridad al caminar, pero pronto descubrió que sacar el pecho y las nalgas al mismo tiempo le permitía mantener mejor el equilibrio. Practicó unos cuantos pasos delante del espejo y enseguida se dio cuenta de que tenía que alzar más la barbilla. Perfeccionada la pose, se descalzó para que sus pies no comenzaran a sufrir antes de tiempo. A las siete y media los esposos Solana se sentaron a esperar a que llegara Adolfo, pariente de Toño y propietario de un taxi, quien se había ofrecido a llevarlos gratis. El futuro director de Cultura, que también había perdido un par de kilos, lucía elegantísimo en su atuendo azul oscuro, que incluía chaleco y corbata nueva.
Transcurrieron diez minutos sin señales del taxista y Toño, nervioso, lo llamó al celular. Después del tercer intento desistió.
—El muy irresponsable tiene el teléfono apagado. Creo que tendremos que buscar otro taxi.
—¿Dónde vamos a conseguir uno con aire acondicionado? Te lo dije, ese primo tuyo es un gran irresponsable.
—No quisiera llegar tarde a nuestro primer acto oficial. Espérame aquí que voy a ver qué consigo.
A los quince minutos, sudado y acalorado, regresó Solana a bordo de un taxi de dudosa apariencia.
—¿Tiene aire acondicionado? —preguntó Julia mientras se subía.
—¿No ve que traigo las ventanas abiertas? —respondió, descortés, el taxista.
—Pues las cierra de una vez. No voy a llegar a la fiesta con el pelo alborotado.
—Pero señora —comenzaba a protestar el chofer…
—Puede dejar abierta su ventana —cortó Solana—, que nosotros nos acomodaremos de modo que mi señora no se despeine.
—Si se quieren asar allá atrás… —farfulló el taxista.
En las proximidades del Club de Campo, la fila de automóviles se prolongaba por varias cuadras.
—¿Qué vamos a hacer ahora? —preguntó Julia, angustiada—. Llegaremos tardísimo; no habrá fila de recepción y ya no podremos saludar.
—No sé qué van a hacer ustedes —protestó el chofer—, pero a mí nadie me dijo que había que hacer semejante cola. No puedo quedarme aquí gastando tiempo y gasolina.
—Le daremos un dólar extra —lo tranquilizó Solana.
—Un dólar… —gruñó el taxista.
Diez minutos más tarde faltaba todavía una cuadra para llegar.
—Se nos hace tarde, así es que vamos a tener que caminar el trecho que queda —dijo Toño, resignado.
—¿Caminar? ¿Con semejantes tacones? ¿Estás loco?
—Te pedí que no compraras esos zapatos —masculló él.
—¿Y qué querías? ¿Qué me viera como una enana? Todas las mujeres los usan ahora.
—El fin de las chaparras —comentó el taxista, por lo bajo.
—A usted nadie le ha dado vela en este entierro —espetó Julia, que oía mejor que un tísico—. ¿Qué se ha creído éste? Por eso el país anda tan mal; ya ni siquiera se respeta a los mayores.
Antes de que el tipo pudiera responder, la fila comenzó a avanzar.
—Lo mismo de siempre—comentó el taxista—. La cola no se movía porque la seguridad de alguno de los nuevos ministros había bloqueado el acceso a todos los demás carros. Por eso es que el país va para atrás. Ahora a cualquier pendejo que tenga un cargo público le dan carro, chofer y escolta. Y no se diga…
—Aquí tiene —lo interrumpió Solana cuando entraban a la puerta cochera del club—. Guárdese el cambio que es más de un dólar.
El nuevo director y su esposa se colocaron rápidamente en la larga fila para saludar al presidente y a la primera dama, que sonreían radiantes en la entrada del club. Junto a ellos, el director de protocolo ayudaba a identificar a los invitados.
—Él es muy elegante y tu prima se ve mucho más guapa en persona que en la tele —comentó Julia, en voz baja, a medida que se acercaban. Aunque los zapatos ya comenzaban a martirizarle los pies, se esforzaba por mantener la postura que había ensayado frente al espejo.
Cuando les tocó a los Solana el turno de saludar, el director de protocolo se quedó mudo. ¿Quién sería el señor del chaleco? Seguramente algún invitado de última hora al cual nadie se tomó el trabajo de advertirle que la fiesta era de smoking.
—Eusebio —dijo la primera dama, salvando la situación—, este es mi primo, el poeta Antonio Solana, nuevo director de Cultura, y su esposa…
—Julia —aclaró la aludida.
—Sí, Julia —repitió la primera dama.
—Mucho gusto —exclamó con voz profunda y amable el presidente—. Bienvenido al nuevo equipo de gobierno, amigo Solana. Para nosotros los temas culturales son prioritarios y por eso aplaudo la sugerencia de mi esposa de nombrar como director a un distinguido poeta y maestro de juventudes. Las puertas del palacio presidencial siempre estarán abiertas para la cultura.
—Muchas gracias, señor presidente. Le prometo que no lo defraudaré. Tengo planes muy concretos…
Solana fue interrumpido por un asistente de protocolo que lo jaló del brazo para permitir que la fila avanzara.
—¿Qué te pareció mi primo? —preguntó, en voz baja, la primera dama al presidente mientras se aproximaban los siguientes invitados.
—No sé, francamente. ¿Por qué no vino de smoking? Y ella, ¿por qué camina tan raro? ¿Tiene algún impedimento físico?
—Son los zapatos, Eusebio. Cuesta mucho acostumbrarse a los tacones tan altos.
Algo cohibidos, los esposos Solana se dirigieron rápidamente a la primera mesa que encontraron y, después de saludar con una inclinación de cabeza a otra pareja que allí se encontraba, se sentaron sin reparar en el letrero de “reservada”. Julia comenzaba a librarse de los zapatos debajo del mantel cuando un señor de saco blanco y corbatín negro se acercó sonriendo.
—Perdonen que los importune. Soy asistente de protocolo y me temo que esta mesa está reservada para los ministros y directores de corporaciones públicas.
—Mi esposo es el director de Cultura y Bellas Artes —respondió Julia, altanera.
El de protocolo dudó un instante.
—Les ruego acompañarme. Yo, personalmente, los llevaré a su mesa —insistió, sin dejar de sonreír.
Julia iba a seguir protestando, pero Toño se levantó y la tomó del brazo.
—Vamos —ordenó en tono que no admitía réplica, mientras Julia luchaba por terminar de ponerse los zapatos.
Precedidos por el de protocolo, los esposos Solana atravesaron el salón hasta llegar a una de las últimas mesas, en la que todavía quedaban cuatro sillas desocupadas.
—Aquí estarán muy bien. Tienen cerca la mesa del bufet y un poco más allá uno de los bares. Disfruten la velada.
El de protocolo se inclinó cortésmente y mientras se retiraba alcanzó a oír el comentario de la esposa del director de Cultura: “Nos sentaron con la plebe”.
Conforme avanzaba la velada, Toño y Julia fueron entrando en ambiente. Entre los compañeros de mesa había una pareja joven y divertida, miembros de la delegación de la República Dominicana, que tan pronto oyeron la música salieron a bailar con mucho ritmo y alegría. Después de la tercera copa de champán, Julia, que en su juventud había gozado de una bien merecida fama de bailadora, le pidió a Toño que la acompañara a tirar pasos, como en los viejos tiempos.
—¿Cómo vas a bailar con semejantes tacones? —preguntó él, esperanzado en que desistiera.
—Eso es problema mío —respondió ella, y se dirigió hacia la pista con paso resuelto, tratando siempre de mantener la postura.
La orquesta tocaba un sabroso merengue y cuando Julia intentó la primera vuelta tuvo que sujetarse a Toño para no caer. Poco después, frustrada, decidió regresar a la mesa.
—He debido practicar con estos tacones —se quejó mientras se sentaba.
—Mira a la dominicana —observó Toño—. Seguro que ella no usa zapatos agigantados.
—Claro que los tiene puestos —dijo Julia—, yo se los vi. Aunque, ahora que lo mencionas, se ve mucho más bajita… ¡Se los quitó para bailar! Claro, por eso siempre se agarra la falda, que le queda larguísima. Debe tener mucha práctica porque lo hace sin que se le vean los pies. ¡Yo puedo hacer lo mismo!
—¡No se te ocurra! —imploró Toño.
—Pues ya me los quité. Vamos a intentarlo de nuevo y cuidado con un pisotón.
Esa noche, la dominicana y Julia fueron el alma de la pista de baile y el blanco de los comentarios de los asistentes a la fiesta. Cuando el presidente y la primera dama, que se mantenían alejados del bullicio, preguntaron al encargado de protocolo por la identidad de las
