Diatriba contra candidatos
Aborrezco a los políticos mexicanos: todos los días demuestran que la mentira es redituable, que el engaño es productivo, que el crimen sí paga, que la inmoralidad es impune y que la imbecilidad tiene fuero. De poseer una vergüenza proporcional a los desastres que organiza, la aristocrática casta de los políticos no se exhibiría con la impudicia con que lo hace. Y ahí están siempre, todo el tiempo, en bocinas, pantallas, primeras planas, pendones. Que se exhiban más mientras más yerran muestra que en la política a la mexicana desvergüenza es currículo.
¿Acaso un ingeniero a quien se le colapsó un puente lanza discursos entre las ruinas? ¿El delantero que falló el penal alza los brazos en triunfo? ¿El cirujano que mató al paciente reparte su tarjeta en el entierro? Los políticos en cambio se hacen fotografiar, muestran las axilas, ponen cara de prócer y gritan “¡Sí, protesto!”. La radical extirpación de su honra es requisito básico de su oficio. El país se despanzurra y siguen ahí, inflados de su vanagloria, dándose aires, sudorosos y decididos, haciendo pilates con sus lenguas elásticas, gritando que tienen las manos limpias y la frente en alto. El resto de sus anatomías —algo es algo— o no está en campaña o sí tiene pudor.
Y me enoja pensar en la parte de mis impuestos cautivos que va a dar a sus bolsillos nauseabundos, sus jacuzzis llenos de vómito, sus palacetes con muros de diamantina y techos de zopilote. ¿Cuánto de los impuestos que me retienen acaba en la peluquería que los diputados se mandaron poner en San Lázaro? ¿Cuánto de las teiboleras que zangolotean las nalgas ante los líderes salivosos? ¿Cuánto financié de sus cenas babilónicas, de los perfumes de sus queridas? ¿De la colección de carrazos de Gamboa Pascoe? ¿De las joyas de Lamestrelbester? ¿Cuánto del chalet donde vive en Austria el hijito del góber precioso? ¿Cuánto de las boas que Hank Rohn se pone de corbata? ¿Cuánto de las putas eslovacas que miman niños verdes? ¿De las inversiones en bienes raíces de gobernadores que quebraron las finanzas públicas de sus terruños?
La temporada electoral es insoportable: es como una epidemia de asco que regresa cada tres años con más y mejores amibas, gérmenes más conspicuos y bacterias más resistentes. Llévelo llévelo, aquí le estamos ofreciendo lo que es el candidato patógeno, la diputada infecciosa, el senador bacterial, el gobernador cancerígeno llévelo llévelo. Y páguelo. Y otórguele fuero. Y enriquézcalo.
Y los miles de millones de pesos que se le entregan del erario, legalmente, para que concurse en el miserable Miss México de demostrar su amor al pueblo. Cosa que hará después de demostrar ya no su amor, sino su pasión por quienes lo patrocinan ilegalmente, esos encumbrados y mandamases que financian las aspiraciones del político con una mano y guardan los pagarés en la otra.
Esa farsa de financiar las campañas de los políticos con dinero público, dizque para que no las financie dinero privado o sucio, combina el sadismo con el insulto a la inteligencia: el dinero secreto igual llega a las campañas y nosotros, los causantes cautivos, servimos sólo para subsidiar a quien lo aporta. Saltándose las leyes, el político juntará dinero con sus proxenetas que, claro está, exigirán de regreso su inversión, multiplicada. Los impuestos de los causantes cautivos que van a dar a la campaña de ese cacomixtle terminan por subsidiar a los proxenetas: ellos recibirán las ganancias cuando el amor al pueblo se convierta en licitaciones; el causante recibirá las excusas.
¿Qué porcentaje de sus afiches, spots, espectaculares, banderines, espantasuegras y maracas, tortas y tacos demócratas sale de mi bolsa? ¿Por qué, oh dioses, tengo que financiar al pequeño pterodáctilo con papada que me promete progreso?
Y la impotencia ante su publicidad revulsiva en la tele, en la radio y en todo lugar. ¿Qué pensará el politiquillo cuando empapela un muro con su rostro? ¿Qué sentirá al mirarse ahí retratado, con el gesto que tanto ensayó para fingirse sincero, y honesto, y trabajador, y con la frente en alto? ¿Qué espera que salga de sus afiches con su amarga catadura de drácula duodenal? ¿Por qué tantos? ¿Tiene derecho a hacerlo? ¿No afrenta algún reglamento ecológico o de civilidad urbana? ¿Paga impuestos por usar espacios públicos con fines personales? ¿Hay proporción demostrada entre la cantidad de afiches y los votos recibidos? ¿De veras creerá que poner tantas veces su cara, con su imbécil lema previsible, modificará seriamente las expectativas de su ambición? (“¡EL FUTURO, LA ESPERANZA, EL DESTINO, LO DERECHO, LO ADELANTE, LO FIRME, LO RECTO, LO ERGUIDO!”). Y es en vano poner la vista hacia adelante, pues ahora han contratado a unos infelices para que muestren su misma foto siniestra pegada a un muro portátil que hacen bailotear entre amagos de microbuses, tragafuegos, saltimbanquis, cilindreros y mendigos.
Me asquea el maratón a patria traviesa de caras, manotazos, vociferaciones, matracas. Es pasmoso lo que es capaz de hacer un político por amor a su patria. Y es aberrante que ese amor viva del erario: el que sus propias leyes saquean del erario para asignárselo a sus dietas y gastos de campaña, a vigilar que no se hagan trampa unos a otros, aceptación tácita de su natural instinto. Miles de millones para este desfile inacabable de canallas exhibiendo sus axilas tricolores y sus caninos cacos, mostrando sus pulposos pulgares y sus mofletes justicieros, macolla de merolicos de la justicia social con sus caras cacareantes en las calles cacarizas, padrotes de la esperanza, títeres coadyuvantes, líderes de toma y daca, claques a sueldo, comadrejas gestoras, piadosas sanguijuelas, coimes solícitos, “cocodrilos metidos a redentores”, les dijo Octavio Paz, “patriotas con el monopolio del patriotismo”, les dijo Neruda.
Cada tres años mastico la misma ira y largo la misma diatriba inútil. Ya sé que es tonto, pero escribirlo, ¡oh don Francisco de Quevedo!, en algo amaina la muina.
Y sin embargo son sinceros como pocos mexicanos: los únicos que anuncian públicamente que quieren todo, que lo quieren ya y que lo quieren a costa de lo que sea. Si tuvieran una vergüenza proporcional a los fracasos que confeccionan, ¿serían más púdicos?
¿Y a quién irle? Parafraseo a Mencken: cada partido insiste en que los otros partidos son incapaces de gobernar. Bueno, esa es la única ocasión en que dicen la verdad y la única en que todos ellos tienen la razón al mismo tiempo.
No hay respuesta. No habrá respuesta nunca. Ni los viejos velociráptors que saltan de una cámara a otra, ni los debutantes ansiosos que se arañan para culiatornillarse de plurinominales. No hay respuesta. Hay sitio para todos: matones, júligans, bronxs, juniors, cacos de ínfima ralea… Cuando se desmoronen “los muros de la patria mía” no faltará quien salte “con la frente en alto”, y con la lengua llena de cochambre entone desafinados himnos al futuro. Qué depresión.
Pero, ¿y los honestos, los íntegros, los que deveras quieren cambiar algo las cosas? Esos me chocan de otra forma: son los que impiden la generalización…
Millones de spots
En México deberíamos dedicarnos única y exclusivamente a la política. ¿Para qué atarearnos en otra cosa? Nos iría muy bien. O de perdida mejor, o en una de esas hasta menos peor, y chance y hasta regular. A estas alturas ya es evidente que lo único que los mexicanos sabemos hacer bien es política.
(Un “hacer bien” que, se entiende, nada tiene que ver con la idea estúpida de que hacer política propicie el mejoramiento del pueblo ni de la patria ni de nada. No, los resultados serán invariablemente desastrosos para el pueblo y la patria, pero espléndidos para la industria de la política, que es la única industria que cuenta. Es una industria que se especializa en crear miles de nuevos ricos pero, sobre todo, millones de nuevos pobres. Mas si esta exitosa producción de pobres no se mantuviera en aumento, ¿quiénes serían los pobres a los que salvarían los políticos? Los pobres son la materia prima de la industria de la política).
Mientras todos los indicadores se arrastran en la penosa mediocridad, la política alcanza niveles de productividad que baten todos los récords. Las exportaciones, la producción industrial, el tonelaje en los puertos, las patentes, los avances tecnológicos, los niveles educativos, los kilómetros de carreteras construidos, todo puede estar más o menos colapsado o avanzar sólo simbólicamente. Sólo la industria sin chimeneas de la política va en perpetuo, imparable ascenso. Estamos produciendo más políticos per cápita que nunca. No hemos sido capaces de fabricar un aparato de televisión competente, pero retacamos las televisiones que importamos de Corea de políticos que prometen hacer de México un país competitivo.
El inicio de la deprimente temporada de spots pone aún más en evidencia lo anterior. Que los políticos sean tan ineptos, tan desordenados, tan ambiciosos y tan pocas pulgas no inhibe su deseo de exhibirse. Son como Raid matabichos (y no es necesario aclarar quiénes somos los bichos). La ciudadanía verá y/o escuchará 43 millones 611 mil 72 spots: la mitad de los partidos y candidatos y la mitad de las autoridades electorales. Es fascinante no sólo que la actividad humana que mayor desprecio le causa a los ciudadanos sea la más anunciada, sino que además esté financiada por sus propias víctimas. Cada spot es un recordatorio de que pagamos para que nos peguen.
Cuarenta y tres millones de spots cuya elaboración va a costar miles de millones de pesos (no así su difusión, pues se emplean los “tiempos oficiales”, cuyo costo la industria de la radiodifusión recupera aumentando el precio de los tiempos no oficiales, claro). A esto hay que agregar los millones de afiches, pósters, bardas pintadas, volantes, banderitas, llaveritos, encendedores y sonajas que van a costar más millones de pesos. Sólo por concepto de “actividades ordinarias, gastos de campaña y actividades específicas” para el “proceso electoral” del año 2012, el IFE les dio a los partidos políticos 5 mil 344 millones de pesos.
¡Veintiún millones de spots retacados de políticos que no tienen el menor empacho en enseñar sus caninos bien boleados, sus chapas maquilladas, sus labios esponjosos, sus ojos ilusionados con el futuro, sus corbatas trigarantes, sus copetitos engomados, sus bigotes republicanos, sus papadas populares, su halitosis constitucional! ¡Y 21 millones de spots en los que las autoridades electorales convencen a la población de pagar por todo eso y encima sentirse orgullosa!
La industria de la política, en definitiva, debería ser motor del desarrollo y eje rector de la economía. ¿Qué cantidad de empleos directos e indirectos genera esa noble industria contaminada, pero no contaminante? Sería interesante saber cuánto impulsa a la economía popular la elección de cada legislador, presidente, juez, tribuno, autoridad electoral… Cuánto beneficia a la economía del pueblo las ganas que tiene cada político de salvar al pueblo.
¡Quiero ser tu voz!
Cuando despertamos, la campaña electoral estaba ahí. El primer alarido lo soltó la esposa. Sobresaltado, me erguí con los puños listos para combatir a la amenaza en turno. Pero no vi caco ni secuestrador en el perímetro, no percibí terremoto ni predecible araña.
Entre la taquicardia enfoqué a la esposa: miraba hacia arriba con la famosa mueca de pánico. Fue mi turno de largar el alarido: cubriendo un par de metros cuadrados en el techo estaba el candidato Armagedón Patiño mostrando su axila repugnante, auroleado por el escudo del PRD y su lema de campaña: ¡QUIERO SER TU VOZ!
El maistro del barrio llegó con aire fatigado. “Es mi tercer candidato de la mañana”, dijo sacando sus herramientas, “pero es el primero que veo en un techo”. Entre una lluvia de yeso hizo volar una a una las grapas que fijaban el plástico al tirol. “Si yo fuera usted, mandaba fumigar”, nos dijo antes de irse.
Al sentarnos a comer vimos el vaso ahí en la mesa, paradito junto al salero, apestoso a trementina. Tenía los colores de la patria, el redundante escudo del PRI y la foto de Evelia Botello diciendo ¡HAGAMOS EQUIPO! Como demostración de sinceridad mostraba un pulgar gordito. Lo echamos a la basura reciclable pero, luego de un pragmático intercambio de miradas, lo mandamos mejor a la basura definitiva.
“Se fue mi cepillo”, vino a avisarnos en la noche el hijito, cuando fue a lavarse los dientes. Era cierto: en lugar del de Hombre Araña había un cepillo azul con el escudo del PAN, el lema DENTADURA PARA TODOS impreso a lo largo y la foto de Augusto Dominó Higgins mostrando una mazorca de dientes fotoshop. El hijito anunció solemnemente que no pensaba cepillarse los dientes con la cara de un señor.
Antes de ir a la cama verificamos que las puertas y ventanas estuvieran bien cerradas y nos tomamos una pasiflora. Pasé una noche deplorable vigilando el techo y haciendo rondines entre el silencio engañoso.
Pero a la mañana siguiente Armagedón Patiño estaba de vuelta en el techo. Había subido tres kilos y nos miraba con impaciencia mal disimulada. De su axila ciudadana salían más pelos que ayer, así como un tufo de viril desodorante mezclado con cuba libre. Su lema ahora era ¡JALEMOS PAREJO!
La ansiedad se multiplicó cuando el hijito entró desperezándose al cuarto con una camiseta roja del PT, el lema ¡TODO EL PODER AL PUEBLO! y la foto de Kim Jong Solares en el pechito. Entré al baño. Sobre el inodoro, un pegote decía ¡HAGÁMOSLO AMARILLO! En la mesa de la cocina había una bolsa con un kilo de galletas de animalitos, la foto de Jezzika Yazbeth Bolaños y el lema ¡DESPIERTA CIUDADANO! En el refri, los huevos estaban pintados de turquesa y con la frase ¡A HUEVO! elocuentemente impresa. El cotidiano colibrí esmogueado llegó a su bebedero. Estaba pintado de morado y al batir las alas se animaba en ellas el lema ¡PARTICIPACIÓN ES PROSPERIDAD! Sobre el fregadero, el candidato López Obrador sonreía como un cura y decía ¡VENTE CON NOSOTROS!
Al prender la hornilla salió, junto al gas, la voz de Brandon Canseco gritando ¡SEGURIDAD Y JUSTICIA! La lavadora gritaba ¡QUE EL MOVIMIENTO NO PARE! Se encendieron la tele, el radio y las compus y aumentaban de volumen a voluntad en una batalla campal de lemas y nombres, voces imperativas, órdenes y amenazas que producían un huracán cacofónico. VOTA VOTA EDUCACIÓN DE CALIDAD VOTA SEGURIDAD PARA TODOS VOTA TINACOS Y CHILAQUILES ¿A POCO NO? VOTA VOTA SI VOTAS POR MÍ TE BECO VOTA VOTA LA IGNORANCIA ES NUESTRO PEOR ENEMIGO.
Como los controles de on/off y volumen no funcionaban, la esposa corrió al baño a buscar algodón para tapar los oídos del hijito y los suyos propios. Un nuevo alarido activó el Sismológico Nacional. Paralizada en su grito, miraba en el espejo la jeta espeluznante de Apocalipto Sanabria, cuyo reflejo cuadraba exactamente sobre la cara de ella. El lema ¡TU VOZ ES MI VOZ! salía de la trompa del candidato, con enorme vigor, una y otra vez. Logré sacar de ahí a la esposa para ponerla a salvo en el clóset, de donde saqué a empujones a la candidata Yazmín Eusebia Jiménez que se estaba robando las toallas.
Tocaron a la puerta. Unos señores del Instituto Nacional Electoral venían a insacular al hijito. La esposa salió del clóset, injertada en ménade, se les puso enfrente, tomó aliento y les gritó: “¡FELICIDAD PARA LOS NIÑOS!”. Sorprendida por su voz —una voz de mariachi que no era la suya pero salió de su boca— comenzó a empujarlos hacia la puerta. “¡Es que este ciudadano fue declarado apto por el Multisistema elector!”, decía el visitador. “¡YO QUIERO UN MÉXICO MEJOR!”, contestó la voz de Apocalipto Sanabria por boca de la esposa.
Entonces pregunté: “¿Y el hijito?”. Lo encontramos en su cuarto, feliz: los superhéroes ahora eran SuperMonreal y SheinbaumWoman que flotaban en el aire dándose de cates; los legos habían armado casillas de votación, los dinosaurios tenían escudos de partidos en los lomos y trataban de abrir la cajita fuerte. “Vámonos de aquí”, dije. “¡CLARO QUE PODEMOS!”, dijo la esposa con la voz de Apocalipto Sanabria. Sacó una maleta y se fue al cuarto. Nuevo alarido: el Niño Verde González estaba echado en la cama, encuerado como un manatí, retozando con media docena de eslovacas.
No pude más. Llegó la náusea. Con unas poderosas arcadas abdominales vacié sobre la duela un vómito quemante. Entonces el hediondo charco comenzó a burbujear hasta que esculpió la cara de René Bejarano, que me miró con su risita de alfileres y dijo lentamente “¡VIVA LA ESPERANZA!”.
Licencia para insultar
La magnitud de la crisis de México es tal que hasta el arte de insultar se halla en decadencia. Uno de los recursos más ricos de la imaginación, y uno de los usos más creativos del lenguaje, subordina su poderío a las cinco notas de la monótona mentada de madre, ese coro multitudinario de claxons con que los mexicanos se dan los buenos días.
Respeto en conciencia el recurso del insulto, aunque deploro el triste empleo que se le da en estos tiempos. Insultar ha dejado de ser una excepcionalidad del temperamento y se ha convertido en un hábito vacío de sentido, ruidos huraños, hediondos de bilis, sin chiste y sin ingenio.
La conmovedora escena de las “Ladies de Polanco”, que divulgaron las redes1 —grabado por un espectador que representaba a la atónita patria—, al mostrar a dos selectas damas escrupulosamente dedicadas a insultar a un petrificado policía, mostró no sólo el peculiar comercio entre el pueblo y las autoridades, sino también la triste cacofonía en que ha terminado la expresión verbal de la iracundia. Una retahíla de mentadas proferidas —hay que reconocerlo— con músculo bastante.
El insulto que conmovió a México, sin embargo, no fue el predecible, percutiente imperativo que ordena a la víctima cometer incesto con su genitora, ni que tal mandato viniese de una dama que se mostró, así, escasamente solidaria con otra de su género (o sea la progenitora del policía), sino una ofensa que tiene muy distinto carácter: “asalariado de mierda”.
¡Qué curioso insulto! Es el típico insulto hara-kiri, autoincriminatorio, que logró convertirse en un exacto autorretrato de la profiriente: una selecta dama a tal grado pagada de sí que presume de no recibir paga alguna: la reina de un país que sólo existe en su vociferante hocico, un país de caninos, esputo, lengua y baba. Y, sobre todo, es un insulto con una notoria carga de clasismo, un clasismo expectorado con la vulgaridad de una dama que —seguramente sin percatarse— ponía en evidencia sus íntimas sospechas sobre su propia licitud social. Un insulto, pues, muy mexicano.
Algo especialmente curioso es que haya ideólogos de la tolerantemente llamada “izquierda”, cuya conducta a la hora de insultar comparte material con esas ladies de Polanco. No son pocos los ideólogos de la igualdad social que recurren a los vituperios clasistas. Uno de los insultos preferidos del Lic. Andrés Manuel López Obrador es achichincle, voz a la que recurren también con frecuencia sus asesores y sus ideólogos.
Es una paradoja significativa: mientras más decididos se hallan a salvar al pobre, más rápido convierten los oficios de pobre en insulto de burgueses: lacayo, siervo, palafrenero, caballerango, criado, sirviente, chaflán. Un clasismo instantáneo (por innato) que convierte al justiciero en una lady pomadosa que regaña a la servidumbre de su casa de Tepoztlán.
Achichincle nombra a los indígenas nahuas que ayudaban a sacar agua de las minas, faena de casi esclavitud. Se dirá que en México se emplea como sinónimo de ayudante o subordinado. Bueno, sí, pero al preferir achichincle sobre ayudante para insultar, al obvio desdén de clase se agrega un ingrediente racial derogatorio. Así pues, la idea del insulto que tienen los adalides de la lucha en favor de “los más pequeños” —como encomia la escritora Poniatowska al doctor doctor— consiste en empequeñecer al otro a pobre, obrero, ayudante, indio, es decir, a la calidad de quienes dice defender.
Al igualitario adverso a las jerarquías y a la desigualdad se le sale lo aristócrata por las costuras psicolingüísticas: trata sólo con los que considera sus iguales, la gente “de primera”, nunca con los “de segunda” y menos aún los “de quinta”: un intocable que también es innombrable, alguien sin persona ni albedrío.
Me parece un deber impostergable, en estos días en que insultar es la norma, reivindicar al insulto como un arte y restituirle dignidad. Habría que hacer obligatoria la lectura del monólogo sobre el arte de insultar que profiere Cyrano de Bergerac, el personaje de Rostand, cuando algún tonto lo trata de “narizón”. Los niñitos de México, los conductores, los replicantes de blogs y periódicos renovarían sus arsenales y le restituirían al ingenio la capacidad de zaherir con eficacia.
Y felizmente aún a los políticos, pues nuestros diputados optaron por no dar trámite a una iniciativa de una ley que castigaría con hasta doscientos salarios mínimos y hasta seis años de cárcel a quien injuriase candidatos, partidos y políticos en general. Aliviado de que ese proyecto de ley no consiguió averiar mi libertad de decir y escribir lo que me venga en gana (que, ingenuo de mí, pensé garantizado por la constitución), celebraré asestándole a esos diputados algunos insultos “a su buena fama”. Son insultos merecidos, a fe mía, por su probada ineptitud, su lamentable boato, su impericia general, su vocación dispendiosa, su vanidad patética, su voracidad insaciable y lo que se vaya sumando. Aquí van. Señores legisladores y señores partidos políticos y señores políticos en general, creo que en la enorme mayoría de los casos son ustedes monstruos de naturaleza, depositarios de mentiras, almarios de embustes, silos de bellaquería, enemigos del decoro, hartos de ajos, echacuervos y corazones de mantequilla.
Sí, son algunos de los insultos que don Quijote asesta al pobre Sancho.
La diferencia, desde luego, es que el Caballero de la Triste Figura nunca fue una “lady de Polanco” ni nunca, el buen escudero, “asalariado de mierda” ni “achichincle”…
Don Importante se mueve
A lo primero que aspira Don Importante es a poner toda la distancia posible entre él y los demás de la especie. El alejamiento constata su importancia, lo distingue de los otros, los aparta sumariamente de su asumida importancia: los otros sólo sirven como testigos de su importancia.
Don Importante cultiva su separación de los otros y la rodea con diversas formas de intimidación. Y si debe ingresar a lugares colectivos, se esmera en crear réplicas de la importancia de que se reviste. Vivir en la exclusividad supone excluirse todo lo posible de los semejantes, blasonar que ser Don Importante es lo más opuesto a ser sólo un Don Semejante.
Ese apetito propicia la industria de la importancia, fructífera en la medida en que la mexicana es una cultura endeble e insegura. Antes, además de la velocidad, viajar en avión tenía el valor agregado de no viajar en tren o autobús, demasiado terrenales y colectivos. Luego se inventaron las “clases” que emulan a cuarenta mil pies de altura las fantasías de una circunstancial realeza que practica legalmente su desdén a la igualdad. Como la pantomima es contagiosa, las líneas de autobuses la copiaron y crearon camiones con “clases” y agotaron la semántica de la importancia. Antes era un pinche camión; luego fue autobús ejecutivo, autobús plus y autobús ultra; y luego fue el servicio plateado y el dorado, y luego el servicio platino y el diamante, etcétera: la tabla de los elementos a cien por hora.
Cada pequeña muesca en ese ascenso mineral estimula la urgencia de importancia, propia del humano acomplejado. El día que salta del autobús clase uranio a la clase turista del avión es un pequeño paso para la humanidad, pero uno enorme para el candidato a Don Importante. Ahí comenzará su carrera hacia la clase business, y de ahí a primera, a premium, a súper y a ultra y a híper y a maharaja, etcétera. La cosa es trasladarse del punto A al punto B sin compartir el espacio con el resto del alfabeto majadero.
El sueño final de Don Importante es viajar en una aeronave privada. ¿Por qué será que eso atrae tanto al prepotente mexicano promedio? Apenas se hace de algún poder, Don Importante dispone que sus traslados estén a la altura de su ego: el carrote blindado y la comitiva en tierra. Y por aire es peor: viajar en la exclusividad del avioncito o el helicóptero le refleja, como nada en el mundo, su conseguida importancia. Y si ya es patético ufanarse de viajar apartado de los otros, más lo es hacerlo a sabiendas de que son los otros quienes financian esa ufanía.
Es un afán de grandeza pueril, propio de mentalidades tembleques. ¿Qué clase de gozo le producirá al secretario de estado o al líder sindical ordenar “que me manden el helicóptero”? ¿Qué deleite deriva de apantallar a los vecinos con tal despliegue de ferretería? ¿“Mírenme: soy VIP”? ¿Eyacularán los Don Importantes cuando cruzan el empíreo, rodeados de su familia y sus perritos, mirando a los otros allá abajo, embotellados?
Esa misma emoción aguada mueve proporcionalmente a los activistas que expropian autobuses para su uso privado. Si una persona cualquiera necesita ir de A a B acude a la terminal, compra su boleto, se sube al camión y hace su viaje. No así los activistas. Ellos prefieren detener al camión, ordenan bajar a los otros, los dejan a la buena de Dios y esclavizan al chofer. “Compañeros ciudadanos, favor de desalojar esta unidad que ha sido requisicionada para trasladar a quienes habrán de liberarlos de la injusticia”. Los pasajeros se bajan, sacan sus chivas y se quedan callados y humillados a la vera del camino.
¿Hay diferencia entre los camaradas dueños de las escuelas normales rurales y los Importantes que aparecen en la prensa trepándose a helicópteros del Estado que pagamos los causantes?
Qué rara esa mexicana, instintiva aversión a ser un ciudadano común.
El político altanero, el obispo magnífico, el líder sindical, el ricachón forrado, el compañero popular en rebeldía no viajan junto a cualquiera. No. Hacerlo ofendería el empeño con que trabajan en favor de la igualdad.
Gastos extraordinarios (ahorros ordinarios)
La última vez que hice las cuentas de lo que le cuesta a la patria impecable financiar sus actividades legislativas fue en el año 2011. Si en ese año se dividía el presupuesto anual de la Cámara de Diputados entre la cantidad de legisladores, resultaba que cada diputado le andaba saliendo a la patria en unos 10 millones y medio de pesos. Gracias.
Eso cuando el presupuesto de la Cámara ascendía a 5 mil 293 millones. Porque en 2015 ya fue de 7 mil millones 559 pesos, es decir, 2 mil millones más que en 2011: 14 millones 670 mil por diputado. Muchas gracias.
Por cierto, la tal 62 legislatura (que ya fue con sus lonjas a las nutridas bodegas del olvido) fue la que el año pasado se aumentó 8% el presupuesto y así gastarse no los 6 mil 795 millones de 2014, sino los ya referidos 7 mil 559 millones de 2015. Hubo pues, entre un año y el siguiente, 545 millones de pesos de diferencia. ¿Para qué? Bueno, pues para pagar el “bono para trabajadores sindicalizados” y para “gastos administrativos” que la adiposa 62 no se molestó en detallar pero que habrá que suponer fueron a dar al clip, a la fotocopia o la silla giratoria capaz de hospedar el no menos giratorio tafanario de la administrativa eventual definitiva perenne por contrato Yesenia Ovidia Canseco. Muchas gracias por su atención, estimado.
Esa legislatura 62 se autoasignó también durante 2015 una partida de “gastos extraordinarios”. Tales gastos incluyeron unas “bolsas de uso discrecional” por mil 800 millones de pesos. (“Discrecional”, si se me permite, según el diccionario, en el sentido de “al antojo o voluntad de alguien, sin tasa ni limitación”.) ¿En qué los emplearon? Bueno, en “Asignaciones para el cumplimiento de la función legislativa”, en “gastos de asistencia legislativa y atención ciudadana”, en su “fondo de retiro”, en “informes de actividades legislativas” y en “apoyo de personal de gestión”. Gracias, estimado contribuyente.
En otra de sus partidas de “gastos extraordinarios”, la que recibe el cariñoso mote de “Otros subsidios”, se asignaron mil millones de pesos para financiar la “subvención ordinaria variable”, la “subvención fija” y la “subvención extraordinaria”, que no se sabe si sea fija, variable, inmóvil o elástica, ordinaria extraordinaria o extraordinaria ordinaria, pero sí que es subvención. Muchas gracias, estimado contribuyente cautivo.
Por cierto que esos “gastos extraordinarios” que se autoasignó la Cámara de Diputados en 2015 pasarán íntegros al presupuesto de 2016 para que la legislatura 63 se los gaste en labores legislativas de última generación y tecnología de punta. Porque la visión de Estado de la 62 determinó que su heredera 63 habrá también menester de “gastos extraordinarios”, sin menoscabo de que por ser tan nueva aún ignore si sucederá algo tan extraordinario que justifique su extraordinariez. Ya la realidad, esa retobona, se encargará de abrir la puerta a lo extraordinario que pueda irse ofreciendo. Muchas gracias, contribuyente cautivo ordinario.
La “propuesta de presupuesto” para 2016 no sólo no recorta, sino que aumenta 3% al de 2015. Esta propuesta fue enviada en tiempo y forma a la Secretaría de Hacienda (SHCP) para que lo incluya en el Presupuesto de Egresos de 2016. Como este será un presupuesto austero, la SHCP ya calculó recortarle un porcentaje a algunas instituciones improductivas. Al CINVESTAV le bajarán 168 millones, a la UNAM 350, al Instituto Politécnico Nacional 395 y a El Colegio de México 74.
Y pues sí: de algún lado tienen que salir los gastos ordinarios de los legisladores extraordinarios. Apuesto que más temprano que tarde la 63 legislará que nada hay más importante que la educación. Gracias.
Hacia un senado sin rozaduras
¿Qué ofende más, el dispendio o la imbecilidad? Cuando la patria se metamorfosea dolorosamente en un prolijo puré de crisis morales, económicas y sociales, el Senado de la República gasta 70 millones de pesos en mobiliario de lujo. Es como si a un pasajero del Titanic le diera, en medio del naufragio, por ir a comprar mancuernas.
La cabeza mexicana, como su nombre lo indica, es particularmente rara. Una rareza que consiste no sólo en la volubilidad de los caprichos y la absoluta insensibilidad ante las circunstancias, sino también en una suerte de refocilamiento en el sinsentido. “¡Compañeros! ¡Moción de orden! ¡La patria se nos desbarata entre las manos! ¡Ha llegado el momento de actuar! ¿Qué procede?”
Pues procede adquirir mobiliario.
De acuerdo con los periódicos, además de seguir gastando cientos de millones de pesos en su “edificio inteligente” —ese monumento a la malhechura calculada que demuestra que en nuestro país nada hay más redituable que cometer “errores”—, los senadores en su superior sabiduría republicana quieren estar cómodamente sentados.
Por medio de un tal “Fideicomiso 1705” creado por el senado y que administra el tal Banobras, los senadores mandaron comprar ciento sesenta y cinco sillas diseñadas por el tal italiano Mario Bellini, y treinta y siete sillas para el salón de la tal “Comisión Permanente”. Al parecer tiene relieve que las sillas tengan grabado el escudo del senado mexicano, supongo que para recordarles a los senadores que están en México y no en otra parte de las muchas que hay.
La sillería costó 70 millones de pesos, porque está científicamente calculada para acoger los republicanos nalgatorios de los senadores que, como es público y notorio, por no tener cola que les pisen, son asaz delicados.
Cada silla presenta “soporte en acero tubular”, cosa simbólica, pues refleja cómo, al depositar los senadores sus nalgas laboriosas en un “soporte de acero”, gracias a una notoria analogía, sus voluntades políticas algo adquieren de la determinación de ese metal muy seguro de sí mismo, como lo demostró Stalin.
Una vez ensamblado el acero “tubular” (porque el romboide no va mucho con lo legislativo, aunque sea más verista), la manufactura de la silla senatorial procede a ser cubierta “con paneles ligeramente acolchonados y tapizados en piel Pelle Frau”.
Eso es sensato, pues hay consenso en el sentido de que culiatornillar en superficie dura (incluso si, como el senador promedio, por cosa de práctica, se es ya propietario o ya suplente de una mole glútea de grandes proporciones) no es tan agradable como hacerlo en una acolchonadita. El ingenio legislativo, además, ha recapacitado en que ese susodicho acolchonamiento mejora si está forrado con piel de animales propicios, bovinos de preferencia, o en su defecto avestruces, con objeto de continuar la analogía y que los senatoriales culos se contagien con el buen karma de esos animales democráticos.
Ahora conviene saber qué es eso de la Pelle Frau. La Pelle Frau, para decirlo de manera sucinta, es un tipo de piel adecuado para las labores legislativas de alto octanaje dado que, como apunta su fabricante, “garantiza propiedades de impermeabilidad, transpiración y resistencia contra rozaduras y manchas”. (Todo esto es cierto y se puede ver en línea).
Digamos que, si en medio del álgido debate, el senador Jonathan Menchaca llegase a sufrir una cualquiera humidificación en sus nalgas de él, la piel de su silla tomará la palabra y lo preservará debidamente seco. Si a la senadora Lizbeth Canseco le transpirase el monograma, la silla hará una moción de orden y la secará en automático. Y si a toda la bancada del Partido Verde se le escoriase el remolino por equis o zeta discusión nacional, sabrá a ciencia cierta que su silla habrá de mostrarse solidaria con su posadera verde.
No puedo sino pensar en el milímetro cuadrado de Pelle Frau que pagué con mis impuestos. Servirá para que las honorables nalgas del senador Belmondo Aguado —por decir algo— se preserven frescas, secas y sin rozaduras, como las de un bebito, para fortaleza de la patria y para el mejor cumplimiento de su misión, sobre todo cuando llegue la hora del gran debate: el que discutirá el presupuesto que se asignarán los senadores el año siguiente.
¿Es un ilícito pagar impuestos?
Tengo un problema de conciencia. Como es del conocimiento público, la Auditoría Superior de la Federación (ASF) entregó la semana pasada su Informe de la Cuenta Pública 2013 en la que señala “inconsistencias o posibles irregularidades” por más de 55 mil millones de pesos.
Junto a eso, como lo documentan los medios de comunicación cotidianamente, hay montonales de dinero extraviado, perdido, pignorado, substraído, evacuado, desvanecido, invisibilizado o francamente saqueado por presidentes, secretarios, subsecretarios, legisladores, jueces, policías, munícipes, cabildos, asambleas, partidos políticos, candidatos, líderes sindicales, empresarios, prestadores de servicios, contratistas, oficiales mayores y menores y medianos, así como todos los subordinados, amigos, parientes, compadres, amantes, suegras, cuates, conocidos y chalanes de los arriba mencionados.
Son decenas de miles de compatriotas que, en un momento o en otro, se meten a la bolsa dinero público en cantidades que pueden ir de poquito a alguito, aunque más bien suele ser bastante, y a veces un friego, y en otras un titipuchal aunque la tendencia general es hacia lo que los doctores en economía denominan “un chingo”.
Bueno, pues mi problema de conciencia surge de preguntarme si por pagar impuestos no tengo parte de responsabilidad en esos crímenes.
Pagar mis impuestos a sabiendas de que un porcentaje importante de cada peso va a ir a dar al bolsillo de un corrupto, ¿no me convierte en cómplice de ese corrupto? ¿No hace de mí el cerebro financiero que aportó los fondos para la comisión de un ilícito, o algo?
Mi visita al sudoroso Código Penal en vigor, lejos de aliviarme, aumenta mi ansiedad. Un artículo explica que “Delito es el acto u omisión que sancionan las leyes penales”. Hasta ahí todo está claro (aunque eso de que “sancionan” no deja de ser chistoso). Pero luego explica que el delito “también será atribuible al que omita impedirlo”, y ahí es donde me siento aludido. Si ya sé que por pagar impuestos estoy engordando el botín que va a incitar al crimen al corrupto, abstenerme de pagar impuestos, ¿no es la mejor manera de impedir el crimen? ¡Nadie podría decirme que si ya sabía que el corrupto iba a robarse el dinero “omití impedirlo”!
Entonces, si alguna autoridad me dijese: “Está usted bajo arresto porque ya sabía que los corruptos iban a robarse su dinero y eso no le impidió a usted darles su dinero para que se lo robaran”, yo podría responder con la conciencia tranquila que no, que precisamente para que no se me acusase de “omitir impedirlo”… ¡no pagué impuestos!
Lo que me incomoda es que, como el mismo Código Penal señala que un delito puede ser “instantáneo” (por ejemplo: el corrupto se roba la lana un día), pero también “permanente o continuo cuando la consumación se prolonga en el tiempo” (por ejemplo: el corrupto se roba la lana todos los días durante tres sexenios), me podrían acusar de que, por haber pagado mis impuestos siempre, soy corresponsable de las corrupciones previas…
Y como el Código considera autores o partícipes del delito a “los que dolosamente presten ayuda o auxilien a otro para su comisión”, y dice que tan criminal es quien se roba la lana como “los que auxilien al delincuente”, pues ya no hay nada que hacer: estoy —como se dice— inodado.
Y además me podrían decir que no pagar impuestos también es un delito y otra forma de corrupción. Y sería cierto. Así que el dilema es corromperme yo o seguir financiando la corrupción de otros. Lo malo es que si no pago mis impuestos tengo muchas más posibilidades de ser llevado ante la justicia que el político corrupto que se roba los impuestos.
Así pues, puedo ser llevado ante la autoridad por a) haber auxiliado a un delincuente por el hecho de pagar mis impuestos, o b) por convertirme en delincuente al no pagar mis impuestos.
Y ahí es donde ocurre lo que más me enfada: en ambos casos se me impondría una “sanción pecuniaria”. Y… ¿a dónde iría a dar el pecunio de esa sanción? Porque si alguien se roba esa lana (que es lo más probable) deberé preguntarme de nuevo: ¿seré su cómplice?, etcétera.
Confesiones de un causante cautivo
Acabo de pagar mis impuestos anuales. Mi patrona, que es la UNAM, me retiene 28% de lo que me paga por nómina. Como además expido recibos profesionales, debo presentar una declaración anual en la que, luego de sumas y restas, ingresos y retenciones, porcentajes y encajes, deducciones y refacciones, sale otra cantidad que es también remitida, con toda diligencia, al Sistema de Administración Tributaria (SAT).
En lo que atañe a los ingresos por los que doy recibo pago a regañadientes, pero pago, porque considero, primero, que es mi deber y, segundo, porque la idea de acabar en la cárcel comiendo ensalada de col me da mucho asco.
En el caso de la UNAM pago además porque soy lo que se llama “un causante cautivo”. En México, esto significa pertenecer a una categoría ambigua desde el punto de vista ético. Los causantes cautivos tenemos el mérito de ser los únicos mexicanos que no podemos agarrar el dinero y echarnos a correr y ver si hay un guapo que nos dé alcance. Desde cierto punto de vista (el del Estado), lo anterior es un mérito; desde otro (el de la media social mexicana) equivale a ser un tonto con escrúpulos y sin imaginación.
Los causantes cautivos no podemos esquivar de ninguna manera las retenciones. No hay nada que hacer: los impuestos han sido retenidos previamente. Veintiocho de cada cien pesos que gana usted son suyos, pero en realidad no son suyos, ni siquiera un ratito, ni el suficiente para verle la cara a Benito Juárez y decirle hasta la vista, baby. No podemos jinetearlos, ni disimularlos, ni preguntarle al patrón si va a querer factura, ni llamar a mi fiscalista de confianza ni nada. Ni siquiera los paga usted: es usted al que no se le paga.
El resto de la gente, en cambio, puede elegir no ser causante ni, por lo tanto, cautiva. Pueden hacer trampa de mil y un maneras. Y como en México toda ley nace con anexos no escritos, pero sí sobreentendidos, el sistema incluye un universo paralelo lleno de vericuetos, artimañas y truculencias calculado para esquivar la ley que sea. Y si en el peor de los escenarios los tramposos llegasen a ser atrapados, siempre habrá amnistías, fuero, perdones, descuentos, promesas y mil maneras de no quedar cautivos de nadie (conciencia incluida) y causantes sólo de su orgullo.
No así nosotros. Los cautivos venimos decorados de fábrica con un grillete encadenado a una bola de fierro para que no podamos darnos a la fuga (o al menos no muy rápido). Bien mirado, esto supone una extraña forma de discriminación social: somos el único grupo social en México al que se le niega la libertad de comportarse de manera ilegal si se le pega la gana hacerlo. Vamos, si la ley es para todos, poder romperla también debería ser una opción para todos. Esto me parece muy injusto. Causantes cautivos de México, uníos. El causante cautivo unido, jamás sería vencido (si logra no ser causante cautivo). Se ve, se siente, el tonto causante cautivo está presente, etcétera.
¿No debería intervenir en esto el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred)? Junto a la lucha contra el racismo, la homofobia, la lesbofobia y la transfobia, ¿no debería figurar la lucha contra la causantecautivofobia? Aunque en realidad no, por dos razones. Primera: el Conapred no puede “prevenir” algo que no sólo ya sucedió, sino fue legalizado hace mucho, a saber, que los causantes cautivos seamos ciudadanos de tercera sin derecho humano de engañar al fisco. Y segunda, no somos víctimas de una fobia, sino de una filia: el SAT nos ama, nos mima y nos desea hasta la obsesión.
Me choca que el asunto no sea parejo. Ya desde La república Platón advirtió que “el justo pagará más y el injusto menos sobre el mismo ingreso”. Pero quienes nos quejamos de que algo no es parejo solemos estar en el lado en el que no podemos hacer nada para que algo sea parejo. Me parece injusto que se le condonen deudas fiscales a las grandes empresas. Me enerva que los “comerciantes informales” no paguen un centavo (legal). Me choca que a los que atrapan por hacer trampa les otorguen facilidades para pagar (es decir, para hacer trampa de nuevo). Me enferma que cada cinco años salga una imbécil amnistía que perdona a los que ya defraudaron cinco años. ¿No debería yo, con ese ejemplo, pasarme al lado oscuro de la fuerza y ver si logro engañar al SAT cinco años?
Y, claro, me subleva que parte de mis impuestos sirva para darle de tragar a los perros de Su Alteza Real Príncipe de Romero-Deschamps, o a financiar los estudios superiores de Su Alteza el Marqués de Moreira y Coahuila, o a bolear los mil zapatitos del César Duarte y las trapacerías de la amplia caterva de los pillos que saquean recursos públicos, desde los políticos hasta los “académicos” en las universidades… En suma, me da impuestofobia.
¿Producto individual bruto? Así se llama, sí. Y entiendo muy bien por qué.
Partidos políticos: toreros, torerazos
En 2013, medio centenar de organizaciones políticas con ansias de novillero aspiraron a la plaza grande de los partidos políticos. Sólo tres de ellas lograron palomear la lista de requisitos previos: el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), el Partido Encuentro Social (PES) y el —es en serio— Partido Humanista (PH). Una vez cubiertos los trámites finales, se calcula que para el mes de abril comiencen a recibir dinero público para retacarse en sus trajes de luces y puedan adquirir banderillas, caballos, botas de vino, habanos, curitas y todo lo necesario para partir plaza y tomar la alternativa batiéndose a muerte con el horroroso minotauro nacional.
No es poco el dinero en juego. Según el Centro de Documentación y Análisis (CEDIA) de la Cámara de Diputados, sólo entre 2000 y 2011 las cuadrillas políticas nacionales recibieron unos 37 mil millones de pesos del erario, lo que hace de la patria la ganadora del concurso de costos electorales de los 36 países que evaluó la ONU. Ese CEDIA dice que sólo en esos años el PRI recibió 9 mil 900 millones, el PAN 9 mil 675, el PRD 5 mil 500, el Verde Ecologista 3 mil 70, el PT, 2 mil 525, Convergencia 2 mil 187 y Nueva Alianza mil 173.
Al parecer tampoco hay motivo de escándalo en el hecho de que, por los mismos años, otros nueve partidos políticos recibieran mil 900 millones que invirtieron en la encomiable tarea de desaparecer, cosa que lograron con éxito fulgurante, a diferencia de los otros partidos que continúan cobrando. ¿Cuánto costó que el Partido Fuerza Ciudadana viviera once meses, lograra el 0.46% de la votación y demostrase que careció completamente de fuerza ciudadana? Costó por lo menos 200 millones de pesos.
Otro, el Partido Alternativa Socialdemócrata y Campesina (sic) vivió de 2005 a 2009 dedicado, únicamente, a disminuir el tamaño de su nombre, cosa que logró pasando primero a Partido Alternativa Socialdemócrata y después a Partido Socialdemócrata. Dos años más y se habría convertido en el Partido Social y, por último, en el Partido A Secas. También logró disminuir sus votos al 1.03% y también logró perder su registro, a cambio, también, de unos 200 millones de pesos.
Bueno, la cosa es que pasamos de siete partidos a diez. La idea de que haya diez maneras mexicanas de enfrentar la realidad ya es de suyo aterradora. No lo es menos que los mexicanos deberemos ahora sopesar diez principios, programas y proyectos —con sus respectivos prohombres— antes de pedir orejas y rabo para uno y bueyes mansos para otros.
Lamento no poder comentar mayor cosa sobre los nuevos alternantes. De Morena ya se sabe lo importante: es un partido que cree en el poder del amor y la familia. Sobre los otros dos hay sombras nada más: que si el líder de PES, un señor Hugo Éric, es pastor evangélico y que si tiene en su palmarés haber sido inhabilitado para cargos públicos. Y del “Partido Humanista México” se sabe menos aún: si pone usted su nombre en el buscador aparece una pantalla que dice “el propietario de este dominio lo ha puesto a la venta”.
¿Qué habría aportado el nonato partido “Plan de Concertación Mexicana”, tan predicador con el ejemplo que unía en su dirigencia a un expanista ultraderechoso y a unos exguerrilleros comunistas? ¿Qué habría hecho el proyecto “Oportunidad Congruencia para Todos”? ¿Y qué el “Comité Nacional Evangélico de Defensa” que soñó al “Partido Revolucionario Mexicano”? ¿Y el “Partido Republicano Colosista” que, supongo, es medio zombie? ¿Más zombie que el nunca suficientemente resucitado “Partido Auténtico de la Revolución Mexicana” (PARM) en el que alguna vez militaron los nunca suficientemente toreados Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo?
Qué raro se llaman los partidos políticos. En México (y supongo que en muchas otras partes) esos nombres son las formas más abreviadas de la ficción, una especie de hai-kú de la fantasía voluntarista: ¿qué demonios quiere decir que un partido se llame “México Posible”? ¿Quién es el imbécil que eligió esa sinopsis del sinsentido? Alguien que cobró 200 millones.
¿Qué quiere decir “Acción Nacional”? Que no es chino y está contra la inacción (que es la cordura). El PRI demuestra una morbosa lealtad a la paradoja: ¿cómo se puede ser a la vez “revolucionario” e “institucional”? (a partir del 2012 ya podría cambiar su nombre a Partido Evolucionario Definitivo). ¿Por qué “de la Revolución Democrática” y no de la “Democracia Revolucionaria”?
Ahora les ha dado por cambiar de nombre. Los partidos de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) se unieron en uno solo que ahora se llama Movimiento para la Regeneración Nacional, Morena para los amigos, acrónimo que se disfraza de raza de bronce y convierte en promotora del voto a la Virgencita de Guadalupe, encargada de orillar al votante ígnaro a elegir entre los colores de la bandera y un milagro.
El que se llamaba Convergencia Democrática (sic) ha mutado a Movimiento Ciudadano. Su programa es sucinto: acabar con los monopolios e impedir la privatización de Pemex. Que se enuncie un “movimiento ciudadano” insinúa que los movimientos posteriores y postreros eran esencialmente peristálticos. ¿Y acaso no es un exceso apropiarse del sustantivo “ciudadano”, tan colectivo y, por definición, tan sin dueño? Su lema es genial: “Soluciones Ciudadanas Para Ti”. No sé quién es Ti, pero supongo que Ti son ellos mismos y que los ciudadanos somos su solución: 2 mil millones para Ti, gracias, síganse moviendo... Todo esto lo anunciaron, dijo la prensa, durante un banquete en el que votaban con el tenedor: sopa de espárragos, filete y macedonia de frutas. Todo pagado por el erario.
La pérdida mayor, para mi gusto, es quedarse en toriles sin saber cómo habría empleado el capote Raúl Mastache Gómez. Este “médico, inventor y taxista” (es en serio) que trató dos veces de ser nominado por el PRI a la presidencia, confeccionó un nombre magnífico para sus ilusiones: “Partido Unificador de Estados Democráticos Evolucionarios y Nacionalistas” (Pueden). Me simpatiza el oximoron entre “evolucionario” y “nacionalista”, pero sobre todo me halaga recordar que en una novela olvidada, El dedo de oro, el olvidado autor ya había imaginado un Partido Evolucionario Definitivo…
Qué fastidio votar por estos próceres onerosos decididos a salvarme con mis propios impuestos. Si alguno se cambiara el nombre a Partido Francamente Queremos Lana (Fraquela) le entregaría mi voto sin pensarlo dos veces, sólo en agradecimiento a su sinceridad.
¿Escuchar la voz de la ciudadanía? Juega: la mía dice así: hagan la acción de agarrar su partido y trasladarlo ciudadanamente hacia su convergencia revolucionaria.
Suerte, mataores.
Multas
El Partido Igualitario Imperativo (PII) fue multado con 786 mil pesos por el Instituto Federal Electoral (IFE) por haber “denigrado” al Partido Reaccionario Similar (PRS) con un spot que muestra a su líder en un jacuzzi con “dos gordas”. “Es una multa infame”, declaró el líder Harrison Anahuacalli Verdolaga ante 35 mil personas que lo acompañaron a amenazar al IFE ante el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TRIFE).
El TRIFE dio entrada a la amenaza, aunque explicó que deberá esperar la resolución del Código Federal de Instituciones y Procesos Electorales (COFIPE) sobre la definición de “degradar”, que solicitó el Partido Tenazmente Revolucionario (PTR) al Instituto Federal de Terminología Electoral (IFTE), definición que fue cuestionada por el Partido Abecedario Patriótico (PAP) que la tachó de “degradante” ante el Tribunal Especializado en Terminología Electoral de la Procuraduría General de la República (TETE) que lo multó con 374 mil pesos por degradarlo.
El COFIPE perdonó la multa al PII, lo que provocó la indignación del PAP, que acudió al TRIFE con 12 mil miembros y acusó al COFIPE de “tendencioso” ante el IFE que, en su opinión, le tolera al COFIPE un “uso discrecional” de las multas y amenazó con llevar su queja a la Fiscalía Especializada Para la Atención de Delitos Electorales (FEPADE). “Son multas que agravian al pueblo, de cuyos impuestos salen las multas”, manifestó el vocero del PAP. Luego de que el COFIPE perdonó la multa al PII, el PII se inconformó, porque desea que se la perdone el TRIFE, no el COFIPE ni la FEPADE. “Traeremos espontáneamente a 23 mil compañeros a presentar la queja”, amenazó el PII. Esto molestó al líder del Partido Balneario Popular (PBP), que acudió a acusar al TRIFE ante la FEPADE que a su vez envió el problema a la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) que se declaró incompetente y amenazó con multar a la Secretaría de Gobernación por seis votos contra cinco.
La Secretaría de Gobernación se deslindó de esas acusaciones, a las que calificó de “acusaciones”, y dijo que es muy claro que los estatutos sobre “campaña denigrante” son suficientemente ambiguos, siempre y cuando el IFTE del IFE no prolongue el plazo concedido por el COFIPE, o disminuya el de la FEPADE, lo que depende de la resolución que dicte el TRIFE, una vez que la SCJN diga si sí o si no, decisión que será absolutamente inapelable hasta que la FEPADE diga lo contrario.
Si bien el IFTE y el TEPEF, que dependen del TRIFE, no descartan que la presidencia del COFIPE se haya “inmiscuido” en las multas a los partidos, el TRIFE contempla en sus estatutos que, desde algún punto de vista legal, la Comisión de Multas del TRIFE rebasó sus funciones y debe ser multada, como lo exigen el PTR, el PRS, el PAP, el PII y el PBP.
A lo anterior se suma la denuncia penal que, representado por 122 mil militantes, presentó el PII ante la Secretaría de Salubridad contra “quien resulte responsable” de la negativa a refundar el Estado mexicano, y advirtió que el presidente de la república ha dado una “señal clara” de impericia que va a causar un disturbio social que nadie desea, por lo pronto.
Luego de que se condonaron todas las multas, el Congreso se llamó a sí mismo a la cordura y mandó a comisiones una iniciativa para crear el Federal Instituto Político Electoral Supervisor del IFE, el TRIFE, la FEPADE y el COFIPE (FIPESIFETRIFEFEPADECOFIPE) que estará constituido por ciudadanos, siempre y cuando la definición de “ciudadano/a” se ajuste a la definición de ciudadano/a que deberá publicar a la brevedad el IFTE y luego sancionada por el TETE.
Un infierno para los gomierdadores
Si hubiera una Divina Comedia ubicada en México la sección dedicada al Paradiso sería más bien escueta. El Purgatorio —una enorme sala con millones de quejosos, jueces, abogados y ONGs— sería posiblemente más extensa. Y el Inferno, me temo, se llevaría el resto del libro, o sea noventa y cinco por ciento.
El poema de Dante, ya sabemos, es muy complejo en lo que concierne a los motivos de la corrupción. Se ubica bajo el denominador genérico del fraude y de ahí se divide en otras clases de pecado, del soborno a la simonía, sin olvidar la venta de plazas y la evasión de impuestos. Sería ingenuo intentar siquiera un resumen de las variedades de quebranto moral, cívico y ético que lleva a los bad hombres y mujeres al Inferno. Acometamos pues, resignadamente, la apretada síntesis con que, quizás, el poeta estaría esencialmente de acuerdo para describir a la pústula de la polis: el corrupto es quien se embolsa los bienes de la comunidad.
Fantasear con que los políticos corruptos serán castigados comilfó postmortem es un consuelo compensatorio exclusivo de ingenuos. Y, claro, apostar a que el castigo sólo les está deparado en el más allá es una forma de invitarlos a redoblar el crimen aquí y ahora; una complicidad que, por si fuera poco, se sustentaría sobre el dudoso convencimiento de que efectivamente exista un más allá y que sea realmente punitivo. Lo dudo: concuerdo con Borges quien, hablando de la vida en el mundo, ya reparó en que “otro infierno no esperes, ni otra gloria”. Y como, ítem más, los gomierdadores suelen ser cristianos, y esa religión perdona todo…
Y sin embargo, vengativo, me gusta la idea del infierno. Lo imagino dividido en nacionalidades, con objeto de no atenuar el castigo con la curiosidad de lo inesperado. ¿Es usted un corrupto mexicano? Parte de su castigo será una eternidad poblada de desagradables compatriotas. Ironía ácida contra los gomierdadores que lo primero que hacen con lo robado es exportar patria al extranjero.
El Inferno sección México requeriría de una importante inversión en infraestructura, pues deberá tener capacidad para albergar muchas y proliferantes multitudes. Hordas de políticos y funcionarios, ristras de prestanombres y amasias anexos y anexas, mayordomos jueces venales, empresarios y proveedores untamanos, notarios de vista gorda y nalgas ídem, sagaces banqueros comprensivos.
Un infierno de tamaño natural, pues. Millones de hectáreas llenas de pasadizos lamosos y laberintos pútridos, bastantes ollas del tamaño del estadio Azteca para hervir cabrones, balnearios llenos de cal viva, fundidoras de fierro, fábricas de látigos y procesadoras de gargajos, laboratorios capaces de producir cien mil hectolitros diarios de peste bubónica, millones de bocinas para agregarle a la tortura las canciones de moda. Y bodegas, y aeropuerto, y periféricos elevados. Y obviamente la unidad habitacional para los diablos, con su comedor y su guardería infantil y su salón para juntas sindicales.
Un gasto importante. Y aún si las autoridades competentes contasen con algún tipo de presupuesto ilimitado, producto de requisas y expropiaciones, habría necesidad de licitar la obra para que los libros estén bien balanceados, y por tanto habrá miles de contratistas que, predeciblemente, van a inflar las cotizaciones y se van a mochar con Satanás (que de inmediato va a comprar un condo en Houston) y el resultado será que la obra va a tardarse y va a salir medio chueca, y se va a colapsar a la primera y entonces las horas de gomierdadores y politicastros van a sobornar a las edecanes para que los dejen colarse al limbo, o de perdida al purgatorio.
La otra cosa divertida va a ser ver si, arrebatados por amor a sus terruños respectivos y por lealtad a las instituciones, los corruptos ya internados comienzan a dar mordida para que ese infierno como el que no hay dos se llame Veracruz, o Coahuila, o Atlacomulco o Lomas de Chapultepec.
Hay un castigo en el Inferno de Dante que me parece el más adecuado para los gomierdadores mexicanos: el que consiste en verter oro derretido por las gargantas de los ricachones sin mesura. Claro que, si saliera muy caro, hay una opción B: obligarlos a comer, eternamente, mierda humana.
Ya tienen experiencia.
Lamento del optimista
“Tenemos mucha confianza en que este año previo a las elecciones, por desgracia, será el peor de todos, y estamos dedicados en cuerpo y alma en que así sea”, declaró el líder Benito Maldonado, rodeado de su séquito, luego de un mitin a puerta cerrada. “Sabemos que va a ser difícil lograr que las cosas sigan saliendo tan mal para nuestro sufrido pueblo, pero vamos a echar el extra para lograrlo”, agregó con pesadumbre, mostrando una gran sonrisa.
Presionado por los reporteros, el líder Maldonado hizo una recapitulación a fondo sobre la buena fortuna que las crisis, los desastres y los colapsos que han azotado a la patria han significado para su causa.
“Nos ha ido muy mal, o sea muy bien, en general. Sobre todo a partir del 2006 —dijo— cuando se dieron circunstancias que ni en nuestros sueños más ambiciosos habríamos planeado”. Estas situaciones fueron de toda clase, desde la recesión mundial “que tanto nos ha estimulado”, hasta el brote de influenza que aterró a los mexicanos, “cosa que nos dio mucha pena que nos diera tanto gusto”, apuntó.
Después siguieron los otros pesares, agobios, tragedias y contratiempos de siempre que, como es costumbre, atribulan a la población. “No podríamos haber pedido más”, señaló el líder. “Hemos tenido muy buenas temporadas de sequía y muy buenas temporadas de inundaciones, en ambos casos con millones de hectáreas afectadas. Estamos muy satisfechos de los efectos negativos que esto produce en el pueblo, cosa que celebramos llenos de agobio”.
“Nuestros afanes por conseguir el fracaso en todas las áreas han sido bastante exitosos” dice con entusiasmo, no sin reconocer el apoyo que ha recibido de los ricachones, los corruptos y el clero lujoso. “Es muy triste reconocer cuánto gusto nos ha dado que todos los niveles de gobierno y sus poderes, desde el federal hasta el más insignificante municipio, no funcionen adecuadamente, sumiendo al pueblo en una zozobra que nos apena aplaudir y que nos incentiva a tratar de empeorar aún más. El desastre en la calidad educativa, algo que tanto daño le hace a México, y tanto le secuestra la esperanza, es algo que —duele decirlo— nos llena de optimismo, lo mismo que el estimulante aumento de rechazados y reprobados, que nos llena de sincera tristeza. Desde luego que el ISSSTE y el IMSS estén a punto de colapsar, llenando de desasosiego a millones —se los digo con el alma contrita—, nos llena de satisfacción. Y la promesa de lograr que toda la gasolina que venda Pemex sea importada, para que podamos denunciarlo airadamente, también nos llama a perseverar en el entusiasmo”.
“Y ¿qué decir de la inseguridad?”, continúa. “El apogeo del crimen en todas sus manifestaciones tiene a la población sumida en el terror, algo que —es muy triste reconocerlo— nos cae de perlas, pues nos duele en el alma el gusto de que apoye tan eficazmente nuestra misión final…”.
¿Que cuál es esa misión? El licenciado Maldonado hace un gesto de feliz congoja. “Coadyuvar al desastre total de la patria en todos sus aspectos, lo más rápida y más eficazmente que se pueda —se lo digo con el corazón trepidando de dolor— para poder entonces comenzar a reconstruirla poco a poco y alcanzar así un acuerdo promisorio que habrá de poner las bases de un futuro cercano en el que se irá avecinando la inminencia de la esperanza con que tendremos la posibilidad de culminar el proyecto de una patria con que nos gustará mucho soñar y que, puedo asegurarlo, será una patria mejor para todos los mexicanos que queden”.
Dicho esto, el líder Maldonado y su séquito subieron a sus camionetas para dirigirse al helipuerto, llenos de apesadumbrado optimismo, para volar a sus curules, o al siguiente desastre, o al siguiente mitin…
El narcisista omnipotente
El narcisismo como alteración psíquica le ha sido diagnosticado a no pocos mandamases e, invariablemente, a los dictadores plenipotenciarios, su expresión extrema. Abunda la literatura lega y profana sobre el narcicismo que, debidamente cuadriculado con otras pulsiones perversas, palpitó en el subsuelo mental de Hitler y Stalin, de Mao y Hussein, de Chávez o de Fidel, de los genéticos Kims de Norcorea y de una por desgracia larga lista de tipos que optaron por devenir padres de sus patrias (o madres, como la entonada Evita).
Porque ese narcisismo suele recostarse sobre la convicción, habitualmente asumida por tales criaturas, de que sus patrias respectivas han encarnado en ellos. Ante una usurpación así, cualquier adarme de duda, cualquier remanente de objetividad, produce una angustia que sólo se ve aplacada por la veneración multitudinaria, la loa estrepitosa y la salivación popular. Manifestarse ante los súbditos y menear la manita para agradecer los alaridos de adoración; convertirse en un sujeto mirado/deseado/temido por millares, evapora esa duda y sacia el deleite de amarse a sí mismo por interpósita multitud. Lo malo es que dura poco, lo que la asamblea, la manifestación o el desfile; lo bueno es que siempre hay un mañana.
(Paréntesis mexicano: nuestra llamada “clase política” es el fértil almácigo del narcisismo tricolor: la misma contrahechura psíquica, pero con chile, tomate y cebolla. Como escribió Jorge Hernández Campos en su famoso poema “El presidente”: sale al balcón el día del grito, y la tierra trepida y la muchedumbre muge. Y cuando grita “¡Viva México!”, lo que realmente grita es “¡Viva yo!” y, ya perdido en el gozo de su narcisismo,
pongo la mano
sobre mis testículos
siento que un torrente beodo de vida
inunda montañas y selvas y bocas).
A todos, nacionales o foráneos, en mayor o menor grado ahogados en ese “torrente beodo”, les da por el mismo narcisismo en la medida de sus variables posibilidades. A todos les da por retratarse y enseñarse; a todos por medir la velocidad con que cualquier gesto, por diminuto que sea, se convierte en hecho histórico.
Claro, el narcisismo del infeliz funciocaco mexicano, sin dejar de ser nocivo y criminal, posee unas consecuencias relativamente caseras. Pero cuando el narcisismo es proporcional a las dimensiones del poder detentado rebasa lo ominoso para adquirir rango de amenaza. Cuando el espejo que abotaga de autosatisfacción al narcisista tiene el tamaño del mundo y las dimensiones de la historia, el rango de la ansiedad también se multiplica y demanda recompensas equivalentes.
No son escasas las muestras que el sujeto Trump exhibe sobre los elevados requerimientos de su narcisismo, clásicamente clínico: su horror reverencial a la palabra nobody, su fascinación pueril con las cosas que relumbran o son doradas, sus pequeñas pataletas temperamentales, la casi conmovedora reverencia que le produce herrar ciudades con su nombre onomatopéyico, la porcelana gélida de la cónyuge decorativa, la necesidad de proyectarse en esos edificios fálicos que compensen la vergüenza que le produce que sus manos sean muy chiquitas, la íntima convicción de que todo lo que sale de su boca, por ese mero hecho, se convierte en verdad.
Sí, junto al combate que el dicho sujeto está a punto de declarar contra lo poco que queda de sensatez en el mundo, estará llevándose a cabo otro combate no menos terrible: el que estará librando en secreto, contra su psique achacosa, este fosforescente pagado de sí que puede graduarse de narcisista maligno en un minuto. Ahí, en el campo de guerra de sus complejos, activará su insaciable avidez de grandeza y fama, su odio a la crítica y al antagonismo, su predilección por adversarios humildes e inermes, su incapacidad para cualquier forma de piedad.
Por más clásico y clínico que sea ya su narcisismo, durante cuatro años va a centuplicarse (y a no saciarse) con consecuencias para el mundo entero. Serán cuatro años de soportar esa facha pedante bajo el toldo de paspartú; esa orondez paquiderma y esas vociferaciones de testosterona anaranjada. Todo para ahuyentar el terror, la paranoia y la agresividad propias de quien vive tratando de tapar su encuerada estupidez con los encajes y armiños del poder.
Del poder mundial…
