Prefacio
En noviembre de 1589, el Senado de Venecia eligió a un nuevo alquimista oficial para la Serenísima República. Venía de Chipre y declaró que se llamaba Marco Bragadino, aunque se decía que su verdadero nombre era Mamugnà.
Tenía un carisma fascinante y corrían abundantes historias sobre él. No era casualidad: Mamugnà llevaba años sembrando con sumo cuidado el rumor de que había conseguido descifrar el viejo secreto de cómo convertir metales comunes en oro.
El revuelo llamó la atención de los senadores. Venecia sufría una crisis fiscal: el comercio con Oriente estaba debilitándose debido a las nuevas rutas marítimas desde Portugal y España hasta Asia y América. La antigua ciudad de la laguna, que había sido una superpotencia mediterránea, perdía poder poco a poco desde hacía tres generaciones; lo único que podía cambiar su suerte era un milagro. Y el Senado decidió que Mamugnà sería ese milagro.
Lo alojaron en un lujoso palacio de la isla de Giudecca, con todos los gastos pagados por la ciudad. Allí, Mamugnà cultivó un halo de misterio mientras exhibía su enorme riqueza. No decía de forma explícita que podía fabricar oro, pero su llamativa facilidad para gastar dejaba escaso margen para la duda. El recién llegado organizaba unos bailes de tanta opulencia y hacía una ostentación tan generosa de su fortuna que nadie se atrevía a dudar de él.
En una demostración pública, el alquimista enseñó a los asombrados patricios cómo calentaba una pequeña cantidad de metal común, le añadía una sustancia secreta y, con un destello y una explosión, lo transformaba en una pepita maciza de oro.
Las descripciones contemporáneas muestran a un hombre de encanto magnético, que solía aludir a los conocimientos secretos que había adquirido de joven en el Oriente místico, en la lejana Chipre. Era cuestión de tiempo, aseguraba, que el proceso funcionara a una escala lo bastante grande como para resolver la crisis presupuestaria de la ciudad.
¿Cuánto tiempo?
Un poco menos de ocho años, decía.
Mientras tanto, por supuesto, Mamugnà pretendía llevar una vida de lujos y excesos a costa del tesoro público. Los nobles desfilaban por su salón, acompañados de sus familias, soñando con casar a sus hijas con el hombre que literalmente podía fabricar oro. Mamugnà se divertía como si cada día fuera el último y su palazzo se convirtió en el centro de la cultura veneciana de las fiestas y los banquetes. Los mandatarios de la ciudad hacían todo lo posible por mantenerlo contento; cualquier atisbo de crítica a su extravagante estilo de vida hacía que Mamugnà se enfureciese y amenazara con irse a trabajar para alguno de los rivales de Venecia.
Eso los mantenía controlados.
No le faltaban las ofertas. El gran duque de Toscana pujó por sus servicios, igual que las autoridades de la ciudad de Padua, la antigua rival de Venecia en el interior. Incluso el papa quiso convencer a Mamugnà para que fuese a Roma. En Venecia, nadie se atrevía a ir en contra del misterioso chipriota: nadie quería ser el hombre que desperdiciara la oportunidad de Venecia de restablecer su gloria.
Esta historia, narrada en la magistral obra de Grete de Francesco Die Macht des Charlatans (El poder de los charlatanes), de 1939, presenta a un hombre que conocía bien a sus víctimas.[1] Los nobles de Venecia no estaban dispuestos a renunciar a su sueño de poder y gloria mundiales. Les habían enseñado a creer que el destino de su ciudad era gobernar el Mediterráneo y ocupar la cima de la riqueza y el poder del mundo occidental. El mundo que conocían solo tenía sentido si Venecia lo dirigía, como había hecho durante siglos.
Mamugnà explotó ese sueño sin piedad; lo convirtió en sinónimo de apoyo a su persona. Y, como la identidad de sus partidarios en el Senado estaba tan asociada a ese sueño, hacían lo que fuera —lo que fuera— para protegerlo. Empleaba técnicas de jiu-jitsu psicológico para engañarlos y persuadirlos de que protegerlo a él significaba proteger el sueño de restaurar el poder y la gloria de Venecia.
Les tomó el pelo de forma increíble, pero no tuvo que convencerlos de nada. Querían creer, así que se convencieron ellos solos.
Este libro trata de esos personajes públicos que tienen un don para manipular a grupos de personas y ganarse su confianza para poder aprovecharse de ellas sin recurrir a la coacción descarada. Son los charlatanes, y las personas de las que se aprovechan son sus víctimas: se dejan engañar y se fían tanto de ellos que acaban participando con entusiasmo en su propia explotación.
La charlatanería es un fenómeno muy antiguo y las técnicas que utilizan hoy en día los embaucadores de más talento no son muy distintas de las que empleaba Mamugnà para engatusar a los nobles de Venecia. Ahora bien, aunque las técnicas no hayan cambiado, el contexto en el que los timadores ejercen su oficio se ha transformado por completo.
En el siglo XXI, los charlatanes tienen acceso a muchas más presas —o víctimas— de lo que jamás había sido posible. Algunos utilizan la televisión para hacer llegar su propaganda a los hogares. Pero las nuevas tecnologías permiten orquestar estafas digitales, virales, escalables y potencialmente globales. Ofrecen formas totalmente nuevas de engañar a más gente con argumentos más variados que nunca.
La variedad es realmente desconcertante: en el capítulo 2, veremos a un osado charlatán que defendía el sueño de la sencillez rural turca para captar a las madres de clase media de Estambul. En el capítulo 5, conoceremos a una estafadora que diseñó una campaña de marketing digital específica para llegar a personas que estaban pensando seriamente en el suicidio. Quizá no sabíamos que muchos urbanitas turcos sienten nostalgia por un pasado agrario más simple; quizá no se nos habría ocurrido que alguien quisiera aprovecharse de una persona que está planeando suicidarse. Pero hay charlatanes que se dieron cuenta de que esas personas constituían un nicho de mercado que estaba vacío y se inventaron unas historias que les granjearon un grupo de devotos seguidores y les permitieron ganar millones de dólares.
Hace tiempo, el charlatanismo se encontraba más bien en los márgenes de la sociedad. Ahora está cada vez más cerca del centro. En 2025, un tsunami de charlatanes llegó a Washington y se hizo con el control de las instituciones gubernamentales de la única superpotencia mundial. Por eso, comprender el charlatanismo es más urgente que nunca.
El lado de la oferta no es lo único que ha cambiado por completo en la charlatanería del siglo XXI. Las mismas tecnologías que facilitan la captación de personas también las aíslan más y las vuelven más vulnerables porque las dejan sin unos vínculos sociales que podrían haberlas protegido de los embaucadores. En 2023, el responsable de Salud Pública de Estados Unidos presentó un documento en el que advertía sobre una epidemia de soledad y aislamiento que estaba desembocando en un grave deterioro de todos los indicadores de bienestar social. En el informe se señalaba que «entre 2003 y 2020, el tiempo medio que pasaban los jóvenes en compañía de sus amigos disminuyó casi un 70 por ciento».[2] Presentaba pruebas de que el uso cada vez mayor de la tecnología como medio facilitador de las relaciones sociales «sustituye al diálogo personal, monopoliza nuestra atención, reduce la calidad de nuestras interacciones e incluso reduce nuestra autoestima», lo que puede «derivar en más soledad, miedo a la marginación, conflictos y menos vínculos sociales».[3]
Este es un campo de investigación que no deja de evolucionar, si bien, en muchas de las historias de charlatanería que vamos a ver, parece que el aislamiento contribuye de manera fundamental a que las víctimas sean vulnerables a la explotación. Conoceremos a inmigrantes aislados, apartados de los vínculos sociales con su país de origen, a los que unos astrólogos a pie de calle estafan y roban miles de dólares; a cristianos devotos que, desconectados de las iglesias locales, caen en las garras de unos televangelistas estafadores que les venden un absurdo evangelio de la prosperidad; y a miles de entusiastas de Trump para quienes los vínculos imaginarios de la comunidad QAnon sustituyen a los vínculos locales de los que carecen.
Las personas socialmente aisladas son presa fácil para los charlatanes. Y estos tienen una habilidad especial para convertirlas en las peores enemigas de sí mismas. Pero ¿cómo lo logran? ¿Qué es exactamente lo que hace que alguien sea vulnerable a este tipo de victimización?
En el primer capítulo analizamos de qué manera los charlatanes consiguen inmiscuirse en los sueños de la gente: identifican una creencia esencial a la que se aferra con pasión un grupo determinado de personas y la defienden con fervor y carisma para ganarse su confianza. Mamugnà sabía que los nobles de Venecia necesitaban creer a cualquier precio que era posible restaurar el poder y la gloria de la ciudad, así que se presentó como el único capaz de hacerlo realidad. Los nobles venecianos querían creer en ese sueño, así que quisieron creer en Mamugnà.
En otras épocas, antes de que la tecnología facilitara la microsegmentación en función de los sueños de cada uno, los charlatanes tenían que limitarse a un par de nichos cuyo gran atractivo estaba sobradamente demostrado. La palabra «charlatán» procede de la Italia del siglo XVII, en la que los ciarlatani —algo así como «bocazas»— iban de pueblo en pueblo vendiendo curas milagrosas para tratar los problemas de salud que ningún médico conseguía sanar. Con los siglos, surgieron estafadores similares en muchos lugares diferentes. En Estados Unidos, hay una rica tradición popular sobre los vendedores de aceite de serpiente que recorrían el viejo Oeste contando historias fantasiosas sobre el poder curativo de los dudosos brebajes que despachaban.
En realidad, hasta hace poco, casi todos los charlatanes tenían una de estas dos especialidades: colocar algún plan para enriquecerse rápidamente o vender curas milagrosas. La gente siempre ha soñado con hacerse rica de golpe y con recuperar la salud. Estos dos tipos de estafas son los eternos invencibles de la charlatanería y, como veremos, siguen teniendo una presencia desmesurada en la panoplia de estratagemas que emplean los charlatanes del siglo XXI.
Hoy en día, sin embargo, los algoritmos de búsqueda alimentados por la inteligencia artificial permiten rebuscar con mayor facilidad en muchos otros tipos de sueños: el sueño de una unión perfecta con nuestra alma gemela; el sueño de una conexión cósmica con la divinidad; el sueño de vencer a la muerte; el sueño de crecer espiritualmente y vivir en una comunidad sin fricciones; el sueño de la reconciliación racial o, por el contrario, de la pureza racial; el sueño de recuperar el vínculo con el alma agraria del país; el sueño de trascender por completo el dinero.
Este tipo de sueños eran demasiado específicos como para que las generaciones de charlatanes de otras épocas se fijaran en ellos; ¿cómo iban a encontrar suficientes personas que los compartieran para explotarlas? La tecnología actual ha resuelto el problema y ha dado pie, entre otras muchas cosas, a una especie de edad de oro del charlatanismo, en la que cualquier sueño que tengamos, por difícil de entender que parezca, puede convertirse en una vulnerabilidad de la que cualquier embaucador con talento puede aprovecharse.
Los charlatanes modernos utilizan las mismas técnicas que los ciarlatani de hace siglos. Aprovechan los mismos puntos débiles del raciocinio humano que los timadores del viejo Oeste. Se ganan la confianza de sus víctimas. Las manipulan hábilmente defendiendo sus sueños con pasión y carisma. Luego las explotan. Y las víctimas caen en la trampa, una y otra vez, con la misma frecuencia que entonces.
Sin embargo, los charlatanes de hoy pueden hacer mucho más daño.
No falta mucho tiempo para que un ejército casi ilimitado de estafadores pueda escoger a sus víctimas de manera individual. Como ha explicado el historiador Yuval Harari, las nuevas formas de inteligencia artificial permiten a cualquiera «producir intimidad en masa», puesto que ahora los bots cumplen a la perfección el papel de confidentes, mentores o sacerdotes.4 Internet ha digitalizado la charlatanería, las redes sociales la han vuelto viral y la inteligencia artificial está permitiendo que adquiera una escala nunca vista. Algunos de los charlatanes de más éxito ya llegan a todo el planeta y esta inteligencia está creando las condiciones para que haya muchos más como ellos.
El advenimiento de este tipo de charlatanes es la conclusión lógica de unas tendencias que existen desde hace muchos años. Durante las tres primeras décadas de este siglo, los charlatanes han adquirido unas herramientas que burlan las fronteras y la geografía y han utilizado la maquinaria del capitalismo de la vigilancia del siglo XXI para los fines más perversos.5 El número de víctimas posibles se ha multiplicado de las pocas decenas que podía reunir un ciarlatano subido a un estrado en un día de mercado a los miles de millones materialmente repartidos por todo el mundo.
El poder que ejercen hoy los charlatanes de las tecnologías digitales y el hecho de que ahora la vida social se desarrolle en gran parte por internet les ofrecen unas condiciones ideales para actuar. En vez de tener que recurrir a unos pocos temas universales, como las curas milagrosas de la Italia del siglo XIII o el Oeste norteamericano, pueden especializarse en cumplir —o fingir que pueden cumplir— unos sueños basados en una variedad mucho mayor de necesidades humanas. Lo consiguen porque los sueños de los que se aprovechan hunden sus raíces en cosas que todo el mundo necesita: salud, dinero, amor, seguridad y compañía.
Los charlatanes, por definición, son explotadores: se dedican a convencer a la gente para que haga cosas que van en contra de sus propios intereses. En consecuencia, las víctimas se quedan en una posición peculiar y contradictoria: están felices de ser víctimas, acaban estando entre quienes con más fervor apoyan y defienden al charlatán, y en muchos casos tienen un papel protagonista en la captación de nuevas víctimas.
Todo esto sucede pese a que el charlatán dice cosas que, en cualquier otro contexto, parecerían demenciales: con una manera de expresarse que normalmente haría saltar todas las alarmas, asegura que tiene acceso exclusivo a conocimientos secretos, poderes especiales y revelaciones ocultas. Los charlatanes suelen convencer a sus víctimas de que tomen medidas extremas: que rompan toda relación con sus familiares más queridos, que se acuesten con personas con las que nunca se les habría ocurrido y, por supuesto, que les den todo su dinero.
¿Cómo puede la gente ser tan crédula? ¿Cómo puede dejarse engañar con tanta facilidad?
Estas son las preguntas que no dejábamos de hacernos mientras estudiábamos a los charlatanes sobre los que hablaremos en las próximas páginas. No son preguntas muy caritativas. Cuando se oye hablar de algún embaucador, el primer instinto de casi todo el mundo es menospreciar a sus víctimas.
Seguro que las víctimas no son muy listas. O quizá tienen pocos estudios. La imagen que solemos hacernos es la de gente mayor, pobre, con pocos estudios y simple. Tal vez son personas muy necesitadas, muy inseguras o muy ignorantes. Quizá les falta una familia, unos amigos o una comunidad que habría podido protegerlas de las sugestiones de los charlatanes. Es posible que sufran por un amor no correspondido, la pérdida de un ser querido, una crisis espiritual o problemas económicos y eso las convierte en presa fácil de individuos sin escrúpulos y más inteligentes. Por lo que sea, queremos creer que hay algo que falla en ellos.
Pero eso no puede ser verdad. Basta con pensar en las víctimas de algunos de los charlatanes más notorios de este siglo: Elizabeth Holmes, del laboratorio de análisis de sangre Theranos, o el financiero Bernie Madoff, cuya estafa en inversiones costó miles de millones a los perjudicados. Nadie podrá decir que sus víctimas fueran estúpidas o simples. Holmes engañó a las mentes más reputadas de Estados Unidos e incorporó al consejo de administración de su empresa a personajes como los exsecretarios de Estado Henry Kissinger y George Schultz, además de una lista de exgenerales de cuatro estrellas, antiguos miembros del Gobierno y altos cargos de la sanidad pública de ese país. Bernie Madoff estafó a todo tipo de gente, desde Steven Spielberg y Kevin Bacon hasta el premio Nobel de la Paz Elie Wiesel.
Los ricos y poderosos que se dejaron engañar por estos charlatanes muestran un rasgo en común con la gente corriente que cae presa de estafas: todos tienen necesidades. Necesidades distintas. Necesidades normales. Necesidades legítimas. Y estas se expresan a través de deseos profundos y pertinaces, el tipo de deseos que se convierten en el centro de nuestra identidad, incluso de toda nuestra vida. A esos anhelos tan arraigados los llamamos «sueños».
Soñar es humano; nuestra capacidad para soñar es infinita. Cualquiera que haya estado enfermo ha soñado con recobrar la salud. Cualquiera que haya sufrido un desengaño amoroso ha soñado con el amor. Cualquiera que haya sido pobre ha soñado con ser rico. Y cualquiera que se haya sentido solo ha soñado con tener compañía.
En el primer capítulo, pues, ahondaremos en los mecanismos específicos que utilizan los charlatanes para alimentarse de los sueños de las personas, sean cuales sean. Veremos que, para ellos, nuestros sueños son una vulnerabilidad que pueden explotar para lucrarse. Comprobaremos que algunos sesgos cognitivos habituales crean resquicios que los charlatanes pueden aprovechar para hacerse con el poder sobre sus víctimas.
En los capítulos sucesivos analizaremos la historia de veinticuatro charlatanes contemporáneos de enorme éxito. Son personajes de todo el mundo que explotan a ricos y pobres, jóvenes y ancianos, hombres y mujeres, personas religiosas y laicas.
Nuestro método ha consistido en seleccionar a una gran variedad de charlatanes, de todos los ámbitos de la vida y de diferentes geografías y edades, que manipulan deliberadamente todo tipo de sueños. Daremos a conocer a charlatanes de países ricos y pobres, charlatanes que se dirigen a personas analfabetas y a doctores, charlatanes de los que todo el mundo ha oído hablar y otros de los que no ha oído hablar nadie, incluso charlatanes que se engañan entre ellos.
Como es inevitable, la mayoría de las cosas de las que nos quieren convencer estos engatusadores no nos resultan atractivas y enseguida nos damos cuenta de que son estafas o manipulaciones. Un dato sorprendentemente uniforme que hemos observado al contar estas historias es que, para la gente que no pertenece al grupo que le interesa a un charlatán, sus argumentos suelen resultar completamente disparatados. Porque lo difícil no es detectar a los charlatanes que quieren aprovecharse de otras personas. Lo difícil es detectar a los que quieren embaucarnos a nosotros.
Si hemos hecho bien nuestro trabajo, habrá por lo menos un charlatán que podría haberle engañado a usted. Tal vez incluso lo haya logrado. En ese caso, es posible que ver la historia de su torturador al lado de las de otros tantos charlatanes de los que nos podemos reír sin más nos ayude a pensar en él, o ella, con otros ojos.
Hemos escrito este libro para llamar la atención sobre nuevas formas de engaño y manipulación que no encajan del todo en las categorías que solemos aplicar a este tipo de cosas. Los charlatanes no son simples estafadores o timadores, como los que utilizan esas llamadas automáticas que tratan de robarnos la identidad y que seguramente recibimos muy a menudo; los charlatanes son personajes públicos que mantienen un pie en el mundo legal, transparente y honesto, mientras desarrollan sus engaños y los explotan.
Vamos a conocer a charlatanes que controlan imperios multimillonarios mientras fingen ser santos yoguis sin ninguna posesión; charlatanes que convencieron a millones de turcos para que invirtieran los ahorros de toda su vida en granjas digitales; charlatanes que engañan a los telespectadores de los programas matutinos en Estados Unidos para comprar suplementos vitamínicos sin valor; y otros que convencen a sus víctimas de que la única forma de entrar en el reino de los cielos es entregarles a ellos todo su dinero. Conoceremos a un charlatán que vendía cursos fraudulentos para enriquecerse rápidamente en el sector inmobiliario y tuvo tanto éxito que acabó en el Despacho Oval de la Casa Blanca. Y a tantos charlatanes de tantos ámbitos que, al final, seguro que empezará a sospechar lo mismo que nosotros: que nadie está a salvo.
Los gobiernos, las universidades, los hospitales, el Ejército, las iglesias, las empresas y los medios de comunicación están fracasando estrepitosamente a la hora de proteger a las personas vulnerables de los charlatanes. No es extraño. Los charlatanes se mueven a la velocidad de los electrones, mientras que las instituciones encargadas de controlarlos siguen el ritmo de la burocracia. Les cuesta colaborar con los organismos de otros países y no tienen ni idea de qué hacer para perseguir una forma de explotación que convierte a los estafados en entusiastas defensores de los estafadores. Cuando la explotación no entraña violencia ni coacción visible, nuestros mecanismos habituales para combatirla se bloquean y dejan de funcionar. Los charlatanes lo saben y lo consideran en sus cálculos.
Hemos escrito este libro porque nos dimos cuenta de que saber detectar a los charlatanes que quieren aprovecharse de nuestros sueños es fundamental para sobrevivir en el siglo XXI. Ya va siendo hora de dejar claro que la charlatanería es la lacra de nuestra época, porque es imposible resolver un problema hasta que se aborda y es imposible abordarlo hasta que se le da un nombre.
Como es evidente, Mamugnà no tenía ningún método secreto para transformar los metales comunes en oro.
La demostración con el destello, la explosión y la pepita de oro no era más que un juego de manos, el mismo tipo de truco que utilizan hoy en día los magos en las fiestas infantiles, un oficio que Mamugnà había estudiado con mucha más atención que la alquimia. Poco antes de fallecer, Mamugnà confesó que llevaba la pepita de oro escondida en la manga y que la dejaba caer mientras los asombrados espectadores tenían la vista fija en una explosión química que no tenía nada que ver.
En 1590, después de incumplir una serie de plazos que le habían impuesto los venecianos para enseñar sus avances, Mamugnà se las vio venir y decidió marcharse a otra corte. Escribió al rey de Francia para ofrecerle sus servicios, pero este lo rechazó. Pasó un tiempo refugiado en casa de una familia noble de Padua hasta que dio con un filón en Múnich, donde el duque Guillermo V de Baviera se enfrentaba a la total bancarrota. El duque, al que los textos contemporáneos califican de imbécil, no era rival para Mamugnà, que se ganó su confianza casi al instante. Una noche, varios nobles bávaros, alarmados, capturaron al chipriota, lo interrogaron, le arrancaron una confesión y lo ejecutaron antes de que el duque pudiera intervenir.
La historia de Mamugnà parece lejana. Sin embargo, ya entonces, en el siglo XVI, encontramos todos los elementos del arte del charlatán; en el fondo, el modelo de negocio esencial de todos los charlatanes sigue siendo el mismo. Tal como hacía Mamugnà, identifican un sueño —una idea que para algunas personas es tan importante que no soportan que se dude de ella— y se convierten en sus mayores defensores, con firmeza, autoridad y elocuencia. Lo defienden con tanta habilidad que las personas que comparten ese sueño no tienen más remedio que creer en ellos, hasta el punto de que la fe en el sueño se mezcla con la fe en el charlatán y ambos acaban pareciendo inseparables.
Mamugnà nunca convenció a las autoridades de Venecia de nada; no lo necesitó. Defendió sus sueños de riqueza y gloria, y se presentó a sí mismo como el único capaz de hacerlos realidad. Después, ni siquiera le hizo falta pedirles elogios, palacios o hijas: ellos mismos se apresuraron a ofrecérselos voluntariamente.
1
Pirateando el sistema operativo humano
Para comprender cómo consiguen los charlatanes que una persona se convierta en la peor enemiga de sí misma, vamos a tener que dar un rodeo por el fascinante y vertiginoso mundo de la psicología cognitiva, la ciencia que estudia cómo pensamos. La conclusión es que, a pesar de las enormes turbulencias tecnológicas ocurridas entre la época de Mamugnà y la nuestra, las vulnerabilidades que explotan los charlatanes modernos son las mismas de las que se aprovechaba él hace siglos. Y estas vulnerabilidades están profundamente arraigadas en la manera de funcionar de nuestro cerebro; no podemos librarnos de ellas.
Las personas nacen con una especie de sistema operativo cognitivo preinstalado en la mente, un marco de pensamiento con raíces profundas en la arquitectura del cerebro. Lo llamaremos «sistema operativo humano» o, para abreviar, «HumanOS». Igual que ocurre con un sistema operativo informático, HumanOS no determina lo que pensamos, pero sí cómo pensamos.
En general, HumanOS es un software magnífico: le permite a una persona llevar a cabo hazañas increíbles, desde leer esta frase hasta diseñar una nave espacial o componer una sinfonía.
Pero, como cualquier software, HumanOS también tiene sus errores y puntos débiles, y estos pueden causarnos problemas. Igual que un pirata informático descubre las vulnerabilidades en el código y obliga al ordenador a actuar de manera perjudicial para su dueño, los fallos de HumanOS nos dejan expuestos a los ataques de personas que quieren convertir nuestra mente en un arma contra nosotros mismos.
En relación con los charlatanes, HumanOS tiene tres puntos que son especialmente vulnerables y que están integrados en la arquitectura de nuestro pensamiento, así que todos los tenemos. El primero es el «sesgo de confirmación»: la tendencia a querer corroborar nuestras corazonadas y no arriesgarnos a verlas refutadas. Esta es una característica universal del pensamiento humano que se manifiesta de forma más enérgica cuando están en juego nuestras convicciones más preciadas. En esos casos, la persona muestra una marcada inclinación al segundo punto, el «razonamiento motivado», es decir, parte de la conclusión que desea y desarrolla el argumento a la inversa para buscar los motivos que la sustentan.
El tercer punto tiene que ver con la mentalidad de rebaño: la sensación instintiva de que, si mucha gente como nosotros piensa de una manera, nosotros también deberíamos pensar así. Los psicólogos sociales y los especialistas en marketing denominan a este fenómeno «prueba social»: la tendencia a sustituir nuestro propio juicio por el de los demás. Veremos que suele ir de la mano de las técnicas del charlatán para hacer que empecemos por comprometernos ligeramente con sus planes y luego vayamos implicándonos cada vez más, poco a poco. Esta «escalera del compromiso» consigue que las personas se mantengan fieles al charlatán y participen en su propia explotación con un entusiasmo cada vez mayor.
Por supuesto, Mamugnà nunca había oído hablar de nada de esto; los términos se acuñaron cientos de años después de su época. No importa, porque tenía un conocimiento intuitivo de los rasgos eternos del ser humano que las palabras intentan capturar. Y, sobre todo, tenía un don especial para aprovecharse de las vulnerabilidades creadas por esos rasgos. Los charlatanes modernos hacen exactamente lo mismo, pero con la ventaja de las nuevas y poderosas tecnologías que les permiten ampliar su alcance y el daño que infligen.
El oficio de Mamugnà, su arte, como el de los charlatanes de todas las épocas, consistía en hacer creer a la gente cosas que no les beneficiaban. Sabía que, para conseguirlo, debía ganarse su confianza. Una vez que la tenía, no le hacía falta coaccionar a nadie para obtener lo que quería. Dinero, sexo, poder, lo que fuera: los augustos senadores de Venecia hacían cola para ofrecérselo de forma voluntaria.
Los relatos de los charlatanes, independientemente del ámbito en el que operen, sea la religión, la política, los negocios, la salud, el bienestar o cualquier otro, se apoyan siempre en una misma estructura, una especie de gramática universal de la charlatanería. Los charlatanes construyen una profunda conexión con sus víctimas basándose en sus creencias más profundas, en aquello que las víctimas más necesitan creer que es verdad: sus sueños.
La gente se aferra tenazmente a sus sueños. Los charlatanes lo saben y por eso se interponen entre las víctimas y sus sueños, y las convencen de que ellos son los únicos que pueden hacerlos realidad. Ese es el método que emplean para lograr toda una proeza: que los deseos más profundos de las personas se vuelvan en su contra.
Para comprender exactamente cómo lo hacen, es útil repasar lo que han descubierto las investigaciones de psicología cognitiva sobre los mecanismos de nuestra mente. Ello nos ayudará a entender que lo que hacen los charlatanes, en realidad, es aprovechar algunos de los fallos más conocidos de nuestra forma de procesar la información.
Fallos en el sistema operativo humano
HumanOS es un software de una potencia increíble. Lo utilizamos para ejecutar una enorme cantidad de aplicaciones mentales, cada una relacionada con una necesidad humana diferente. En gran parte se ejecuta en segundo plano, sin que seamos conscientes de ello: HumanOS nos permite respirar, mantener el equilibrio y hacer la digestión sin que tengamos que realizar absolutamente nada. La conciencia solo interviene cuando HumanOS ejecuta programas de nivel superior, como los que nos permiten alimentarnos y vestirnos, los que nos vinculan a nuestra familia y nuestra comunidad, y los que dan sentido al mundo que nos rodea.
Pero incluso en ese caso, los mecanismos del sistema operativo están, en gran parte, ocultos: llevamos a cabo muchas actividades sin ser conscientes de lo que estamos haciendo. Y, como cualquier otro sistema operativo, HumanOS tiene sus defectos. Algunas cosas las hace bien y otras mal. Algunas de las cosas que hace mal crean vulnerabilidades frente a los intrusos malintencionados, los piratas decididos a volver esos instrumentos en nuestra contra.
Las vulnerabilidades de las que hablamos no son una enfermedad. No son un fallo moral. Y no son únicas, ni mucho menos. Son causas de errores sistemáticos del pensamiento humano que los psicólogos llevan generaciones estudiando. Las llaman «sesgos cognitivos» y las experimentamos todos.
Usted también.
La madre de estas vulnerabilidades es el denominado «sesgo de confirmación»: nuestra tendencia a procesar la información nueva de manera coherente con lo que ya pensamos, independientemente de que esté justificado pensar así.
El sesgo de confirmación es una característica básica del pensamiento humano y una de las vulnerabilidades mejor documentadas de HumanOS. Desde hace cincuenta años, se han dedicado miles de estudios a comprenderlo con exactitud. Hay mucha bibliografía y las conclusiones están llenas de sutilezas. La idea fundamental se ha reproducido en entornos muy variados: numerosos estudios sucesivos han revelado que el sesgo de confirmación es omnipresente y poderoso. Actúa de forma inconsciente, o más bien preconsciente, incluso antes de que hayamos tenido tiempo de reflexionar sobre lo que pensamos.
Es decir, actúa en el plano de la intuición.
Para ser una idea que explica tanto sobre cómo piensa el ser humano, el sesgo de confirmación tiene un nombre bastante inadecuado. Procede de una peculiaridad relacionada con su primer uso. En 1960, el psicólogo cognitivo británico Peter Wason, del University College de Londres, estaba investigando un aspecto técnico muy concreto de las estrategias que utilizaba la gente para encontrar información que confirmara o refutara una hipótesis determinada. Vamos a echar un vistazo a ese trabajo original, que hoy es un estudio clásico con el aburrido título «Sobre la imposibilidad de eliminar hipótesis en una tarea conceptual».[1]
Wason metió a un grupo de estudiantes universitarios en un laboratorio y les mostró una sencilla serie de tres números: 2-4-6.
Les explicó que la secuencia seguía una regla concreta. Su tarea consistía en deducir cuál era esa regla.
Los invitó a proponer sus propias secuencias de tres números y anunció que él les diría si sus propuestas seguían o no la regla que él tenía en mente. Los participantes podían proponer tantas series de tres números como quisieran para comprobar sus pálpitos. Cuando estuvieran seguros de haber entendido la regla básica, podían decirla en voz alta para confirmar si tenían razón.
Hagamos la prueba. ¿Por qué secuencia de tres números empezaría usted para saber si sigue la misma regla que 2-4-6? Casi todo el mundo intuye que la regla básica es probablemente «sumar 2 al número anterior». Es bastante natural.
Pero lo interesante es lo que hicieron los alumnos a continuación. Una y otra vez, los participantes, primero, trataron de comprobar su hipótesis proponiendo secuencias como 4-6-8 o 10-12-14, es decir, otras series que también seguían la regla en la que estaban pensando. Da la impresión de que su objetivo era que el director del experimento asintiera. Cuando lo conseguían, lo interpretaban como una confirmación de su hipótesis.
En realidad, la regla básica que había utilizado Wason era «cualquier secuencia ascendente de números».
Es decir, 4-6-8 sigue la regla. Pero también lo hace 4-6-7. También 0-1-894. Pero no se han recogido muchas secuencias como estas.
Algunos participantes en el experimento de Wason pensaron que la regla podría ser «múltiplos del número base», pero luego propusieron secuencias que se ajustaban al patrón que les sugería su intuición, secuencias como 3-6-9 o 4-8-12. Buscaron pruebas que confirmaran que su hipótesis era acertada mediante lo que Wason denominó «inducción enumerativa», es decir, probando una y otra vez secuencias que seguían la regla que intuían.
¿Qué tiene esto de malo? Para un lógico, la inducción enumerativa es una estrategia terrible para comprobar si una hipótesis es acertada. La forma inteligente de comprobar la hipótesis «+2» es proponer una secuencia como 2-4-5. Si alguien propone 2-4-5 y le contestan que también sigue la regla oculta, entonces queda claro que puede descartar la hipótesis que consideraba.
Según una famosa demostración del filósofo Karl Popper, acumular una confirmación tras otra nunca puede demostrar que una hipótesis es correcta.[2] El razonamiento científico funciona
a base de refutar las hipótesis equivocadas, no de confirmar las acertadas. Y la secuencia 2-4-5 refuta la hipótesis «+2» de forma inequívoca, más de lo que la propuesta 4-6-8 podría hacerlo jamás. Un científico comprueba una hipótesis intentando refutarla. Wason concluyó que, en el mundo real, casi nadie comprueba las hipótesis como Popper pensaba que se debe hacer.
A HumanOS se le da mal el razonamiento científico. Cuando una persona trata de demostrar una hipótesis, su instinto le dice que intente confirmarla, no refutarla. Este puede parecer un aspecto técnico, pero no lo es, porque lo que erróneamente intuimos sobre cómo comprobar una hipótesis tiene efectos perversos: quienes creen que piensan de forma lógica y fiable acaban fiándose todavía más de unas conclusiones que están claramente equivocadas.
En las siete décadas transcurridas desde el estudio original de Wason, los psicólogos han llevado a cabo miles de experimentos con el propósito de comprender detalladamente este mecanismo. Han sometido a muchos sujetos a sofisticados escáneres cerebrales para medir qué áreas se activan cuando intentan evaluar pruebas. Han alterado los elementos de muchos modos. Un investigador que revisó el enorme corpus de estudios inspirados en las ideas originales de Wason resumía así sus conclusiones: «Numerosas pruebas empíricas sustentan la idea de que el sesgo de confirmación es amplio y sólido, y que aparece de muchas maneras. Las pruebas también corroboran la opinión de que, una vez que alguien ha adoptado una posición sobre un tema, el objetivo principal es defender o justificar esa posición. Es decir, independientemente de que la forma de abordar las pruebas antes de adoptar una posición fuera imparcial o no, puede volverse muy sesgada después».[3]
Cuando la gente oye hablar por primera vez del sesgo de confirmación, suele considerarlo un error que comete una persona al evaluar pruebas. Es una perspectiva equivocada. Un sesgo no es un error. Un error implica que se ha intentado resolver un problema, pero no se ha acertado con la respuesta. Un sesgo no requiere ningún esfuerzo. Los fallos de HumanOS son tan útiles para los atacantes malintencionados porque son inconscientes: están integrados en procesos que se ejecutan en segundo plano. En otras palabras, hacemos algo sin saber que lo estamos haciendo.
En 2002, Daniel Kahneman ganó el Premio Nobel de Economía por sus análisis sobre algunas de las consecuencias del sesgo de confirmación. Para explicar sus conclusiones, aseguraba que muchos errores de ese tipo tienen un mismo origen: son el resultado de pensar rápido.[4]
Cuando le mostramos antes la secuencia 2-4-6 y le pedimos que pensara en una regla que pudiera generar esa secuencia, es muy probable que lo primero que le viniera a la mente fuera la regla «+2».
Se le ocurriría al instante.
No pensó en la regla «+2» después de valorar con detenimiento las pruebas; su corazonada no fue producto de ningún razonamiento consciente. Eso es lo que entendemos por «intuición»: las ideas que, en apariencia, nos vienen a la mente de inmediato, antes de que hayamos tenido la oportunidad de pensar en ellas de forma consciente.
Por supuesto, la intuición solo parece inmediata. En realidad, para formularla debe transcurrir antes un breve lapso de tiempo. Los científicos, en el laboratorio, han empezado a comprender qué ocurre exactamente en esa fracción de segundo que tardamos en dar forma a una corazonada. El orden específico de los acontecimientos que se suceden en las cuatro décimas de segundo que tardamos después de recibir un estímulo es objeto de intensas investigaciones científicas.5 La línea que va desde la identificación del estímulo hasta la búsqueda de nuestras propias asociaciones emocionales avanza más deprisa que el proceso de pensamiento más rápido. Lo que sentimos ante un estímulo está al alcance de nuestra conciencia antes de que podamos formular un primer conato de pensamiento.
Los resultados de las investigaciones son sorprendentes. El primer paso de este proceso dura apenas doscientos milisegundos, es decir, la quinta parte de un segundo. En ese tiempo, comparamos la información nueva con las asociaciones que tienen importancia emocional para nosotros, y el resultado de esa comparación no es un pensamiento sino una sensación intuitiva.
Todo esto ocurre en mucho menos tiempo del que tardamos en formar un pensamiento consciente. Aunque parezca ilógico, las investigaciones demuestran que sabemos lo que sentimos respecto a una idea nueva antes de saber lo que pensamos sobre ella.
Si nos dan un segundo o dos, sí se nos ocurren razones para apuntalar nuestros sentimientos. Pero esas razones vienen después del sentimiento. Su función es justificar y defender una conclusión a la que hemos llegado antes de haberla pensado. En realidad, en muchas más ocasiones de las que nos gusta reconocer, el razonamiento es una racionalización.
Tener una idea clara de las consecuencias de este fallo es el primer elemento necesario para entender cómo los charlatanes consiguen crear un vínculo con sus víctimas.
Los charlatanes saben que una persona siempre tiende a aceptar las pruebas que confirmen lo que cree; de hecho, no podemos evitarlo. Por eso nunca tratan de cambiar las creencias de sus víctimas. La persuasión no es nunca un factor de la ecuación.
Por el contrario, los charlatanes se aferran a lo que sus víctimas ya creen y confirman una y otra vez esas ideas. De esa forma, se ganan su confianza.
Y todo esto ocurre antes de que nos hayan dado tiempo para pensar.
Razonamiento motivado
El sesgo de confirmación no es una vulnerabilidad aislada del sistema operativo humano, sino más bien toda una familia de vulnerabilidades; es más, aunque los psicólogos han propuesto numerosos sesgos cognitivos distintos, algunos investigadores sostienen que el origen de todos ellos es «la combinación de una creencia previa fundamental y la tendencia humana a procesar la información en consonancia con nuestras creencias», es decir, que todos los sesgos cognitivos son un tipo de sesgo de confirmación.[6]
Centenares de estudios demuestran que, incluso en cuestiones sobre las que a nadie le interesa mucho cuál es la verdadera respuesta, las personas tienen una tendencia arraigada a procesar la información nueva de manera coherente con sus creencias previas. Ahora bien, cuando se las saca del ámbito del razonamiento abstracto y se les pregunta por temas que sí les importan en lo personal, esa tendencia se agudiza enormemente.
De hecho, da la impresión de que el contexto en el que más interviene el sesgo de confirmación es el de lo que nos importa de verdad. Los experimentos de laboratorio demuestran que hay sentimientos intensos que «surgen automáticamente, en cuestión de milisegundos, ante un objeto o acontecimiento sociopolítico conocido».[7]
Estas sensaciones intuitivas casi instantáneas son todavía más intensas cuando el objeto tiene un gran poder emocional y, sobre todo, cuando se trata de las creencias más preciadas de las personas. El sesgo de confirmación se multiplica cuando afecta a nuestros sueños.
Los charlatanes lo saben y se aprovechan sin piedad de ello.
Cuando se ponen en duda los compromisos emocionales de una persona, se le da un fuerte motivo para procesar la información nueva de una manera que le permita seguir creyendo lo mismo. Por eso los psicólogos lo llaman «razonamiento motivado», un razonamiento que se desarrolla a la inversa: a partir de la conclusión que deseamos, nos sentimos motivados para buscar las razones por las que defendemos esa conclusión.
En esta interpretación de HumanOS, la razón no da una imagen muy razonable, pero los investigadores ponen mucho énfasis en lo que sucede cuando intentamos razonar sobre temas con connotaciones emocionales o políticas. En lugar de ser la fuerza motriz, la razón se somete a nuestras intuiciones. En palabras de Jonathan Haidt, la razón actúa como «la secretaria de prensa de nuestra intuición»: como cualquier buen relaciones públicas, su trabajo consiste en buscar pruebas que hagan quedar bien al jefe. Las intuiciones sujetan las riendas; la razón interviene después para sugerir por qué nuestra intuición ha acertado desde el principio.[8]
Nos resulta fácil —incluso natural— pensar motivos por los que nuestra intuición debe ser acertada, pero doloroso y laborioso considerar la posibilidad de que pueda estar equivocada. Para poner en tela de juicio nuestra intuición, necesitamos lo que Daniel Kahneman denomina «pensar despacio»: un proceso pausado que cuestiona nuestra intuición en lugar de mimarla. Para pensar despacio, hay que esforzarse. Es un trabajo arduo. Y el hecho de proponernos deliberadamente refutar nuestras creencias nos resulta casi doloroso.
Pensar rápido nunca es incómodo. Es intuitivo, automático, natural y, lo más importante, queda fuera de nuestro control consciente. Esa automaticidad parece ser la raíz de su asombrosa capacidad para empujarnos al error y mantenernos atrapados en él.
Para aprovechar el poder del pensamiento rápido en beneficio de su causa, al charlatán le basta con apoyar nuestros sueños, con atreverse a decirnos, lleno de pasión, que pueden volverse realidad y que lo van a ser. El sesgo de confirmación hace que, cuando una persona actúa así, confiemos en ella antes de saber muy bien por qué; por eso, mostrar a las víctimas sus propios sueños reflejados, como en un espejo, es el primer truco en el repertorio de todo charlatán.
El razonamiento motivado es «un concepto teórico esencial del discurso académico en los campos de la psicología, la ciencia política y la comunicación de masas».[9] Cuando surgen temas delicados, siempre acabamos cayendo de varias maneras en las garras del razonamiento motivado: «En las investigaciones psicológicas se demuestra constantemente que [a las personas] les cuesta menos encontrar pruebas que corroboren lo que quieren que sea cierto que pruebas que sustenten lo que quieren que sea falso».[10] Además, las pruebas que se les presentan las interpretan de forma ses
